literatura chilena actual

Narrativa chilena actual | Una tarde de cultura

«La mujer la ve alejarse, observando cómo su figura finalmente desaparece por la Alameda hacia el poniente. Tiene unas ganas enormes de hojear su regalo, pero de un momento a otro parece advertir algo raro, un murmullo que va creciendo, y pronto olvida el libro. Ahora con extrañeza mira los rostros de las personas. Algo no anda bien, piensa de inmediato, algo ha pasado en la feria.» Sábado, seis de la tarde. El Centro Cultural Gabriela Mistral, o GAM, está repleto debido a una de las tantas ferias literarias que se realizan año a año en la capital. Por todos lados se ve gente hojeando libros y hablando, sobre tal o cual libro, con los libreros o quienes atienden los stands. Las personas en los puestos son de todas las clases y formas: Chicos, altos, gordos, flacos, mujeres, hombres, la mayoría vestidos con ropa de marca o vintage, para verse más originales. Casi todos usan lentes, como si fueran la viva imagen de que lectura y los problemas a la vista están íntimamente relacionados. Se les ve felices, a la espera de la presentación de una banda musical ecléctica, conocida entre ellos y que, aseguran, todos deberíamos escuchar. Entre todo este tumulto va Francisca, que con su mano izquierda tira del carrito con los sándwiches vegetarianos que ha traído para vender, es un carrito pequeño, fácil de llevar. En la espalda de Francisca cuelga una mochila de colores, en donde destaca “Tutti Frutti” escrito con letras rojas. Camina con cuidado, tratando de no tropezar con la gente, hasta llegar al lado de la señora que vende los sándwiches de queso y jamón, con el cafecito correspondiente. —Hola —le dice la señora—. Póngase por acá nomás, mi niña, hay espacio para las dos. Francisca sonríe y se instala a su lado. En el suelo estira un mantel verde y sobre él organiza en hileras algunos de los sándwiches de carne de soya o de lechuga y tomate que preparó en su casa, usa jeans que están rotos en las rodillas, una polera de los Komando Jungle y zapatillas Converse. Lleva el pelo largo y rapado a los lados, teñido de verde y azul. Sus ojos verdes miran a los clientes de la cultura, los clientes la miran también y suspira. Con sorna se sienta en el suelo y entrelaza las piernas, como si fuera una maestra oriental a punto de comenzar a meditar, pero en vez de cerrar los ojos y dejarse llevar, saca un libro de su mochila y comienza a leerlo. La señora la observa y sonríe. La muchacha le recuerda a su hija, aunque ella no tenga los ojos verdes, ni se pinte el pelo de colores o se vista con poleras raras. —Tanta gente que anda —dice la señora buscando conversación— me gustan estas cosas culturales, se ve todo tan bonito, esos jóvenes, esos señores que leen tanto. Deben saber mucho. La muchacha deja escapar una risita, aunque no separa la vista de su libro. Solo da vuelta la página y trata de acomodarse bien en el piso. —Qué hermosas son las ferias literarias —insiste la mujer— son mi lugar preferido, ¿sabes? Pero Francisca solo suspira profundo y cierra los ojos. Ahora tiene que dejar el libro a un lado y atender a los primeros clientes que ve aproximarse. Han pasado solo unos minutos y ya varios les han echado el ojo a sus sándwiches. Como buenos niños, la intelectualidad de nuestro país no tarda en hacer una fila frente a ella. Los sándwiches de carne de soya están a dos lucas y los de tomate y lechuga a luca quinientos. La señora de los sándwiches de jamón y queso mira a los muchachos sin entender. —Pancito con jamón y queso aquí, niños —les ofrece—. Un pancito y un café a luquita ¡Vamos!, vengan. —¡Cacha! Cafecito y pan a luca —dice una de las niñas a otra chica— ¡Vamos! —¡Ay!