Sergio Sarmiento

Signos vitales | Cerdos libres

Me subí al colectivo a las siete de la mañana. Como estaba primero en la fila me tocó el asiento junto al chofer. Eso me puso contento: no tendría que ir apretujado en la parte trasera. No me sentiría como un animal rumbo al matadero, aunque -en cierto sentido- mi ida diaria al trabajo era algo parecido. La diferencia, me dije, es que uno tiene la posibilidad de regresar diariamente a casa. Cansado, chato, sin energías, retorna al hogar cada oscurecer sin ser asesinado ni trozado ni desangrado, sin ser convertido en prietas, asado parrillero, menudencias o costillares, y, como dice un colega, uno puede descansar, puede comer, puede dormir y “cargar las pilas” para el día siguiente. La casa, en este sentido, no opera solo como un hogar -para algunos un infierno- sino también como una especie de cargador de mano de obra. Tendidos en la cama, sumergidos en el universo del inconsciente, algunos gracias al cansancio, otros gracias a Oniria, la melotonina que hace soñar con angelitos, u otros fármacos, nos llenamos cada noche de la energía que mañana nos hará funcionar como los conejitos idiotas del comercial de Duracell. El interior del auto estaba impregnado de un pesado olor a desodorante ambiental -aroma a jazmín, creo- que se mezclaba con el tufo de los sudores de ayer y anteayer pegados al cuero sintético de los asientos y los perfumes dulzones de los pasajeros. Desde una Sony llena de luces verdes y rojas se escuchaba un programa deportivo de la radio Agricultura. Se analizaba lo mismo de siempre: si hubo o no penal en un partido clave para las aspiraciones de no sé quién. Buenos días, dijo el chofer. Buenos días, respondimos a coro los pasajeros. Uno, el listo de siempre, con voz alta respondió: “buen día”, remarcando la singularidad del saludo. Quise decirle que estábamos conscientes de que los buenos días, desde el punto de vista lógico, estaban errados, aunque no desde la mirada cultural. Pero hubiese sido una lata. Enseguida el auto partió dejando una fila de batucanos y batucanas esperando el próximo móvil. Yendo por avenida España -calle con sólo una pista por lado que hace que uno se pregunte si se trata de una avenida o de un callejón pretencioso- pasamos junto al flaco torrente del canal lleno de musgo, botellas de gaseosas, cajas de vino y residuos varios que lleva a la laguna, por una iglesia evangélica en construcción, por el ex restaurante Colo Colo y por diversos comercios menores hasta llegar al cruce ferroviario.  Puros ladrones, dijo el chofer, frunciendo la boca para indicar las palomas con las caras de los candidatos -bocas sonrientes- que abundaban en los alrededores de la vía férrea. Estábamos en época electoral. Todos estos weones zánganos vienen a llenarse los bolsillos, a hincharse los culiaos y no hacen nada por la gente. Lo que hace falta es poner mano dura. En los tiempos de Pinochet no había delincuencia. Puro orden y progreso. Ahora solamente hay derechos y nada de deberes. Usted está cumpliendo con su deber, yo voy a cumplir con mi deber y los pasajeros que van atrás imagino que también van a trabajar, le dije. Claro, respondió, todavía queda gente buena, pero no se engañe, los malos la están haciendo, los malos tienen el poder. Me contó enseguida el caso de una vecina que había sido asaltada en la puerta de su propia casa. La balearon en una pierna, aquí, dijo, y se tocó el muslo derecho sin dejar de mirar la calzada; a su hija chica, la Naomí, la amarraron a la baranda de la escalera con el alargador de la plancha, enseguida los desgraciados las toquetearon a las dos. A la mamita -continuó diciendo- sangrando y todo la manosearon los desgraciados, eso es más que enfermo ¿no cree? Después se llevaron la tele, el microondas, la bici de la niña y otras cosas en el propio autito de la vecina, un Chery IQ que todavía no paga, y nadie hizo nada. ¿Ni siquiera los pacos? Ni siquiera los pacos, no ve que con esa wea de los derechos humanos los pobres tienen las manos atadas. En la radio Agricultura ahora daban las noticias. Un economista señalaba que un indulto a los presos de la revuelta sería una mala señal para la economía, dado que haría caer la inversión extranjera.  Entramos en la carretera. A estas alturas el chofer estaba proponiendo bárbaras soluciones para combatir la delincuencia: mutilaciones de manos, piernas, ojos, orejas, penes u otros órganos a quienes delinquen, envío de malhechores a islas solitarias, ojalá llenas de hielo o arena, para que aprendan a trabajar los vagos, reposición de la pena de muerte, esta vez con dolor y transmitida por la tele, en horario de adultos -los niños no tiene para qué ver eso- para educar a las masas. Mientras el chofer lanzaba sus planes nazis, yo hojeaba el diario en mi teléfono. Política, deportes, cultura. Una noticia llamó mi atención: en Santiago un camión que llevaba cerdos al matadero fue encontrado abandonado justo a la hora de mayor calor. Los vecinos, conmovidos con los quejidos de los animales, les lanzaron agua e incluso una persona fue al supermercado y les compró lechugas. Cuando el conductor del camión regresó y echó a andar la máquina -luego de que la fuerza pública lo citara ante la justicia por maltrato animal- la parte trasera del vehículo se abrió y dos cerdos escaparon. El par de chanchos fugitivos, finalizaba la nota, la hicieron, se salvaron, pues a petición de los piadosos vecinos fueron adoptados por el municipio local. Final feliz, final tipo Walt Disney, me dije. Recordé luego una película que vi hace años, una donde un cerdito lograba llegar a una isla en las Bahamas donde los porcinos viven libres. Rememoré, también, el recuerdo de unos poemas del mexicano José Emilio Pacheco donde reivindica a estos animales que, indica la ciencia, tienen gran inteligencia y son genéticamente demasiado parecidos a nosotros. En uno de

