Literatura

Trastienda | Un puñado de palabras al vuelo de «El obsceno pájaro de la noche»

«El afuera es la intemperie que se aleja y nos asedia con su presión indefinida, transmutada en violencia, en policía que controla los límites y golpea, en religión decadente, en búsquedas y creencias que están fuera de nuestro alcance. Pero aún más, es el abismo y el laberinto de las máscaras, de los mitos, del ser alguien. Algo que sostenga lo real, que sostenga la posición en la vida.» La novela El obsceno pájaro de la noche de José Donoso marca un desvío en la literatura realista y diría en la literatura de representación. Es un espectro lúcido de los procesos literarios y de identidad desfondada. Es el roce con la materialidad en la lengua, como si su orientación de sentido fuese intervenida y dislocada por esa materialidad que comienza a ocuparla. Máscaras, mitos, cuerpos, transfiguraciones, sexo hechizado, castraciones, reposiciones, intercambios, mutilaciones, injertos. Movimientos de un mundo en constante desplome. Rostros de cartón piedra o deformes como el grotesco. Imbunches y brujería. Un perro amarillo como fondo permanente, recorrido de una mirada animal que lo transforma todo. Y lo que queda es el despojo hecho cenizas. Una vida que se esfuma al borde del río que cruza una historia, las historias que se desvanecen, como un río de palabras, la misma narración del mudito. Un mundo oculto y grotesco. Y la necesidad de la máscara, de ser alguien aunque el tiempo termina barriendo con todo y hay quienes nunca tuvieron una máscara y pudieron habitarlas todas. El desamparo de los sospechosos sin nombre, de los que no tienen lugar, y la calle es su abismo, los expulsa, los mueve en la incomodidad animal, en el porte de su miembro que los mantiene en la excreción de vida a como dé lugar. Una violencia permanente en los muros de adobe que contienen una mirada, una pregunta desesperada, una venganza contra toda la significación idiota de un país que no termina de ser. Del barrio la Chimba hacia su propia intemperie, lo único que queda es la desprotección absoluta de todos esos fantasmas que pueblan las palabras y la conjuración atormentada de alguna fuerza sobrenatural (la artificialidad del collage de carne, del mosaico religioso a los fragmentos de cuerpos y vidas ajenos, injertos y mutilaciones) que no hace más que cortar y pegar carne contra carne, monstruos con monstruos, deformaciones y palabras. En los bordes de la representación no hay país posible, no hay identidad. Y está el grito desasosegado de ser alguien, de vestirse con la ropa que los jutres imponen, para hacerse visible, ser reconocido. Y lo más interesante de ese abismo de la identidad, es el abismo de la escritura. Esos mismos cortes son los procesos portentosos de una novela de esta magnitud, un monstruo de cortes que son los signos, las palabras como injertos arrastrados por la fuerza que los impulsa. El mostrar lo que no vemos, la necesidad de la máscara que se ha hecho parte de la piel, que reconocemos como propia, es un proceso sin terminar. Un ocultamiento que solo pueden ver los que han quedado al margen, porque no se reconocen, porque sus máscaras se notan y notan la tuya y la de todo lo que está en escena, es la mirada obscena de este pájaro de la noche que no deja de vernos. La literatura chilena ha tenido como obsesión la identidad. Representarse el ser chileno como aquel ente civilizado idealista que con su voluntad (liberal) puede construirse una vida decente, o como el que lucha contra la naturaleza y sobrevive por su fuerza (Latorre) y se autoconstruye, pero esas imágenes fracasan y exigen una figura que sostenga la imagen que nos damos. Desde Manuel Rojas el deslizamiento fantasmal de los contornos poco precisos del ser chileno abren un desfondamiento en el desamparo de no ser sino una caída. Un puñado de palabras que no pueden sino hundirse con el rio y desaparecer en el silencio del viento cordillerano. Un silencio mineral donde las piedras que estuvieron antes que nosotros lo estarán cuando no haya nada. Donoso abre la herida con la fuerza poética de su prosa. La abre hasta el vértigo. En las casas de tierra, adobe, en las casas patronales, en las extensiones de una pesadilla. En el deslizamiento, como el hechizo de un soplo, de un ruido, sonidos y carne que se van desgajando, desmintiendo, anulando la importancia de cualquier forma de superioridad de casta. Notable momento en que el resentimiento de Jerónimo emerge, por el hermoso pañuelo hecho por la Peta Ponce, y nos sumerge en el odio resentido contra la vida. Una vieja y su colchón pudriéndose, no podría producir esa belleza. Ese momento reconocible de la oscuridad de una clase que se fabrica su superioridad de casta, se impone construyendo muros que nos separen, de tal modo que nadie los cruce si no tiene el aspecto de su propia invención. Pero por las rendijas, por las miradas, por las palabras, por medio de esas manos gastadas aparece algo que nos sorprende por su belleza. Siempre asediados por los de afuera como si entre los muros aparecieran los brazos que los tironean fuera de la ilusión de su investidura. Investidura que se teje en las relaciones, y aparece cuando esas relaciones tocan su tejido, una ficción jerárquica. Así sucede con la escritura. Una ontología que sigue los pasos de una sustracción irremediable. La sacralidad de la que emana lo que mueve las búsqueda de un reconocimiento beato rechazado. Qué somos, parece decir la novela de Donoso, y ahí está lo obsceno, todo lo que no entra en escena y que asedia y aparece asoma en la lengua de Donoso, es aquello que se disimula tras los muros, el tiempo, las viejas, la pesadilla, la locura, el cuerpo y el sexo, el fondo de una santa ausente y el mito de un origen puro, la acumulación cabalística de cajas insertadas unas en otras hasta el infinito. Cómo si de ese modo las viejas invocaran el infinito de la carne triste y del retorno

Patio de luz | ¿Por qué una mujer, y no un hombre?