… pero tienen jamón —responde la otra asqueada—. Yo no como carne, acuérdate. —El otro día vi en la tele cómo mataban a un cerdito —dice una de más atrás—, fue terrible. No sé cómo pueden hacerle eso a los pobres animales. De inmediato la señora deja de ofrecer sus productos y se queda en silencio, mirando sorprendida al grupo de jóvenes que hacen fila para comprar los sándwiches vegetarianos. Todos la observan, como si fuese ella la que ha matado al chancho. Los únicos que le compran son los cabros que hacen el aseo. En su rato de descanso y colación se instalan en el suelo, al lado de la señora, y comen sus sándwiches de jamón y queso y beben sus tibios cafés, sintiéndose en la gloria. Miran la fila y a los que compran libros con algún interés, pero desvían la mirada pronto y vuelven a sus conversaciones cotidianas. No hay nada que les llame la atención. Afortunadamente, para la mujer, la fila comienza a hacerse más pequeña. Francisca parece haber vendido ya casi todos sus sándwiches y ahora los saca directamente de la mochila, donde ha guardado los de reserva. La señora la mira con un poco de envidia, pero luego se siente feliz por ella y no esconde su ternura. —Regálese uno para acá poh, mi niña —le dice a Francisca—. Si somos colegas. Francisca se ríe y sigue vendiendo. En su banano sobresalen algunos billetes de luca y de dos lucas, los que trata de sujetar con la mano derecha. Por fin, cuando compra la última persona, guarda bien la plata y asegura el banano. —¡Chi! Parece que te fue bien —dice la mujer, que continúa mirándola—. Ahora estás toda millonaria. Francisca vuelve a sonreír, aunque insiste en su silencio. Es más, ni siquiera la mira a los ojos. Solo asiente incómoda y toma el libro que ha dejado hace un rato, con cuidado, y luego vuelve a sentarse de piernas cruzadas para seguir con la lectura. La mujer se queda observándola por varios segundos. Espera que diga algo o que la

Noticias de la nada | La calamidad de un azucarero

«Luego llegaba mi turno. En ese vertiginoso momento, en ese mareo, iba de mano en mano. Más no como el clavel que nadie por licencioso o promiscuo quiere, sino como una alegre bendición. Con plateadas cucharas extraían el azúcar de mi interior —que es un gran tórax— hasta dejarme semi vacío, incompleto, pero gozoso.» Sobre un mantel blanco y limpio —con racimos de moradas guindas— era puesto. Justo al centro me situaban, en un lugar donde mamá pudiera alcanzarme, donde papá, las mellizas y Janito, el benjamín de la casa, pudieran alcanzarme, pues mi cuerpo redondo, de loza fabricada en la República Popular China, contenía la dulzura, imprescindible, que la familia tomaba a diario. Evidenciaban —debo decirlo— graves carencias en este aspecto, un déficit constante. Algo muy malo tiene que haberle pasado a cada uno de ellos alguna vez. Juntos o por separado, no sé. Uno de esos golpes de los que habla el poeta Vallejo. Seguro que el hecho traumático derivó en enfermedad crónica y algún especialista les extendió la receta.  Dos veces por día, desayuno y once, ocupaba mi lugar central. La familia se sentaba en sus sillas ídem, ante su mesa ídem. Primero se procuraban agua hirviendo. La hacían circular en un termo negro con líneas plateadas, volcándola en tazones previamente provistos de té en bolsitas o café en polvo. Luego llegaba mi turno. En ese vertiginoso momento, en ese mareo, iba de mano en mano. Más no como el clavel que nadie por licencioso o promiscuo quiere, sino como una alegre bendición. Con plateadas cucharas extraían el azúcar de mi interior —que es un gran tórax— hasta dejarme semi vacío, incompleto, pero gozoso. Todos inquirían respecto del grado de dulzor alcanzado. Se preguntaban si necesitaban una media cucharadita o una puntita o una cucharada entera más, o si se les había pasado la mano y requerían, más bien, agregar agua a la mezcla. Era el momento en que sus caras, de aspecto enfermo, cambiaban. Había risas y palabras afectuosas. El tratamiento -era evidente- tenía efecto inmediato.  