Literatura

Trasandino | Junta de escritores en Melipilla

El silbido de la tetera me despertó. Me fue difícil dormir. Me desvelé buscando palabras para terminar un poema. Poema que finalmente no necesitó de esa frase que me comía la mente. Prendí la computadora y puse “Canto a la diferencia” de Violeta Parra. A veces pienso que la creatividad es un mar violento, oscuro, nocturno, que uno temeroso ve desde la orilla. Y adentrarse en esa marejada sin fin es asumir el riesgo de extraviarse por horas intentando que se disloquen los sentidos. Sólo para volver con un ritmo a cuestas, con una frase siquiera, con palabras que se hundan como puñal en la guata de la realidad. Me vestí. Calenté agua para el mate. 9:48 AM. Agarré la mochila, me puse la mascarilla, me subí a la fixie y partí. El día estaba nublado y corría un viento frío. En la plaza de los Cardenales unas niñas jugaban a abrir y a cerrar paraguas de Disney, reían al lado de una fila de personas que esperaban hacerse el pcr en el laboratorio móvil. Al mismo tiempo pasaba un haitiano perturbado murmurando y moviendo las manos hacia todos lados. Los chincoles y los mirlos no dejaban de atravesar el cielo cantando.  Me fui por Libertad, doblé por Correa hasta llegar a la plazoleta Pajaritos (plaza de los Curaos para el común de la gente). Allí me bajé de la bici porque la garúa había comenzado y caminé. Acá ya no se juntan los sábados los borrachos del pueblo, ahora la ocupan los temporeros agrícolas, peruanos y haitianos, para cobrar su paga o para subirse a un microbús y seguir trabajando. Atravesé el lugar entre miradas desconfiadas, conversaciones coloridas en creole, y el ruido y el aroma de pollos friéndose. A media cuadra del centro cultural me detuve a prender un pito. La lluvia aconteció con fuerza. El agua caía con rabia. Riachuelos bajaban por las calles levemente inclinadas, parecían relámpagos deslizándose por el pavimento al ser alumbradas de súbito por los focos circulares de los autos, la gente corría a resguardarse a los pedazos de techo que sobresalen de las casas, miré al cerro Sombrero que yacía escondido entre la bruma, ya casi sin vegetación, dañado por las innumerables torres eléctricas. El cielo quieto, estridente, densamente gris. Hay días de invierno en que el sol es sólo una impresión mortecina, a semejanza del sol naciente de Monet, pero acá sin mar, sin puerto, sólo muriendo silenciosamente oculto entre nubes color ceniza. Apagué el pito y lo guardé.  Llegué a las 10:10 a Hurtado 1331, al centro cultural Edetrem. Amarré la fixie debajo de un árbol frondoso. Se me acercó el dueño del lugar, Luis Arias (poeta que se tuvo que exiliar en Francia durante la dictadura de Pinochet y que actualmente es el secretario general de Poetas del Mundo). Me habló de que la reunión se demoraría un poco en empezar. Que me pusiera cómodo. Que había poetas que no sabían cómo llegar. Me habló de que el lugar estaba construido por un arquitecto alemán, yo decía ah, um, pero no le prestaba atención, yo caminaba hacia adentro, saludaba a las personas con un ademán, con un gesto, yo preparaba un mate mientras observaba a una anciana abriendo una agenda para escribir cosas y a otros armando la mesa central con variedades de galletitas, de quequitos, ordenando tazas para té y café, parecía un cumpleaños.  El lugar era amplio, había estantes de libros por doquier. Una chica con pelo mitad rojo mitad negro corrió hasta su mochila para sacar unos apuntes de la universidad, buscaba algo entre las páginas, palabras quizás. Minutos después llegó Ulises Mora, poeta de la zona, poeta por antonomasia (digo por antonomasia porque es un viejo de cuerpo grande, que usa boina, lentes pequeños con mucho aumento y un bastón que lo ayuda a caminar porque de joven que tiene acromegalia, la enfermedad que también tenía Cortázar), nos saludamos, me contó de inmediato un cahuín, de que la poesía no estaba tocando a la puerta del Ateneo de Melipilla, que se juntaban los martes en las tardes a hablar de remedios, a comparar enfermedades, a comparar médicos, en fin, hablar de cómo el tiempo los ha revestido de polvo, de excusas. Pero Ulises se sentía diferente. Vivito y coleando, dijo. Que se mantenía vigente subiendo todos los días un poema a facebook, que eso lo distraía. La lluvia golpeó con vehemencia el techo. Permitió que nos silenciáramos. Se está cayendo el cielo, dijo Ulises y se fue a servir un café apoyado en su bastón.  Minutos después ya estábamos los catorce escribientes sentados, no en círculo, sino en algo más parecido a un rombo. Las presentaciones duraron más de lo común, como suele suceder a veces entre la gente que escribe. La recitación comenzó. Eran variados los estilos: misceláneas de Mistral y Neruda, parrianos, uno que otro de versos kilométricos, a semejanza de Rokha. Mientras leía Mirko, un poeta comunista, un poema intimo sobre lavar los platos, yo me encontraba entre dos mundos. Leyó Bastián. Se me venían momentos fugaces de los eSlam de poesía en Córdoba. Poetas under, poetas hippies, borrachas con escrituras filosas, drogadictos bardeando, viviendo la jovialidad de eventos calurosos, de pieles húmedas. Recitó la señora Celestina un poema larico. Vino a mi mente una noche en que alguien con una locura indescriptible agarró el micrófono y estuvo más de cuatro minutos repitiendo: uno uno uno uno uno uno (…). Ulises Mora leyó su famoso poema “No estoy de acuerdo”. Uno uno uno uno uno (…). Me tocó leer a mí. Le tocó a Gabriel. Uno uno uno uno uno… Leyó Camilo, leyó Horacio, leyó Laura, leyó Verónica. Se notaba que habían trabajado sus poemas. Leyó Maggi, poeta colombiana. El entusiasmo por las lecturas hizo que de inmediato se eligiera un nombre: “Poesía re-vuelta” fue el elegido entre tantos otros insulsos. Luego se habló de la responsabilidad del artista, de que el escritor debe ejercer su libertad en la escritura, de llevar la poesía

