Literatura

En Tontilandia | La zanja, una osada expresión de land art

Tal como Zurita, en esto no ha sido muy original, hay que reconocerlo, Kast ha escogido el norte de nuestro país, específicamente la reseca frontera con el reino de los Fujimori, para llevar a cabo su intervención. Lo suyo, por cierto, no es un verso como tradicionalmente lo conocemos, sino una osada expresión de poesía concreta. En 1993 el grandilocuente poeta Raúl Zurita escribió el desafiante verso: «Ni pena ni miedo» en pleno desierto de Atacama. Usó para ello máquinas que excavaron las letras que componen el texto con una profundidad de entre 2 y 3 metros. La obra -inscrita en lo que se conoce como land art – posee una extensión de 3.25 kilómetros y solo puede ser leída en su integridad desde un avión o una nave espacial, estando dirigida a quienes tienen plata para viajes aéreos, extraterrestres o astronautas. Siguiendo el ejemplo del bardo barbudo, premio nacional de literatura del año 2000, el presidente Kast, nuestro gran not poeta, decidió no ser menos y apenas tomó el mando de la ex república de Chile comenzó a desarrollar su propio proyecto vinculado al land art. Tal como Zurita, en esto no ha sido muy original, hay que reconocerlo, Kast ha escogido el norte de nuestro país, específicamente la reseca frontera con el reino de los Fujimori, para llevar a cabo su intervención. Lo suyo, por cierto, no es un verso como tradicionalmente lo conocemos, sino una osada expresión de poesía concreta. Se trata de una zanja de varios kilómetros de extensión, de unos 3 metros de profundidad, que puede ser leída como un largo guion que une a Chile y Perú en algo así como una sola tierra. Chile-Perú o Perú-Chile, tal sería la palabra -expresión compleja- que mostraría el afán integrador, bolivariano incluso, de nuestro brillante primer mandatario. Podría tratarse también de una raya que no antecede a ningún diálogo, una raya desnuda que sugiere, implícitamente, astutamente, zorronamente, que todo está por decirse, que nuestras verdades son frágiles como las semillas de quillay, que solo sabemos que no sabemos nada, lo que dejaría en evidencia el profundo sentido socrático del sorprendente not poeta republicano que dirige el destino de nuestra patria. Estamos en presencia, cómo no, de un signo plurívoco, no unívoco como el inscrito por Zurita en las sequedades atacameñas. Además, dada su uniforme conformación, no es necesario surcar el espacio para saber de qué se trata, puesto que es legible para quien anda a ras de tierra, para el peatón, para el automovilista. Algunos, no hay duda, lo interpretarán, burdamente, beligerantemente, linealmente, como una barrera para el ingreso de inmigrantes, otros, de manera inversa, como un espacio de sombra y descanso para los mismos inmigrantes, agotados de su extenuante peripecia. La oposición lo calificará como una tumba larga para enterrar a Chile, o como el signo menos más grande el mundo, lo que sería, para este sector, el mejor resumen de lo que denominan el “kafkiano régimen kastiano”. En fin, interpretaciones hay muchas, lo único claro es que la capacidad del presidente Kast, nuestro gran not poeta, para generar mensajes polisémicos es infinita. Intercambia conceptos opuestos y adyacentes como si nada. Si dice blanco puede querer decir negro o gris. O incluso blanco. Si afirma que el precio de algún bien bajó puede significar que se mantuvo estable o que subió. También que bajó. Lo que escribió Zurita en su zanja -“Ni pena ni miedo”- gracias a Kast ahora puede leerse también como “Pena y miedo” o “Pena y no miedo” o “Miedo y no pena”. Todo al mismo tiempo. Cada palabra, como el gato de Schrödinger, simultáneamente está viva y muerta en su discurso, que es una caja cerrada, sellada, que nunca se decidirá a abrir, puesto que ahí está la esencia y la magia de su not poesía. Un gran avance para las letras nacionales, sin duda.

Poesía chilena actual | «Volver a nombrarme», ocho poemas de Nicolás Miquea Cañas

