Arte & Cultura

Cámara rodante | Jugueteando

¿Quién no tuvo un juguete favorito en su infancia? ¿Quién no disfrutó con uno de estos artefactos que, según los arqueólogos, están junto a nosotros desde la prehistoria? Difícil sería hallar a alguien que se haya sustraído a la compañía de estos objetos que sirven no solo para divertirse, sino también como herramienta de presión y modelamiento cultural, promoviendo formas diferentes de conducta, por ejemplo, para niños y niñas -princesita para ella, superhéroe para él- pues los juguetes nunca han sido inocentes y la industria moderna los ha hecho menos inocentes aún.  Ajenos a estas situaciones, niños y niñas los quieren, los abrazan, los besan, los hacen hablar y moverse, echando a volar su imaginación. Llegada la juventud, sin embargo, estos queridos compañeros resultan un lastre y en un momento son abandonados en cajas de olvido, en una calle cualquiera, en un vertedero clandestino o directamente en el tacho de la basura, para ser llevados, luego, a un relleno sanitario, donde serán borrados del mapa.  Durante años he ido rescatando -mediante el acto fotográfico- variados juguetes de sus lugares de abandono y desmemoria, dándoles una segunda vida, una nueva oportunidad de encontrarse con nuestros modelamientos y afectos. De eso tratan precisamente estas fotos, este jugueteo con la lejana infancia.

Signos Vitales | La fallida (des)aparición de una galería

Hace unos días, mientras caminaba por la Alameda de las Mutilaciones, me encontré con una especie de bolsa de vino gigante que ocupaba parte de la vereda norte. El descomunal objeto obstaculizaba tanto el trabajo de los vendedores ambulantes -que ofrecían audífonos, papelillos, aritos, pipas, pañoletas- como el paso de los transeúntes y sus pandémicas mascarillas. Pensé, primero, que se trataba de una acción publicitaria -fome- de una empresa vitivinícola. Luego, al mirar el frontis del edificio desde donde surgía el artilugio, supuse que me hallaba ante una instalación artística -esa ocurrencia de tipos como Marcel Duchamp y Kurt Schwitters-, dado que su origen remitía a la Galería Gabriela Mistral, única galería pública de arte contemporáneo en Chile, como informa el diario La Tercera, sin lamentarse, como lo haré yo, por tan triste récord.  (Momento para el lamento). El objetivo de la instalación, que estará abierta hasta fines de octubre, consiste en conmemorar el trigésimo aniversario de la galería mediante lo que Javier González, su curador (actividad esnob de moda) definió (con expresiones también esnob) como un “acto de desaparición que funciona no como una ilusión, sino en términos materiales”. La idea de fondo de intervención (llamada “Museo en campaña”) consiste en ocultar la galería con un globo inflable de veinte por diez metros de largo, suponiendo (imagino que imaginaron) que su plateado exterior la haría invisible, permitiendo resaltar la colección de arte y la gestión de la galería, expuestas -paradójicamente- al interior de la bolsa gigante.  Intento fallido, hay que decirlo, pues el descomunal objeto, creado por el arquitecto Smiljan Radic, no cumple con lo de la desaparición. Oculta la galería, es verdad, pero no la hace desaparecer, pues la reemplaza exhibiéndose a sí mismo como un artefacto llamativo por lo inusual y lo descomunal, aunque poco legible desde lo estético y desvinculado del leit motiv de la exposición, pues no tiene discurso, no tiene relato (es como el candidato Sichel), remitiendo, como se ha dicho, a la idea de una campaña publicitaria de vino en bolsa. Se pregunta uno, también, cuál es el sentido de hacer desaparecer una galería discreta, casi invisible, como es la Gabriela Mistral, que se ubica justo en el primer piso del ministerio de educación, organismo incompetente que sí merece esfumarse. Eludí el gran envase plateado imaginando la reacción de varios amigos alcohólicos al encontrase, de sopetón, con tan fantástica sorpresa, los vi lamiéndose los bigotes, los vi rompiendo con los dientes su piel de plata para mamar el mosto a destajo. Pasé luego junto a un señor que vendía hermosos ramos de flores en tinetas de pasta de muro y me alejé del lugar recordando otras obras de gran formato que han brotado en el país antes y después de la pandemia: la Pequeña Gigante, el Pájaro Carpintero de la torre Entel, el Pato de Hule de la Quinta Normal, entre otras, preguntándome por el sentido de estas manifestaciones cuya principal atracción es el tamaño. ¿Será que se pretende combatir el vacío artístico-cultural de este modo?  Si se quiere llenar un cuenco por completo, dice el sentido común, conviene echarle arena fina, no grandes piedras, pues así se evitará que queden espacios vacíos. Pero en el país del marketing da lo mismo cómo sean las cosas, lo importante es como la gente las percibe. O, más bien, como se las hace percibirlas. Disimular es fingir no tener lo que se tiene, explica Baudrillard. Simular, agrega, es fingir tener lo que no se tiene. Lo uno remite a una presencia, lo otro a una ausencia. Y si la gente sale a la calle y se encuentra con un pájaro gigante picoteando la torre Entel pensará que en Chile hay espacio para el arte, que la empresa privada y el gobierno de los empresarios están preocupados no solo de sus inversiones en el país o en paraísos fiscales, sino también de cultivar la estética en los espíritus ciudadanos. Se percibirá, entonces, una presencia donde hay una ausencia. La bolsa gigante de vino, sin embargo, ni siquiera alcanza para constituirse como un buen simulacro. Es una instalación fallida, un fiasco, puesto que no da para percibirla como un elemento “artístico”, como lo fueron la Pequeña Gigante, el pájaro de la torre Entel o el pato de la Quinta Normal, artilugios que cumplieron su función de entretener, de dar espectáculo, de distraer, de usar el adjetivo “bonito”, de atontar. No funciona tampoco como un aviso de “acá hay una exposición”, que sería lo mínimo que se le podría pedir, puesto que no opera, para nada, como señalética eficaz. Se puede decir, finalmente, que la idea de hacer desaparecer la única galería pública de arte contemporáneo existente en Chile puede ser leída, también, como una broma macabra de la administración Piñera, un guiño malévolo a la derecha más extrema en un país donde la precarización de lo público y la desaparición de personas son temas aún sin resolver.