«El disfrute, el placer, debe ser el motor por el cual aportamos al mundo lo necesario para que éste continúe existiendo. Los hombres que nunca han tocado a otro hombre debieran dar el primer paso. Liberarse de la carga de siglos de esclavitud pensante, de farsas religiosas, filosóficas, sociológicas y psicológicas. Comenzar a ser felices en la diversidad que llama a grandes voces. Y dejar de caer en esa baba constante de que la mujer y el hombre son el uno para el otro, el complemento, el ying y el yang.» ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Debiera preguntarse el joven rubicundo que está a las puertas de la iglesia esperando a la mujer que ha elegido para toda su vida…o no para tanto. Mientras arregla su corbata, pasa revista a la limpieza de sus pantalones y piensa intermitentemente en su noche de bodas. Es más, espera saltarse toda la recepción para llegar al pastel más apetitoso. ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Piensa un señor cuyo matrimonio se llevó a efecto en la década de los ochenta, con mucha pompa, mucho beso, mucho abrazo, y los años que le siguieron bautizando a cada uno de sus tres hijos. ¿Por qué una mujer? Si en estos momentos espera al mejor dotado de los escorts que aparecen en la página Sexo Urbano, y lo espera para hacerse tan sumiso, dejándose reventar el culo por ese “machote” que alquila religiosamente una vez por mes para tener la mejor de sus alegrías, sintiendo el infinito placer que nunca antes había experimentado en su memorable matrimonio. ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Gesticula un padre cuya hija acaba de graduarse de Física, en una de las importantes universidades del país, mientras tres sátiros lo penetran a turnos sobre un sling que se balancea en un antro santiaguino.  ¿Por qué una mujer, y no un hombre? No he hecho esta pregunta a los mismos hombres socialmente aceptables, de los cuales he gozado múltiples veces su agujero: padres, abuelos, recién casados, en pareja… porque me molesta hablar cuando practico el sexo con desenfreno. He conocido, sí, respuestas que bordan el ridículo. Por un lado, la de un académico de gran sabiduría, que dijo “porque me gustan las mujeres”. Por otro lado, la de un vividor, fanático del sexo, que por unas monedas se entregaba a cualquier hombre que lo solicitara, en las oscuridades del estero Marga Marga. Bien dotado de verga, pero con cierto grado de dificultad mental, que dijo “porque las mujeres tienen tetitas”. Bien entrado este siglo 21, a las puertas de una tercera guerra mundial, con gobiernos que caen bajo el populismo, el neofascismo, el sable islamita o la religión más severa, esta pregunta debiera ser tan contemporánea como nosotros, que hemos vivido el embate de las calamidades golpistas, la ausencia de libertad de pensamiento y conciencia, la desaparición de seres queridos y la desorganización completa de un país que alguna vez tuvo una esperanza. Justo hoy, que una pareja está a esta hora frente al oficial civil para formalizar su matrimonio, el mencionado debiera preguntar ¿Por qué una mujer, y no un hombre? ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Debiera preguntar el cura que hace sus transmutaciones de saltimbanqui, en vez de indagar por el “sí acepto” a la pareja que está frente al altar, un tanto emocionada y nerviosa. Al cura, en principio, le resultaría de maravilla esta pregunta, ya que él está pensando en los culitos de los acólitos, que estaban vírgenes antes de entrar a la comunidad, igual que la mitad de otros niños y adolescentes de la población. A pesar que a alguno, más despabilado, tuvo que soltarle unos billetes… Con el simple raciocinio, y sin tener conocimientos suficientes para avalar cualquier teoría, se puede establecer las siguientes ideas para esta consulta un poco átona para aquellos que piensan que las cosas deben darse porque sí: — Las enseñanzas religiosas, que rezan: creced y multiplicaos. La iglesia, desde sus inicios, fue la más canalla detractora de libertades; y creadora de mitos en relación al hombre y su conducta, especialmente en lo que respecta al tema sexual. — La costumbre social, que transmitió estas enseñanzas como panes multiplicados misteriosamente y cortó la garganta de la libertad a lo que no estuviera acorde a esas doctrinas. — La fragilidad emocional de los jóvenes (y no tanto), de todos los siglos anteriores al XIX, de reflexionar acerca del conocimiento de su cuerpo, de su funcionamiento, y de la simple idea del placer. — La política, que en cualquiera de sus variaciones adicionó el sesgo de “hombría” a los hombres que deseaban firmar por una causa de este tipo. Aquellos “evangelizadores” de los súper hombres, que construyeron el nazismo, el marxismo, el comunismo y las ultraderechas más recalcitrantes que se sumaron en masa, y cerraron con un candado indeleble aquellas pequeñas luces que ya comenzaban a alumbrar el camino de la reflexión acerca de las relaciones sexuales. — La publicidad, en especial la de América del Norte, que dictó estándares de comportamiento, vestimenta y normas asociadas al consumismo. Cuando, paralelamente, infiltraba las revistas de desnudos masculinos, el porno gay y los juguetes sexuales, que comenzaron a ser el sueño húmedo de miles de consumidores a lo largo del mundo. Anotemos aquí también a la Alemania, Francia, Inglaterra, los países bajos y los nórdicos. La historia, contrariamente, tiene un montón de ejemplos en donde la pregunta ¿por qué una mujer, y no un hombre? ni siquiera era necesaria. Los griegos y el Imperio romano llevando la delantera en este acalorado asunto. En lo que va de mundo, no obstante, la farsa de los sexos se ha mantenido en el mismo esquema profetizado por Yahvé, Buda, y el sinnúmero de imaginaciones fantasiosas que han restringido la libertad del hombre, o ese pequeño “libre albedrío” que algún somnoliento ve en la distancia entre dedo y dedo de la creación del mundo, de Miguel Ángel. En mis años de liceo, el

Fichero | Los peligros de escribir a la rápida

«Más logrados, tengo la idea, son aquellos relatos de la argentina donde los personajes presentan perturbaciones mentales, como la narración que da nombre al libro, puesto que al mostrar algo de la locura de la sociedad actual resultan más creíbles e inquietantes. En todo caso, si se trata de sentir terror, las noticias del día a día son mucho más eficientes que la prosa de la Enriquez. Causa escalofríos, por ejemplo, pensar que el estado de Chile haya esperado durante décadas (y siga esperando) que fallezcan miles de profesores y profesoras a fin de no pagarles una deuda contraída por Pinochet y sus socios derechistas. O que una mujer –en el sur de Chile– haya sepultado a su guagua en un cementerio de mascotas. O que variadas víctimas de asesinato –machismo, mafia, ajustes de cuentas– sean enterradas cotidianamente bajo losas de cemento en patios o subterráneos, al mejor estilo de los relatos de Poe.» Su figura –de aura mustia– se me ha cruzado en diversos diarios nacionales e internacionales y hasta en la tele (en una entrevista con CNN, según recuerdo), recibiendo un tratamiento poco común en Chile para alguien del mundo de las letras, pues además de ser noticia en la prensa ha dictado charlas –de esas que llaman magistrales– en universidades y centros culturales. Debe ser la nueva estrella de la narrativa sudamericana, pensé con cierta ironía –inevitable– cuando supe que hasta el Diario Financiero le había dedicado unas páginas, poniendo como título una de sus frases: “Que hablen los que tengan realmente algo que decir y no por ser famosos”. Estoy hablando, escribiendo más bien –el agudo lector ya lo habrá notado– de la escritora argentina Mariana Enriquez, cuyo conjunto de relatos Los peligros de fumar en la cama (2017), adquirí –y muy caro– con el objetivo de conocer su publicitada narrativa. Mis expectativas, por cierto, eran altas, puesto que, además de su ubicuidad mediática, al indagar en la red me encontré con positivas opiniones acerca del volumen de cuentos en cuestión, básicamente, eso sí, las mismas que emite Anagrama –editorial que publica a la trasandina– con estrictos fines de marketing literario. Se habla, allí, de “doce soberbios cuentos” que, para ser breve, recrearían / refrescarían el género clásico de terror, insertándolo en la cotidianeidad de estos tiempos, agregándole una pátina de turbio erotismo femenino. Es decir, estaríamos hablando de una mezcla de Edgard Allan Poe o Mary Shelly –por mencionar algunos hitos del género– con plumas eróticas como la de Anaís Nin o el mismísimo George Bataille de Historia del ojo, aunque actualizados, metidos en la juguera de la posmodernidad, modernidad tardía, líquida o como quiera llamársele a esta etapa que nos toca vivir. Me puse a leer la obra. Lo primero que observé es que los relatos que componen Los peligros de fumar en la cama se sostienen sobre dos mecanismos que habitualmente se ligan al terror: lo sobrenatural y lo psicológico. Estos mecanismos, de más está decir, no funcionan por su sola presencia, es decir, no basta con poner un fantasma o un zombi agusanado que se escapa de una tumba para que el texto sea un relato de terror. Se requiere, además, de una estructura narrativa que permita mantener la atención del lector y generar, obvio, miedo, angustia, sudores helados. En este sentido, los relatos de la Enriquez quedan bastante en deuda, puesto que son textos planos, lineales, donde la sorpresa solo puede provenir –si lo hace– de lo anecdótico, dado que su autora los deja a medias, como si de pronto se le acabase la imaginación y le viniera el tedio, inventando un final a la rápida, abrupto, poco convincente, además fome, dejando al lector con la idea de que lo han estafado. No tanto la escritora, sino las editoriales, la prensa, en fin, la máquina de poder que hay detrás de cada estrella del mainstream literario, como lo es la Enriquez, puesto que, si alguien envuelve un pollo agusanado y lo vende como pollo fresco, la culpa, se sabe, no es del pollo.  Además de la falta de una estructura sólida, los relatos contenidos en Los peligros de fumar en la cama, adolecen de verosimilitud, es decir, dificultan que uno como lector se crea –en el marco de la "suspensión voluntaria de la incredulidad" de la que hablaba Coleridge– lo que está ocurriendo en la narración y entre en el mundo fantástico –en este caso en el subgénero del terror– que nos propone quien escribe. Tal “negociación” no se lleva a efecto en los relatos de la escritora argentina, al menos yo no fui capaz de “firmar el contrato”, puesto que sus narraciones, especialmente aquellas donde priman elementos sobrenaturales, son demasiado gratuitas, sin fundamento, charchas se diría en Chile, como la mujer roja hecha de yeso y de pezones negros que, de la nada y sin justificación, se le presenta a una de las chicas “acaloradas” del relato “La virgen de la tosquera”. Esta ideación, me parece, no supera ni siquiera a las clásicas y repetidas leyendas terroríficas del pueblo, como “La llorona”, que tienen cierta lógica y contadas adecuadamente siguen poniendo a muchos la piel de gallina.  Más logrados, tengo la idea, son aquellos relatos de la argentina donde los personajes presentan perturbaciones mentales, como la narración que da nombre al libro, puesto que al mostrar algo de la locura de la sociedad actual resultan más creíbles e inquietantes. En todo caso, si se trata de sentir terror, las noticias del día a día son mucho más eficientes que la prosa de la Enriquez. Causa escalofríos, por ejemplo, pensar que el estado de Chile haya esperado durante décadas (y siga esperando) que fallezcan miles de profesores y profesoras a fin de no pagarles una deuda contraída por Pinochet y sus socios derechistas. O que una mujer –en el sur de Chile– haya sepultado a su guagua en un cementerio de mascotas. O que variadas víctimas de asesinato –machismo, mafia, ajustes de cuentas– sean enterradas cotidianamente bajo losas de cemento en patios o subterráneos, al mejor estilo de

