Marcelino Molle

Fichero | La poesía de Juan Marín: una anécdota vanguardista

«La poesía de Marín, como una parte no despreciable de la poesía chilena es un copy paste bastante burdo. Y a pesar de que ofrece algunas imágenes atractivas que refrescan el lenguaje de la época; o poemas como “Atlantic Cabaret”, donde desliza una crítica a la explotación sexual femenina en la bohemia de las grandes ciudades, no cumple con lo que Parra dijese con su habitual ironía: la copia está permitida con la condición de que sea mejor que el original. Y aquí eso no sucede.» echo a andar el turismo de mi verso enredo la mecánica en mis ruedas y en cada rima canta así un motor Kkkuáá Kkkuáá Kkkuóóón Juan Marín   Entre negocios dedicados a la electrónica, a la explotación de inmigrantes latinoamericanos, a la bisutería de origen chino, a la falsificación de perfumes caros y a otros rentables y florecientes emprendimientos, en plena era digital todavía subsisten, respiran, navegan, no se sabe cómo, las tiendas de libros usados ubicadas en las primeras cuadras de calle San Diego, tradicionales sitios donde aún es posible buscar/explorar, en sus atiborradas estanterías, algún texto de segunda mano que nos llame la atención. Fue, precisamente, en una de estas tiendas donde días atrás me encontré con una edición de Cuarto Propio -fechada en 2014- que rescata la producción de un poeta para mí hasta entonces desconocido. Se trata del también narrador, diplomático, aviador, cirujano y médico militar Juan Marín (Talca, 1900; Viña del Mar, 1963), polifacético personaje de la cada vez más lejana primera mitad del siglo pasado cuyos versos, gracias a los oficios de Francisco Martinovich y Cristóbal Gómez, coeditores de “Juan Marín. Obra poética”, dan un salto en el tiempo y se instalan en pleno siglo XXI.  Como argumento para reeditar a Juan Marín, en el prólogo Martinovic señala que su poesía -ampliamente relegada en relación a su reconocida obra narrativa- le parece “una escritura interesante y destacable dentro del contexto de la vanguardia chilena”, haciéndonos saber, más adelante, que Naín Nómez incluye textos del autor en su mamotrética antología de la poesía chilena de todos los tiempos, intentando así reforzar la idea de lo conveniente de republicar la obra del talquino. Aun sabiendo que los prólogos son tan poco confiables como la publicidad de hamburguesas o las bienaventuranzas de un banquero, compré el libro, tenía curiosidad, y poseído por un entusiasmo bastante moderno, bastante antiguo, apenas salí de la librería me encaminé a un restaurante barato y pedí un café lo más cargado posible, pues andaba medio dormido, medio ido. En una butaca carreteada, debajo de un afiche de una marca de cigarrillos que ya no existe, bebiendo la negra y aromática droga elaborada por Nestlé, abrí el texto y me dispuse a leer. De lo primero que me enteré es que la publicación fue financiada por el Fondo del Libro y la Lectura, es decir, que cabe dentro de la fiebre de exhumaciones literarias que se vive hoy en día gracias a los fondos estatales (fiebre que nos llevará, pronto, a publicar hasta la tos -rítmica o no- de fantasmales escritores de antaño). En segundo lugar, supe que en vida Marín publicó dos poemarios: “Looping” (Nascimento, 1929) y “Aquarium” (Julio Walton Editor, 1934), obras que, junto a sus poemas dispersos, reúne la publicación de Cuarto Propio. Tras la lectura del libro -dos tazas de café más tarde-mi entusiasmo ya no era el mismo, había decaído a pesar del consumo de la oscura droga proveniente de Vevey, Suiza, pues me encontré, especialmente en “Looping”, que es el plato fuerte del libro, con una obra absolutamente influida por los movimientos de vanguardia de principios de siglo, particularmente por el futurismo y el cubismo, sin que se observasen aportes o giros relevantes del autor a tales estéticas, hallándose además ciertos resabios líricos entre sus versos. No se trata, ni por lejos, me dije, de la obra de un Pablo de Rokha, un Vicente Huidobro o un Oliverio Girondo, por nombrar a algunos autores latinoamericanos influidos por las vanguardias que lograron construir un estilo propio. No, la poesía de Marín, escrita en verso libre y situada por lo general en la bohemia de ciudades como París, Nueva York o Buenos Aires, se queda en la superficie, no vuela a pesar de hallarse plagada de aviones, motores, electricidad, acero y movimiento.  