Dominga Schlotfeld, autora de «Faunas mentales»

«Creo que uno de los mayores actos de liberación hoy es poder admitirnos imperfectas, manipuladoras, perversas, ambiguas, tontas, superficiales y principalmente contradictorias…»
 

El próximo viernes 29 de mayo, Ediciones Esperpentia presentará el libro de relatos  Faunas Mentales  de  Dominga Schlotfeld Zegers (Nueva Jersey, 1996) , escritora chilena, ilustradora y licenciada en Literatura por la Universidad de Chile. Esta obra constituye su primera publicación y aborda, entre otros temas, la compleja existencia de las mujeres contemporáneas, con todas sus contradicciones.

De manera lúcida, y mediante una prosa ágil e irónica, la autora nos adentra en mundos que habitualmente permanecen ocultos, pero que aquí son revelados de forma sorprendente. Se trata de una excelente primera publicación que marca, pensamos, el inicio de una narrativa de múltiples posibilidades y que será, sin duda, un valioso aporte a la cuentística chilena.

Los queremos dejar ahora con una entrevista a  Dominga Schlotfeld  Zegers, a propósito del próximo lanzamiento de su libro, que se efectuará el viernes 29, a las 18:00 horas, en la Biblioteca Nicomedes Guzmán, ubicada en Guardia Marina Ernesto Riquelme 226, Metro Los Héroes, Santiago Centro.

En esta actividad contaremos con la presencia de la autora y dejamos invitados a todos los lectores de  El mal menor  a acompañarnos en este encuentro.

 

 

ENTREVISTA

 

M.D.S.: Cuéntanos,  por favor, ¿cómo y en qué momento definiste tu vocación por la escritura?

D.S.Z.:  Antes de definir mi vocación por la escritura primero tuve que descubrir, recién en mi adolescencia, en clases de lenguaje, que me gustaba la lectura. Fue leyendo a escritores como Borges, Poe y Cortázar y clásicos como el  Quijote  y  Hamlet  que aprendí que la literatura es mucho más que contar historias, que pueden o no ser entretenidas. 

Aprender que no hay fondo sin forma, que más que la historia que se cuenta es cómo se cuenta, fue lo que me abrió los ojos a la creación. Porque la forma me parece mucho más interesante. La literatura puede existir en historias muy simples, pero con estructuras que la enriquecen y que hablan mucho más allá de lo que cuentan.

Entonces empecé a escribir poesía. Supongo que eso fue porque en mi opinión es el género literario más exigente y a la vez experimental en cuanto a forma. Escribí poemas hasta atreverme a desarrollar narrativas, no porque sea más difícil o más fácil, o porque la narrativa esté al siguiente nivel de la poesía, diría lo contrario, sino porque intentar escribir poesía me enseñó a escribir en general. 

M.D.S.: Podrías precisar tus fuentes de inspiración a la hora de escribir. ¿Cuáles son tus referentes más importantes?

D.S.Z.:  En la universidad tuve que leer obras claves de diferentes tradiciones literarias. Yo diría que luego de estudiar varios clásicos, desde las épicas griegas hasta el Realismo europeo del siglo XIX, lo que más me inspiró fue ver cómo las formas de literatura “aceptadas” iban evolucionando o se iban  distorsionando a medida que la realidad del contexto epocal y geográfico del escritor/a, o más que solo de la persona, del campo cultural en el que estaban insertos, iba cambiando también. Entender esa conexión entre literatura y realidad fue muy importante para llegar a la conclusión de que se puede escribir sobre cualquier cosa. 

En relación a mis referentes, más que artistas en específico, creo mis referentes son obras, principalmente latinoamericanas, que me marcaron porque fueron formas de hacer literatura que para mí eran nuevas: la narrativa introspectiva y rumiante en  La pasión según G.H  de Clarice Lispector, la estructura casi azarosa de Pedro Páramo  de Juan Rulfo, el tratamiento de las enfermedades mentales en  El alienista  de Machado de Assis, en pleno siglo XIX, la brutalidad de  Patas de perro  de Droguett, la resignificación de símbolos en  Cálices vacíos de la poeta Delmira Agustini, la representación de la marginalidad en  Hijo de ladrón  de Manuel Rojas son algunas de ellas.

