literatura chilena actual

Fotografía digital | Un obsequio navideño

«Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.» El sábado anterior a la navidad fui al centro a comprar algunos obsequios. Digo “centro” por costumbre, puesto que el verdadero centro de Santiago y de Chile, se sabe, se encuentra en Sanhattan, ese espacio ubicado entre Providencia y Las Condes -saturado de cristal, elevadores, polvos blancos y narcicismo- donde los grupos financieros y sus zorrones administran el establo desde sus oficinas con vista al río. Era cerca del mediodía, el sol pegaba fuerte y en el paseo Ahumada y sus alrededores proliferaba el comercio navideño. Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.   Hallé variados viejos pascueros y hasta una vieja pascuera, una mujer mayor, cantante de gospels, que en San Diego, en un centro comercial, repartía dulces vestida con el asfixiante traje rojo. Y a pleno sol. Es un símbolo, me parece, de la desmejorada situación del arte en Chile, un país que no solo tiene bastante dañado el cerebro sino también el espíritu, la sensibilidad. Le queda algo de corazón, es cierto, pero el corazón es un niño de primaria que cae, siempre, en la trampa. Vi mucha gente comprando, vi también bastantes personas pidiendo plata, me encontré con algunos músicos callejeros y con varios borrachos durmiendo la mona. El ambiente era de tranquila decadencia, de lenta descomposición, de derrumbe controlado. Iba a comprar algunos obsequios ese sábado, libros principalmente -antídotos-, pero no pude evitar tomar mi teléfono y sacar las fotos que, después de haberlas editado, presento como obsequio navideño a los lectores de El Mal Menor (si es que existen).   Fotografías

Poesía chilena y jazz | Del bebop hasta nuestros días

«En Concepción, traducido en simultáneo por Fernando Alegría, Allen Ginsberg leyó «Aullido» en una época en que los poetas locales usaban camisas bien planchaditas y corbata. Fue, sin duda, un momento importante en nuestra literatura, aunque ignoro si habrá cambiado algo en la poesía de estos lares. Es decir, si marcó un hito o solo fue una anécdota.» En los años 40, en pleno apogeo del swing, surge una nueva manera de entender el jazz. Se trata de una revolución que va más allá de lo musical, puesto que, además de cuestionar la estructura repetitiva de los temas que interpretaban las grandes orquestas, se encuentra ligada a lo social, específicamente al desmejorado rol que la industria musical gringa, comandada por blancos, otorgaba a los músicos afroamericanos, siguiendo la lógica racista de gran parte de la sociedad estadounidense. Esta revolución, que finalmente transformó al jazz en un arte mayor, se fue gestado en distintos clubes gringos –como el Minton´s Playhouse, en Harlem– que se mantenían abiertos de madrugada luego de que los grandes salones de baile cerraran sus puertas. En tales clubes, los integrantes de distintas orquestas se reunían y tocaban libre e informalmente, improvisando sobre diversos temas, “releyéndolos” podría decirse, haciendo una música no bailable (al menos de forma convencional) ni comercial, sino orientada a su escucha, dando vida a lo que se conoce como jam sessions. En este contexto de libertad y bohemia surgió el bebop, dando forma a un jazz más sofisticado, complejo, no lineal, donde el rol del solista y la improvisación son totalmente esenciales, no una decoración. Como todo movimiento, este estilo no salió de la nada, puesto que recoge antecedentes de músicos del swing como Art Tatum, Count Basie, Duke Ellington y otros creadores que incorporaron elementos de mayor riesgo a sus obras. Algunos de los pioneros del bebop fueron el trompetista Dizzy Gillespie, el saxofonista Charlie Parker (“Bird”) y el baterista Max Roach, así como los pianistas Bud Powell y Thelonious Monk. Su irrupción en la escena musical gringa fue una llave que abrió la puerta a una enorme variedad de estilos, como el cool jazz, el jazz modal, el free jazz, el jazz fusion, el acid jazz y otras variantes que han vuelto extremadamente frondoso el árbol genealógico de esta corriente musical.  El alcance del bebop, por otra parte, no se circunscribe exclusivamente al terreno de la música, puesto que hubo un grupo de escritores estadounidenses que tomaron este estilo, cuya libertad creativa lo asemeja al versolibrismo, como parte de su forma de vida y de literatura. Se trata de la generación beat, movimiento literario y cultural, predecesor de los hippies, que en plena época de posguerra, años cincuenta, planteó su rechazo al conformismo y a los valores de la cultura gringa de esos tiempos –tradicionalistas, conservadores, discriminadores– ligándose con la espiritualidad oriental, la experimentación con drogas, la libertad sexual, la vida de los marginados, la crítica social y la bohemia. En ese abigarrado cóctel, que años más tarde serviría de inspiración al hippismo, el bebop era un ingrediente infaltable: “Llegamos a Nueva York, patinando sobre el hielo. Nunca tuve miedo con Dean al volante; podía conducir un coche en cualquier situación. Habían arreglado la radio y un furioso bop nos empujaba a través de la noche. No sabía adónde nos llevaría todo esto, pero no me importaba”. Así describe Jack Kerouac –en su novela En el camino– el rol del bebop: era la energía que los movilizaba, era una manifestación del ser expresándose sin ataduras. Otro de los escritores beats, Allen Ginsberg, en su poema “Nota a pie de página a Aullido” escribe: “¡Santo el quejumbroso saxofón! ¡Santo el apocalipsis bop! / ¡Santas las bandas de jazz los pasotas la marihuana la paz & droga & batería!”. Como puede apreciarse, hay una fuerte ligazón entre el bebop y los beats, una conexión espiritual –si cabe la expresión– que toca, incluso, lo netamente literario. Esto lo podemos ver, por ejemplo, en Aullido, poemario clave de los beats, donde Ginsberg, en la dedicatoria, anota lo siguiente: “Jack Kerouac, nuevo Buda de la prosa americana”, tildándolo como el creador de “una prosodia bop espontánea y una literatura clásica original”, refiriéndose al intento de los beats por desarrollar una escritura donde tuviesen cabida la improvisación, el ritmo y la jerga del bebop.  En 1960, en plena ebullición de los beats, nuestro país se conecta con este movimiento, que se hallaba en su apogeo. Esto se debe a la presencia de Ginsberg, quien viajó a Chile junto a otro poeta beat, Lawrence Ferlinghetti, al Primer Encuentro de Escritores Americanos que se efectuó en la Universidad de Concepción, invitado por Gonzalo Rojas. En una carta (disponible en DIBAM) que envía a Humberto Díaz Casanueva, Rosamel del Valle se refiere a la importancia de esta visita: “Ayer comió en casa el poeta ´beat´ Allen Ginsberg. Me llamó a N. Unidas por encargo de Fernando Alegría (…) Me parece una cosa magnífica, sobre [todo] por tratarse de esa universidad y de un poeta que mal que mal es lo más vivo que hay por ahora, con su movimiento, en los Estados Unidos.” Ginsberg permaneció durante tres meses en nuestro país. Durante un mes vivió en la casa de Nicanor Parra y el resto del tiempo recorrió el sur turisteando y buscando chamico. Respecto de nuestros intelectuales, como señala Antonio Díaz Oliva en la revista Átomo, el poeta estadounidense indicó que era “urgentemente necesario importar algunos kilos de marihuana para los escritores chilenos”, cosa que actualmente no es necesaria, puesto que tenemos una abundante producción local. En Concepción, traducido en simultáneo por Fernando Alegría, Allen Ginsberg leyó Aullido en una época en que los poetas locales usaban camisas bien planchaditas y corbata. Fue, sin duda, un momento importante en nuestra literatura, aunque ignoro si habrá cambiado algo en la poesía de estos lares. Es decir, si marcó un hito o solo fue una anécdota. Lo que se puede asegurar es que el bebop y las tendencias que lo suceden están presentes en la poesía chilena a partir