Tan poco original resulta la poesía de Marín que, al momento de escribir este artículo, bebiendo café ahora en casa, drogándome con Nestlé ahora en casa, me encontré con una cita de Louis Parrot -biógrafo de Blaise Cendrars- acerca del autor europeo que podría aplicarse casi perfectamente a la poesía del talquino: “El cubismo, el arte negro, el jazz, la publicidad y el afiche, la vida ardiente de las grandes ciudades, el maquinismo, la velocidad, los bares, el gusto cosmopolita por los viajes. Todo ese material nuevo, todavía inexplorado, ofrecido a los jóvenes de entonces, Blaise Cendrars lo integra a la poesía (…) él transcribe la epopeya del mundo de hoy”. La extensa cita de Parrot, como señalé recién, se puede aplicar “casi” perfectamente a la poesía de Juan Marín. Casi, porque lo de Marín, obviamente, no es “material nuevo” ni tampoco su escritura “transcribe la epopeya del mundo” de ese entonces. Le hace falta, para aquello, la existencia de un ser humano como hablante poético, puesto que Marín escribe de forma despersonalizada, sin profundidad ni arraigo, por lo que su poesía más que una epopeya es más bien una jugarreta, “un ensueño de Nafta y Mobiloil”, como escribe en el poema “Looping”, hallándose desvinculado de las profundas razones estéticas, vitales, sociales, que el autor del gran poema “Prosa del Transiberiano” tuvo para desarrollar su obra.  La poesía de Marín, como una parte no despreciable de la poesía chilena es un copy paste bastante burdo. Y a pesar de que ofrece algunas imágenes atractivas que refrescan el lenguaje de la época; o poemas como “Atlantic Cabaret”, donde desliza una crítica a la explotación sexual femenina en la bohemia de las

Fichero | Una vendimia inédita

«El protagonista de “Vendimia”, Éctor Abaroa, es un escritor santiaguino decadente, sobreviviente de cáncer al riñón, aficionado al trago y al cigarrillo, alter ego de Figueroa que oscila de forma permanente entre la cesantía y los trabajos menores -hacer el aseo, lavar la ropa, limpiar la caca de los perros, ir de compras- que realiza en las casas de sus hermanos burgueses, mientras sueña con ser trending topic en las redes sociales.» Durante la segunda década del nuevo siglo, Héctor Figueroa, que además de ser un gran lector de poesía era un fanático de la narrativa, comenzó a escribir una novela. Se sumaría así a la extensa fila de poetas chilenos de las últimas generaciones -como Alejandro Zambra, Guillermo Valenzuela y Yuri Pérez, entre otros- que han incursionado en este género que promete, pregúntenle al argentino Washington Cucurto, muchísimas mejores posibilidades de sobrevivencia económica que la poesía, algo que Figueroa requería con urgencia. Lamentablemente la muerte, que no está ni ahí con las humanas intenciones, lo visitó cuando había concretado solo los dos primeros capítulos de “Vendimia”, título del proyecto de novela en cuestión.  