Arte & Cultura

Fotografía digital | Un obsequio navideño

«Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.» El sábado anterior a la navidad fui al centro a comprar algunos obsequios. Digo “centro” por costumbre, puesto que el verdadero centro de Santiago y de Chile, se sabe, se encuentra en Sanhattan, ese espacio ubicado entre Providencia y Las Condes -saturado de cristal, elevadores, polvos blancos y narcicismo- donde los grupos financieros y sus zorrones administran el establo desde sus oficinas con vista al río. Era cerca del mediodía, el sol pegaba fuerte y en el paseo Ahumada y sus alrededores proliferaba el comercio navideño. Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.   Hallé variados viejos pascueros y hasta una vieja pascuera, una mujer mayor, cantante de gospels, que en San Diego, en un centro comercial, repartía dulces vestida con el asfixiante traje rojo. Y a pleno sol. Es un símbolo, me parece, de la desmejorada situación del arte en Chile, un país que no solo tiene bastante dañado el cerebro sino también el espíritu, la sensibilidad. Le queda algo de corazón, es cierto, pero el corazón es un niño de primaria que cae, siempre, en la trampa. Vi mucha gente comprando, vi también bastantes personas pidiendo plata, me encontré con algunos músicos callejeros y con varios borrachos durmiendo la mona. El ambiente era de tranquila decadencia, de lenta descomposición, de derrumbe controlado. Iba a comprar algunos obsequios ese sábado, libros principalmente -antídotos-, pero no pude evitar tomar mi teléfono y sacar las fotos que, después de haberlas editado, presento como obsequio navideño a los lectores de El Mal Menor (si es que existen).   Fotografías

Poesía chilena y jazz | Del bebop hasta nuestros días

«En Concepción, traducido en simultáneo por Fernando Alegría, Allen Ginsberg leyó «Aullido» en una época en que los poetas locales usaban camisas bien planchaditas y corbata. Fue, sin duda, un momento importante en nuestra literatura, aunque ignoro si habrá cambiado algo en la poesía de estos lares. Es decir, si marcó un hito o solo fue una anécdota.» En los años 40, en pleno apogeo del swing, surge una nueva manera de entender el jazz. Se trata de una revolución que va más allá de lo musical, puesto que, además de cuestionar la estructura repetitiva de los temas que interpretaban las grandes orquestas, se encuentra ligada a lo social, específicamente al desmejorado rol que la industria musical gringa, comandada por blancos, otorgaba a los músicos afroamericanos, siguiendo la lógica racista de gran parte de la sociedad estadounidense. Esta revolución, que finalmente transformó al jazz en un arte mayor, se fue gestado en distintos clubes gringos –como el Minton´s Playhouse, en Harlem– que se mantenían abiertos de madrugada luego de que los grandes salones de baile cerraran sus puertas. En tales clubes, los integrantes de distintas orquestas se reunían y tocaban libre e informalmente, improvisando sobre diversos temas, “releyéndolos” podría decirse, haciendo una música no bailable (al menos de forma convencional) ni comercial, sino orientada a su escucha, dando vida a lo que se conoce como jam sessions. En este contexto de libertad y bohemia surgió el bebop, dando forma a un jazz más sofisticado, complejo, no lineal, donde el rol del solista y la improvisación son totalmente esenciales, no una decoración. Como todo movimiento, este estilo no salió de la nada, puesto que recoge antecedentes de músicos del swing como Art Tatum, Count Basie, Duke Ellington y otros creadores que incorporaron elementos de mayor riesgo a sus obras. Algunos de los pioneros del bebop fueron el trompetista Dizzy Gillespie, el saxofonista Charlie Parker (“Bird”) y el baterista Max Roach, así como los pianistas Bud Powell y Thelonious Monk. Su irrupción en la escena musical gringa fue una llave que abrió la puerta a una enorme variedad de estilos, como el cool jazz, el jazz modal, el free jazz, el jazz fusion, el acid jazz y otras variantes que han vuelto extremadamente frondoso el árbol genealógico de esta corriente musical.  