Décadas en eso: cumpleaños, navidades, dieciochos de septiembre, bautizos, velorios, pues llegué a la familia, lo recuerdo bien, gracias a los difuntos bisabuelos de los niños (cuya foto, tomada en unas vacaciones en Pichidangui, se encuentra en la pared del comedor que da al living). Fui parte del regalo de matrimonio que los ancianos hicieron a los padres de Janito y las mellizas, que ya van por los quince, cuando ambos decidieron compartir la mesa por el resto de sus días. De mi boca redonda ha surgido lo necesario para consumir, después de almuerzo, las beneficiosas y domingueras agüitas de menta, manzanilla y llantén que toman los adultos. Y para mejorar los desabridos duraznos transgénicos. Y para hacer café batido. Décadas en el centro de la mesa, décadas siendo llenado y vaciado con esos miles de ínfimos cristales blancos que, poco a poco, cosa terrible, fueron perdiendo el favor de la familia. Producen diabetes, producen cáncer, producen obesidad, comentaban los expertos en la tele, por lo que finalmente fueron sustituidos por sucralosa, estevia, aspartame y otras sustancias de nombres raros. Consecuencia de esto, yo, el azucarero con dibujos azules ¿te acuerdas? fui quedando poco a poco de lado hasta que un día determinado, creo que fue para el último cumple del Janito, no me llenaron ni me llevaron a la mesa. En una oscura despensa me abandonaron, vacío, es decir, lleno de sombras que me rodean y asustan por dentro y por fuera. Ni siquiera me dejaron un conchito de azúcar, un terroncito. Qué ingrata es la familia, me digo, cuando veo que una sustancia impostora, en su burdo envase plástico, es llevada a la mesa mientras yo permanezco en el olvido. Por último, podrían usarme para la mermelada, me digo a veces, pero luego recuerdo que hay un pocillo para eso, uno de cristal. Quisiera tener brazos y no asas para empujarlo —hay apenas diez centímetros hasta el borde del estante— y verlo hacerse añicos contra el piso. Me arrepiento después de este ruin deseo. Más contra un ser tan transparente como el pocillo de mermelada. Es por la falta de azúcar, es por la abundancia de sombras en mí interior, concluyo con pesar. Y deseo ser yo quien se haga añicos contra el piso.    

Narrativa chilena actual | Shito / O la repetición

«A la mañana siguiente se fueron juntos a la facultad y cuando se despidieron se besaron las mejillas, y todas las veces que volvieron a verse se besaron en las mejillas, y lo que ella buscaba no lo obtenía ya en Julio y Julio tampoco encontraba en ella lo que quería, de modo que aunque podía buscar coger con otra chica no lo hacía y Emilia sí que empezó a buscar a alguien que la contuviese, porque Julio quería hacerlo con ella y no con otra, pues la necesidad del deseo y el amor finalmente sólo podía satisfacerlo ella.» Para Carlos Oliva.   “¿Qué podría hacer que suponga que la repetición de un acontecimiento que se desea alterar, aunque sea mínimamente, no supone también la repetición de las circunstancias posteriores?” Patricio Pron.     Empieza con un adulto que no deja de ser niño y termina con un adulto desconsolado. Pongamos que él se llama, se llamaba Julio. Y pongamos que ella se llama Emilia. Igual que los protagonistas de la película que vieron en el Cineclub. Y en verdad empieza con un suicidio adulto y un intento de reparación honesto, y termina con una reparación honesta y un suicidio adulto. Algo así.    