literatura chilena actual

Patio de luz | Volver a Santiago

“…yo vuelvo a mis rincones. A las pequeñas plazas, a los cafés que dan al cerro Santa Lucía, a las avenidas de árboles y hojas, al ronroneo del Mapocho: gato cobrizo, irreverente, alzado. Y busco los rostros de mis amantes en aquellos hoteles mal agestados, en los cines sin conciencia, en los que, lo menos que se hace, es ver la película…” Volver a Santiago, después de la lejanía. Encontrarme con la ciudad en la que trabajé durante 10 años, yendo y viniendo entre buses, carros de metro, y caminatas. Volver a los rayados, a los señeros edificios, a las manifestaciones artísticas que se encuentran entre una cuadra y otra. La arquitectura, la escultura, el mapa oriundo que trazaron tan mal los españoles primerizos. Volver más viejo, alerta al paso, a la zancadilla, al exceso de motociclistas que pareciera que en cualquier momento se saldrán de la vía, y estarán encima nuestro, dejándonos “pal gato”. En cierto modo, volver con miedo, porque somos más frágiles y hemos desarrollado esa poltronería de un artículo raro exhibido en una vidriera. El único ejemplar. La única copia de un torbellino de sílabas, cadenas de ADN, y experiencias concretas de un microscopio que fue mejorando a través de la historia. Volver, guardando ese recuerdo que hace saltar gotitas de emoción, como la sal de fruta. Pensar en los amigos, abrir la puerta de la imaginación a los compañeros de curso, a las anécdotas universitarias, a los triunfos mínimos que hemos acumulado bajo el sol de gobiernos que nunca han estado de nuestra parte. Aquellos que cerraron las puertas a los desposeídos, que exiliaron del diario acontecer a quienes pensamos distinto. O, mejor dicho, a quienes pensamos. Oler la xenofobia, la homofobia, el odio de la raza: desde el mestizo hasta el afro americano. Ni pensar en los amarillos “ojitos rasgados”. El tira y afloja de políticas anti cultura, anti medicina, anti educación, anti juventud, anti movilizaciones. Basura que entrega los bienes y riqueza nacionales al tercio extra millonario del país.  Pasar por falsas misas, por arrepentimientos y bienaventuranzas que duran lo que un candy en la puerta de una escuela. Ver principios de niebla y convicciones ultraderechistas copiadas sin asombro y más crueles que las ya conocidas. Gozar de mi libre albedrío en estas reconciliaciones paisajísticas y humanas. Porque hasta eso nos quitará esta satrapía vigente. Me declaro vándalo, incivilizado, disidente, desde que nací. Y lo digo a los homosexuales ocultos tras una cortina religiosa, quienes pretenden manejar a la población como soldados obedientes a los decretos, de lo que dicen que es bueno, sano, normal o necesario para Chile. Pero yo vuelvo a mis rincones. A las pequeñas plazas, a los cafés que dan al cerro Santa Lucía, a las avenidas de árboles y hojas, al ronroneo del Mapocho: gato cobrizo, irreverente, alzado. Y busco los rostros de mis amantes en aquellos hoteles mal agestados, en los cines sin conciencia, en los que, lo menos que se hace, es ver la película; sino montar escenas porno, para alivio del que desea explotar de lujuria. Adentrarme en los baños turcos, las saunas, en donde el semen salta como al abrir una botella de champaña, el cual esperan muchas bocas abiertas. O las fiestas de sexo en algún departamento que nunca es el mismo. Volver a la guerra de los cuerpos. A los besos furiosos, desatados, a la entrega sin límite ni determinación. Cualquier cosa está permitida, en esas horas, o tardes, o noches, de embestidas interminables. No niego ser un animal sexual. Vago entre prepucios, glandes, gónadas, el arrebatador contacto de la carne, con otra carne del mismo sexo, de la misma intensidad, de la misma idea de desesperados que queremos llegar al éxtasis furioso. Y comenzar de nuevo, siguiendo en el tablado, vigentes, a pesar de la cortapisa añosa que comienza nuestro derrumbe. Volver a Santiago, sí, volver por esa vida que se desparramó, pero dejó el perfume interminable de los que ansían verse de nuevo. Aunque nunca será el mismo. Siempre otro, y otro, y otro más. Ser eternamente esclavo de esta pasión arrobadora de entregas y caricias, como el inicio de lo que vendrá después: el leve sueño del disfrute sobre sábanas sucias, o cerámicas mojadas de líquidos inconfundibles. Sí, ¡Volver a Santiago! ¡Siempre este regreso será para mí!  