Signos vitales | Apuntes sobre el fuego

El fuego es sagrado. El fuego es desgracia. El fuego ilumina, tuesta, cuece y entibia. En los pueblos de la Antigüedad, los dioses que lo mantenían vivo eran venerados por el pueblo. De fuego y brasas está hecho el infierno. Hollín, muerte y cenizas, única herencia del fuego. Fuego es el sol que arde en el cielo cerúleo. El fuego es muerte, el fuego es negrura, el fuego es desolación. El fuego enciende las velitas de las tortas cumpleañeras. Fuegos de artificio arden entre las estrellas cada fin de año. Pájaros en el cielo encendían los mongoles a falta de bengalas. Con fuego -ordena el Justiciero- fúndanse las estatuas de los falsos y fabríquense cucharas y tenedores, ollas arroceras, moldes para queques. El fuego es castigo perpetuo. El fuego es angustia, el fuego es venganza, el fuego es protesta. Ante la Moneda -denunciando el asbesto asesino de Pizarreño SA- se inmoló Eduardo Miño. En la Plaza de Armas de Concepción, denunciando los abusos de Pinochet, Guzmán & CIA contra sus hijos, se inmoló Sebastián Acevedo. He venido a prender fuego en el mundo, dicen que dijo Jesús. El fuego chamusca y carboniza, el fuego purifica. Fuego Negro encendió De Rokha a su Winnet muerta. Por quitar el fuego a los dioses y llevarlo a los hombres, Prometeo fue enjuiciado, engrillado, condenado. Eduardo Anguita, poeta y publicista, murió quemado por una estufa anti retórica. El fuego es el fin, el fuego es el comienzo. El amor, se comenta, es una lengua de fuego. De lejos hiela, de cerca quema. Aves rojas y azules hay en su llama, escribe una Mistral ornitológica y colorida. La distancia, como el viento, apaga el fuego pequeño, pero enciende aquellos grandes, cantaba Doménico Modugno. El fuego es hogar y es crematorio. Es tetera hirviendo y ánfora. El fuego es big bang y es apocalipsis. El fuego es Hiroshima, el fuego es Auschwitz. El heroísmo -dice un instructivo para reclutas- es una llama que arde en el corazón de los titanes de la patria. Los héroes queman estudiantes. Los héroes queman obreros. Los héroes queman ciudades y pueblos y villas. Cirios se encienden por los muertos. Animitas arden en las bermas. El catolicismo quemó a nuestros abuelos, el catolicismo quemó a peligrosas mujeres libres y libros. La única iglesia que ilumina es la que arde, indica un rayado callejero. Fuego cae en las viviendas de los usurpadores del Wallmapu. Fuego cae en los bosques de eucaliptus y pinos. Fuego en la maquinaria pesada. El fuego limpia. El fuego mata. Neumáticos en llamas iluminan el camino a la libertad. Con lanzallamas los gringos carbonizaron vietnamitas. Molotovs encendidas caen en las cabezas huecas de los pacos. Generales golpistas quemaron la Moneda. Uniformados incineraron a Rodrigo Rojas. Cinco cuerpos calcinados halláronse tras el incendio de Kayser. Fuego a las vituallas de los inmigrantes prendieron los nacionalistas en Iquique. Fuego a los cochecitos de sus guaguas. Fuego a sus colchonetas y a sus sillitas plegables. Fuego a sus carpas y a sus ropas. Fuego quisieran prender los antifascistas a los nacionalistas que quemaron las pertenencias de los inmigrantes en Iquique. Con el viento el fuego se expande. Los incendios, se sabe, no respetan a nadie. Una vez que todo se prenda vendrá el frío. Una vez que todo arda se apagará el sol. Una vez que todo se calcine no habrá odios, no habrá dioses, no habrá banderas, no habrá lanzallamas ni velitas en tortas cumpleañeras, no habrá héroes ni inmigrantes, no habrá nacionalistas ni antinacionalistas, ni fuegos de artificio ni flamas de pasión ardiendo en la callada paz del hielo eterno.