El alcance del bebop, por otra parte, no se circunscribe exclusivamente al terreno de la música, puesto que hubo un grupo de escritores estadounidenses que tomaron este estilo, cuya libertad creativa lo asemeja al versolibrismo, como parte de su forma de vida y de literatura. Se trata de la generación beat, movimiento literario y cultural, predecesor de los hippies, que en plena época de posguerra, años cincuenta, planteó su rechazo al conformismo y a los valores de la cultura gringa de esos tiempos –tradicionalistas, conservadores, discriminadores– ligándose con la espiritualidad oriental, la experimentación con drogas, la libertad sexual, la vida de los marginados, la crítica social y la bohemia. En ese abigarrado cóctel, que años más tarde serviría de inspiración al hippismo, el bebop era un ingrediente infaltable: “Llegamos a Nueva York, patinando sobre el hielo. Nunca tuve miedo con Dean al volante; podía conducir un coche en cualquier situación. Habían arreglado la radio y un furioso bop nos empujaba a través de la noche. No sabía adónde nos llevaría todo esto, pero no me importaba”. Así describe Jack Kerouac –en su novela En el camino– el rol del bebop: era la energía que los movilizaba, era una manifestación del ser expresándose sin ataduras. Otro de los escritores beats, Allen Ginsberg, en su poema “Nota a pie de página a Aullido” escribe: “¡Santo el quejumbroso saxofón! ¡Santo el apocalipsis bop! / ¡Santas las bandas de jazz los pasotas la marihuana la paz & droga & batería!”. Como puede apreciarse, hay una fuerte ligazón entre el bebop y los beats, una conexión espiritual –si cabe la expresión– que toca, incluso, lo netamente literario. Esto lo podemos ver, por ejemplo, en Aullido, poemario clave de los beats, donde Ginsberg, en la dedicatoria, anota lo siguiente: “Jack Kerouac, nuevo Buda de la prosa americana”, tildándolo como el creador de “una prosodia bop espontánea y una literatura clásica original”, refiriéndose al intento de los beats por desarrollar una escritura donde tuviesen cabida la improvisación, el ritmo y la jerga del bebop.  En 1960, en plena ebullición de los beats, nuestro país se conecta con este movimiento, que se hallaba en su apogeo. Esto se debe a la presencia de Ginsberg, quien viajó a Chile junto a otro poeta beat, Lawrence Ferlinghetti, al Primer Encuentro de Escritores Americanos que se efectuó en la Universidad de Concepción, invitado por Gonzalo Rojas. En una carta (disponible en DIBAM) que envía a Humberto Díaz Casanueva, Rosamel del Valle se refiere a la importancia de esta visita: “Ayer comió en casa el poeta ´beat´ Allen Ginsberg. Me llamó a N. Unidas por encargo de Fernando Alegría (…) Me parece una cosa magnífica, sobre [todo] por tratarse de esa universidad y de un poeta que mal que mal es lo más vivo que hay por ahora, con su movimiento, en los Estados Unidos.” Ginsberg permaneció durante tres meses en nuestro país. Durante un mes vivió en la casa de Nicanor Parra y el resto del tiempo recorrió el sur turisteando y buscando chamico. Respecto de nuestros intelectuales, como señala Antonio Díaz Oliva en la revista Átomo, el poeta estadounidense indicó que era “urgentemente necesario importar algunos kilos de marihuana para los escritores chilenos”, cosa que actualmente no es necesaria, puesto que tenemos una abundante producción local. En Concepción, traducido en simultáneo por Fernando Alegría, Allen Ginsberg leyó Aullido en una época en que los poetas locales usaban camisas bien planchaditas y corbata. Fue, sin duda, un momento importante en nuestra literatura, aunque ignoro si habrá cambiado algo en la poesía de estos lares. Es decir, si marcó un hito o solo fue una anécdota. Lo que se puede asegurar es que el bebop y las tendencias que lo suceden están presentes en la poesía chilena a partir