Trastienda | Los parpadeos de la memoria

«La existencia nos cruza como una herida absurda, una escritura que se abre a lo innombrable que es finalmente, más allá del lenguaje solemne y burocrático de la cárcel y la morgue, una serie de efectos que quedan cuando el silencio los envuelve. Los relatos que ellos esconden parecen retirarse, dislocarse, y la tristeza los reitera en diversas versiones.» En memoria de G. González Isla   En el prologo del libro de ensayos, Efectos personales de Juan Villoro, el autor comenta que el lenguaje tiene una curiosa forma de esforzarse por lucir irrefutable. La impersonalidad y el esfuerzo del lenguaje, en la mirada de Villoro, plantea la exigencia que emerge por mostrarse como una sentencia de hierro, el carácter irremediable, pero fracasa en ese sentido. El autor apunta a un efecto producido y revela aquello que en él se dice tan abiertamente y lo pasamos por alto. Una serie de efectos, una composición de elementos que sostienen un artefacto que además busca parecer indesmentible. Es el lenguaje mismo. En cuya dimensión existencial abre la herida de una nada, de una fisura que nos nuestra la condición de efectos que somos. Diría que la imagen tiene ese mismo resultado, pero sin esfuerzo, que es el de parecer una realidad incuestionable, como si el ojo fuese un testigo más fiel que el testimonio construido por palabras. La solemnidad que impone el lenguaje legal produce una autoridad que nos compromete con un saber objetivo o una disposición que delimita una acción en curso. Este lenguaje dice más, sin que podamos soportarlo, oírlo. Lo que fracasa es el sentido legal y el sujeto, entonces se afirma el carácter del lenguaje, más allá de su delimitación institucional captando el abismo que abre. Lo que se afirma no viene de ningún sujeto.   La dimensión existencial de esos efectos personales, son en el lenguaje legal la serie de cosas, objetos, elementos que como hilos sueltos de una trama implican lugares, espacios, palabras no dichas, dedos rozando en el bolsillo la boleta de una compra, las llaves de una puerta que no volverá a abrir. Quizás la persona, la sagrada persona, ese dispositivo, no es otra cosa que una serie de efectos, lo que queda cuando somos sustraídos de la acción presente que nos diluye. ¿Cuánto tiempo de vida guarda la cifra de un llavero usado mil veces? La mirada sobre esos efectos parece, bajo la fria legalidad, ser más precisa de lo que en su primera instancia no expone. Si bien en el prologo del libro lo que impera es la manifestación del efecto de objetividad del ensayista que oculta la subjetividad en los otros, de quienes habla, la herida, llagada está en la letra, en la escritura y toda escritura que se vuelve sobre sí permite ver el surco, y nos envuelve en el extrañamiento, en la melancolía de la mirada. La existencia nos cruza como una herida absurda, una escritura que se abre a lo innombrable que es finalmente, más allá del lenguaje solemne y burocrático de la cárcel y la morgue, una serie de efectos que quedan cuando el silencio los envuelve. Los relatos que ellos esconden parecen retirarse, dislocarse, y la tristeza los reitera en diversas versiones. Si bien, esos efectos parecen encender la memoria, por otro lado, una tristeza los envuelve con un fondo oscuro.    La muerte acaecida el año pasado de un amigo, me hace pensar en esos efectos, la memoria, la imposibilidad y los parpadeos del olvido. ¿Quiénes somos para otros?, como leí en una antología de relatos argentinos: “A veces me pregunto qué cara tendré yo en tu memoria”(Dal Masetto). Ese rostro del que no somos dueños sobrevive en la memoria de los otros. La dignidad descansa sobre los que quedan, porque son los que sostienen los efectos de los ya  idos. Pero no como meros objetos, sino como un complejo de voces que los nombran, que los incorporan a sus historias. Los miran en sus fotos, detenidos en un gesto que sobrevive. El infinito descansa en esa mirada, en esas voces, como fragilidad que lucha por sostenerse cifrada en el resto, en las cosas como intersticios filtrados por la nada. Esos rostros son el efecto y retirada de un tejido de sensaciones y sentimientos, la tesitura del tiempo sin presencia que nos toca levemente en las palabras. Poco a poco parecen alejarse hacia la dimensión intocada de una evasión que no decidimos. Pero vuelven, dicen que vuelven, los moribundos los ven venir. El fantasma de una noche sin fondo nos sustrae a ese momento, cuando nos damos cuenta que no somos sino meros reflejos. Efectos personales.  

En Tontilandia | Un humanista de tomo y lomo

¿Qué nuevas sorpresas nos tiene guardadas este gran humanista? ¿Será que cuando indulte a las bestias que han asesinado, torturado y violado a sus compatriotas afirme que se trata de un calambur y luego, aprovechando nuevamente las críticas por el mal uso del término, algo deliberado sin lugar a dudas, acuda a la figura de la metonimia, del desplazamiento, para corregir su error, arrojando así un par de nuevos vocablos a la población? Mucho se ha criticado al presidente Kast por la serie de chambonadas que ha cometido en el aspecto económico, en lo político y en lo social durante sus primeros meses de gobierno, sin embargo, nadie ha resaltado el monumental aporte que el primer mandatario ha hecho a la literatura y particularmente a la poesía, ese arte olvidado, sepultado, aplastado, en el breve tiempo que lleva con la cinta tricolor ceñida sobre su pecho flaco y costilludo. Digo esto porque si bien es cierto que ha recortado el presupuesto del Ministerio de las Culturas y las Artes, designado a un ignaro a su cabeza y puesto una serie de requisitos absurdos a las becas de creación literaria, es indudable, por otro lado, que ha hecho un aporte relevante en el terreno de la enseñanza de las figuras retóricas, puesto que hoy en día todo el mundo está pendiente de sus discursos con el objetivo de descubrir dónde está la metáfora. ¡Qué didáctica más espectacular! ¡Qué envidia deben sentir los profesores de Lenguaje! Esto, recordemos, surgió en mayo del 2026, cuando el presidente señaló que su promesa -fallida- de expulsar a 300.000 inmigrantes el primer día de su mandato no era literal sino una metáfora, aprovechando luego las críticas por el uso incorrecto del término para instalar otra expresión vinculada al arte de la palabra en el cotidiano nacional: no se trataba de una metáfora, señaló, se trataba de una hipérbole, enriqueciendo aún más el espectro verbal de una población cada vez más acotada en cuanto a su léxico. ¿Qué nuevas sorpresas nos tiene guardadas este gran humanista? ¿Será que cuando indulte a las bestias que han asesinado, torturado y violado a sus compatriotas afirme que se trata de un calambur y luego, aprovechando nuevamente las críticas por el mal uso del término, algo deliberado sin lugar a dudas, acuda a la figura de la metonimia, del desplazamiento, para corregir su error, arrojando así un par de nuevos vocablos a la población? ¡Qué gran estadista le regaló su padre, un nazi fabricante de salchichas, a este país! Probablemente, y hablo desde la perspectiva política, nos encontremos ante el nuevo Neruda, o más bien ante el not Neruda, un tipo que toca el corazón de las masas con un discurso parco, cínico, seco, no cubierto de una fina capa de chocolate crocante como el del nacido en Parral, ajustándose a la sensibilidad del nuevo chileno o not chileno, e incluso del bot chileno, que parece adorarlo. ¿Se le otorgará el Premio Nacional de Literatura? ¿Alcanzará el Príncipe de Asturias o el Nobel? No lo sé, lo único que está claro es que su oratoria o not oratoria llegó de mejor manera a las masas que la del autor de Crepusculario, quién, recordemos, fue candidato a la presidencia de la República a fines de los sesenta, aunque sin llegar a la Moneda, como sí lo hizo nuestro actual mandatario. Seguro que Kast seguirá adelante promoviendo no solo la not poesía, sino también el not teatro, la not plástica, la not narrativa, la not música, la not danza, y en general el not arte, como el gran innovador y hombre de futuro que es. Chile, no tengo dudas, no será el mismo cuando expire su mandato. ¡Cuánto habrá crecido nuestro feble léxico y nuestra siempre deficitaria comprensión de lectura!  