Narrativa Argentina Actual | Edelmiro Soto

Ingresó en la fuerza en el 42. En febrero o marzo del 42. Era negro y largo. No le daba el físico. No tenía estudios. Rogelio Sánchez lo quería como a un hijo, por eso habló con el Intendente. Por eso se peleó con la junta vecinal y con el cura. Por eso después votaron en el club y lo degradaron a vicepresidente, ¡a él!; pero si Rogelio Sánchez construyó desde los cimientos y con sus propias manos las gradas, la cancha de bochas y los vestuarios del club. “Por mí que se vayan todos a la puta que los parió”. Por no hablar de la sala de primeros auxilios, del monumento al prócer, de las prefabricadas que plantaron en el terreno que cedió la Municipalidad para aquellas pobres familias, y algunos de los más majestuosos panteones en el cementerio; y todo para que Soto no entrara en la policía. Lo hirieron, a Rogelio, pero no lo amedrentaron. Edelmiro no lo supo hasta muchos años después.  El verde caqui contrasta con la piel oscura. El uniforme no tiene una sola mancha. Los borceguíes (sus únicos borceguíes) brillan más que los de cualquiera de sus compañeros, en aquella pobre fila que los han hecho formar para entregarles sus diplomas. Soto busca entre los familiares hasta dar con doña Encarnación. Doña Encarnación Velázquez es más bien su tía postiza, o más bien su madre; ha criado a Soto y a sus tres hijos legítimos con la misma severidad y dedicación. Ahora, pequeña y dubitativa en una silla de plástico, levanta una mano temblorosa hacia él con orgullo, y la otra busca un pañuelo con el cual secarse las lágrimas. “Tranquila mamá Encarnación, le va a hacer mal”. Rogelio Sánchez por supuesto está ahí, y es el primero en estrechar su mano de manera efusiva, en decirle que está orgulloso de él, y que seguramente la historia de esta comisaría escuchará hablar de Edelmiro Soto.  Pero nunca pasaría nada. Soto cumplirá y se jubilará a tiempo. Jamás tendrá un altercado más allá de dos o tres empujones con borrachos o la presencia autoritaria y a tiempo en las peleas familiares, y jamás, ni una sola vez (salvo para limpiarla) tendrá que sacar su arma; no va a hacer más que engordar y atolondrarse en las siestas de los puestos camineros, escuchando chamamé y comiendo carne asada hasta   quedar como un sapo. A villa Ocampo, Taipero poriahú, Fortín correntino, van a ser su alma sonora (si se lo preguntan). Los espinillos y los cardos crepitando en el verano. Los pájaros que a veces no darán tregua y parecerán cantar todos al mismo tiempo. Vivirá recostado en la oscuridad de los eucaliptos detrás de los puestos camineros, orondo en el silencio de la noche, e incómodo, con la sensación de haber vivido más de la cuenta, se la pasará recordando a mamá Encarnación de viva, haciendo pan o escabeche para que Edelmiro los llevara al campo, enojada con sus hermanos por lo que el pueblo dice de ellos (que es a la vez como decirlo de todos los Velázquez vivos o muertos), pequeñita y arrugada y enclenque, pero nunca perezosa; y pensará que después de todo y pese a su procedencia, tuvo suerte de haber tenido a Encarnación.        Pero ahora, Edelmiro se acerca a su madre y la abraza. Sabe del respeto que le debe pero también sabe (ahora más que nunca) que al ser policía, está del otro lado de donde están sus hermanos; y esta idea siniestra le empieza a molestar como si nunca hubiera pensado en ello. Mamá toca su rostro con ternura y piensa que ha pasado tanto tiempo desde que Edelmiro era un niño, que hasta cree que es uno de los suyos, de los paridos; Jesús, Josué o Lázaro. “Vos sos mi negrito y estoy orgullosa de vos. Y nadie me va a quitar eso”. Edelmiro la abraza y por dentro él también está orgulloso, nunca se creyó capaz de tanto mérito, de tanto esfuerzo. Va a dejar la albañilería (piensa mientras ayuda a que mamá se levante), la venta ambulante de empanadas de pescado y pan casero, las changas donde estiba, corta el pasto, planta horcones o desmonta. De sólo estar pensándolo en este momento siente un alivio en el espinazo y un escalofrío. Acompaña a mamá y la deposita frágilmente en un remis, le da un beso y se despreocupa de ella, Lázaro debe estar esperándola en casa.  Toma moderadamente en la fiesta de ingreso, a la vista de sus superiores. Sus amigos lo invitan y están relajados por completo, pero Soto no. Esto de ser policía no representa para él la necesidad de un sueldo seguro (aunque por supuesto lo es) ni tampoco la posibilidad de sentirse superior (en algún momento cuando suba de rango) a los demás cristianos, sino que Soto cree, podría decirse apasionadamente, ¡y siempre creyó!, en la justicia. Desde chiquito; los sábado por la mañana cuando Encarnación lo acompañaba a la capilla para tomar sus clases de catecismo y escuchaba alucinado (temeroso también) las palabras de Jesús de Nazaret, mientras que un cuadro que lo representaba, hermoso y rubio adelante con un destello de luz saliendo de su corazón, junto al pizarrón donde la monja dictaba las clases, parecía mirarlo solamente a él y estar diciéndole algo que de niño imaginaba como un leve “no peques hijo mío, debes hacer el bien y ser justo”; ya ahí se sintió conmovido por lo que podríamos llamar la ley de Dios. Y luego, de grande, sabría que muy alejada de la ley divina está la ley de los hombres, mucho más ineficiente, defectuosa, pero sólo porque existen hombres que también lo son. Había que cambiar eso. Por eso es intachable, en la fiesta. Acomoda su uniforme y toma a pequeños sorbos su vaso de gaseosa, mientras ve como lentamente las caras de sus camaradas comienzan a desfigurarse, y las ropas a salírseles de los cintos, las pretinas, los botones; agitadas,

