Literatura

Narrativa Chilena Actual | Los retrovisores

La primera vez que lo vi no entendí lo que hacía. La gente hace muchas cosas en la veredas, gestos y movimientos raros, que ni tomamos en cuenta. Pero este chico siempre daba vueltas por el barrio. Siempre viví ahí. Me fui un tiempo, pero cuando estuve cesante volví a vivir al barrio de casas viejas que habían soportado algunos terremotos e inviernos con maderas hinchadas y los muros que se iban descascarando y mostraban el adobe que de alguna manera resistía el paso del tiempo, pero ya eran construcciones mezcladas con ladrillos pesados y de techos altos. Esa altura permitía pensar. Lo veía por la ventana y pasaba seguido, se comenzó a repetir a diario, en la ventana aparecía la escena, enmarcado por el living viejo y polvoriento, sus gestos raros como tratando de esconderse sin poder hacerlo. Empecé a ponerle atención y luego vi que las personas que en la tarde iban a buscar sus autos estacionados al borde de la vereda les faltaba un espejo o los dos retrovisores. Entonces lo asocié, esta vez lo esperé y lo vi. Se acercaba y hacía un movimiento brusco, un pequeño crujido que no quebraba nada. Solo lograba desprenderlo del caparazón negro. Luego daba un par de zancadas, se subía a una bicicleta y desaparecía. A veces venía a pie.  En ese tiempo las constructoras andaban ofreciendo plata, para comprar el conjunto de casas y levantar sus guetos verticales para disimular la pobreza.  Mi vecino que siempre me hablaba o intercambiaba información a veces comida o libros, me contaba que habían pasado por su casa. Me fui a vivir ahí porque era una casa familiar, la única y así no tenía que pagar arriendo, era imposible vivir con un sueldo pequeño y pagar arriendo. Esperaba encontrar trabajo pronto porque los ahorros iban desapareciendo. Pero a veces vendía algunas cosas, el vecino era colero en la feria y me pedía ropa que ya no usaba u objetos, para vender. En ese periodo hacía algunos trabajos por el computador y miraba por la ventana la vereda sucia y llena de autos. La gente tira cosas insólitas y uno no sabe si se les caen o simplemente les da lo mismo como si en la calle todo diera lo mismo y otro, que nadie ve, se lo lleva o lo limpia. Desde condones pegados en el suelo, cabezas de pescado o un sillón de auto, no creo que eso se les haya caído del auto. Es un poco difícil. Seguí mirando por la ventana todo eso. Vi que el chico venía a diario y tenía horario. El mismo en el que estaban los autos. A veces me asomaba a la calle por la puerta y miraba las esquinas y lo veía de refilón retroceder por el muro rojo y oblicuo de la casa de la esquina y desaparecer. La casa estaba ocupada por unos actores jóvenes. Por un momento creí que vivía ahí.  Hice mi rutina y no pensé más en él, como si fuera parte del paisaje del barrio. Un día se robó el espejo de una camioneta cotota, rang rover, algo así, nunca he sabido de autos porque no me interesan y además no tengo como para comprarme uno. Era una grande y firme. Al dueño no le sería muy terrible el robo, porque debía tener mucha plata, pero si le daría rabia que un piruja lo vacile. La robó frente a mí y me di cuenta que sabía que lo miraba porque se volvió hacia la ventana. Yo me moví hacia otro lado de la pieza y me puse de espaldas para que creyera que no lo miraba. Me volví, pero debió ser muy rápido porque estaba ahí con su capuchón, no le distinguía el rostro, y miraba al visillo como diciéndome esto lo hice por todos. Una sonrisa que apenas se le notaba. No quería delatarlo. Nos marcaba y ya no podría tener nada seguro. Una señora un par de casas más allá soltó el dato, una vez al mes, le revientan alguna ventana. Cuando miró hacía la ventana también me marcó. Me dijo en el fondo, sé que sabes. No lo diría así, pero entendí el mensaje. Se metió el espejo en un bolso pequeño y se fue.  La casa estaba en mal estado y no tenía plata para meterle. Entre los vecinos nos apoyábamos lo que podíamos. Los muros se iban descascarando. Los inmigrantes se hacinaban en algunas casas cercanas modificadas. Las piezas eran separadas por tabiques para meter más gente y sacar mejor ganancia. En la tarde cuando ya estaba oscureciendo y yo estaba sentado en el patio sonó el timbre. Era mi vecino. Venía un poco agitado, creí que le podía haber pasado algo en la cola de la feria, alguna pelea o algo así. Pasó y se sentó. Le fui a traer un vaso de agua. Quería que se calmara, pero quería hablar y lo escuché. Vecino, no sé, ¿ha visto a un cabro que roba espejos acá en la vereda… tomó aire…y viene casi todos los días? Todos los días, pensé. Lo vi hoy y lo seguí y espero que no esté muerto. Le dije que se sentará y se sentó. No supe qué decir, más que eso y supongo que mi cara era de alguien que no entiende lo que le dicen. Espero que no esté muerto, repitió. Lo seguí. Caminé y casi corrí detrás de él hasta San Diego y Av matta. Atravesó hacia el sur. Cruzó un pasaje de travestis y se metió en una casa. La entrada era una venta de repuestos. La puerta estaba abierta y estoy seguro que entró ahí. Así que me metí. Puta qué valiente, pensé mientras intentaba decirle algo para calmarlo o para que viera que estaba atento a lo que me iba contando. Se paró un momento y miró por la ventana y me di cuenta que era muy delgado o que en este rato se había adelgazado mucho. Cuando entré nadie