Diego Arancibia, director de Espacio Piso 22: «En Chile todavía existe una gran deuda con los proyectos culturales independientes»

«Partimos con la idea de generar sesiones en vivo que mostraran a los artistas desde un lugar más humano y cercano, privilegiando la interpretación real, el sonido y la conexión emocional. Nos motivó mucho ver que existían grandes músicos y proyectos emergentes que muchas veces no tenían espacios audiovisuales de calidad donde mostrar su trabajo.»  A Espacio Piso 22 se entra por la ventana, después de un breve sobrevolar la ciudad, tal como si se hiciera referencia a un cuadro de Marc Chagall. Una vez adentro, llama la atención la vida que se apropia de cada lugar: plantas desde el cielo, paredes, pisos, muebles o cualquier soporte plano que sostenga el peso de aquellas vidas, cobijadas en medio de las alturas en Santiago de Chile, entre artistas, instrumentos, cables, mesas de sonido y mucha música.    Siguiendo el estilo de los Tiny Desk Concerts, en Espacio Piso 22 se graba adentro de un departamento de dimensiones limitadas, con algunas adaptaciones que permiten generar buen sonido, un clima alegre, relajado, íntimo, a veces apretadamente íntimo, reflejando pasión por la música, la creación artística y el goce de compartir con una copa de vino, un espumante o tal vez una piscola.  Cada artista que ha pisado Espacio Piso 22 parece estar en la comodidad de su hogar, apoyados en un sillón, sentados en un piso o simplemente de pie frente al micrófono. Luego de grabar se da pie al proceso de edición y posterior publicación en la plataforma de Youtube, lugar en el que Espacio Piso 22 aloja sus sesiones en vivo, para luego difundirlas a través de Instagram y TikTok. Considerados a sí mismos como un refugio sonoro en medio del caos urbano, trabajando a pulso a través de la autogestión en medio de un país que destina al arte menos del 1% del gasto público total del país (mucho más –eso sí– de lo que se destina al ministerio de la Mujer y la Equidad de Género). En Espacio Piso 22 todos los estilos musicales y sus artistas tienen cabida: Los Galos, Los Ramblers, Trío Inspiración, Tomo Como Rey, Voltaje, Lengua Dura, Lafé, GataJazz, Calila Lila Colectivo, entre muchos otros y otras han sido parte de este proyecto que busca “transformar a Espacio Piso 22 en un referente audiovisual y musical de Sudamérica, creando un espacio reconocido por la calidad de sus sesiones, su identidad artística y el apoyo constante a la música independiente”, según nos comenta Diego Arancibia, Director de Espacio Piso 22, a quien entrevistamos para El Mal Menor.   Entrevista  ¿Cuándo comenzaron y qué los motivó a iniciar las sesiones de Espacio Piso 22? Espacio Piso 22 comenzó como una necesidad de crear un lugar íntimo y auténtico para la música chilena. Partimos con la idea de generar sesiones en vivo que mostraran a los artistas desde un lugar más humano y cercano, privilegiando la interpretación real, el sonido y la conexión emocional. Nos motivó mucho ver que existían grandes músicos y proyectos emergentes que muchas veces no tenían espacios audiovisuales de calidad donde mostrar su trabajo. ¿Cómo surgió el grupo que realiza Espacio Piso 22 y quiénes lo componen? El proyecto nació de un grupo de profesionales ligados al mundo audiovisual, la televisión, la música y la producción. Todos compartíamos la inquietud de crear algo distinto, con una mirada más cinematográfica y sensible hacia la música en vivo. El equipo está compuesto por realizadores audiovisuales, sonidistas, productores, fotógrafos y profesionales con experiencia en televisión, festivales, programas en vivo y eventos musicales. ¿A cuántos grupos o solistas han grabado a la fecha y qué criterios tienen para seleccionar a las bandas o solistas que grabarán? Hasta la fecha hemos trabajado con distintos proyectos musicales de diversos estilos, desde artistas emergentes hasta músicos con trayectoria. Más que fijarnos en números o popularidad, buscamos propuestas con identidad, autenticidad y una conexión artística real. Nos interesa trabajar con músicos que tengan algo que transmitir y que valoren el formato íntimo de Espacio Piso 22. ¿Cómo generan el contacto con los artistas? El contacto surge de distintas maneras: redes sociales, recomendaciones, cercanía con la escena musical y también por interés mutuo. Muchas veces vemos artistas que nos inspiran y nos acercamos directamente a invitarlos. También hemos recibido propuestas de músicos que conocen el proyecto y quieren ser parte de esta experiencia. ¿Cuáles son las principales dificultades que han debido afrontar para sacar adelante este proyecto y qué desafíos conlleva realizar Espacio Piso 22 en el día a día? Uno de los principales desafíos ha sido sostener un proyecto independiente de manera constante, manteniendo un estándar técnico y artístico alto. Cada sesión implica coordinación, producción, grabación, edición y difusión, y muchas veces todo se realiza con recursos limitados. Aun así, el compromiso y la pasión del equipo han sido fundamentales para seguir creciendo. ¿Cómo se financia el proyecto y qué opinión tienen de la manera en que se financian principalmente en Chile los proyectos enmarcados en la cultura y las artes? Actualmente el proyecto se sostiene principalmente mediante autogestión, colaboración y aportes del propio equipo. Creemos que en Chile todavía existe una gran deuda con los proyectos culturales independientes, especialmente aquellos que buscan generar contenido artístico de calidad y a largo plazo. Muchas veces los fondos y apoyos son limitados o difíciles de sostener en el tiempo, por lo que termina siendo clave la perseverancia y el trabajo colectivo.   Equipo de Espacio Piso 22: Dirección: Diego Arancibia / Asist. de Dirección: Juan Meza / Dirección de Arte: Simón Carmona / Asist. de Arte: Francisco Carmona / Producción: Jonathan Mena y Roberto Barrera / Dirección de Fotografía: Beto Millones e Ignacio Troncoso / Ingeniero en Sonido: Nicolás Sarmiento / Sonido Directo: Alejando Arancibia / Supervisor Técnico: Patricio Mendoza / Operador de Dron: Alex Rojas / Community Manager: Melanie Figueroa. En la foto aparece junto a Seo2 y su gente. En la foto de portada el equipo posa junto a Los Galos.   ¿Qué opinión tienen de la música que se está