Escrituras | El poema del músico

«Ahora, sumemos a eso que los antologados no son artistas del poema, sino de la canción; otro rubro, otras reglas. Y la muestra es de sus poemas, no de sus canciones. Difícil tarea. Vale señalar —pues se trata de algo fundamental— que el pie forzado de la antología Nunca se supo (JC Sáez, 2025), preparada por el cantautor sanantonino Chinoy, sea no escribir letras cantábiles; por el contrario, salirse del patrón métrico, de la rima especialmente, para maniobrar el verso libre.» La reseña es un artefacto de la crítica. Ya reseñar un libro de poemas es difícil, intento que por inadvertida ley acaba casi siempre en una exégesis o nota al pie del mismo. Esto es una mala señal cuando se entiende la crítica como ese diagnóstico mal intencionado, ese catastro de daños por tamaña ofensa a la sacra literatura, o esa manera tan prosaica de reutilizar la obra como una piñata a la que se apalea. Un gesto casi terapéutico para el crítico, sin duda, que aliviana todo su peso a costa de un lector jorobado de tanto nombre propio y adjetivos.  A mi parecer, la crítica es una salud: no se empecina en la búsqueda de un desperfecto, sino que se trata más bien de una asistencia, en todos sus sentidos: personarse, acompañar, dar un pase. Su función no es el castigo ni la evaluación. Más cercana a la seducción, la crítica es la que arroja los dulces por el camino, la que oficia de lazarillo del lector para facilitarle el encuentro con lo admirable. Una salud idéntica a la que buscan los pacientes en los hospitales como los pacientes lectores en las bibliotecas.  Por otra parte, el intento de reseñar es mucho más complejo cuando se trata de antologías grupales. En estas se eleva la cámara, se busca identificar un panorama, poéticas que discutan, motivos comunes, o sea, aquello que los distingue y los une a la vez. Pero esa elevación es puro vértigo: el crítico ahora se asemeja más a un dron que a un lazarillo, y su tarea de guía se enrarece. De las tantas antologías de poetas en la historia de la literatura en Chile, muchas acabaron en riñas y quiebres, sobre esto hay ejemplos de sobra. Su maniobra de elevación a veces empuja a formular esquemas estériles y totalizantes, algo no muy alejado del entomólogo que fija, según la especie, bichos con una aguja en su insectario. Se puede caer fácilmente en el sectarismo y el amiguismo, que son, como se sabe, muchas veces antagonistas del arte.  Ahora, sumemos a eso que los antologados no son artistas del poema, sino de la canción; otro rubro, otras reglas. Y la muestra es de sus poemas, no de sus canciones. Difícil tarea. Vale señalar  — pues se trata de algo fundamental —  que el pie forzado de la antología  Nunca se supo  (JC Sáez, 2025), preparada por el cantautor sanantonino Chinoy, sea no escribir letras cantábiles; por el contrario, salirse del patrón métrico, de la rima especialmente, para maniobrar el verso libre. Si se conoce a más de uno de los músicos que figuran en el índice, es probable que se produzca una especie de disociación, y ocurran cosas tales como que te encante la música de Cayetano (sólo por poner un nombre), pero que detestes visceralmente su poesía. O viceversa. O como que no ocurra nada, y se sienta que el arte del músico es el fiel traslape al papel. No sé si hablar de sinestesia.  Me parece que este efecto lo logran creadores cuyo arte, independiente del formato, remite a una coherencia nuclear más allá de los materiales usados en su ejecución. Una poética. Un estilo. Véase el caso de Eleuterio Wanka, quien utiliza el lenguaje literalmente como otro instrumento más de la banda, en su proyecto Terapia Grupal. O de Mantoi (que lamentablemente no aparece aquí pero sin duda es un referente) rapero chileno, cuyo heterónimo, Tristan Vela, escribe poesía que no se parece en nada a esos versos que en el hiphop llaman barras, y que sin embargo provienen de un mismo mundo.  Contaré una anécdota para ilustrar desde la literatura lo que aproximadamente sería el “poema del músico”, sin perder la ocasión también y por gusto, de referirme primero al “poeta que hace música”, extraña figura. Se me vienen a la mente dos: James Joyce y Wallace Stevens, ambos guitarristas; me parece que Anthony Burgues (el novelista más devaluado del siglo pasado) tocaba algo de piano. Lo mismo Thomas Bernhard. En fin, de la variante músico-poeta tenemos incluso a un Nobel y no sé por qué a tantos españoles. Más cerca están Spinetta, Jorge González, Violeta Parra, por nombrar solo algunos cuyos lenguajes tienen otra plasticidad y van más allá de la pura musicalidad o del somero contenido.  Vuelvo a la anécdota: se dice que el novelista chileno José Donoso en su último periodo vital, ya sin su otrora potencia creativa, decidió publicar en 1981 un volumen de poesía con el sugerente título  Poemas de un novelista . Cada uno evalúe a su manera este gesto, yo me centraré en esa resistencia a disimular su título de nobleza:  novelista . Dos escenas hipotéticas que podrían explicarlo: Donoso, cizañero, declarando en plena sobremesa que la poesía consiste en escribir pulsando el enter cada tanto. En otra, se ve a un Donoso menos entusiasta, probablemente en un simposio, formulando una teoría sobre la prevalencia moderna de la novela por sobre la poesía, esto debido a su condición de género degenerado. En cualquier caso, en ambas escenas hipotéticas, se percibe en distinta medida un desdén.  Pero estas aventuradas hipótesis no son más que falacias, pues es el mismo Donoso que, en el prólogo a su  Poemas de un novelista , en un insólito giro taoísta, declara: “Pero no quiero ser poeta. La poesía me parece un quehacer tan aterradoramente serio, solitario, definitivo, esencial, y las esencias, así, escuetas e implacables, no son mi vocación.” Una respuesta sensata, que desliza como en un susurro,

Fotografía | Extraños en el metro

Aparecen de repente en el metro, entre un punto y otro de la ciudad. Sentados o de pie en los carros, subiendo escaleras o al lado de las puertas, sordos y ciegos a la apabullante realidad. "Absortos en su lúcido sueño” como diría el poeta, viajan practicando una antigua ceremonia, pues aún tienen fe en las palabras impresas, y no se rinden ante el imperio de las imágenes pasajeras, que caen  líquidas de las pantallas.  El mundo ha cambiado, pero ellos no, son especies en peligro de extinción. Perduran, obstinados, sin hacer caso a las modas, refractarios a las redes corporativas de signo vacío y fácil. Iluminan el transporte público con su gesto y te hacen creer que no todo está perdido, que aún hoy, sobrevive la esperanza,  que nos quedan restos de dignidad, practicando este buceo esencial, libre y solitario. Sus mentes divagan y estallan, en diálogo constante con alguien, a través del espacio ilimitado que les entrega un libro, aliviando en algo esta pesadilla de la que no podemos despertar.  