El escrito -aún inédito- llegó a mi correo enviado por el editor de esta revista, quien me solicitó -con amabilidad espartana- que escribiese un artículo al respecto, el que se sumaría al homenaje que -a tres años de su fallecimiento- El Mal Menor haría al poeta Héctor Figueroa, quien fue colaborador de este medio en su primera época, teniendo a su cargo la columna Taberna. Solícito, descargué el archivo, fue un proceso lento, estoy escaso de gigas, y lo abrí, encontrándome al tiro con el título de la inconclusa obra: VENDIMIA (fragmentos y capítulos de anticipo) Acto seguido -para no trabajar de más- lo copié y lo pegué en el presente artículo, conservando su tamaño y su tipografía, mientras me preguntaba si quien lea estas letras estará o no leyendo exactamente lo mismo que Figueroa pulsó sobre su teclado en algún momento a partir del dos de junio de dos mil dieciséis a las diez catorce de la mañana, fecha de creación del documento. No tuve, por cierto, una respuesta adecuada a mi pregunta, solo vanas especulaciones acerca del aura y lo original, así que continué con la inspección del archivo, sumergiéndome en la lectura de una obra que desde sus primeras páginas dialoga y rinde tributo al novelista barcelonés Enrique Vila-Matas: “Le está pasando [con Vila-Matas] lo mismo que le ocurrió cuando era adolescente con el libro ´Muertes y Maravillas´ de Jorge Teillier, lo leía de a poco, a pequeños sorbos, iban pasando las hojas y los poemas, un día uno, otro día otro, magia cotidiana, igual a un avaro que guarda y conserva sus monedas de oro para que no se le acabe de inmediato su riqueza. Pero ahora es diferente, y él lo sabe, ya no hay juventud, el futuro es ahora, la vejez se instaló y se siente ridículo como una colegiala en clases enamorada del profesor de manera secreta”, escribe el narrador refiriéndose al protagonista de “Vendimia”, Éctor Abaroa, un escritor santiaguino decadente, sobreviviente de cáncer al riñón, aficionado al trago y al cigarrillo, alter ego de Figueroa que oscila de forma permanente entre la cesantía y los trabajos menores -hacer el aseo, lavar la ropa, limpiar la caca de los perros, ir de compras- que realiza en las casas de sus hermanos burgueses, mientras sueña con ser trending topic en las redes sociales. Su madre, por otra parte, se encuentra enferma, internada en una institución hospitalaria, víctima de un accidente cerebrovascular, asunto que lo mantiene ocupado visitándola y en un malpaso cotidiano permanente, pues era ella quien se preocupaba por él y ahora no encuentra: “ningún lugar a la hora de once donde tomar una taza de té.” Los lazos entre “Vendimia” y la obra de Vila-Matas (Vil-Matas para Figueroa) no se quedan, no obstante, solo en comentarios de admiración hacia la obra del español, puesto que también se dejan ver en la estructura del proyecto novelístico del autor de “Groggy”, donde las andanzas y reflexiones de Abaroa en el Chile bárbaro y neoliberal de las últimas décadas -el Chile delineado por milicos, udis, erre-enes y grandes empresarios- se hallan entremezcladas con textos que ocupan el amplio espacio de posibilidades que hay entre el pelambre y el artículo de opinión, así como con una infinidad de citas de variados autores, mails enviados a amigos escritores, conversaciones con poetas chilenos y hasta una breve sección de adivinanzas literarias tipo programa de TV. Zygmunt Bauman, George Perec, Jorge Luis Borges, Robert Walser, Djuna Barnes, Isabel Allende, George Oppen, Brian Weiss, Pablo Coehlo, Franz Kafka, John Kennedy Toole, Stephen King, Gilles Lipovetsky, Honoré de Balzac, Baltasar Gracián, Noam Chomsky y diversos escritores chilenos como Pedro Lemebel, Vicente Huidobro o Carla Guelfenbeim, entre muchísimos otros, son las figuras  que surgen en estos textos, haciéndonos recordar una de las citas de Walter Benjamin que Vila-Matas trae a colación en su novela “El Mal de Montano”, donde señala que en nuestros tiempos “la única obra dotada de sentido (…) debería ser un collage de citas, fragmentos, ecos de otras obras.”  