M.D.S.: ¿Por qué, en los cuentos de Faunas mentales, te centraste en mujeres y por qué, en un gran porcentaje, ellas aparecen definidas por problemas de salud mental?

D.S.Z.:  Tengo la sensación de que a veces se espera que las mujeres que escribimos nos centremos en mujeres simplemente porque somos mujeres. Y, por un lado, eso me hace sentido: las primeras escritoras publicadas bajo su propio nombre comenzaron escribiendo aquello que hasta entonces había quedado fuera de una literatura dominada por hombres: la subjetividad y realidad de la mujer. Yo también quise seguir esa tradición de escribir sobre mujeres, por decisión, no obligación, pero me parecía equivocado —o al menos insuficiente— hacerlo desde un feminismo puramente discursivo, uno centrado únicamente en explicar cómo la sociedad afecta la vida de las mujeres, defender sus derechos fundamentales o demostrar de qué manera la diferencia femenina puede resultar útil o beneficiosa para la sociedad.

Aunque indudablemente las mujeres seguimos viviendo bajo amenazas y desigualdades muy reales, ya no me hace sentido pensar que la respuesta deba ser proteger la identidad femenina de toda crítica, contradicción o representación incómoda. Creo que uno de los mayores actos de liberación hoy es poder admitirnos imperfectas, manipuladoras, perversas, ambiguas, tontas, superficiales y principalmente contradictorias. Quise reconocer que también hay neurosis, crueldad, deseo, egoísmo, fragilidad o enfermedad mental en nosotras, sin que eso implique traicionar una causa o darle automáticamente la razón a discursos misóginos. Me interesa una idea de subjetividad femenina que no necesite justificarse moralmente para merecer dignidad. 

M.D.S.: En el lenguaje que utilizas en tus cuentos incorporas al castellano  muchos neologismos, palabras en otros idiomas, tecnicismos, etc. ¿Cuál crees tú que es la función de estas palabras en tus textos? ¿Por qué las necesitas?

D.S.Z.:  La precisión de las palabras me importa mucho, y a veces esos neologismos, anglicismos o tecnicismos resultaron ser mejores alternativas, en mi opinión, que palabras en castellano que sí figuran en el diccionario. El lenguaje se mueve más rápido que su institucionalización, además, todos los cuentos están ambientados en ciudades contemporáneas y sus personajes, por lo general, trabajan en ambientes altamente profesionales y performativos; en su mayoría, son personas con educación universitaria para quienes encontrarse con ese tipo de palabras —en internet, en el trabajo, en redes sociales— forma parte de su experiencia cotidiana.

M.D.S.: Tus cuentos, podríamos decir, son “realistas”, es decir, no aparecen en ellos hechos fantásticos, ni menos el uso del realismo mágico u otras formas de transgresión de la realidad ¿Por qué optas por este estilo que, para algunos estaba superado? ¿Cómo definirías “tu” realismo?

D.S.Z.:  A mí me enseñaron que el Realismo tradicional del siglo XIX buscaba representar las particularidades de la experiencia de personajes insertos en un lugar y una época específica. En ese sentido, creo que mi libro sí dialoga con esa tradición. Mis cuentos están situados en el presente inmediato: aparecen el lenguaje corporativo vacío, las redes sociales, las plataformas digitales, las identidades construidas online, la precariedad emocional de la vida urbana, el capitalismo salvaje, las inteligencias artificiales, el consumo exacerbado, la cultura terapéutica y la sensación constante de agotamiento contemporáneo. Me interesa registrar cómo se siente habitar este momento histórico desde dentro.