Poesía chilena y jazz | En los tiempos del swing

«No estuvo, sin embargo, esta época exenta de un aspecto tenebroso y siempre presente en la cultura norteamericana, me refiero a la patológica idea del supremacismo blanco, enfermedad social que se manifestó tanto en la generalizada negativa al ingreso de público “de color” a los clubes donde se divertían los blancos (en circunstancias de que gran parte de las estrellas eran músicos afroamericanos tocando música afroamericana), como en la segregación a la que se vieron enfrentados los artistas.» Durante las décadas del 30 y 40 del siglo pasado, el jazz se expandió velozmente tanto por EEUU como por otros lugares del mundo gracias a la irrupción del swing, una variante orientada al baile, a la diversión, a la jarana, en un tiempo marcado por los efectos del crac bursátil de fines de los años veinte y la devastadora depresión económica que lo siguió. Este fenómeno, propio del capitalismo, que generó quiebras, desempleo y pobreza durante largos años, es una de las causas a la que que se le atribuye la popularidad del naciente estilo, dado que otorgaba una vía de escape, de alienación, dirán otros, a la cruda realidad del momento, coincidiendo, por cierto, con una etapa de mayor desarrollo de la industria musical, tanto en lo discográfico como en lo relativo a la radiofonía, lo que le otorgó mayor fuerza.  El swing fue interpretado por grandes orquestas (big bands) constituidas por una veintena de músicos, siendo lideradas por una figura que, por lo general, daba el nombre a la agrupación. Precursora de las big bands se considera a la "Fletcher Henderson Orchestra", dirigida por Fletcher Henderson. Las grandes orquestas -en términos generales- estaban compuestas por secciones de vientos (trompetas, trombones, saxofones, clarinetes) y una sección con piano, bajo, guitarra y batería, instrumento, este último, que actuaba como el corazón rítmico de la banda. Surge, también, la figura del solista y un cambio relevante respecto de las jazz bands es que los temas presentaban una mayor estructuración y mecanización, habiendo espacios predefinidos para la improvisación. Algunos de los principales directores de big bands de esta etapa fueron los pianistas Duke Ellington, Fletcher Henderson y Count Basie, así como el trombonista Glenn Miller y el clarinetista Benny Goodman, quien fue conocido como “El rey del swing”. Grandes momentos de popularidad adquirieron también cantantes de jazz como Billie Holiday, Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, quien también fue un brillante trompetista. Se debe destacar, además, que la expansión del jazz hacia otros puntos del orbe hizo surgir intérpretes no norteamericanos de la música sincopada, pudiendo destacarse la figura de Django Reinhardt, guitarrista gitano nacido en Bélgica que llegó a tocar con Duke Ellington y cuyo estilo marcó una nueva vertiente para el jazz. No estuvo, sin embargo, esta época exenta de un aspecto tenebroso y siempre presente en la cultura norteamericana, me refiero a la patológica idea del supremacismo blanco, enfermedad social que se manifestó tanto en la generalizada negativa al ingreso de público “de color” a los clubes donde se divertían los blancos (en circunstancias de que gran parte de las estrellas eran músicos afroamericanos tocando música afroamericana), como en la segregación a la que se vieron enfrentados los artistas. Duke Ellington y su orquesta, por ejemplo, tuvieron que arrendar un vagón de tren y acomodarlo como vivienda, dado que les resultaba prácticamente imposible conseguir alojamiento o mesas en restaurantes a causa del color de su piel. Billie Holiday, por su parte, pese a tener su nombre brillando en las marquesinas de los sitios donde se presentaba, debía entrar por la puerta trasera y durante las giras no podía viajar ni compartir el mismo hotel que los músicos blancos.  En cuanto al vínculo entre la poesía chilena y el swing, aparentemente este estilo no logró la adhesión generacional que tuvieron las jazz bands en los poetas de vanguardia, esos adoradores de la novedad, dado que es difícil encontrar menciones directas de poetas nacionales contemporáneos a este estilo musical. Dos autores que sí lo hicieron fueron Carlos Bolton y Gonzalo Rojas, ambos nacidos en 1917. A diferencia de los poetas de vanguardia, que se referían a las jazz bands de manera genérica, estos poetas mencionan en sus versos a un músico concreto, específico. Se trata del cantante y trompetista Louis Armstrong, quien tocó junto al mítico King Oliver y fue parte también de la orquesta de Fletcher Henderson. Bolton escribe un poema largo y rítmico, muy jazzístico, de nombre “Louis Armstrong – Impresiones”. Gonzalo Rojas, por su parte, en el poema “Latín y jazz”, señala que está leyendo a Cátulo y al mismo tiempo escuchando a Armstrong, lo que la da pie para hacer un contrapunto entre las ideas de Roma y África, de la opulencia y el látigo. No son solo estas menciones, sin embargo, las que se pueden encontrar en la poesía chilena respecto de la época del swing, puesto que autores y autoras de generaciones posteriores también han volcado su mirada a este fenómeno musical. Así, por ejemplo, Claudio Bertoni (Santiago, 1946), poeta de la generación de los sesenta e integrante de la Tribu No -quien además fue percusionista del primer grupo de jazz rock chileno a inicios de los setenta- escribe unos versos acerca de Lester Young, saxo tenor que tocase alguna vez en la orquesta de Count Basie y junto a Billie Holiday. Esta ultima lo llamaba “Prez”, por presidente, reconociendo el talento de quien crease un estilo admirado por Charlie Parker y que daría pie, también, al cool jazz, hitos que veremos en la próxima entrega de estas notas. En un poema bastante “telegráfico” Bertoni coloca a Lester Young junto a otros grandes de la música sincopada “como Armstrong, Ellington, Parker, / Monk y Coltrane”, precisando que se trata de artistas “que transmiten / lo que la música / lleva dentro / y que es / algo más / que lo que muestra / el pentragrama.” En los ochenta, Iván Rodríguez (Santiago, 1961), en un texto dedicado a Parker, rescata también la figura de Lester Young,