Panóptico | El hombre imaginario

«Estas escritoras que, en alguna etapa de sus vidas, han puesto a un hombre como centro, que han escrito sobre ellos y los han idealizado, no han sido capaces de soportar la cruda luz de la realidad, pues al descubrir en estos hombres su condición de fantasmas y sueños de su imaginación, algunas optaron por soluciones radicales.» Tal como sucede con la literatura escrita por hombres, en la escrita por mujeres también, a veces, aparece una figura inspiradora, en este caso la de un hombre que se convierte en el eje de sus vidas, rompiendo sus paradigmas, despertando su deseo, su pasión y la idea de que en alguna parte existe el amor total. Un ser que dada su perfección puede llevar a la mujer a estados de exaltación pura. Pero este tipo de relaciones, al parecer no forman parte de la vida cotidiana, por eso están teñidas por la imposibilidad, el quiebre y la decepción, pues no siempre estos hombres han estado a la altura de las circunstancias o son solo parte de un sueño. Alrededor de la figura de este ser imaginario se han escrito muchas páginas, siendo la inspiradora de grandes pasiones que han quedado en la historia de la literatura. Los casos que recogeremos se centran fundamentalmente en nuestra época contemporánea, no porque este hombre haya surgido solo en los últimos siglos, sino porque es ahora cuando la mujer ha tenido la oportunidad de publicarlo.   Violeta Parra (1917 – 1967) conoció al músico y antropólogo suizo Gilbert Favre (1936 – 1998) en su cumpleaños número 43. Los 18 años de diferencia entre ambos no fueron para ella ningún problema. El “Gringo” o el “Chinito”, como le apodaba, fue el último de sus grandes amores, antes se enamoró muchas veces, incluso algunos han llegado a afirmar que siempre estuvo enamorada. Junto al suizo vivió una aventura extraordinaria, como fue su exposición en el Museo del Louvre de París. Sin embargo, por diversos motivos estuvo varios períodos alejada de él y esto fue la fuente de muchas cartas que le envió. En estos textos, en que mezcla elementos de la cotidianidad, de la subsistencia diaria y el amor, se la ve como una creadora llena de pasión, iracunda a veces, celosa, posesiva y enamorada, pero sobre todo llena de dolor: “Un año nuevo sin ti. Mala suerte. Tengo un hombre fantasma ¿Cuándo tendré un compañero a mi lado? Parece que los chinitos no se han hecho para mí. Parece que no estoy en este mundo porque siempre me encuentro volando muy sola…”. Para Gilbert, al parecer, lo que comenzó como admiración por la artista, pasión y amor, con el correr del tiempo se fue enfriando. Son muchas las cartas en que Violeta le pide respuestas urgentes, solicita verlo pronto o lo añora: “Tu carta es bastante diversa. Se diría que ya no me quieres. No me ocultes la verdad por nada del mundo (…) Puede que tengas penas, puede que yo también tenga pena. Puede que se fue el amor y puede que no (…) claro que yo no sé si eres mío, ese es el misterio”. También en la poesía de su última etapa –que es justamente, la de la relación con el “gringo”– encontramos las huellas de este amor. En “Gracias a la vida”, por ejemplo, en el último verso de casi todas las estrofas se habla de este hombre, de su “voz tan tierna” y de sus “ojos claros”. Pero todo termina con la separación definitiva, Gilbert se fue rumbo a Bolivia donde comenzará una nueva vida, es en ese instante donde Violeta escribe este poema extraordinario que nos habla del dolor de la pérdida, del tren que se lleva a Run Run pa’l norte: “En un carro de olvido, / antes del aclarar, / de una estación del tiempo / decidido a rodar / Run Run se fue pa´l norte, / no sé cuándo vendrá / vendrá para el cumpleaños / de nuestra soledad…”. La vida para ella, después de esta partida, no volverá nunca a ser la misma, se llenará de clavos y espinas, poco tiempo después ella también partiría, pero por la puerta de emergencia: “Run Run se fue pa´l norte, / qué le vamos a hacer, / así es la vida entonces, / espinas de Israel, / amor crucificado, / corona del desdén / los clavos del martirio / el vinagre y la hiel / ¡Ayayay de mí!”.   La poeta uruguaya Idea Vilariño (1920 – 2009), fue una escritora quitada de bulla, tímida y, por lo mismo, poco conocida por los grandes públicos, pero que sin duda escribió una obra poética en torno al amor (sobre todo al desamor) de gran factura, en la que aparece la figura de un hombre ajeno, prestado, alrededor del cual va a tramar sus poemas durante muchos años. Que el hombre sea casado o inaccesible, también es una constante en la obra de Idea –el nombre se le ocurrió al padre, aficionado a la poesía–, quien se enamoró del también tímido y casado novelista Juan Carlos Onetti (1909 – 1994) y, según sus biógrafos, a él están dedicados la mayoría de sus textos de amor. Es una relación de instantes fugaces, sin embargo, fueron capaces de llenarla para toda la vida: “Tal vez tuvimos solo siete noches / no sé / nos las conté / cómo hubiera podido. / Tal vez no más de seis / o fueron nueve. / No sé / pero valieron / como el más largo amor. / Tal vez / de cuatro o cinco noches como esas / tal vez / pueda vivirse / como de un largo amor / toda una vida”. Se enamora de Onetti, la misma noche que lo conoce, según su propia confesión y comienza así una relación que les va a durar toda la vida “un hombre que llegaba a mi casa sin aviso, a cualquier hora, cerrábamos las puertas y las ventanas. Se detenían todos los relojes. Ya no sabíamos si era de día