LEY DE FUGA   En la ciudad de San Felipe yo alguna vez Viví en la calle Riquelme N° 60 con 5 de Abril.   A media cuadra de allí, junto al Palito  y el turco Helo, el Pato Castro y el Mellizo,   Jugábamos beibi con los reos En su cancha de la Cárcel Pública.   A unos pasos del Juzgado de Policía Local, en los últimos meses del año ´73, mi amigo Rigoberto Achú fue baleado casi junto a esta misma acacia que hoy con sus flores perladas perfuma los barrotes oxidados, hundidos en las ventanas.   Como entonces, las acequias que ayer corrían hacia los limoneros, hoy desaparecen  bajo el asfalto de la Alameda de las Delicias.   La avenida Maipú, que desciende del este con el viento que alza su vuelo sobre las aguas  del Aconcagua, en los días de fútbol fluye como un rio de banderas albirrojas hacia la Cordillera.     HUGO NICOLÁS VIVANCO EN EL PATIO  DE LAS TORRES DEL SILENCIO    Sobre el Terna del Amor y de los Buitres  que Limpiaban sus Huesos: Los barrotes  de la ventana recortaban el cielo.  Ya era muy difícil sentirse: apenas  nos tocábamos. Sus miradas traspasaban  nuestros huesos. La humedad  se nos subía por los pies, oíamos  sus risas y conversaciones. Sus palabras  iban más allá de la tela: Éramos  una naturaleza muerta salpicada  de sangre. Yo recordaba a Nancy  ilusionada con otras palabras,  ellos nos examinaban sin tocarnos.  Se escucha a Mozart de fondo,  música ambiental, sabemos.  Mis compañeros se imaginan que somos  un paisaje bajando hacia el río  (cuando mataron a Claudio yo iba  siempre para verlo emerger  de entre las aguas. Ahora es uno  de nosotros). En días de mayor ocio  solemos recordar a nuestras mujeres,  a nuestros hijos. Cuesta saber  si estamos aquí entre tanta bruma.  Nos palpamos el rostro, los cabellos,  sin concluir jamás de reconocernos.  Huele a cloroformo. A sangre tibia  palpitando en la garganta. Irrumpen entonces, los inquisidores  con sus focos a 10 centímetros de los ojos. Quieren saber de nuestras vidas. Un olor a carbón  viene del otro lado del rio. “Al atardecer paseábamos por el puente viejo  mirando hacia la Desembocadura”,  responde Hugo. Un nuevo golpe y la luz de una linterna, como una madeja brillante, le da sobre el rostro. La sangre fresca de la frente deteniendo su transcurso empieza a desprenderse. Yo recordaba a Nancy apagando  La lámpara del velador. Creí que amanecía.      EN UN DÍA DE MAREA ALTA QUE HUBO  EN LA BAHÍA DE VALPARAÍSO    El mismo día en que varó el Río Rapel,  Yo andaba con una mujer a la cual  No tenía mucho que decirle. Ella tomaba  Fotografías de la nave, simulando  Estar sola. Las algas, en cosa de horas,  Habían recubierto la hélice, casi  Enterrada en la arena. No me resultaba  Fácil pensar de acuerdo a las circunstancias  Y el frío que me calaba los huesos.  Hace algunos años me habría alertado  Su presencia, uno que otro de sus gestos,  Pero en esta oportunidad solo tenía  Ojos para acumular imágenes extrañas,  Palabras sin sentido, recuerdos  Sin dirección. Tiempo después ella tuvo  La deferencia o complicidad —¿habré querido  Saberlo?— de enviarme algunas copias  Desas fotografías. Sin embargo en ellas  Aquel barco, varado en Valparaíso el 16  De junio de 1992, ya no parecía el mismo.  Así, contra la sal y el viento e inclinado  Sobre la playa, me hizo recordar aquellos  Días en que yo, con medio pulmón de menos  Y sin saber qué hacer con la vida, abandonaba  El Hospital de Crónicos del Parque y enfilaba  Sin rumbo por las calles de Concepción  Con un libro de James Joyce en los bolsillos  Y los ojos desaparecidos en la niebla.     RETROAMOR   Estertórico, esperpéntico, supuesto, sin oxígeno, desfásico, incierto, ululando, aullando, sin aliento, el acorde, el 1/2 tono, el Si perfecto.   Que comienza, que termina que ya es beso, estruendoso, sin sentido, qué siniestro, en cada nota rigor mortis, los silencios,  el orgasmo, la cejilla, el Do desierto.   Casi al borde, arremetido, casi al centro, en el vacío, casi anís, y muy incierto, casi cartílago, sinóptico, directo. De los sus ojos, corazón, y casi muerto   Azulado, puro amor, con sus preceptos, en Mi bemol, esotérico, sin cuerpo.     SALVE, OH CÉSAR    No existe en mis visiones el temor,  el asombro inexorable que pueda arrasar  con los grandes reinos y las vidas  de los emperadores y las meretrices.    No caben en mi cítara los cantos  sobre la extinción del leopardo  o la lluvia ácida cubriendo el mármol  de los templos. Solo me atormentan    La oscuridad y los pezones de Agripina  derramando su leche sobre otros labios  que no sean los míos. Solo me atormentan  lo necesario y lo mínimo, las aletas    El espinazo, los huesos blancos y los ojos  de mis estatuas desafiando a la muerte.     EN UNA TRIPLE X QUE VI EN LA CALLE 42   Aquí solo penumbras, solo el neón reflejándose en los espejos, el éxtasis a lo largo de la avenida. Alguna estación policial socavando nuestra inocencia. En las cavernas de mayor valor antropológico una música estridente y el humo de los cigarrillos oscilando sobre el metal de las jaulas vacías. Mujeres como orquídeas oliendo a sexo. Nalgas, lirios, plazas abandonadas y nieve, mucha nieve si tú quieres que haya nieve. Lo demás, calles arrasadas por la imaginación, lugares vacíos, rebaños que no existen más allá de su silencio. Diaporamas, videos, océanos de ensueño petrificando las miradas sobre la playa.     VIDA ORGÁNICA    Somos una masa blanda y húmeda  el primer paleophon abandonando las aguas  resbalando entre el fango y los helechos  de los parques nacionales    Somos el alimento y abrigo de los organismos  más desamparados que habitan las ciudades    Somos los desalmados de sangre caliente  los vertebrados e invertebrados los parias  de sangre fría bípedos o cuadrúpedos  expulsados de las galerías que nosotros  mismos construimos    Un

Patio de luz | Volver a Santiago

“…yo vuelvo a mis rincones. A las pequeñas plazas, a los cafés que dan al cerro Santa Lucía, a las avenidas de árboles y hojas, al ronroneo del Mapocho: gato cobrizo, irreverente, alzado. Y busco los rostros de mis amantes en aquellos hoteles mal agestados, en los cines sin conciencia, en los que, lo menos que se hace, es ver la película…” Volver a Santiago, después de la lejanía. Encontrarme con la ciudad en la que trabajé durante 10 años, yendo y viniendo entre buses, carros de metro, y caminatas. Volver a los rayados, a los señeros edificios, a las manifestaciones artísticas que se encuentran entre una cuadra y otra. La arquitectura, la escultura, el mapa oriundo que trazaron tan mal los españoles primerizos. Volver más viejo, alerta al paso, a la zancadilla, al exceso de motociclistas que pareciera que en cualquier momento se saldrán de la vía, y estarán encima nuestro, dejándonos “pal gato”. En cierto modo, volver con miedo, porque somos más frágiles y hemos desarrollado esa poltronería de un artículo raro exhibido en una vidriera. El único ejemplar. La única copia de un torbellino de sílabas, cadenas de ADN, y experiencias concretas de un microscopio que fue mejorando a través de la historia. Volver, guardando ese recuerdo que hace saltar gotitas de emoción, como la sal de fruta. Pensar en los amigos, abrir la puerta de la imaginación a los compañeros de curso, a las anécdotas universitarias, a los triunfos mínimos que hemos acumulado bajo el sol de gobiernos que nunca han estado de nuestra parte. Aquellos que cerraron las puertas a los desposeídos, que exiliaron del diario acontecer a quienes pensamos distinto. O, mejor dicho, a quienes pensamos. Oler la xenofobia, la homofobia, el odio de la raza: desde el mestizo hasta el afro americano. Ni pensar en los amarillos “ojitos rasgados”. El tira y afloja de políticas anti cultura, anti medicina, anti educación, anti juventud, anti movilizaciones. Basura que entrega los bienes y riqueza nacionales al tercio extra millonario del país.  Pasar por falsas misas, por arrepentimientos y bienaventuranzas que duran lo que un candy en la puerta de una escuela. Ver principios de niebla y convicciones ultraderechistas copiadas sin asombro y más crueles que las ya conocidas. Gozar de mi libre albedrío en estas reconciliaciones paisajísticas y humanas. Porque hasta eso nos quitará esta satrapía vigente. Me declaro vándalo, incivilizado, disidente, desde que nací. Y lo digo a los homosexuales ocultos tras una cortina religiosa, quienes pretenden manejar a la población como soldados obedientes a los decretos, de lo que dicen que es bueno, sano, normal o necesario para Chile. Pero yo vuelvo a mis rincones. A las pequeñas plazas, a los cafés que dan al cerro Santa Lucía, a las avenidas de árboles y hojas, al ronroneo del Mapocho: gato cobrizo, irreverente, alzado. Y busco los rostros de mis amantes en aquellos hoteles mal agestados, en los cines sin conciencia, en los que, lo menos que se hace, es ver la película; sino montar escenas porno, para alivio del que desea explotar de lujuria. Adentrarme en los baños turcos, las saunas, en donde el semen salta como al abrir una botella de champaña, el cual esperan muchas bocas abiertas. O las fiestas de sexo en algún departamento que nunca es el mismo. Volver a la guerra de los cuerpos. A los besos furiosos, desatados, a la entrega sin límite ni determinación. Cualquier cosa está permitida, en esas horas, o tardes, o noches, de embestidas interminables. No niego ser un animal sexual. Vago entre prepucios, glandes, gónadas, el arrebatador contacto de la carne, con otra carne del mismo sexo, de la misma intensidad, de la misma idea de desesperados que queremos llegar al éxtasis furioso. Y comenzar de nuevo, siguiendo en el tablado, vigentes, a pesar de la cortapisa añosa que comienza nuestro derrumbe. Volver a Santiago, sí, volver por esa vida que se desparramó, pero dejó el perfume interminable de los que ansían verse de nuevo. Aunque nunca será el mismo. Siempre otro, y otro, y otro más. Ser eternamente esclavo de esta pasión arrobadora de entregas y caricias, como el inicio de lo que vendrá después: el leve sueño del disfrute sobre sábanas sucias, o cerámicas mojadas de líquidos inconfundibles. Sí, ¡Volver a Santiago! ¡Siempre este regreso será para mí!  