Después de ver Bonsái, la película, Emilia se compró el libro de Zambra y lo leyó en media hora. Después quiso que Julio lo leyera y terminaron leyéndolo acostados en la pieza de él. Porque Julio no vive solo y eso no quiere decir que viva con ella. De hecho, vive con dos amigos de Letras y ella vive sola. Después leyeron “Tantalia”, el cuento de Macedonio Fernández y se identificaron, cada uno a su manera, con el cuidado del trébol. Pero eso ya fue hace rato. Porque ella es alguien que se fue y ahora Julio es alguien que se pone melancólico. A lo mejor, en algún punto, esto tome tintes de confesionario, aunque no es una confesión, no sé qué es aún. Vale decir que empezaron viéndose hace tres años. Eran amigos y lo siguen siendo, al menos para ella, para Emilia, aunque para él fueron años de relación, de vínculo, y para ella fueron años de amistad, de coger, de nada. Porque Emilia salía con otros chicos, que tampoco fueron tantos, el plural es exagerado; sólo tuvo dos novios y a Julio, que no era novio, ni siquiera salían, en verdad siempre fueron amigos y Emilia a veces se lamía sus heridas con él, con Julio.    Empezó a quedarse en su casa. Julio la atendía, desayunaban café con facturas, la mimaba. Después almorzaban o no almorzaban y se iban a la facultad, porque ambos son estudiantes, ambos estudian Letras, aunque Emilia ya ha terminado la carrera y cursa una maestría de edición en la Diego Portales y Julio no pasará del tercer año, porque es poeta o no es poeta, al menos en el papel no lo es, aunque bien que lo sería, lo será, en la vida, en términos vitales. A veces cenaban o no cenaban y ella se desvestía y se paseaba por su habitación. Entonces él encendía un par de velas con aroma a vainilla encima del escritorio, alumbrando algunos libros apilados: a saber, de Fogwill; a saber, de Houellebecq; a saber, de Clarice Lispector. Y entonces hacían o no hacían el amor, se besaban y se dejaban de besar. Después veían una película que siempre elegía él en la computadora, y cogían otro rato, no mucho, pues al poco andar la cama dejaba ya de sonar. Y vivieron un tiempo así, un par de meses, no tantos eso sí, como si fuesen novios, pero sin nunca serlo —«porque no eran novios, aunque duerman juntos, coman, lean y estudien juntos, aunque compartan esa pasión peligrosa y solidaria que los acerca peligrosa y solidariamente»—; tácitamente estaban juntos y sin embargo no estaban, no estuvieron juntos. Porque las cosas no son tan fáciles, las relaciones a veces son complicadas, sobre todo este tipo de relaciones, donde ella es guapa y él no; donde ella puede estar con cualquiera y sin embargo no puede, en verdad no quiere; donde él de algún modo práctico, quizá esotérico y kármico, la tiene ligada a él; donde el que está enamorado es él y no ella; donde quien sufre por otro es ella, y aunque ya empiezo a repetirme, a lo que quería llegar es que al final Emilia, a diferencia de la película y el libro, no muere. Al menos no ella, al menos no esta vez o al menos hasta que ella decida dejarlo y la relación se resuelva en puro frío y en aguanieve; pura ilusión de cosas que fueron y no serían nunca. Y sin embargo Emilia sigue con él. Y finalmente no es ella quien se va, quien lo deja, quien desaparece. Porque Julio en un impulso que desconocía en sí mismo decide irse a Brasil. Y lo decide cuando ella le dijo que se fuera, que no estuviera, cuando ella le dijo ese viernes que no vaya al bar porque irá con sus amigas y quizá se levante a un chico y se lo lleve a la cama.    Su vida en Brasil transcurre de manera común, normal, pero es muy vago, flojo, un tanto descuidado por decirlo así. Trabaja en un bar de noche. Sigue leyendo a Lispector y se hace fan de un octogenario Rubem Fonseca. Sale de copas con uno o dos amigos. Y allá, en las playas de arena clara y agua luna conoce a muchas chicas. Se involucra con Jaicinha y están juntos un par de meses. Luego conoce a Teresinha, a Marianela, a Flavia y así vamos contando una docena más, casi todas amores de dos o tres noches. Luego viene un período largo de abstinencia involuntaria que busca terminar urgentemente cuando conoce a Clarinha, con quien vive una vida más de pareja, el tipo de relación que Emilia se negó a darle. Y estuvieron juntos un par de años, porque pasaron

Perfiles | Cerrado por inventario