Perfiles | Idas a negro

«De regreso de la panadería, donde el color calipso de los delantales de las dependientas estimuló algo en ella, una pila, un centro energético, un chacra mal sintonizado, pasó al bazar y se compró un set de maquillaje con 36 tonos diferentes. Es igual al de maybelín, niuyork, le dijo la vendedora, una morena de boca estrecha y moño, con los párpados cubiertos de gel brillante, que parecía la estatua de cera de una morsa coqueta.» Hace unos minutos terminó la serie turca de la media tarde y ahora, delante de una tacita de té, espera que llegue la hora de ir por el pan. Un vestido azul, con minúsculas flores blancas, cubre su cuerpo delgado, pálido, esmirriado. En lo alto, una peluca cana -con tintes violetas- le da a su cabeza septuagenaria, afectada por una creciente calvicie senil, el tono de una maceta ornamental que contiene colas de zorro. Hace quince minutos que se encuentra inmóvil. Está pegada en un recuerdo, aunque si alguien le preguntase en cuál, le ha sucedido, la memoria se le borra. Se le van los detalles, dice. Está descansando y se lo merece, pues a primera hora, además de abrir los ojos, toda una tarea, no solo preparó el desayuno, sino que fue capaz de comer y lavar la loza correspondiente. Tomó una serie de pastillas, además, que la mantienen viva. Pensó luego que sería bueno ordenar la cama, cambiar las sábanas, barrer no solo el dormitorio sino la casa completa, la vida completa, pero no tuvo ganas, casi nunca tiene ganas y aceptó de buen grado el desorden doméstico, las sábanas sucias, pasadas a desodorante, talco y orina, la persistente capa de polvo sobre el piso y los muebles, las arañas que cruzan sorpresivamente los muros, el cerro de ropa por lavar que mantiene en una silla. Le hubiese gustado tener una criada como la de las teleseries, con delantal y toca, casi una enfermera del cloro, pero la plata de la jubilación -es una más de las estafadas por las afp- no le da para esos lujos.  En vez de asear se puso a escuchar discos de Rocío Dúrcal, “la Señora de la Canción”, alcanzando un clímax emocional cuando la diva de las divas interpretó su obra más sentida: “La gata bajo la lluvia”, hit internacional en el mundo de la llamada “música bonita”. En ese momento se paró frente al espejo y, con más entusiasmo que entonación, cantó a viva voz el tema, lo coreó mientras hacía movimientos eróticos con sus caderas y gestos de gatita con sus manos huesudas y su boca arrugada: “Tú te vas y yo me quedo aquí, lloverá y ya no seré tuya, seré la gata bajo la lluvia y maullaré por ti.”  A partir de las doce preparó el almuerzo, pure de lentejas en caja otra vez, lentejas años dorados, años borrados, luego comió y volvió a lavar la loza, sufriendo el atasco del lavaplatos, contratiempo que superó con media botella de ácido muriático. El siguiente ciclo de comida, correspondiente a la once, todavía no comienza. Falta para eso. Por eso descansa, por eso está quieta, relajada. Tiene muy presente, se lo repite a cada rato, que hoy, en la panadería, además de marraquetas comprará algunas cositas extras para la once, paté de ternera, mermelada de alcayota, servilletas, una palta, pues su hijo vendrá a visitarla. Viene todos los miércoles. Es súper buen cabro. Imagina que cuando muera será lo mismo. Arturo, el Rurro, irá al cementerio cada miércoles a dejarle unas flores y a contarle cómo va la vida. Esta idea la hace pensar que tiene la eternidad asegurada, que su rutina no cambiará ni viva ni muerta. Con esos pensamientos en la cabeza mira una imagen de la virgen del Carmen, patrona de Chile, que mantiene en la cocina, junto al oxidado refrigerador, y le guiña un ojo pensando en Betty, la Chinita, su amiga y socia de juventud, quien se la regaló la noche anterior a caer de siete puñaladas en un hotelito de San Pablo.  Fue en los setenta. Un milico curado se puso celoso.  De regreso de la panadería, donde el color calipso de los delantales de las dependientas estimuló algo en ella, una pila, un centro energético, un chacra mal sintonizado, pasó al bazar y se compró un set de maquillaje con 36 tonos diferentes. Es igual al de maybelín, niuyork, le dijo la vendedora, una morena de boca estrecha y moño, con los párpados cubiertos de gel brillante, que parecía la estatua de cera de una morsa coqueta. Una vez en casa, mientras se maquillaba, recordó que en su juventud se acostó con muchísimos tipos por plata. Le vino el flash, como se dice. Fue un tiempo nomás, se justificó, no acertando a determinar si fueron dos o tres años, quizá cuatro. Sabe, sí, que de ahí viene Arturito. Sabe, también, que por él dejó el oficio y se empleó como operaria mal pagada en una fábrica de niples. Se pregunta si debe contarle o no a su hijo ese pasado. Ya no es un niño, debe andar por los cincuenta y algo, es un hombre hecho y derecho y sabrá entender. Pero también es posible que sea juzgada, que sea juzgada y condenada, aunque ya no recuerde exactamente qué hizo con su culo, hoy con pañales, y con quién y por cuánto y le dé igual.  Viene repitiendo este diálogo con ella misma desde hace décadas, aunque cada vez con menor claridad, cada vez más desprovista de imágenes de archivo, cada vez con más idas a negro, y seguro que esta vez será lo mismo: no le contará nada mejor. No, porque vivió, un par de veces, la experiencia de ser rechazada por tipos que la quisieron y huyeron cuando conocieron sus inicios laborales. Tipos a los que ella también quería y la hicieron sentir, verdaderamente, una “gata bajo la lluvia”. Después de estos fracasos no lo volvió a intentar, Arturito no sabría su origen pues