En este escenario, las opiniones respecto de sus pares de Éctor Abaroa, que también se refiere a sí mismo con el mote de “Mefuialachucha”, son furibundas, son resentidas, son mordaces, son descarnadas, pasando muchas veces los límites de lo “políticamente correcto” respecto de las mujeres y las minorías sexuales, donde se advierten brotes de corte machista de parte del personaje. En términos generales, eso sí, se encuentran centradas en lo literario y seguramente sacarán ronchas, pues Figueroa no tiene problemas para dar los nombres de los autores a los que se refiere, algo poco común en Chile, donde todo se matiza tanto que al final cada cosa es nada. Algo de eso alcanzará a percibir el lector en los fragmentos de “Vendimia” que se incluyen al final del presente artículo.  El título de la inconclusa y autobiográfica obra, para ir terminando, remite a la novela del norteamericano (premio Nobel de Literatura)

Fichero | Cartas desde la Casa de Orates

Hace un par de meses, en la cola de la feria de Batuco, entre barbies sin brazos, brocas oxidadas, discos duros muertos y sudadas novelas de Alejandro Zambra, Carla Guelfenbein y Hernán Rivera Letelier, me encontré con un libro en cuya portada podían apreciarse médicos, enfermeros y pacientes, todos borrosos, todos pretéritos, todos con aire fantasmal, posando ante el lente de una antigua cámara blanco y negro. Atraído por la fotografía me agaché ante el montón de ruinas que ofrecía el vendedor, un tipo joven, con polera pirata de Nike, y tomé el libro: "Cartas desde la casa de Orates", tal era su título. Hojeándolo, al poco rato me encontré con un par de párrafos conmovedores, párrafos que dejaban traslucir tanto el delirio de quienes escribían como su soledad, sus ansias de libertad y su enorme abandono. Tenían, además, un cierto aire a la narrativa de Roberto Arlt, lo que me pareció fantástico. Pregunté por el precio. Deme una luquita papi y llévese de yapa uno de estos, dijo indicando los ejemplares prematuramente avejentados de Zambra, Guelfenbein y Rivera Letelier. No, gracias, le respondí. Quiero solo este. Ya, deme quinientos pesitos, entonces.  Sentado en la plaza de Batuco -entre evangélicos, colombianos, haitianos y pasotas que bebían cerveza- examiné con detalle el ejemplar recién adquirido. Se trataba de una colección de veintinueve cartas, escritas en la primera mitad del siglo XX por internos de la Casa de Orates, hoy llamado Instituto Psiquiátrico. Fueron encontradas por su editora, Angélica Lavín, en una antigua y singular caja con forma de libro -una verdadera cápsula del tiempo- en la biblioteca del organismo el año 2000, siendo dadas a las prensas -como se decía antaño- tres años más tarde por el Centro de Investigaciones Diego Barros Arana de la DIBAM. El hermoso y poético objetivo de la editora de los textos es “la ilusión de liberar del encierro estas voces que nunca llegaron a su destino.” Claro, porque como señala Paula Tesche en un artículo publicado por la Universidad Austral de Chile referido al libro en cuestión, por ese tiempo los internos -según las investigaciones de Foucault- eran alejados de sus familias, a las que se les consideraba como “el agente detonante de la desviación”, lo que los dejaba en una condición equivalente al exilio: “estando en el hospital, no hai amigos, ni parientes, ni tia, ni sobrinos, ni nada. El que se quema que muera. Asi, es la vida moderna…”(sic), consigna uno de ellos. Las primeras cartas datan de 1913 y las últimas de 1931. La mayoría están dirigidas a sus parientes, muchas veces con el objetivo de reclamarles su presencia: “Que pidiera el favor a los suyos que están en Santiago que vengan a visitarme todos ellos con sus hijitos y esposos si es posible pues cuando ven que los visitan aquí los consideran a los enfermos y los adulan y miran mejor a los que no los visitan los miran en menos”(sic). Solicitan, además, dinero, enseres y comida de casa: “Luicita: Pescado frito; Un budín de arroz con leche y huevos; de sus manos y, también, con tomates y bastante azúcar y, despues de frio, ardido en Ron o aguardiente; que, bien le vendria por una mano virgen, como la suya” (sic), escribe un segundo interno. El envío