Signos vitales | Poesía y efectos especiales

A la memoria de Eduardo Wood. Hace unos meses atrás, en pleno estallido social, asistí a un encuentro de poesía. Supuse, antes de ir, que me encontraría con una docena de poetas leyendo sus poemas ante un público exiguo, compuesto –principalmente- por sillas vacías, algún profesor o profesora de liceo, un par de vecines romántiques y los mismos poetas que más tarde se subirían al escenario. ¿Qué más podía esperar? En Chile la poesía, como la pelota vasca o el bádminton, se juega en estadios vacíos. Y así fue, solo que en las dos horas que permanecí en el galpón donde se desarrollaba el evento no se subió nadie a leer un poema. Hubo cantores populares, hubo un intérprete de excelente voz y de pésimo repertorio, hubo un grupo clon de Electrodomésticos que musicalizaba –a la manera del grupo de Cabezas- poemas con instrumentos electrónicos. Pero no hubo nada de poemas recitados, declamados. No es que yo sea un amante de los recitales literarios. En realidad, me aburren un poco. Siempre hay más de alguno que se excede y abusa de los oídos ajenos. Siempre hay otro/a que confunde la poesía con el teatro. O con el standard comedy. Pero también siempre hay alguien que salva la noche con un buen par de textos bien leídos. Me fui ese día pensando que lo único bueno de la noche había sido el vino. Y no me atreví a leer. Llegando a casa me fumé un pito. Sentado en la terraza, mirando una enorme luna amarillenta, me puse a pensar en los cientos de recitales de poesía a los que he asistido. Recordé cuando fui a ver a Juvencio Valle en el Centro Cultural Mapocho, el viejo estaba en las últimas y entre varios lo llevaron al escenario. Era una especie de “estrella revolucionaria” porque había estado en España para la Guerra Civil, no por su voluntad supe después, sino porque no pudo volver a Chile a tiempo y quedó atascado. Leyó apenas. Temblaba y su temblor me causó más emoción que su “Tratado del Bosque”. Recordé a Zurita leyendo en la USACH en los ochenta en un acto cultural: pocos lo tomaban en cuenta, el público universitario no estaba ni ahí con un profeta grandilocuente y monocorde que se tomaba media hora para decir algo que se podía expresar en dos o tres minutos, el público universitario quería rock, quería acción, quería ver una lluvia de molotovs cayendo sobre los pacos malditos. Mientras Zurita leía, leía, leía, leía, leía, una turba de estudiantes sacó a empujones, patadas y escupitajos al vicerrector académico, que andaba jugando al espía, provocando los espontáneos aplausos del público. Ante esto, el autor de “Anteparaíso” agradeció con seriedad y mucho bla bla a los estudiantes, pensando que tales aplausos tenían como origen la lectura de sus poemas. Recordé otros recitales. Parra en la Estación Mapocho para una feria del libro. Un modoso Yuri Pérez en un bar de Batuco que hoy es un prostíbulo pop. El Chico Figueroa en San Bernardo, rompiendo con histrionismo una hoja tamaño carta que contenía el discurso que llevaba preparado para romper. De pronto me acordé de mi amigo Eduardo Wood, claro, porque a Eduardo le debo el primer poema que escuché leer en voz alta a su propio autor. Fue en la USACH, específicamente en el taller literario que en plena dictadura dirigía la académica y escritora de cuentos infantiles Amalia Rendic. Venciendo mi timidez llegué a la sesión inicial, años ochenta, llevando unos poemas escritos en un cuaderno y un montón de dudas. Entré en la sala unos diez minutos antes porque quería estar ahí cuando llegasen los demás y pasar desapercibido. Sin embargo, cuando abrí la puerta me encontré con que ya había alguien. Era Eduardo Wood. Nos saludamos, nos presentamos, hablamos un par de nimiedades y luego entramos en el tema literario. Le conté que nunca había participado de un taller y que me daba lata leer mis textos. Eduardo sonrió y enseguida me dijo que no había que avergonzarse de los propios poemas. Uno tiene que defender su creación, dijo. Enseguida abrió un bolso negro de cuero y sacó un papel. Este poema se llama “La Silla”, dijo. Y con voz vehemente y firme lo leyó, copando el espacio con el ritmo y la sonoridad de los versos, sin necesitar música de fondo, ni disfraces, ni histrionismos cuáticos para transmitir su belleza. Abrí una cerveza. El tum tum de los subwoofers de los vecinos latía en mi pecho como un segundo corazón, un corazón indeseado, invasivo y violento. Entré en la casa y puse mi propia música. Me quedé pegado después pensando en el destino trágico de Eduardo Wood, cuyo hermano Ronald -a quien Lemebel dedicara su crónica “A ese bello lirio despeinado”- fue asesinado en 1986 por los milicos en una protesta contra Pinochet en el centro de Santiago. Le dieron un balazo en la cabeza. Era un joven universitario de apenas diecinueve años a quien Eduardo amaba mucho. Sus exequias fúnebres, que se celebraron en la Iglesia de la Gratitud Nacional, fueron interrumpidas porque los carabineros ingresaron al recinto lanzando lacrimógenas y apaleando a los parientes, a los amigos y a la multitud que se encontraba dentro y fuera del edificio. Después de eso secuestraron el ataúd y se lo llevaron al cementerio. La brutalidad cometida caló hondo en Eduardo, quien con su familia al poco tiempo emigró de Chile. Después de estar en Brasil se establecieron en Australia.  Lo volví a ver en los noventa. Un día lluvioso, de noche, alguien golpeó la puerta de mi casa. Era Eduardo, que había regresado a Chile. Me contó que se hallaba internado en un recinto psiquiátrico y había escapado. Brotes sicóticos lo acosaban, lo torturaban, lo hacían sentirse el creador de los males de la humanidad. Esa noche bebimos unos tragos para celebrar el reencuentro y volví a escuchar sus poemas. Conservaba su voz vehemente y también el ritmo, solo que sus nuevos textos eran complejos,