Poesía chilena y jazz | La era del jazz

«En nuestra literatura, y en particular en nuestra poesía, que será el género a explorar en esta columna, la onda expansiva de la explosión jazzística arribó también de forma temprana, habiendo diversos poetas chilenos que en la década del veinte, y en plena eclosión de las vanguardias, hacen referencia a la música originaria de Nueva Orleans, que tal como el cine, el gramófono, los aeroplanos, el teléfono, el automóvil y otros inventos de la época, pasó a ser símbolo de modernidad.» Poco tiempo después del surgimiento del jazz en la ciudad de Nueva Orleans, suceso acaecido en la frontera de los siglos XIX y XX, uno de los escritores prominentes de la época, el estadounidense Francis Scott Fitzgerald, bautizaría a los años veinte del pasado siglo como “la era del jazz”. Este hecho da cuenta no solo de la explosiva expansión que experimentó la música sincopada en los inicios del siglo pasado –no olvidar que el término jazz aparece recién en 1913 y que el primer disco del género se grabó en 1917–, sino también de sus tempranos vínculos con la literatura, conexión que se ha mantenido vigente hasta el día de hoy, habiendo tenido momentos de intenso pololeo, como los sostenidos, entre otros, con la generación española del 27 (la de García Lorca) y el movimiento beat gringo. En nuestra literatura, y en particular en nuestra poesía, que será el género a explorar en esta columna, la onda expansiva de la explosión jazzística arribó también de forma temprana, habiendo diversos poetas chilenos que en la década del veinte, y en plena eclosión de las vanguardias, hacen referencia a la música originaria de Nueva Orleans, que tal como el cine, el gramófono, los aeroplanos, el teléfono, el automóvil y otros inventos de la época, pasó a ser símbolo de modernidad. Uno de ellos es Vicente Huidobro –Vincent por esos tiempos– quien fue uno de los primeros en integrar el jazz al diccionario de la poesía nacional. Esto ocurre, paradójicamente, fuera del territorio chileno, particularmente en Francia, en 1921, cuando publica Saisons choisies, antología de su obra en francés (con retrato de Picasso incluído), donde es posible leer dos poemas en los que el autor de Altazor se refiere a la música sincopada. En uno de ellos, “Sombras chinas”, escribe: “El jazz band de ultramar ha venido bajo las gaviotas / Y las olas tomaron un nuevo ritmo”, otorgándole -con estos diáfanos versos- una especie de bienvenida a la música de Nueva Orleans.  Tres años más tarde, en Valparaíso, en el número 1 de la revista de vanguardia porteña Nguillatún, editada por Neftalí Agrella y Pablo Garrido, podemos encontrar dos nuevos ejemplos de esta temprana conexión entre el jazz y la poesía chilena. El primero es el poema “Torbellino”, cuyo autor, Pedro Plonka, plasma imágenes en las que se puede adivinar la alegría del carrete jazzistico: “Manos lanzadas / desparraman puñados de estrellas / Él arco de los violines / enreda las serpentinas de las risas / Y las parejas pisan los petardos del Jazz-band / tomadas de la cuerda de la música / La luz araña los torsos y flancos / Las mujeres tienen soles en la cabellera…”. El segundo texto que publica Nguillatún es una greguería colorida e imaginativa de Pablo Garrido, “Los pintores de casa”, donde el poeta no solo hace referencia al jazz, que en esos tiempos estaba asociado al baile y la diversión, sino también a sus influencias artísticas: “Sus trajes nacieron para pasearse ante decorados cubistas y detrás de futuristas orquestas, con violines verdes, cellos blancos, contrabajos azules, pianos granates, cornetas chocolates y Jazz Bands cafés.” Oportuno resulta indicar que Pablo Garrido no solo fue escritor, sino también un músico destacado que en 1924 formó la Royal Orchestra, primera banda nacional de jazz, dedicándose más tarde al estudio de la música chilena.  En 1929, Juan Marín, poeta y narrador que participó en diversas revistas vanguardistas de la época, publica el breve poemario Looping, donde construye un hablante poético cosmopolita y vital, que disfruta de pilotar aviones y de la vida nocturna, espacio, este último, donde se encuentra con el jazz: “tín… tín… / tán… tán… / toit-et-moi / lirulí… lirulá / …en el agua del jazz / hay bravezas de mar”, señala en el poema “Bataclán”, usando un tono liviano y festivo, juguetón y algo banal, pero acorde a esos tiempos donde un tal J.F. (probablemente Juan Florit) le hacía la autopsia al prolífico y reconocido poeta modernista español Francisco Villaespesa, que visitó Chile en 1921, señalando, en el número 2 de la revista Ariel, publicada en 1925,  que el seguidor de Rubén Darío era: “Autor de 130 volúmenes de hojarasca y humo. 130 loros tropicales. Una torre Eiffel de sonetos. Castillos de naipes. Nido de telarañas. Andamio que carcome la polilla clásica. Victrola con los discos iguales. Poesía leprosa en este siglo de aviones, Jazz-band y Hupa-Hupa.”  No todas las miradas sobre la música sincopada, sin embargo, tienen el tono optimista, alegre y colorido visto hasta ahora. Un ejemplo de esto se halla en la obra de Pablo Neruda, quien en Anillos, libro de poesía en prosa publicado en 1926 junto a su amigo Tomás Lago, escribe: “Ahí es donde empieza su corazón a entretenerse, araña de metales nocturnos, jazz band de sonámbulos y una novia enterrada, que es la noche profunda que él la decora con luciérnagas negras…” El texto pertenece al poema “T.L.”, dedicado justamente a Lago, presentando un tono surreal, oscuro y fúnebre, con tintes góticos. Un año más tarde, en 1927, mismo año del estreno de El cantante de jazz, primera película sonora, otro de los pesos pesados de nuestra poesía, Pablo de Rokha, publica Satanás, poemario donde pasa de la estilizada oscuridad nerudiana a una mirada también oscura, aunque hermética y estridente, asociando el jazz y otro arte emergente en la época, el cine, ambos importados principalmente desde Gringolandia, al ruido, a la violencia, al dolor: “los lagartos empapelados me lamen la filosofía: / los frutos maduros del sol / lloran en mis teatros de azufre y sangre quemada, / y el problema de luto / me araña las