Perfiles | Antejardín

«El timbre seguía sonando. Cuidadosamente me moví hasta el mueble de la tele y la apagué. Estaban mostrando, los videos del asalto a una familia que terminó con un niño de once meses –Orlandito R– con la cabeza triturada bajo el neumático de un remolque para caballos y con su madre –Marina F– con los dos brazos cortados al tratar de rescatarlo. Así de peligroso estaba el mundo. Se me ocurrió, entonces, que tenía que armarme. Moviéndome sigilosamente, arrastrándome para que se entienda mejor, fui hasta el armario del pasillo y saqué el taladro de mi papi.» Fue el mes pasado. Era sábado y yo estaba aseando mi dormitorio cuando sentí que sonaba el timbre. Miré con disimulo a través de los barrotes de la ventana para ver de qué se trataba. No quería ser víctima de un turbazo o algo parecido. Había, sin embargo, solo una persona detrás de la reja del antejardín. Mirándolo con cuidado me di cuenta de que era el Rómulo, un ex compañero de la básica, de séptimo y octavo. Me pregunté qué querría, puesto que nunca fuimos amigos. Lo único que teníamos en común era el barrio. Su casa quedaba a dos cuadras de la mía, en el pasaje Crepúsculo. Allí vivía junto a su mamá, una señora corpulenta que todavía, supongo, se pone con su carrito de supermercado a la salida del consultorio. En las mañanas vende café y unos sándwiches que yo jamás probaría. Lo digo con conocimiento de causa, no para difamarla gratuitamente, porque cuando estábamos en la básica le mandaba como colación a su hijo unos panes bien poco higiénicos. La palta, negra. La marraqueta, con hongos. Daba pena, además, ver las camisas del Rómulo, sucias al máximo. En octavo, recuerdo, me tocó ser su compañera de cueca –fue por sorteo– para las fiestas patrias. Tuve que soportar su olor a pichi durante el mes que duraron los ensayos. Y sus evidentes ganas de meterme mano. Cuando nos encontrábamos en la calle nos saludábamos, pero eso era todo. No tenía idea qué quería ese sábado, sospechaba, eso sí, era lógico, que nada bueno, puesto que era de esos tipos que siempre andan por ahí, vegetando, fumando pitos, tomando cerveza, acosando. Se decía que era sicario. O traficante. O mula. O doméstico. O soldado. O ratero. O violador.  Los dos andábamos por los veinticinco, aunque yo los había aprovechado bien. Quería ser alguien en la vida, no una aplanaveredas. Por eso había sacado el técnico en finanzas, carrera donde tuve que soportar las insinuaciones de varios profes calentones, para que hablar de los pendejos del curso, y ahora trabajaba en el municipio, en el departamento de Tesorería. El timbre seguía sonando y empecé a tener miedo, me latía hasta el cerebro, tuve ganas de gritar, tuve vértigo, sudé cristales, el mundo está lleno de bestias salvajes, pensé y recordé los documentales de la selva que veía de niña. Nada bueno se puede esperar del Zorrillo, como le decían en la escuela, me dije y decidí no abrir la puerta. Ni loca la abriría, estaba sola y seguiría sola porque soy hija única y mis papás fallecieron hace cuatro años. Se hundió el bote en el que saldrían de paseo. Fue en Puerto Montt. Tenemos parientes allá. El timbre seguía sonando. Lo más seguro es que el Rómulo me quiera asaltar. No hay mucho que llevarse, en todo caso, me dije, e hice, mentalmente, un inventario valorizado de las cosas que había en la casa. Efectivamente no era mucho y como el Rómulo vendería rápido le sacaría poca plata. No es un buen negocio, pensé. Entonces tuve la certeza de que me quería violar, vejar, abusar. Eso era. ¿Qué más? Seguro que tiene que ver con lo del baile en la escuela, esa vez que fuimos pareja. Debe andar mal de la cabeza y el enfermo de mierda se ha pasado rollos. Recordé, entonces, que mi papi nunca estuvo de acuerdo con esa actividad. Mi madre concordaba. Nunca les cayó bien. Se referían a él como el Basura, enseguida hacían la mímica de vomitar. Cuando presentamos el baile, el Rómulo, excepcionalmente limpio, quiso darle la mano a mi papi y este se la negó. Lo imaginé tocándome las tetas. Lo imaginé asfixiándome. Lo imaginé diciéndome que me quería. Lo imaginé diciendome “mi niña bonita”. Y otra vez tuve miedo, otra vez me latió hasta el cerebro, y otra vez tuve ganas de gritar, y tuve vértigo, y sudé cristales, el mundo está lleno de bestias salvajes, pensé y recordé, por segunda vez, los documentales de la selva que veía de niña: la hiena destripando al cervatillo.  El timbre seguía sonando. Cuidadosamente me moví hasta el mueble de la tele y la apagué. Estaban mostrando, los videos del asalto a una familia que terminó con un niño de once meses –Orlandito R– con la cabeza triturada bajo el neumático de un remolque para caballos y con su madre –Marina F– con los dos brazos cortados al tratar de rescatarlo. Así de peligroso estaba el mundo. Se me ocurrió, entonces, que tenía que armarme. Moviéndome sigilosamente, arrastrándome para que se entienda mejor, fui hasta el armario del pasillo y saqué el taladro de mi papi. Tenía una broca larga y gruesa. Después me puse ropa, andaba en calzones, y me arrimé a la ventana para seguir viendo qué pasaba. Estar armada me tranquilizó un poco y me dije que estaba exagerando. Que quizá lo que quería el Zorrillo era proponerme alguna movida. La Muri, mi colega y amigui del municipio, tuvo un pololo que la estaba convenciendo de que se robaran –no sé cuándo– la plata de la recaudación del día. Luego huirían a Bolivia. Harían un paraíso en Bolivia. Tuvo que terminar con él. Estos weones siempre acaban en la cárcel, o muertos o lisiados, al final sirven para dar puros problemas, no podís ni tener sexo con ellos, son un cacho, dijo. Con un lisiado ¿por qué no?, me pregunté esa