Narrativa Chilena Actual | Los retrovisores

La primera vez que lo vi no entendí lo que hacía. La gente hace muchas cosas en la veredas, gestos y movimientos raros, que ni tomamos en cuenta. Pero este chico siempre daba vueltas por el barrio. Siempre viví ahí. Me fui un tiempo, pero cuando estuve cesante volví a vivir al barrio de casas viejas que habían soportado algunos terremotos e inviernos con maderas hinchadas y los muros que se iban descascarando y mostraban el adobe que de alguna manera resistía el paso del tiempo, pero ya eran construcciones mezcladas con ladrillos pesados y de techos altos. Esa altura permitía pensar. Lo veía por la ventana y pasaba seguido, se comenzó a repetir a diario, en la ventana aparecía la escena, enmarcado por el living viejo y polvoriento, sus gestos raros como tratando de esconderse sin poder hacerlo. Empecé a ponerle atención y luego vi que las personas que en la tarde iban a buscar sus autos estacionados al borde de la vereda les faltaba un espejo o los dos retrovisores. Entonces lo asocié, esta vez lo esperé y lo vi. Se acercaba y hacía un movimiento brusco, un pequeño crujido que no quebraba nada. Solo lograba desprenderlo del caparazón negro. Luego daba un par de zancadas, se subía a una bicicleta y desaparecía. A veces venía a pie.  En ese tiempo las constructoras andaban ofreciendo plata, para comprar el conjunto de casas y levantar sus guetos verticales para disimular la pobreza.  Mi vecino que siempre me hablaba o intercambiaba información a veces comida o libros, me contaba que habían pasado por su casa. Me fui a vivir ahí porque era una casa familiar, la única y así no tenía que pagar arriendo, era imposible vivir con un sueldo pequeño y pagar arriendo. Esperaba encontrar trabajo pronto porque los ahorros iban desapareciendo. Pero a veces vendía algunas cosas, el vecino era colero en la feria y me pedía ropa que ya no usaba u objetos, para vender. En ese periodo hacía algunos trabajos por el computador y miraba por la ventana la vereda sucia y llena de autos. La gente tira cosas insólitas y uno no sabe si se les caen o simplemente les da lo mismo como si en la calle todo diera lo mismo y otro, que nadie ve, se lo lleva o lo limpia. Desde condones pegados en el suelo, cabezas de pescado o un sillón de auto, no creo que eso se les haya caído del auto. Es un poco difícil. Seguí mirando por la ventana todo eso. Vi que el chico venía a diario y tenía horario. El mismo en el que estaban los autos. A veces me asomaba a la calle por la puerta y miraba las esquinas y lo veía de refilón retroceder por el muro rojo y oblicuo de la casa de la esquina y desaparecer. La casa estaba ocupada por unos actores jóvenes. Por un momento creí que vivía ahí.  Hice mi rutina y no pensé más en él, como si fuera parte del paisaje del barrio. Un día se robó el espejo de una camioneta cotota, rang rover, algo así, nunca he sabido de autos porque no me interesan y además no tengo como para comprarme uno. Era una grande y firme. Al dueño no le sería muy terrible el robo, porque debía tener mucha plata, pero si le daría rabia que un piruja lo vacile. La robó frente a mí y me di cuenta que sabía que lo miraba porque se volvió hacia la ventana. Yo me moví hacia otro lado de la pieza y me puse de espaldas para que creyera que no lo miraba. Me volví, pero debió ser muy rápido porque estaba ahí con su capuchón, no le distinguía el rostro, y miraba al visillo como diciéndome esto lo hice por todos. Una sonrisa que apenas se le notaba. No quería delatarlo. Nos marcaba y ya no podría tener nada seguro. Una señora un par de casas más allá soltó el dato, una vez al mes, le revientan alguna ventana. Cuando miró hacía la ventana también me marcó. Me dijo en el fondo, sé que sabes. No lo diría así, pero entendí el mensaje. Se metió el espejo en un bolso pequeño y se fue.  La casa estaba en mal estado y no tenía plata para meterle. Entre los vecinos nos apoyábamos lo que podíamos. Los muros se iban descascarando. Los inmigrantes se hacinaban en algunas casas cercanas modificadas. Las piezas eran separadas por tabiques para meter más gente y sacar mejor ganancia. En la tarde cuando ya estaba oscureciendo y yo estaba sentado en el patio sonó el timbre. Era mi vecino. Venía un poco agitado, creí que le podía haber pasado algo en la cola de la feria, alguna pelea o algo así. Pasó y se sentó. Le fui a traer un vaso de agua. Quería que se calmara, pero quería hablar y lo escuché. Vecino, no sé, ¿ha visto a un cabro que roba espejos acá en la vereda… tomó aire…y viene casi todos los días? Todos los días, pensé. Lo vi hoy y lo seguí y espero que no esté muerto. Le dije que se sentará y se sentó. No supe qué decir, más que eso y supongo que mi cara era de alguien que no entiende lo que le dicen. Espero que no esté muerto, repitió. Lo seguí. Caminé y casi corrí detrás de él hasta San Diego y Av matta. Atravesó hacia el sur. Cruzó un pasaje de travestis y se metió en una casa. La entrada era una venta de repuestos. La puerta estaba abierta y estoy seguro que entró ahí. Así que me metí. Puta qué valiente, pensé mientras intentaba decirle algo para calmarlo o para que viera que estaba atento a lo que me iba contando. Se paró un momento y miró por la ventana y me di cuenta que era muy delgado o que en este rato se había adelgazado mucho. Cuando entré nadie