Trastienda | Los parpadeos de la memoria

«La existencia nos cruza como una herida absurda, una escritura que se abre a lo innombrable que es finalmente, más allá del lenguaje solemne y burocrático de la cárcel y la morgue, una serie de efectos que quedan cuando el silencio los envuelve. Los relatos que ellos esconden parecen retirarse, dislocarse, y la tristeza los reitera en diversas versiones.» En memoria de G. González Isla   En el prologo del libro de ensayos, Efectos personales de Juan Villoro, el autor comenta que el lenguaje tiene una curiosa forma de esforzarse por lucir irrefutable. La impersonalidad y el esfuerzo del lenguaje, en la mirada de Villoro, plantea la exigencia que emerge por mostrarse como una sentencia de hierro, el carácter irremediable, pero fracasa en ese sentido. El autor apunta a un efecto producido y revela aquello que en él se dice tan abiertamente y lo pasamos por alto. Una serie de efectos, una composición de elementos que sostienen un artefacto que además busca parecer indesmentible. Es el lenguaje mismo. En cuya dimensión existencial abre la herida de una nada, de una fisura que nos nuestra la condición de efectos que somos. Diría que la imagen tiene ese mismo resultado, pero sin esfuerzo, que es el de parecer una realidad incuestionable, como si el ojo fuese un testigo más fiel que el testimonio construido por palabras. La solemnidad que impone el lenguaje legal produce una autoridad que nos compromete con un saber objetivo o una disposición que delimita una acción en curso. Este lenguaje dice más, sin que podamos soportarlo, oírlo. Lo que fracasa es el sentido legal y el sujeto, entonces se afirma el carácter del lenguaje, más allá de su delimitación institucional captando el abismo que abre. Lo que se afirma no viene de ningún sujeto.   La dimensión existencial de esos efectos personales, son en el lenguaje legal la serie de cosas, objetos, elementos que como hilos sueltos de una trama implican lugares, espacios, palabras no dichas, dedos rozando en el bolsillo la boleta de una compra, las llaves de una puerta que no volverá a abrir. Quizás la persona, la sagrada persona, ese dispositivo, no es otra cosa que una serie de efectos, lo que queda cuando somos sustraídos de la acción presente que nos diluye. ¿Cuánto tiempo de vida guarda la cifra de un llavero usado mil veces? La mirada sobre esos efectos parece, bajo la fria legalidad, ser más precisa de lo que en su primera instancia no expone. Si bien en el prologo del libro lo que impera es la manifestación del efecto de objetividad del ensayista que oculta la subjetividad en los otros, de quienes habla, la herida, llagada está en la letra, en la escritura y toda escritura que se vuelve sobre sí permite ver el surco, y nos envuelve en el extrañamiento, en la melancolía de la mirada. La existencia nos cruza como una herida absurda, una escritura que se abre a lo innombrable que es finalmente, más allá del lenguaje solemne y burocrático de la cárcel y la morgue, una serie de efectos que quedan cuando el silencio los envuelve. Los relatos que ellos esconden parecen retirarse, dislocarse, y la tristeza los reitera en diversas versiones. Si bien, esos efectos parecen encender la memoria, por otro lado, una tristeza los envuelve con un fondo oscuro.    La muerte acaecida el año pasado de un amigo, me hace pensar en esos efectos, la memoria, la imposibilidad y los parpadeos del olvido. ¿Quiénes somos para otros?, como leí en una antología de relatos argentinos: “A veces me pregunto qué cara tendré yo en tu memoria”(Dal Masetto). Ese rostro del que no somos dueños sobrevive en la memoria de los otros. La dignidad descansa sobre los que quedan, porque son los que sostienen los efectos de los ya  idos. Pero no como meros objetos, sino como un complejo de voces que los nombran, que los incorporan a sus historias. Los miran en sus fotos, detenidos en un gesto que sobrevive. El infinito descansa en esa mirada, en esas voces, como fragilidad que lucha por sostenerse cifrada en el resto, en las cosas como intersticios filtrados por la nada. Esos rostros son el efecto y retirada de un tejido de sensaciones y sentimientos, la tesitura del tiempo sin presencia que nos toca levemente en las palabras. Poco a poco parecen alejarse hacia la dimensión intocada de una evasión que no decidimos. Pero vuelven, dicen que vuelven, los moribundos los ven venir. El fantasma de una noche sin fondo nos sustrae a ese momento, cuando nos damos cuenta que no somos sino meros reflejos. Efectos personales.  