Signos vitales | La banana de Sísifo

«Intenté luego imaginar el proceso semanal de recambio de la banana. Lo más seguro, me dije, es que no sea el mismo Justin Sun quien realiza la rutinaria tarea, sino uno de sus subalternos, una especie de técnico superior en sustitución de bananas –con mención en logística de la estética o algo por el estilo– preocupado de comprar, trasladar y fijar al muro la banana cada siete días, manteniendo –además– un stock de cinta adhesiva que asegure el éxito del proceso.» Al mediodía, cruzando el puente Recoleta, me encontré con un hombre barbudo, esquelético y sucio. Se hallaba en medio de los cientos de indigentes –nacionales e importados– que día a día se instalan allí a vender todo tipo de residuos. El tipo, que parecía venir saliendo de un campo de concentración nazi, de Tejas Verdes o de la Franja de Gaza, tenía los ojos hundidos, sumergidos en otro mundo, mientras avanzaba penosamente cargando una especie de mochila con sus cosas. Se ayudaba para esto de un rústico palo en bruto, bastante retorcido, que le daba un cierto aspecto de ferocidad. Comía una banana media negra, media podrida, con avidez. Una banana que seguramente recogió de los basureros de La Vega, institución que, como se sabe, es fuente de alimento para todo tipo de perdedores: alcohólicos, drogos, personas con problemas de salud mental, inmigrantes sin fortuna y otros ejemplares propios de la fauna de los bajos fondos. Al verlo, instantáneamente me acordé del multimillonario que en noviembre de 2024 compró la comentada y cuestionada obra "Comedian" del italiano Maurizio Cattelan, que consiste en una banana pegada con una cinta adhesiva a un muro, por un precio cercano a los seis millones de dólares. La carísima banana, contra lo que podría pensarse, no tiene absolutamente nada de especial, se trata de una banana común y corriente, de las que se pueden encontrar en la feria y como todas las bananas madura y se echa a perder, por lo que resulta indispensable cambiarla semanalmente, procedimiento contenido en un instructivo desarrollado por Cattelan. Se me ocurrió, mientras el mendigo se alejaba, que la banana que comía era la que el magnate chino–granadino Justin Sun –tal es el nombre del comprador de “Comedian”– había lanzado a la basura esta semana. Como el año tiene 52 semanas, 52 mendigos podrían ser favorecidos cada año con una fruta podrida. Esa es la parte social de la obra, me dije, el aporte conjunto del artista italiano y el multimillonario de origen asiático –que se dedica al rubro de las criptomonedas– a la sufrida humanidad. Intenté luego imaginar el proceso semanal de recambio de la banana. Lo más seguro, me dije, es que no sea el mismo Justin Sun quien realiza la rutinaria tarea, sino uno de sus subalternos, una especie de técnico superior en sustitución de bananas –con mención en logística de la estética o algo por el estilo– preocupado de comprar, trasladar y fijar al muro la banana cada siete días, manteniendo –además– un stock de cinta adhesiva que asegure el éxito del proceso. Imaginé, luego, que en algún momento el multimillonario se debe haber dado cuenta de la broma pesada que le jugaron o que se jugó a sí mismo, puesto que la compra de “Comedian” le sirvió para hacer automarketing global, y eso siempre es positivo para empresarios y tipos con personalidad narcicista, pero a cambio de eso deberá cambiar –o mandar a cambiar– semanalmente una banana hasta su muerte, en una especie de mito de Sísifo en tono de comedia pop. A raíz de esto me pregunté qué persona sensata pagaría seis millones de dólares por hacerse de una tarea tan tonta para toda la vida. Y no se me ocurrió ninguna. Recordé, enseguida, que al comprar la instalación Justin Sun señaló –según la prensa– que la fruta adquirida: "Sabe mucho mejor que otros plátanos, realmente está bueno", lo que me hizo pensar que, hoy en día, la liviandad mental es sinónimo de éxito y popularidad.   Mas tarde, bebiendo un café en un local del centro, me pregunté que es lo que le da valor a una obra de arte. No pude, por supuesto, dar con una respuesta, las posibilidades son muchas y dan para un montón de columnas. Lo que está claro es que la recontextualización de un objeto cotidiano en objeto artístico –o ready made– fue una idea desarrollada por Marcel Duchamp hace más de cien años, cuando expuso su obra “La fuente”, que consistía en un urinario común y corriente, en una muestra de arte de la época. En ese sentido “Comedian” no es más que una copia de la idea de Duchamp, cuya única variación es que el objeto, la banana, es perecible y debe ser cambiada periódicamente, sin que se perciba la ironía subversiva de “La fuente”. Lo que se compra es la idea, no la obra, se justificó Justin Sun, pero la idea ya existía, la nuevo fueron los seis millones de dólares pagados por la banana, haciéndonos pensar que en estos tiempos controlados por un grupo pequeño de narcisistas multimillonarios –y escasos de escrúpulos– la respuesta parece ser el dinero. Mientras más se paga por una obra, más artística esta es, dando cuenta del estado de la sociedad actual, que necesita –urgente– un recambio, tal como las bananas podridas de Justin Sun.    

Dominga Schlotfeld, autora de «Faunas mentales»