Signos Vitales | La fallida (des)aparición de una galería

Hace unos días, mientras caminaba por la Alameda de las Mutilaciones, me encontré con una especie de bolsa de vino gigante que ocupaba parte de la vereda norte. El descomunal objeto obstaculizaba tanto el trabajo de los vendedores ambulantes -que ofrecían audífonos, papelillos, aritos, pipas, pañoletas- como el paso de los transeúntes y sus pandémicas mascarillas. Pensé, primero, que se trataba de una acción publicitaria -fome- de una empresa vitivinícola. Luego, al mirar el frontis del edificio desde donde surgía el artilugio, supuse que me hallaba ante una instalación artística -esa ocurrencia de tipos como Marcel Duchamp y Kurt Schwitters-, dado que su origen remitía a la Galería Gabriela Mistral, única galería pública de arte contemporáneo en Chile, como informa el diario La Tercera, sin lamentarse, como lo haré yo, por tan triste récord.  (Momento para el lamento). El objetivo de la instalación, que estará abierta hasta fines de octubre, consiste en conmemorar el trigésimo aniversario de la galería mediante lo que Javier González, su curador (actividad esnob de moda) definió (con expresiones también esnob) como un “acto de desaparición que funciona no como una ilusión, sino en términos materiales”. La idea de fondo de intervención (llamada “Museo en campaña”) consiste en ocultar la galería con un globo inflable de veinte por diez metros de largo, suponiendo (imagino que imaginaron) que su plateado exterior la haría invisible, permitiendo resaltar la colección de arte y la gestión de la galería, expuestas -paradójicamente- al interior de la bolsa gigante.  Intento fallido, hay que decirlo, pues el descomunal objeto, creado por el arquitecto Smiljan Radic, no cumple con lo de la desaparición. Oculta la galería, es verdad, pero no la hace desaparecer, pues la reemplaza exhibiéndose a sí mismo como un artefacto llamativo por lo inusual y lo descomunal, aunque poco legible desde lo estético y desvinculado del leit motiv de la exposición, pues no tiene discurso, no tiene relato (es como el candidato Sichel), remitiendo, como se ha dicho, a la idea de una campaña publicitaria de vino en bolsa. Se pregunta uno, también, cuál es el sentido de hacer desaparecer una galería discreta, casi invisible, como es la Gabriela Mistral, que se ubica justo en el primer piso del ministerio de educación, organismo incompetente que sí merece esfumarse. Eludí el gran envase plateado imaginando la reacción de varios amigos alcohólicos al encontrase, de sopetón, con tan fantástica sorpresa, los vi lamiéndose los bigotes, los vi rompiendo con los dientes su piel de plata para mamar el mosto a destajo. Pasé luego junto a un señor que vendía hermosos ramos de flores en tinetas de pasta de muro y me alejé del lugar recordando otras obras de gran formato que han brotado en el país antes y después de la pandemia: la Pequeña Gigante, el Pájaro Carpintero de la torre Entel, el Pato de Hule de la Quinta Normal, entre otras, preguntándome por el sentido de estas manifestaciones cuya principal atracción es el tamaño. ¿Será que se pretende combatir el vacío artístico-cultural de este modo?  Si se quiere llenar un cuenco por completo, dice el sentido común, conviene echarle arena fina, no grandes piedras, pues así se evitará que queden espacios vacíos. Pero en el país del marketing da lo mismo cómo sean las cosas, lo importante es como la gente las percibe. O, más bien, como se las hace percibirlas. Disimular es fingir no tener lo que se tiene, explica Baudrillard. Simular, agrega, es fingir tener lo que no se tiene. Lo uno remite a una presencia, lo otro a una ausencia. Y si la gente sale a la calle y se encuentra con un pájaro gigante picoteando la torre Entel pensará que en Chile hay espacio para el arte, que la empresa privada y el gobierno de los empresarios están preocupados no solo de sus inversiones en el país o en paraísos fiscales, sino también de cultivar la estética en los espíritus ciudadanos. Se percibirá, entonces, una presencia donde hay una ausencia. La bolsa gigante de vino, sin embargo, ni siquiera alcanza para constituirse como un buen simulacro. Es una instalación fallida, un fiasco, puesto que no da para percibirla como un elemento “artístico”, como lo fueron la Pequeña Gigante, el pájaro de la torre Entel o el pato de la Quinta Normal, artilugios que cumplieron su función de entretener, de dar espectáculo, de distraer, de usar el adjetivo “bonito”, de atontar. No funciona tampoco como un aviso de “acá hay una exposición”, que sería lo mínimo que se le podría pedir, puesto que no opera, para nada, como señalética eficaz. Se puede decir, finalmente, que la idea de hacer desaparecer la única galería pública de arte contemporáneo existente en Chile puede ser leída, también, como una broma macabra de la administración Piñera, un guiño malévolo a la derecha más extrema en un país donde la precarización de lo público y la desaparición de personas son temas aún sin resolver.