  «Ojalá no suene el timbre. Sería súper incómodo abrir la puerta y descubrir, con terror, quién viene a visitarte. Sería otre decidiendo por ti y a ti gusta escoger tus propias juntas. Si pudieras elegir, estoy seguro, tampoco te sería fácil, has tenido muchas posibilidades y ninguna te hizo gracia o, como piensas con más cuidado, te desagradó por completo. Una de ellas es Danitza, la enfermera de pelo rojo. Hubiese sido fácil para ti llamarla e invitarla a beber unas cervezas, quizá también a comer unos rolls, y llevarla a tu cuarto y conducir allí su boca también roja hasta tu pene. Era una chica liberal, moderna, sin complejos. Y se notaba que le gustabas. Se notaba que ese huevito quería sal.»     Estás solo y no quieres estar solo, tampoco sabes si quieres estar acompañado. Has tenido la oportunidad de mezclarte con diversos seres humanos, hombres, gays, mujeres, principalmente mujeres, pero te mantienes solo y no sabes si quieres o no estar solo. Miras desde tu ventana de aluminio 100×100 cms las nubes. Hay nubosidad parcial y no tienes idea si las nubes son muchas o es una sola dividida en partes. Te preocupa mucho más, en todo caso, que la manilla plástica de la ventana esté quebrada y no cierre adecuadamente. Podría entrar alguien por ahí. Alguien como un ladrón en la noche, te dices, recordando la época en que ibas a la iglesia. Eras niño y todo te asustaba. Jesús y las vírgenes te asustaban. Preferías los maniquíes de las multitiendas, que estaban limpios, iluminados y vestían a la moda. Además, sonreían. La gente con túnicas o sayas nunca te gustó. Se hallaban siempre en la penumbra de las iglesias, con rostros de angustia, acechando. Querían tu alma y tú ni siquiera sabías qué era un alma. Sospechabas, sí, que era algo valioso, algo como un mineral que yacía en tu cuerpo, una bendición que la iglesia -como hace Angloamerican con el cobre- aspiraba extraer para acrecentar su imperio. Podría entrar -por la ventana- viento helado también. Podría entrar una pulmonía o tu rostro chueco por la corriente de aire, como te advertía tu madre cada invierno. Pero no quieres nada ni a nadie en tu cuarto. Te gustaría estar con todo el mundo en tu cuarto, es verdad, sería espectacular, pero no quieres nada ni nadie en tu cuarto. Ojalá no suene el timbre. Sería súper incómodo abrir la puerta y descubrir, con terror, quién viene a visitarte. Sería otre decidiendo por ti y a ti gusta escoger tus propias juntas. Si pudieras elegir, estoy seguro, tampoco te sería fácil, has tenido muchas posibilidades y ninguna te hizo gracia o, como piensas con más cuidado, te desagradó por completo. Una de ellas es Danitza, la enfermera de pelo rojo. Hubiese sido fácil para ti llamarla e invitarla a beber unas cervezas, quizá también a comer unos rolls, y llevarla a tu cuarto y conducir allí su boca también roja hasta tu pene. Era una chica liberal, moderna, sin complejos. Y se notaba que le gustabas. Se notaba que ese huevito quería sal. Verías sus mejillas sonrosadas, verías sus pupilas brillando mientras su lengua te traslada a un lugar muy placentero que no es el paraíso. Estarías en tu cama, sobre el plumón verdeamarillo que te regaló Anita, tu hermana menor que trabaja en Hites, junto al velador y la basura que acumulas allí: monedas de diez pesos, cucharas con restos de café, lápices pasta sin pasta, boletas de compraventa, fósforos quemados, colillas de THC, tiras de analgésicos, conchitas de algún viaje a la playa. Te preguntarías por qué estás con Danitza, la de pelo rojo, si nunca te gustó. Tiene las piernas demasiado gruesas para ti. Y lo senos muy pequeños y una risa estridente, algo vulgar incluso. No es muy letrada, además. Para qué hablar de lo confianzuda que es. No, Danitza no es para ti, no va con tu estilo, te dices. Luego te preguntas por qué entonces pensar en su cabello y su lengua roja surfeando en tu pene te lo ha