Signos vitales | La banana de Sísifo
«Intenté luego imaginar el proceso semanal de recambio de la banana. Lo más seguro, me dije, es que no sea el mismo Justin Sun quien realiza la rutinaria tarea, sino uno de sus subalternos, una especie de técnico superior en sustitución de bananas –con mención en logística de la estética o algo por el estilo– preocupado de comprar, trasladar y fijar al muro la banana cada siete días, manteniendo –además– un stock de cinta adhesiva que asegure el éxito del proceso.» Al mediodía, cruzando el puente Recoleta, me encontré con un hombre barbudo, esquelético y sucio. Se hallaba en medio de los cientos de indigentes –nacionales e importados– que día a día se instalan allí a vender todo tipo de residuos. El tipo, que parecía venir saliendo de un campo de concentración nazi, de Tejas Verdes o de la Franja de Gaza, tenía los ojos hundidos, sumergidos en otro mundo, mientras avanzaba penosamente cargando una especie de mochila con sus cosas. Se ayudaba para esto de un rústico palo en bruto, bastante retorcido, que le daba un cierto aspecto de ferocidad. Comía una banana media negra, media podrida, con avidez. Una banana que seguramente recogió de los basureros de La Vega, institución que, como se sabe, es fuente de alimento para todo tipo de perdedores: alcohólicos, drogos, personas con problemas de salud mental, inmigrantes sin fortuna y otros ejemplares propios de la fauna de los bajos fondos. Al verlo, instantáneamente me acordé del multimillonario que en noviembre de 2024 compró la comentada y cuestionada obra "Comedian" del italiano Maurizio Cattelan, que consiste en una banana pegada con una cinta adhesiva a un muro, por un precio cercano a los seis millones de dólares. La carísima banana, contra lo que podría pensarse, no tiene absolutamente nada de especial, se trata de una banana común y corriente, de las que se pueden encontrar en la feria y como todas las bananas madura y se echa a perder, por lo que resulta indispensable cambiarla semanalmente, procedimiento contenido en un instructivo desarrollado por Cattelan. Se me ocurrió, mientras el mendigo se alejaba, que la banana que comía era la que el magnate chino–granadino Justin Sun –tal es el nombre del comprador de “Comedian”– había lanzado a la basura esta semana. Como el año tiene 52 semanas, 52 mendigos podrían ser favorecidos cada año con una fruta podrida. Esa es la parte social de la obra, me dije, el aporte conjunto del artista italiano y el multimillonario de origen asiático –que se dedica al rubro de las criptomonedas– a la sufrida humanidad. Intenté luego imaginar el proceso semanal de recambio de la banana. Lo más seguro, me dije, es que no sea el mismo Justin Sun quien realiza la rutinaria tarea, sino uno de sus subalternos, una especie de técnico superior en sustitución de bananas –con mención en logística de la estética o algo por el estilo– preocupado de comprar, trasladar y fijar al muro la banana cada siete días, manteniendo –además– un stock de cinta adhesiva que asegure el éxito del proceso. Imaginé, luego, que en algún momento el multimillonario se debe haber dado cuenta de la broma pesada que le jugaron o que se jugó a sí mismo, puesto que la compra de “Comedian” le sirvió para hacer automarketing global, y eso siempre es positivo para empresarios y tipos con personalidad narcicista, pero a cambio de eso deberá cambiar –o mandar a cambiar– semanalmente una banana hasta su muerte, en una especie de mito de Sísifo en tono de comedia pop. A raíz de esto me pregunté qué persona sensata pagaría seis millones de dólares por hacerse de una tarea tan tonta para toda la vida. Y no se me ocurrió ninguna. Recordé, enseguida, que al comprar la instalación Justin Sun señaló –según la prensa– que la fruta adquirida: "Sabe mucho mejor que otros plátanos, realmente está bueno", lo que me hizo pensar que, hoy en día, la liviandad mental es sinónimo de éxito y popularidad. Mas tarde, bebiendo un café en un local del centro, me pregunté que es lo que le da valor a una obra de arte. No pude, por supuesto, dar con una respuesta, las posibilidades son muchas y dan para un montón de columnas. Lo que está claro es que la recontextualización de un objeto cotidiano en objeto artístico –o ready made– fue una idea desarrollada por Marcel Duchamp hace más de cien años, cuando expuso su obra “La fuente”, que consistía en un urinario común y corriente, en una muestra de arte de la época. En ese sentido “Comedian” no es más que una copia de la idea de Duchamp, cuya única variación es que el objeto, la banana, es perecible y debe ser cambiada periódicamente, sin que se perciba la ironía subversiva de “La fuente”. Lo que se compra es la idea, no la obra, se justificó Justin Sun, pero la idea ya existía, la nuevo fueron los seis millones de dólares pagados por la banana, haciéndonos pensar que en estos tiempos controlados por un grupo pequeño de narcisistas multimillonarios –y escasos de escrúpulos– la respuesta parece ser el dinero. Mientras más se paga por una obra, más artística esta es, dando cuenta del estado de la sociedad actual, que necesita –urgente– un recambio, tal como las bananas podridas de Justin Sun.