Signos vitales | ¡Viva Chile!

Salgo de casa y me encuentro con la ciudad embanderada a raíz de la celebración del dieciocho de septiembre. Edificios, autos y casas lucen con orgullo la bandera tricolor, hay -incluso- parasoles, jockeys y mascarillas pandémicas con los colores del emblema que algunos –imbuidos por una mezcla de ingenuidad, disfuncionalidad estética y sentido de la competencia- consideran el más bello del mundo. Se celebra la independencia de nuestro país: doscientos y tantos años de vida libre y autónoma, tal es el motivo de la colorida efusión nacionalista. No estoy, sin embargo, tan seguro de que seamos independientes. El estallido social y la instalación de la convención constituyente son signos que apuntan en tal sentido. En la realidad concreta, no obstante, dependemos de más de veinte tratados internacionales firmados por los turbios próceres –civiles y militares- que nos han gobernado en las últimas décadas; vivimos, además, aún bajo un sistema político instaurado bajo la mano de la intervención norteamericana en Chile; nuestras riquezas naturales, en tanto, son explotadas por transnacionales que pagan impuestos ridículos; en la localidad costera de Con Con, específicamente en el fuerte Aguayo, ha operado una base militar gringa destinada “a entrenar fuerzas policiales y militares chilenas y de la región en acciones de ´guerra urbana´ de conformidad con las doctrinas contrainsurgentes de la Casa Blanca, la CIA y el Pentágono”, como indicó en 2012 el Centro de Estudios Políticos para las Relaciones Internacionales y el Desarrollo (CEPRID). En 2018, Sebastián Piñera, primer mandatario del país y reconocido ladrón de bancos, acudió a una cita con el presidente Trump -otro sinvergüenza- portando una bandera norteamericana que contenía, como un subconjunto, la bandera de Chile. A ese nivel de sumisión hemos llegado. Culturalmente, por otra parte, la violenta razzia postgolpe y luego la globalización hicieron pebre gran parte de nuestras manifestaciones artísticas y nuestras formas de vida y hoy en día los artistas subviven gracias a los fondos de cultura o a las donaciones (con censura incluida) de uno que otro empresario, sin que sus obras atraigan una cantidad de espectadores o lectores que les permitan la independencia económica, pues el país forma preferentemente mano de obra funcional, de pensamiento concreto y éxito asociado al dinero, para la cual el arte es una lata (y no de cerveza o cocacola). Se trata, en el fondo, de una especie de beneficencia, de caridad. El artista es un enfermo mental, un indigente, un tipo con capacidades diferentes, un cacho, un puto, un representante de una etnia avasallada, un niño con alzhéimer, un inútil. La idea de cultura nacional -en este escenario- se ha ido asimilando principalmente a la comida. Los programas de esta índole –conducidos por idiotas alegres y pachangueros- se dedican a mostrar los distintos platos que se cocinan en Chile, como si lo único relevante de nuestra identidad fuese aquello que se dirige al estómago, dando la idea de que no tuviésemos cerebro o espíritu. En lo demás campea el concepto de cultura entretenida, es decir, de una cultura cuyo objetivo es “distraer a alguien impidiéndole hacer algo”, como define la RAE a la palabra “entretener”. Las calles están embanderadas. Hay ambiente de fiesta. Pronto vendrán los asados, la familia unida en torno a la parrilla como antes lo hicieran los agentes de la DINA y la CNI. El secreto es que lo prepares pensando que te lo vas a comer tú mismo, dice un chef en la tele. El secreto es el egoísmo. Sin embargo, como escribe el poeta José Ángel Cuevas: “un asado no soluciona nada. / Yo ya no creo en los asados. / El verdadero problema es otro.” Y le creo cien por ciento, concuerdo con él pues, como dicen que decía el filósofo cínico Diógenes de Sinope -un tipo que se atrevió a mandar a la cresta al mismísimo Alejandro Magno- vivimos de espaldas a la realidad, nos engañamos a nosotros mismos para seguir en el espacio de confort, subordinación y aplanamiento que nos otorga un sistema que solo nos ve como consumidores. Para ser independientes -señalan autores como Habermas- no se requiere sólo de autonomía personal, sino también vivir en una sociedad autónoma. Rainer Maria Rilke, otro poeta, señaló que nuestra verdadera patria es la infancia. Y en nuestro país tal frase adquiere toda su dimensión, pues los infantes, se sabe, son seres más que dependientes. Dieciocho millones de niños, entre ellos yo, viviremos alegremente la fantasía de la independencia este dieciocho. ¡Viva Chile!