puesto duro, ¿eres una bestia acaso? Recuerdas, entonces, aquella vez que intentaste forzar a la Fernanda Salazar, una colega de tu empleo anterior -trabajabas con ella en una consultora de desarrollo humano- a tener sexo en el montacargas. Era una chica pecosa, inteligente, de ojos verdes y cara especial para promocionar yogur u otro alimento sano. En ese tiempo tu padre había caído en desgracia y te tocaba lavarle el culo y ponerle pañales limpios. Lo hacías temprano en la mañana y al atardecer, cuando llegabas de la pega. Tenías unos guantes de goma especiales para tal labor. Unos guantes amarillos que debías remojar en cloro, antes de proceder a su lavado. Era cosa de todos los días. La pequeña pieza de tu padre, que ahora está en el cementerio, en un lugar más pequeño aún, olía de lo peor. No te quedaba otra. Eras el menor de la familia, tus hermanas se habían ido a vivir con sus amantes y follaban felices. La Fernanda Salazar dijo que no varias veces, dijo incluso que te iba a denunciar a los pacos, pero tú insististe e incluso la tomaste de forma brusca de las manos para proceder a hacerle al amor. ¿Es que nadie hoy en día quiere hacer el amor?, preguntaste en voz alta, creyéndote ingenioso. Había, en el montacargas, un contenedor de basura que don Ramiro, el egipcio, como lo llamaba tu burlesco jefe de sección, tenía que transportar al patio posterior. Estaba lleno y olía a caca, olía a papá. Huele mal aquí, dijo Fernanda, mientras tratabas de darle un romántico beso. Después te golpeó, te hundió las uñas en la cara y saliste corriendo con los pantalones abajo. Fue una época muy desgraciada. Por suerte Fernanda no fue a la policía y todo quedó ahí. Después vino lo del penoso fallecimiento de tu padre y comenzaste a estar mejor, tu vida se alivianó. ¿Lo echas

Glosas | Vereda Sur

«Saludamos, desde estas páginas, la aparición de este libro que será el primero de muchos -esperamos- de este grupo literario que, durante la primera década de este siglo, nos entregó una brisa de aire fresco que a muchos nos remeció, gracias a su revista y a sus publicaciones alejadas de la oficialidad.» El sábado 22 de abril del 2023, en el Liceo de Aplicación de Santiago, se llevó a cabo el lanzamiento de la antología de poesía y cuento “Vereda Sur”. La ceremonia se realizó en el establecimiento vecino al casco histórico, pues fue allí donde funciona -desde el 2019- un taller literario dirigido por el poeta Maximiliano Díaz Santelices, cuyos integrantes participaron de esta publicación.    El libro, por lo tanto, es el producto del trabajo de cada uno de los autores, en su gran mayoría inéditos, quienes decidieron dar a la imprenta sus textos, para que trascendieran el estrecho círculo de sus reuniones semanales. Por otra parte, la obra es la primera publicación de Ediciones Esperpentia -en su segunda temporada- y el diseño, incluida la portada -muy bella-, fue hecha por el poeta, narrador y editor Sergio Sarmiento Monje. Saludamos, desde estas páginas, la aparición de este libro que será el primero de muchos -esperamos- de este grupo literario que, durante la primera década de este siglo, nos entregó una brisa de aire fresco que a muchos nos remeció, gracias a su revista y a sus publicaciones alejadas de la oficialidad.    Volviendo a “Vereda sur”, debemos decir que el grupo de escritores y escritoras está conformado por personas de distintas esferas profesionales (profesores, abogados, periodistas, psicólogos, estudiantes, administrativos, etc.), algunos con poco más de 20 años, otros cercanos a los 50. Con miradas y poéticas diversas, algunos con una vocación literaria ya perfilada, otras aún en una búsqueda. En este sentido, hay un cruce muy post moderno de estilos e intenciones, tolerándose mutuamente, sin anularse y sin tratar de imponerse, conviviendo en el caos de lo diverso.   