literatura chilena actual

Dominga Schlotfeld, autora de «Faunas mentales»

«Creo que uno de los mayores actos de liberación hoy es poder admitirnos imperfectas, manipuladoras, perversas, ambiguas, tontas, superficiales y principalmente contradictorias…»  El próximo viernes 29 de mayo, Ediciones Esperpentia presentará el libro de relatos  Faunas Mentales  de  Dominga Schlotfeld Zegers (Nueva Jersey, 1996) , escritora chilena, ilustradora y licenciada en Literatura por la Universidad de Chile. Esta obra constituye su primera publicación y aborda, entre otros temas, la compleja existencia de las mujeres contemporáneas, con todas sus contradicciones. De manera lúcida, y mediante una prosa ágil e irónica, la autora nos adentra en mundos que habitualmente permanecen ocultos, pero que aquí son revelados de forma sorprendente. Se trata de una excelente primera publicación que marca, pensamos, el inicio de una narrativa de múltiples posibilidades y que será, sin duda, un valioso aporte a la cuentística chilena. Los queremos dejar ahora con una entrevista a  Dominga Schlotfeld  Zegers, a propósito del próximo lanzamiento de su libro, que se efectuará el viernes 29, a las 18:00 horas, en la Biblioteca Nicomedes Guzmán, ubicada en Guardia Marina Ernesto Riquelme 226, Metro Los Héroes, Santiago Centro. En esta actividad contaremos con la presencia de la autora y dejamos invitados a todos los lectores de  El mal menor  a acompañarnos en este encuentro.     ENTREVISTA   M.D.S.: Cuéntanos,  por favor, ¿cómo y en qué momento definiste tu vocación por la escritura? D.S.Z.:  Antes de definir mi vocación por la escritura primero tuve que descubrir, recién en mi adolescencia, en clases de lenguaje, que me gustaba la lectura. Fue leyendo a escritores como Borges, Poe y Cortázar y clásicos como el  Quijote  y  Hamlet  que aprendí que la literatura es mucho más que contar historias, que pueden o no ser entretenidas.  Aprender que no hay fondo sin forma, que más que la historia que se cuenta es cómo se cuenta, fue lo que me abrió los ojos a la creación. Porque la forma me parece mucho más interesante. La literatura puede existir en historias muy simples, pero con estructuras que la enriquecen y que hablan mucho más allá de lo que cuentan. Entonces empecé a escribir poesía. Supongo que eso fue porque en mi opinión es el género literario más exigente y a la vez experimental en cuanto a forma. Escribí poemas hasta atreverme a desarrollar narrativas, no porque sea más difícil o más fácil, o porque la narrativa esté al siguiente nivel de la poesía, diría lo contrario, sino porque intentar escribir poesía me enseñó a escribir en general.  M.D.S.: Podrías precisar tus fuentes de inspiración a la hora de escribir. ¿Cuáles son tus referentes más importantes? D.S.Z.:  En la universidad tuve que leer obras claves de diferentes tradiciones literarias. Yo diría que luego de estudiar varios clásicos, desde las épicas griegas hasta el Realismo europeo del siglo XIX, lo que más me inspiró fue ver cómo las formas de literatura “aceptadas” iban evolucionando o se iban  distorsionando a medida que la realidad del contexto epocal y geográfico del escritor/a, o más que solo de la persona, del campo cultural en el que estaban insertos, iba cambiando también. Entender esa conexión entre literatura y realidad fue muy importante para llegar a la conclusión de que se puede escribir sobre cualquier cosa.  En relación a mis referentes, más que artistas en específico, creo mis referentes son obras, principalmente latinoamericanas, que me marcaron porque fueron formas de hacer literatura que para mí eran nuevas: la narrativa introspectiva y rumiante en  La pasión según G.H  de Clarice Lispector, la estructura casi azarosa de Pedro Páramo  de Juan Rulfo, el tratamiento de las enfermedades mentales en  El alienista  de Machado de Assis, en pleno siglo XIX, la brutalidad de  Patas de perro  de Droguett, la resignificación de símbolos en  Cálices vacíos de la poeta Delmira Agustini, la representación de la marginalidad en  Hijo de ladrón  de Manuel Rojas son algunas de ellas. M.D.S.: ¿Por qué, en los cuentos de Faunas mentales, te centraste en mujeres y por qué, en un gran porcentaje, ellas aparecen definidas por problemas de salud mental? D.S.Z.:  Tengo la sensación de que a veces se espera que las mujeres que escribimos nos centremos en mujeres simplemente porque somos mujeres. Y, por un lado, eso me hace sentido: las primeras escritoras publicadas bajo su propio nombre comenzaron escribiendo aquello que hasta entonces había quedado fuera de una literatura dominada por hombres: la subjetividad y realidad de la mujer. Yo también quise seguir esa tradición de escribir sobre mujeres, por decisión, no obligación, pero me parecía equivocado —o al menos insuficiente— hacerlo desde un feminismo puramente discursivo, uno centrado únicamente en explicar cómo la sociedad afecta la vida de las mujeres, defender sus derechos fundamentales o demostrar de qué manera la diferencia femenina puede resultar útil o beneficiosa para la sociedad. Aunque indudablemente las mujeres seguimos viviendo bajo amenazas y desigualdades muy reales, ya no me hace sentido pensar que la respuesta deba ser proteger la identidad femenina de toda crítica, contradicción o representación incómoda. Creo que uno de los mayores actos de liberación hoy es poder admitirnos imperfectas, manipuladoras, perversas, ambiguas, tontas, superficiales y principalmente contradictorias. Quise reconocer que también hay neurosis, crueldad, deseo, egoísmo, fragilidad o enfermedad mental en nosotras, sin que eso implique traicionar una causa o darle automáticamente la razón a discursos misóginos. Me interesa una idea de subjetividad femenina que no necesite justificarse moralmente para merecer dignidad.  M.D.S.: En el lenguaje que utilizas en tus cuentos incorporas al castellano  muchos neologismos, palabras en otros idiomas, tecnicismos, etc. ¿Cuál crees tú que es la función de estas palabras en tus textos? ¿Por qué las necesitas? D.S.Z.:  La precisión de las palabras me importa mucho, y a veces esos neologismos, anglicismos o tecnicismos resultaron ser mejores alternativas, en mi opinión, que palabras en castellano que sí figuran en el diccionario. El lenguaje se mueve más rápido que su institucionalización, además, todos los cuentos están ambientados en ciudades contemporáneas y sus personajes, por lo general, trabajan en ambientes altamente profesionales y performativos; en