Signos vitales | Poesía y efectos especiales

A la memoria de Eduardo Wood. Hace unos meses atrás, en pleno estallido social, asistí a un encuentro de poesía. Supuse, antes de ir, que me encontraría con una docena de poetas leyendo sus poemas ante un público exiguo, compuesto –principalmente- por sillas vacías, algún profesor o profesora de liceo, un par de vecines romántiques y los mismos poetas que más tarde se subirían al escenario. ¿Qué más podía esperar? En Chile la poesía, como la pelota vasca o el bádminton, se juega en estadios vacíos. Y así fue, solo que en las dos horas que permanecí en el galpón donde se desarrollaba el evento no se subió nadie a leer un poema. Hubo cantores populares, hubo un intérprete de excelente voz y de pésimo repertorio, hubo un grupo clon de Electrodomésticos que musicalizaba –a la manera del grupo de Cabezas- poemas con instrumentos electrónicos. Pero no hubo nada de poemas recitados, declamados. No es que yo sea un amante de los recitales literarios. En realidad, me aburren un poco. Siempre hay más de alguno que se excede y abusa de los oídos ajenos. Siempre hay otro/a que confunde la poesía con el teatro. O con el standard comedy. Pero también siempre hay alguien que salva la noche con un buen par de textos bien leídos. Me fui ese día pensando que lo único bueno de la noche había sido el vino. Y no me atreví a leer. Llegando a casa me fumé un pito. Sentado en la terraza, mirando una enorme luna amarillenta, me puse a pensar en los cientos de recitales de poesía a los que he asistido. Recordé cuando fui a ver a Juvencio Valle en el Centro Cultural Mapocho, el viejo estaba en las últimas y entre varios lo llevaron al escenario. Era una especie de “estrella revolucionaria” porque había estado en España para la Guerra Civil, no por su voluntad supe después, sino porque no pudo volver a Chile a tiempo y quedó atascado. Leyó apenas. Temblaba y su temblor me causó más emoción que su “Tratado del Bosque”. Recordé a Zurita leyendo en la USACH en los ochenta en un acto cultural: pocos lo tomaban en cuenta, el público universitario no estaba ni ahí con un profeta grandilocuente y monocorde que se tomaba media hora para decir algo que se podía expresar en dos o tres minutos, el público universitario quería rock, quería acción, quería ver una lluvia de molotovs cayendo sobre los pacos malditos. Mientras Zurita leía, leía, leía, leía, leía, una turba de estudiantes sacó a empujones, patadas y escupitajos al vicerrector académico, que andaba jugando al espía, provocando los espontáneos aplausos del público. Ante esto, el autor de “Anteparaíso” agradeció con seriedad y mucho bla bla a los estudiantes, pensando que tales aplausos tenían como origen la lectura de sus poemas. Recordé otros recitales. Parra en la Estación Mapocho para una feria del libro. Un modoso Yuri Pérez en un bar de Batuco que hoy es un prostíbulo pop. El Chico Figueroa en San Bernardo, rompiendo con histrionismo una hoja tamaño carta que contenía el discurso que llevaba preparado para romper. De pronto me acordé de mi amigo Eduardo Wood, claro, porque a Eduardo le debo el primer poema que escuché