«Creo que uno de los mayores actos de liberación hoy es poder admitirnos imperfectas, manipuladoras, perversas, ambiguas, tontas, superficiales y principalmente contradictorias…»  El próximo viernes 29 de mayo, Ediciones Esperpentia presentará el libro de relatos  Faunas Mentales  de  Dominga Schlotfeld Zegers (Nueva Jersey, 1996) , escritora chilena, ilustradora y licenciada en Literatura por la Universidad de Chile. Esta obra constituye su primera publicación y aborda, entre otros temas, la compleja existencia de las mujeres contemporáneas, con todas sus contradicciones. De manera lúcida, y mediante una prosa ágil e irónica, la autora nos adentra en mundos que habitualmente permanecen ocultos, pero que aquí son revelados de forma sorprendente. Se trata de una excelente primera publicación que marca, pensamos, el inicio de una narrativa de múltiples posibilidades y que será, sin duda, un valioso aporte a la cuentística chilena. Los queremos dejar ahora con una entrevista a  Dominga Schlotfeld  Zegers, a propósito del próximo lanzamiento de su libro, que se efectuará el viernes 29, a las 18:00 horas, en la Biblioteca Nicomedes Guzmán, ubicada en Guardia Marina Ernesto Riquelme 226, Metro Los Héroes, Santiago Centro. En esta actividad contaremos con la presencia de la autora y dejamos invitados a todos los lectores de  El mal menor  a acompañarnos en este encuentro.     ENTREVISTA   M.D.S.: Cuéntanos,  por favor, ¿cómo y en qué momento definiste tu vocación por la escritura? D.S.Z.:  Antes de definir mi vocación por la escritura primero tuve que descubrir, recién en mi adolescencia, en clases de lenguaje, que me gustaba la lectura. Fue leyendo a escritores como Borges, Poe y Cortázar y clásicos como el  Quijote  y  Hamlet  que aprendí que la literatura es mucho más que contar historias, que pueden o no ser entretenidas.  Aprender que no hay fondo sin forma, que más que la historia que se cuenta es cómo se cuenta, fue lo que me abrió los ojos a la creación. Porque la forma me parece mucho más interesante. La literatura puede existir en historias muy simples, pero con estructuras que la enriquecen y que hablan mucho más allá de lo que cuentan. Entonces empecé a escribir poesía. Supongo que eso fue porque en mi opinión es el género literario más exigente y a la vez experimental en cuanto a forma. Escribí poemas hasta atreverme a desarrollar narrativas, no porque sea más difícil o más fácil, o porque la narrativa esté al siguiente nivel de la poesía, diría lo contrario, sino porque intentar escribir poesía me enseñó a escribir en general.  M.D.S.: Podrías precisar tus fuentes de inspiración a la hora de escribir. ¿Cuáles son tus referentes más importantes? D.S.Z.:  En la universidad tuve que leer obras claves de diferentes tradiciones literarias. Yo diría que luego de estudiar varios clásicos, desde las épicas griegas hasta el Realismo europeo del siglo XIX, lo que más me inspiró fue ver cómo las formas de literatura “aceptadas” iban evolucionando o se iban  distorsionando a medida que la realidad del contexto epocal y geográfico del escritor/a, o más que solo de la persona, del campo cultural en el que estaban insertos, iba cambiando también. Entender esa conexión entre literatura y realidad fue muy importante para llegar a la conclusión de que se puede escribir sobre cualquier cosa.  En relación a mis referentes, más que artistas en específico, creo mis referentes son obras, principalmente latinoamericanas, que me marcaron porque fueron formas de hacer literatura que para mí eran nuevas: la narrativa introspectiva y rumiante en  La pasión según G.H  de Clarice Lispector, la estructura casi azarosa de Pedro Páramo  de Juan Rulfo, el tratamiento de las enfermedades mentales en  El alienista  de Machado de Assis, en pleno siglo XIX, la brutalidad de  Patas de perro  de Droguett, la resignificación de símbolos en  Cálices vacíos de la poeta Delmira Agustini, la representación de la marginalidad en  Hijo de ladrón  de Manuel Rojas son algunas de ellas. M.D.S.: ¿Por qué, en los cuentos de Faunas mentales, te centraste en mujeres y por qué, en un gran porcentaje, ellas aparecen definidas por problemas de salud mental? D.S.Z.:  Tengo la sensación de que a veces se espera que las mujeres que escribimos nos centremos en mujeres simplemente porque somos mujeres. Y, por un lado, eso me hace sentido: las primeras escritoras publicadas bajo su propio nombre comenzaron escribiendo aquello que hasta entonces había quedado fuera de una literatura dominada por hombres: la subjetividad y realidad de la mujer. Yo también quise seguir esa tradición de escribir sobre mujeres, por decisión, no obligación, pero me parecía equivocado —o al menos insuficiente— hacerlo desde un feminismo puramente discursivo, uno centrado únicamente en explicar cómo la sociedad afecta la vida de las mujeres, defender sus derechos fundamentales o demostrar de qué manera la diferencia femenina puede resultar útil o beneficiosa para la sociedad. Aunque indudablemente las mujeres seguimos viviendo bajo amenazas y desigualdades muy reales, ya no me hace sentido pensar que la respuesta deba ser proteger la identidad femenina de toda crítica, contradicción o representación incómoda. Creo que uno de los mayores actos de liberación hoy es poder admitirnos imperfectas, manipuladoras, perversas, ambiguas, tontas, superficiales y principalmente contradictorias. Quise reconocer que también hay neurosis, crueldad, deseo, egoísmo, fragilidad o enfermedad mental en nosotras, sin que eso implique traicionar una causa o darle automáticamente la razón a discursos misóginos. Me interesa una idea de subjetividad femenina que no necesite justificarse moralmente para merecer dignidad.  M.D.S.: En el lenguaje que utilizas en tus cuentos incorporas al castellano  muchos neologismos, palabras en otros idiomas, tecnicismos, etc. ¿Cuál crees tú que es la función de estas palabras en tus textos? ¿Por qué las necesitas? D.S.Z.:  La precisión de las palabras me importa mucho, y a veces esos neologismos, anglicismos o tecnicismos resultaron ser mejores alternativas, en mi opinión, que palabras en castellano que sí figuran en el diccionario. El lenguaje se mueve más rápido que su institucionalización, además, todos los cuentos están ambientados en ciudades contemporáneas y sus personajes, por lo general, trabajan en ambientes altamente profesionales y performativos; en