Poesía chilena y jazz | La era del jazz

«En nuestra literatura, y en particular en nuestra poesía, que será el género a explorar en esta columna, la onda expansiva de la explosión jazzística arribó también de forma temprana, habiendo diversos poetas chilenos que en la década del veinte, y en plena eclosión de las vanguardias, hacen referencia a la música originaria de Nueva Orleans, que tal como el cine, el gramófono, los aeroplanos, el teléfono, el automóvil y otros inventos de la época, pasó a ser símbolo de modernidad.» Poco tiempo después del surgimiento del jazz en la ciudad de Nueva Orleans, suceso acaecido en la frontera de los siglos XIX y XX, uno de los escritores prominentes de la época, el estadounidense Francis Scott Fitzgerald, bautizaría a los años veinte del pasado siglo como “la era del jazz”. Este hecho da cuenta no solo de la explosiva expansión que experimentó la música sincopada en los inicios del siglo pasado –no olvidar que el término jazz aparece recién en 1913 y que el primer disco del género se grabó en 1917–, sino también de sus tempranos vínculos con la literatura, conexión que se ha mantenido vigente hasta el día de hoy, habiendo tenido momentos de intenso pololeo, como los sostenidos, entre otros, con la generación española del 27 (la de García Lorca) y el movimiento beat gringo. En nuestra literatura, y en particular en nuestra poesía, que será el género a explorar en esta columna, la onda expansiva de la explosión jazzística arribó también de forma temprana, habiendo diversos poetas chilenos que en la década del veinte, y en plena eclosión de las vanguardias, hacen referencia a la música originaria de Nueva Orleans, que tal como el cine, el gramófono, los aeroplanos, el teléfono, el automóvil y otros inventos de la época, pasó a ser símbolo de modernidad. Uno de ellos es Vicente Huidobro –Vincent por esos tiempos– quien fue uno de los primeros en integrar el jazz al diccionario de la poesía nacional. Esto ocurre, paradójicamente, fuera del territorio chileno, particularmente en Francia, en 1921, cuando publica Saisons choisies, antología de su obra en francés (con retrato de Picasso incluído), donde es posible leer dos poemas en los que el autor de Altazor se refiere a la música sincopada. En uno de ellos, “Sombras chinas”, escribe: “El jazz band de ultramar ha venido bajo las gaviotas / Y las olas tomaron un nuevo ritmo”, otorgándole -con estos diáfanos versos- una especie de bienvenida a la música de Nueva Orleans.  Tres años más tarde, en Valparaíso, en el número 1 de la revista de vanguardia porteña Nguillatún, editada por Neftalí Agrella y Pablo Garrido, podemos encontrar dos nuevos ejemplos de esta temprana conexión entre el jazz y la poesía chilena. El primero es el poema “Torbellino”, cuyo autor, Pedro Plonka, plasma imágenes en las que se puede adivinar la alegría del carrete jazzistico: “Manos lanzadas / desparraman puñados de estrellas / Él arco de los violines / enreda las serpentinas de las risas / Y las parejas pisan los petardos del Jazz-band / tomadas de la cuerda de la música / La luz araña los torsos y flancos / Las mujeres tienen soles en la cabellera…”. El segundo texto que publica Nguillatún es una greguería colorida e imaginativa de Pablo Garrido, “Los pintores de casa”, donde el poeta no solo hace referencia al jazz, que en esos tiempos estaba asociado al baile y la diversión, sino también a sus influencias artísticas: “Sus trajes nacieron para pasearse ante decorados cubistas y detrás de futuristas orquestas, con violines verdes, cellos blancos, contrabajos azules, pianos granates, cornetas chocolates y Jazz Bands cafés.” Oportuno resulta indicar que Pablo Garrido no solo fue escritor, sino también un músico destacado que en 1924 formó la Royal Orchestra, primera banda nacional de jazz, dedicándose más tarde al estudio de la música chilena.  En 1929, Juan Marín, poeta y narrador que participó en diversas revistas vanguardistas de la época, publica el breve poemario Looping, donde construye un hablante poético cosmopolita y vital, que disfruta de pilotar aviones y de la vida nocturna, espacio, este último, donde se encuentra con el jazz: “tín… tín… / tán… tán… / toit-et-moi / lirulí… lirulá / …en el agua del jazz / hay bravezas de mar”, señala en el poema “Bataclán”, usando un tono liviano y festivo, juguetón y algo banal, pero acorde a esos tiempos donde un tal J.F. (probablemente Juan Florit) le hacía la autopsia al prolífico y reconocido poeta modernista español Francisco Villaespesa, que visitó Chile en 1921, señalando, en el número 2 de la revista Ariel, publicada en 1925,  que el seguidor de Rubén Darío era: “Autor de 130 volúmenes de hojarasca y humo. 130 loros tropicales. Una torre Eiffel de sonetos. Castillos de naipes. Nido de telarañas. Andamio que carcome la polilla clásica. Victrola con los discos iguales. Poesía leprosa en este siglo de aviones, Jazz-band y Hupa-Hupa.”  No todas las miradas sobre la música sincopada, sin embargo, tienen el tono optimista, alegre y colorido visto hasta ahora. Un ejemplo de esto se halla en la obra de Pablo Neruda, quien en Anillos, libro de poesía en prosa publicado en 1926 junto a su amigo Tomás Lago, escribe: “Ahí es donde empieza su corazón a entretenerse, araña de metales nocturnos, jazz band de sonámbulos y una novia enterrada, que es la noche profunda que él la decora con luciérnagas negras…” El texto pertenece al poema “T.L.”, dedicado justamente a Lago, presentando un tono surreal, oscuro y fúnebre, con tintes góticos. Un año más tarde, en 1927, mismo año del estreno de El cantante de jazz, primera película sonora, otro de los pesos pesados de nuestra poesía, Pablo de Rokha, publica Satanás, poemario donde pasa de la estilizada oscuridad nerudiana a una mirada también oscura, aunque hermética y estridente, asociando el jazz y otro arte emergente en la época, el cine, ambos importados principalmente desde Gringolandia, al ruido, a la violencia, al dolor: “los lagartos empapelados me lamen la filosofía: / los frutos maduros del sol / lloran en mis teatros de azufre y sangre quemada, / y el problema de luto / me araña las