Signos vitales | Poesía y efectos especiales

A la memoria de Eduardo Wood. Hace unos meses atrás, en pleno estallido social, asistí a un encuentro de poesía. Supuse, antes de ir, que me encontraría con una docena de poetas leyendo sus poemas ante un público exiguo, compuesto –principalmente- por sillas vacías, algún profesor o profesora de liceo, un par de vecines romántiques y los mismos poetas que más tarde se subirían al escenario. ¿Qué más podía esperar? En Chile la poesía, como la pelota vasca o el bádminton, se juega en estadios vacíos. Y así fue, solo que en las dos horas que permanecí en el galpón donde se desarrollaba el evento no se subió nadie a leer un poema. Hubo cantores populares, hubo un intérprete de excelente voz y de pésimo repertorio, hubo un grupo clon de Electrodomésticos que musicalizaba –a la manera del grupo de Cabezas- poemas con instrumentos electrónicos. Pero no hubo nada de poemas recitados, declamados. No es que yo sea un amante de los recitales literarios. En realidad, me aburren un poco. Siempre hay más de alguno que se excede y abusa de los oídos ajenos. Siempre hay otro/a que confunde la poesía con el teatro. O con el standard comedy. Pero también siempre hay alguien que salva la noche con un buen par de textos bien leídos. Me fui ese día pensando que lo único bueno de la noche había sido el vino. Y no me atreví a leer. Llegando a casa me fumé un pito. Sentado en la terraza, mirando una enorme luna amarillenta, me puse a pensar en los cientos de recitales de poesía a los que he asistido. Recordé cuando fui a ver a Juvencio Valle en el Centro Cultural Mapocho, el viejo estaba en las últimas y entre varios lo llevaron al escenario. Era una especie de “estrella revolucionaria” porque había estado en España para la Guerra Civil, no por su voluntad supe después, sino porque no pudo volver a Chile a tiempo y quedó atascado. Leyó apenas. Temblaba y su temblor me causó más emoción que su “Tratado del Bosque”. Recordé a Zurita leyendo en la USACH en los ochenta en un acto cultural: pocos lo tomaban en cuenta, el público universitario no estaba ni ahí con un profeta grandilocuente y monocorde que se tomaba media hora para decir algo que se podía expresar en dos o tres minutos, el público universitario quería rock, quería acción, quería ver una lluvia de molotovs cayendo sobre los pacos malditos. Mientras Zurita leía, leía, leía, leía, leía, una turba de estudiantes sacó a empujones, patadas y escupitajos al vicerrector académico, que andaba jugando al espía, provocando los espontáneos aplausos del público. Ante esto, el autor de “Anteparaíso” agradeció con seriedad y mucho bla bla a los estudiantes, pensando que tales aplausos tenían como origen la lectura de sus poemas. Recordé otros recitales. Parra en la Estación Mapocho para una feria del libro. Un modoso Yuri Pérez en un bar de Batuco que hoy es un prostíbulo pop. El Chico Figueroa en San Bernardo, rompiendo con histrionismo una hoja tamaño carta que contenía el discurso que llevaba preparado para romper. De pronto me acordé de mi amigo Eduardo Wood, claro, porque a Eduardo le debo el primer poema que escuché leer en voz alta a su propio autor. Fue en la USACH, específicamente en el taller literario que en plena dictadura dirigía la académica y escritora de cuentos infantiles Amalia Rendic. Venciendo mi timidez llegué a la sesión inicial, años ochenta, llevando unos poemas escritos en un cuaderno y un montón de dudas. Entré en la sala unos diez minutos antes porque quería estar ahí cuando llegasen los demás y pasar desapercibido. Sin embargo, cuando abrí la puerta me encontré con que ya había alguien. Era Eduardo Wood. Nos saludamos, nos presentamos, hablamos un par de nimiedades y luego entramos en el tema literario. Le conté que nunca había participado de un taller y que me daba lata leer mis textos. Eduardo sonrió y enseguida me dijo que no había que avergonzarse de los propios poemas. Uno tiene que defender su creación, dijo. Enseguida abrió un bolso negro de cuero y sacó un papel. Este poema se llama “La Silla”, dijo. Y con voz vehemente y firme lo leyó, copando el espacio con el ritmo y la sonoridad de los versos, sin necesitar música de fondo, ni disfraces, ni histrionismos cuáticos para transmitir su belleza. Abrí una cerveza. El tum tum de los subwoofers de los vecinos latía en mi pecho como un segundo corazón, un corazón indeseado, invasivo y violento. Entré en la casa y puse mi propia música. Me quedé pegado después pensando en el destino trágico de Eduardo Wood, cuyo hermano Ronald -a quien Lemebel dedicara su crónica “A ese bello lirio despeinado”- fue asesinado en 1986 por los milicos en una protesta contra Pinochet en el centro de Santiago. Le dieron un balazo en la cabeza. Era un joven universitario de apenas diecinueve años a quien Eduardo amaba mucho. Sus exequias fúnebres, que se celebraron en la Iglesia de la Gratitud Nacional, fueron interrumpidas porque los carabineros ingresaron al recinto lanzando lacrimógenas y apaleando a los parientes, a los amigos y a la multitud que se encontraba dentro y fuera del edificio. Después de eso secuestraron el ataúd y se lo llevaron al cementerio. La brutalidad cometida caló hondo en Eduardo, quien con su familia al poco tiempo emigró de Chile. Después de estar en Brasil se establecieron en Australia.  Lo volví a ver en los noventa. Un día lluvioso, de noche, alguien golpeó la puerta de mi casa. Era Eduardo, que había regresado a Chile. Me contó que se hallaba internado en un recinto psiquiátrico y había escapado. Brotes sicóticos lo acosaban, lo torturaban, lo hacían sentirse el creador de los males de la humanidad. Esa noche bebimos unos tragos para celebrar el reencuentro y volví a escuchar sus poemas. Conservaba su voz vehemente y también el ritmo, solo que sus nuevos textos eran complejos,

Víctimas anónimas | Corte militar

Pertenezco a una generación que fue violentada duramente en su infancia. Tal abuso -lo digo responsablemente- fue perpetrado por peluqueros de mente obtusa, aliento añejo y manos criminales. Vestidos con delantales blancos y premunidos de tijeras, navajas y máquinas siniestras, aplicaron en nuestras cabezas el antiestético e inhumano corte tipo militar. Cierto es que el ministerio de educación era un ente despótico que imponía (e impone) normas disciplinarias tipo establo, cierto es que estábamos en la peor dictadura que ha sufrido este país, cierto es que los putos milicos se dedicaron a cortarle el pelo -y muchas veces el cuello- a hippies y neofolcloristas, pero nosotros éramos niños, no hippies ni neofolcloristas, y si nos gustaba el pelo más o menos largo no era por un rechazo a la sociedad de consumo -en Chile por ese tiempo no habían creditcards– o porque quisiéramos dar un giro al folclore nacional orientándolo hacia lo social, sino por cubrir nuestras orejas del frío matinal y sentirlas calientitas; por tener la capacidad de mover la cabeza de lado a lado y marearnos sintiendo cómo nuestro cabello, que éramos nosotros mismos, era libre y flexible; por echarnos el pelo a la cara y tener la idea de que nos habíamos convertido en el hombre invisible, es decir, por jugar a ocultarnos y tener nuestra propio mundo interno. Todo esto, sin embargo, fue eliminado de raíz por los siniestros peluqueros, aniquilando, en primer lugar, nuestra individualidad, al homogeneizarnos unos niños con otros y todos los niños con milicos, aviadores, marinos y pacos. ¿Cuántos frío tuvieron que soportar nuestras orejitas de niños? ¿Cuántos intentos de sentirnos libres girando la cabeza de lado a lado capotaron por la ausencia de cabello? ¿Cuánta de nuestra intimidad de hombres invisibles se pasmó ante la incapacidad de ocultarnos tras una chasquilla apropiada para tales efectos? Nuestro derecho a la libertad ciertamente fue violado. Lo peor: nuestros padres lo aceptaron como algo normal, volviéndose cómplices del aparato represor. ¿Cuánta creatividad popular fue arrasada por esta medida? ¿Cuántos poemas y canciones y pinturas y bailes y esculturas murieron antes de nacer? En mi caso particular, recuerdo que cuando niño soñaba con convertirme en dibujante de cómics. Tenía decenas de cuadernos con esbozos de los personajes e historias que creaba. Corte a corte militar, sin embargo, fui abandonando este sueño sin reemplazarlo por nada decente hasta que, en la adolescencia, únicamente aspiraba a tener un cartón que me diera dinero. Lo peor: decidí estudiar peluquería y ahora ejerzo en una unidad militar que no daré a conocer. Corto el pelo con placer, a veces con sadismo, especialmente cuando se trata de nuevos reclutas, los que muchas veces se van con la cabeza sangrando. Con el auspicio del estado, los milicos golpistas y mis padres cobardes me convertí en un sádico. ¿Habrá algún tipo de reparación para gente como yo?

