Perfiles | Colmilludo

«Al irse, la señora del carrito me contó que lo lanzaron desde un auto rojo, fue unas horas antes de que el suicida llegara al puente, lo sabía, estaba segurísima, porque ella se instalaba todos los días ahí mismo y bien tempranito. El suicida, al llegar, se sentó en una banca cercana al puente a comer un sándwich. Seguro que quería morir con la guata llena. Mientras mascaba el pan el perro se le allegó y en vez de lanzarle unas migas, el weon lo pateó más fuerte que la mierda.»

Atardecía y después del trabajo me fui a dar una vuelta por el centro. Tenía ganas de distraerme. Lamentablemente las calles estaban inundadas de vendedores ambulantes y costaba caminar. Recordé, mientras intentaba eludir un puesto de ropa deportiva, enseguida uno de micas para teléfonos, luego uno de perfumes alternativos, que el alcalde actual, electo hace pocos meses, había jurado, por la santísima bandera chilena, que besó, que baboseó, terminar definitivamente con esta situación. En un discurso ante sus despistados seguidores, señaló, entre otras cosas, que en la comuna había hombres y mujeres de rostros desfigurados, crispados, angustiados, hombres y mujeres, todos vecinos del municipio, sufriendo en silencio mientras se alimentaban de bolitas de helado de frambuesa y maratoneaban series. ¿La fuente del dolor? Las incivilidades, el deterioro del espacio público, la gente que escupe trozos amarillos -a veces con sangre- de neumonía en las calles, los cucarachos que mean los anuncios de Vichy, los enanizados inmigrantes indígenas -quizá jíbaros- que roban carteras y se meten en el culo de la gente gorda, hipertensa, para solucionar su problema habitacional, las putas colombianas que hormiguean en el portal de los completos, los flaites que se prostituyen en las escalas del banco de Chile, las chuscas que bromean con el pene del caballo de Valdivia en la Plaza de Armas. ¡Las calles son para transitar y yo haré que eso se respete!, gruñó el alcalde -cuando aún no era el alcalde- al finalizar su encendida perorata de cierre de campaña. ¡Oso, Oso, Oso! gritaron sus partidarios, muchos de los cuales emitían silbidos involuntarios a causa de piezas dentales ausentes. Banderas chilenas ondearon.   

Para evitar el choque con los vendedores o pisotear su mercadería, su capital, su alma, decidí pasear por una parte más tranquila y me dirigí hacia el parque Forestal. De tal guisa fue instantáneo mi cambio de objetivo estratégico que, sin darme cuenta del proceso de metamorfosis (parece que me nublé), me vi yendo por Diagonal Cervantes hacia el río Mapocho para continuar, luego, caminando sobre el césped del Forestal hacia el oriente. La tarde estaba tibia, soplaba una brisa fresca y los árboles parecían ronronear. Árboles-gatos, me dije. Y lo repetí varias veces. Reía con esta ocurrencia, una risa no muy estridente, ni muy convencida, una risa que era anti-risa al mismo tiempo, que era un resguardo, cuando algunas cuadras más alla, al llegar al puente Purísima, me encontré con una aglomeración humana. Un hombre estaba a punto de saltar desde sus barandas metálicas. Detuve entonces mi andar y me ubiqué en un escaño al otro lado de la acera adyacente al río. Desde esa distancia, unos veinte metros, observé el panorama. Del suicida se veía solo la parte alta de la cabeza, tapado su cuerpo por la muchedumbre y los puestos de los ambulantes que comenzaban a dominar el lugar. Tenía el pelo negro y corto, tipo militar, y las orejas afiladas. Eso pude ver. Un perro, ajeno al evento, se paseaba entre los curiosos. Tenía el pelaje color chocolate y las patas y el vientre blancos. Lucía además un par de colmillos gigantes que comparados con su tamaño -era casi un gato- le daban un aspecto de graciosa ferocidad. Moviendo la cola lo vi dirigirse al carro de sopaipillas cuneteras y meterse, sin más, entre las piernas varicosas de la vendedora. Se trataba de una mujer mayor, baja, de contextura gruesa, que tenía un problema en una cadera y se movía con cierta dificultad. Una verdadera microempresaria, ícono perfecto -además- para promover el auto sacrificio, individual, personalizado. El perro meó una de sus piernas, fue un chorrito corto que pasó inadvertido, luego se dedicó a olisquear los restos de comida que había en el piso. ¡Ya chiquillos, acá están las sopaipillas, calientitas, recién frititas, hay mayo, hay ketchup, hay mostacita, hay pebre, hay salsa americana! anunciaba la mujer-sacrificio mientras el suicida -parado al borde del puente- era persuadido por un solitario carabinero del tránsito de que lanzarse no era una buena solución. 