Perfiles | Sangre verde

«No olvidaba, además, que Heidegger –uno de sus filósofos de cabecera– postuló que “construir es habitar” y que Halloween, en tanto construcción, construía un habitar banal, alejado del gran arte y el intelecto, llevando a niños y niñas, e incluso a muchos adultos, a disfrazarse y limosnear dulces, fomentando el travestismo, la formación de identidades trastocadas y la práctica de la mendicidad. Cada 31 de octubre, ambicionaba, niños y niñas deberían conmemorar el Día de la Investigación Infantil. En tal fecha, recordando a Dieter, se vestirían con delantales blancos, todos de cuatro botones (conteniendo, simbólica y secretamente, los cuatro puntos cardinales que abarca la cruz católica; signo que, no le cabían dudas, es una esvástica en formación) y acudirían ordenadamente y de día, no perdidos en las escabrosas sombras de la noche, a universidades y academias militares y policiales a participar de charlas y prácticas científicas y de orden. A aprender a escribir reglamentos y ordenanzas, a conocer cómo se diseca una rana.»  A Roberto Meyer –opaco académico de Ciencias Políticas de la PUC– no le gustaba para nada la fiesta de Halloween. Sus razones, a diferencia de quienes reniegan de esta festividad por su carácter de instrumento neocolonial y al mismo tiempo neoliberal, principalmente gente de izquierda; o simplemente por ser una práctica foránea (aquí caben los chauvinistas simplones) que ensucia y mata la cultura nacional, borroneando figuras como la del huaso y la china o aminorando la importancia metafísica y psicosocial de una empanada de pino, un vaso de mote con huesillos o un pastel de choclo, estaban ligadas a la conmemoración de un experimento –completamente olvidado por las nuevas generaciones– que, según sus convicciones, hubiese cambiado de raíz la historia de la humanidad. «Grünes blut” (Sangre verde), lo llamó su autor, el médico bávaro Hermman Dieter, y consistía básicamente en sustituir la sangre del cuerpo humano por savia de plantas silvestres, en específico maleza de la tierra alemana, de la Heimat como la llamaba Hitler, con el fin de crear un ser humano fuerte, poderoso, un súper hombre que requiriera menos alimento, menos nutrientes, menos recursos, en definitiva, para completar su ciclo vital, estando, al mismo tiempo, conectado desde la raíz con la patria superior.El 31 de octubre de 1942, en un laboratorio secreto ubicado en un subterráneo de Berlín, junto a un equipo médico de alto nivel y autorizado por el mismísimo Fuhrer, Hermman Dieter llevó a cabo su atrevido experimento. Roberto Meyer había estudiado en profundidad el asunto y lo consideraba un momento clave para la humanidad, ya que marcaba el primer paso en la ruta a un mundo no mejor –esa es una consigna hueca de la mafia neomarxista, sostenía– sino mejorado, un mundo donde el hombre se liberaría de una parte significativa de su dependencia material y podría desarrollar el espíritu en unión profunda con la tierra natal, elevándose, a modo de ejemplo, con la música de Wagner y las obras de los artistas e intelectuales incluidos en la Gottbegnadeten–Liste (Lista de las bendiciones de Dios) que Goebbels elaboró para eximirlos de cumplir el servicio militar, permitiéndoles desarrollar creaciones para enaltecer al Tercer Reich. El intento pionero de Dieter, no tenía ninguna duda, debía ser recordado y celebrado eternamente por su significado profundo, abisal, pero había sido eliminado de la memoria humana por la nefasta alianza judío demo–marxista. Por eso la fiesta de Halloween, cuya fecha coincidía con el “Experimento Cero”, como Meyer lo llamaba, lo irritaba, pues, estaba seguro, no se trataba de una coincidencia.    No olvidaba, además, que Heidegger –uno de sus filósofos de cabecera– postuló que “construir es habitar” y que Halloween, en tanto construcción, construía un habitar banal, alejado del gran arte y el intelecto, llevando a niños y niñas, e incluso a muchos adultos, a disfrazarse y limosnear dulces, fomentando el travestismo, la formación de identidades trastocadas y la práctica de la mendicidad. Cada 31 de octubre, ambicionaba, niños y niñas deberían conmemorar el Día de la Investigación Infantil. En tal fecha, recordando a Dieter, se vestirían con delantales blancos, todos de cuatro botones (conteniendo, simbólica y secretamente, los cuatro puntos cardinales que abarca la cruz católica; signo que, no le cabían dudas, es una esvástica en formación) y acudirían ordenadamente y de día, no perdidos en las escabrosas sombras de la noche, a universidades y academias militares y policiales a participar de charlas y prácticas científicas y de orden. A aprender a escribir reglamentos y ordenanzas, a conocer cómo se diseca una rana. Soñaba eso mientras desde la ventana miraba hacia la calle ya oscura y veía pasar grupos de niños y niñas disfrazados en busca de golosinas.Hermman Dieter, lamentablemente, no tuvo éxito en su experimento, cuyos detalles técnicos me excuso de explicar –la química y la biología nunca han sido mi fuerte– dado que  los 52  gitanos y gitanas que usó cómo insumos de entrada en el primer intento y los 122 eslavos y eslavas que usó en el segundo, cuando incrementó al doble la dosis de clorofila, fallecieron rápidamente y con gran dolor una vez que la transfusión se efectuó. Hay testimonios que dicen que los gritos se escucharon a más de doce kilómetros de distancia. Aún así no fue un gran costo, pensó Roberto Meyer, ya que de todas formas estas personas –dudó antes de usar esta última palabra– estaban destinadas a morir en una eficiente cámara de gas o fusilados en un bosque lleno de claroscuros, un bosque maravillosamente romántico, luego de cavar sus propias tumbas, es decir, de conectarse con la tierra, de palparla, de olerla. Su muerte, así, no fue inútil: se sacrificaron por la ciencia, por el saber.Seguía en la ventana cuando sintió golpes y risas infantiles en la puerta. Niñas y niños del barrio habían llegado a reclamar su recompensa, niños y niñas, pensó, que son usados como ladrillos de banalidad, como clavos y tornillos en la obscena y lucrativa construcción de la frivolidad norteamericana. Fue a la cocina a buscar los dulces que había preparado con una cantidad tan potente de cianuro que con una pastillita bastaría para matar a una docena de caballos. Tomó también la maleta que había preparado con sus cosas. Los infantes recibieron los dulces y se fueron chillando de alegría.