Patio de luz | El Ibáñez

«El Ibáñez y yo formábamos una extraña conjunción. Ambos confiábamos el uno en el otro, como si hubiésemos hecho un pacto secreto. Pero entre los dos no había secretos, ya que nuestras conversaciones (o sus extensos monólogos), no pasaban de lo habitual, de lo cotidiano. Un día tras otro él me pedía que le acompañara a tomar la micro. Y yo aceptaba encantado, porque tenía la sensación de caminar al lado de un hombre a quien, de una u otra forma, le importaba.» Para Guiulio, el de los cerros de Valparaíso   Hablar del Ibáñez es abrir un poco la puerta de mi escamoteada adolescencia. Época de la cual evito pronunciarme, por falta de memoria tanto como por la indigencia de existir en aquel periodo: flaquísimo, a medio vestir, con todas las posibilidades de futuro en mi contra. Vivir era más que un esfuerzo. (Paradójicamente, la población donde vivía, y aún vivo, se llama El Esfuerzo). Pelear todos los días por respirar, por salir a la calle, por bajar las enormes escaleras del cerro para dirigirme al liceo. Y allí convivir con un montón de extraños, la mayoría de los cuales nunca supo de mi existencia. Era pelear porque el recreo terminara pronto y volver a la sala de clases: mi único refugio para la guerra que se desarrollaba en la sociedad, oscureciendo las bondades del país, que se había transformado en un piño de soldados cuidando su metralleta; una retahíla de bandos y decretos que salían por la radio a pilas, y los interminables estupidoloquios de Hermógenes Pérez de Arce, que continúa vivo negando lo innegable hasta estos días de tecnología digital y robotes que comienzan a quitarle el lugar a los hombres, bajo una resolana de inteligencia artificial.   Aquellos años de pantalones zurcidos, de zapatos prestados, de corbatas y útiles escolares donados por algún apoderado de buena voluntad…o de gran billetera. En esta atmósfera caleidoscópica, coronada por el gran silencio que me envolvía, pareciendo ser un clon, abarcando las márgenes de cualquiera que quisiera acercarse, porque de vez en cuando se percibía el vacío… En fin. Ante toda esta antisepsia existencial, parece que para el Ibáñez yo existía. No sé cómo, ni cuándo, comenzó esa historia tan banal y a la vez tan significativa.    A mis 14 años cursaba el primero medio en el liceo Guillermo Rivera, de Viña del Mar. Institución con sólido prestigio educativo. De sus aulas habían surgido profesionales de renombre, que tarde o temprano los profesores nos embestían como para decirnos que no podíamos ser menos que aquellas lumbreras. Nada que la infancia pudiera superar. La insignia del liceo estaba formada por las letras GR, que los estudiantes mayores traducían como “Gatos Rabiosos” cuando les tocaba ir a algún enfrentamiento con los pacos o a alguna protesta. Pero no eran los únicos que se apersonaban en esas situaciones. También el liceo de niñas de Viña del Mar, cuya insignia consistía en las letras LVM, y se transformaba en “Las Vacas Marinas”, asistían a esos eventos. Los Gatos Rabiosos iban a buscar a Las Vacas Marinas, que saltaban los muros de su liceo y se dirigían a las zonas del conflicto, con mucho alboroto y ruido de trompetas plásticas.   Entre esa majamama de clases, recreos y protestas, el Ibáñez comenzó a hablarme. Él era un chico de mayor estatura y edad. Su cabello era rubio, sus ojos, verdes; y su tez levemente tostada. Era un muchacho hermoso, pero no creo haberlo advertido en aquellos momentos. Siempre estaba a mi lado hablando, tratando de sacarme de mis monosilábicas respuestas. Me gustaba sentirme tocado por su voz y por su risa. Era alegre, a pesar de que sus notas sólo de vez en cuando rozaban el 4.0. La mayoría de sus rojos parecía agrandarle más la sonrisa y los deseos de flotar en ese mundo tan suyo. El Ibáñez y yo formábamos una extraña conjunción. Ambos confiábamos el uno en el otro, como si hubiésemos hecho un pacto secreto. Pero entre los dos no había secretos, ya que nuestras conversaciones (o sus extensos monólogos), no pasaban de lo habitual, de lo cotidiano. Un día tras otro él me pedía que le acompañara a tomar la micro. Y yo aceptaba encantado, porque tenía la sensación de caminar al lado de un hombre a quien, de una u otra forma, le importaba. La caminata no era muy corta. Había que llegar hasta el lecho del estero Marga Marga, desde donde salía la micro número 51, que le llevaba a su casa. Esperaba hasta que la micro comenzaba a partir y le hacía señas de adiós con la mano. Luego desandaba los pasos y me dirigía a esperar locomoción para mí. A menos que no tuviese plata y regresara de vuelta a pie.   A ratos me da por explicarme la verdadera relación (o el influjo), que El Ibáñez ejercía sobre mí. No creo haber estado enamorado de él, aún por su hermosura y su carácter afable. Tampoco puedo decir que fuéramos amigos. Tal vez en aquella época yo no entendiera la amistad, y sólo le considerara un compañero de curso. Pero había otros también, y a ellos ni siquiera los miraba. Existía una extraña barrera invisible que no podíamos cruzar. Por apellidos, por situación social, por una precoz conciencia político-partidista que afloraba en mí, pero no en los demás. Ellos eran como un batallón que se ponía firme junto a la imagen del dictador. Cosa que El Ibáñez y yo nunca hubiéramos hecho, a pesar de que su padre era carabinero. El Ibáñez, con su risa espontánea, que transmitía luz más verde a sus ojos, estaba ajeno a esa contingencia en especial.   Cierto día, con una mirada inquietante, me dijo que necesitaba conversar algo importante conmigo; que nos juntáramos en un rincón de la “Villa Serena” (construcción en ruinas que se encontraba en el patio trasero del liceo), a la hora del recreo. Llegué al lugar de la cita. Con entusiasmo, y sin rodeos,