Retrovisor | Abusos y violencia en la conquista de América

«La intención del fraile dominicano, quien luchó constantemente por los derechos de los nativos, era que Felipe II conociera las atrocidades que se estaban llevando a cabo en América en nombre de la corona y del dios católico, a fin de lograr medidas que implicaran una relación justa y humanitaria con los colonizados, dado que el trato que se les daba en las conquistas: “hechas contra aquellas indianas gentes, pacíficas, humildes y mansas que a nadie ofenden, son inicuas, tiránicas, y por toda ley natural, divina y humana condenadas, detestadas y malditas”». La irrupción del Imperio Español en América no consistió –por cierto– en un “descubrimiento” o en un “encuentro de dos mundos”, como se le ha llamado eufemísticamente tantas veces, dando la impresión de que personajes como Hernán Cortés y Moctezuma –por nombrar a un par de protagonistas de la época– poco menos que se reunieron a tomar té, a comer panecillos con jamón y a jugar una partida de brisca, sino de una invasión armada, de una ocupación violenta –y asimétrica– que no solo ambicionaba riquezas, fama y poder, sino también imponer una cultura, una forma de vida y de organización urbana –como plantea Ángel Rama en La ciudad letrada–, así como una religión, la católica.    Testimonio de la violencia con que se dio este fenómeno es la obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que su autor, el fraile dominicano Fray Bartolomé de las Casas (1484–1566), publicase en 1552. En este texto, dirigido al futuro rey del Imperio Español, Felipe II, de las Casas da a conocer innumerables abusos y crueldades cometidos por los ocupantes contra los indígenas, acciones que llegaron –incluso– a producir el genocidio total de pueblos como los taínos y los caribes. La intención del fraile dominicano, quien luchó constantemente por los derechos de los nativos, era que Felipe II conociera las atrocidades que se estaban llevando a cabo en América en nombre de la corona y del dios católico, a fin de lograr medidas que implicaran una relación justa y humanitaria con los colonizados, dado que el trato que se les daba en las conquistas: “hechas contra aquellas indianas gentes, pacíficas, humildes y mansas que a nadie ofenden, son inicuas, tiránicas, y por toda ley natural, divina y humana condenadas, detestadas y malditas”, como señala en una carta –dirigida al futuro monarca– que adjunta a la obra (que autores como Ramón Menéndez Pidal y Julián Marías –ambos españoles– han puesto en cuestión puesto que conformarían “una leyenda negra para España”).    Les dejo, a continuación, algunos párrafos de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, donde se puede apreciar –en un español aún en formación– parte del horror que los colonizadores –todos declarados católicos, todos creyentes en Cristo– provocaron en pueblos que tuvieron la desgracia de cruzarse en su camino de odio, codicia, perversión y brutalidad, imponiendo no solo su poder durante siglos, sino implantando a la fuerza una creencia religiosa que, paradójicamente, aún subsiste y representa la verdad para muchos descendientes de los pueblos violentados.       Selección de textos     Apuestas   Los cristianos, con sus caballos y espadas y lanzas comienzan a hacer matanzas y crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos ni dejaban niños, ni viejos ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas riendo y burlando, y cayendo en el agua decían: “¿Bullís, cuerpo de tal?”.   Andad con cartas   Otras criaturas metían a espada con las madres juntamente y todos cuantos delante de sí hallaban. Hacían unas horcas largas que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego los quemaban vivos. Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca; pegándoles fuego así los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y dellas llevaban colgando, y decíanles: “Andad con cartas”, conviene a sabe: “Llevá las nuevas a las gentes que estaban huidas por los montes”.     Parrillas   Comúnmente mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos, en aquellos tormentos desesperados se les salían las ánimas. Una vez vide que teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales señores (y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros) y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impidían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que verdugo, que los quemaba (y sé cómo se llamaba y aun sus parientes conocí en Sevilla) no quiso ahogallos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen, y atizóles el fuego hasta que se asaron de espacio como él quería.     En el reino de Xaragua   El rey y señor dél se llamaba Behechio. Tenía una hermana que se llamaba Anacaona. Estos dos hermanos hicieron grandes servicios a los reyes de Castilla e inmensos beneficios a los cristianos, librándolos de muchos peligros de muerte, y después de muerto el rey Behechio quedó en el reino por señora Anacaona. Aquí llegó una vez el gobernador que gobernaba esta isla con sesenta de caballo y más trecientos peones, que los de caballo solos bastaban para asolar a toda la isla y la tierra firme, y llegáronse más de trecientos señores a su llamado, seguros, de los cuales hizo meter dentro

