«La obra en cuestión fue publicada en 1916 -exactamente hace 110 años- y lo que en ella asoma rima bastante con lo que se vive hoy en día, más de un siglo después, en muchas partes del planeta, yendo en una dirección diferente a la difundida afirmación -atribuida a Heráclito- de que lo único constante es el cambio.»
Habitualmente oímos hablar del progreso que implica el capitalismo, señalándolo como la única opción válida -y realista- para el desarrollo de las personas y los países. Leer Poemas de Chicago del norteamericano Carl Sandburg (1878-1967), sin embargo, hace que un individuo normal, no alguien abducido por la prensa, las redes sociales y el marketing de Nestlé, ponga seriamente en duda tales afirmaciones. Esto porque la obra en cuestión fue publicada en 1916 -exactamente hace 110 años- y lo que en ella asoma rima bastante con lo que se vive hoy en día, más de un siglo después, en muchas partes del planeta, yendo en una dirección diferente a la difundida afirmación -atribuida a Heráclito- de que lo único constante es el cambio. Poeta, biógrafo, periodista, cantautor y sindicalista, Sandburg formó parte del “Renacimiento Literario de Chicago” junto a escritores como Theodore Dreiser, Sherwood Anderson y Edward Lee Masters, movimiento de inicios del siglo XX que buscó revitalizar la poesía norteamericana a partir de las formas de vida y la cultura de la época. En ese marco, los textos que Sandburg incluye en Poemas de Chicago se enfocan en la gente común y corriente, obreros y obreras, niños, tenderos, pescaderos, granjeros, cesantes, prostitutas, haciéndonos ver la situación en que se encuentran ante el desbocado y desregulado avance del capitalismo industrial en una ciudad que rebosa de inmigrantes. Significativo, en este aspecto, resulta el poema “Mamie”, que muestra a una chica de un pueblo rural que sueña con el romanticismo de una gran ciudad y se va a Chicago, donde termina trabajando “por seis dólares a la semana en el sótano de los almacenes Boston”.
En su recorrido por la ciudad, a la manera de un Baudelaire con espíritu social, Sandburg da cuenta de una amplia variedad de problemas sociales -la inmigración es uno de ellos- todavía vigentes en las sociedades actuales. En el poema “Excavadores”, por ejemplo, vemos a un grupo de cesantes que miran a unos obreros que, hundidos en el fango, pala en mano hacen zanjas para las tuberías del gas, horrorizándose la mitad de ellos ante la posibilidad de hallarse en tal brutal ocupación y pensando “Los otros diez: “Dios, ojalá yo tuviera ese trabajo””. En “Anna Imroth” nos encontramos con una obrera fallecida en el incendio de una fábrica. Su suerte, nos dice Sandburg, radica, por una parte, en los designios divinos, y por la otra “en la falta de salidas de emergencia”. En “Mag” nos encontramos con un inmigrante, sobrepasado económicamente, que lamenta el hecho de haberse casado y tener hijos, deseando: “Que los niños nunca hubieran venido / Ni el arriendo, ni el carbón ni la ropa por pagar / Ni el almacenero que reclama la deuda / De sus frijoles y ciruelas en efectivo.” En “Listo para matar”, el hablante se enfrenta al monumento de un general “a caballo, con la bandera y la espada y revólver en mano”, resistiéndose a rendirle honores, puesto que no se han levantado monumentos para quienes de verdad trabajan y dan alimento. Con ciertas dotes de vidente, además, en “Graceland”, Sandburg se refiere a este lugar como: “Mausoleo de un millonario / un multimillonario mejor dicho, damas y caballeros / lugar de reposo de los muertos, donde gastan al año / la usurera suma de veinticinco mil dólares / por el mantenimiento y los adornos florales / para conservar vivo el recuerdo de los muertos”, concordando con el destino actual de la mansión donde reposan los restos de Elvis Presley y algunos de sus parientes.