Estos weones, refiriéndose a los pacos, siempre echan a perder todas las weas, dijo un viejo de camisa negra y cadena dorada al pecho, mientras le echaba una dosis grosera de pebre, ketchup y mayo a su sopaipilla. Caminó luego rápidamente hacia la baranda que daba al río y con todas sus fuerzas gritó: ¡déjelo que se tire, oficial, respete su decisión! ¡Sí, que lo deje!, repitieron a coro varias de las personas reunidas en torno al puente. Gente que quería grabar y postear cuanto antes una muerte en vivo y en directo. Se especulaba, entretanto, en torno al destino del hombre, si se moriría o no, si gritaría o no, si se lo llevaría el río o no, si se desangraría o no, si se iría preso o no, porque dicen ¿será posible? que el suicidio es un delito, que la única forma de burlar la ley es matándose de verdad, no alaraqueando como los cobardes. ¡Tírate de una vez maraco, que ya va a comenzar la serie! gritó en ese momento una voz soterrada, burlesca, provocando risas también soterradas, burlescas. La vida es sagrada, amén, opinó -ante esto- una joven evangélica que llevaba una piocha con la estrella de David en la blusa. Le faltaba otra piocha, con un misil, para completar el juego. En ese momento el perro, que estaba debajo del carro, presentó una erección. Su pene rosado, flaco y largo, creció como una rosa mientras la tarde-noche, usando la jerga de los periodistas deportivos, se apagaba, se convertía únicamente en noche.

El lugar comenzó a llenarse de curiosos, de policías, de bomberos, de ambulancias y de reporteros de la tele, esas moscas que crecen en la caquita del poder. Entretanto yo reflexionaba si sería lógico o no ir al puente y multiplicar por dos los suicidas. Mi respuesta inmediata fue que no. Las cosas, mis cosas, no andaban bien, por eso había decidido salir a caminar, a distraerme, a quitarme el malestar que me cubría como un abrigo dos tallas más grande. Más no se trataba de algo grave, de una situación límite, no se magnifique mi malestar, pues era simplemente el peso natural de estar vivo, de soportarse uno mismo y soportar a los otros, de tener que ducharse todos los días para tener dinero para ducharse todos los días. Hace un par de meses había terminado con mi novia de cinco años, es cierto, pero el malestar no iba por ahí. Nada que ver, número equivocado, puesto que fue una acción necesaria, vital, espontánea, instintiva. La Noni era -y es- de esa gente que se la pasa en Falabella y admira a Marc Anthony, es decir, se trata de una mujer masa que nunca me atrajo demasiado y que soportaba gracias a su amabilidad, su buen sexo y al hecho de que no me celaba. La ruptura ocurrió cuando quiso que nos fuésemos de vacaciones a un resort en el Caribe. Había que pedir un crédito y listo. A mí no me interesaba el Caribe. Menos tener una deuda. Ya tenía varias, ya estaba pagando solo intereses. La arena es muy blanquita, argumentó, y me mostró una foto promocional en su teléfono. Ese día -de sopetón- dejé de tener ganas de estar con ella, de conversar con ella, de almorzar juntos, de metérselo. Tengo una cierta nostalgia, claro, es lógico, fueron cinco años, pero nada grave, nada para matarse. Lo mismo en la pega, solo los problemas normales de un subordinado, el recordatorio de mi jefe que estaba llegando muy tarde, que acumulaba cinco atrasos en el mes ¡cinco! Si esto no cambiaba la gerencia pediría mi despido. Y sin indemnización. Le expliqué lo de mi alejamiento con la Noni. La relación se fue a la chucha, terminamos y me cambié de domicilio, ya no vivo en el centro, arrendé en Colina, que queda bastante lejos, en unas casitas de juguete para perdedores. En la mañana, le expliqué, el tránsito a Santiago es un taco tras otro. Salgo a las seis y llego tarde. Me miró con rostro impávido. Enseguida me aconsejó que me levantara más temprano. Esa es la solución, dijo. Y levantó los hombros. De lo contrario dejaría de ser parte de la imprenta, donde trabajaba como corrector de pruebas y redactor de anuncios de panaderías, vulcanizaciones, dentistas, funerarias y otros pequeños negocios.