Fichero| «Tractatus Máquino-Prosimiae», de Iñaki Barasorda: Una osada iniciación

«La novela está organizada en párrafos breves, sentenciosos, muchas veces de carácter aforístico, recursos con los que Barasorda va dando vida a un ambiente surreal, tecnológico y al mismo tiempo opresivo, agobiante, dialogando con tendencias como el cyberpunk y el retrofuturismo.» Recién publicada por Ediciones Esperpentia, Tractatus Máquino-Prosimae, primera publicación de Iñaki Barasorda (Santiago, 1987), es una novela sofisticada, con rasgos distópicos y acercamientos a la ciencia ficción, donde el protagonista -un imaginativo joven del barrio alto- despliega sus reflexiones y relata sus intrincadas experiencias iniciáticas junto a Emilia y sus amigos Petaca y Archibaldo, utilizando para ello un lenguaje que va de lo poético a lo narrativo, salpicado además de “vetas ensayísticas”, como acertadamente se indica en la contratapa del libro.  La novela está organizada en párrafos breves, sentenciosos, muchas veces de carácter aforístico, recursos con los que Barasorda va dando vida a un ambiente surreal, tecnológico y al mismo tiempo opresivo, agobiante, dialogando con tendencias como el cyberpunk y el retrofuturismo. Circulan, en este mundo, referentes culturales variopintos: Los Caballeros del Zodíaco, la música de Roy Orbinson, la poesía maldita, las peliculas de David Cronenberg, por nombrar algunos, abarcando también campos como la matemática y la psiquiatría, ciencias que le permiten al protagonista exponer las extravagantes teorías que surgen de su pensamiento  híper-especulativo. Se trata, como se puede ver, de una novela poco convencional, osada, con rasgos experimentales, que le hace honor a su título, que es una referencia irónica a la obra de Wittgenstein y al mismo tiempo un acto de subversión contra el modelo de ser humano alienado, simiesco y maquinal, desconcertado, que habita las sociedades líquidas, ofreciendo una mirada crítica, recubierta de humor ácido, respecto de los delirantes y vacíos tiempos que vivimos.     Selección de textos 1.1  Manifiesto El Simio ha alcanzado el límite de su vanidad. Un empayasamiento grotesco, el maquillaje del mimo. El disfraz de la deformación espiritual, disimulada por ornamentos visualmente placenteros.   Grande, pavorido y ansioso se esconde de sus pulsiones. Busca angustiado una retroalimentación de su necesidad de afecto social y de atraer al sexo opuesto para vaciar su lasciva destemplanza.   Golpea el piso para demarcar su territorio.  Intenta salir de su jaula y recibir del mundo una efímera e insustancial compañía.  El Simio grita en la espera de comprobar su entrenamiento.   2.1 Llego a la casa de una niña rica a su cumpleaños, en un Mini Cooper S y proclamo ante mucha gente que parece rondar la entrada: «¡Alguien que llega en un Mini Cooper S negro tiene derecho a entrar sobre todos!». Era otra fiesta, pero entramos en la casa correcta, la anfitriona nos recibe y bajamos a un subterráneo. Gente que colma el lugar, pregunto cosas, me mimetizo con mi ropa hípster y bella. Doy la mano, me la reciben: risas. Miro con cara extrañada. Recuerdo a quién me abrió la puerta, tengo ganas de hablarle, pero por ahora solo conquisto territorio.  Hago un brindis. La mujer que lo recibe me mal interpreta. Se queda largo rato ahí, como si fuese lo más interesante, pero no lo es.  Soy un seductor, un cualquiera interesante, no hay «jaque».  Me miran, se extrañan, como mi mirada. La mujer acecha, por ahí, la busco, subo, la encuentro, maquino el encuentro.  Me pregunta qué hago ahí, le digo que ya nos vamos, pero no le basta para pedírmelo. Me quedo con la mirada insistente, sonríe y se burla coquetonamente. Le doy un beso y ahora el gemido va en serio, pero se espanta y se va. Llego a mi casa, una suave dosis de Ravotril, manoseos encantadores, otra noche de victorias gregarias.   2.5 (Fragmento) A Petaca lo conocí por Archibaldo mediante las redes sociales, donde nos poníamos en jaque con comentarios insultantes pero inteligentes. Eventualmente interactuamos en persona y dejamos la competencia, dando luz a la exaltación de las bajas frecuencias, en un escenario de primavera donde enlazamos nuestra estética en un solo canto al retro–futurismo y la melancolía trágica del arte.    Entre música electrónica setentera y risas, de buenos aires por venir, conversamos cálidamente sobre mi fragilidad y la situación con mi padre, que se volvió loco en una especie de arranque maniacodepresivo. –«No seas tan mariquita»”, me dice Petaca, «el rollo con tu viejo no te hace a ti una víctima de su locura y abandono». Me siento desolado, frágil. Petaca es fuerte e inteligente y al lado de él me siento débil y ambiguamente protegido. –«No lo digo por herir, sino para que confrontes tus fantasmas, que son muchos». Archibaldo concuerda. Más marihuana, unos Ravotril para apaciguar. La voz de un personaje femenino de un juego de computador en el que Archibaldo está metido me deja sedado y enamorado por largo rato, mientras solo compartimos nuestras presencias. Mi padre debe andar por los alrededores del supermercado de la cuadra de su edificio, con bata, pelado, dos cédulas de identidad colgados de su cuello y un Rolex en cada mano. Invita a los estacionadores de autos al departamento para mostrarle sus diplomas y fotografías.   4.1  Informe de divulgación Hoy he conocido, por maneras extrañas, al Dr. Bajo, fundador y eximio practicante de la Somatopía. Largos han sido los sondeos, y los resultados nos han probado estar en lo correcto.  En una biblioteca gigante, con algunos muñecos taxidérmicos distribuidos por la sala, automáticamente comienzo a indagar lo que escuché por primera vez respecto de la Somatopía. Se le divulga como una nueva forma de tratamiento terapéutica, psíquica, holográfica  y a la vez quirúrgica, destinada a «sanar la concepción errónea que existe sobre la jerarquía entre la mente y el cuerpo, éste último necesitado de severas intervenciones para comenzar un verdadero aprendizaje sobre la necesaria relación entre ambos, vedada hasta ahora para el Hombre». Fue a Petaca a quien primero le hice saber de este descubrimiento.  Se interesó lo suficiente como para investigarlo, aunque la información era escasa, por lo que terminó yendo a visitar personalmente al doctor. No sabría decir si la imagen del

Perfiles | Colmilludo

«Al irse, la señora del carrito me contó que lo lanzaron desde un auto rojo, fue unas horas antes de que el suicida llegara al puente, lo sabía, estaba segurísima, porque ella se instalaba todos los días ahí mismo y bien tempranito. El suicida, al llegar, se sentó en una banca cercana al puente a comer un sándwich. Seguro que quería morir con la guata llena. Mientras mascaba el pan el perro se le allegó y en vez de lanzarle unas migas, el weon lo pateó más fuerte que la mierda.» Atardecía y después del trabajo me fui a dar una vuelta por el centro. Tenía ganas de distraerme. Lamentablemente las calles estaban inundadas de vendedores ambulantes y costaba caminar. Recordé, mientras intentaba eludir un puesto de ropa deportiva, enseguida uno de micas para teléfonos, luego uno de perfumes alternativos, que el alcalde actual, electo hace pocos meses, había jurado, por la santísima bandera chilena, que besó, que baboseó, terminar definitivamente con esta situación. En un discurso ante sus despistados seguidores, señaló, entre otras cosas, que en la comuna había hombres y mujeres de rostros desfigurados, crispados, angustiados, hombres y mujeres, todos vecinos del municipio, sufriendo en silencio mientras se alimentaban de bolitas de helado de frambuesa y maratoneaban series. ¿La fuente del dolor? Las incivilidades, el deterioro del espacio público, la gente que escupe trozos amarillos -a veces con sangre- de neumonía en las calles, los cucarachos que mean los anuncios de Vichy, los enanizados inmigrantes indígenas -quizá jíbaros- que roban carteras y se meten en el culo de la gente gorda, hipertensa, para solucionar su problema habitacional, las putas colombianas que hormiguean en el portal de los completos, los flaites que se prostituyen en las escalas del banco de Chile, las chuscas que bromean con el pene del caballo de Valdivia en la Plaza de Armas. ¡Las calles son para transitar y yo haré que eso se respete!, gruñó el alcalde -cuando aún no era el alcalde- al finalizar su encendida perorata de cierre de campaña. ¡Oso, Oso, Oso! gritaron sus partidarios, muchos de los cuales emitían silbidos involuntarios a causa de piezas dentales ausentes. Banderas chilenas ondearon.    Para evitar el choque con los vendedores o pisotear su mercadería, su capital, su alma, decidí pasear por una parte más tranquila y me dirigí hacia el parque Forestal. De tal guisa fue instantáneo mi cambio de objetivo estratégico que, sin darme cuenta del proceso de metamorfosis (parece que me nublé), me vi yendo por Diagonal Cervantes hacia el río Mapocho para continuar, luego, caminando sobre el césped del Forestal hacia el oriente. La tarde estaba tibia, soplaba una brisa fresca y los árboles parecían ronronear. Árboles-gatos, me dije. Y lo repetí varias veces. Reía con esta ocurrencia, una risa no muy estridente, ni muy convencida, una risa que era anti-risa al mismo tiempo, que era un resguardo, cuando algunas cuadras más alla, al llegar al puente Purísima, me encontré con una aglomeración humana. Un hombre estaba a punto de saltar desde sus barandas metálicas. Detuve entonces mi andar y me ubiqué en un escaño al otro lado de la acera adyacente al río. Desde esa distancia, unos veinte metros, observé el panorama. Del suicida se veía solo la parte alta de la cabeza, tapado su cuerpo por la muchedumbre y los puestos de los ambulantes que comenzaban a dominar el lugar. Tenía el pelo negro y corto, tipo militar, y las orejas afiladas. Eso pude ver. Un perro, ajeno al evento, se paseaba entre los curiosos. Tenía el pelaje color chocolate y las patas y el vientre blancos. Lucía además un par de colmillos gigantes que comparados con su tamaño -era casi un gato- le daban un aspecto de graciosa ferocidad. Moviendo la cola lo vi dirigirse al carro de sopaipillas cuneteras y meterse, sin más, entre las piernas varicosas de la vendedora. Se trataba de una mujer mayor, baja, de contextura gruesa, que tenía un problema en una cadera y se movía con cierta dificultad. Una verdadera microempresaria, ícono perfecto -además- para promover el auto sacrificio, individual, personalizado. El perro meó una de sus piernas, fue un chorrito corto que pasó inadvertido, luego se dedicó a olisquear los restos de comida que había en el piso. ¡Ya chiquillos, acá están las sopaipillas, calientitas, recién frititas, hay mayo, hay ketchup, hay mostacita, hay pebre, hay salsa americana! anunciaba la mujer-sacrificio mientras el suicida -parado al borde del puente- era persuadido por un solitario carabinero del tránsito de que lanzarse no era una buena solución.  Estos weones, refiriéndose a los pacos, siempre echan a perder todas las weas, dijo un viejo de camisa negra y cadena dorada al pecho, mientras le echaba una dosis grosera de pebre, ketchup y mayo a su sopaipilla. Caminó luego rápidamente hacia la baranda que daba al río y con todas sus fuerzas gritó: ¡déjelo que se tire, oficial, respete su decisión! ¡Sí, que lo deje!, repitieron a coro varias de las personas reunidas en torno al puente. Gente que quería grabar y postear cuanto antes una muerte en vivo y en directo. Se especulaba, entretanto, en torno al destino del hombre, si se moriría o no, si gritaría o no, si se lo llevaría el río o no, si se desangraría o no, si se iría preso o no, porque dicen ¿será posible? que el suicidio es un delito, que la única forma de burlar la ley es matándose de verdad, no alaraqueando como los cobardes. ¡Tírate de una vez maraco, que ya va a comenzar la serie! gritó en ese momento una voz soterrada, burlesca, provocando risas también soterradas, burlescas. La vida es sagrada, amén, opinó -ante esto- una joven evangélica que llevaba una piocha con la estrella de David en la blusa. Le faltaba otra piocha, con un misil, para completar el juego. En ese momento el perro, que estaba debajo del carro, presentó una erección. Su pene rosado, flaco y largo, creció como una rosa mientras la tarde-noche, usando la jerga de los periodistas deportivos, se apagaba, se convertía únicamente en noche. El lugar comenzó a llenarse de

Fotografía digital | Un obsequio navideño

«Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.» El sábado anterior a la navidad fui al centro a comprar algunos obsequios. Digo “centro” por costumbre, puesto que el verdadero centro de Santiago y de Chile, se sabe, se encuentra en Sanhattan, ese espacio ubicado entre Providencia y Las Condes -saturado de cristal, elevadores, polvos blancos y narcicismo- donde los grupos financieros y sus zorrones administran el establo desde sus oficinas con vista al río. Era cerca del mediodía, el sol pegaba fuerte y en el paseo Ahumada y sus alrededores proliferaba el comercio navideño. Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.   Hallé variados viejos pascueros y hasta una vieja pascuera, una mujer mayor, cantante de gospels, que en San Diego, en un centro comercial, repartía dulces vestida con el asfixiante traje rojo. Y a pleno sol. Es un símbolo, me parece, de la desmejorada situación del arte en Chile, un país que no solo tiene bastante dañado el cerebro sino también el espíritu, la sensibilidad. Le queda algo de corazón, es cierto, pero el corazón es un niño de primaria que cae, siempre, en la trampa. Vi mucha gente comprando, vi también bastantes personas pidiendo plata, me encontré con algunos músicos callejeros y con varios borrachos durmiendo la mona. El ambiente era de tranquila decadencia, de lenta descomposición, de derrumbe controlado. Iba a comprar algunos obsequios ese sábado, libros principalmente -antídotos-, pero no pude evitar tomar mi teléfono y sacar las fotos que, después de haberlas editado, presento como obsequio navideño a los lectores de El Mal Menor (si es que existen).   Fotografías