Por otro lado, no quiero adherirme a un realismo entendido como una representación más naturalista, objetiva o transparente de la realidad. No pretendo que porque no haya hechos fantásticos deje de ser ficción y representación. Mi intención fue guiarme por la subjetividad de los personajes: sus obsesiones, neurosis, delirios, contradicciones y formas particulares pero a la vez generacionales, creo yo, de percibir el mundo. Por eso, aunque en mis cuentos no ocurran hechos fantásticos ni haya realismo mágico, sí creo que existe una sensación de extrañeza. La realidad igual aparece deformada o exagerada por la intensidad mental y emocional de quienes la viven.

Me gustaría pensar que si hay realismo en los cuentos de  Faunas mentales  tiene más que ver con mostrar cómo la vida contemporánea tiene consecuencias reales en la conciencia y en la manera de pensar de los personajes. Tampoco siento que el realismo esté superado, porque la realidad contemporánea todavía necesita nuevas formas de ser narrada. Lo que quizás sí está superado, o me gustaría pensar que es así, es cierta idea de realismo como mera reproducción objetiva y ordenada del mundo.


«Me interesa mostrar cómo el capitalismo digital moldea nuestra manera de pensar, desear y relacionarnos. Y muchas veces lo hace de formas que son simultáneamente trágicas y ridículas. Creo que ahí aparece el humor: en la distancia entre cómo queremos entendernos a nosotros mismos y lo extrañas que se han vuelto nuestras formas reales de existir.»


M.D.S.: Ciertamente en tus relatos aparece el  humor irónico o situaciones absurdas que apunta críticamente a diferentes aspectos de la realidad. ¿Cuáles son, según tú, estos aspectos, estas instituciones sobre las cuáles cae tu crítica y por qué? 

D.S.Z.:  Creo que el humor y el absurdo en mis cuentos funcionan como una forma de observación crítica, a veces exagerada, de la realidad contemporánea. Me interesa escribir sobre cómo muchas de las estructuras y discursos que organizan nuestra vida hoy, como ya mencioné, las redes sociales, el lenguaje corporativo, el consumo, las identidades digitales, la productividad, incluso ciertos discursos políticos, terminan volviéndose involuntariamente absurdos.

No es mi intención escribir sátiras porque no me interesa ridiculizar desde una posición de superioridad moral. De hecho, creo que mis personajes están profundamente implicados en aquello mismo que critican. Son personajes que creen, consumen, participan y se contradicen dentro de esos sistemas. El humor aparece más bien cuando la lógica del mundo actual empieza a mostrar sus fisuras: cuando una persona construye toda su identidad alrededor de un algoritmo, cuando el lenguaje emocional se vuelve corporativo, cuando el consumo intenta reemplazar la subjetividad, o cuando la hiperconciencia política y psicológica termina generando nuevas formas de ansiedad, narcisismo o aislamiento.

Me interesa mostrar cómo el capitalismo digital moldea nuestra manera de pensar, desear y relacionarnos. Y muchas veces lo hace de formas que son simultáneamente trágicas y ridículas. Creo que ahí aparece el humor: en la distancia entre cómo queremos entendernos a nosotros mismos y lo extrañas que se han vuelto nuestras formas reales de existir.

M.D.S.: También en tus cuentos suelen haber referencias intertextuales o extraliterarias, como por ej., citas obras, películas, música, marcas, es decir, todo un mundo de la “alta” cultura, pero también de la cultura popular. ¿Cuál es tu objetivo con estas referencias? ¿Por qué forman parte de tus estrategias narrativas?

D.S.Z.: Pienso que esas referencias forman parte natural de cómo experimentamos la realidad hoy. Nuestra vida mental no está compuesta únicamente por experiencias y memorias “directas”, sino también por películas, canciones, marcas, redes sociales, teorías, memes, plataformas digitales, publicidad y fragmentos de cultura popular o académica que consumimos de forma voluntaria o no. El mundo contemporáneo está saturado de cultura vacía y, a veces, aferrarse al arte es una manera un poco ilusoria de intentar encontrarle sentido a la realidad. Me interesaba que mis cuentos reflejaran esa forma de conciencia contemporánea, donde la alta cultura y la cultura popular conviven mezcladas y jerarquizadas de manera mucho más difusa que antes, cosa que no es nueva.