Usando el verso libre, heredero en tal sentido de Walt Whitman, la escritura que Sandburg despliega en Poemas de Chicago se encuentra exenta de alambiques, abstracciones, laberintos y figuras retóricas retorcidas, desarrollando una poesía luminosa, sensible, realista pero no panfletaria, que 110 años después de su publicación se sigue leyendo como en vivo y en directo. Humaniza así una ciudad ampliamente (des)conocida por las películas de mafiosos y su escuela económica orientada al extremismo de mercado. Habría que agregar, además, el carácter vitalista de su poesía, puesto el autor, nacido en Illinois e hijo de inmigrantes suecos analfabetos, antes de dedicarse a la escritura tuvo diversos oficios, empleándose como repartidor de leche, portero, albañil, trabajador del campo, sirviente de hotel, carbonero y voluntario en la guerra hispanoamericana, experiencias que le aportaron un conocimiento cara a cara de la vida de la gente común.
Los dejo ahora con una breve muestra de este escritor norteamericano, clave en la modernidad poética gringa. De seguro su lectura traerá al lector reminiscencias o flashes de la vida actual, que, con otra tecnología, más avanzada, no ha logrado superar (no creo pertinente poner “aun”) las barreras de la injusticia social, el egoísmo, la violencia absurda y la explotación, tal como podemos ver en Poemas de Chicago.
Muestra de poemas
MAMIE*
Mami se daba de cabezazos contra los barrotes de un
pequeño pueblo, en Indiana, y acunaba sus sueños
románticos, de cosas de veras grandes, muy lejos,
en algún lugar al que llegasen todos los trenes.
Veía perderse el humo de las locomotoras allí donde
los rieles de acero centelleaban al sol, y cuando
llegaban los periódicos con el correo matutino
se enteró de que existía un gran Chicago muy lejos,
adonde llegaban todos los trenes.
Se hartó de los chicos de las barberías y de la cháchara
en correos y los cotilleos en la iglesia y de las viejas
melodías que tocaba la banda el 4 de julio
y el Día de los Caídos
y sollozaba al pensar en su destino y se daba de cabezazos
contra los barrotes y a punto estaba de quitarse la vida
cuando se le ocurrió la idea de que, si iba a morir, lo mismo
le daría morir en busca de un poco de romanticismo
por las calles de Chicago.
Tiene ahora un trabajo por seis dólares a la semana
en el sótano de los almacenes Boston.
y aún hoy se sigue dando de cabezazos contra los barrotes
de la misma manera de siempre y se pregunta si
no habrá un lugar más grande y al que lleguen los
trenes de Chicago, un lugar donde tal vez haya
romanticismo
cosas de veras grandes
sueños que se hagan realidad
y que nunca se hagan añicos
EXCAVADORES**
Veinte hombres miran a unos obreros
Apuñalar a paladas una zanja
En cuyos costados el barro arde amarillo
Hunden las palas cada vez más y más hondo
Para instalar las nuevas tuberías de gas
Se secan el sudor de la cara
Con rojos pañuelos
Los obreros excavan… paran… liberan
Sus botas del barrial donde chapotean
De los veinte que los miran
Diez murmuran: “¡Es un trabajo infernal!”
Los otros diez: “Jesús, ojalá yo tuviera ese trabajo”
ANCIANA*
Traquetea el último tranvía obstinado con el eco
que le devuelven los edificios y el pavimento horadado:
los faros desdeñan la bruma
y clavan los rayos amarillos en la lluvia lenta y fría;
contra una ventanilla aprieto la frente
y, con mareo, contemplo las tapias, las aceras.
Los faros hallan el camino,
desaparece la vida de la humedad y el fárrago…
Solo una anciana hinchada, desmadejada, agotada,
abandonada, remota caminante de otro tiempo,
se acurruca en un portal en pos del sueño,
sin techo.
ANNA IMROTH*
Cruza las manos sobre el pecho, eso es.
Endereza las piernas un poco más, así.
Y llama, que venga el coche y se la lleve a casa.
Su madre llorará un poco, igual que sus
hermanas y Hermanos.
En cambio, todas las demás pudieron bajar y
están sanas y salvas y esta es la única de todas
las obreras de la fábrica que no tuvo suerte
al dar el salto cuando se declaró el incendio.