Víctimas anónimas | Corte militar

Pertenezco a una generación que fue violentada duramente en su infancia. Tal abuso -lo digo responsablemente- fue perpetrado por peluqueros de mente obtusa, aliento añejo y manos criminales. Vestidos con delantales blancos y premunidos de tijeras, navajas y máquinas siniestras, aplicaron en nuestras cabezas el antiestético e inhumano corte tipo militar. Cierto es que el ministerio de educación era un ente despótico que imponía (e impone) normas disciplinarias tipo establo, cierto es que estábamos en la peor dictadura que ha sufrido este país, cierto es que los putos milicos se dedicaron a cortarle el pelo -y muchas veces el cuello- a hippies y neofolcloristas, pero nosotros éramos niños, no hippies ni neofolcloristas, y si nos gustaba el pelo más o menos largo no era por un rechazo a la sociedad de consumo -en Chile por ese tiempo no habían creditcards– o porque quisiéramos dar un giro al folclore nacional orientándolo hacia lo social, sino por cubrir nuestras orejas del frío matinal y sentirlas calientitas; por tener la capacidad de mover la cabeza de lado a lado y marearnos sintiendo cómo nuestro cabello, que éramos nosotros mismos, era libre y flexible; por echarnos el pelo a la cara y tener la idea de que nos habíamos convertido en el hombre invisible, es decir, por jugar a ocultarnos y tener nuestra propio mundo interno. Todo esto, sin embargo, fue eliminado de raíz por los siniestros peluqueros, aniquilando, en primer lugar, nuestra individualidad, al homogeneizarnos unos niños con otros y todos los niños con milicos, aviadores, marinos y pacos. ¿Cuántos frío tuvieron que soportar nuestras orejitas de niños? ¿Cuántos intentos de sentirnos libres girando la cabeza de lado a lado capotaron por la ausencia de cabello? ¿Cuánta de nuestra intimidad de hombres invisibles se pasmó ante la incapacidad de ocultarnos tras una chasquilla apropiada para tales efectos? Nuestro derecho a la libertad ciertamente fue violado. Lo peor: nuestros padres lo aceptaron como algo normal, volviéndose cómplices del aparato represor. ¿Cuánta creatividad popular fue arrasada por esta medida? ¿Cuántos poemas y canciones y pinturas y bailes y esculturas murieron antes de nacer? En mi caso particular, recuerdo que cuando niño soñaba con convertirme en dibujante de cómics. Tenía decenas de cuadernos con esbozos de los personajes e historias que creaba. Corte a corte militar, sin embargo, fui abandonando este sueño sin reemplazarlo por nada decente hasta que, en la adolescencia, únicamente aspiraba a tener un cartón que me diera dinero. Lo peor: decidí estudiar peluquería y ahora ejerzo en una unidad militar que no daré a conocer. Corto el pelo con placer, a veces con sadismo, especialmente cuando se trata de nuevos reclutas, los que muchas veces se van con la cabeza sangrando. Con el auspicio del estado, los milicos golpistas y mis padres cobardes me convertí en un sádico. ¿Habrá algún tipo de reparación para gente como yo?

Testigo ocular | Paz Molina Venegas

La poesía de Paz Molina Venegas (Santiago de Chile, 1945) se puede considerar como parte del guion esencial de los años ochenta, identificándose por ser crítica con un trasfondo en las asimetrías sociales tradicionales y los convencionalismos. Acompaña esta veta crítica con trazos intimistas, que dan cuenta de los miedos que surgen de la atmósfera atisbante de la poeta en cuestión. Su obra se inaugura en 1980 con la publicación de “Memorias de un pájaro asustado”, habiendo dado a conocer luego media docena de poemarios. SELECCIÓN DE POEMAS ACROBACIAS Hombres pequeñitos emergen de un vocabulario fastidioso armados hasta los dientes, proclamando signos pálidos que atemoricen al más incauto y hagan dichoso al oportuno que se haya conseguido un cuchillo con que apuñalar al ortodoxo. Conviene que cada uno coja su cuaderno de idolatría para cabalgar precisos en una cacería de erratas y aserruchar el violoncelo de la maestra que tirita de aburrimiento en un rincón del gimnasio. Es útil que convengamos en una clave de asuntos que resten importancia a las palabras y confieran vigencia al mediodía (impostor en cuclillas que permite la burla y convierte en alondra a la señora de peluquería) Es importante que acudan a nuestro campanario los aspirantes a poetas y los trapecistas cesantes. Haremos un certamen de acrobacias multifacéticas que cada uno se desnude y salte a su manera ver abalanzarse un torso dorado como una medalla hasta rozar peligrosamente con el muro luego esperar con calma a que se lance el más valiente despojado de todo contacto con enciclopedias y dispuesto a enmudecer para siempre si fuera preciso después de bautizar los retoños del escándalo. CONDICIÓN Y ALARIDO Y me ha dado la gana de ser libre de condición y de alarido al medio de la calle hurtado el cetro a la canalla oficialmente constituida en mí me hago presente Me vierto en mi dominio de lujoso desvarío virginal Productores ufanos de quimeras lánguidos sacristanes me devoran Me urjo a lo contrito y me doy vale de fracaso triunfalmente acosada sin menoscabo de lo simple me convierto en gimnasta me doy de golpes en el pecho me transformo en ventana                                        y me columpio TAN SOLAMENTE Yo rivalizo conmigo: No estoy a la altura de mi condición. Me topo con sorpresa contra mi propio yo. Me sucede que no canto como quisiera. Balbuceo y escucho una lejanía. Tímidamente me alzo en lluvia. Escojo, por no dejar, un nombre para darme. Y no me siento interpretada. Tan torpe como soy. Tan solamente. Tan única y tan ella y tan dolida. Y la gran carcajada que me gasto. Y las ganas de ser y de quebrarme. Rivalizo conmigo y esta pugna vagamente grosera me invalida las mejores gestiones amatorias. Y mi propio amor, mi boca para el beso mi discutible condición angélica se me van convirtiendo en impostura. VESPERTINO Qué pálido el reflejo de la conciencia en el comedor de los otros cuando anochece y no hay lumbre cuando anochece y no hay madre.   Así apenas la canción apenas el polvoriento afán del verbo en su escondrijo múltiple   A qué controvertir ya tantos soles A qué tanto amanecer y de rodillas   Sólo que me contuviese la alegría Sólo que la alegría me fecundase. HISTORIA DE ÁNGELES I Entonces fue que el ángel se acercó y dijo: tendrás sed de mi carne y vagarás hambriento. Luego, haciendo ondular su oscura cabellera se hundió en la incertidumbre de su concepto  Intentaba el ingenio comprender los alcances del ángel entre fiebre y bostezo, vagas contemplaciones; pertinaz, sin embargo, se enfrascaba en conciertos de incomprensible música, salvaje y presuntuosa. Tendrás sed de mi carne y vagarás hambriento. Y su cadera trascendió la condición humana. El Único, obstinado, doblegó el idioma y lo hizo parir la flecha. Quiso luego ejercitar su arco inconfesable. Premunido de un cóndor se dispuso a la barbarie. Y no logró más quietud que un deambular inédito por las inmediaciones del hastío. Quiso luego la forma, cogió su flecha, la cadera del ángel se apagaba a lo lejos hacia ella apuntó con intención diabólica y un alarido turbó la paz inadmisible. Tendrás sed de mi carne y vagarás hambriento dijo el Único al Ángel y lo ensartó en el infinito.  HISTORIA DE ÁNGELES II Yo quiero una mujer para apagar mis ansias, dijo el ángel, y un gesto obsceno le oscureció el semblante. Estoy harto de alas y miriñaques, ahora quiero deshonrar mi estirpe entumecida. Quiero unos pechos vastos, formidables en extensión incierta como pensamientos humanos; que se hundan en ellos mis torpes manos pudibundas. Mis antiguas plegarias han de ser besos y saliva. Quiero una inconfesable lujuria. Se subleva mi espíritu macilento mi espalda sudorosa se inclina sobre un cuerpo que parece ardorosa convulsión del infierno. Quiero un goce satánico dos piernas que agonicen de estertor y dos manos que perturben mi agónico sentido. No recuerden mis cánticos. Mis alas están yertas. Tan sólo quiero una mujer y su nefasta dulcedumbre. HISTORIA DE ÁNGELES III He pecado se dijo el ángel y una repentina oscuridad asomó a su mirada (antes sus ojos eran dos alondras) dos pájaros muertos se asomaron a sus ojos. He pecado y debo aguardar mi castigo. Mientras tanto cavaré una tumba para dos pájaros muertos.  HISTORIA DE ÁNGELES V No quiero tu castigo, Señor, apiádate No he de volver al mundo con este traje estúpido. Pisotearé mis alas de cartón. Escupiré la muselina barata de mi túnica. Arrojaré al infierno mi aureola plastificada. Y si has de llamarme nuevamente rebelde Quiero volver a la tierra como el más oscuro de tus hijos.  MOVIMIENTO Hay que mover la vida, hay que menearla como la cola de una lagartija. Hay que alzarla como un paraguas rojo. Hay que ensartarla en el tiempo como un puñal de oro. Y que huya la muerte con sus dientes de plástico que corra infeliz que sienta