Panóptico | La mujer imaginaria

«Una mujer que vuela por los aires, más que ir con los pies por la tierra, una figura que hace soñar de amor al escritor y a los lectores, pensando, creyendo –claro porque también es cosa de fe– que en alguna parte se debe encontrar alguien parecido, que sea capaz de romper con la realidad y que, tal vez, sea esa misma que cruza la calle en un semáforo o perdemos para siempre entre la multitud de una estación de metro. Esta figura que hoy nos preocupa es la mujer imaginaria, que aparece y desaparece en la vida de un escritor, dejando una estela, a veces, de alegría o sufrimiento, pero también una obra que, en muchos casos, trasciende al amor que la inspiró.» “Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad”                                                                                                                                      (Robert Desnos)   La historia de la Literatura está llena de casos donde una mujer ha inspirado a un escritor, ha despertado su pasión, hasta el punto que una obra ha nacido gracias a su magia, a su aura, a la fascinación que despierta. Una mujer que vuela por los aires, más que ir con los pies por la tierra, una figura que hace soñar de amor al escritor y a los lectores, pensando, creyendo –claro porque también es cosa de fe– que en alguna parte se debe encontrar alguien parecido, que sea capaz de romper con la realidad y que, tal vez, sea esa misma que cruza la calle en un semáforo o perdemos para siempre entre la multitud de una estación de metro. Esta figura que hoy nos preocupa es la mujer imaginaria, que aparece y desaparece en la vida de un escritor, dejando una estela, a veces, de alegría o sufrimiento, pero también una obra que, en muchos casos, trasciende al amor que la inspiró.   Comenzaremos con una historia conocida, la de Dante Alighieri (1265 – 1321), autor de La Comedia –años después Petrarca la calificará de Divina–. Obra arquitectónicamente perfecta, está divida en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso, cada parte consta de 33 cantos que más el canto introductorio suman 100. Nada es azaroso en ella, todos estos números son sagrados para el cristianismo. Este gran poema fue escrito durante la Edad Media, pero como toda obra genial se anticipó a la época siguiente, es decir, al Renacimiento, pues si bien es cierto el texto narra el viaje de Dante desde la tierra hasta el Paraíso, pasando por el Infierno y el Purgatorio, en otras palabras, el viaje espiritual del hombre a Dios, no es menos cierto que este viaje lo hace inspirado por el amor a una mujer: Beatriz Portinari (1266 – 1290). Claro que este amor era muy especial, según se cree el florentino la vio solo tres veces en su vida y nunca la tocó, pues ella –amargamente– se casó con otro. Sin embargo, su muerte –muy joven– inspiró un sueño al poeta que sería la primera piedra del gran poema, convirtiéndose en su musa ideal y en el símbolo de la mujer imaginaria como ángel y salvación, superior en virtudes al hombre, pues sin ella se sentía perdido en el caos. En la obra aparece sobre un carro, en una nube de flores y ángeles para guiar a Dante en su paso por el Paraíso para llegar a Dios. Al encontrarla, en su viaje, después de contemplar las penas del Infierno y el Purgatorio dice: “…llena de estupor y de gozo, mi alma saboreaba aquel manjar que al mismo tiempo sacia y provoca nuevo apetito (…)”. Y le ruega: “– ¡Vuelve tus ojos a tu fiel seguidor, que para verte tantos pasos difíciles ha dado! Concédenos la gracia de mostrarle por gracia tu rostro…”. (Purg. C.XXXI). Marcando para siempre la Literatura con la imagen de la mujer–ángel, salvación para el hombre.   Otro caso, mucho más contemporáneo, es el de Nicanor Parra (1914 – 2018). El antipoeta, que dejó muy pocos rastros biográficos en su obra, hizo una excepción cuando escribió a fines de los años 70  “El hombre imaginario”, este texto es muy distinto al estilo antipoético que había cultivado hasta entonces, no hay ironía, ni humor, ni tampoco usa el lenguaje coloquial: “El hombre imaginario / vive en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario…”, se trata más bien de “una historia” de desamor, en la que todo es imaginario, menos el dolor que el hablante siente por la pérdida amorosa:  “(…) Y en las noches de luna imaginaria / sueña con la mujer imaginaria  / que le brindó su amor imaginario / vuelve a sentir ese mismo dolor / ese mismo placer imaginario  / y vuelve a palpitar / el corazón del hombre imaginario.” La mujer imaginaria, según declaración del mismo Parra, era menor que él, casada, con dos hijos, perteneciente a una familia burguesa. “Era inconmensurable y eterna (…) Yo tenía 64 años y ella 32. Y ella era la mujer que yo soñaba, y que yo buscaba y que creía haber encontrado”, dice el antipoeta en una entrevista. Pero no se pudo, ella lo abandonó y él escribió el poema, porque la otra salida, según su propia confesión, habría sido el suicidio. La poesía como antídoto frente al abandono, la poesía como terapia frente al desamor. El antipoeta que se había reído e ironizado y disparado “a diestra y siniestra”, no pudo, en este caso, reírse de sí mismo, tuvo que convertir a la mujer real en la imaginaria.   Siguiendo las huellas literarias de esta musa, nos encontramos con esta primera frase que, al mismo tiempo, es una pregunta en la novela Rayuela (1963)

Perfiles | Una última esperanza

«Recibí incontables lumazos, me ahogué con las lacrimógenas, me quebraron la nariz con un golpe de escudo, recibí patadas en los testículos y pasé por el túnel oscuro más de una vez. Y siempre seguí luchando, dando la cara, aunque mi mujer me pidiese que me calmase, que ya estaba bueno, que al final mi batalla era inútil, no ves que las noticias siguen igual de mentirosas, que la gente ve más series que nunca y que todos quieren reír, pasarlo bien, reír solamente por reír, tener plata a como dé lugar y que se jodan los demás. Entiende, ahora el héroe no es Allende, ahora el héroe es Leonardo Farkas y su sonrisa idiota y su caridad populista y sus ordinarias cadenas de oro.» Luché toda mi vida contra el capitalismo. Estuve contra Pinochet y sus crueles crímenes en nombre del maldito evangelio neoliberal, participé en cuanta protesta pude, marché una y otra vez por calles, plazas y avenidas, repartí panfletos, molotovs y miguelitos, encendí neumáticos y pallets, arrojé piedras a los pacos fascistas y cadenas a los transformadores del tendido eléctrico. Quería -con esto último- cortar la luz para que mi país se liberara del adoctrinamiento mediático de la tele, que la gente dejase de ver noticias falsificadas, teleseries de cartón y programas familiares que llamaban a reír cuando todos estuviesen tristes, a reír en medio de la sangre de los asesinados y la ausencia de los desaparecidos, a reír y reconocer el origen del sufrimiento como un error personal, como un mal paso, un tropezón, individualizándolo tanto como los fondos de pensiones. La tarea era urgente: sin suministro eléctrico mi pueblo vería -en las pantallas- la imagen verdadera de la dictadura: una mancha negra, inanimada y silenciosa, un hoyo lleno de cadáveres. Y entremedio, difuso, fantasmal, el reflejo del propio rostro inmerso en la oscuridad de la historia. Intenté, siempre, agudizar las contradicciones y acelerar la llegada de lo que, hasta mi muerte, nunca llegó. Estuve totalmente en contra del sucesor del criminal Pinochet y los civiles que lo acompañaron en su tarea monstruosa. Me refiero a Aylwin, “el maricón sonriente”, como le llamaban en las poblaciones. También estuve contra Frei Tagle, ese clon pifiado de su padre. Y contra Lagos, el gran traidor. Y contra Bachelet uno y dos. Y contra Piñera uno y dos. Todos, caras de una misma moneda. Me la pasé más en la Alameda que en mi casa o en mi tallercito de cinturones artesanales, herencia de mi fallecida madre allendista. Alzando pancartas se me podía ver, gritando consignas que rimaban: “uf, uf, qué calor, un guanaco por favor”, por ejemplo, cantando junto a muchos otros que detestaban este sistema tanto como yo, este sistema que en materia de desarrollo humano promueve el amor solo para vender chocolates suizos, este sistema que funciona sobre la base de la privatización fraudulenta y descarada de lo público.  Fui secretario del Sindicato de Artesanos de Recoleta (SAR) y tesorero de la junta de vecinos de mi pobla. Estuve tantas veces preso por protestar que terminé perdiendo la cuenta. Fueron, para no ahondar más de lo necesario, casi cinco décadas de lucha en contra del poder económico global, hegemónico y puto, que basa su desarrollo en nuestro subdesarrollo, en nuestra sumisión, en nuestra aculturación al kétchup, la música basura, las sudaderas de los Chicago Bulls y las salchichas gringas. Mi tallercito, obvio, sufrió con las importaciones de productos desechables, baratos, innobles, no de cuero legítimo como mis cinturones y perdí casi todos mis clientes. Recibí incontables lumazos, me ahogué con las lacrimógenas, me quebraron la nariz con un golpe de escudo, recibí patadas en los testículos y pasé por el túnel oscuro más de una vez. Y siempre seguí luchando, dando la cara, aunque mi mujer me pidiese que me calmase, que ya estaba bueno, que al final mi batalla era inútil, no ves que las noticias siguen igual de mentirosas, que la gente ve más series que nunca y que todos quieren reír, pasarlo bien, reír solamente por reír, tener plata a como dé lugar y que se jodan los demás. Entiende, ahora el héroe no es Allende, ahora el héroe es Leonardo Farkas y su sonrisa idiota y su caridad populista y sus ordinarias cadenas de oro. Meses antes del estallido social me sentí mal, me dolía mucho el estómago. Entonces fui al médico y supe que padecía de una enfermedad terminal que no detallaré, puesto que no es mi intención despertar la conmiseración de nadie. Cuando mi afección avanzó y caí en cama y no pude seguir trabajando y me quedé, por ende, fuera del Fondo de Salud Pública por no pago de las cotizaciones mensuales, mi hijo mayor, el Samy, que me salió del otro bando y trabaja como supervisor -o negrero- en un supermercado oligopólico, me inscribió en su plan de salud privada como carga. Yo le dije que no gracias, que valoraba mucho su ayuda ahora que había quedado en el aire, pero que no entraría jamás en las dependencias de una ISAPRE, esas instituciones que lucran con la vida humana y más encima estafan a sus clientes. Me negué firmemente a acudir a una clínica y me las arreglé comprando Tramadol en la feria. También tomé harta agua de matico, yerbita que dicen hace bien para las afecciones estomacales. Vino luego un período en que caí en la inconsciencia. Ahí es cuando el Samy, en complicidad con mi mujer, me llevó a una clínica privada. Yo creo que eso fue lo que me hizo mal, porque a las dos semanas me fui de este mundo. Paré las chalas, como se dice.  Lo peor de todo, eso sí, vino después, porque en un ataúd de un azul horrible, parecido al color de los uniformes de los aviadores que -siguiendo las órdenes del sádico general Leigh- bombardearon la Moneda, me trasladaron a mi última morada, “Los jardines del paraíso”, un cementerio con fines de lucro (y un antiecológico exceso de