Poesía chilena actual | «Antimujer», cinco poemas de Carolina Sepúlveda

CAMADA   Arrastrándome a cuatro patas recojo el olor de tu cuello lamiendo la sombra de tu abrazo camino con dolor de hombros y una pata menos   Tiritando de frío tiritando de miedo media perra ladrando auxilio   Han robado a mis hijos los huachos destartalados y sin padre los hijos de perra que aguardaban en las esquinas   Que alguien me acaricie el lomo Y sacie estas mamas tristes y secas que alguien encuentre a la media mujer que me dejó el vacío al medio hombre que me dejó a patadas que alguien refresque este sexo débil de perra vieja   De perra sin ojos de media perra de perra entera   Yo soy la perra palabra un trozo de carne una perra contigo una camada de sexo compartido una perra una perra pariendo gritos.     EL AGUA SE HIZO PARA DAR FORMAS A LAS COSAS   Escupo una mueca sobre el mundo esta mitad del cuerpo dañada esta mirada doble que me atraviesa con un tajo en la cara   Sobre mi cama el cuerpo de un hombre recién nacido se retuerce el temblor de su carne inútil esa máscara una melodía engañosa   Al otro lado mi madre repite el rito entre las piedras de mi padre saca la lengua y bendice   Yo me caigo una y otra vez me caigo mordiendo la piedra que me clavaron entre los ojos esa huella impertinente de hembra herida   Los ojos de mi padre me apuntan rompiéndome los sesos   Mi sexo gotea una lágrima espesa dejo que llore   El agua se hizo para dar formas a las cosas como la humedad de su cuerpo ardiendo entre roce y roce   Como la humedad de mi cuerpo ardiendo entre roca y roca   El agua se hizo para dar formas a las cosas el reflejo de un orgasmo desmenuzado y triste la erección de un parapléjico ciego y corrupto la niña que viola a un gato con su dedo   Mi perra lamiéndose la vulva escarbando con su lengua ahí mismo.     HARINA DE OTRO COSTADO   Tantas cosas perdí y ahora he vuelto con los ojos preñados colgando siendo bestia en corral ajeno con el hocico sangrando perfumado de gritos con los brazos cansados de tanta piel muerta entre las uñas de tanto dolor de tanta mugre enrojecida.     PIEL SECA   Desde mi boca un cordón amargo surge hacia ti como reptil ciego   Duele como la humedad huérfana que se acomoda en mi cama.     EL DÍA TIEMBLA EN SUS CUATRO COSTADOS   El cielo se abre escupiendo su ojo sobre mí tengo las piernas abiertas por si brota un árbol A Q U Í donde la humedad es diaria e impertinente como tu ausencia   El día tiembla en sus cuatro costados y esta isla es la más isla sólo cabemos yo y mi pelo   El día tiembla en sus cuatro costados y esta soledad que llevo rompiendo aplasta mi cara sobre la pared y mi boca muerde su boca y mi ojo mira su ojo   P R O F U N D A M E N T E.           ______________________________ Carolina Sepúlveda (Santiago, 1978). Fue becaria de la Fundación Neruda en 2003. Ese mismo año obtuvo mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral. En 2004 publica Antimujer (Al Margen Editores, Santiago), libro del cual fueron tomados los poemas de la presente selección.        

Narrativa chilena actual | Los espectros

Perteneciente a su libro de relatos Fauna menor –que será editado prontamente por Ediciones Esperpentia- “Los espectros” es uno de los catorce textos que componen esta obra donde su autor, Sergio Sarmiento, reúne, reescribe y amplía dos libros que hace un par de años publicó de forma digital: Luminarias y Fuerza de roce. Los relatos se centran en las experiencias del hombre y la mujer del Chile contemporáneo, dando cuenta de sus atribuladas y desorientadas vidas en un territorio conquistado completamente por el mercado, donde las ambiciones giran en torno al dinero, el poder, el placer y el sexo. A través de una mirada lúcida, crítica, con humor e ironía afilada, y utilizando un lenguaje sin contemplaciones ni escamoteos a la realidad, su autor, que además es poeta y editor de El Mal Menor, nos hace sumergirnos en las experiencias y reflexiones, muchas veces delirantes, de sus esperpénticos personajes. EMM Trabajé, durante tres años, en una empresa importadora de artículos de audio. Mi labor consistía en mantener los inventarios al día. Cuántos micrófonos salen, cuántos micrófonos entran, cuántos micrófonos quedan en bodega, cuántos micrófonos van a merma. Lo mismo tenía que hacer con audífonos, consolas, parlantes, cables, enchufes, atriles, tornamesas, reproductores de mp3 y cientos de artículos afines. La necesidad me llevó a ese local de calle Meiggs. No encontré otra pega acorde con mi obligación de obtener dinero y mi necesidad de seguir avanzando, aunque fuese a paso de caracol, en los relatos que había iniciado durante ese otoño, cuando después de leer Apuntes del subsuelo de Dostoievski decidí dejar mis cansadores estudios de informática y convertirme en escritor. Recibí, por supuesto, el repudio de mi madre. Si no estudiaba tendría que trabajar. En la casa no se mantenía a vagos. Está bien que te guste la literatura, desde chico que lees todo lo que cae en tus manos, pero otra cosa es creerse el mismísimo Alberto Blest Gana. Claro, porque digamos las cosas por su nombre, ser escritor no es un trabajo, es un vicio. Si fuese un trabajo lo enseñarían en la universidad. Le respondí que estaba equivocada. Primero, porque no me interesaba ser Alberto Blest Gana y segundo porque hay una universidad privada donde enseñan literatura creativa. ¿Una universidad privada? Esas universidades, hijo, enseñan cualquier mierda con tal de ganar plata ¿cómo no se da cuenta? Enseguida señaló que Raimundito, mi gemelo difunto, jamás habría tomado una decisión tan irresponsable. Raimundito, que en paz descanse, habría estudiado una carrera con buen futuro, una profesión de verdad como la misma informática que estás tirando por la borda, o ingeniería comercial o derecho como tu hermano mayor, el Luis, que siempre tiene las cosas tan claras. Mi papá, como siempre, no se atrevió a contradecir a su mujer.  Como mis progenitores no me apañaron tuve que buscar trabajo y don Ignacio, el dueño de la importadora, no resultó ser mala persona. Era amable, de maneras cuidadas, un mecánico diría que era fino, pagaba más o menos bien y no molestaba demasiado. Además, se comportaba de manera bastante paternal con los funcionarios. Demasiado tal vez con la Andrea Sotomayor, nuestra joven jefa administrativa, pero esa es otra historia. Nunca le contaré a nadie lo que vi durante los tres años que estuve en Fénix Importaciones. No quisiera arruinar el matrimonio de Don Ignacio, tampoco echarles a perder la vida a sus hijos, el Nachito y la Antonieta, ambos alumnos de un colegio de esos con infierno para pecadores. Nadie sabrá –por eso mismo– que casi todos los jueves y los martes, entre las tres y las cinco de la tarde, ambos se iban a un motel –La Góndola Azul– que está en Unión Latinoamericana al llegar a Gorbea. Nadie sabrá que muchos de los viajes al exterior de nuestro jefe eran falsos. Simplemente se trasladaba a vivir unos días a la casa de la Andrea. O efectivamente viajaba, pero no por negocios, sino con su amante a uno de esos paraísos para idiotas que se promueven en los diarios dominicales. No le contaré a nadie, tampoco, que el Suzuki full equipo de la Andrea es un regalo de nuestro jefe. Tampoco que tenían un hijo, el Felipito, que nació con ictericia, ya que nada de eso es mi problema y no tengo por qué divulgarlo. Por mi ubicación en la importadora –mi sucucho quedaba al lado de las oficinas centrales– yo era el único que estaba enterado de todas estas situaciones anómalas. Y como me hacía el que nada había visto (incluso a veces hasta cooperaba implícitamente con la parejita), tenía ciertos privilegios con la Andrea, que era mi jefa directa. Eso me permitía trabajar un par de horas diarias en mis relatos. A veces me sorprendía con un archivo abierto. ¿Cómo está el escritor?, preguntaba amablemente. Y se quedaba a mi lado y se ponía a hablar acerca de sus lecturas. Me encanta leer libros como Yo elijo y tú, ¿te sientes libre de elegir?, del gran Jorge Méndez, son obras que te obligan a decidir qué quieres aprender, qué quieres hacer de tu persona y de tu vida, cómo quieres comportarte, qué clase de ciudadano quieres ser. Otras veces se refería a su pasión por el El cuidado del alma, de un tal Thomas Moore. Me dejó para dentro, ¿sabís? Comprendí que para estar bien hay que permanecer en el presente. No quedarse pegado en el pasado o en el futuro. Pasados unos minutos me invitaba a un cafecito. Anda a comprar un par de capuchinos al local del lado, pedía con una sonrisa infantil en la boca. Yo pago. Después, mientras bebíamos la aromática sustancia, seguíamos hablando de libros. Yo le narraba los argumentos de Apuntes del subsuelo, de Crimen y castigo o de Los hermanos Karamazov. O de obras de Bret Easton Ellis, Germán Marín, Michel Houellebecq y otros autores que comenzaba a descubrir. Ella hacía gestos de rechazo. Ella boqueaba como un pez fuera del agua. Encuentro medio decadente ese mundo, opinaba. Enseguida se tomaba un trago de café como para pasar el mal gusto. Después me hablaba de lo importante que es tener las cosas claras. Es la única forma,