Noticias de la nada | Un colchón indigente

Lo encontramos en un basural clandestino de Rungue. Estaba lleno de manchas de vino tinto, cagadas de pájaros, quemaduras de cigarrillos y rajaduras en el forro. Se trataba de un viejo colchón de plaza y media de espuma plástica. Le preguntamos cómo había llegado a ese lugar. Nos contó, entonces, que hace un par de semanas había sido arrojado a la calle. Me trajeron en una camioneta hasta este sitio terrible, lleno de desperdicios, escombros, mal olor y ratas, sitio donde una patota de borrachos me usa para beber, fumar pasta base, escuchar reguetón y practicar sus horrendas perversiones. Los vagos se recuestan o se sientan encima mío y abren una caja de vino o encienden un mono y comienzan a matarse las neuronas. A veces hasta se masturban colectivamente, o tienen relaciones de tipo sodomita, mientras se lanzan pullas entre ellos. Mi experiencia ha sido traumática, no se la doy a nadie, no estoy acostumbrado a las puteadas, ni al trago, ni a la suciedad, ni a cargar sobrepeso, ni a vivir a la intemperie. No, mi vida ha sido muy distinta. Estuve más de diez años en la pieza de una mujer preciosa. Una chiquilla a la que cobijé su armonioso y liviano cuerpo desde los trece hasta los veintitrés años, cuando se convirtió en una estudiante de leyes a punto de egresar. La sentí crecer, la sentí desarrollarse, percibí cómo se formaban sus redondeces, contuve sus sueños y sus suaves orgasmos nocturnos, delicados como los de un colibrí. Pasamos miles de noches juntos estudiando códigos, constituciones, ordenanzas y otros textos legales, estuvimos juntos los dos con su primer novio, el Camilo, un morenito medio pobre que trabajaba en el campo con su padre sembrando hortalizas y que la mami de la colibrí no quería, no le gustaba, no tenía futuro, y fue reemplazado por el Phillip, un burguesito que estudiaba ingeniería hidráulica y hablaba con voz grave y tenía auto y poca capacidad de observación, pues nunca se enteró de que la pequeña colibrí ya había volado, que había lanzado su primera pluma al viento con el Camilo y se creyó poseedor exclusivo de su cuerpo delicado. A regañadientes tuve que soportar las visitas de Phillip los fines de semana. Y escuchar sus críticas hacia mis resortes cada vez que tenían sexo. Tantos fueron sus reclamos que la madre de la colibrí decidió que yo ya no servía, que tenían que cambiarme por uno nuevo. Y partieron al mall a endeudarse para dejar tranquilo al burguesito, quien se consiguió con un tío la camioneta que me trajo a este tiradero que se parece demasiado al infierno. Cuenten ¡por favor! mi situación a sus benevolentes lectores, nos pidió en ese momento, con una angustia que nos conmovió a concho, díganles que vengan por mí, que no estoy tan dañado, que aún puedo contener a quien quiera tener un buen descanso nocturno, da lo mismo que no sea hermoso, ni armonioso, da lo mismo que no gima cual colibrí como la estudiante de leyes. Ya me conformé de su pérdida, no me escucharán llorar, no me verán deprimido ni han de oír mis quejas; sepan además que aún estoy blandito, que soy ultra cómodo, que mis resortes no están tan malos, que me pueden hacer un forro y que quedaré como nuevo, que más encima soy gratis. Por último, señaló, si ya no me quieren ocupar como colchón me pueden desmenuzar y convertir en lindos cojines, da lo mismo que sea con la cara de Mickey u otro bobo. La cosa es que me saquen de este lugar, la cosa es volver a estar bajo techo, la cosa es salir de la situación de calle y volver a ser un colchón decente, un colchón de casa.