Está en manos de Dios y en la falta de salidas de emergencia.
CALLEJERA**
Entre las sombras, donde se cruzan dos calles
Acechando en la oscuridad una mujer aguarda
Que la policía desaparezca para ponerse en acción
Una sonrisa quebrada surge desde su rostro huesudo
Demacrado, sobrepintado, de ojos desesperados
Toda la noche ofrece a los transeúntes lo que quieran
De su belleza arruinada, de su cuerpo gastado, sin condiciones
Y no hay interesados
LISTO PARA MATAR*
Diez minutos llevo mirándolo.
Por aquí he pasado antes muchas veces y me he extrañado.
He aquí un monumento en bronce, recuerdo de un famoso general
a caballo, con la bandera y la espada y revólver en mano.
Cuánto me gustaría hacer añicos todo ese catafalco,
reducirlo un montón de escombros, que se lo
lleven a la chatarrería.
Te lo diré con toda claridad:
luego de que el granjero, el minero, el tendero, el obrero,
el bombero y el camionero
hayan sido recordados en monumentos de bronce,
dándole la forma del trabajo que hacen para conseguirnos a todos
algo que comer, algo que vestir,
cuando apilen unas cuantas siluetas
recortadas contra el cielo
aquí en el parque,
y rememoren a los auténticos forzudos que hacen el trabajo
del mundo, que dan de comer a la gente en vez de aniquilarla,
entonces, a lo mejor sí que me plantaré aquí
a contemplar con tranquilidad a este general del ejército
que enarbola su bandera al viento
y cabalga como un demonio en su montura,
listo para matar a todo el que se le ponga por delante,
listo para que corra la sangre roja por la hierba nueva y
tierna de la pradera, y que la empapen las entrañas
de los hombres.
MAG**
Quisiera, por Dios, nunca haberte visto, Mag.
Que nunca hubieras dejado tu trabajo por venirte conmigo.
Ojalá nunca hubiéramos comprado una licencia y un vestido blanco
para casarte ese día que fuimos corriendo a ver al juez
y le dijimos que nos amaríamos y nos cuidaríamos
por siempre, mientras perduren el sol y la lluvia.
Sí, ahora deseo que vivieras muy lejos de aquí
Y yo andar, vago en un vagón, a mil millas de esta ciudad, 100% arruinado
Que los niños nunca hubieran venido
Ni el arriendo, ni el carbón ni la ropa por pagar
Ni el almacenero que reclama la deuda
De sus frijoles y ciruelas en efectivo
Quisiera, por Dios, nunca haberte visto, Mag.
Quisiera, por Dios, que los niños nunca hubieran venido.
GRACELAND*
MAUSOLEO de un millonario
un multimillonario mejor dicho, damas y caballeros,
lugar de reposo de los muertos donde gastan al año
la usurera suma de veinticinco mil dólares
por el mantenimiento y los adornos florales
para mantener vivo el recuerdo de los muertos.
El magnate devuelto al polvo
ordenó por escrito en su última voluntad
sobre la firma de su último testamento
que veinticinco mil dólares se destinasen
a rosas lirios hortensias y tulipanes,
de modo que den perfume y colorido,
dulzura del recuerdo,
a su última morada.
(Cien cajeras buscan monedas sueltas para ir al cine esta noche.
En los asientos de un centenar de locales, las mujeres siguen
sentadas a las mesas
tomando copas con los hombres o bien a la espera de que otros hombres
se rasquen algún dólar de plata del fondo del bolsillo.
En cien habitaciones amuebladas hay una chica que vende
prendas de seda o vestidos o artículos de cuero, por
una paga de seis dólares a la semana,
y cuando se calza las medias por la mañana le importan un
comino Dios y los periódicos y la policía, ser la comidilla
de su pueblo natal, el nombre que los demás quieran ponerle)
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* Textos tomados de: Poemas de Chicago. Carl Sandburg. Traducción de Miguel Martínez-Lage. La poesía, señor hidalgo. Barcelona. 2003.
** Versión del autor de la nota.