Testigo ocular | Paz Molina Venegas

La poesía de Paz Molina Venegas (Santiago de Chile, 1945) se puede considerar como parte del guion esencial de los años ochenta, identificándose por ser crítica con un trasfondo en las asimetrías sociales tradicionales y los convencionalismos. Acompaña esta veta crítica con trazos intimistas, que dan cuenta de los miedos que surgen de la atmósfera atisbante de la poeta en cuestión. Su obra se inaugura en 1980 con la publicación de “Memorias de un pájaro asustado”, habiendo dado a conocer luego media docena de poemarios. SELECCIÓN DE POEMAS ACROBACIAS Hombres pequeñitos emergen de un vocabulario fastidioso armados hasta los dientes, proclamando signos pálidos que atemoricen al más incauto y hagan dichoso al oportuno que se haya conseguido un cuchillo con que apuñalar al ortodoxo. Conviene que cada uno coja su cuaderno de idolatría para cabalgar precisos en una cacería de erratas y aserruchar el violoncelo de la maestra que tirita de aburrimiento en un rincón del gimnasio. Es útil que convengamos en una clave de asuntos que resten importancia a las palabras y confieran vigencia al mediodía (impostor en cuclillas que permite la burla y convierte en alondra a la señora de peluquería) Es importante que acudan a nuestro campanario los aspirantes a poetas y los trapecistas cesantes. Haremos un certamen de acrobacias multifacéticas que cada uno se desnude y salte a su manera ver abalanzarse un torso dorado como una medalla hasta rozar peligrosamente con el muro luego esperar con calma a que se lance el más valiente despojado de todo contacto con enciclopedias y dispuesto a enmudecer para siempre si fuera preciso después de bautizar los retoños del escándalo. CONDICIÓN Y ALARIDO Y me ha dado la gana de ser libre de condición y de alarido al medio de la calle hurtado el cetro a la canalla oficialmente constituida en mí me hago presente Me vierto en mi dominio de lujoso desvarío virginal Productores ufanos de quimeras lánguidos sacristanes me devoran Me urjo a lo contrito y me doy vale de fracaso triunfalmente acosada sin menoscabo de lo simple me convierto en gimnasta me doy de golpes en el pecho me transformo en ventana                                        y me columpio TAN SOLAMENTE Yo rivalizo conmigo: No estoy a la altura de mi condición. Me topo con sorpresa contra mi propio yo. Me sucede que no canto como quisiera. Balbuceo y escucho una lejanía. Tímidamente me alzo en lluvia. Escojo, por no dejar, un nombre para darme. Y no me siento interpretada. Tan torpe como soy. Tan solamente. Tan única y tan ella y tan dolida. Y la gran carcajada que me gasto. Y las ganas de ser y de quebrarme. Rivalizo conmigo y esta pugna vagamente grosera me invalida las mejores gestiones amatorias. Y mi propio amor, mi boca para el beso mi discutible condición angélica se me van convirtiendo en impostura. VESPERTINO Qué pálido el reflejo de la conciencia en el comedor de los otros cuando anochece y no hay lumbre cuando anochece y no hay madre.   Así apenas la canción apenas el polvoriento afán del verbo en su escondrijo múltiple   A qué controvertir ya tantos soles A qué tanto amanecer y de rodillas   Sólo que me contuviese la alegría Sólo que la alegría me fecundase. HISTORIA DE ÁNGELES I Entonces fue que el ángel se acercó y dijo: tendrás sed de mi carne y vagarás hambriento. Luego, haciendo ondular su oscura cabellera se hundió en la incertidumbre de su concepto  Intentaba el ingenio comprender los alcances del ángel entre fiebre y bostezo, vagas contemplaciones; pertinaz, sin embargo, se enfrascaba en conciertos de incomprensible música, salvaje y presuntuosa. Tendrás sed de mi carne y vagarás hambriento. Y su cadera trascendió la condición humana. El Único, obstinado, doblegó el idioma y lo hizo parir la flecha. Quiso luego ejercitar su arco inconfesable. Premunido de un cóndor se dispuso a la barbarie. Y no logró más quietud que un deambular inédito por las inmediaciones del hastío. Quiso luego la forma, cogió su flecha, la cadera del ángel se apagaba a lo lejos hacia ella apuntó con intención diabólica y un alarido turbó la paz inadmisible. Tendrás sed de mi carne y vagarás hambriento dijo el Único al Ángel y lo ensartó en el infinito.  HISTORIA DE ÁNGELES II Yo quiero una mujer para apagar mis ansias, dijo el ángel, y un gesto obsceno le oscureció el semblante. Estoy harto de alas y miriñaques, ahora quiero deshonrar mi estirpe entumecida. Quiero unos pechos vastos, formidables en extensión incierta como pensamientos humanos; que se hundan en ellos mis torpes manos pudibundas. Mis antiguas plegarias han de ser besos y saliva. Quiero una inconfesable lujuria. Se subleva mi espíritu macilento mi espalda sudorosa se inclina sobre un cuerpo que parece ardorosa convulsión del infierno. Quiero un goce satánico dos piernas que agonicen de estertor y dos manos que perturben mi agónico sentido. No recuerden mis cánticos. Mis alas están yertas. Tan sólo quiero una mujer y su nefasta dulcedumbre. HISTORIA DE ÁNGELES III He pecado se dijo el ángel y una repentina oscuridad asomó a su mirada (antes sus ojos eran dos alondras) dos pájaros muertos se asomaron a sus ojos. He pecado y debo aguardar mi castigo. Mientras tanto cavaré una tumba para dos pájaros muertos.  HISTORIA DE ÁNGELES V No quiero tu castigo, Señor, apiádate No he de volver al mundo con este traje estúpido. Pisotearé mis alas de cartón. Escupiré la muselina barata de mi túnica. Arrojaré al infierno mi aureola plastificada. Y si has de llamarme nuevamente rebelde Quiero volver a la tierra como el más oscuro de tus hijos.  MOVIMIENTO Hay que mover la vida, hay que menearla como la cola de una lagartija. Hay que alzarla como un paraguas rojo. Hay que ensartarla en el tiempo como un puñal de oro. Y que huya la muerte con sus dientes de plástico que corra infeliz que sienta