Fichero | La polola de Bukowski

Hace unos meses descargué -no recuerdo desde dónde- el libro “Pequeñas cosas – Poesía reunida (2004-2017)” de Gladys González. Me ocupaba, por ese tiempo, de las novelas “El guarén” de Germán Marín y “Jakob Von Gunten”, de Robert Walser, asunto que, al lector, de seguro, le da igual. A quien escribe, sin embargo, el hecho no le resulta indiferente, pues ambos textos, leídos bajo confinamiento, lo sacaron de la cárcel sanitaria, lo hicieron desplazarse a otros submundos, aunque no le fue suficiente para alcanzar la libertad, el libro no lo hizo libre, como indican los entusiastas de la lectura y los empresarios del ramo. En fin, descargué el poemario de Gladys González (Chile, 1981), libro publicado por Ediciones del Cardo en 2019, donde la autora agrupa cronológicamente su producción poética –cinco títulos- dada a conocer durante las dos primeras décadas del milenio. Los textos, escritos con un lenguaje directo y visual -no churrigueresco- se pueden leer como un registro de la experiencia de una joven no abc1 que explora y describe su propio mundo y el mundo que la circunda, en específico el Chile de las últimas décadas, focalizándose en lo sórdido, lo abusivo, lo decadente, de esta “copia feliz del edén”, dando cuenta, además, de la fuerte influencia de la literatura norteamericana en nuestras letras. El primer poemario compilado (“Gran Avenida”, 2004) nos muestra ambientes y situaciones que hacen recordar la toxicidad que se observa en los poemas y relatos de Bukowski, asunto que no es de extrañar, dada la influencia del alcohólico autor gringo en la literatura reciente de un país, el nuestro, que gracias al neoliberalismo logró convertirse en un calco del lado B de EEUU -el lado de los perdedores- espacio social que retratase detalladamente el autor de “Música de cañerías”. Aparecen, así, en esta ópera prima (como se dice en cursi), ambientes de pobreza y marginalidad urbana, episodios de machismo, referencias a la cultura gringa y una buena dosis de alcohol. Uno tiene la impresión, al leer estos textos, de que se encuentra ante algo así como la polola de Bukowski: “todas las noches / te busco / sentada en las cunetas / donde vas a beber / te espero en el bar / hasta que se hace de día / y apareces / con un librito / en la gabardina / un librito / en el que está dibujado / mi corazón.” Se trata de un Bukowski algo diferente eso sí, no un tipo duro, sino un sentimentalón, pero de todas formas es un monstruo inaceptable en el ambiente feminista actual, donde ser la polola de Bukowski es como ser la polola de Frankenstein, es decir, es pasarlo mal, es ser ninguneada emocionalmente, es desarrollar una sensualidad roída y depresiva: “ella lo miraba / desde el baño / orinando desnuda / en la taza del wáter / con su chaqueta de cuero / y un Jack Daniel’s en la mano // ella lo miraba / desde el baño / retocándose el corazón / con un lápiz labial / en la penumbra de esa habitación.”  En los siguientes poemarios incluidos en la compilación (Aire quemado, 2009; Hospicio, 2011; Calamina, 2014; Bitácora, 2017), es posible apreciar un alejamiento de las relaciones sentimentales de corte tóxico. La hablante ahora está en terapia, está medicada -como buena parte de la sociedad chilena- lo que progresivamente se plasma en poemas en movimiento, se encuentra viajando, se encuentra conociendo nuevos territorios y no engrupida en un bar con Frankenstein, lo que da cuenta de la efectividad de los fármacos. En este sentido, hay poemas, donde hasta es posible ver los rayos del sol: “detener la mirada / y ver / por la ventana / del bus / una brizna de hierba / creciendo / en una canaleta blanca / de plástico // fijar esa imagen / y sentirse dichoso // un rayo de sol / y el viento leve / iluminan el encuadre”, dice un texto que le debe demasiado a William Carlos Williams.  Su mirada del mundo, que en estos poemarios se vuelve cada vez más fotográfica, más escueta, más telegráfica (recogiendo la influencia del objetivismo de tercera mano chileno), sigue concentrándose, sin embargo, de preferencia en retazos especialmente miserables de nuestra ejemplar sociedad, plasmándose en textos tipo inventario o en deshumanizadas anti-postales: “un hombre / está tirado en el suelo / como un animal destripado / los pantalones abajo / sus genitales congelándose en la lluvia / un perro sostiene su cabeza / como si de ese hombre alcoholizado / dependiera su mundo.” Su mirada hacia el mundo propio, por otra parte, pese a los esfuerzos de la fármaco-terapia, sigue centrándose mayoritariamente en la derrota, en el fracaso, en la soledad, en el agotamiento, lo que nuevamente nos recuerda el universo bukowskiano, aunque sin que se aprecie la grandilocuencia ególatra ni la ironía del autor gringo, dado que la hablante se centra, más bien, en lo oscuro, en lo depresivo, mostrando una baja autoestima y carencia de humor. La conexión con Bukowski sin embargo, no se agota en los expuesto en los párrafos anteriores. Así, en “Bitacora” (2017) nos encontramos con el poema “Pequeño pájaro azul”, texto que dialoga con un texto del autor de “La senda del perdedor”, específicamente su poema (casi homónimo) “Pájaro azul”, donde el norteamericano señala que hay un pájaro de tal color en su corazón. Este pájaro representa algo así como el lado blando, el lado emocional, el lado romántico del poeta. Pues bien, haciendo gala de su ironía, Bukowski indica que el pájaro azul quiere salir, pero él lo mantiene encerrado, bajo el efecto del whisky y el humo de los cigarrillos. “¿Es que quieres que se hundan las ventas de mis libros en Europa?”, le pregunta sarcásticamente, dejando en claro, al final del poema, que solo lo deja cantar un poquito, en la noche, a la hora de dormir. La hablante que presenta Gladys González en “Pequeño pájaro azul”, por su parte, se identifica con la avecilla, no con el misógino escritor norteamericano,