Fichero| «Tractatus Máquino-Prosimiae», de Iñaki Barasorda: Una osada iniciación

«La novela está organizada en párrafos breves, sentenciosos, muchas veces de carácter aforístico, recursos con los que Barasorda va dando vida a un ambiente surreal, tecnológico y al mismo tiempo opresivo, agobiante, dialogando con tendencias como el cyberpunk y el retrofuturismo.» Recién publicada por Ediciones Esperpentia, Tractatus Máquino-Prosimae, primera publicación de Iñaki Barasorda (Santiago, 1987), es una novela sofisticada, con rasgos distópicos y acercamientos a la ciencia ficción, donde el protagonista -un imaginativo joven del barrio alto- despliega sus reflexiones y relata sus intrincadas experiencias iniciáticas junto a Emilia y sus amigos Petaca y Archibaldo, utilizando para ello un lenguaje que va de lo poético a lo narrativo, salpicado además de “vetas ensayísticas”, como acertadamente se indica en la contratapa del libro.  La novela está organizada en párrafos breves, sentenciosos, muchas veces de carácter aforístico, recursos con los que Barasorda va dando vida a un ambiente surreal, tecnológico y al mismo tiempo opresivo, agobiante, dialogando con tendencias como el cyberpunk y el retrofuturismo. Circulan, en este mundo, referentes culturales variopintos: Los Caballeros del Zodíaco, la música de Roy Orbinson, la poesía maldita, las peliculas de David Cronenberg, por nombrar algunos, abarcando también campos como la matemática y la psiquiatría, ciencias que le permiten al protagonista exponer las extravagantes teorías que surgen de su pensamiento  híper-especulativo. Se trata, como se puede ver, de una novela poco convencional, osada, con rasgos experimentales, que le hace honor a su título, que es una referencia irónica a la obra de Wittgenstein y al mismo tiempo un acto de subversión contra el modelo de ser humano alienado, simiesco y maquinal, desconcertado, que habita las sociedades líquidas, ofreciendo una mirada crítica, recubierta de humor ácido, respecto de los delirantes y vacíos tiempos que vivimos.     Selección de textos 1.1  Manifiesto El Simio ha alcanzado el límite de su vanidad. Un empayasamiento grotesco, el maquillaje del mimo. El disfraz de la deformación espiritual, disimulada por ornamentos visualmente placenteros.   Grande, pavorido y ansioso se esconde de sus pulsiones. Busca angustiado una retroalimentación de su necesidad de afecto social y de atraer al sexo opuesto para vaciar su lasciva destemplanza.   Golpea el piso para demarcar su territorio.  Intenta salir de su jaula y recibir del mundo una efímera e insustancial compañía.  El Simio grita en la espera de comprobar su entrenamiento.   2.1 Llego a la casa de una niña rica a su cumpleaños, en un Mini Cooper S y proclamo ante mucha gente que parece rondar la entrada: «¡Alguien que llega en un Mini Cooper S negro tiene derecho a entrar sobre todos!». Era otra fiesta, pero entramos en la casa correcta, la anfitriona nos recibe y bajamos a un subterráneo. Gente que colma el lugar, pregunto cosas, me mimetizo con mi ropa hípster y bella. Doy la mano, me la reciben: risas. Miro con cara extrañada. Recuerdo a quién me abrió la puerta, tengo ganas de hablarle, pero por ahora solo conquisto territorio.  Hago un brindis. La mujer que lo recibe me mal interpreta. Se queda largo rato ahí, como si fuese lo más interesante, pero no lo es.  Soy un seductor, un cualquiera interesante, no hay «jaque».  Me miran, se extrañan, como mi mirada. La mujer acecha, por ahí, la busco, subo, la encuentro, maquino el encuentro.  Me pregunta qué hago ahí, le digo que ya nos vamos, pero no le basta para pedírmelo. Me quedo con la mirada insistente, sonríe y se burla coquetonamente. Le doy un beso y ahora el gemido va en serio, pero se espanta y se va. Llego a mi casa, una suave dosis de Ravotril, manoseos encantadores, otra noche de victorias gregarias.   2.5 (Fragmento) A Petaca lo conocí por Archibaldo mediante las redes sociales, donde nos poníamos en jaque con comentarios insultantes pero inteligentes. Eventualmente interactuamos en persona y dejamos la competencia, dando luz a la exaltación de las bajas frecuencias, en un escenario de primavera donde enlazamos nuestra estética en un solo canto al retro–futurismo y la melancolía trágica del arte.    Entre música electrónica setentera y risas, de buenos aires por venir, conversamos cálidamente sobre mi fragilidad y la situación con mi padre, que se volvió loco en una especie de arranque maniacodepresivo. –«No seas tan mariquita»”, me dice Petaca, «el rollo con tu viejo no te hace a ti una víctima de su locura y abandono». Me siento desolado, frágil. Petaca es fuerte e inteligente y al lado de él me siento débil y ambiguamente protegido. –«No lo digo por herir, sino para que confrontes tus fantasmas, que son muchos». Archibaldo concuerda. Más marihuana, unos Ravotril para apaciguar. La voz de un personaje femenino de un juego de computador en el que Archibaldo está metido me deja sedado y enamorado por largo rato, mientras solo compartimos nuestras presencias. Mi padre debe andar por los alrededores del supermercado de la cuadra de su edificio, con bata, pelado, dos cédulas de identidad colgados de su cuello y un Rolex en cada mano. Invita a los estacionadores de autos al departamento para mostrarle sus diplomas y fotografías.   4.1  Informe de divulgación Hoy he conocido, por maneras extrañas, al Dr. Bajo, fundador y eximio practicante de la Somatopía. Largos han sido los sondeos, y los resultados nos han probado estar en lo correcto.  En una biblioteca gigante, con algunos muñecos taxidérmicos distribuidos por la sala, automáticamente comienzo a indagar lo que escuché por primera vez respecto de la Somatopía. Se le divulga como una nueva forma de tratamiento terapéutica, psíquica, holográfica  y a la vez quirúrgica, destinada a «sanar la concepción errónea que existe sobre la jerarquía entre la mente y el cuerpo, éste último necesitado de severas intervenciones para comenzar un verdadero aprendizaje sobre la necesaria relación entre ambos, vedada hasta ahora para el Hombre». Fue a Petaca a quien primero le hice saber de este descubrimiento.  Se interesó lo suficiente como para investigarlo, aunque la información era escasa, por lo que terminó yendo a visitar personalmente al doctor. No sabría decir si la imagen del