Noticias de la nada | Un colchón indigente

Lo encontramos en un basural clandestino de Rungue. Estaba lleno de manchas de vino tinto, cagadas de pájaros, quemaduras de cigarrillos y rajaduras en el forro. Se trataba de un viejo colchón de plaza y media de espuma plástica. Le preguntamos cómo había llegado a ese lugar. Nos contó, entonces, que hace un par de semanas había sido arrojado a la calle. Me trajeron en una camioneta hasta este sitio terrible, lleno de desperdicios, escombros, mal olor y ratas, sitio donde una patota de borrachos me usa para beber, fumar pasta base, escuchar reguetón y practicar sus horrendas perversiones. Los vagos se recuestan o se sientan encima mío y abren una caja de vino o encienden un mono y comienzan a matarse las neuronas. A veces hasta se masturban colectivamente, o tienen relaciones de tipo sodomita, mientras se lanzan pullas entre ellos. Mi experiencia ha sido traumática, no se la doy a nadie, no estoy acostumbrado a las puteadas, ni al trago, ni a la suciedad, ni a cargar sobrepeso, ni a vivir a la intemperie. No, mi vida ha sido muy distinta. Estuve más de diez años en la pieza de una mujer preciosa. Una chiquilla a la que cobijé su armonioso y liviano cuerpo desde los trece hasta los veintitrés años, cuando se convirtió en una estudiante de leyes a punto de egresar. La sentí crecer, la sentí desarrollarse, percibí cómo se formaban sus redondeces, contuve sus sueños y sus suaves orgasmos nocturnos, delicados como los de un colibrí. Pasamos miles de noches juntos estudiando códigos, constituciones, ordenanzas y otros textos legales, estuvimos juntos los dos con su primer novio, el Camilo, un morenito medio pobre que trabajaba en el campo con su padre sembrando hortalizas y que la mami de la colibrí no quería, no le gustaba, no tenía futuro, y fue reemplazado por el Phillip, un burguesito que estudiaba ingeniería hidráulica y hablaba con voz grave y tenía auto y poca capacidad de observación, pues nunca se enteró de que la pequeña colibrí ya había volado, que había lanzado su primera pluma al viento con el Camilo y se creyó poseedor exclusivo de su cuerpo delicado. A regañadientes tuve que soportar las visitas de Phillip los fines de semana. Y escuchar sus críticas hacia mis resortes cada vez que tenían sexo. Tantos fueron sus reclamos que la madre de la colibrí decidió que yo ya no servía, que tenían que cambiarme por uno nuevo. Y partieron al mall a endeudarse para dejar tranquilo al burguesito, quien se consiguió con un tío la camioneta que me trajo a este tiradero que se parece demasiado al infierno. Cuenten ¡por favor! mi situación a sus benevolentes lectores, nos pidió en ese momento, con una angustia que nos conmovió a concho, díganles que vengan por mí, que no estoy tan dañado, que aún puedo contener a quien quiera tener un buen descanso nocturno, da lo mismo que no sea hermoso, ni armonioso, da lo mismo que no gima cual colibrí como la estudiante de leyes. Ya me conformé de su pérdida, no me escucharán llorar, no me verán deprimido ni han de oír mis quejas; sepan además que aún estoy blandito, que soy ultra cómodo, que mis resortes no están tan malos, que me pueden hacer un forro y que quedaré como nuevo, que más encima soy gratis. Por último, señaló, si ya no me quieren ocupar como colchón me pueden desmenuzar y convertir en lindos cojines, da lo mismo que sea con la cara de Mickey u otro bobo. La cosa es que me saquen de este lugar, la cosa es volver a estar bajo techo, la cosa es salir de la situación de calle y volver a ser un colchón decente, un colchón de casa.