de vestuario también es una petición frecuente: “Yo necesito un traje, un abrigo, estilo ruso y también un sombrero, un calzado corriente alto con suela goma…”, solicita otro de los pacientes. Se da el caso, también, de un interno que le escribe a la viuda del presidente Pedro Montt pidiéndole matrimonio. El sonido de fondo de las cartas, en las que se enlaza el delirio con la realidad, la locura con la sabiduría, es de extrema nostalgia por el retorno a la vida anterior, a ser reconocido y reivindicado como un ser normal, deseos que pueden apreciarse en una de las conmovedoras cartas que Aurelio Gutiérrez* enviase a su mujer, Ernestina*, texto que tal cual como fue escrito -no hubo corrección ortográfica por parte de los editores- presentamos a continuación.     Carta de Aurelio Gutiérrez*   Santiago 3 de Enero de 1919 Mi querida Ernestina*: Acostumbrado como estoi ya a sufrir fuertes impresiones, sin que se alteren mis nervios, solo por eso, puedo tomar mi pluma, para dirigirte estas líneas, las que por las consideraciones que paso a exponer, las principio en el convencimiento de que van a ser el último adiós que le doi en este mundo a la esposa que tanto quise, cuanto más, que es madre de mis tiernas niñitas. Hai Tinita de mi alma, no hubiera querido tenerte más bien, para evitar tan hondo dolor. Y tu Bernardita y Laurita, a quienes tampoco olvido un instante. Ayer solamente recibí la encomienda que me mandastes, por lo cual te mandé mis agradecimientos anticipados. Ella venia conforme, pero mas bien Ernestina no hubiera querido encontrarme con las cartas que venían dentro. Qué clase de corazón tienes mujer ingrata, como pudistes escribirme una carta tan fría, después que te impusistes de mis muchos sufrimientos; Acaso no te mandé decir que aquí había sido azotado, calumniado, vituperado y por cuanto puede haber pasado solo Jesucristo, que tu, tan impasible pudistes concretarte a decirme que estabas buena. Si me hubieras dicho que estabas mal y que ya estabas al morir yo habría sufrido menos porque al fin me habría sujerido la idea que sufrías por mí. Y porque además, después de tus acciones, como fué tu desobediencia de irte, sin llevarme ni despedirte siquiera de mí, hoi si no te apiadas en venirme a retirar, mas me valdría que te murieras, porque, al fin, ya no teniendo yo mujer, el Reglamento de este asilo, me permitiría, que saliera solo a la calle, como entré. Figuraté, que sin ningún motivo, de la manera mas arbitraria, me pusieron en el patio N° 7. Por felicidad en este patio encontré un mayordomo, de sentimientos mas humanos, que los otros donde he estado.  No le diré, que los otros dos

Fichero | La polola de Bukowski

Hace unos meses descargué -no recuerdo desde dónde- el libro “Pequeñas cosas – Poesía reunida (2004-2017)” de Gladys González. Me ocupaba, por ese tiempo, de las novelas “El guarén” de Germán Marín y “Jakob Von Gunten”, de Robert Walser, asunto que, al lector, de seguro, le da igual. A quien escribe, sin embargo, el hecho no le resulta indiferente, pues ambos textos, leídos bajo confinamiento, lo sacaron de la cárcel sanitaria, lo hicieron desplazarse a otros submundos, aunque no le fue suficiente para alcanzar la libertad, el libro no lo hizo libre, como indican los entusiastas de la lectura y los empresarios del ramo. En fin, descargué el poemario de Gladys González (Chile, 1981), libro publicado por Ediciones del Cardo en 2019, donde la autora agrupa cronológicamente su producción poética –cinco títulos- dada a conocer durante las dos primeras décadas del milenio. Los textos, escritos con un lenguaje directo y visual -no churrigueresco- se pueden leer como un registro de la experiencia de una joven no abc1 que explora y describe su propio mundo y el mundo que la circunda, en específico el Chile de las últimas décadas, focalizándose en lo sórdido, lo abusivo, lo decadente, de esta “copia feliz del edén”, dando cuenta, además, de la fuerte influencia de la literatura norteamericana en nuestras letras. El primer poemario compilado (“Gran Avenida”, 2004) nos muestra ambientes y situaciones que hacen recordar la toxicidad que se observa en los poemas y relatos de Bukowski, asunto que no es de extrañar, dada la influencia del alcohólico autor gringo en la literatura reciente de un país, el nuestro, que gracias al neoliberalismo logró convertirse en un calco del lado B de EEUU -el lado de los perdedores- espacio social que retratase detalladamente el autor de “Música de cañerías”. Aparecen, así, en esta ópera prima (como se dice en cursi), ambientes de pobreza y marginalidad urbana, episodios de machismo, referencias a la cultura gringa y una buena dosis de alcohol. Uno tiene la impresión, al leer estos textos, de que se encuentra ante algo así como la polola de Bukowski: “todas las noches / te busco / sentada en las cunetas / donde vas a beber / te espero en el bar / hasta que se hace de día / y apareces / con un librito / en la gabardina / un librito / en el que está dibujado / mi corazón.” Se trata de un Bukowski algo diferente eso sí, no un tipo duro, sino un sentimentalón, pero de todas formas es un monstruo inaceptable en el ambiente feminista actual, donde ser la polola de Bukowski es como ser la polola de Frankenstein, es decir, es pasarlo mal, es ser ninguneada emocionalmente, es desarrollar una sensualidad roída y depresiva: “ella lo miraba / desde el baño / orinando desnuda / en la taza del wáter / con su chaqueta de cuero / y un Jack Daniel’s en la mano // ella lo miraba / desde el baño / retocándose el corazón / con un lápiz labial / en la penumbra de esa habitación.”  En los siguientes poemarios incluidos en la compilación (Aire quemado, 2009; Hospicio, 2011; Calamina, 2014; Bitácora, 2017), es posible apreciar un alejamiento de las relaciones sentimentales de corte tóxico. La hablante ahora está en terapia, está medicada -como buena parte de la sociedad chilena- lo que progresivamente se plasma en poemas en movimiento, se encuentra viajando, se encuentra conociendo nuevos territorios y no engrupida en un bar con Frankenstein, lo que da cuenta de la efectividad de los fármacos. En este sentido, hay poemas, donde hasta es posible ver los rayos del sol: “detener la mirada / y ver / por la ventana / del bus / una brizna de hierba / creciendo / en una canaleta blanca / de plástico // fijar esa imagen / y sentirse dichoso // un rayo de sol / y el viento leve / iluminan el encuadre”, dice un texto que le debe demasiado a William Carlos Williams.  Su mirada del mundo, que en estos poemarios se vuelve cada vez más fotográfica, más escueta, más telegráfica (recogiendo la influencia del objetivismo de tercera mano chileno), sigue concentrándose, sin embargo, de preferencia en retazos especialmente miserables de nuestra ejemplar sociedad, plasmándose en textos tipo inventario o en deshumanizadas anti-postales: “un hombre / está tirado en el suelo / como un animal destripado / los pantalones abajo / sus genitales congelándose en la lluvia / un perro sostiene su cabeza / como si de ese hombre alcoholizado / dependiera su mundo.” Su mirada hacia el mundo propio, por otra parte, pese a los esfuerzos de la fármaco-terapia, sigue centrándose mayoritariamente en la derrota, en el fracaso, en la soledad, en el agotamiento, lo que nuevamente nos recuerda el universo bukowskiano, aunque sin que se aprecie la grandilocuencia ególatra ni la ironía del autor gringo, dado que la hablante se centra, más bien, en lo oscuro, en lo depresivo, mostrando una baja autoestima y carencia de humor. La conexión con Bukowski sin embargo, no se agota en los expuesto en los párrafos anteriores. Así, en “Bitacora” (2017) nos encontramos con el poema “Pequeño pájaro azul”, texto que dialoga con un texto del autor de “La senda