Fichero | «Turnos», de René Peri Fagerstrom: los versos de un paco que sirvió a la dictadura

«Me di la tarea de leer este libro, editado en 1971, no por masoquismo o algo parecido, sino, primero, por la curiosidad –quizá morbosa– de saber qué tipo de poesía puede escribir un uniformado (ya se sabe, los pacos no tienen fama de inteligentes ni sensibles) y, segundo, con la idea de explorar qué había en el discurso poético de quien dos años más tarde asumiría como asesor cultural de la Junta Militar –más encima ad honorem– y luego como ministro de Bienes Nacionales, cargo que ocupó entre 1979 y 1987, siendo el responsable –entre otros actos de despotismo y corrupción– de entregar las propiedades confiscadas a los partidos políticos a CEMA Chile, es decir, a Lucía Hiriart de Pinochet, quien las usaría para su propio beneficio.» Encontré –hace unos días– en mi biblioteca un poemario que ya no recuerdo de dónde salió, no tengo idea pues soy un comprador compulsivo de libros de poesía –ojalá de autores sin prestigio– que agonizan en las cunetas de los persas, en las colas de las ferias libres, en los alrededores de La Vega y en los meandros de Internet. El libro en cuestión, volviendo al tema, es el poemario Turnos de René Peri Fagerstrom (1926–1996), general de carabineros que llegó a ser ministro durante la cabrona y sangrienta dictadura cívico militar de Pinochet. Me di la tarea de leer este libro, editado en 1971, no por masoquismo o algo parecido, sino, primero, por la curiosidad –quizá morbosa– de saber qué tipo de poesía puede escribir un uniformado (ya se sabe, los pacos no tienen fama de inteligentes ni sensibles) y, segundo, con la idea de explorar qué había en el discurso poético de quien dos años más tarde asumiría como asesor cultural de la Junta Militar –más encima ad honorem– y luego como ministro de Bienes Nacionales, cargo que ocupó entre 1979 y 1987, siendo el responsable –entre otros actos de despotismo y corrupción– de entregar las propiedades confiscadas a los partidos políticos a CEMA Chile, es decir, a Lucía Hiriart de Pinochet, quien las usaría para su propio beneficio. Navegando en la red me pude dar cuenta, además, que Peri Fagerstrom no era un novato en las letras, pues publicó numerosas novelas, poemarios, cuentos y artículos periodísticos, incursionando también en la literatura infantil y la investigación, recibiendo elogios –muchos de ellos en plena dictadura– de tipos como Alone, Alfonso Calderón, Jaime Quezada o Andrés Sabella. El polifacético general, además de carabinero, era periodista colegiado, miembro de la SECH, administrador público y contaba con un magister en Ciencias Políticas, publicando estudios acerca de la función policial y de la negritud en Chile. Peri Fagerstrom, por tanto, no clasifica dentro del modelo de carabinero que estamos acostumbrados a ver (el hijo tonto de la familia, como dicen los mal hablados), pues se trataba de un intelectual. Con estos antecedentes comencé mi lectura de Turnos, cuya portada, obvio, es de color verde.  Publicado en plena época de la Unidad Popular e impreso como tantos libros de ese Chile antiguo en Arancibia Hermanos, el libro está dividido en dos secciones: “El hombre” y “El hombre y su paisaje”, títulos que dan la idea temprana de que, al menos en el género lírico, no había en Peri Fagerstrom un volcán creativo en acción. Cosa contraria –hay que señalar– aducen los tres naftalínicos y pintorescos uniformados que, cada cual con su retrato fotográfico, prologan el libro: Armando Romo Boza, coronel(r) de Carabineros; Santiago Polanco Nuño, coronel(r) de Ejército y Darío de la Fuente, funcionario policial de bigote flaco y rango indeterminado que, en vez de ofrecer una presentación del autor y su obra, como hacen los dos primeros, le dedica un enrevesado –y extemporáneo aún para la época– poema donde da a entender que Peri Fagerstrom es un “labriego y caballero / que no piensa en halagos ni en caudales”. Es decir, un idealista. Armando Romo Boza, a su vez, muestra “una sincera y honda complacencia al ver cómo han surgido verdaderos valores literarios en el seno de nuestras filas…”, dando la idea de que a la institución policial no le importa tanto combatir el crimen o exterminar izquierdistas como verse a sí misma como un semillero de poetas y narradores, ser, en el fondo, una academia literaria. En eso estaría su orgullo.  Santiago Polanco Nuño, por su parte, comienza con una semblanza de Peri Fagerstrom que pone énfasis en su versatilidad, destacando en su escritura “el impacto de sus metáforas, el regalo impagable de la emoción, la precisión y justeza de su condición descriptiva”. Tomo aire. Tanta perfección me abruma. Si le creyera al prologuista, me encontraría ante un genio literario, pero claro, nunca hay que creerle al prologuista. El prologuista es un hombre sándwich. Más aún Polanco Nuño, personaje que parece sacado de las páginas de La literatura nazi en América del difunto Roberto Bolaño. Este entusiasta coronel(r) de Ejército, por cierto, no se queda solo con la semblanza del autor, sino que se atreve también con una breve lectura de Turnos, señalando en ella que “hay algunos poemas que nos emocionan y volvemos y volvemos a leer, como ese “Carabinero del tránsito”, pequeña obra maestra; ese “Avenida La Paz”, elocuente expresión del rechazo ante la injusticia ciega, apasionada, que, de tumbo en tumbo, pretende gangrenar el alma de la ciudadanía, esos pequeños romances, “Paisanita” y “Villancico”, gráciles, esbeltos, rítmicos”. Termina Polanco profetizando que “este brillante puñado de poemas de René Peri va a dar que hablar. Y van a hablar, no versificadores, como el que escribe estas líneas, sino reales críticos o poetas de alto vuelo, quienes, por suerte y honra del terruño, no escasean en este valle de hombres libres.” Me pregunté –en ese momento– si yo era uno de esos “reales críticos” (poeta de alto vuelo no me calza para nada) y cómo podría saberlo. No había –en el texto– una lista de cotejo o algo parecido, una encuesta, una escala de Likert.     Después de un café, me lo