Fichero | La polola de Bukowski

Hace unos meses descargué -no recuerdo desde dónde- el libro “Pequeñas cosas – Poesía reunida (2004-2017)” de Gladys González. Me ocupaba, por ese tiempo, de las novelas “El guarén” de Germán Marín y “Jakob Von Gunten”, de Robert Walser, asunto que, al lector, de seguro, le da igual. A quien escribe, sin embargo, el hecho no le resulta indiferente, pues ambos textos, leídos bajo confinamiento, lo sacaron de la cárcel sanitaria, lo hicieron desplazarse a otros submundos, aunque no le fue suficiente para alcanzar la libertad, el libro no lo hizo libre, como indican los entusiastas de la lectura y los empresarios del ramo. En fin, descargué el poemario de Gladys González (Chile, 1981), libro publicado por Ediciones del Cardo en 2019, donde la autora agrupa cronológicamente su producción poética –cinco títulos- dada a conocer durante las dos primeras décadas del milenio. Los textos, escritos con un lenguaje directo y visual -no churrigueresco- se pueden leer como un registro de la experiencia de una joven no abc1 que explora y describe su propio mundo y el mundo que la circunda, en específico el Chile de las últimas décadas, focalizándose en lo sórdido, lo abusivo, lo decadente, de esta “copia feliz del edén”, dando cuenta, además, de la fuerte influencia de la literatura norteamericana en nuestras letras. El primer poemario compilado (“Gran Avenida”, 2004) nos muestra ambientes y situaciones que hacen recordar la toxicidad que se observa en los poemas y relatos de Bukowski, asunto que no es de extrañar, dada la influencia del alcohólico autor gringo en la literatura reciente de un país, el nuestro, que gracias al neoliberalismo logró convertirse en un calco del lado B de EEUU -el lado de los perdedores- espacio social que retratase detalladamente el autor de “Música de cañerías”. Aparecen, así, en esta ópera prima (como se dice en cursi), ambientes de pobreza y marginalidad urbana, episodios de machismo, referencias a la cultura gringa y una buena dosis de alcohol. Uno tiene la impresión, al leer estos textos, de que se encuentra ante algo así como la polola de Bukowski: “todas las noches / te busco / sentada en las cunetas / donde vas a beber / te espero en el bar / hasta que se hace de día / y apareces / con un librito / en la gabardina / un librito / en el que está dibujado / mi corazón.” Se trata de un Bukowski algo diferente eso sí, no un tipo duro, sino un sentimentalón, pero de todas formas es un monstruo inaceptable en el ambiente feminista actual, donde ser la polola de Bukowski es como ser la polola de Frankenstein, es decir, es pasarlo mal, es ser ninguneada emocionalmente, es desarrollar una sensualidad roída y depresiva: “ella lo miraba / desde el baño / orinando desnuda / en la taza del wáter / con su chaqueta de cuero / y un Jack Daniel’s en la mano // ella lo miraba / desde el baño / retocándose el corazón / con un lápiz labial / en la penumbra de esa habitación.”  En los siguientes poemarios incluidos en la compilación (Aire quemado, 2009; Hospicio, 2011; Calamina, 2014; Bitácora, 2017), es posible apreciar un alejamiento de las relaciones sentimentales de corte tóxico. La hablante ahora está en terapia, está medicada -como buena parte de la sociedad chilena- lo que progresivamente se plasma en poemas en movimiento, se encuentra viajando, se encuentra conociendo nuevos territorios y no engrupida en un bar con Frankenstein, lo que da cuenta de la efectividad de los fármacos. En este sentido, hay poemas, donde hasta es posible ver los rayos del sol: “detener la mirada / y ver / por la ventana / del bus / una brizna de hierba / creciendo / en una canaleta blanca / de plástico // fijar esa imagen / y sentirse dichoso // un rayo de sol / y el viento leve / iluminan el encuadre”, dice un texto que le debe demasiado a William Carlos Williams.  Su mirada del mundo, que en estos poemarios se vuelve cada vez más fotográfica, más escueta, más telegráfica (recogiendo la influencia del objetivismo de tercera mano chileno), sigue concentrándose, sin embargo, de preferencia en retazos especialmente miserables de nuestra ejemplar sociedad, plasmándose en textos tipo inventario o en deshumanizadas anti-postales: “un hombre / está tirado en el suelo / como un animal destripado / los pantalones abajo / sus genitales congelándose en la lluvia / un perro sostiene su cabeza / como si de ese hombre alcoholizado / dependiera su mundo.” Su mirada hacia el mundo propio, por otra parte, pese a los esfuerzos de la fármaco-terapia, sigue centrándose mayoritariamente en la derrota, en el fracaso, en la soledad, en el agotamiento, lo que nuevamente nos recuerda el universo bukowskiano, aunque sin que se aprecie la grandilocuencia ególatra ni la ironía del autor gringo, dado que la hablante se centra, más bien, en lo oscuro, en lo depresivo, mostrando una baja autoestima y carencia de humor. La conexión con Bukowski sin embargo, no se agota en los expuesto en los párrafos anteriores. Así, en “Bitacora” (2017) nos encontramos con el poema “Pequeño pájaro azul”, texto que dialoga con un texto del autor de “La senda del perdedor”, específicamente su poema (casi homónimo) “Pájaro azul”, donde el norteamericano señala que hay un pájaro de tal color en su corazón. Este pájaro representa algo así como el lado blando, el lado emocional, el lado romántico del poeta. Pues bien, haciendo gala de su ironía, Bukowski indica que el pájaro azul quiere salir, pero él lo mantiene encerrado, bajo el efecto del whisky y el humo de los cigarrillos. “¿Es que quieres que se hundan las ventas de mis libros en Europa?”, le pregunta sarcásticamente, dejando en claro, al final del poema, que solo lo deja cantar un poquito, en la noche, a la hora de dormir. La hablante que presenta Gladys González en “Pequeño pájaro azul”, por su parte, se identifica con la avecilla, no con el misógino escritor norteamericano,

