Patio de luz | Volver a Santiago

“…yo vuelvo a mis rincones. A las pequeñas plazas, a los cafés que dan al cerro Santa Lucía, a las avenidas de árboles y hojas, al ronroneo del Mapocho: gato cobrizo, irreverente, alzado. Y busco los rostros de mis amantes en aquellos hoteles mal agestados, en los cines sin conciencia, en los que, lo menos que se hace, es ver la película…”

Volver a Santiago, después de la lejanía. Encontrarme con la ciudad en la que trabajé durante 10 años, yendo y viniendo entre buses, carros de metro, y caminatas.

Volver a los rayados, a los señeros edificios, a las manifestaciones artísticas que se encuentran entre una cuadra y otra. La arquitectura, la escultura, el mapa oriundo que trazaron tan mal los españoles primerizos.

Volver más viejo, alerta al paso, a la zancadilla, al exceso de motociclistas que pareciera que en cualquier momento se saldrán de la vía, y estarán encima nuestro, dejándonos “pal gato”. En cierto modo, volver con miedo, porque somos más frágiles y hemos desarrollado esa poltronería de un artículo raro exhibido en una vidriera. El único ejemplar. La única copia de un torbellino de sílabas, cadenas de ADN, y experiencias concretas de un microscopio que fue mejorando a través de la historia.

Volver, guardando ese recuerdo que hace saltar gotitas de emoción, como la sal de fruta. Pensar en los amigos, abrir la puerta de la imaginación a los compañeros de curso, a las anécdotas universitarias, a los triunfos mínimos que hemos acumulado bajo el sol de gobiernos que nunca han estado de nuestra parte. Aquellos que cerraron las puertas a los desposeídos, que exiliaron del diario acontecer a quienes pensamos distinto. O, mejor dicho, a quienes pensamos.

Oler la xenofobia, la homofobia, el odio de la raza: desde el mestizo hasta el afro americano. Ni pensar en los amarillos “ojitos rasgados”. El tira y afloja de políticas anti cultura, anti medicina, anti educación, anti juventud, anti movilizaciones. Basura que entrega los bienes y riqueza nacionales al tercio extra millonario del país. 

Pasar por falsas misas, por arrepentimientos y bienaventuranzas que duran lo que un candy en la puerta de una escuela. Ver principios de niebla y convicciones ultraderechistas copiadas sin asombro y más crueles que las ya conocidas.

Gozar de mi libre albedrío en estas reconciliaciones paisajísticas y humanas. Porque hasta eso nos quitará esta satrapía vigente. Me declaro vándalo, incivilizado, disidente, desde que nací. Y lo digo a los homosexuales ocultos tras una cortina religiosa, quienes pretenden manejar a la población como soldados obedientes a los decretos, de lo que dicen que es bueno, sano, normal o necesario para Chile.

Pero yo vuelvo a mis rincones. A las pequeñas plazas, a los cafés que dan al cerro Santa Lucía, a las avenidas de árboles y hojas, al ronroneo del Mapocho: gato cobrizo, irreverente, alzado. Y busco los rostros de mis amantes en aquellos hoteles mal agestados, en los cines sin conciencia, en los que, lo menos que se hace, es ver la película; sino montar escenas porno, para alivio del que desea explotar de lujuria.

Adentrarme en los baños turcos, las saunas, en donde el semen salta como al abrir una botella de champaña, el cual esperan muchas bocas abiertas. O las fiestas de sexo en algún departamento que nunca es el mismo. Volver a la guerra de los cuerpos. A los besos furiosos, desatados, a la entrega sin límite ni determinación. Cualquier cosa está permitida, en esas horas, o tardes, o noches, de embestidas interminables.

No niego ser un animal sexual. Vago entre prepucios, glandes, gónadas, el arrebatador contacto de la carne, con otra carne del mismo sexo, de la misma intensidad, de la misma idea de desesperados que queremos llegar al éxtasis furioso. Y comenzar de nuevo, siguiendo en el tablado, vigentes, a pesar de la cortapisa añosa que comienza nuestro derrumbe.

Volver a Santiago, sí, volver por esa vida que se desparramó, pero dejó el perfume interminable de los que ansían verse de nuevo. Aunque nunca será el mismo. Siempre otro, y otro, y otro más. Ser eternamente esclavo de esta pasión arrobadora de entregas y caricias, como el inicio de lo que vendrá después: el leve sueño del disfrute sobre sábanas sucias, o cerámicas mojadas de líquidos inconfundibles.

Sí, ¡Volver a Santiago! ¡Siempre este regreso será para mí!

 

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