Poesía chilena y jazz | Del bebop hasta nuestros días

«En Concepción, traducido en simultáneo por Fernando Alegría, Allen Ginsberg leyó «Aullido» en una época en que los poetas locales usaban camisas bien planchaditas y corbata. Fue, sin duda, un momento importante en nuestra literatura, aunque ignoro si habrá cambiado algo en la poesía de estos lares. Es decir, si marcó un hito o solo fue una anécdota.» En los años 40, en pleno apogeo del swing, surge una nueva manera de entender el jazz. Se trata de una revolución que va más allá de lo musical, puesto que, además de cuestionar la estructura repetitiva de los temas que interpretaban las grandes orquestas, se encuentra ligada a lo social, específicamente al desmejorado rol que la industria musical gringa, comandada por blancos, otorgaba a los músicos afroamericanos, siguiendo la lógica racista de gran parte de la sociedad estadounidense. Esta revolución, que finalmente transformó al jazz en un arte mayor, se fue gestado en distintos clubes gringos –como el Minton´s Playhouse, en Harlem– que se mantenían abiertos de madrugada luego de que los grandes salones de baile cerraran sus puertas. En tales clubes, los integrantes de distintas orquestas se reunían y tocaban libre e informalmente, improvisando sobre diversos temas, “releyéndolos” podría decirse, haciendo una música no bailable (al menos de forma convencional) ni comercial, sino orientada a su escucha, dando vida a lo que se conoce como jam sessions. En este contexto de libertad y bohemia surgió el bebop, dando forma a un jazz más sofisticado, complejo, no lineal, donde el rol del solista y la improvisación son totalmente esenciales, no una decoración. Como todo movimiento, este estilo no salió de la nada, puesto que recoge antecedentes de músicos del swing como Art Tatum, Count Basie, Duke Ellington y otros creadores que incorporaron elementos de mayor riesgo a sus obras. Algunos de los pioneros del bebop fueron el trompetista Dizzy Gillespie, el saxofonista Charlie Parker (“Bird”) y el baterista Max Roach, así como los pianistas Bud Powell y Thelonious Monk. Su irrupción en la escena musical gringa fue una llave que abrió la puerta a una enorme variedad de estilos, como el cool jazz, el jazz modal, el free jazz, el jazz fusion, el acid jazz y otras variantes que han vuelto extremadamente frondoso el árbol genealógico de esta corriente musical.  El alcance del bebop, por otra parte, no se circunscribe exclusivamente al terreno de la música, puesto que hubo un grupo de escritores estadounidenses que tomaron este estilo, cuya libertad creativa lo asemeja al versolibrismo, como parte de su forma de vida y de literatura. Se trata de la generación beat, movimiento literario y cultural, predecesor de los hippies, que en plena época de posguerra, años cincuenta, planteó su rechazo al conformismo y a los valores de la cultura gringa de esos tiempos –tradicionalistas, conservadores, discriminadores– ligándose con la espiritualidad oriental, la experimentación con drogas, la libertad sexual, la vida de los marginados, la crítica social y la bohemia. En ese abigarrado cóctel, que años más tarde serviría de inspiración al hippismo, el bebop era un ingrediente infaltable: “Llegamos a Nueva York, patinando sobre el hielo. Nunca tuve miedo con Dean al volante; podía conducir un coche en cualquier situación. Habían arreglado la radio y un furioso bop nos empujaba a través de la noche. No sabía adónde nos llevaría todo esto, pero no me importaba”. Así describe Jack Kerouac –en su novela En el camino– el rol del bebop: era la energía que los movilizaba, era una manifestación del ser expresándose sin ataduras. Otro de los escritores beats, Allen Ginsberg, en su poema “Nota a pie de página a Aullido” escribe: “¡Santo el quejumbroso saxofón! ¡Santo el apocalipsis bop! / ¡Santas las bandas de jazz los pasotas la marihuana la paz & droga & batería!”. Como puede apreciarse, hay una fuerte ligazón entre el bebop y los beats, una conexión espiritual –si cabe la expresión– que toca, incluso, lo netamente literario. Esto lo podemos ver, por ejemplo, en Aullido, poemario clave de los beats, donde Ginsberg, en la dedicatoria, anota lo siguiente: “Jack Kerouac, nuevo Buda de la prosa americana”, tildándolo como el creador de “una prosodia bop espontánea y una literatura clásica original”, refiriéndose al intento de los beats por desarrollar una escritura donde tuviesen cabida la improvisación, el ritmo y la jerga del bebop.  En 1960, en plena ebullición de los beats, nuestro país se conecta con este movimiento, que se hallaba en su apogeo. Esto se debe a la presencia de Ginsberg, quien viajó a Chile junto a otro poeta beat, Lawrence Ferlinghetti, al Primer Encuentro de Escritores Americanos que se efectuó en la Universidad de Concepción, invitado por Gonzalo Rojas. En una carta (disponible en DIBAM) que envía a Humberto Díaz Casanueva, Rosamel del Valle se refiere a la importancia de esta visita: “Ayer comió en casa el poeta ´beat´ Allen Ginsberg. Me llamó a N. Unidas por encargo de Fernando Alegría (…) Me parece una cosa magnífica, sobre [todo] por tratarse de esa universidad y de un poeta que mal que mal es lo más vivo que hay por ahora, con su movimiento, en los Estados Unidos.” Ginsberg permaneció durante tres meses en nuestro país. Durante un mes vivió en la casa de Nicanor Parra y el resto del tiempo recorrió el sur turisteando y buscando chamico. Respecto de nuestros intelectuales, como señala Antonio Díaz Oliva en la revista Átomo, el poeta estadounidense indicó que era “urgentemente necesario importar algunos kilos de marihuana para los escritores chilenos”, cosa que actualmente no es necesaria, puesto que tenemos una abundante producción local. En Concepción, traducido en simultáneo por Fernando Alegría, Allen Ginsberg leyó Aullido en una época en que los poetas locales usaban camisas bien planchaditas y corbata. Fue, sin duda, un momento importante en nuestra literatura, aunque ignoro si habrá cambiado algo en la poesía de estos lares. Es decir, si marcó un hito o solo fue una anécdota. Lo que se puede asegurar es que el bebop y las tendencias que lo suceden están presentes en la poesía chilena a partir