Poesía chilena actual | Matías Rivas: Tres tragedias

SUPERMERCADO   Por influencia tuya comencé a comprar duraznos. Cuando íbamos al supermercado tú siempre comprabas un par de kilos de duraznos para tu hijo mayor. En cambio, yo partía derecho a la sección pastas y carnes. Llenaba el carro con lasañas congeladas, pizzas y salsas de tomates. Recuerdo que comprabas una docena de huevos con omega 3, queso fresco y quínoa. Más de una vez te vi llevar yogurt natural y un kilo de uvas. Hacíamos de estos encuentros un enredo fascinante de mensajes en clave con la ilusión de que pareciera casual conversar en los pasillos abarrotados de comida del supermercado más lejano de tu casa y cercano de la mía. Hablábamos de amor con susurros histéricos, nos hacíamos promesas calientes. Incluso rozábamos nuestras piernas agachados para sacar el azúcar rubia. Después nos mirábamos unos minutos. Me decías cariño en un tono suave que súbitamente cambiaba cuando venía alguien. Te gustaba tener fósforos en cantidad, por superstición. Te preocupabas de que nunca faltara en tu refrigerador el brócoli.  Con las compras listas partías a pagar, mientras te esperaba en mi auto en el estacionamiento. Lo mío eran sólo un par de bolsas que echaba atrás. Lo tuyo era alimento para tus hijos y tu marido vegetariano. Le pedías a un joven que te ayudara a llevar las bolsas a tu auto  y que las descargara en la maleta. Luego partías donde yo estaba, cortando distancia por pasillos con autos estacionados. Abrías la puerta y te lanzabas a mi cuello. “No quiero que volvamos a pasar por esto. Quiero que te cuides y te guardes para mí. ¿Entiendes amor?” Me tocabas entre las piernas para sentir si lo tenía duro. Salías dando un portazo con mi olor en tu pelo. Caminabas hacia tu auto sacudiendo tus caderas. Ibas con pantalones apretados y botas negras. Me quedaba fumando. Encendías el motor, retrocedías  y partías directo a tu casa.     RECIÉN CASADOS   La orilla café de la taza nos sale con agua caliente. El borde tiene grabado mis labios, lo que te molesta. No sé si será posible sacar la mancha con recriminaciones. Lo cierto es que gotea bajo el colchón toda la noche. Las frazadas y el cansancio tienen olor a sospecha. No avanzamos, pese a las quejas y reconciliaciones. Pero tampoco queremos dar un paso más. Te duelen las rodillas y a mí los codos. A ambos nos cuesta dormir con las mandíbulas férreas.   Me dices que escuchas cómo un niño va llorando al baño. –Yo voy, tú quédate durmiendo, que mañana tienes que salir temprano.   Te veo apagar la luz con el niño en los brazos. Miro –entre las sombras– mi ropa colgada. Escucho mi aliento seco, cortado, y las piernas rendidas. Quedan pocas horas de sueño y resignación. Mañana, seguro, ni me sentirás cuando me vaya.     CASO DESCRITO   Nos enviábamos mensajes y nos llamábamos todo el día. Se volvió rápido una relación seria. Hasta tal punto llegué a conocerla y encariñarme con ella, que un día su hija mayor me llamó papá. Nos fuimos a vivir donde su madre. Y pese a ciertas incomodidades, disfrutamos esos años. Las cosas se empezaron a poner complicadas una tarde  en la que una amiga le dijo a mi mujer que no confiara. Me había visto tomar un taxi con una compañera del trabajo. Mi mujer me empezó a subir el tono de voz. Se puso más fría en la cama, salvo cuando me enojaba. Después de pelear me llevaba al dormitorio y me mostraba su voracidad sexual de una forma  que me daba miedo y celos de que otro gozara su descaro. A los días se apagaba y volvía el rencor. Una vez al llegar a la casa me empujó. Le dije que no se dejara envenenar,  que su amiga tenía envidia por la vida que teníamos juntos. No me creyó: “Las cosas tienen que ser parejas entre nosotros, así te la haré con otro sin decírtelo,  por dignidad, tengo que sacarme esta espina”. Empecé a partir nervioso en las mañanas. Un par de meses después llegó a mi trabajo. La vi parada con ropa liviana, apretada y taco alto. “Vamos a conversar solos, no aguanto más”, fue su primera frase. Prendió un cigarrillo y me lanzó con desdén: “Me estoy metiendo con alguien”. A lo que contesté, con la garganta seca: “Esta sería tu venganza”. “No. Esto es serio. Se trata de mi felicidad y de la seguridad de las niñas”.  Mira a mi izquierda y vi cómo se alejaban mis compañeros  camino a sus casas, riendo unos, otros callados. Había mujeres que se subían a autos  y los más jóvenes andaban en grupo.  Nos sentamos y pedimos un café y fumamos. “Vine porque no quiero que vuelvas a la casa  ni que te acerques a las niñas. Está claro. Te voy a dejar toda la ropa y tus cosas donde tu madre. Esto ha sido muy terrible para mí. Por fin encontré el amor y ahora sé lo que es sentirse protegida.  No puedo pasar más miedos ni angustias contigo. No eres un mal hombre, lo reconozco. Por eso quédate con el mejor recuerdo mío y de mis hijas.  No te despidas, no quiero que sufran, no lo merecen.  Sólo te ruego que no te aparezcas más.  Es lo mejor para todos.       ______________________ Matías Rivas (Santiago, 1971) es poeta, ensayista y director de Ediciones UDP. Ha publicado los poemarios: Aniversario y otros poemas (1997), Un muerto equivocado (2011), Tragedias oportunas (2016) y Un poema de amor (2023). Los poemas publicados fueron tomados de “Tragedias oportunas”, Ediciones Tácitas, Santiago de Chile, 2016.  