Trasandino | Leandro Scoponi

Esta mañana recibí una llamada de Augusto para que lo ayudara con los libros que había comprado hace una semana a la hermana de un pintor fallecido de la Rioja. Eran más de 5.000. La señora los estaba rematando porque le ocupaban mucho espacio en la casa. Agarré la bicicleta, me puse el tapaboca y me fui a la librería Van Hutten de libros usados. En la calle Maipú con 27 de abril la policía había desviado el tráfico porque una protesta se alzaba vociferando salarios más justos, en Colón con Cañada se estaba juntando gente, la mayoría de izquierda, con canticos y banderas que flameaban antes de marchar hacia el Patio Olmos por los centenares de despidos injustificados. Córdoba se bifurcaba en marchas por la crisis en manos del FMI. Apenas entré a la casa me encontré con el caos. No paramos de abrir cajas, catalogar y ordenar. Me pregunté cómo lo habría hecho Zenódoto de Éfeso entre tantos pasillos y estantes. Sofi nos advirtió sobre una caja que tenía la colección completa de Cortázar. Agus tomó un libro al azar: “Las armas secretas”, primera edición de Sudamericana. En la primera hoja había una dedicatoria breve pero amistosa del pintor fallecido, Mario Alberto Crulsich, a Leandro Scoponi. Para curiosidad de todos yo lo conocía, era un joven escritor veinteañero muy leído para su edad. Lo había conocido, hace algunos años, cuando llegué a Córdoba a estudiar Letras Modernas. Cuando todavía pensaba que la facultad era la panacea literaria, era la madriguera en donde pernoctaban los escritores. Al poco tiempo se alzó el patíbulo. Una profesora nos advirtió que la facultad sólo buscaba formar investigadores, profesores o en su defecto pseudo intelectuales que gustan de pastar y rumear por los alrededores con un aire francés. Al oír aquello de inmediato me vislumbré subiendo una quebrada sin agua, sin pan y sin jazz, intentando con un lápiz y un papel hacer fuego dentro de esa noche oscura. No quise contarle a nadie mi decepción, ni tampoco quise prender una vela a Bolaño para que me mandara un Papasquiaro o quizás, en una de esas, a una de las hermanas Font. Mis noches se deshacían entre vino toro y entrevistas en youtube a autores consagrados.   Ocurrió que a las dos semanas de sentirme desahuciado me dormí en una clase de Teoría literaria. Recuerdo que desperté por el sonido de las sillas siendo arrastradas y observé a todos como hormigas esparcidos en grupos por la sala. Me asusté cuando me tocaron el brazo y una voz me preguntó: «¿Querés que hagamos el trabajo?», yo le respondí que no había leído los textos, él me contestó que tampoco lo había hecho. Me ofreció salir a fumar un cogollo y yo le dije que bueno. Su nombre era Leandro Scoponi, venía de la Rioja y su intención era escribir una segunda “Rayuela”. Afuera de la facultad, Casa Verde, fumamos mobydick, tomamos unas quilmes y escuchamos desde su celular a John Coltrane. Era interesante su mirada de la literatura, el tipo sudaba citas, se atoraba hablando en máximas para los artistas, por un momento pensé que se trataba del puto Rimbaud reencarnado y me sentía poco preparado al no tener ni agua ni lavatorio para lavar sus pies y besarlos. En dos meses me enseñó a robar libros en Rioja con San Martin, me enseñó a marcarlos en la parte de atrás con un propio índice para futuras relecturas, me enseñó que la narrativa se escribe sin tapujos y con la soltura de una cubana bailando salsa. Fueron noches literarias intensas en LSD intentando escribir en plazas, bares, en donde fuera. Yo me cansaba, me dormía en cualquier parte. Leandro podía pasarse despierto días y noches.  Recuerdo muy bien cuando dije basta. Habíamos ido a Luzbelito, boliche en donde sólo suena el Indio Solari y los redonditos de Ricota, a comprar unos cartones de ácidos a unas chicas que estudiaban teatro. Hubo buena onda, hicimos grupo, nos lanzamos al trip. Pero Leandro orbitaba en otro lado. Se había tomado dos cartones. Su mente no estaba allí. Finalmente se aburrió de la chica que intentaba seducirlo y que no paraba de hablarle. Por eso se fue del lugar. A diferencia de él, yo me hospedé algunas semanas entre las piernas de ella. Pude descansar, pude reflexionar. Cuando me sentí tranquilo lo volví a llamar. “Vení ya a la pensión”, me dijo, “Entre Julio Roca y Simón Bolivar”.  La dueña del lugar no me dejó entrar de inmediato. Desconfiaba de mí, de mis pantalones rojos rajados, de mi remera de Pink Floyd, de mi pelo hasta los hombros, en fin, de mi indigenismo. Finalmente, me llevó a la pieza con la condición de dejarle el carnet. Cuando golpeé la puerta de su habitación Leandro me abrió en bóxer y musculosa, y de inmediato observé su decrepitud. Era la primera vez que entraba a la pieza de 3×3 sin ventana, con una luz amarilla de tungsteno que sobresalía de ese techo alto, que hacía pensar en el atardecer, en fin, era el nido o la tumba de ese escribiente. Tenía libros por todos lados, pero no nuevos, sino de los usados, de esos que brotan humedad y tiempo. Apilé la obra completa de Vargas Llosa y me senté. Él se recostó en su colchón que yacía arriba de dos palet. Estaba ojeroso y con los ojos inyectados en sangre. Le pregunté si estaba bien. “Déjate de boludeces, estoy en mi mejor momento, puedo escribir lo que sea”. Había condones tirados por el piso, libros marcados y ropa sucia. Recordé que le daba clases de escritura a un cuico que estudiaba filosofía y amaba a Borges, a cambio de drogas y algo más. Me increpó diciendo que estaba mirando mucho, en fin, que no me pusiera paco pa mis weas, y me ofreció un vino toro con pritty. Me contó que estaba tomando dos ácidos diarios y que lo mezclaba con porro para extender el estado. Que estaba escribiendo con una soltura