Trasandino | Leandro Scoponi

Esta mañana recibí una llamada de Augusto para que lo ayudara con los libros que había comprado hace una semana a la hermana de un pintor fallecido de la Rioja. Eran más de 5.000. La señora los estaba rematando porque le ocupaban mucho espacio en la casa. Agarré la bicicleta, me puse el tapaboca y me fui a la librería Van Hutten de libros usados. En la calle Maipú con 27 de abril la policía había desviado el tráfico porque una protesta se alzaba vociferando salarios más justos, en Colón con Cañada se estaba juntando gente, la mayoría de izquierda, con canticos y banderas que flameaban antes de marchar hacia el Patio Olmos por los centenares de despidos injustificados. Córdoba se bifurcaba en marchas por la crisis en manos del FMI. Apenas entré a la casa me encontré con el caos. No paramos de abrir cajas, catalogar y ordenar. Me pregunté cómo lo habría hecho Zenódoto de Éfeso entre tantos pasillos y estantes. Sofi nos advirtió sobre una caja que tenía la colección completa de Cortázar. Agus tomó un libro al azar: “Las armas secretas”, primera edición de Sudamericana. En la primera hoja había una dedicatoria breve pero amistosa del pintor fallecido, Mario Alberto Crulsich, a Leandro Scoponi. Para curiosidad de todos yo lo conocía, era un joven escritor veinteañero muy leído para su edad. Lo había conocido, hace algunos años, cuando llegué a Córdoba a estudiar Letras Modernas. Cuando todavía pensaba que la facultad era la panacea literaria, era la madriguera en donde pernoctaban los escritores. Al poco tiempo se alzó el patíbulo. Una profesora nos advirtió que la facultad sólo buscaba formar investigadores, profesores o en su defecto pseudo intelectuales que gustan de pastar y rumear por los alrededores con un aire francés. Al oír aquello de inmediato me vislumbré subiendo una quebrada sin agua, sin pan y sin jazz, intentando con un lápiz y un papel hacer fuego dentro de esa noche oscura. No quise contarle a nadie mi decepción, ni tampoco quise prender una vela a Bolaño para que me mandara un Papasquiaro o quizás, en una de esas, a una de las hermanas Font. Mis noches se deshacían entre vino toro y entrevistas en youtube a autores consagrados.   Ocurrió que a las dos semanas de sentirme desahuciado me dormí en una clase de Teoría literaria. Recuerdo que desperté por el sonido de las sillas siendo arrastradas y observé a todos como hormigas esparcidos en grupos por la sala. Me asusté cuando me tocaron el brazo y una voz me preguntó: «¿Querés que hagamos el trabajo?», yo le respondí que no había leído los textos, él me contestó que tampoco lo había hecho. Me ofreció salir a fumar un cogollo y yo le dije que bueno. Su nombre era Leandro Scoponi, venía de la Rioja y su intención era escribir una segunda “Rayuela”. Afuera de la facultad, Casa Verde, fumamos mobydick, tomamos unas quilmes y escuchamos desde su celular a John Coltrane. Era interesante su mirada de la literatura, el tipo sudaba citas, se atoraba hablando en máximas para los artistas, por un momento pensé que se trataba del puto Rimbaud reencarnado y me sentía poco preparado al no tener ni agua ni lavatorio para lavar sus pies y besarlos. En dos meses me enseñó a robar libros en Rioja con San Martin, me enseñó a marcarlos en la parte de atrás con un propio índice para futuras relecturas, me enseñó que la narrativa se escribe sin tapujos y con la soltura de una cubana bailando salsa. Fueron noches literarias intensas en LSD intentando escribir en plazas, bares, en donde fuera. Yo me cansaba, me dormía en cualquier parte. Leandro podía pasarse despierto días y noches.  Recuerdo muy bien cuando dije basta. Habíamos ido a Luzbelito, boliche en donde sólo suena el Indio Solari y los redonditos de Ricota, a comprar unos cartones de ácidos a unas chicas que estudiaban teatro. Hubo buena onda, hicimos grupo, nos lanzamos al trip. Pero Leandro orbitaba en otro lado. Se había tomado dos cartones. Su mente no estaba allí. Finalmente se aburrió de la chica que intentaba seducirlo y que no paraba de hablarle. Por eso se fue del lugar. A diferencia de él, yo me hospedé algunas semanas entre las piernas de ella. Pude descansar, pude reflexionar. Cuando me sentí tranquilo lo volví a llamar. “Vení ya a la pensión”, me dijo, “Entre Julio Roca y Simón Bolivar”.  La dueña del lugar no me dejó entrar de inmediato. Desconfiaba de mí, de mis pantalones rojos rajados, de mi remera de Pink Floyd, de mi pelo hasta los hombros, en fin, de mi indigenismo. Finalmente, me llevó a la pieza con la condición de dejarle el carnet. Cuando golpeé la puerta de su habitación Leandro me abrió en bóxer y musculosa, y de inmediato observé su decrepitud. Era la primera vez que entraba a la pieza de 3×3 sin ventana, con una luz amarilla de tungsteno que sobresalía de ese techo alto, que hacía pensar en el atardecer, en fin, era el nido o la tumba de ese escribiente. Tenía libros por todos lados, pero no nuevos, sino de los usados, de esos que brotan humedad y tiempo. Apilé la obra completa de Vargas Llosa y me senté. Él se recostó en su colchón que yacía arriba de dos palet. Estaba ojeroso y con los ojos inyectados en sangre. Le pregunté si estaba bien. “Déjate de boludeces, estoy en mi mejor momento, puedo escribir lo que sea”. Había condones tirados por el piso, libros marcados y ropa sucia. Recordé que le daba clases de escritura a un cuico que estudiaba filosofía y amaba a Borges, a cambio de drogas y algo más. Me increpó diciendo que estaba mirando mucho, en fin, que no me pusiera paco pa mis weas, y me ofreció un vino toro con pritty. Me contó que estaba tomando dos ácidos diarios y que lo mezclaba con porro para extender el estado. Que estaba escribiendo con una soltura

Fichero | La novela terrígena

La poesía chilena de las últimas décadas se ha encaminado por diferentes senderos. Algunos se entrecruzan entre sí y otros siguen una senda poco transitada. Tal es el caso de “La novela terrígena” de Mario Verdugo, breve poemario publicado en 2011 por Pequeño Dios Editores.  Tomando como punto de partida un texto del narrador criollista Mariano Latorre, donde el autor de “Zurzulita” señala la importancia de la apropiación literaria del mundo rural para “la evolución de la novela netamente terrígena”, Verdugo desarrolla breves poemas, de características narrativas, que se presentan como capítulos de una novela.  Estos capítulos, que en total son cien, se ven atravesados por un lenguaje donde materialidades ligadas a la ruralidad antigua y actual se entremezclan con una multitud de referencias provenientes del lenguaje espacial, de las ciencias sociales, de la filosofía, del arte, de la burocracia, de la misma literatura, entre otras, creando extrañas estampas -de difícil conexión argumental entre sí- de un mundo imaginario. En el poema 49, por ejemplo, se puede leer: “Las hectáreas arrendadas al Grupo de / Investigaciones Sociales. Las hectáreas / desbandadas donde solía ver caer al / Lunik 25”.  Como vivo en el mundo rural, la imaginería de Verdugo me parece atractiva, aunque bastante fría y distante del juego semiótico que realiza Juan Luis Martínez en “La nueva novela”, poemario con el que K Ramone -en Proyecto Patrimonio- compara “La novela terrígena”. ¿Sus razones? El hecho de que se trata de “un libro presentado con la forma de poemas pero llamado novela”. Personalmente, esta idea me parece un despropósito. Es algo así como comparar -para un creyente- la biblia con un librito de oraciones.  En cuanto a lo inconexo del contenido, Ramone defiende “La novela terrígena” arguyendo que “la buena poesía” debe “permitir tantos sentidos como sea posible.” Estoy de acuerdo con que la poesía debe tener un buen grado de ambigüedad, pero cuando esta alcanza un nivel que impide la conexión con el lector, se transforma en un ejercicio de abstracción intelectual sin mucho sentido.  Armar el puzle que propone Verdugo, donde en cien poemas de cuatro líneas se cruzan -entre otros- artistas e intelectuales como Malevich, Bachelard, Maslow, Rafael Maluenda, tractores John Deere y Massey Harris, la tele checoslovaca, personajes populares, entidades imaginarias como Parásitos FX, eventos ficticios como la Expo-cosmos y el quinto simposio de la IRS, requiere -está claro- una buena dosis de entusiasmo. Y el libro no da para tanto.