En Tontilandia | Un humanista de tomo y lomo

¿Qué nuevas sorpresas nos tiene guardadas este gran humanista? ¿Será que cuando indulte a las bestias que han asesinado, torturado y violado a sus compatriotas afirme que se trata de un calambur y luego, aprovechando nuevamente las críticas por el mal uso del término, algo deliberado sin lugar a dudas, acuda a la figura de la metonimia, del desplazamiento, para corregir su error, arrojando así un par de nuevos vocablos a la población? Mucho se ha criticado al presidente Kast por la serie de chambonadas que ha cometido en el aspecto económico, en lo político y en lo social durante sus primeros meses de gobierno, sin embargo, nadie ha resaltado el monumental aporte que el primer mandatario ha hecho a la literatura y particularmente a la poesía, ese arte olvidado, sepultado, aplastado, en el breve tiempo que lleva con la cinta tricolor ceñida sobre su pecho flaco y costilludo. Digo esto porque si bien es cierto que ha recortado el presupuesto del Ministerio de las Culturas y las Artes, designado a un ignaro a su cabeza y puesto una serie de requisitos absurdos a las becas de creación literaria, es indudable, por otro lado, que ha hecho un aporte relevante en el terreno de la enseñanza de las figuras retóricas, puesto que hoy en día todo el mundo está pendiente de sus discursos con el objetivo de descubrir dónde está la metáfora. ¡Qué didáctica más espectacular! ¡Qué envidia deben sentir los profesores de Lenguaje! Esto, recordemos, surgió en mayo del 2026, cuando el presidente señaló que su promesa -fallida- de expulsar a 300.000 inmigrantes el primer día de su mandato no era literal sino una metáfora, aprovechando luego las críticas por el uso incorrecto del término para instalar otra expresión vinculada al arte de la palabra en el cotidiano nacional: no se trataba de una metáfora, señaló, se trataba de una hipérbole, enriqueciendo aún más el espectro verbal de una población cada vez más acotada en cuanto a su léxico. ¿Qué nuevas sorpresas nos tiene guardadas este gran humanista? ¿Será que cuando indulte a las bestias que han asesinado, torturado y violado a sus compatriotas afirme que se trata de un calambur y luego, aprovechando nuevamente las críticas por el mal uso del término, algo deliberado sin lugar a dudas, acuda a la figura de la metonimia, del desplazamiento, para corregir su error, arrojando así un par de nuevos vocablos a la población? ¡Qué gran estadista le regaló su padre, un nazi fabricante de salchichas, a este país! Probablemente, y hablo desde la perspectiva política, nos encontremos ante el nuevo Neruda, o más bien ante el not Neruda, un tipo que toca el corazón de las masas con un discurso parco, cínico, seco, no cubierto de una fina capa de chocolate crocante como el del nacido en Parral, ajustándose a la sensibilidad del nuevo chileno o not chileno, e incluso del bot chileno, que parece adorarlo. ¿Se le otorgará el Premio Nacional de Literatura? ¿Alcanzará el Príncipe de Asturias o el Nobel? No lo sé, lo único que está claro es que su oratoria o not oratoria llegó de mejor manera a las masas que la del autor de Crepusculario, quién, recordemos, fue candidato a la presidencia de la República a fines de los sesenta, aunque sin llegar a la Moneda, como sí lo hizo nuestro actual mandatario. Seguro que Kast seguirá adelante promoviendo no solo la not poesía, sino también el not teatro, la not plástica, la not narrativa, la not música, la not danza, y en general el not arte, como el gran innovador y hombre de futuro que es. Chile, no tengo dudas, no será el mismo cuando expire su mandato. ¡Cuánto habrá crecido nuestro feble léxico y nuestra siempre deficitaria comprensión de lectura!  

Fichero | Carl Sandburg: «Poemas de Chicago»

«La obra en cuestión fue publicada en 1916 -exactamente hace 110 años- y lo que en ella asoma rima bastante con lo que se vive hoy en día, más de un siglo después, en muchas partes del planeta, yendo en una dirección diferente a la difundida afirmación -atribuida a Heráclito- de que lo único constante es el cambio.» Habitualmente oímos hablar del progreso que implica el capitalismo, señalándolo como la única opción válida -y realista- para el desarrollo de las personas y los países. Leer Poemas de Chicago del norteamericano Carl Sandburg (1878-1967), sin embargo, hace que un individuo normal, no alguien abducido por la prensa, las redes sociales y el marketing de Nestlé, ponga seriamente en duda tales afirmaciones. Esto porque la obra en cuestión fue publicada en 1916 -exactamente hace 110 años- y lo que en ella asoma rima bastante con lo que se vive hoy en día, más de un siglo después, en muchas partes del planeta, yendo en una dirección diferente a la difundida afirmación -atribuida a Heráclito- de que lo único constante es el cambio. Poeta, biógrafo, periodista, cantautor y sindicalista, Sandburg formó parte del “Renacimiento Literario de Chicago” junto a escritores como Theodore Dreiser, Sherwood Anderson y Edward Lee Masters, movimiento de inicios del siglo XX que buscó revitalizar la poesía norteamericana a partir de las formas de vida y la cultura de la época. En ese marco, los textos que Sandburg incluye en Poemas de Chicago se enfocan en la gente común y corriente, obreros y obreras, niños, tenderos, pescaderos, granjeros, cesantes, prostitutas, haciéndonos ver la situación en que se encuentran ante el desbocado y desregulado avance del capitalismo industrial en una ciudad que rebosa de inmigrantes. Significativo, en este aspecto, resulta el poema “Mamie”, que muestra a una chica de un pueblo rural que sueña con el romanticismo de una gran ciudad y se va a Chicago, donde termina trabajando “por seis dólares a la semana en el sótano de los almacenes Boston”.     En su recorrido por la ciudad, a la manera de un Baudelaire con espíritu social, Sandburg da cuenta de una amplia variedad de problemas sociales -la inmigración es uno de ellos- todavía vigentes en las sociedades actuales. En el poema “Excavadores”, por ejemplo, vemos a un grupo de cesantes que miran a unos obreros que, hundidos en el fango, pala en mano hacen zanjas para las tuberías del gas, horrorizándose la mitad de ellos ante la posibilidad de hallarse en tal brutal ocupación y pensando “Los otros diez: “Dios, ojalá yo tuviera ese trabajo””. En “Anna Imroth” nos encontramos con una obrera fallecida en el incendio de una fábrica. Su suerte, nos dice Sandburg, radica, por una parte, en los designios divinos, y por la otra “en la falta de salidas de emergencia”. En “Mag” nos encontramos con un inmigrante, sobrepasado económicamente, que lamenta el hecho de haberse casado y tener hijos, deseando: “Que los niños nunca hubieran venido / Ni el arriendo, ni el carbón ni la ropa por pagar / Ni el almacenero que reclama la deuda / De sus frijoles y ciruelas en efectivo.” En “Listo para matar”, el hablante se enfrenta al monumento de un general “a caballo, con la bandera y la espada y revólver en mano”, resistiéndose a rendirle honores, puesto que no se han levantado monumentos para quienes de verdad trabajan y dan alimento. Con ciertas dotes de vidente, además, en “Graceland”, Sandburg se refiere a este lugar como: “Mausoleo de un millonario / un multimillonario mejor dicho, damas y caballeros / lugar de reposo de los muertos, donde gastan al año / la usurera suma de veinticinco mil dólares / por el mantenimiento y los adornos florales / para conservar vivo el recuerdo de los muertos”, concordando con el destino actual de la mansión donde reposan los restos de Elvis Presley y algunos de sus parientes.    Usando el verso libre, heredero en tal sentido de Walt Whitman, la escritura que Sandburg despliega en Poemas de Chicago se encuentra exenta de alambiques, abstracciones, laberintos y figuras retóricas retorcidas, desarrollando una poesía luminosa, sensible, realista pero no panfletaria, que 110 años después de su publicación se sigue leyendo como en vivo y en directo. Humaniza así una ciudad ampliamente (des)conocida por las películas de mafiosos y su escuela económica orientada al extremismo de mercado. Habría que agregar, además, el carácter vitalista de su poesía, puesto el autor, nacido en Illinois e hijo de inmigrantes suecos analfabetos, antes de dedicarse a la escritura tuvo diversos oficios, empleándose como repartidor de leche, portero, albañil, trabajador del campo, sirviente de hotel, carbonero y voluntario en la guerra hispanoamericana, experiencias que le aportaron un conocimiento cara a cara de la vida de la gente común.   Los dejo ahora con una breve muestra de este escritor norteamericano, clave en la modernidad poética gringa. De seguro su lectura traerá al lector reminiscencias o flashes de la vida actual, que, con otra tecnología, más avanzada, no ha logrado superar (no creo pertinente poner “aun”) las barreras de la injusticia social, el egoísmo, la violencia absurda y la explotación, tal como podemos ver en Poemas de Chicago.       Muestra de poemas     MAMIE*  Mami se daba de cabezazos contra los barrotes de un pequeño pueblo, en Indiana, y acunaba sus sueños  románticos, de cosas de veras grandes, muy lejos, en algún lugar al que llegasen todos los trenes. Veía perderse el humo de las locomotoras allí donde  los rieles de acero centelleaban al sol, y cuando  llegaban los periódicos con el correo matutino  se enteró de que existía un gran Chicago muy lejos, adonde llegaban todos los trenes. Se hartó de los chicos de las barberías y de la cháchara  en correos y los cotilleos en la iglesia y de las viejas  melodías que tocaba la banda el 4 de julio  y el Día de los Caídos  y sollozaba al pensar en su destino y se daba de cabezazos  contra los barrotes y a