Por esta razón “Vereda Sur”, como cualquier antología, nos muestra un variopinto grupo dedicado a la Literatura que con diferentes brochas o pinceles finos -desde un realismo duro hasta textos simbólicos u oníricos, pasando por algunos que a través de un orden clásico abordan situaciones complejas, a otros de visiones fragmentarias que muestran la diversidad del mundo; pero cada uno, poseedor de una mirada que indaga y cuestiona aquello que convencionalmente llamamos “realidad”, tratando de penetrar su volátil esencia, desplegando las formas con un lenguaje artístico- pintan en monocromías o con los más abigarrados colores la página en blanco, creando composiciones múltiples.   ¿Quiénes son los autores incluidos en la antología? Respondiendo esta pregunta, que el lector ya se estará haciendo, paso ahora a dar una breve mirada a cada uno de ellos y ellas, así como a sus obras: Luciano Alarcón, nos presenta un relato minimalista con un lenguaje preciso de referencias oníricas.  Andrés Barahona, sus cuentos indagan con habilidad en lo perverso, con un penetrante lenguaje, no carente de humor negro.  Federico del Río, poeta y narrador, busca con eficacia entre los intersticios de la compleja existencia humana. creando inquietantes imágenes.  Catalina Echeverría, publica cuentos con un notable uso del lenguaje, creadora de inquietantes imágenes. Macarena Fevre, poeta y narradora de cuentos breves y de hallazgos luminosos. María Pía Jara, en sus cuentos aparecen personajes muy bien perfilados enfrentados a situaciones límites, a la locura de existir. Felipe Morales, ha creado cuentos de gran factura técnica, que surgen de la observación penetrante y aguda de la realidad. Rodrigo Rojo, sus relatos operan como memoria de la historia reciente de Chile, con gran mordacidad crítica. Tomás Veizaga, con un gran manejo del lenguaje en cuentos donde no sobra ni falta nada.  Preciso y crítico.  Cristian Villouta, poesía sardónica y satírica de la contingencia.    Estos son los autores y -en su mayoría- sus primeras obras publicadas. Y como alguien dijo, por ahí, el tiempo dirá, el tiempo -el mejor crítico- hará su propia Antología y quizá algunos de ellos sobrevivan y su obra perdure, más allá de las breves páginas de este libro.    

Trasandino | Me hubiese gustado ser escritor de Boedo

«Cuando fui a hacer la fila a la fiambrería para comprar queso cremoso y aceitunas verdes me quedé mirando a un viejo gordo, canoso con tonsura, con camisa a cuadros, que señalaba con fuerza los diferentes tamaños de los salames y con la otra mano sostenía un palo que le llegaba hasta los hombros. Era Roque. El compañero más viejo que tuve en Letras Modernas. Tenía más de 70 años cuando se puso a estudiar. Entraba al aula con el bolso cruzado en la gran panza y con ese palo de apoyo que lo hacía parecer un eremita, un homérida recién llegado de la zona jónica.» Fui a eso del mediodía al Mercado Norte. Era 31 de diciembre y habíamos quedado con una amiga para cenar pizzas a la parrilla en su casa. Queríamos recibir el año nuevo escabiando. Pasar del rito tedioso familiar y preocuparnos poco o nada de la comida. Para que ese plan funcionara ella iba a amasar y yo tenía que ir por los ingredientes. Hice varias filas. En un local compré los pimientos rojos y amarillos, en otro, los tomates redondos, las zanahorias, la rúcula; y a las cholas, que tienen los puestos de verduras en la vereda, les compré ajo, cúrcuma, pimienta, las cebollas moradas y un atado de cebollas de verdeo. Había mucha gente, gran parte hablándose a los gritos, un exceso de estrés por la fecha. Además, los 34 grados de calor hacían que la piel ardiera y la humedad en el ambiente secaba la garganta. Sol de mierda, que lo parió, hasta discutí con una señora que se adelantó en la fila, que se turbó cuando vio que se estaban acabando los choclos. Le di mi lugar porque se veía sofocada, aparentemente se iba a desmayar. Por suerte, y para alegrar toda esa desesperación, un cuarteto a las afueras del Mercado se puso a cantar con micrófono y parlante “Fuego y pasión” de Rodrigo. Cuando fui a hacer la fila a la fiambrería para comprar queso cremoso y aceitunas verdes me quedé mirando a un viejo gordo, canoso con tonsura, con camisa a cuadros, que señalaba con fuerza los diferentes tamaños de los salames y con la otra mano sostenía un palo que le llegaba hasta los hombros. Era Roque. El compañero más viejo que tuve en Letras Modernas. Tenía más de 70 años cuando se puso a estudiar. Entraba al aula con el bolso cruzado en la gran panza y con ese palo de apoyo que lo hacía parecer un eremita, un homérida recién llegado de la zona jónica. De espaldas, era el mismo Roque de antes de la pandemia; de frente, se veía más viejo, con menos pelo en las sienes, con gesto nostálgico y ojeras oscuras, con barba blanca desprolija, pero con el mismo bigote nietzscheano que lo caracterizaba. Dijimos de ir tomar una cerveza a la esquina, a Abu-Bar. El lugar estaba lleno. El bullicio de los cubiertos rozando los platos, las risas, los murmullos de la gente, el ventilador gigante que sonaba como turbina de avión, competían con el volumen de la televisión que colgaba del techo. Los panelistas debatían sobre la salida de una participante de Gran Hermano. Una mesera morena, de pelo rubio atado sobre su cabeza, nos hizo un ademán, pasó un paño húmedo por la mesa negra, y nos hizo sentar. ¡Hola corazones! ¿Qué sería? Pedimos una quilmes y, como ninguno había almorzado, también pedimos el menú del día: costeleta de cerdo con puré. Roque me contaba que iba a pasar el año nuevo solo. Que no le quedaba familia y que todos los amigos se le estaban muriendo. Lo invité a comer pizza a la noche, pero me dijo que no, que no estaba para esos trotes, que lo más seguro era que antes de las 12 iba a estar dormido. Cli, cli, cli, una mujer mayor con barbijo celeste había golpeado la ventana para ofrecerme paños de cocina y pañuelos desechables, con un gesto le dije que no; atrás de ella, un tipo sostenía en su cuerpo un tergopol rectangular con diferentes lentes de sol, amarrados y en fila, desde los clásicos oscuros hasta los muy coloridos. Entre los dedos de una mano tenía varios modelos de lentes y, en la otra, un espejo circular en donde un cliente se miraba. Compró uno con marco rojo que le hacían juego con las zapatillas rojas puma; más atrás, los cartoneros amarraban pilas muy altas de cartón en sus carros. Roque sirvió la cerveza. Últimamente he pensado que me hubiese gustado ser un escritor de Boedo, haber ocupado un poco de mi tiempo en darle la voz a lo popular, al obrero. No sé, haber escrito algo parecido a “Malditos”, de Castelnuovo. Darle voz a esa señora que te quiso vender los paños de cocina, por decir algo, nombrarla aunque sea. Te acordás cuándo en clase de Argentina 2 le cité de memoria al profe “prefiero estar equivocado con las masas y no estar solo con la verdad en contra de las masas” y dijo que no se acordaba de quién era la frase. Me acuerdo, también, que estabas escribiendo una novela. Se me complicó, la abandoné unos años, pero la volví a retomar luego que leí un ensayo de Michel Butor. Un libro que me compré en la librería de usados en La Rioja, al inicio de la pandemia, uno en donde dice que estamos perpetuamente rodeado de relatos, que lo cotidiano es contar y oír cosas, en ese sentido, dice o quizás no, mi memoria me falla a veces, que una novela es una forma particular de contar relatos. Cuando leí eso, o algo parecido a eso, empecé a venir a Mercado Norte en las mañanas y en las tardes a tomarme un café con medialunas, y escribía, o sea, escuchaba todo lo que transcurría a mi alrededor. Y empecé a pensar que al final da lo mismo la vida del personaje, lo importante es su discurso, la idea,