Perfiles | Colmilludo

«Al irse, la señora del carrito me contó que lo lanzaron desde un auto rojo, fue unas horas antes de que el suicida llegara al puente, lo sabía, estaba segurísima, porque ella se instalaba todos los días ahí mismo y bien tempranito. El suicida, al llegar, se sentó en una banca cercana al puente a comer un sándwich. Seguro que quería morir con la guata llena. Mientras mascaba el pan el perro se le allegó y en vez de lanzarle unas migas, el weon lo pateó más fuerte que la mierda.» Atardecía y después del trabajo me fui a dar una vuelta por el centro. Tenía ganas de distraerme. Lamentablemente las calles estaban inundadas de vendedores ambulantes y costaba caminar. Recordé, mientras intentaba eludir un puesto de ropa deportiva, enseguida uno de micas para teléfonos, luego uno de perfumes alternativos, que el alcalde actual, electo hace pocos meses, había jurado, por la santísima bandera chilena, que besó, que baboseó, terminar definitivamente con esta situación. En un discurso ante sus despistados seguidores, señaló, entre otras cosas, que en la comuna había hombres y mujeres de rostros desfigurados, crispados, angustiados, hombres y mujeres, todos vecinos del municipio, sufriendo en silencio mientras se alimentaban de bolitas de helado de frambuesa y maratoneaban series. ¿La fuente del dolor? Las incivilidades, el deterioro del espacio público, la gente que escupe trozos amarillos -a veces con sangre- de neumonía en las calles, los cucarachos que mean los anuncios de Vichy, los enanizados inmigrantes indígenas -quizá jíbaros- que roban carteras y se meten en el culo de la gente gorda, hipertensa, para solucionar su problema habitacional, las putas colombianas que hormiguean en el portal de los completos, los flaites que se prostituyen en las escalas del banco de Chile, las chuscas que bromean con el pene del caballo de Valdivia en la Plaza de Armas. ¡Las calles son para transitar y yo haré que eso se respete!, gruñó el alcalde -cuando aún no era el alcalde- al finalizar su encendida perorata de cierre de campaña. ¡Oso, Oso, Oso! gritaron sus partidarios, muchos de los cuales emitían silbidos involuntarios a causa de piezas dentales ausentes. Banderas chilenas ondearon.    Para evitar el choque con los vendedores o pisotear su mercadería, su capital, su alma, decidí pasear por una parte más tranquila y me dirigí hacia el parque Forestal. De tal guisa fue instantáneo mi cambio de objetivo estratégico que, sin darme cuenta del proceso de metamorfosis (parece que me nublé), me vi yendo por Diagonal Cervantes hacia el río Mapocho para continuar, luego, caminando sobre el césped del Forestal hacia el oriente. La tarde estaba tibia, soplaba una brisa fresca y los árboles parecían ronronear. Árboles-gatos, me dije. Y lo repetí varias veces. Reía con esta ocurrencia, una risa no muy estridente, ni muy convencida, una risa que era anti-risa al mismo tiempo, que era un resguardo, cuando algunas cuadras más alla, al llegar al puente Purísima, me encontré con una aglomeración humana. Un hombre estaba a punto de saltar desde sus barandas metálicas. Detuve entonces mi andar y me ubiqué en un escaño al otro lado de la acera adyacente al río. Desde esa distancia, unos veinte metros, observé el panorama. Del suicida se veía solo la parte alta de la cabeza, tapado su cuerpo por la muchedumbre y los puestos de los ambulantes que comenzaban a dominar el lugar. Tenía el pelo negro y corto, tipo militar, y las orejas afiladas. Eso pude ver. Un perro, ajeno al evento, se paseaba entre los curiosos. Tenía el pelaje color chocolate y las patas y el vientre blancos. Lucía además un par de colmillos gigantes que comparados con su tamaño -era casi un gato- le daban un aspecto de graciosa ferocidad. Moviendo la cola lo vi dirigirse al carro de sopaipillas cuneteras y meterse, sin más, entre las piernas varicosas de la vendedora. Se trataba de una mujer mayor, baja, de contextura gruesa, que tenía un problema en una cadera y se movía con cierta dificultad. Una verdadera microempresaria, ícono perfecto -además- para promover el auto sacrificio, individual, personalizado. El perro meó una de sus piernas, fue un chorrito corto que pasó inadvertido, luego se dedicó a olisquear los restos de comida que había en el piso. ¡Ya chiquillos, acá están las sopaipillas, calientitas, recién frititas, hay mayo, hay ketchup, hay mostacita, hay pebre, hay salsa americana! anunciaba la mujer-sacrificio mientras el suicida -parado al borde del puente- era persuadido por un solitario carabinero del tránsito de que lanzarse no era una buena solución.  Estos weones, refiriéndose a los pacos, siempre echan a perder todas las weas, dijo un viejo de camisa negra y cadena dorada al pecho, mientras le echaba una dosis grosera de pebre, ketchup y mayo a su sopaipilla. Caminó luego rápidamente hacia la baranda que daba al río y con todas sus fuerzas gritó: ¡déjelo que se tire, oficial, respete su decisión! ¡Sí, que lo deje!, repitieron a coro varias de las personas reunidas en torno al puente. Gente que quería grabar y postear cuanto antes una muerte en vivo y en directo. Se especulaba, entretanto, en torno al destino del hombre, si se moriría o no, si gritaría o no, si se lo llevaría el río o no, si se desangraría o no, si se iría preso o no, porque dicen ¿será posible? que el suicidio es un delito, que la única forma de burlar la ley es matándose de verdad, no alaraqueando como los cobardes. ¡Tírate de una vez maraco, que ya va a comenzar la serie! gritó en ese momento una voz soterrada, burlesca, provocando risas también soterradas, burlescas. La vida es sagrada, amén, opinó -ante esto- una joven evangélica que llevaba una piocha con la estrella de David en la blusa. Le faltaba otra piocha, con un misil, para completar el juego. En ese momento el perro, que estaba debajo del carro, presentó una erección. Su pene rosado, flaco y largo, creció como una rosa mientras la tarde-noche, usando la jerga de los periodistas deportivos, se apagaba, se convertía únicamente en noche. El lugar comenzó a llenarse de

Fotografía digital | Un obsequio navideño

«Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.» El sábado anterior a la navidad fui al centro a comprar algunos obsequios. Digo “centro” por costumbre, puesto que el verdadero centro de Santiago y de Chile, se sabe, se encuentra en Sanhattan, ese espacio ubicado entre Providencia y Las Condes -saturado de cristal, elevadores, polvos blancos y narcicismo- donde los grupos financieros y sus zorrones administran el establo desde sus oficinas con vista al río. Era cerca del mediodía, el sol pegaba fuerte y en el paseo Ahumada y sus alrededores proliferaba el comercio navideño. Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.   Hallé variados viejos pascueros y hasta una vieja pascuera, una mujer mayor, cantante de gospels, que en San Diego, en un centro comercial, repartía dulces vestida con el asfixiante traje rojo. Y a pleno sol. Es un símbolo, me parece, de la desmejorada situación del arte en Chile, un país que no solo tiene bastante dañado el cerebro sino también el espíritu, la sensibilidad. Le queda algo de corazón, es cierto, pero el corazón es un niño de primaria que cae, siempre, en la trampa. Vi mucha gente comprando, vi también bastantes personas pidiendo plata, me encontré con algunos músicos callejeros y con varios borrachos durmiendo la mona. El ambiente era de tranquila decadencia, de lenta descomposición, de derrumbe controlado. Iba a comprar algunos obsequios ese sábado, libros principalmente -antídotos-, pero no pude evitar tomar mi teléfono y sacar las fotos que, después de haberlas editado, presento como obsequio navideño a los lectores de El Mal Menor (si es que existen).   Fotografías

Poesía chilena y jazz | Del bebop hasta nuestros días

«En Concepción, traducido en simultáneo por Fernando Alegría, Allen Ginsberg leyó «Aullido» en una época en que los poetas locales usaban camisas bien planchaditas y corbata. Fue, sin duda, un momento importante en nuestra literatura, aunque ignoro si habrá cambiado algo en la poesía de estos lares. Es decir, si marcó un hito o solo fue una anécdota.» En los años 40, en pleno apogeo del swing, surge una nueva manera de entender el jazz. Se trata de una revolución que va más allá de lo musical, puesto que, además de cuestionar la estructura repetitiva de los temas que interpretaban las grandes orquestas, se encuentra ligada a lo social, específicamente al desmejorado rol que la industria musical gringa, comandada por blancos, otorgaba a los músicos afroamericanos, siguiendo la lógica racista de gran parte de la sociedad estadounidense. Esta revolución, que finalmente transformó al jazz en un arte mayor, se fue gestado en distintos clubes gringos –como el Minton´s Playhouse, en Harlem– que se mantenían abiertos de madrugada luego de que los grandes salones de baile cerraran sus puertas. En tales clubes, los integrantes de distintas orquestas se reunían y tocaban libre e informalmente, improvisando sobre diversos temas, “releyéndolos” podría decirse, haciendo una música no bailable (al menos de forma convencional) ni comercial, sino orientada a su escucha, dando vida a lo que se conoce como jam sessions. En este contexto de libertad y bohemia surgió el bebop, dando forma a un jazz más sofisticado, complejo, no lineal, donde el rol del solista y la improvisación son totalmente esenciales, no una decoración. Como todo movimiento, este estilo no salió de la nada, puesto que recoge antecedentes de músicos del swing como Art Tatum, Count Basie, Duke Ellington y otros creadores que incorporaron elementos de mayor riesgo a sus obras. Algunos de los pioneros del bebop fueron el trompetista Dizzy Gillespie, el saxofonista Charlie Parker (“Bird”) y el baterista Max Roach, así como los pianistas Bud Powell y Thelonious Monk. Su irrupción en la escena musical gringa fue una llave que abrió la puerta a una enorme variedad de estilos, como el cool jazz, el jazz modal, el free jazz, el jazz fusion, el acid jazz y otras variantes que han vuelto extremadamente frondoso el árbol genealógico de esta corriente musical.  El alcance del bebop, por otra parte, no se circunscribe exclusivamente al terreno de la música, puesto que hubo un grupo de escritores estadounidenses que tomaron este estilo, cuya libertad creativa lo asemeja al versolibrismo, como parte de su forma de vida y de literatura. Se trata de la generación beat, movimiento literario y cultural, predecesor de los hippies, que en plena época de posguerra, años cincuenta, planteó su rechazo al conformismo y a los valores de la cultura gringa de esos tiempos –tradicionalistas, conservadores, discriminadores– ligándose con la espiritualidad oriental, la experimentación con drogas, la libertad sexual, la vida de los marginados, la crítica social y la bohemia. En ese abigarrado cóctel, que años más tarde serviría de inspiración al hippismo, el bebop era un ingrediente infaltable: “Llegamos a Nueva York, patinando sobre el hielo. Nunca tuve miedo con Dean al volante; podía conducir un coche en cualquier situación. Habían arreglado la radio y un furioso bop nos empujaba a través de la noche. No sabía adónde nos llevaría todo esto, pero no me importaba”. Así describe Jack Kerouac –en su novela En el camino– el rol del bebop: era la energía que los movilizaba, era una manifestación del ser expresándose sin ataduras. Otro de los escritores beats, Allen Ginsberg, en su poema “Nota a pie de página a Aullido” escribe: “¡Santo el quejumbroso saxofón! ¡Santo el apocalipsis bop! / ¡Santas las bandas de jazz los pasotas la marihuana la paz & droga & batería!”. Como puede apreciarse, hay una fuerte ligazón entre el bebop y los beats, una conexión espiritual –si cabe la expresión– que toca, incluso, lo netamente literario. Esto lo podemos ver, por ejemplo, en Aullido, poemario clave de los beats, donde Ginsberg, en la dedicatoria, anota lo siguiente: “Jack Kerouac, nuevo Buda de la prosa americana”, tildándolo como el creador de “una prosodia bop espontánea y una literatura clásica original”, refiriéndose al intento de los beats por desarrollar una escritura donde tuviesen cabida la improvisación, el ritmo y la jerga del bebop.  En 1960, en plena ebullición de los beats, nuestro país se conecta con este movimiento, que se hallaba en su apogeo. Esto se debe a la presencia de Ginsberg, quien viajó a Chile junto a otro poeta beat, Lawrence Ferlinghetti, al Primer Encuentro de Escritores Americanos que se efectuó en la Universidad de Concepción, invitado por Gonzalo Rojas. En una carta (disponible en DIBAM) que envía a Humberto Díaz Casanueva, Rosamel del Valle se refiere a la importancia de esta visita: “Ayer comió en casa el poeta ´beat´ Allen Ginsberg. Me llamó a N. Unidas por encargo de Fernando Alegría (…) Me parece una cosa magnífica, sobre [todo] por tratarse de esa universidad y de un poeta que mal que mal es lo más vivo que hay por ahora, con su movimiento, en los Estados Unidos.” Ginsberg permaneció durante tres meses en nuestro país. Durante un mes vivió en la casa de Nicanor Parra y el resto del tiempo recorrió el sur turisteando y buscando chamico. Respecto de nuestros intelectuales, como señala Antonio Díaz Oliva en la revista Átomo, el poeta estadounidense indicó que era “urgentemente necesario importar algunos kilos de marihuana para los escritores chilenos”, cosa que actualmente no es necesaria, puesto que tenemos una abundante producción local. En Concepción, traducido en simultáneo por Fernando Alegría, Allen Ginsberg leyó Aullido en una época en que los poetas locales usaban camisas bien planchaditas y corbata. Fue, sin duda, un momento importante en nuestra literatura, aunque ignoro si habrá cambiado algo en la poesía de estos lares. Es decir, si marcó un hito o solo fue una anécdota. Lo que se puede asegurar es que el bebop y las tendencias que lo suceden están presentes en la poesía chilena a partir

Perfiles | Antejardín

«El timbre seguía sonando. Cuidadosamente me moví hasta el mueble de la tele y la apagué. Estaban mostrando, los videos del asalto a una familia que terminó con un niño de once meses –Orlandito R– con la cabeza triturada bajo el neumático de un remolque para caballos y con su madre –Marina F– con los dos brazos cortados al tratar de rescatarlo. Así de peligroso estaba el mundo. Se me ocurrió, entonces, que tenía que armarme. Moviéndome sigilosamente, arrastrándome para que se entienda mejor, fui hasta el armario del pasillo y saqué el taladro de mi papi.» Fue el mes pasado. Era sábado y yo estaba aseando mi dormitorio cuando sentí que sonaba el timbre. Miré con disimulo a través de los barrotes de la ventana para ver de qué se trataba. No quería ser víctima de un turbazo o algo parecido. Había, sin embargo, solo una persona detrás de la reja del antejardín. Mirándolo con cuidado me di cuenta de que era el Rómulo, un ex compañero de la básica, de séptimo y octavo. Me pregunté qué querría, puesto que nunca fuimos amigos. Lo único que teníamos en común era el barrio. Su casa quedaba a dos cuadras de la mía, en el pasaje Crepúsculo. Allí vivía junto a su mamá, una señora corpulenta que todavía, supongo, se pone con su carrito de supermercado a la salida del consultorio. En las mañanas vende café y unos sándwiches que yo jamás probaría. Lo digo con conocimiento de causa, no para difamarla gratuitamente, porque cuando estábamos en la básica le mandaba como colación a su hijo unos panes bien poco higiénicos. La palta, negra. La marraqueta, con hongos. Daba pena, además, ver las camisas del Rómulo, sucias al máximo. En octavo, recuerdo, me tocó ser su compañera de cueca –fue por sorteo– para las fiestas patrias. Tuve que soportar su olor a pichi durante el mes que duraron los ensayos. Y sus evidentes ganas de meterme mano. Cuando nos encontrábamos en la calle nos saludábamos, pero eso era todo. No tenía idea qué quería ese sábado, sospechaba, eso sí, era lógico, que nada bueno, puesto que era de esos tipos que siempre andan por ahí, vegetando, fumando pitos, tomando cerveza, acosando. Se decía que era sicario. O traficante. O mula. O doméstico. O soldado. O ratero. O violador.  Los dos andábamos por los veinticinco, aunque yo los había aprovechado bien. Quería ser alguien en la vida, no una aplanaveredas. Por eso había sacado el técnico en finanzas, carrera donde tuve que soportar las insinuaciones de varios profes calentones, para que hablar de los pendejos del curso, y ahora trabajaba en el municipio, en el departamento de Tesorería. El timbre seguía sonando y empecé a tener miedo, me latía hasta el cerebro, tuve ganas de gritar, tuve vértigo, sudé cristales, el mundo está lleno de bestias salvajes, pensé y recordé los documentales de la selva que veía de niña. Nada bueno se puede esperar del Zorrillo, como le decían en la escuela, me dije y decidí no abrir la puerta. Ni loca la abriría, estaba sola y seguiría sola porque soy hija única y mis papás fallecieron hace cuatro años. Se hundió el bote en el que saldrían de paseo. Fue en Puerto Montt. Tenemos parientes allá. El timbre seguía sonando. Lo más seguro es que el Rómulo me quiera asaltar. No hay mucho que llevarse, en todo caso, me dije, e hice, mentalmente, un inventario valorizado de las cosas que había en la casa. Efectivamente no era mucho y como el Rómulo vendería rápido le sacaría poca plata. No es un buen negocio, pensé. Entonces tuve la certeza de que me quería violar, vejar, abusar. Eso era. ¿Qué más? Seguro que tiene que ver con lo del baile en la escuela, esa vez que fuimos pareja. Debe andar mal de la cabeza y el enfermo de mierda se ha pasado rollos. Recordé, entonces, que mi papi nunca estuvo de acuerdo con esa actividad. Mi madre concordaba. Nunca les cayó bien. Se referían a él como el Basura, enseguida hacían la mímica de vomitar. Cuando presentamos el baile, el Rómulo, excepcionalmente limpio, quiso darle la mano a mi papi y este se la negó. Lo imaginé tocándome las tetas. Lo imaginé asfixiándome. Lo imaginé diciéndome que me quería. Lo imaginé diciendome “mi niña bonita”. Y otra vez tuve miedo, otra vez me latió hasta el cerebro, y otra vez tuve ganas de gritar, y tuve vértigo, y sudé cristales, el mundo está lleno de bestias salvajes, pensé y recordé, por segunda vez, los documentales de la selva que veía de niña: la hiena destripando al cervatillo.  El timbre seguía sonando. Cuidadosamente me moví hasta el mueble de la tele y la apagué. Estaban mostrando, los videos del asalto a una familia que terminó con un niño de once meses –Orlandito R– con la cabeza triturada bajo el neumático de un remolque para caballos y con su madre –Marina F– con los dos brazos cortados al tratar de rescatarlo. Así de peligroso estaba el mundo. Se me ocurrió, entonces, que tenía que armarme. Moviéndome sigilosamente, arrastrándome para que se entienda mejor, fui hasta el armario del pasillo y saqué el taladro de mi papi. Tenía una broca larga y gruesa. Después me puse ropa, andaba en calzones, y me arrimé a la ventana para seguir viendo qué pasaba. Estar armada me tranquilizó un poco y me dije que estaba exagerando. Que quizá lo que quería el Zorrillo era proponerme alguna movida. La Muri, mi colega y amigui del municipio, tuvo un pololo que la estaba convenciendo de que se robaran –no sé cuándo– la plata de la recaudación del día. Luego huirían a Bolivia. Harían un paraíso en Bolivia. Tuvo que terminar con él. Estos weones siempre acaban en la cárcel, o muertos o lisiados, al final sirven para dar puros problemas, no podís ni tener sexo con ellos, son un cacho, dijo. Con un lisiado ¿por qué no?, me pregunté esa

Poesía chilena y jazz | La era del jazz

«En nuestra literatura, y en particular en nuestra poesía, que será el género a explorar en esta columna, la onda expansiva de la explosión jazzística arribó también de forma temprana, habiendo diversos poetas chilenos que en la década del veinte, y en plena eclosión de las vanguardias, hacen referencia a la música originaria de Nueva Orleans, que tal como el cine, el gramófono, los aeroplanos, el teléfono, el automóvil y otros inventos de la época, pasó a ser símbolo de modernidad.» Poco tiempo después del surgimiento del jazz en la ciudad de Nueva Orleans, suceso acaecido en la frontera de los siglos XIX y XX, uno de los escritores prominentes de la época, el estadounidense Francis Scott Fitzgerald, bautizaría a los años veinte del pasado siglo como “la era del jazz”. Este hecho da cuenta no solo de la explosiva expansión que experimentó la música sincopada en los inicios del siglo pasado –no olvidar que el término jazz aparece recién en 1913 y que el primer disco del género se grabó en 1917–, sino también de sus tempranos vínculos con la literatura, conexión que se ha mantenido vigente hasta el día de hoy, habiendo tenido momentos de intenso pololeo, como los sostenidos, entre otros, con la generación española del 27 (la de García Lorca) y el movimiento beat gringo. En nuestra literatura, y en particular en nuestra poesía, que será el género a explorar en esta columna, la onda expansiva de la explosión jazzística arribó también de forma temprana, habiendo diversos poetas chilenos que en la década del veinte, y en plena eclosión de las vanguardias, hacen referencia a la música originaria de Nueva Orleans, que tal como el cine, el gramófono, los aeroplanos, el teléfono, el automóvil y otros inventos de la época, pasó a ser símbolo de modernidad. Uno de ellos es Vicente Huidobro –Vincent por esos tiempos– quien fue uno de los primeros en integrar el jazz al diccionario de la poesía nacional. Esto ocurre, paradójicamente, fuera del territorio chileno, particularmente en Francia, en 1921, cuando publica Saisons choisies, antología de su obra en francés (con retrato de Picasso incluído), donde es posible leer dos poemas en los que el autor de Altazor se refiere a la música sincopada. En uno de ellos, “Sombras chinas”, escribe: “El jazz band de ultramar ha venido bajo las gaviotas / Y las olas tomaron un nuevo ritmo”, otorgándole -con estos diáfanos versos- una especie de bienvenida a la música de Nueva Orleans.  Tres años más tarde, en Valparaíso, en el número 1 de la revista de vanguardia porteña Nguillatún, editada por Neftalí Agrella y Pablo Garrido, podemos encontrar dos nuevos ejemplos de esta temprana conexión entre el jazz y la poesía chilena. El primero es el poema “Torbellino”, cuyo autor, Pedro Plonka, plasma imágenes en las que se puede adivinar la alegría del carrete jazzistico: “Manos lanzadas / desparraman puñados de estrellas / Él arco de los violines / enreda las serpentinas de las risas / Y las parejas pisan los petardos del Jazz-band / tomadas de la cuerda de la música / La luz araña los torsos y flancos / Las mujeres tienen soles en la cabellera…”. El segundo texto que publica Nguillatún es una greguería colorida e imaginativa de Pablo Garrido, “Los pintores de casa”, donde el poeta no solo hace referencia al jazz, que en esos tiempos estaba asociado al baile y la diversión, sino también a sus influencias artísticas: “Sus trajes nacieron para pasearse ante decorados cubistas y detrás de futuristas orquestas, con violines verdes, cellos blancos, contrabajos azules, pianos granates, cornetas chocolates y Jazz Bands cafés.” Oportuno resulta indicar que Pablo Garrido no solo fue escritor, sino también un músico destacado que en 1924 formó la Royal Orchestra, primera banda nacional de jazz, dedicándose más tarde al estudio de la música chilena.  En 1929, Juan Marín, poeta y narrador que participó en diversas revistas vanguardistas de la época, publica el breve poemario Looping, donde construye un hablante poético cosmopolita y vital, que disfruta de pilotar aviones y de la vida nocturna, espacio, este último, donde se encuentra con el jazz: “tín… tín… / tán… tán… / toit-et-moi / lirulí… lirulá / …en el agua del jazz / hay bravezas de mar”, señala en el poema “Bataclán”, usando un tono liviano y festivo, juguetón y algo banal, pero acorde a esos tiempos donde un tal J.F. (probablemente Juan Florit) le hacía la autopsia al prolífico y reconocido poeta modernista español Francisco Villaespesa, que visitó Chile en 1921, señalando, en el número 2 de la revista Ariel, publicada en 1925,  que el seguidor de Rubén Darío era: “Autor de 130 volúmenes de hojarasca y humo. 130 loros tropicales. Una torre Eiffel de sonetos. Castillos de naipes. Nido de telarañas. Andamio que carcome la polilla clásica. Victrola con los discos iguales. Poesía leprosa en este siglo de aviones, Jazz-band y Hupa-Hupa.”  No todas las miradas sobre la música sincopada, sin embargo, tienen el tono optimista, alegre y colorido visto hasta ahora. Un ejemplo de esto se halla en la obra de Pablo Neruda, quien en Anillos, libro de poesía en prosa publicado en 1926 junto a su amigo Tomás Lago, escribe: “Ahí es donde empieza su corazón a entretenerse, araña de metales nocturnos, jazz band de sonámbulos y una novia enterrada, que es la noche profunda que él la decora con luciérnagas negras…” El texto pertenece al poema “T.L.”, dedicado justamente a Lago, presentando un tono surreal, oscuro y fúnebre, con tintes góticos. Un año más tarde, en 1927, mismo año del estreno de El cantante de jazz, primera película sonora, otro de los pesos pesados de nuestra poesía, Pablo de Rokha, publica Satanás, poemario donde pasa de la estilizada oscuridad nerudiana a una mirada también oscura, aunque hermética y estridente, asociando el jazz y otro arte emergente en la época, el cine, ambos importados principalmente desde Gringolandia, al ruido, a la violencia, al dolor: “los lagartos empapelados me lamen la filosofía: / los frutos maduros del sol / lloran en mis teatros de azufre y sangre quemada, / y el problema de luto / me araña las

Perfiles | Sangre verde

«No olvidaba, además, que Heidegger –uno de sus filósofos de cabecera– postuló que “construir es habitar” y que Halloween, en tanto construcción, construía un habitar banal, alejado del gran arte y el intelecto, llevando a niños y niñas, e incluso a muchos adultos, a disfrazarse y limosnear dulces, fomentando el travestismo, la formación de identidades trastocadas y la práctica de la mendicidad. Cada 31 de octubre, ambicionaba, niños y niñas deberían conmemorar el Día de la Investigación Infantil. En tal fecha, recordando a Dieter, se vestirían con delantales blancos, todos de cuatro botones (conteniendo, simbólica y secretamente, los cuatro puntos cardinales que abarca la cruz católica; signo que, no le cabían dudas, es una esvástica en formación) y acudirían ordenadamente y de día, no perdidos en las escabrosas sombras de la noche, a universidades y academias militares y policiales a participar de charlas y prácticas científicas y de orden. A aprender a escribir reglamentos y ordenanzas, a conocer cómo se diseca una rana.»  A Roberto Meyer –opaco académico de Ciencias Políticas de la PUC– no le gustaba para nada la fiesta de Halloween. Sus razones, a diferencia de quienes reniegan de esta festividad por su carácter de instrumento neocolonial y al mismo tiempo neoliberal, principalmente gente de izquierda; o simplemente por ser una práctica foránea (aquí caben los chauvinistas simplones) que ensucia y mata la cultura nacional, borroneando figuras como la del huaso y la china o aminorando la importancia metafísica y psicosocial de una empanada de pino, un vaso de mote con huesillos o un pastel de choclo, estaban ligadas a la conmemoración de un experimento –completamente olvidado por las nuevas generaciones– que, según sus convicciones, hubiese cambiado de raíz la historia de la humanidad. «Grünes blut” (Sangre verde), lo llamó su autor, el médico bávaro Hermman Dieter, y consistía básicamente en sustituir la sangre del cuerpo humano por savia de plantas silvestres, en específico maleza de la tierra alemana, de la Heimat como la llamaba Hitler, con el fin de crear un ser humano fuerte, poderoso, un súper hombre que requiriera menos alimento, menos nutrientes, menos recursos, en definitiva, para completar su ciclo vital, estando, al mismo tiempo, conectado desde la raíz con la patria superior.El 31 de octubre de 1942, en un laboratorio secreto ubicado en un subterráneo de Berlín, junto a un equipo médico de alto nivel y autorizado por el mismísimo Fuhrer, Hermman Dieter llevó a cabo su atrevido experimento. Roberto Meyer había estudiado en profundidad el asunto y lo consideraba un momento clave para la humanidad, ya que marcaba el primer paso en la ruta a un mundo no mejor –esa es una consigna hueca de la mafia neomarxista, sostenía– sino mejorado, un mundo donde el hombre se liberaría de una parte significativa de su dependencia material y podría desarrollar el espíritu en unión profunda con la tierra natal, elevándose, a modo de ejemplo, con la música de Wagner y las obras de los artistas e intelectuales incluidos en la Gottbegnadeten–Liste (Lista de las bendiciones de Dios) que Goebbels elaboró para eximirlos de cumplir el servicio militar, permitiéndoles desarrollar creaciones para enaltecer al Tercer Reich. El intento pionero de Dieter, no tenía ninguna duda, debía ser recordado y celebrado eternamente por su significado profundo, abisal, pero había sido eliminado de la memoria humana por la nefasta alianza judío demo–marxista. Por eso la fiesta de Halloween, cuya fecha coincidía con el “Experimento Cero”, como Meyer lo llamaba, lo irritaba, pues, estaba seguro, no se trataba de una coincidencia.    No olvidaba, además, que Heidegger –uno de sus filósofos de cabecera– postuló que “construir es habitar” y que Halloween, en tanto construcción, construía un habitar banal, alejado del gran arte y el intelecto, llevando a niños y niñas, e incluso a muchos adultos, a disfrazarse y limosnear dulces, fomentando el travestismo, la formación de identidades trastocadas y la práctica de la mendicidad. Cada 31 de octubre, ambicionaba, niños y niñas deberían conmemorar el Día de la Investigación Infantil. En tal fecha, recordando a Dieter, se vestirían con delantales blancos, todos de cuatro botones (conteniendo, simbólica y secretamente, los cuatro puntos cardinales que abarca la cruz católica; signo que, no le cabían dudas, es una esvástica en formación) y acudirían ordenadamente y de día, no perdidos en las escabrosas sombras de la noche, a universidades y academias militares y policiales a participar de charlas y prácticas científicas y de orden. A aprender a escribir reglamentos y ordenanzas, a conocer cómo se diseca una rana. Soñaba eso mientras desde la ventana miraba hacia la calle ya oscura y veía pasar grupos de niños y niñas disfrazados en busca de golosinas.Hermman Dieter, lamentablemente, no tuvo éxito en su experimento, cuyos detalles técnicos me excuso de explicar –la química y la biología nunca han sido mi fuerte– dado que  los 52  gitanos y gitanas que usó cómo insumos de entrada en el primer intento y los 122 eslavos y eslavas que usó en el segundo, cuando incrementó al doble la dosis de clorofila, fallecieron rápidamente y con gran dolor una vez que la transfusión se efectuó. Hay testimonios que dicen que los gritos se escucharon a más de doce kilómetros de distancia. Aún así no fue un gran costo, pensó Roberto Meyer, ya que de todas formas estas personas –dudó antes de usar esta última palabra– estaban destinadas a morir en una eficiente cámara de gas o fusilados en un bosque lleno de claroscuros, un bosque maravillosamente romántico, luego de cavar sus propias tumbas, es decir, de conectarse con la tierra, de palparla, de olerla. Su muerte, así, no fue inútil: se sacrificaron por la ciencia, por el saber.Seguía en la ventana cuando sintió golpes y risas infantiles en la puerta. Niñas y niños del barrio habían llegado a reclamar su recompensa, niños y niñas, pensó, que son usados como ladrillos de banalidad, como clavos y tornillos en la obscena y lucrativa construcción de la frivolidad norteamericana. Fue a la cocina a buscar los dulces que había preparado con una cantidad tan potente de cianuro que con una pastillita bastaría para matar a una docena de caballos. Tomó también la maleta que había preparado con sus cosas. Los infantes recibieron los dulces y se fueron chillando de alegría.

Poesía chilena actual | «Antimujer», cinco poemas de Carolina Sepúlveda

CAMADA   Arrastrándome a cuatro patas recojo el olor de tu cuello lamiendo la sombra de tu abrazo camino con dolor de hombros y una pata menos   Tiritando de frío tiritando de miedo media perra ladrando auxilio   Han robado a mis hijos los huachos destartalados y sin padre los hijos de perra que aguardaban en las esquinas   Que alguien me acaricie el lomo Y sacie estas mamas tristes y secas que alguien encuentre a la media mujer que me dejó el vacío al medio hombre que me dejó a patadas que alguien refresque este sexo débil de perra vieja   De perra sin ojos de media perra de perra entera   Yo soy la perra palabra un trozo de carne una perra contigo una camada de sexo compartido una perra una perra pariendo gritos.     EL AGUA SE HIZO PARA DAR FORMAS A LAS COSAS   Escupo una mueca sobre el mundo esta mitad del cuerpo dañada esta mirada doble que me atraviesa con un tajo en la cara   Sobre mi cama el cuerpo de un hombre recién nacido se retuerce el temblor de su carne inútil esa máscara una melodía engañosa   Al otro lado mi madre repite el rito entre las piedras de mi padre saca la lengua y bendice   Yo me caigo una y otra vez me caigo mordiendo la piedra que me clavaron entre los ojos esa huella impertinente de hembra herida   Los ojos de mi padre me apuntan rompiéndome los sesos   Mi sexo gotea una lágrima espesa dejo que llore   El agua se hizo para dar formas a las cosas como la humedad de su cuerpo ardiendo entre roce y roce   Como la humedad de mi cuerpo ardiendo entre roca y roca   El agua se hizo para dar formas a las cosas el reflejo de un orgasmo desmenuzado y triste la erección de un parapléjico ciego y corrupto la niña que viola a un gato con su dedo   Mi perra lamiéndose la vulva escarbando con su lengua ahí mismo.     HARINA DE OTRO COSTADO   Tantas cosas perdí y ahora he vuelto con los ojos preñados colgando siendo bestia en corral ajeno con el hocico sangrando perfumado de gritos con los brazos cansados de tanta piel muerta entre las uñas de tanto dolor de tanta mugre enrojecida.     PIEL SECA   Desde mi boca un cordón amargo surge hacia ti como reptil ciego   Duele como la humedad huérfana que se acomoda en mi cama.     EL DÍA TIEMBLA EN SUS CUATRO COSTADOS   El cielo se abre escupiendo su ojo sobre mí tengo las piernas abiertas por si brota un árbol A Q U Í donde la humedad es diaria e impertinente como tu ausencia   El día tiembla en sus cuatro costados y esta isla es la más isla sólo cabemos yo y mi pelo   El día tiembla en sus cuatro costados y esta soledad que llevo rompiendo aplasta mi cara sobre la pared y mi boca muerde su boca y mi ojo mira su ojo   P R O F U N D A M E N T E.           ______________________________ Carolina Sepúlveda (Santiago, 1978). Fue becaria de la Fundación Neruda en 2003. Ese mismo año obtuvo mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral. En 2004 publica Antimujer (Al Margen Editores, Santiago), libro del cual fueron tomados los poemas de la presente selección.        

Narrativa chilena actual | Los espectros

Perteneciente a su libro de relatos Fauna menor –que será editado prontamente por Ediciones Esperpentia- “Los espectros” es uno de los catorce textos que componen esta obra donde su autor, Sergio Sarmiento, reúne, reescribe y amplía dos libros que hace un par de años publicó de forma digital: Luminarias y Fuerza de roce. Los relatos se centran en las experiencias del hombre y la mujer del Chile contemporáneo, dando cuenta de sus atribuladas y desorientadas vidas en un territorio conquistado completamente por el mercado, donde las ambiciones giran en torno al dinero, el poder, el placer y el sexo. A través de una mirada lúcida, crítica, con humor e ironía afilada, y utilizando un lenguaje sin contemplaciones ni escamoteos a la realidad, su autor, que además es poeta y editor de El Mal Menor, nos hace sumergirnos en las experiencias y reflexiones, muchas veces delirantes, de sus esperpénticos personajes. EMM Trabajé, durante tres años, en una empresa importadora de artículos de audio. Mi labor consistía en mantener los inventarios al día. Cuántos micrófonos salen, cuántos micrófonos entran, cuántos micrófonos quedan en bodega, cuántos micrófonos van a merma. Lo mismo tenía que hacer con audífonos, consolas, parlantes, cables, enchufes, atriles, tornamesas, reproductores de mp3 y cientos de artículos afines. La necesidad me llevó a ese local de calle Meiggs. No encontré otra pega acorde con mi obligación de obtener dinero y mi necesidad de seguir avanzando, aunque fuese a paso de caracol, en los relatos que había iniciado durante ese otoño, cuando después de leer Apuntes del subsuelo de Dostoievski decidí dejar mis cansadores estudios de informática y convertirme en escritor. Recibí, por supuesto, el repudio de mi madre. Si no estudiaba tendría que trabajar. En la casa no se mantenía a vagos. Está bien que te guste la literatura, desde chico que lees todo lo que cae en tus manos, pero otra cosa es creerse el mismísimo Alberto Blest Gana. Claro, porque digamos las cosas por su nombre, ser escritor no es un trabajo, es un vicio. Si fuese un trabajo lo enseñarían en la universidad. Le respondí que estaba equivocada. Primero, porque no me interesaba ser Alberto Blest Gana y segundo porque hay una universidad privada donde enseñan literatura creativa. ¿Una universidad privada? Esas universidades, hijo, enseñan cualquier mierda con tal de ganar plata ¿cómo no se da cuenta? Enseguida señaló que Raimundito, mi gemelo difunto, jamás habría tomado una decisión tan irresponsable. Raimundito, que en paz descanse, habría estudiado una carrera con buen futuro, una profesión de verdad como la misma informática que estás tirando por la borda, o ingeniería comercial o derecho como tu hermano mayor, el Luis, que siempre tiene las cosas tan claras. Mi papá, como siempre, no se atrevió a contradecir a su mujer.  Como mis progenitores no me apañaron tuve que buscar trabajo y don Ignacio, el dueño de la importadora, no resultó ser mala persona. Era amable, de maneras cuidadas, un mecánico diría que era fino, pagaba más o menos bien y no molestaba demasiado. Además, se comportaba de manera bastante paternal con los funcionarios. Demasiado tal vez con la Andrea Sotomayor, nuestra joven jefa administrativa, pero esa es otra historia. Nunca le contaré a nadie lo que vi durante los tres años que estuve en Fénix Importaciones. No quisiera arruinar el matrimonio de Don Ignacio, tampoco echarles a perder la vida a sus hijos, el Nachito y la Antonieta, ambos alumnos de un colegio de esos con infierno para pecadores. Nadie sabrá –por eso mismo– que casi todos los jueves y los martes, entre las tres y las cinco de la tarde, ambos se iban a un motel –La Góndola Azul– que está en Unión Latinoamericana al llegar a Gorbea. Nadie sabrá que muchos de los viajes al exterior de nuestro jefe eran falsos. Simplemente se trasladaba a vivir unos días a la casa de la Andrea. O efectivamente viajaba, pero no por negocios, sino con su amante a uno de esos paraísos para idiotas que se promueven en los diarios dominicales. No le contaré a nadie, tampoco, que el Suzuki full equipo de la Andrea es un regalo de nuestro jefe. Tampoco que tenían un hijo, el Felipito, que nació con ictericia, ya que nada de eso es mi problema y no tengo por qué divulgarlo. Por mi ubicación en la importadora –mi sucucho quedaba al lado de las oficinas centrales– yo era el único que estaba enterado de todas estas situaciones anómalas. Y como me hacía el que nada había visto (incluso a veces hasta cooperaba implícitamente con la parejita), tenía ciertos privilegios con la Andrea, que era mi jefa directa. Eso me permitía trabajar un par de horas diarias en mis relatos. A veces me sorprendía con un archivo abierto. ¿Cómo está el escritor?, preguntaba amablemente. Y se quedaba a mi lado y se ponía a hablar acerca de sus lecturas. Me encanta leer libros como Yo elijo y tú, ¿te sientes libre de elegir?, del gran Jorge Méndez, son obras que te obligan a decidir qué quieres aprender, qué quieres hacer de tu persona y de tu vida, cómo quieres comportarte, qué clase de ciudadano quieres ser. Otras veces se refería a su pasión por el El cuidado del alma, de un tal Thomas Moore. Me dejó para dentro, ¿sabís? Comprendí que para estar bien hay que permanecer en el presente. No quedarse pegado en el pasado o en el futuro. Pasados unos minutos me invitaba a un cafecito. Anda a comprar un par de capuchinos al local del lado, pedía con una sonrisa infantil en la boca. Yo pago. Después, mientras bebíamos la aromática sustancia, seguíamos hablando de libros. Yo le narraba los argumentos de Apuntes del subsuelo, de Crimen y castigo o de Los hermanos Karamazov. O de obras de Bret Easton Ellis, Germán Marín, Michel Houellebecq y otros autores que comenzaba a descubrir. Ella hacía gestos de rechazo. Ella boqueaba como un pez fuera del agua. Encuentro medio decadente ese mundo, opinaba. Enseguida se tomaba un trago de café como para pasar el mal gusto. Después me hablaba de lo importante que es tener las cosas claras. Es la única forma,