Espía 13 | El verano de los chaguales

«Curtidas por el sol, el viento y el picoteo de los pájaros, las flores de los chaguales que encuentro en mi camino han adquirido extrañas formas: muchas parecen soles negros que acaban de estallar, algunas son extravagantes insectos o antenas atacadas por relámpagos. Otras me recuerdan dibujos infantiles, trazos surrealistas o las láminas de la famosa prueba de Rorscharch, a la que muchos –al cimbrarse el barco– nos hemos visto sometidos alguna vez.» Camino por los cerros cercanos a la Ligua. Es verano y entre la quebradiza maleza veo surgir –totalmente secas– las enormes flores de los chaguales. A fines de diciembre los pétalos amarillos y turquesas de esta especie nativa chilena –que vive entre Coquimbo y Biobío– se esfumaron por completo, dando paso a nutridas fuentes de semillas que los pájaros visitan a diario. Veinte años puede tardarse un chagual –o maguey o cardón o puya, como también se le llama– en dar a luz su flor, que crece sobre un largo tallo, para luego morir deshidratada. Magno y conmovedor esfuerzo, ya que esta especie es monocárpica, es decir, la semilla padre (o madre) muere una vez que produce la flor y las semillas.  En La Ligua, debido a la invasión de cultivos de paltos y la expansión inmobiliaria, se han perdido miles de las hectáreas donde habitaban diversas especies nativas, entre ellas esta planta que Neruda –el gran poeta violador– describiese de la siguiente forma: “Es una bromeliácea de hojas agudas y aserradas. Irrumpe en los caminos como un incendio verde, acumulando en una panoplia sus misteriosas espadas de esmeraldas. Pero, de pronto, una sola flor colosal, un racimo le nace de la cintura, una inmensa rosa verde del tamaño de un hombre. Esta señera flor, compuesta por una muchedumbre de florecillas que se agrupan en una sola catedral verde, coronada por el polen de oro, resplandece a la luz del mar.” (Una casa en la arena). Pablo de Rokha –comensal chileno de primer orden– también las menciona. Comparándolas con las nalcas señala que le aporta “un sabor nacional a las ensaladas «limoneadas» y «ajiceadas», comiendo a manera de los mestizos endurecidos, que somos los rotos o a la manera de los mulatos antepasados de la aristocracia del latifundio o del monopolio” (Mis mejores poemas). De Rokha, por cierto, se refiere al uso culinario del chagual, del que se preparan –entre otras comidas– ensaladas y empanadas, aunque (Ud. no lo haga) con el costo de exterminarlo, ya que es el corazón de la planta –que no se cultiva comercialmente– el que se usa para estos fines.   Curtidas por el sol, el viento y el picoteo de los pájaros, las flores de los chaguales que encuentro en mi camino han adquirido extrañas formas: muchas parecen soles negros que acaban de estallar, algunas son extravagantes insectos o antenas atacadas por relámpagos. Otras me recuerdan dibujos infantiles, trazos surrealistas o las láminas de la famosa prueba de Rorscharch, a la que muchos –al cimbrarse el barco– nos hemos visto sometidos alguna vez. Las posibilidades de interpretación, ciertamente, son infinitas.  Saco las fotos a contraluz, capto las inflorescencias de la Puya chilensis –tal es su nombre científico– mientras imagino, por un minuto, el futuro de la bella mariposa del chagual, la mariposa más grande de Chile, cuya existencia se encuentra amenazada ante la lenta pero constante desaparición de la planta que la alimenta y cobija durante su gestación. Costo del progreso, dicen algunos. Pienso que nos hemos vuelto locos. Locos e ignorantes, ciegos ante la belleza y la fragilidad del mundo que nos rodea. Respiro hondo. Sigo mi camino.   Fotografías

Espía 13 | Outsiders

«La ideología de la competencia –que se ha enquistado en nuestra percepción de las cosas– nos dificulta detenernos a ayudar al otre y darle una mano o simplemente ser amables. Muchos se figuran, desde el egoísmo, que quien les pide ayuda –pese a estar “flaco, sucio y malvestido”– está ganando buena plata con eso. Se le ocurre que “la está haciendo”, que es un estafador más en el país de los estafadores.» Les he fotografiado desde hace años. Están en todas partes. Son los mendigos y las mendigas, los vagos y las vagas, los y las inmigrantes sin fortuna, los locos, las locas, les perdides, en resumen, la creciente legión de outsiders de una sociedad como la nuestra, donde la necropolítica avanza a pasos agigantados. Muchas veces pasamos delante de ellos y de ellas como si no existieran, como si fuesen sombras. O paredes meadas. Nos hemos acostumbrado a pensar que no es nuestro problema que la pasen mal, que estén en manos de la miseria, de la locura, de la depresión, de la sicosis, de los vicios o de otros males o discapacidades. O de mezclas de todo lo anterior. Tampoco que se alimenten de basura, que carezcan de documentos, que defequen en las calles o que duerman sobre colchones desechados, tapados con nylon y cartones. Si están en esa situación, se comenta, es su problema. Nadie los obligó a irse a la calle y mandar todo a la chucha, asumiendo la idea –individualista al máximo– de que las cosas dependen totalmente de nosotros mismos, que son personas que fueron al supermercado de las opciones y llenaron mal el carrito. “Es indudable que el ser libre puede significar libertad para morir de hambre”, señaló alguna vez Friedrich Hayek –delirante ideólogo de variados personajes de la dictadura chilena y de tipos como Milei o Rojo Edwards–, lo que es válido y digno, pienso, siempre y cuando tal decisión se tome con el estómago lleno. No olvidar que el carrito de las opciones se completa con plata y a la mayoría –que no hereda pese a la campaña permanente de las afp– le alcanza para poco y a veces para nada. Muchos, así, se quedan con el carrito vacío o casi vacío, desnudos frente al mundo, castigados con el olvido, con la invisibilidad, pues su desnudez no da ni siquiera para morbo, no da para vender baterías de camiones, tarjetas de crédito, o para actuar en películas porno o prostituirse en un antro de Bandera. La ideología de la competencia –que se ha enquistado en nuestra percepción de las cosas– nos dificulta detenernos a ayudar al otre y darle una mano o simplemente ser amables. Muchos se figuran, desde el egoísmo, que quien les pide ayuda –pese a estar “flaco, sucio y malvestido”– está ganando buena plata con eso. Se le ocurre que “la está haciendo”, que es un estafador más en el país de los estafadores, que es de la misma calaña que parte con los grandes empresarios y los políticos y los altos mandos de los uniformados, expertos todos ellos en montajes y en desfalcos y termina con el comerciante que no da boleta y el operario que se roba los tornillos de la obra. Es decir, que se trata de una rama podrida más en un árbol que muere aceleradamente. En el mejor de los casos, se piensa que la persona en situación de calle está desarrollando un trabajo, un oficio, algo que da lucas para vivir, no que se trata de una tormenta en pleno desarrollo. No te ayudo, porque a mí nadie me ayuda, se escucha rugir desde el fondo de cada soledad que va corriendo a cumplir la meta del mes cuando se encuentra, en las calles, con gente como la de las fotos que ahora comparto con ustedes. Fotografías