Fichero | La novela terrígena

La poesía chilena de las últimas décadas se ha encaminado por diferentes senderos. Algunos se entrecruzan entre sí y otros siguen una senda poco transitada. Tal es el caso de “La novela terrígena” de Mario Verdugo, breve poemario publicado en 2011 por Pequeño Dios Editores.  Tomando como punto de partida un texto del narrador criollista Mariano Latorre, donde el autor de “Zurzulita” señala la importancia de la apropiación literaria del mundo rural para “la evolución de la novela netamente terrígena”, Verdugo desarrolla breves poemas, de características narrativas, que se presentan como capítulos de una novela.  Estos capítulos, que en total son cien, se ven atravesados por un lenguaje donde materialidades ligadas a la ruralidad antigua y actual se entremezclan con una multitud de referencias provenientes del lenguaje espacial, de las ciencias sociales, de la filosofía, del arte, de la burocracia, de la misma literatura, entre otras, creando extrañas estampas -de difícil conexión argumental entre sí- de un mundo imaginario. En el poema 49, por ejemplo, se puede leer: “Las hectáreas arrendadas al Grupo de / Investigaciones Sociales. Las hectáreas / desbandadas donde solía ver caer al / Lunik 25”.  Como vivo en el mundo rural, la imaginería de Verdugo me parece atractiva, aunque bastante fría y distante del juego semiótico que realiza Juan Luis Martínez en “La nueva novela”, poemario con el que K Ramone -en Proyecto Patrimonio- compara “La novela terrígena”. ¿Sus razones? El hecho de que se trata de “un libro presentado con la forma de poemas pero llamado novela”. Personalmente, esta idea me parece un despropósito. Es algo así como comparar -para un creyente- la biblia con un librito de oraciones.  En cuanto a lo inconexo del contenido, Ramone defiende “La novela terrígena” arguyendo que “la buena poesía” debe “permitir tantos sentidos como sea posible.” Estoy de acuerdo con que la poesía debe tener un buen grado de ambigüedad, pero cuando esta alcanza un nivel que impide la conexión con el lector, se transforma en un ejercicio de abstracción intelectual sin mucho sentido.  Armar el puzle que propone Verdugo, donde en cien poemas de cuatro líneas se cruzan -entre otros- artistas e intelectuales como Malevich, Bachelard, Maslow, Rafael Maluenda, tractores John Deere y Massey Harris, la tele checoslovaca, personajes populares, entidades imaginarias como Parásitos FX, eventos ficticios como la Expo-cosmos y el quinto simposio de la IRS, requiere -está claro- una buena dosis de entusiasmo. Y el libro no da para tanto.

Testigo ocular | Manuel Francisco Mesa Seco

Poeta, cuentista, dramaturgo, Manuel Francisco Mesa Seco nace en Constitución en agosto de 1925, falleciendo en un accidente automovilístico en 1991. La figura escritural de Mesa Seco es amplia, trazando un horizonte teológico que se fracciona ante la revelación a sus propias preguntas, adquiriendo una profundidad que emerge encubierta por la estela de simpleza del bosque provincial y maulino, constante y vasto territorio donde el autor, que en 1954 lanzara “Volantines”, su primer poemario, desarrolla y detiene su estética, reformulando incesantemente un giro armónico de sombras y luces. SELECCIÓN DE POEMAS UN RÍO, UNA MUJERYo viví junto a un río legendario, que estaba solo, derrotado y bello, y su sangre hermosa solitaria  y fuerte palpitó como estrella  en mi existencia. Fueron sus riberas los muelles  de mis sueños, y me desnudé en las valvas  de sus cuencas. En alegre niñez bebí en sus senos dos planetas de albahaca y yerbabuena, y cogí de sus jardines espumosos  Los lirios nocturnos de su cielo. Por su piel de algas y naufragios me tendí como el eco por los bosques. Después vino un día y otro día.  Más no la muerte todavía. Y yo como el agua penetre mi huerto sumergiéndome en la taciturna lejanía de su encanto. El río seguirá en su muerte inacabable, y yo lo buscaré bajo la tumba para darle a mi derrota su presencia. Ahora de paso, en las noches,  sobre un puente, como si besara los labios  de la amada, escucho su collar de piedras y el dolor de sus anclas en mi cuerpo EL RUIDO DE LA NOCHE. El ruido de la noche me contiene  con su dormido muro de violetas,  y adorna su crepúsculo mis sienes  con la agotada nieve de sus vetas. Desde una extraña puerta,  tú provienes  blandamente, alhajada de secretas  nebulosas, y el aire te sostiene  como un barco dormido en la caleta. Porque en tu inmenso vuelo  de misterios  conllevas la sonrisa de la sombra  y el cristalino son de todo humo. Sin embargo aquí estoy ante  tu imperio, dormido de nostalgia ante tu alfombra, y con ella, en la atmósfera me esfumo RECODO Por las dolientes aguas  de este río pasan ruinas  y mueren transparencias. Un poco de mi muerte  y mi existencia y el claro y turbio tiempo  que fue mío.   Van cristales llorando en lo sombrío. Calcinada la voz en tanta ausencia. Pasan vuelos, cenizas y querencias y una luz en profundo desvarío.   Brillan himnos lejanos y victorias, fragancias de galope y de estrellas y el cielo que brotaba en la honda noria.   Pasan lágrimas, besos y querellas. La vida que se apaga, transitoria por las oscuras aguas  que eran bellas PARED DE ADOBE. Prefiero ser pared de adobe vieja pared donde la yedra golpea sus oleajes. Donde el viento hace nidos  de remolinos pobres y los pájaros revolotean como si fuera un navío encallado. Pared antigua pero aún altiva. Prolongación de la tierra y llamas de rosas que habitan sus entrañas. Pared de adobe roa de ternura que se deshoja como un beso. Para quedar convertido  en suave ondulación  de tierra labio dispuesto a la palabra amable o al grito invencible  de las profundidades EN LA TUMBA DE UN PERRO. Si fiel y noble fuiste en la existencia  y llorada tu muerte como un niño,  esta tumba nos habla del cariño  con que el amo buscaba tu presencia. Ahora que el ladrido de tu ausencia  lame el mármol y el viento  con sus piños  de hojarasca te busca, yo desciño  mi lira en el jardín de tu querencia. Dichoso tú, que duermes en el cielo  de humana gratitud y así dichoso  el recuerdo que consagró tu duelo. Esperarás en el silencio umbroso  que venga el amo a compartir  tu suelo  y así será completo tu reposo DESEO Toca Cristo este silencio que está ciego. Yo vivo en él y que tu mano  lo levante. La eternidad sobrevive tal vez en mis vestigios. En lo alto y lo profundo no termino de establecer moradas. Dios antigua lanza fue mi ayer. Fui yo mismo un cordero  del desierto perdido  en el tormento de mi raza. OBRAS (POESÍA)   Volantines (1954) Páginas a una novia (1955) El árbol de la vida (1956) Brújula celeste (1957) Atmósfera (1960) Carro de fuego (1961) Mundo vecino (1965) Sonetos alfabéticos (1967) Prolongando el río (1967) Versos lúdicos (1970) Dos puntas tiene el camino (1971) Ciudad del poeta (1973) Ruinas y transparencias (1978) Adoraciones (1979) Armaduras (1982) Río revuelto (1982) Fuiste al cerro, viste al león, le tuviste miedo (1988) Responsos (1990)

