Narrativa argentina actual | Carla sola, quieta y enorme
En 2020 Damián Godetti (Entre Ríos, Argentina, 1982) obtuvo Primera Mención de Honor en el certamen Casa de las Américas (Cuba) por “Mala Tierra”, su primer libro de relatos, obra que fue publicada luego por la editorial trasandina Nudista (Córdoba, 2023). Antes de eso, en 2021, El Mal Menor dio a conocer en exclusiva “Edelmiro Soto”, texto perteneciente a tal conjunto narrativo. En esta ocasión, y adelantándonos a la aparición de “Réplicas”, su segundo libro -que será publicado en Chile por Ediciones Esperpentia- presentamos “Carla sola, quieta y enorme”, uno de los relatos que componen esta obra donde Godetti, usando una mezcla de realismo crudo, humor, ironía y trazos poéticos, pone su foco en las relaciones de pareja y la idea de individualidad que se vive hoy en día, concentrándose en historias de jóvenes que en un ambiente de liberalidad (des)construyen lazos afectivos e intelectuales, apareciendo las mujeres como objeto central de estas narraciones que se pueden entender, también, como réplicas del gran sismo feminista que hemos experimentado durante los últimos tiempos. EMM Carla es delgada y recta, recia en la leve curvatura de su cuerpo, económica en el movimiento (esto se debe sin lugar a dudas a su estatura) y potente en la voz; es imposible no quedar envuelto en esta potencia cada vez que habla y hace prevalecer su pensamiento, su pensamiento que casi nunca es errabundo o insustancial, nunca ridículo o candoroso, sino demoledor. Hay delicadeza en sus rasgos orientales y una torpeza redomada cuando se trata de derivar su cuerpo amplio por espacios reducidos, padece el mal de las personas que se expanden en todas las direcciones, y sin orden. Es fuerte, inflexible, categórica, y todo queda absolutamente supeditado al dominio de sus palabras y sus ideas, a la inmanencia de su cuerpo que parece no parar de cobrar volumen. En resumidas cuentas, es una mujer que se impone. De todas maneras, quiero explicarme: no es que se imponga de una forma erótica, sensual, desplegando artes de coquetería cursi, se impone por el espacio que ocupa y por la manera de encadenar su discurso, se impone porque en ella la singularidad es carne, se respira a su alrededor. Hay algo más que me veo obligado a decir antes de seguir adelante: Carla es extremada, pero extremadamente hermosa. Me incomoda decirlo. Ella odiaría escucharlo de mí. Por supuesto que la belleza no es un don, un amuleto en sí mismo, y la inteligencia es completamente un valor negativo en los tiempos que corren, incluso ridículo, así que hay que celebrar ambas cosas cuando aparecen y donde sea que aparezcan: –Los tiempos del mundo desértico del capitalismo tardío, Tomás. Me parece estar escuchándola. Por otra parte, siguiendo el arrojo de sinceridad, no me duele reconocer que casi todo lo que digo últimamente son sus palabras, y menos aún, que el hecho de tratar de hilvanar su discurso me vuelve, al menos mínimamente, un poco más listo de lo que soy. –Vos sos el último bastión de la resistencia, querido. –¿De la resistencia de qué, Carla? –Viste que seguís resistiendo, incluso sin saberlo. Yo nunca entendía del todo bien si aquellas metáforas bélicas se referían a nosotros, solo a ella, solo a mí, o a una serie de personajes nefastos en la cultura que Carla odiaba con todas sus fuerzas. Cuando desarrollaba era categórica, aunque no sé si del todo efectiva ya que su argumentación no era lineal, coherente, sino más bien arborescente, interdisciplinaria. Recuerdo una de nuestras conversaciones: –Ni siquiera estoy hablando (acá tomaba coraje y aire para desarrollar, para aburrir más bien diría yo, con su pedagogía “de izquierdas”) de la inteligencia orgánica, integrada, de la erudición intransigente de cualquier intelectual presuntuoso (hablaba sin lugar a dudas de su formación); hablo, sencillamente, de permitirnos reflexionar sobre la experiencia, de exigirnos a nosotros mismos alumbrarla con otras luces, con unas luces que sobre todo y más que nada, nos permitan dudar. Yo intentaba seguirla, para retomar y transformar su metáfora, con mis “pocas luces”, pero también, y esto lo hacía con todas mis fuerzas, de encontrar una premisa, una interjección, un argumento cualquiera que pudiera contradecirla. Nunca lo logré. Me salían de la boca, más bien, unos estertores mongoloides que Carla recibía con simpatía, aunque a veces con un asomo de tristeza, y automáticamente usaba estas intermitencias para seguir desarrollando lo suyo que siempre era multitudinario, interconexiones hechas a una velocidad que no había visto nunca antes. Esto era muy atractivo y frustrante a la vez, aunque también debo admitir que, debido a mi falta de formación, casi siempre, muy aburrido. –Y al final de cuentas (seguía, cuando hablaba, le era imposible escuchar a los demás), si vos o cualquiera me insiste un poco, creo que todo se resume en esto último: dudar. Porque, ¿qué se puede hacer cuando la mentira capitalista gana el terreno de juego y es una injusticia que se narra con terror, y está en todas partes? Podría haberle dicho que exageraba, pero lo que me faltaba de inteligencia, por suerte, me sobraba de sensatez. Además, no compartía (ni dejaba de compartir, para ser sincero) que el capitalismo estuviera en todas partes. La comida, los libros, el dentífrico que usábamos (diría ella), el trabajo, y, sobre todo, las nuevas formas de comunicación. Para Carla vivíamos sumergidos en él. O sea que estábamos perdidos. Ella se ofuscaba de tal manera con estos temas, temas a los que les rehuía más que nada por el mal trago que le hacían pasar, pero también, contradictoriamente, se apasionaba con ellos. Como si fueran un mal necesario. Podía verse en sus facciones la rigidez de la preocupación, la aflicción e incluso el asco cuando pronunciaba ciertas palabras que extrañamente repetía mucho (entiendo que para que se me grabaran), como consignas que yo debía llevar a todas partes, para lucir como piedras preciosas que de todas maneras se opacaban, cuando yo las aprendía. –Atrincherarse detrás de la duda (otra metáfora incomprensible), y hacer el esfuerzo colosal de acercarse a las cosas, muy cerca, pero muy