También me interesa que esas referencias funcionen como marcas de época. Así como el Realismo del siglo XIX incorporaba objetos, espacios y discursos específicos de su contexto histórico, yo intenté trabajar con los materiales culturales del presente, “altos” y “bajos”. Todo eso forma parte de la realidad de hoy y, por lo tanto, también de su literatura.

Además, creo que la convivencia entre referencias consideradas altas y otras asociadas a la cultura popular refleja algo importante sobre cómo consumimos cultura hoy. Una persona puede leer teoría crítica, escuchar podcasts de análisis político, ser fanática de la música pop de artistas altamente comercializados, perder el tiempo viendo TikTok, forjar el pensamiento crítico a través de video ensayos en YouTube y comprar compulsivamente por internet en una misma tarde sin sentir contradicción, ni siquiera darse cuenta de que alguna vez eso no era normal ni posible. Esa mezcla me parece profundamente contemporánea y también revela algo sobre la fragmentación de la subjetividad actual, que quise representar a través de personajes trastornados. Siento que cualquier persona sensible al arte desarrolla algún tipo de neurosis o trastorno debido a las formas en que vivimos hoy.

M.D.S.: En relación al uso del narrador en tus cuentos. ¿Fue una elección fácil decidir el tipo que ibas a utilizar para cada narración? Cuéntanos brevemente el proceso que te llevó a hacer determinadas elecciones.

D.S.Z.:  En algunos cuentos fue más difícil que en otros. La decisión entre primera y tercera persona dependía, sobre todo, de qué tan involucrados o conscientes de su propia neurosis quería que estuvieran los personajes. Hay algunos cuya voz interior me interesaba mostrar de manera directa, casi sin filtros, porque el relato dependía de su percepción distorsionada, obsesiva o contradictoria de la realidad. En esos casos, la primera persona me permitía acercarme mucho más a su flujo mental, a sus justificaciones, inseguridades y delirios.

En cambio, en otros cuentos preferí la tercera persona porque necesitaba cierta distancia. A veces quería que el lector pudiera observar contradicciones que el personaje no veía en sí mismo, o que existiera una tensión entre cómo el personaje se percibe y cómo realmente actúa en el mundo. La tercera persona también me permitió trabajar mejor el humor irónico y la observación de ciertos comportamientos contemporáneos, porque genera un pequeño desplazamiento desde donde mirar al personaje.

En general, el tipo de narrador apareció de manera bastante orgánica junto con la voz de cada cuento, aunque en algunos casos tuve que reescribir páginas completas varias veces cambiando de perspectiva hasta encontrar la distancia adecuada.

M.D.S.:¿Qué piensas que estás añadiendo a la tradición de la narrativa en Chile? ¿Cuáles serían tus aportes?

D.S.Z.:  Si estoy aportando algo, creo que tiene que ver con una representación intencionalmente descarnada y menos moralizada de la subjetividad femenina en el mundo contemporáneo. Me interesa escribir mujeres “sin filtros”, no en el sentido de provocar gratuitamente, sino sin la necesidad de hacerlas ejemplares, inspiradoras o políticamente correctas para justificar su existencia dentro de un relato. Muchas veces siento que todavía existe cierta expectativa de que las mujeres en la ficción deban representar algo positivo: resiliencia, conciencia social, fortaleza moral o alguna forma de superación. A mí me interesa justamente lo contrario: mostrar mujeres débiles, contradictorias, obsesivas, neuróticas, autodestructivas, porque creo que ahí también hay verdad.

Y eso no nace de un rechazo al feminismo, para nada,  sino de una consecuencia natural de ciertas libertades que el mismo feminismo abrió. Para mí, la mayor liberación no consiste en proteger a las mujeres de toda crítica o incomodidad, sino en permitirnos existir con toda nuestra complejidad, incluyendo aquello que resulta feo, ridículo o difícil de mirar. Me interesa una literatura donde las mujeres puedan fracasar, deteriorarse, desear mal, pensar mal o perder el control sin que eso automáticamente sea leído como una traición política.