Signos vitales | La banana de Sísifo

«Intenté luego imaginar el proceso semanal de recambio de la banana. Lo más seguro, me dije, es que no sea el mismo Justin Sun quien realiza la rutinaria tarea, sino uno de sus subalternos, una especie de técnico superior en sustitución de bananas –con mención en logística de la estética o algo por el estilo– preocupado de comprar, trasladar y fijar al muro la banana cada siete días, manteniendo –además– un stock de cinta adhesiva que asegure el éxito del proceso.» Al mediodía, cruzando el puente Recoleta, me encontré con un hombre barbudo, esquelético y sucio. Se hallaba en medio de los cientos de indigentes –nacionales e importados– que día a día se instalan allí a vender todo tipo de residuos. El tipo, que parecía venir saliendo de un campo de concentración nazi, de Tejas Verdes o de la Franja de Gaza, tenía los ojos hundidos, sumergidos en otro mundo, mientras avanzaba penosamente cargando una especie de mochila con sus cosas. Se ayudaba para esto de un rústico palo en bruto, bastante retorcido, que le daba un cierto aspecto de ferocidad. Comía una banana media negra, media podrida, con avidez. Una banana que seguramente recogió de los basureros de La Vega, institución que, como se sabe, es fuente de alimento para todo tipo de perdedores: alcohólicos, drogos, personas con problemas de salud mental, inmigrantes sin fortuna y otros ejemplares propios de la fauna de los bajos fondos. Al verlo, instantáneamente me acordé del multimillonario que en noviembre de 2024 compró la comentada y cuestionada obra "Comedian" del italiano Maurizio Cattelan, que consiste en una banana pegada con una cinta adhesiva a un muro, por un precio cercano a los seis millones de dólares. La carísima banana, contra lo que podría pensarse, no tiene absolutamente nada de especial, se trata de una banana común y corriente, de las que se pueden encontrar en la feria y como todas las bananas madura y se echa a perder, por lo que resulta indispensable cambiarla semanalmente, procedimiento contenido en un instructivo desarrollado por Cattelan. Se me ocurrió, mientras el mendigo se alejaba, que la banana que comía era la que el magnate chino–granadino Justin Sun –tal es el nombre del comprador de “Comedian”– había lanzado a la basura esta semana. Como el año tiene 52 semanas, 52 mendigos podrían ser favorecidos cada año con una fruta podrida. Esa es la parte social de la obra, me dije, el aporte conjunto del artista italiano y el multimillonario de origen asiático –que se dedica al rubro de las criptomonedas– a la sufrida humanidad. Intenté luego imaginar el proceso semanal de recambio de la banana. Lo más seguro, me dije, es que no sea el mismo Justin Sun quien realiza la rutinaria tarea, sino uno de sus subalternos, una especie de técnico superior en sustitución de bananas –con mención en logística de la estética o algo por el estilo– preocupado de comprar, trasladar y fijar al muro la banana cada siete días, manteniendo –además– un stock de cinta adhesiva que asegure el éxito del proceso. Imaginé, luego, que en algún momento el multimillonario se debe haber dado cuenta de la broma pesada que le jugaron o que se jugó a sí mismo, puesto que la compra de “Comedian” le sirvió para hacer automarketing global, y eso siempre es positivo para empresarios y tipos con personalidad narcicista, pero a cambio de eso deberá cambiar –o mandar a cambiar– semanalmente una banana hasta su muerte, en una especie de mito de Sísifo en tono de comedia pop. A raíz de esto me pregunté qué persona sensata pagaría seis millones de dólares por hacerse de una tarea tan tonta para toda la vida. Y no se me ocurrió ninguna. Recordé, enseguida, que al comprar la instalación Justin Sun señaló –según la prensa– que la fruta adquirida: "Sabe mucho mejor que otros plátanos, realmente está bueno", lo que me hizo pensar que, hoy en día, la liviandad mental es sinónimo de éxito y popularidad.   Mas tarde, bebiendo un café en un local del centro, me pregunté que es lo que le da valor a una obra de arte. No pude, por supuesto, dar con una respuesta, las posibilidades son muchas y dan para un montón de columnas. Lo que está claro es que la recontextualización de un objeto cotidiano en objeto artístico –o ready made– fue una idea desarrollada por Marcel Duchamp hace más de cien años, cuando expuso su obra “La fuente”, que consistía en un urinario común y corriente, en una muestra de arte de la época. En ese sentido “Comedian” no es más que una copia de la idea de Duchamp, cuya única variación es que el objeto, la banana, es perecible y debe ser cambiada periódicamente, sin que se perciba la ironía subversiva de “La fuente”. Lo que se compra es la idea, no la obra, se justificó Justin Sun, pero la idea ya existía, la nuevo fueron los seis millones de dólares pagados por la banana, haciéndonos pensar que en estos tiempos controlados por un grupo pequeño de narcisistas multimillonarios –y escasos de escrúpulos– la respuesta parece ser el dinero. Mientras más se paga por una obra, más artística esta es, dando cuenta del estado de la sociedad actual, que necesita –urgente– un recambio, tal como las bananas podridas de Justin Sun.    

Fichero| «Hoteles baratos», de Luis Alfredo Villalba

«Emplazados en diversas ciudades argentinas, así como de algunos países vecinos, los versos del autor trasandino centran su mirada en la cotidianidad de los lugares, casi siempre de paso, desde donde escribe, focalizándose en la vida barrial y estudiantil, en las figuras femeninas, inevitables, que surgen en esos espacios y en las siempre agitadas aguas de la discusión pública.» Por motivos que recordar no quiero, hace unos meses tuve la ocasión de cruzar la cordillera y viajar a Argentina, el país del Loco de la Motosierra. Mi destino fue la tranquila, arbórea y agraciada ciudad de Mendoza. Estando allí acudí a varias librerías y kioscos de viejos buscando libros de poesía local, hallando, por fortuna, varios ejemplares y a precios bastante asequibles, razonables, pagables, a diferencia de lo que constaté en las librerías del centro de la metrópolis de los alfajores, el vino, y los asados -que pronto parece que serán de burro- donde se vendían solo los títulos del millón de dólares.  Uno de los libros -no el único- que llamó mi atención fue el poemario Hoteles baratos, publicado por Editorial Diógenes (Mendoza, 1999), obra del poeta, narrador, guionista y realizador audiovisual Luis Alfredo Villalba (Mendoza, 1939), quien dio a conocer su primera colección de versos, Justificación de la piedra, hace más de sesenta años (1961), continuando luego  con Poemas (1963), A pesar de mí mismo (1964), Persona (1991) y La muchacha del café (1995). En el ámbito narrativo, Villalba ha sido autor de cuentos y adaptaciones de mitos y leyendas para niños, así como de artículos de opinión, publicados en diarios y revistas locales.  En Hoteles baratos, practicando una poesía de carácter vital, ligada a la experiencia, el autor mendocino construye una serie de textos donde se mezclan la ironía, la sensualidad, la compasión y la crítica social. Emplazados en diversas ciudades argentinas, así como de algunos países vecinos como Valparaíso y Montevideo, los versos del autor trasandino centran su mirada en la cotidianidad de los lugares, casi siempre de paso, desde donde escribe, focalizándose en la vida barrial y estudiantil, en las figuras femeninas, inevitables, que surgen en esos espacios y en las siempre agitadas aguas de la discusión pública. Utiliza para ello un lenguaje directo, casi de crónica, exiguo en el uso de figuras, no relumbrante diría un manierista, alejándose de la demagogia y sus florilegios para mostrar, en estas postales, los absurdos, las miserias y la apabullada belleza de los escenarios que poetiza.    Selección de textos   MENDOZA    I En 1950 instalaron un complejo mecanismo fotográfico en la esquina de Buenos Aires y San Martín. Se tomó una foto por día durante varias décadas. Esperaban encontrar la transformación de la ciudad de Mendoza. Hubo un error, la máquina solo apuntaba hacia abajo. El único acontecimiento memorable fue cuando levantaron los adoquines y las vías del tranvía. El resto solo zapatos, chancletas, zapatillas, alpargatas y un escarpín.   IV Vi al mendozazo desde una vereda ecléctica.   Por si las balas vi a los bomberos correr y a los manifestantes correr a los bomberos y a la historia provinciana correr desorientada. Los dirigentes enarbolaban consignas populares y en voz baja negociaban la rendición.   Desde la vereda vi a los autos incendiados y a los gendarmes avanzar en silencio.   El tiroteo me sorprendió cuando me retiraba por una calle lateral. Llegué a mi casa jadeando, le di leche al gato.   V Te encontré en un barrio de las afueras, de las afueras de mi pequeño mundo donde la comida diaria es algo que no se discute. En tu cuerpo joven se notaba la dieta de pan y mate, de mate sin pan. Algo encorvada tu sonrisa brilló para pedirme trabajo, yo deseaba tu cuerpo joven más allá de la dieta estricta tu abrazo fue cálido como una sopa de orégano.   Me contaste de tus hijos, el primero a los trece, el cuarto a los quince, menos dos que murieron por contagios del basural:  dos a dos.   XIII Los turistas se pasean por la calle San Martín, admiran la arboleda, las veredas anchas, el rumor de las acequias, el solcito a toda hora y dicen no sabiendo a qué se exponen qué lindo lugar para vivir. A continuación reciben aplausos entusiastas, los periodistas elogian sus palabras en los matutinos y es vano que en minoría yo pretenda advertirles que la historia por aquí no pasa. Lo que pasa es que somos europeos modula el coro con el chaleco recién planchado y el racimo de uva en el ojal.   No tengo muchos motivos para no llorar a gritos en el año de mi sexagésimo cumpleaños. Espero que el médico no me prohíba el cabernet-sauvignon.   CÓRDOBA    II Contra el empapelado de florcitas el boxeador soñaba campeonatos y tiraba golpes a su sombra. La sombra más delgada que se haya visto sobre un ring. La sombra esparcida con letra despareja en un cuaderno más cerca del abandono que del nocaut.   El boxeador no se juntaba con los estudiantes, salvo con uno. La lucha de clases son pavadas de cajetillas, decía mientras golpeaba con furos su sombra.   IV Las muchachas subían y bajaban por la escala como los ángeles de Jacob. Sus cuerpos se escurrían como espíritus materiales, portadores de buenas nuevas, de saberes y sabores, de salivas curativas. En el balcón negociaban sus besos por una botella de ginebra.   No pude guardar ni un claver arrugado que sirviera como testigo de tales portentos,  la mañana llegó antes de lo previsto y las muchachas se dispersaron por la ciudad.   Alguien recogió la escala alguien escondió las botellas debajo de las camas, alguien volvió a los libros de mala gana.   VII Escribir poesía es un acto de amor se escuchó a mediodía por la radio, hay testigos. Los académicos, sorprendidos en su buena fe no lo admitieron ni lo negaron aunque el mal gusto había sido evidente. La sagrada proporción suspiró aliviada cuando supieron que solo había sido la irresponsable declaración de un joven poeta.   VALPARAÍSO 

Fichero| «Tractatus Máquino-Prosimiae», de Iñaki Barasorda: Una osada iniciación

«La novela está organizada en párrafos breves, sentenciosos, muchas veces de carácter aforístico, recursos con los que Barasorda va dando vida a un ambiente surreal, tecnológico y al mismo tiempo opresivo, agobiante, dialogando con tendencias como el cyberpunk y el retrofuturismo.» Recién publicada por Ediciones Esperpentia, Tractatus Máquino-Prosimae, primera publicación de Iñaki Barasorda (Santiago, 1987), es una novela sofisticada, con rasgos distópicos y acercamientos a la ciencia ficción, donde el protagonista -un imaginativo joven del barrio alto- despliega sus reflexiones y relata sus intrincadas experiencias iniciáticas junto a Emilia y sus amigos Petaca y Archibaldo, utilizando para ello un lenguaje que va de lo poético a lo narrativo, salpicado además de “vetas ensayísticas”, como acertadamente se indica en la contratapa del libro.  La novela está organizada en párrafos breves, sentenciosos, muchas veces de carácter aforístico, recursos con los que Barasorda va dando vida a un ambiente surreal, tecnológico y al mismo tiempo opresivo, agobiante, dialogando con tendencias como el cyberpunk y el retrofuturismo. Circulan, en este mundo, referentes culturales variopintos: Los Caballeros del Zodíaco, la música de Roy Orbinson, la poesía maldita, las peliculas de David Cronenberg, por nombrar algunos, abarcando también campos como la matemática y la psiquiatría, ciencias que le permiten al protagonista exponer las extravagantes teorías que surgen de su pensamiento  híper-especulativo. Se trata, como se puede ver, de una novela poco convencional, osada, con rasgos experimentales, que le hace honor a su título, que es una referencia irónica a la obra de Wittgenstein y al mismo tiempo un acto de subversión contra el modelo de ser humano alienado, simiesco y maquinal, desconcertado, que habita las sociedades líquidas, ofreciendo una mirada crítica, recubierta de humor ácido, respecto de los delirantes y vacíos tiempos que vivimos.     Selección de textos 1.1  Manifiesto El Simio ha alcanzado el límite de su vanidad. Un empayasamiento grotesco, el maquillaje del mimo. El disfraz de la deformación espiritual, disimulada por ornamentos visualmente placenteros.   Grande, pavorido y ansioso se esconde de sus pulsiones. Busca angustiado una retroalimentación de su necesidad de afecto social y de atraer al sexo opuesto para vaciar su lasciva destemplanza.   Golpea el piso para demarcar su territorio.  Intenta salir de su jaula y recibir del mundo una efímera e insustancial compañía.  El Simio grita en la espera de comprobar su entrenamiento.   2.1 Llego a la casa de una niña rica a su cumpleaños, en un Mini Cooper S y proclamo ante mucha gente que parece rondar la entrada: «¡Alguien que llega en un Mini Cooper S negro tiene derecho a entrar sobre todos!». Era otra fiesta, pero entramos en la casa correcta, la anfitriona nos recibe y bajamos a un subterráneo. Gente que colma el lugar, pregunto cosas, me mimetizo con mi ropa hípster y bella. Doy la mano, me la reciben: risas. Miro con cara extrañada. Recuerdo a quién me abrió la puerta, tengo ganas de hablarle, pero por ahora solo conquisto territorio.  Hago un brindis. La mujer que lo recibe me mal interpreta. Se queda largo rato ahí, como si fuese lo más interesante, pero no lo es.  Soy un seductor, un cualquiera interesante, no hay «jaque».  Me miran, se extrañan, como mi mirada. La mujer acecha, por ahí, la busco, subo, la encuentro, maquino el encuentro.  Me pregunta qué hago ahí, le digo que ya nos vamos, pero no le basta para pedírmelo. Me quedo con la mirada insistente, sonríe y se burla coquetonamente. Le doy un beso y ahora el gemido va en serio, pero se espanta y se va. Llego a mi casa, una suave dosis de Ravotril, manoseos encantadores, otra noche de victorias gregarias.   2.5 (Fragmento) A Petaca lo conocí por Archibaldo mediante las redes sociales, donde nos poníamos en jaque con comentarios insultantes pero inteligentes. Eventualmente interactuamos en persona y dejamos la competencia, dando luz a la exaltación de las bajas frecuencias, en un escenario de primavera donde enlazamos nuestra estética en un solo canto al retro–futurismo y la melancolía trágica del arte.    Entre música electrónica setentera y risas, de buenos aires por venir, conversamos cálidamente sobre mi fragilidad y la situación con mi padre, que se volvió loco en una especie de arranque maniacodepresivo. –«No seas tan mariquita»”, me dice Petaca, «el rollo con tu viejo no te hace a ti una víctima de su locura y abandono». Me siento desolado, frágil. Petaca es fuerte e inteligente y al lado de él me siento débil y ambiguamente protegido. –«No lo digo por herir, sino para que confrontes tus fantasmas, que son muchos». Archibaldo concuerda. Más marihuana, unos Ravotril para apaciguar. La voz de un personaje femenino de un juego de computador en el que Archibaldo está metido me deja sedado y enamorado por largo rato, mientras solo compartimos nuestras presencias. Mi padre debe andar por los alrededores del supermercado de la cuadra de su edificio, con bata, pelado, dos cédulas de identidad colgados de su cuello y un Rolex en cada mano. Invita a los estacionadores de autos al departamento para mostrarle sus diplomas y fotografías.   4.1  Informe de divulgación Hoy he conocido, por maneras extrañas, al Dr. Bajo, fundador y eximio practicante de la Somatopía. Largos han sido los sondeos, y los resultados nos han probado estar en lo correcto.  En una biblioteca gigante, con algunos muñecos taxidérmicos distribuidos por la sala, automáticamente comienzo a indagar lo que escuché por primera vez respecto de la Somatopía. Se le divulga como una nueva forma de tratamiento terapéutica, psíquica, holográfica  y a la vez quirúrgica, destinada a «sanar la concepción errónea que existe sobre la jerarquía entre la mente y el cuerpo, éste último necesitado de severas intervenciones para comenzar un verdadero aprendizaje sobre la necesaria relación entre ambos, vedada hasta ahora para el Hombre». Fue a Petaca a quien primero le hice saber de este descubrimiento.  Se interesó lo suficiente como para investigarlo, aunque la información era escasa, por lo que terminó yendo a visitar personalmente al doctor. No sabría decir si la imagen del

Perfiles | Colmilludo

«Al irse, la señora del carrito me contó que lo lanzaron desde un auto rojo, fue unas horas antes de que el suicida llegara al puente, lo sabía, estaba segurísima, porque ella se instalaba todos los días ahí mismo y bien tempranito. El suicida, al llegar, se sentó en una banca cercana al puente a comer un sándwich. Seguro que quería morir con la guata llena. Mientras mascaba el pan el perro se le allegó y en vez de lanzarle unas migas, el weon lo pateó más fuerte que la mierda.» Atardecía y después del trabajo me fui a dar una vuelta por el centro. Tenía ganas de distraerme. Lamentablemente las calles estaban inundadas de vendedores ambulantes y costaba caminar. Recordé, mientras intentaba eludir un puesto de ropa deportiva, enseguida uno de micas para teléfonos, luego uno de perfumes alternativos, que el alcalde actual, electo hace pocos meses, había jurado, por la santísima bandera chilena, que besó, que baboseó, terminar definitivamente con esta situación. En un discurso ante sus despistados seguidores, señaló, entre otras cosas, que en la comuna había hombres y mujeres de rostros desfigurados, crispados, angustiados, hombres y mujeres, todos vecinos del municipio, sufriendo en silencio mientras se alimentaban de bolitas de helado de frambuesa y maratoneaban series. ¿La fuente del dolor? Las incivilidades, el deterioro del espacio público, la gente que escupe trozos amarillos -a veces con sangre- de neumonía en las calles, los cucarachos que mean los anuncios de Vichy, los enanizados inmigrantes indígenas -quizá jíbaros- que roban carteras y se meten en el culo de la gente gorda, hipertensa, para solucionar su problema habitacional, las putas colombianas que hormiguean en el portal de los completos, los flaites que se prostituyen en las escalas del banco de Chile, las chuscas que bromean con el pene del caballo de Valdivia en la Plaza de Armas. ¡Las calles son para transitar y yo haré que eso se respete!, gruñó el alcalde -cuando aún no era el alcalde- al finalizar su encendida perorata de cierre de campaña. ¡Oso, Oso, Oso! gritaron sus partidarios, muchos de los cuales emitían silbidos involuntarios a causa de piezas dentales ausentes. Banderas chilenas ondearon.    Para evitar el choque con los vendedores o pisotear su mercadería, su capital, su alma, decidí pasear por una parte más tranquila y me dirigí hacia el parque Forestal. De tal guisa fue instantáneo mi cambio de objetivo estratégico que, sin darme cuenta del proceso de metamorfosis (parece que me nublé), me vi yendo por Diagonal Cervantes hacia el río Mapocho para continuar, luego, caminando sobre el césped del Forestal hacia el oriente. La tarde estaba tibia, soplaba una brisa fresca y los árboles parecían ronronear. Árboles-gatos, me dije. Y lo repetí varias veces. Reía con esta ocurrencia, una risa no muy estridente, ni muy convencida, una risa que era anti-risa al mismo tiempo, que era un resguardo, cuando algunas cuadras más alla, al llegar al puente Purísima, me encontré con una aglomeración humana. Un hombre estaba a punto de saltar desde sus barandas metálicas. Detuve entonces mi andar y me ubiqué en un escaño al otro lado de la acera adyacente al río. Desde esa distancia, unos veinte metros, observé el panorama. Del suicida se veía solo la parte alta de la cabeza, tapado su cuerpo por la muchedumbre y los puestos de los ambulantes que comenzaban a dominar el lugar. Tenía el pelo negro y corto, tipo militar, y las orejas afiladas. Eso pude ver. Un perro, ajeno al evento, se paseaba entre los curiosos. Tenía el pelaje color chocolate y las patas y el vientre blancos. Lucía además un par de colmillos gigantes que comparados con su tamaño -era casi un gato- le daban un aspecto de graciosa ferocidad. Moviendo la cola lo vi dirigirse al carro de sopaipillas cuneteras y meterse, sin más, entre las piernas varicosas de la vendedora. Se trataba de una mujer mayor, baja, de contextura gruesa, que tenía un problema en una cadera y se movía con cierta dificultad. Una verdadera microempresaria, ícono perfecto -además- para promover el auto sacrificio, individual, personalizado. El perro meó una de sus piernas, fue un chorrito corto que pasó inadvertido, luego se dedicó a olisquear los restos de comida que había en el piso. ¡Ya chiquillos, acá están las sopaipillas, calientitas, recién frititas, hay mayo, hay ketchup, hay mostacita, hay pebre, hay salsa americana! anunciaba la mujer-sacrificio mientras el suicida -parado al borde del puente- era persuadido por un solitario carabinero del tránsito de que lanzarse no era una buena solución.  Estos weones, refiriéndose a los pacos, siempre echan a perder todas las weas, dijo un viejo de camisa negra y cadena dorada al pecho, mientras le echaba una dosis grosera de pebre, ketchup y mayo a su sopaipilla. Caminó luego rápidamente hacia la baranda que daba al río y con todas sus fuerzas gritó: ¡déjelo que se tire, oficial, respete su decisión! ¡Sí, que lo deje!, repitieron a coro varias de las personas reunidas en torno al puente. Gente que quería grabar y postear cuanto antes una muerte en vivo y en directo. Se especulaba, entretanto, en torno al destino del hombre, si se moriría o no, si gritaría o no, si se lo llevaría el río o no, si se desangraría o no, si se iría preso o no, porque dicen ¿será posible? que el suicidio es un delito, que la única forma de burlar la ley es matándose de verdad, no alaraqueando como los cobardes. ¡Tírate de una vez maraco, que ya va a comenzar la serie! gritó en ese momento una voz soterrada, burlesca, provocando risas también soterradas, burlescas. La vida es sagrada, amén, opinó -ante esto- una joven evangélica que llevaba una piocha con la estrella de David en la blusa. Le faltaba otra piocha, con un misil, para completar el juego. En ese momento el perro, que estaba debajo del carro, presentó una erección. Su pene rosado, flaco y largo, creció como una rosa mientras la tarde-noche, usando la jerga de los periodistas deportivos, se apagaba, se convertía únicamente en noche. El lugar comenzó a llenarse de