Cámara Rodante | La Vega Central

Es medio día y desde el asfalto viciado el sol pega de rebote a los transpirados visitantes que circulan entre los líquidos percolados que se aposan en las calles de la Vega Central -ex sector "La Chimba"- reducto que recorro incansablemente desde mi niñez casi púber, en esa juventud cimarrera donde el colegio me aburría y escapaba a esa parte de Santiago, atraído por un submundo casi detenido en el tiempo. Hoy, siguiendo con mi propia tradición, camino por sus callejuelas y rincones como gráfico, retomando mi veta de viajero de los suburbios con mi "rectángulo rodante" concentrándome en retratar el paisaje, tema que he seguido desde hace varios años y el cual nunca es fácil porque una cámara intimida, así que la idea es ser súper rápido en la toma, seudo técnica que he ido perfeccionando con el paso de los años. Mi grupo objetivo está vez "son los parias de la sociedad" que esquivan los lentes por miedo a ser reconocidos o simplemente vergüenza, algunos reaccionan mal y es entendible porque en el fondo conservan algo de su raciocinio y saben que se encuentran atrapados en lo más profundo del sedimento social, discriminados por la mayoría, muchos ya sin familia, resignados a esa vida. Ha pasado algún rato de este periplo fotográfico y siendo un día caluroso siento sed, así que para entrar en onda me hago de un pack de cervezas y me escabullo en la Plazuela de los Historiadores, que queda casi al llegar al Puente de los Carros, al frente del cauce del Mapocho. Entre esa gente que vive en carpas, por ese sector, me logro mimetizar, soy uno más, sentado, bebiendo y desde ese lugar, logro divisar hordas de viejos alcohólicos con sus caras deformadas como las de un boxeador abatido, saliendo de las cantinas, para dejarse caer en aquella plazuela donde levantan sus "chululos", viviendo la indigencia en medio de la capital, donde el olor humano a orina y excrementos se funden dando paso a un ambiente rancio y putrefacto. A eso se agregan los olores de los micro vertederos que se forman a diario, frutas descompuestas, agua aconchada en las pozas de asfalto agrietado por el paso de las ruedas o el perfume de gordas prostibularias, que yacen sentadas en bancas hechas con tabla de tapa, limitando con la Feria de las Pulgas, donde el cachureo es un estandarte y que está a un costado de esas calles cercanas a la iglesia Recoleta Franciscana. Se forma, en este lugar, un tumulto que con gritos chillones o con voz raspada vocea candelabros de plástico made in china, último chiche llegado en containers desde el lejano oriente que sucede a la reina a caballo que, por un tiempo, se vendió como pan caliente. Tal es la música texturable, la atmósfera sonora que atrae a turistas que con celo gatuno levantan sus cámaras o celulares, temerosos de los escaperos o lanzas que buscan arrebatar cualquier cosa de valor, tal como lo hacen los leopardos cuando arrebatan con velocidad a sus distraídas presas. Así transcurre la vida en aquel barrio que al parecer cuenta con sus propios códigos de cruda marginalidad. "Después de dios sigue la Vega" reza el dicho, dios salvador, exista o no exista, que para los rezagados del sistema, a los cuales me refiero en estas líneas, no alcanza.

Fichero | Se oía venir

Publicada digitalmente por Cuaderno y Pauta en diciembre de 2019, “Se oía venir. Cómo la música advirtió la explosión social en Chile”, es una compilación de textos que intenta mostrar los vínculos entre diversos estilos de música nacional -rap, urbana, tecno, punk, hardcore, cueca, entre otros- con el estallido de octubre de 2019, esto en su calidad de signos de la insatisfacción social que dio pie a la revuelta contra el sistema neoliberal y su eficiente fábrica de perdedores…