Fotografía digital | Un obsequio navideño

«Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.»

El sábado anterior a la navidad fui al centro a comprar algunos obsequios. Digo “centro” por costumbre, puesto que el verdadero centro de Santiago y de Chile, se sabe, se encuentra en Sanhattan, ese espacio ubicado entre Providencia y Las Condes -saturado de cristal, elevadores, polvos blancos y narcicismo- donde los grupos financieros y sus zorrones administran el establo desde sus oficinas con vista al río. Era cerca del mediodía, el sol pegaba fuerte y en el paseo Ahumada y sus alrededores proliferaba el comercio navideño. Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.  

Hallé variados viejos pascueros y hasta una vieja pascuera, una mujer mayor, cantante de gospels, que en San Diego, en un centro comercial, repartía dulces vestida con el asfixiante traje rojo. Y a pleno sol. Es un símbolo, me parece, de la desmejorada situación del arte en Chile, un país que no solo tiene bastante dañado el cerebro sino también el espíritu, la sensibilidad. Le queda algo de corazón, es cierto, pero el corazón es un niño de primaria que cae, siempre, en la trampa. Vi mucha gente comprando, vi también bastantes personas pidiendo plata, me encontré con algunos músicos callejeros y con varios borrachos durmiendo la mona. El ambiente era de tranquila decadencia, de lenta descomposición, de derrumbe controlado. Iba a comprar algunos obsequios ese sábado, libros principalmente -antídotos-, pero no pude evitar tomar mi teléfono y sacar las fotos que, después de haberlas editado, presento como obsequio navideño a los lectores de El Mal Menor (si es que existen).  

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