Espía 13 | Vitrinas de Santiago

«Hoy en día, cuando el tsunami popular fue extinguido mediante un poderoso insecticida mediático y una nueva constitución, hecha por dinosaurios de verdad -no por personas disfrazadas de dinosaurios- creará la República Mesozoica de Chile, vuelven alegres los micro y los pequeños y los medianos y los grandes comerciantes a recuperar sus locales, sus calles, sus comunas, sus provincias, sus regiones, su país, alojando en sus vitrinas -la mayoría más bien amateurs, más bien folclóricas- una variada oferta de “satisfactores de necesidades”, como se le denomina a la mercancía en el submundo del marketing.» En otro tiempo, si mal no recuerdo, las vitrinas eran un lujo y estaban destinadas a guardar en su interior lo sagrado de cada civilización: minotauros de mármol negro, coronas de oro y plata, Cristitos de madera noble, vírgenes sangrantes, camafeos de esmeraldas, momias egipcias, pulpos milagrosos, cráneos indígenas, mapas del mundo, tratados de astronomía, fetos en formalina, el primer motor, la primera radio, el primer revólver. Su destino, hoy en día, es casi el mismo, pues dejando de lado las vitrinas familiares -esas donde se acumulan copas, jarros, vasos y poncheras- aquellas que ocupan el espacio público, es decir las vitrinas del comercio establecido, contienen de igual forma lo sagrado de este tiempo: la mercancía. En cada calle de nuestras ciudades (que no son nuestras) nos encontramos con estas construcciones -transparentes en lo aparente- para las que la exhibición de productos es su sine qua non. Vitrinas, hay que añadir, que quieren secuestrarte, llevarte tras el vidrio y hacer de tu vida una parte de su plan de negocios. Muchas cayeron abatidas durante el estallido social, fueron ajusticiadas por el pueblo dirá algún entusiasta, dado que representaban el primer flanco del capitalismo extremo reinante. Algunos, los más consecuentes -por lo general chicos y chicas anarquistas de polerón y capucha negra- en doradas hogueras quemaron la mercancía extraída: plasmas, zapatillas, smartphones y otros ingenios de consumo ardieron bella y tóxicamente en las calles revolucionadas. Algunos, los más buena onda, repartieron lo recuperado en el barrio o entre amigos. Otros, ya sea por necesidad, espíritu carroñero o atrofia delincuencial, se lo llevaron a sus covachas para luego venderlo en la cola de la feria. Hubo muchos también que se consideraron a sí mismos como él o la persona más necesitada del mundo y se quedaron con la mercancía, se hicieron auto justicia, podría decirse. Gran cantidad de tiendas, en este escenario, cubrieron sus fachadas con planchas de fierro, se blindaron, dándoles a nuestras metrópolis (que no son nuestras) un aspecto de ciudad distópica. De cómic postapocalíptico o de novela de Germán Marín (me refiero, en específico, a Ídola).  Hoy en día, cuando el tsunami popular fue extinguido mediante un poderoso insecticida mediático y una nueva constitución, hecha por dinosaurios de verdad -no por personas disfrazadas de dinosaurios- creará la República Mesozoica de Chile, vuelven alegres los micro y los pequeños y los medianos y los grandes comerciantes a recuperar sus locales, sus calles, sus comunas, sus provincias, sus regiones, su país, alojando en sus vitrinas -la mayoría más bien amateurs, más bien folclóricas- una variada oferta de “satisfactores de necesidades”, como se le denomina a la mercancía en el submundo del marketing. Fotografías de las vitrinas santiaguinas, que muestran desde cisnes de plumavit a calaveras plásticas, pasando por vírgenes, ponchos, armas, gorros, Cristos, muñecas, artículos de cacería, delantales, indumentaria erótica, monjas, ternos, ropa de cama, vestidos de novia y hasta una tapa de wáter con la cara de Marylin Monroe acompañan esta breve nota (incluyendo, muchas veces, los reflejos de la ciudad y su gente, que se cuelan, como un registro fantasmagórico de la vida humana, entre los variopintos productos ofertados).    Fotografías