leer en voz alta a su propio autor. Fue en la USACH, específicamente en el taller literario que en plena dictadura dirigía la académica y escritora de cuentos infantiles Amalia Rendic. Venciendo mi timidez llegué a la sesión inicial, años ochenta, llevando unos poemas escritos en un cuaderno y un montón de dudas. Entré en la sala unos diez minutos antes porque quería estar ahí cuando llegasen los demás y pasar desapercibido. Sin embargo, cuando abrí la puerta me encontré con que ya había alguien. Era Eduardo Wood. Nos saludamos, nos presentamos, hablamos un par de nimiedades y luego entramos en el tema literario. Le conté que nunca había participado de un taller y que me daba lata leer mis textos. Eduardo sonrió y enseguida me dijo que no había que avergonzarse de los propios poemas. Uno tiene que defender su creación, dijo. Enseguida abrió un bolso negro de cuero y sacó un papel. Este poema se llama “La Silla”, dijo. Y con voz vehemente y firme lo leyó, copando el espacio con el ritmo y la sonoridad de los versos, sin necesitar música de fondo, ni disfraces, ni histrionismos cuáticos para transmitir su belleza. Abrí una cerveza. El tum tum de los subwoofers de los vecinos latía en mi pecho como un segundo corazón, un corazón indeseado, invasivo y violento. Entré en la casa y puse mi propia música. Me quedé pegado después pensando en el destino trágico de Eduardo Wood, cuyo hermano Ronald -a quien Lemebel dedicara su crónica “A ese bello lirio despeinado”- fue asesinado en 1986 por los milicos en una protesta contra Pinochet en el centro de Santiago. Le dieron un balazo en la cabeza. Era un joven universitario de apenas diecinueve años a quien Eduardo amaba mucho. Sus exequias fúnebres, que se celebraron en la Iglesia de la Gratitud Nacional, fueron interrumpidas porque los carabineros ingresaron al recinto lanzando lacrimógenas y apaleando a los parientes, a los amigos y a la multitud que se encontraba dentro y fuera del edificio. Después de eso secuestraron el ataúd y se lo llevaron al cementerio. La brutalidad cometida caló hondo en Eduardo, quien con su familia al poco tiempo emigró de Chile. Después de estar en Brasil se establecieron en Australia.  Lo volví a ver en los noventa. Un día lluvioso, de noche, alguien golpeó la puerta de mi casa. Era Eduardo, que había regresado a Chile. Me contó que se hallaba internado en un recinto psiquiátrico y había escapado. Brotes sicóticos lo acosaban, lo torturaban, lo hacían sentirse el creador de los males de la humanidad. Esa noche bebimos unos tragos para celebrar el reencuentro y volví a escuchar sus poemas. Conservaba su voz vehemente y también el ritmo, solo que sus nuevos textos eran complejos,

Signos vitales | Nicanor Parra: La sorpresa es que no hay sorpresa

Cuando Nicanor Parra falleció -en enero de 2018- leí diversos artículos de
poetas y otros actores del mundo literario y cultural refiriéndose a las
conversaciones que mantuvieron con el autor de Poemas y Antipoemas.
Tuve, en ese tiempo, deseos de escribir una nota acerca de mi propia
experiencia con el antipoeta, pero como no tenía donde publicarla desistí
hasta el día de hoy…