Victimas anónimas | Noctámbulo exige sus derechos

Hay gente que funciona bien de día y otra que funciona bien de noche, eso todos lo sabemos y demostrarlo no sería difícil. En este país, sin embargo, todo es diurno, todo es mientras el sol alumbra, como si la claridad asegurase algo, algún estándar de productividad, de calidad o de ética que, a la luz del nivel de ineficiencia, corrupción y abuso que tenemos hoy por hoy, no se cumple. Como razón de esta dictadura de la “diurnidad”, los tecnócratas del mundo económico esgrimen un argumento clásico: el enorme ahorro en iluminación que significa esta política estatal. El estado, no obstante, gasta mucha luz en iluminar cosas inútiles: frontis de edificios públicos, comisarías, regimientos, monumentos a milicos, curas, colonizadores y oligarcas surtidos. El sector privado, por su parte, no lo hace nada de mal con sus gigantografías, sus marquesinas, sus paletas publicitarias y sus vitrinas que resplandecen vacías noches enteras. Si la idea fuese ahorrar, habría que apagar todos estos significantes como se apaga, cada atardecer, la vida de la ciudad y de aquellos que recién venimos despertando. Somos personas que nos llenamos de energía con el ocaso, noctámbulos, nocherniegos, góticos, bohemios, vampiros, adjetivo, este último, con el que se nos pretende ridiculizar. Las llamas anaranjadas del sol que se oculta nos excitan, nos la ponen dura, nos preparan para nuestro hábitat que es la noche. Sí, porque no todo el mundo funciona de acuerdo con lo que la ciencia llama “ritmo circadiano de actividad-reposo”, idea que supone que tenemos un reloj biológico que nos llama a dormir de noche y a estar despiertos de día. ¿Podemos creer tales argumentos? Poco o muy poco, puesto que la escasa ciencia que se realiza en Chile, digámoslo, es financiada por los mismos cabrones que manejan la economía. Si el ciclo circadiano, por otra parte, fuese estrictamente necesario para la existencia humana, ¿cómo es que hay quienes trabajan de noche en las denominadas “actividades vitales para la sociedad”, desempeñándose como nocheros, enfermeros o enfermeras, expendedores de gasolina? Tenemos, sin embargo, que llevar una vida diurna, desplazarnos anémicos de ocho am a ocho pm, pudiendo vivir sólo los viernes o los sábados en los horarios que nos hacen bien, aunque cansados por la levantada temprano y obligados a enmarcarnos en el concepto de “vida nocturna” que aplica el sistema productivo: carrete, alcohol, desenfreno y cosas por el estilo, cuando nosotros quisiéramos ver la ciudad funcionando tal cual lo hace en el día: poder tomar un café o almorzar a las tres de la mañana, subirse a un bus o al metro, hacer trámites burocráticos, entrar a una librería o a una tienda de comics, escuchar la música del organillero. La noche, sin embargo, nos está prohibida incluso a aquellos que sentimos que a su llegada “levantan el vuelo las pesadas alas del espíritu”, como escribió Novalis. La noche es el espacio de la magia y del misterio, de lo indeterminado, de lo subjetivo, sugerían los románticos. No sé si seré un romántico, lo más seguro es que no, la palabra además ha sido abusada al extremo y hoy, para la masa, es casi un sinónimo de imbecilidad, por lo que prefiero alejarme de ella. En algo sí estoy de acuerdo con Novalis y sus seguidores: el día es dominio de lo práctico, de lo racional, de lo objetivo, es decir, huele a modernidad, huele a fracaso. Hay cobardía también en los que potencian lo diurno por sobre lo nocturno, quieren ir a la segura, no quieren secretos, todo tiene que estar a la luz, tal como señala Byun Chul Han respecto de la sociedad pornográfica. ¿Tomarán en cuenta a la gente como yo alguna vez en este país? ¿Abrirá la ciudad de noche como, dicen, ocurre en Buenos Aires? Los malhechores vestidos de empresarios y políticos correctitos -casi con cara de niños de primera comunión- que manejan Chile seguramente dirán que no, argumentando, primero, el asunto de la ineficiencia económica, tema ciertamente cuestionable puesto que abrir la ciudad de noche significaría un gran impulso al comercio, al empleo y otros menesteres vinculados a esta actividad que -en estos tiempos- es una especie de deidad ante la que todos nos debemos arrodillar. Un segundo argumento es el daño a la salud de la población, asunto que -está claro- poco les importa, no están ni ahí, pues de importarles habrían cerrado urgentemente todo tipo de trabajo nocturno (y cerrado las innumerables plantas contaminantes que funcionan las veinticuatro horas del día). Asumo, también, una razón de corte moral, pues estos cerditos encorbatados y perfumados con Creed que administran la franja tricolor -la mayoría educados en colegios católicos de mil dólares mensuales- asocian la noche a la perdición, al pecado y otras imbecilidades parecidas, por lo cual prefieren ejercer sus perversiones durante el día. Apaga la luz, decía mi padre cada vez que me pillaba leyendo a las tres de la mañana. Mi padre, que como escribe Reich, era el sargento que el poder había puesto en nuestra casa para canalizar las órdenes del gran capital. Nada que hacer, me digo, la dictadura de la “diurnidad” está arraigada de rey a paje. Mi derecho y el de muchos a desarrollarse en un ambiente adecuado a sus características, mientras tanto, es conculcado día a día, noche a noche, amanecer a amanecer, por un estado que funciona con el horario de un convento. ¿Se abrirán alguna vez de noche las grandes alamedas? ¿Pasarán por allí alguna vez los noctámbulos libres?