Después de un par de horas el suicida fue persuadido de no lanzarse al río y, para la desilusión de muchos, comenzó el desmontaje. Se lo llevaron en una ambulancia quién sabe dónde. ¿Habrá un hospital de suicidas? Se fue la policía, se fueron los bomberos, se fue la tele y sus focos y todo volvió a contaminarse con la amarilla penumbra de los globos del alumbrado público. Se fueron los espectadores, muchos desilusionados con el desenlace, mientras los carritos de comida y puestos de cachivaches que se habían instalado a raíz del evento, así lo llamaron los comerciantes, se fueron quedando solosAparecieron de la nada, como si por toda la ciudad y a toda hora circularan hombres y mujeres con su mercancía a cuestas, su capital, esperando -ávidos- el momento propicio para vender algo, para tirar el pañito, para encender la hornilla: un suicidio, un choque, un asalto, un terremoto, una votación, un recital (esas misas pagadas), un partido de fútbol. Así como aparecieron, desaparecieron, se disolvieron entre los árboles del parque y solo quedó el perro, pequeño, con sus colmillos ridículos en medio de los restos del intento de suicidio. Al irse, la señora del carrito me contó que lo lanzaron desde un auto rojo, fue unas horas antes de que el suicida llegara al puente, lo sabía, estaba segurísima, porque ella se instalaba todos los días ahí mismo y bien tempranito. El suicida, al llegar, se sentó en una banca cercana al puente a comer un sándwich. Seguro que quería morir con la guata llena. Mientras mascaba el pan el perro se le allegó y en vez de lanzarle unas migas, el weon lo pateó más fuerte que la mierda.  

Me acerqué al colmilludo y le di la mitad de una sopaipilla que me había sobrado. Me miró con una ternura que jamás la Noni me prodigó. Después fui al puente, al lugar donde el tipo había intentado tirarse y me quedé allí un rato, mirando el embriagante flujo del agua y encendí un cigarrillo de marihuana. El pequeño perro me siguió. Movía su colita ridícula y me hizo gracia. De pronto me di cuenta de que era tarde y me encaminé hasta el terminal, que quedaba a unas diez cuadras hacia el poniente. Estaba justo a tiempo para tomar el último bus. El perro me siguió otra vez. Juntos cruzamos el Mapocho y la pérgola de las flores. Lo mismo hizo cuando me subí al bus. Escaló los peldaños y me miró detenidamente. Tenía una especie de sonrisa en el hocico, donde lucía sus colmillos enormes. El chofer me preguntó si era mío o no, porque si no es suyo voy a tener que bajarlo y si es suyo tendría que llevarlo en brazos, puesto que no puede ir en el pasillo. Lo miré: mantenía su sonrisa y sus ojos brillantes. Descubrí, además, que tenía una herida menor en las costillas del lado derecho. Una pequeña mancha de sangre. Seguro que allí lo pateó el suicida. 

Cuando el conductor anunció la partida tomé al colmilludo en brazos y fui hasta la puerta. El perrito era bastante simpático, pero yo no estaba en condiciones de hacerme cargo de un ser vivo. No soy uno de esos hombres sonrientes que sobre el césped juegan con sus canes en los anuncios de pellets. Soy, me dije, un hombre sin césped, un hombre apagado, una ampolleta quemada. Hacerme cargo del colmilludo, elucubré después, sería una buena acción, pero totalmente inútil. El mundo es despiadado y seguirá siéndolo haga lo que haga. Basta ver lo del suicida, el público, los comerciantes, la tele, todos mordiendo esa carne adolorida. Un grano de azúcar no endulza el mar, me dije en ese momento, aunque luego, más calmado, me arrepentí de tal ocurrencia, por cliché. La cosa es que bajé del bus y dejé al perro en unas bancas y me devolví sin mirar atrás. Luego abrí una novela que andaba leyendo. Cuando el chofer echó a andar el motor para iniciar el viaje, cometí el error de mirar por la ventana y ver al colmilludo otra vez: estaba olisqueando la basura de la cuneta, seguro que tenía hambre y nada parecía agradarle. Imaginé, entonces, que desde mi asiento le gritaba al chofer que no saliera aún, que me esperase un segundo, que se me había quedado mi perro. El tipo sonreía de mala gana y me abría la puerta. Yo tomaba al colmilludo y lo subía al bus. Él se aferraba fuertemente a mis brazos y al sentarnos soltaba un suspiro y se echaba a dormir. Yo me reía, yo me sentía contento y a diferencia de lo que me había pasado con los árboles-gatos, esta vez se trataba de una risa sin anti-risa, una risa sin ningún tipo de resguardo. 

 

 

 

Comentarios
Compartir: