Maximiliano Díaz Santelices

Panóptico | Un baño de tumba en el cementerio de Montparnasse

«Después de leer un poema en honor al poeta maldito, seguimos caminando, buscando la residencia de otro escritor y fue así como agotamos calles de piedra y edificios bajos, en esa mañana luminosa de enero, con algunas nubes en un cielo de color azul. De tanto en tanto nos topábamos con otros transeúntes que en parejas o solitarios recorrían las diecinueve hectáreas, buscando una dirección entre las 35.000 tumbas húmedas y frías. No es fácil caminar entre tanta muerte, entre tanta “Piedra negra, sobre una piedra blanca” como diría el Cholo Vallejo en uno de sus poemas más famosos.»  “De cuando en cuando y a los lejos / hay que darse un baño de tumba” (P. Neruda)   ¿Qué tienen en común Charles Baudelaire, César Vallejo y Julio Cortázar además de ser escritores? La respuesta es simple. Todos están muertos y enterrados en el mismo cementerio en París, es decir, a unas pocas cuadras de distancia en esta “ciudad de los muertos” se encuentran estos grandes hombres de la Literatura. ¿Cuántos caminos tuvieron que recorrer? ¿Cuántas páginas tuvieron que escribir? ¿Cuánto sufrir, cuánto gozar? ¿Cuántas vidas tuvieron que vivir para, finalmente, “descansar” en este mismo barrio de París? Pongo descansar en comillas, porque no puedo dejar de recordar el poema de Nicanor Parra (que a todo esto está enterrado en el patio de su casa de Las Cruces, en un simple hoyo en la tierra): “claro — descansa en paz / y la humedad? / y el musgo? / y el peso de la lápida (…) / y los malditos gusanos / que se cuelan por todas partes / haciéndonos imposible la muerte / o les parece a ustedes que nosotros / no nos damos cuenta de nada…”. Cuando leo este poema (o antipoema) no puedo dejar de pensar en el destino de los muertos, incluso de los muertos “ilustres”, pues tal vez se dan cuenta de todo (ver: “La amortajada” de M. L. Bombal) y muchas veces son enterrados en lugares que ellos jamás hubieran escogido, por ejemplo, junto a la familia que los repudió o en tumbas prestadas o en cementerios, los cuales ellos nunca visitaron.  Son pocos los que pueden escoger el lugar donde “vivirán” la muerte. Incluso, si es así, sus tumbas a veces se constituyen en el lugar de visita de este nuevo personaje que aparece en las calles de las ciudades de hoy, e incluso en aquellos cementerios donde se encuentran los que jugaron en la primera división del arte, la ciencia o la Historia del mundo: el turista cultural. Personaje, por lo general, esnob e inofensivo, que viaja por el mundo detrás de celebridades muertas o vivas, o de lugares de prestigio cultural, en busca de una foto que pueda subir a sus redes sociales. Lo que antes era la peregrinación de unos devotos, fieles y conversos que viajaban, por ejemplo, en busca del Santo Sepulcro o de la Basílica de San Pedro, hoy todo esto, gracias al mercado y a la moda del viaje, es un paquete turístico transable en divisas de distinto tamaño o color, disponible para estos turistas. Hacía mucho frío cuando nos dirigimos, una mañana de fines de enero, desde la estación del metro “Raspail” hasta la entrada del cementerio Montparnasse, bajo un sol de invierno en París. Estaba muy interesado en recorrer este sitio buscando las tumbas de algunos escritores (hay mucho, poco tiempo y hay que escoger, como en el Louvre).  El panorama era bastante desolador, a pesar del cuidado europeo del recinto inaugurado en 1824, pues es un cementerio que nos recuerda a la muerte, nuestra mortalidad y, también, la vanidad de las construcciones que hablan de la riqueza del que está depositado y de su familia. Muy lejos de esos parques a la moda norteamericana, llenos de pasto y pequeñas plaquitas, para que nos olvidemos que allí abajo, en las raíces, la gente se pudre. Poca gente a esa hora de la mañana recorría las tumbas, buscando algún familiar o, tal vez, perdidos como nosotros, persiguiendo la tumba de alguien famoso, que apareció nombrado en esas guías tan cómodas de la red, al son de títulos como: ¿Qué hacer en París en tres días?  París se presta para todo, es la ciudad emblema del turismo, para todo tipo de turistas, incluso los culturales, gracias a que el general nazi Dietrich von Choltitz, quien, según la leyenda, desobedeciendo a Hitler, no destruyó los monumentos de la Ciudad Luz en 1944. Después de mucho andar buscando, entre este laberinto de lápidas (perdón, por el cliché), sin mapas que nos hubieran servido mucho y luego de recorrer muchos patios llegamos, por fin, hasta donde se encontraba la primera tumba que queríamos visitar, la del poeta Charles Baudelaire (1821 – 1867), padre y profeta de la poesía moderna. Para aquellos que no lo conocen, sepan que es imposible entender la poesía contemporánea si no has leído “Las flores del mal” (1857). En vida la relación con su padrastro, el general Aupick, siempre fue conflictiva, el militar representaba todo aquello contra lo que el poeta luchó (¿Puede haber, sobre todo en nuestra época, dos vocaciones tan opuestas?). Baudelaire fue, diríamos, un dandy y un antisistémico:  un poeta maldito que experimentó y sobrepasó los límites morales de su época, rebelándose en contra de la vida burguesa de la cual provenía, usando drogas, enamorándose de prostitutas y, para mayor escándalo, de raza negra. Además, escribió (y esto es lo verdaderamente importante) varios poemas que fueron condenados por inmorales y otros que abrieron todos los caminos de la poesía actual, es decir, él cambió la poesía para siempre.  También participó en estallidos sociales en donde, desde las barricadas, llamaba a fusilar a su padrastro, por conservador y reaccionario.  Pero la sífilis (como a otros artistas de la época) lo fue consumiendo poco a poco, hasta que, a los 46 años, el 31 de agosto de 1867, falleció, y su madre decidió enterrarlo en la tumba familiar, donde había sido inhumado su padrastro diez

Panóptico | El litoral de los poetas

«Este balneario cuyas playas de arenas negras, semejantes a muchas de Europa, sirvió de inspiración a las familias ricas de la época para crear su propia Costa Azul, con palacetes, mansiones y casas señoriales, construidos con materiales importados, traídos desde el otro lado del Atlántico, para una aristocracia cuyos descendientes hace ya rato los abandonaron por otras posesiones mucho más exclusivas y menos accesibles. Hoy, en ruinas, sirven de albergue a veraneantes de escuálidos fondos, gente popular que veranea con poco.» “Todo es poesía / menos la poesía” (N. Parra)   A una hora y media de Santiago, en auto o en bus, directo por la Autopista del Sol o por la Ruta 68 (desviándose hacia la costa en Casablanca) llegamos al Litoral Central o, como fue bautizado por algún siútico, publicista y/o experto en marketing: “El Litoral de los poetas”. Hace muchos años, cuando aún no tenía este nombre tan rimbombante, se podía llegar en un tren de carros de madera que partiendo de la Estación Central pasaba por largas y silvestres estaciones con nombres como: Padre Hurtado, Talagante, El Monte, Melipilla, Leyda, para luego cruzando algunos túneles llegar a la estación del puerto de San Antonio, que quedaba justo donde hoy está la entrada a un mall-casino con forma de barco “pseudocubista”. Así luego de varias horas, vendedores con canastos en los pasillos y con la cabeza asomada por la ventana, se arribaba a la estación Cartagena, sitio del que hoy, tras el incendio que la afectó en 1999, queda solo una reproducción de utilería, recuerdos, vestigios de carros estacionados o alguna que otra foto en sepia. “El litoral de los poetas”, esta audaz sinécdoque fue usada, suponemos, debido a que tres poetas chilenos (quizá los más “importantes”) en distintos momentos de sus vidas buscaron refugio y soledad en sus costas, huyendo como diría Fray Luis “del mundanal ruido” para poder escribir sus versos. Claro que hoy esto es una utopía, especialmente durante los meses de verano, donde estas playas sufren la invasión de un depredador natural: los veraneantes, a quienes muy poco les importa la obra de estos artistas, pues buscando “desconectarse” de sus productivas vidas y equipados con aparatos, cada vez más sofisticados, reproducen con una potencia inusitada, la música de moda para ellos y todos sus vecinos. Además, dejan cicatrices en la arena, infinidad de envases de todo tipo, basura de distintos colores que otros veraneantes aumentarán con colillas de cigarros, pañales desechables, botellas, latas, suciedad humana que perdurará años, décadas. Hace unos días leí la noticia que, en una playa de la comuna de El Quisco, encontraron un envase de un helado de la década del ‘70 del siglo pasado, casi intacto. ¡Cincuenta años enterrado! En fin, dirán algunos, es el precio del descanso. Durante la primera mitad del siglo XX en Cartagena, sobre un cerro, vivió el poeta Vicente Huidobro, padre del Creacionismo, quien afirmaba que era el primer y único poeta que había existido, pues los demás solo copiaban la realidad y solo él era un creador auténtico. Su familia fue dueña de gran parte de esta ciudad en la que pasó sus últimos años. Este balneario cuyas playas de arenas negras, semejantes a muchas de Europa, sirvió de inspiración a las familias ricas de la época para crear su propia Costa Azul, con palacetes, mansiones y casas señoriales, construidos con materiales importados, traídos desde el otro lado del Atlántico, para una aristocracia cuyos descendientes hace ya rato los abandonaron por otras posesiones mucho más exclusivas y menos accesibles. Hoy, en ruinas, sirven de albergue a veraneantes de escuálidos fondos, gente popular que veranea con poco. Así se fue transformando desde un balneario de lujo para la aristocracia, hasta uno muy proletario, muy lejos del sueño y de las aspiraciones de las familias de clase alta que lo visitaban hace un siglo. Para llegar a la que casa donde vivió y murió Huidobro, hay que subir cerros de calles sin pavimentar, al costado casas bajas muy precarias nos dan la bienvenida. Después de varias curvas polvorientas, arribamos a un museo bien estrecho y un tanto prescindible, con el que la fundación, que cuida la memoria del poeta, nos quiere informar quien fue este hijo de la aristocracia chilena. Con paredes atiborradas de fotos de su vida, llenas de reproducciones y muy pocos documentos originales pues, según se dice, los herederos del poeta vanguardista los mal vendieron o los regalaron. Lo bueno es que nunca hay gente, ni grandes colas a la entrada.  Algunas cuadras más arriba de la casa-museo, sobre una colina que domina la ciudad, que está cada vez más cerca con sus construcciones modernas, pero espantosas, está su tumba. “Abrid la tumba / al fondo de esta tumba se ve el mar”, dice en la lápida y no faltó el borracho idiota que hizo caso a la instrucción y trató de abrirla, y otros que, como homenaje, llenaron la tumba, del creador de ese lenguaje inaugural y cósmico de Altazor, con grafitis y botellas vacías. Hoy la tumba está abandonada, rejas rotas y jardines, hace años inexistentes, la rodean. Pienso en eso mientras camino por la terraza de Cartagena, entre la playa grande y la chica, fotografiando el deterioro de las casas, algunas verdaderas hazañas arquitectónicas, aún en pie, que  miran al mar o las placas que han puesto los fieles en agradecimiento a “La Virgen del Suspiro”, entonces  recuerdo los versos de Enrique Lihn que creo que habría que releer a la luz de este paisaje: “…una ruina de lo que no fue entre los restos de lo que fue un / balneario de lujo / hacia 1915, con mansiones de placer señorial convertidas en / conventillos veraniegos…”. Hacia el norte, en una localidad con una hermosa playa, Neruda compró una cabaña de piedra para refugiarse con su mujer de entonces, Delia del Carril, después de la Guerra Civil Española, en esa época a este sector se llegaba solo a caballo y, según la tradición, fue el poeta quien la bautizó como Isla Negra.

Panóptico | Al poeta Héctor Figueroa Muñoz

“Te ocultabas en trabajos lejos de la poesía de salón, de la academia, lejos de los circuitos ´correctos´, adentrándote en ese espacio que tanto apreciabas: el del ciudadano de a pie, del que se embriaga para tapar la realidad, del que no le alcanza el sueldo para llegar a fin de mes, de las mujeres que se venden, del poeta borracho que quiere morir joven dejando una leyenda tras de sí.” “Así es la soledad, el encanto de escribir perfectamente borracho” (H.F)   La última vez que te vi fue en la Posta Central, allí en la calle Portugal. Estabas en una pieza solo. Creo que me reconociste, aunque no podías hablar, pues tenías puesta una mascarilla de oxígeno, pero me sonreíste quizá pensando en un poema. Hace varios años que no nos veíamos. Pero eras tú mismo: Héctor, Titín, el Chico Figueroa. No pude estar mucho rato contigo, había varias personas esperando. Estábamos despidiéndonos. Lo sabías. Yo también lo sabía. Pero ¿qué decirte, qué palabras inventar en ese momento? Recuerdo que te di saludos de mis hijos a quienes me ayudaste a cuidar durante muchas vacaciones, en el Litoral Central, de padre recién separado. Me sonreíste por segunda vez. Te tomé una mano, y mintiéndote te dije que tuvieras fuerzas, que ibas a salir pronto de allí, que teníamos (tenías) poco tiempo, pues había mucha gente afuera que quería entrar a verte. Te di un beso en la frente. Salí y la realidad de un pasillo de hospital público me golpeó, la gente aglomerada, la gente pobre sufriendo la burocracia de la salud. Bajé las escaleras, afuera hacía mucho calor, el sol golpeaba fuerte esa tarde de enero, caminé hacia el Barrio Lastarria, buscando sombra, dándole la espalda a la muerte, a tu agonía y a los cientos de desahuciados que a esa hora agonizaban en todos los pisos de la Posta.  Pocos días después, sentado en la sala de embarque del aeropuerto de Santiago, minutos antes de iniciar un largo viaje hacia el invierno, recibí la noticia en mi celular, te habías ido, habías salido de escena, habías tirado la toalla, habías colgado los guantes definitivamente. Quizá era lo que querías. Terminar por fin con la función y comenzar con la leyenda de un poeta que muere en la Posta Central antes de cumplir 50 años. Pero la verdad es que, tal como dijiste en un poema, solo te nos habías adelantado. No pude asistir a tu funeral, estaba a miles de kilómetros de distancia de esa tumba que te recibió, después de los discursos de los viejos amigos. Nos habíamos conocido mucho tiempo antes, en los años ’80, en plena dictadura, en un colegio del centro de Santiago, cuando apenas eras un adolescente de 15 años y yo un profesor de Castellano recién egresado. Al comienzo eras uno más de los 45 alumnos de tu curso, hasta que poco a poco comenzaste a destacar con tus opiniones, con las largas y bien redactadas respuestas en tus pruebas. Eras distinto. No he encontrado muchos como tú en todos estos años. Con algunos de tus compañeros, interesados en la Literatura, hicimos una revista escolar en agosto de 1986, muy precaria, escrita a máquina, fotocopiada. Se llamaba “Laberinto”, en homenaje a Borges, muerto ese mismo año y, en la portada, Neruda. En esa revista de un número único, horriblemente diagramada y en cursiva, aparecieron publicados tus primeros poemas, estabas en segundo medio y ya eras un poeta. Y también un alumno modelo, especialmente en las humanidades, el hijo que toda madre quiere, bien portado, de uniforme y raya en el pelo. Después vino la época de tus lecturas compulsivas de poemas y también de los talleres literarios, en ese tiempo te invité a uno en la USACH, recuerdo la primera vez que fuiste, por dos cosas. La primera, que nos impresionaste a todos por la capacidad que tenías para citar autores y lecturas, se notaba que habías leído mucho. Te veías muy maduro para ser solo un escolar. La segunda que a la salida nos recibió, en la Alameda con Ecuador, una lluvia de bombas lacrimógenas y de piedras, era un día de protesta en contra de Pinochet. Ese era el contexto en que nosotros, ingenuamente, queríamos hacer Literatura, no panfletos.  Pero ya en ese tiempo algo en ti había ido cambiando, la poesía se había metido en tu ser, y poco a poco habías dejado de ser un “alumno modelo”, para lentamente convertirte en el “inútil de la familia”.  Creíste en la desmesura, el despropósito. Creíste que el poeta debe llevar también una vida de poeta, claro, leíste a Baudelaire, Rimbaud, Lautremont y comenzaste el camino del “amarditado”, del poeta marginal, subterráneo, del copete, del faltar a clases, de abandonar tus estudios, pues la poesía está en la calle. Y mientras algunos de tus compañeros poetas buscaban “la fama” en los circuitos correctos, conociendo y adulando a la gente correcta, arrodillándose frente al poder de una beca en el extranjero. Tú, por disposición anímica, por personalidad, te ocultabas en trabajos lejos de la poesía de salón, de la academia, lejos de los circuitos “correctos”, adentrándote en ese espacio que tanto apreciabas: el del ciudadano de a pie, del que se embriaga para tapar la realidad, del que no le alcanza el sueldo para llegar a fin de mes, de las mujeres que se venden, del poeta borracho que quiere morir joven dejando una leyenda tras de sí.  Con el paso de los años el taller de la USACH se cerró y los sobrevivientes formamos otro más informal, nos gustaba juntarnos a conversar de Literatura, de la realidad o de lo que fuera. No había un líder o alguien que lo dirigiera, pero nos reuníamos en la casa de alguno o en un bar a leernos y a destrozarnos sin piedad ¿Te acuerdas de esas reuniones? Había mucho humo, ruido de copas o vasos, alguien leía un poema y después de un silencio largo, el veredicto: lapidario, sanguinario, desprovisto

Panóptico | Una noche en NYC con Lee Konitz

“No había (como esperaba) una multitud afuera, o una marquesina de luces anunciando al músico, sino un cartel muy sobrio que en letras pequeñas describía el show. ¿A nadie le importaba que Lee Konitz tocara esa noche? ¿Acaso, para esta ciudad, que tocara esta leyenda era un hecho que, entre tantos otros que ocurrían, daba lo mismo?” Generalmente en enero en New York hace mucho frío, especialmente de noche y, más aún, si uno viene del verano de Sudamérica. Pero esa noche del 27 de enero del 2017 había varios grados sobre cero, cuando decidí aventurarme por las calles de “La ciudad que nunca duerme” (o nunca dormía) y dirigirme en metro hacia “The Jazz Gallery” en Broadway St. Donde se suponía que iba a tocar Lee Konitz. Había visto el anuncio en internet, entre muchos otros sitios de jazz que hay NYC.  ¿Lee Konitz, sería posible? Con mi fatalismo, muy chileno, pensaba que debía ser un alcance de nombre o quizá un truco para atraer a incautos turistas culturales.  Claro mis dudas eran razonables, pues el saxofonista alto debía tener 89 años y había tocado, entre otros, en los años ‘50 junto a Miles Davis participando de la grabación de “Birth of the cool” de 1954, disco fundamental para entender el desarrollo del Jazz contemporáneo. El disco había sido grabado unos años antes, cuando Konitz tenía un poco más de 20 años.  Por eso, no podía creer la suerte que tenía de ver a esta leyenda del Jazz en vivo, me parecía un privilegio, un regalo. Además, verlo tocar en un club de NYC, en una noche de invierno, era un doble regalo. Así que, con el poco inglés que manejo y el mapa de la ciudad en la cabeza, me dirigí desde mi hotel, cercano a la 5ª avenida, a tomar el metro. En esta ciudad nadie parece extranjero o inmigrante, la mezcla de razas, de colores, de idiomas, de modas es una constante. Desde ejecutivos caucásicos con trajes elegantes, mujeres sofisticadas que trabajan en Manhattan, raperos o músicos de metro, latinos que hablan un español caribeño, hasta negros recién llegados de África. Todos en el metro y cada uno en su mundo, nadie pendiente del vecino, todos atrapados por su iphone, algunos pocos de algún libro o del diario, todos viajando en el subway, pensaba, a “velocidades incomprensibles”, como diría Enrique Lihn. Al bajarme en la estación, subí ansiosamente las escaleras, de acuerdo con el anuncio había dos funciones: una a las 19:30 y otra a las 21:30, iba atrasado para la primera y muy adelantado para la segunda, pero, en fin, cuando llegué a la dirección, no había (como esperaba) una multitud afuera, o una marquesina de luces anunciando al músico, sino un cartel muy sobrio en la entrada que en letras pequeñas describía el show. ¿A nadie le importaba que Lee Konitz tocara esa noche? ¿Acaso, para esta ciudad, que tocara esta leyenda era un hecho que, entre tantos hechos que ocurrían, daba lo mismo? El lugar era un edifico, como hay miles en NYC, nada exterior permitía adivinar lo que estaba ocurriendo adentro. En la entrada solo un hombre joven, con aspecto de latino, sentado en una butaca parecía esperar a alguien, tenía en sus manos un maletín que, se adivinaba, contenía un instrumento musical. Le hablé en español y le pregunté si allí era el club de jazz, pero no entendió, solo hablaba inglés. De la manera que pude le pregunté nuevamente y me señaló un ascensor y que subiera. Era todo muy raro, no había nadie más, no se escuchaba música, es decir, ninguna de las señales que uno esperaría. Pero confiadamente subí al ascensor que era muy antiguo y muy grande, marqué el único piso habilitado y esperé que se cerraran las puertas y con un ruido de máquinas pesadas lentamente comencé a subir. Era tan lento que pensé que me iba a quedar atrapado y que nadie sabría que estaba ahí, a miles de kilómetros de Santiago de Chile. Pero, inesperadamente, el ascensor se detuvo, supuse que en el piso correspondiente, pues el letrero de luces parecía que hace años que no funcionaba. Bajé y, por fin, escuché muy a lo lejos el sonido inconfundible de un saxo y un piano. Traspasé dos puertas de madera y cristal, muy pesadas, caminé por un pasillo en el cual habían colgados abrigos, chaquetas, parkas, gorros y bufandas, hasta llegar a otra puerta más pequeña que daba a la entrada a un pequeño recibidor, donde una mujer ya mayor, me dijo (fue lo que entendí) que el show ya había empezado, pero que en 30 minutos más habría otro, que la entrada costaba 30 dólares (que a mí a esa altura me sonaba “free”)  los pagué (creo que nunca he pagado una entrada más feliz) y me dijo que si quería, me podía quedar al final del primer show, no lo podía creer. Esa era mi noche de suerte. Por fin, pude mirar el lugar era una especie de loft o departamento con una gran sala, en la que al fondo había armado un pequeño escenario, donde en un piano de cola tocaba un hombre joven y, sentado en una silla otro hombre, de pelo blanco y de lentes oscuros que tocaba un saxo alto. Me llamó la atención verlo sentado tocando una balada, pero su instrumento sonaba poderoso y llenaba el espacio que completaban sillas plegables, dispuestas como en un teatro, no éramos más de cien los espectadores que escuchábamos como devotos de una iglesia el sonido de ese maestro, testigo directo y colaborador de los grandes maestros en la gran época del jazz en el siglo pasado. Había llegado al final del primer show, por lo que tuve que esperar en la última fila de pie. La gran mayoría del público eran viejos amantes del jazz que miraban y escuchaban sobrecogidos los sonidos puros de ese saxo. De improviso, para finalizar, un hombre que estaba sentado en la última fila