También siento que intento incorporar a la narrativa chilena ciertos lenguajes, ansiedades y formas de conciencia muy contemporáneas: el cruce entre internet y subjetividad, la hiperconciencia emocional, el lenguaje digital y corporativo, el consumo como forma de identidad y el agotamiento mental de vivir permanentemente expuestos a estímulos, información y autoobservación. Mis personajes están atravesados por ese presente y quería escribir sobre él sin nostalgia ni distancia irónica, sino desde adentro.

En ese sentido, creo que mi escritura intenta registrar cómo se siente habitar la vida contemporánea siendo mujer, sensible y mentalmente vulnerable en una época hiperconectada, sobreestimulada y emocionalmente fragmentada. Que, ahora que lo pienso, es esencialmente lo que hicieron las primeras escritoras latinoamericanas del siglo XVII y principalmente XIX, quizás de manera más solapada, pero me inspiré en esa intención política de instalar la realidad de la mujer, de todas maneras.

M.D.S.: ¿De qué manera puede una escritora sobrevivir económicamente en el Chile de hoy? ¿Sientes que como sociedad apoyamos las actividades de creación y/o culturales?

D.S.Z.:  Es tan triste la realidad cultural actual de Chile que ni siquiera tengo la expectativa de sobrevivir económicamente de mi escritura. El arte no sirve a las lógicas del capitalismo contemporáneo y, justamente por eso, para sobrevivir he tenido que buscar otras alternativas laborales. Creo que hoy la mayoría de los escritores y artistas en Chile viven en una especie de doble vida: trabajan en áreas completamente distintas para sostener económicamente una práctica creativa que, en muchos casos, existe más por necesidad vital que por viabilidad económica.

Y no creo que eso ocurra únicamente por falta de talento o interés del público, sino porque la creación artística ocupa un lugar cada vez más precario dentro de una sociedad obsesionada con la productividad, la rentabilidad, la caducidad y la rapidez. Vivimos en una época donde todo parece tener que justificar su utilidad inmediata y la literatura no optimiza procesos, no aumenta ganancias ni resuelve problemas prácticos de manera eficiente. Lo que hace es algo mucho más difícil de medir: darle lenguaje a ciertas experiencias humanas, producir sensibilidad, memoria, incomodidad o pensamiento crítico.

Siento que como sociedad sí existe un discurso que valora la cultura, pero en la práctica el apoyo suele ser insuficiente, inestable o elitizado. Muchas veces hacer arte depende del tiempo libre, de redes de contacto o de cierto privilegio económico previo. Y eso termina dejando fuera muchas voces. En Chile todavía se piensa la creación artística como algo secundario, casi ornamental, en lugar de entenderla como una parte fundamental de cómo una sociedad piensa sobre sí misma.

M.D.S.: Por último, sabemos que eres una gran lectora, por eso nos gustaría que nos recomendaras algunos autores o autoras contemporáneos, ojalá vivos, que habría que leer y algunos de sus títulos.

D.S.Z.:  Actualmente no soy la versión más lectora de mí misma, pero voy a mencionar las obras que he leído en los últimos años que me han marcado:  De ganados y de hombres  de Ana Paula Maia,  La vegetariana  de Han Kan,  Un mapa a la puerta del no retorno  de Dionne Brand,  El ojo de Goliat  de Diego Muzzio,  Ellos eran muchos caballos  de Luiz Ruffato,  El viento que arrasa  de Selva Almada,  Americanah  de Chimamanda Ngozi Adichie,  Libro de mártires americanos  de Joyce Carol Oates,  Temporada de huracanes  de Fernanda Melchor, Amo a Dick de Chris Kraus, el ensayo  Un pequeño lugar de Jamaica Kincaid y la poesía de Anne Carson, especialmente  El ensayo de cristal

 

 

_____________________

Maximiliano Díaz Santelices, escritor y editor. Uno de los fundadores de Ediciones Esperpentia.

 

Comentarios
Compartir: