Fichero| «Hoteles baratos», de Luis Alfredo Villalba
«Emplazados en diversas ciudades argentinas, así como de algunos países vecinos, los versos del autor trasandino centran su mirada en la cotidianidad de los lugares, casi siempre de paso, desde donde escribe, focalizándose en la vida barrial y estudiantil, en las figuras femeninas, inevitables, que surgen en esos espacios y en las siempre agitadas aguas de la discusión pública.» Por motivos que recordar no quiero, hace unos meses tuve la ocasión de cruzar la cordillera y viajar a Argentina, el país del Loco de la Motosierra. Mi destino fue la tranquila, arbórea y agraciada ciudad de Mendoza. Estando allí acudí a varias librerías y kioscos de viejos buscando libros de poesía local, hallando, por fortuna, varios ejemplares y a precios bastante asequibles, razonables, pagables, a diferencia de lo que constaté en las librerías del centro de la metrópolis de los alfajores, el vino, y los asados -que pronto parece que serán de burro- donde se vendían solo los títulos del millón de dólares. Uno de los libros -no el único- que llamó mi atención fue el poemario Hoteles baratos, publicado por Editorial Diógenes (Mendoza, 1999), obra del poeta, narrador, guionista y realizador audiovisual Luis Alfredo Villalba (Mendoza, 1939), quien dio a conocer su primera colección de versos, Justificación de la piedra, hace más de sesenta años (1961), continuando luego con Poemas (1963), A pesar de mí mismo (1964), Persona (1991) y La muchacha del café (1995). En el ámbito narrativo, Villalba ha sido autor de cuentos y adaptaciones de mitos y leyendas para niños, así como de artículos de opinión, publicados en diarios y revistas locales. En Hoteles baratos, practicando una poesía de carácter vital, ligada a la experiencia, el autor mendocino construye una serie de textos donde se mezclan la ironía, la sensualidad, la compasión y la crítica social. Emplazados en diversas ciudades argentinas, así como de algunos países vecinos como Valparaíso y Montevideo, los versos del autor trasandino centran su mirada en la cotidianidad de los lugares, casi siempre de paso, desde donde escribe, focalizándose en la vida barrial y estudiantil, en las figuras femeninas, inevitables, que surgen en esos espacios y en las siempre agitadas aguas de la discusión pública. Utiliza para ello un lenguaje directo, casi de crónica, exiguo en el uso de figuras, no relumbrante diría un manierista, alejándose de la demagogia y sus florilegios para mostrar, en estas postales, los absurdos, las miserias y la apabullada belleza de los escenarios que poetiza. Selección de textos MENDOZA I En 1950 instalaron un complejo mecanismo fotográfico en la esquina de Buenos Aires y San Martín. Se tomó una foto por día durante varias décadas. Esperaban encontrar la transformación de la ciudad de Mendoza. Hubo un error, la máquina solo apuntaba hacia abajo. El único acontecimiento memorable fue cuando levantaron los adoquines y las vías del tranvía. El resto solo zapatos, chancletas, zapatillas, alpargatas y un escarpín. IV Vi al mendozazo desde una vereda ecléctica. Por si las balas vi a los bomberos correr y a los manifestantes correr a los bomberos y a la historia provinciana correr desorientada. Los dirigentes enarbolaban consignas populares y en voz baja negociaban la rendición. Desde la vereda vi a los autos incendiados y a los gendarmes avanzar en silencio. El tiroteo me sorprendió cuando me retiraba por una calle lateral. Llegué a mi casa jadeando, le di leche al gato. V Te encontré en un barrio de las afueras, de las afueras de mi pequeño mundo donde la comida diaria es algo que no se discute. En tu cuerpo joven se notaba la dieta de pan y mate, de mate sin pan. Algo encorvada tu sonrisa brilló para pedirme trabajo, yo deseaba tu cuerpo joven más allá de la dieta estricta tu abrazo fue cálido como una sopa de orégano. Me contaste de tus hijos, el primero a los trece, el cuarto a los quince, menos dos que murieron por contagios del basural: dos a dos. XIII Los turistas se pasean por la calle San Martín, admiran la arboleda, las veredas anchas, el rumor de las acequias, el solcito a toda hora y dicen no sabiendo a qué se exponen qué lindo lugar para vivir. A continuación reciben aplausos entusiastas, los periodistas elogian sus palabras en los matutinos y es vano que en minoría yo pretenda advertirles que la historia por aquí no pasa. Lo que pasa es que somos europeos modula el coro con el chaleco recién planchado y el racimo de uva en el ojal. No tengo muchos motivos para no llorar a gritos en el año de mi sexagésimo cumpleaños. Espero que el médico no me prohíba el cabernet-sauvignon. CÓRDOBA II Contra el empapelado de florcitas el boxeador soñaba campeonatos y tiraba golpes a su sombra. La sombra más delgada que se haya visto sobre un ring. La sombra esparcida con letra despareja en un cuaderno más cerca del abandono que del nocaut. El boxeador no se juntaba con los estudiantes, salvo con uno. La lucha de clases son pavadas de cajetillas, decía mientras golpeaba con furos su sombra. IV Las muchachas subían y bajaban por la escala como los ángeles de Jacob. Sus cuerpos se escurrían como espíritus materiales, portadores de buenas nuevas, de saberes y sabores, de salivas curativas. En el balcón negociaban sus besos por una botella de ginebra. No pude guardar ni un claver arrugado que sirviera como testigo de tales portentos, la mañana llegó antes de lo previsto y las muchachas se dispersaron por la ciudad. Alguien recogió la escala alguien escondió las botellas debajo de las camas, alguien volvió a los libros de mala gana. VII Escribir poesía es un acto de amor se escuchó a mediodía por la radio, hay testigos. Los académicos, sorprendidos en su buena fe no lo admitieron ni lo negaron aunque el mal gusto había sido evidente. La sagrada proporción suspiró aliviada cuando supieron que solo había sido la irresponsable declaración de un joven poeta. VALPARAÍSO