del perdedor”, específicamente su poema (casi homónimo) “Pájaro azul”, donde el norteamericano señala que hay un pájaro de tal color en su corazón. Este pájaro representa algo así como el lado blando, el lado emocional, el lado romántico del poeta. Pues bien, haciendo gala de su ironía, Bukowski indica que el pájaro azul quiere salir, pero él lo mantiene encerrado, bajo el efecto del whisky y el humo de los cigarrillos. “¿Es que quieres que se hundan las ventas de mis libros en Europa?”, le pregunta sarcásticamente, dejando en claro, al final del poema, que solo lo deja cantar un poquito, en la noche, a la hora de dormir. La hablante que presenta Gladys González en “Pequeño pájaro azul”, por su parte, se identifica con la avecilla, no con el misógino escritor norteamericano,

Fichero | La novela terrígena

La poesía chilena de las últimas décadas se ha encaminado por diferentes senderos. Algunos se entrecruzan entre sí y otros siguen una senda poco transitada. Tal es el caso de “La novela terrígena” de Mario Verdugo, breve poemario publicado en 2011 por Pequeño Dios Editores.  Tomando como punto de partida un texto del narrador criollista Mariano Latorre, donde el autor de “Zurzulita” señala la importancia de la apropiación literaria del mundo rural para “la evolución de la novela netamente terrígena”, Verdugo desarrolla breves poemas, de características narrativas, que se presentan como capítulos de una novela.  Estos capítulos, que en total son cien, se ven atravesados por un lenguaje donde materialidades ligadas a la ruralidad antigua y actual se entremezclan con una multitud de referencias provenientes del lenguaje espacial, de las ciencias sociales, de la filosofía, del arte, de la burocracia, de la misma literatura, entre otras, creando extrañas estampas -de difícil conexión argumental entre sí- de un mundo imaginario. En el poema 49, por ejemplo, se puede leer: “Las hectáreas arrendadas al Grupo de / Investigaciones Sociales. Las hectáreas / desbandadas donde solía ver caer al / Lunik 25”.  Como vivo en el mundo rural, la imaginería de Verdugo me parece atractiva, aunque bastante fría y distante del juego semiótico que realiza Juan Luis Martínez en “La nueva novela”, poemario con el que K Ramone -en Proyecto Patrimonio- compara “La novela terrígena”. ¿Sus razones? El hecho de que se trata de “un libro presentado con la forma de poemas pero llamado novela”. Personalmente, esta idea me parece un despropósito. Es algo así como comparar -para un creyente- la biblia con un librito de oraciones.  En cuanto a lo inconexo del contenido, Ramone defiende “La novela terrígena” arguyendo que “la buena poesía” debe “permitir tantos sentidos como sea posible.” Estoy de acuerdo con que la poesía debe tener un buen grado de ambigüedad, pero cuando esta alcanza un nivel que impide la conexión con el lector, se transforma en un ejercicio de abstracción intelectual sin mucho sentido.  Armar el puzle que propone Verdugo, donde en cien poemas de cuatro líneas se cruzan -entre otros- artistas e intelectuales como Malevich, Bachelard, Maslow, Rafael Maluenda, tractores John Deere y Massey Harris, la tele checoslovaca, personajes populares, entidades imaginarias como Parásitos FX, eventos ficticios como la Expo-cosmos y el quinto simposio de la IRS, requiere -está claro- una buena dosis de entusiasmo. Y el libro no da para tanto.

Fichero | Se oía venir

Publicada digitalmente por Cuaderno y Pauta en diciembre de 2019, “Se oía venir. Cómo la música advirtió la explosión social en Chile”, es una compilación de textos que intenta mostrar los vínculos entre diversos estilos de música nacional -rap, urbana, tecno, punk, hardcore, cueca, entre otros- con el estallido de octubre de 2019, esto en su calidad de signos de la insatisfacción social que dio pie a la revuelta contra el sistema neoliberal y su eficiente fábrica de perdedores…