Fichero | Manejo integral de residuos

«Como el perspicaz lector de El Mal Menor habrá advertido, lo que se echa de menos en los versos recién citados de Nicolás Meneses es justamente aquello que entendemos como poesía, dado que en el primer caso nos hallamos ante una descripción narrativa sin mayor brillo ni profundidad y, en el segundo, ante un testimonio similar al que podría mostrar un reportaje televisivo, sin que existan elementos retóricos que den resonancia a lo dicho, es decir, que amplíen los márgenes de sentido del texto, más aun tratándose de un tema clave -los residuos, lo residual- tanto en la estética contemporánea como en el ambiente socio-ecológico actual.» Publicado en 2019 por editorial Overol, Manejo integral de residuos, de Nicolás Meneses (Buin, 1992), es un poemario que se propone exponer la situación de aquellos trabajadores que se dedican a recoger la basura -nuestra basura- en la ciudad de Santiago de Chile. Desarrolla, para este objetivo: “una exploración de carácter documental”, como nos indica una voz anónima en una de las solapas del libro. En tal sentido, la estructura de la obra se ajusta -literariamente hablando- a este género audiovisual, ya que contiene poemas escritos en tercera y en primera persona, que se pueden asimilar, respectivamente, a la cámara (lo visual) y a las voces de los protagonistas (el audio). Como ejemplo del primer caso -lo visual- uno de los poemas (que carece de título, como todos los que componen la obra) consiste en el siguiente plano general: “El camión recolector / dobla la esquina / en sordina macabra / hacia el pasaje”. Para el caso de poemas asimilables al “audio”, se pueden hallar versos como el que sigue: “Tomamos desayuno en el camión / almorzamos en el primer parque / que nos pilla, pasamos el mes / gracias a las peguitas extra / y dicen que somos irresponsables.”  Como el perspicaz lector de El Mal Menor habrá advertido, lo que se echa de menos en los versos recién citados de Nicolás Meneses es justamente aquello que entendemos como poesía, dado que en el primer caso nos hallamos ante una descripción narrativa sin mayor brillo ni profundidad y, en el segundo, ante un testimonio similar al que podría mostrar un reportaje televisivo, sin que existan elementos retóricos que den resonancia a lo dicho, es decir, que amplíen los márgenes de sentido del texto, más aun tratándose de un tema clave -los residuos, lo residual- tanto en la estética contemporánea como en el ambiente socio-ecológico actual. En algunos textos, esta falta de “poeticidad” se intenta suplir recurriendo a un lirismo gastado, convencional, tradicionalista, como ocurre en el siguiente poema: “Entra en el minúsculo pasaje / con más autoridad que la yuta / más alboroto que el repartidor de gas / buscando el alma de los perros / la luz de quien barre su lugar en el mundo / el niño que juega con tierra / y sonríe mirando una nube.” Los tres primeros versos de este poema funcionan en clave visual, mostrándonos tanto el alboroto como la naturalidad de la llegada del camión recolector a un sector determinado de la ciudad, cosa que todos hemos experimentado alguna vez. Los cuatro versos restantes apuntan, sin embargo, en otra dirección, dando la idea -sin asidero- de que la llegada del camión recolector representa poco menos que la aparición de un ente de carácter espiritual, algo así como un redentor a la población, usando para esto, como se dijo, un lenguaje lírico gastado, agotado, que se aleja, además, del estilo documental de la obra. La construcción del recolector de basura, por otra parte, se mantiene en un plano más bien superficial, construyendo un personaje popular genérico bastante cliché. Así, Meneses nos informa que estos trabajadores desempeñan su labor: “Clavados colgando del camión / equipados con la camiseta de fútbol / y el buzo arremangado.” O que tienen que: “Mear sobre ella [la basura] / por no tener un baño cerca”, como si estas pésimas condiciones laborales fuesen una novedad para el lector. Sitúa, en otro poema, las siguientes palabras en boca de un recolector: “Juntamos los cartones / que pillamos en las rondas / sólo a veces los dejan apartados. / El Torombolo nos paga con chirlitos / pero igual nos alcanza para unas chelas / que tomamos mientras suena la radio / y nuestras voces se mueven como moscas / sobre la maleza”. En estos versos, donde el alcohol funciona como atenuante de una labor que se asume con conformismo, los trabajadores víctimas se expresan mediante un lenguaje coloquial plano, como si fuesen incapaces de reflexionar con mayor profundidad acerca de su situación en el mundo. Los dos versos finales, en tanto, están formulados mediante el mismo lirismo gastado del que se habló en el párrafo anterior, cayendo en el facilismo, en lo gratuito, en la “demagogia poética”, generando una poesía que recuerda al realismo socialista, una poesía que se quedó pegada en el pasado. Ante esto, cabe citar lo señalado por el poeta mexicano José Emilio Pacheco en su poema “El centenario de Gustave Flaubert”, específicamente aquellos versos donde señala que todo escritor “debe honrar / el idioma que le fue dado en préstamo, no permitir / su corrupción ni su parálisis, ya que con él / se pudriría también el pensamiento.”  Se agradece, finalmente, la intención del autor al exponer las condiciones en que trabajan los recolectores de basura mediante la poesía, puesto que representa un intento de integrar este lenguaje y esta forma de conocimiento al debate nacional. Los poemas contenidos en Manejo integral de residuos, sin embargo, no logran despegar, son avionetas sin motor, puesto que no escapan de los estereotipos que se han construido en torno a estos personajes, funcionando apenas como simples esbozos realistas que, probablemente, quisieron ser textos de corte objetivista. Influye en esto, quizá, el hecho de que Meneses, como se señala en el poemario, es un narrador y no todo el mundo tiene la capacidad para expresarse en ambos lenguajes. La poesía, se le recuerda al autor, debe