Poesía chilena actual | Jorge Etcheverry: Poemas desde Canadá

LA POESÍA  Ese género Que nos decían es para expresarse ¿de qué estamos hablando Con todas esas canciones, videos Las posteadas en el Facebook en Twitter En las así llamadas redes sociales? Con todas las resmas, perdonando la imagen anticuada De papel con afirmaciones humanistas En un momento (nos carga el vocablo tiempo) En que se reiteran los buenos propósitos y sentimientos Con los que en general estamos de acuerdo Pero que parecen que no llevan a ninguna parte Si no es por los contactos Los partidos La red de amistades y conocidos Que permiten llegar a algún encuentro internacional Ojalá prestigioso En que más o menos se dicen las mismas cosas Pero en que a la postre Se conoce gente, se toma se conversa A veces gente del uno Pero de ahí para dónde vamos Es que a lo mejor estamos pegados en una imagen romanticona Suponer un más allá para este quehacer Es casi ridículo Pero una voz nos dice A lo mejor esa chiquilla, la poesía dice “a ver cabros, o cabras Echémosle pa delante porque patrás no cunde” Y en una de estas y no creo que deba editar esto antes de ponerlo en estas circunstancias Porque prometo que esto no lo voy a publicar Es que estoy con unos tragos   LA ÚLTIMA DE TINTO  Lo juro Que se fue en dos horitas y seis puchos aunque oficialmente no fumo Pero  Por mi madre y mi abuela que en paz descansen es la última minifarra Privada quizás la penúltima Para mi cumpleaños Que se avecina va a ser la definitiva Después vendrán las caminatas el pescado y el tofu Me embarga la vergüenza de sacar mis trapitos al sol Si la poesía no sirve para esto mejor me jubilo de veras    DE LA RISA Y LA SANGRE   Eran otros tiempos Otra ciudad  la de diarios matutinos con espacios en blanco  por los recortes a última hora que ordenaban los militares Desaparecían los periodistas junto a sus reportajes Pero la gente se contaba en las fiestas chistes sobre el pinocho Le imitaba esa voz gangosa tan chilena Aunque los comentaristas radiales fueran hechos callar para siempre y sus comentarios reemplazados por el hit más a la moda Otro continente, claro Los espacios y sujetos  han cambiado pero el humor puede seguir siendo arma de combate sinó pregúntenselo a Parra Eso sí  Van a tener que andarse con cuidado No sea que la interpretación torcida de algún libro sagrado O algún oficial de civil o de uniforme —ya más al viejo estilo— Encarnando al poder que sea Los borre de esta tira cómica Del mundo   LA VIDA EN SUEÑO  Me despierto A lo mejor no La veo sentada al borde la cama Me dice  “mira Jorge Ya sé que soy conmovedora y ando siempre ocupada Pero no invoques mi Santo Nombre en vano Para sacarle el poto a la jeringa”    LEYENDO A RIMBAUD  Hay un poema en las iluminaciones No lo voy a consultar textual aunque debe estar en la red se llama en español Oración de la tarde Al final el poeta sale a mear Y hay unos heliotropos En otro del mismo libro  Arturo empieza a hacer un inventario poético de flores al final se cabrea y manda al lector a buscarlos en el libro De un especialista en flores y plantas Lo cotidiano empapa la poesía Terminar un poema es una lata   ANTES  En los albores humanos de la especie que se abría en abanicos esos homínidos que nos dieron lugar No había fronteras  sólo accidentes naturales, las hordas llevaban de valle a montaña de estrecho y planicie a mar a continente su fuego su cultura que empezaba a balbucear Quizás ahora estemos  en una Manvantara que se inicia o que termina Las fronteras que resultan de las anécdotas del poder de milenios de invasiones guerras colonizaciones saqueos se ven perforadas por multitudes otra vez desplazadas por los cuatro ámbitos del globo Con sus escasas pertenencias o solo con su vida y su familia Por un mundo que unen redes comerciales rutas marítimas y áreas redes virtuales carreteras que a veces atraviesan continentes Esos grupos se desplazan por arterias de metal y concreto El poeta me dijo el otro día “Jorge, no sé si debamos lamentar o celebrar la globalización que le dicen cada letra se baña en sangre pero en lo recóndito Me atrevo a decirte Titila una luz” A lo mejor en una de éstas y pese a todo el sufrimiento los caudales humanos  que se cuelan por las cercas fronterizas puede que sean la semilla de un futuro Un poco la calma de la mar después del tifón Un mundo hermano Sin fronteras.   LALGARABÍA   alborotaría la urbana demografía                                                                  de bocinazos cacerolazos permearía las ventanas de los cubículos más altos a los retículos de corazones mentales desataría en esa alborada algarada multivoces multícaras que se solucionan resuelven gesticulantes en puños fogatas buenas y de las otras aclaremos las que prenden barricadas de madera chatarra heroica que ardeparriba metafóricamente no pabajo idem el fuego cizaña malo de vándalos dicho sea de paso pueblo bárbaro—de “bar bar” como los griegos le decían a esa otra gente que hablaba algo que les sonaba como eso—de los pulentos vándalos que en el siglo V les daban dolores de cabeza—testa—a los romanos ahora bien según la Wiki “la palabra vándalo se utiliza para hacer referencia a una persona o un grupo de personas que actúan de la misma manera, organizadamente o no, para destruir, robar, saquear y violentar propiedades privadas, etc.” pero como decía esa chiquilla dirigente estudiantil en una laaaarga entrevista muy reciente que la gente quemaba todo a fines del año 2019 pero no tocaba ni a las escuelas ni a los bomberos entonces está esa cosa del instinto de las masas del pelao Lenín, aunque de conciencia política na que ver parece aunque hay unas semillitas básicamente a nivel comunal pero volvamos             La algarabía que nos llega a la terraza del edificio que quizás no aguante el último pencazo avecinable del terremoto que venga algazara a los pájaros, gaviotas, palomas, humildes zorzales que se apersonan a la terraza del edificio porque adivinan avizoran en algunos hilos o filamentos de ese vasto tejido polícromo sonoro las hebras de la REVOLUCIÓN.    PERSECUTORIA Me he cambiado de ropa y de ciudad y yano camino por la calle a las mismas horas ni duermo todas las noches. Alteré desde mis hábitos alimenticios hasta el diámetro de mi cintura. Ya no persigo ningún tipo de pájaro fantástico con los ojos enrojecidos, el cerebro achicharrándoseme adentro del cráneo (grueso) mientras la fiebre cubre mi frente de un agua caliente y salada.  Enhorabuena, enhorabuena. Esas son las voces de los más sensatos que sin necesidad de comunicarse, de recibir ningún mensaje, ahora salen a la puerta de sus casas modestas pero bien cuidadas a saludar mi paso de réprobo arrepentido. En algún lugar de estas vastedades, unos batracios, al menos eso parecen en medio de las sombras que los cobijan aún de día, ya que evitan el comercio con la luz y hurtan la cara, aún deciden entregarse a veces a urdir y desurdir negros ovillos de lana sucia. Tienen la vana esperanza de que sus