Panóptico | El hombre imaginario

«Estas escritoras que, en alguna etapa de sus vidas, han puesto a un hombre como centro, que han escrito sobre ellos y los han idealizado, no han sido capaces de soportar la cruda luz de la realidad, pues al descubrir en estos hombres su condición de fantasmas y sueños de su imaginación, algunas optaron por soluciones radicales.» Tal como sucede con la literatura escrita por hombres, en la escrita por mujeres también, a veces, aparece una figura inspiradora, en este caso la de un hombre que se convierte en el eje de sus vidas, rompiendo sus paradigmas, despertando su deseo, su pasión y la idea de que en alguna parte existe el amor total. Un ser que dada su perfección puede llevar a la mujer a estados de exaltación pura. Pero este tipo de relaciones, al parecer no forman parte de la vida cotidiana, por eso están teñidas por la imposibilidad, el quiebre y la decepción, pues no siempre estos hombres han estado a la altura de las circunstancias o son solo parte de un sueño. Alrededor de la figura de este ser imaginario se han escrito muchas páginas, siendo la inspiradora de grandes pasiones que han quedado en la historia de la literatura. Los casos que recogeremos se centran fundamentalmente en nuestra época contemporánea, no porque este hombre haya surgido solo en los últimos siglos, sino porque es ahora cuando la mujer ha tenido la oportunidad de publicarlo.   Violeta Parra (1917 – 1967) conoció al músico y antropólogo suizo Gilbert Favre (1936 – 1998) en su cumpleaños número 43. Los 18 años de diferencia entre ambos no fueron para ella ningún problema. El “Gringo” o el “Chinito”, como le apodaba, fue el último de sus grandes amores, antes se enamoró muchas veces, incluso algunos han llegado a afirmar que siempre estuvo enamorada. Junto al suizo vivió una aventura extraordinaria, como fue su exposición en el Museo del Louvre de París. Sin embargo, por diversos motivos estuvo varios períodos alejada de él y esto fue la fuente de muchas cartas que le envió. En estos textos, en que mezcla elementos de la cotidianidad, de la subsistencia diaria y el amor, se la ve como una creadora llena de pasión, iracunda a veces, celosa, posesiva y enamorada, pero sobre todo llena de dolor: “Un año nuevo sin ti. Mala suerte. Tengo un hombre fantasma ¿Cuándo tendré un compañero a mi lado? Parece que los chinitos no se han hecho para mí. Parece que no estoy en este mundo porque siempre me encuentro volando muy sola…”. Para Gilbert, al parecer, lo que comenzó como admiración por la artista, pasión y amor, con el correr del tiempo se fue enfriando. Son muchas las cartas en que Violeta le pide respuestas urgentes, solicita verlo pronto o lo añora: “Tu carta es bastante diversa. Se diría que ya no me quieres. No me ocultes la verdad por nada del mundo (…) Puede que tengas penas, puede que yo también tenga pena. Puede que se fue el amor y puede que no (…) claro que yo no sé si eres mío, ese es el misterio”. También en la poesía de su última etapa –que es justamente, la de la relación con el “gringo”– encontramos las huellas de este amor. En “Gracias a la vida”, por ejemplo, en el último verso de casi todas las estrofas se habla de este hombre, de su “voz tan tierna” y de sus “ojos claros”. Pero todo termina con la separación definitiva, Gilbert se fue rumbo a Bolivia donde comenzará una nueva vida, es en ese instante donde Violeta escribe este poema extraordinario que nos habla del dolor de la pérdida, del tren que se lleva a Run Run pa’l norte: “En un carro de olvido, / antes del aclarar, / de una estación del tiempo / decidido a rodar / Run Run se fue pa´l norte, / no sé cuándo vendrá / vendrá para el cumpleaños / de nuestra soledad…”. La vida para ella, después de esta partida, no volverá nunca a ser la misma, se llenará de clavos y espinas, poco tiempo después ella también partiría, pero por la puerta de emergencia: “Run Run se fue pa´l norte, / qué le vamos a hacer, / así es la vida entonces, / espinas de Israel, / amor crucificado, / corona del desdén / los clavos del martirio / el vinagre y la hiel / ¡Ayayay de mí!”.   La poeta uruguaya Idea Vilariño (1920 – 2009), fue una escritora quitada de bulla, tímida y, por lo mismo, poco conocida por los grandes públicos, pero que sin duda escribió una obra poética en torno al amor (sobre todo al desamor) de gran factura, en la que aparece la figura de un hombre ajeno, prestado, alrededor del cual va a tramar sus poemas durante muchos años. Que el hombre sea casado o inaccesible, también es una constante en la obra de Idea –el nombre se le ocurrió al padre, aficionado a la poesía–, quien se enamoró del también tímido y casado novelista Juan Carlos Onetti (1909 – 1994) y, según sus biógrafos, a él están dedicados la mayoría de sus textos de amor. Es una relación de instantes fugaces, sin embargo, fueron capaces de llenarla para toda la vida: “Tal vez tuvimos solo siete noches / no sé / nos las conté / cómo hubiera podido. / Tal vez no más de seis / o fueron nueve. / No sé / pero valieron / como el más largo amor. / Tal vez / de cuatro o cinco noches como esas / tal vez / pueda vivirse / como de un largo amor / toda una vida”. Se enamora de Onetti, la misma noche que lo conoce, según su propia confesión y comienza así una relación que les va a durar toda la vida “un hombre que llegaba a mi casa sin aviso, a cualquier hora, cerrábamos las puertas y las ventanas. Se detenían todos los relojes. Ya no sabíamos si era de día