Literatura

Panóptico | El hombre imaginario

«Estas escritoras que, en alguna etapa de sus vidas, han puesto a un hombre como centro, que han escrito sobre ellos y los han idealizado, no han sido capaces de soportar la cruda luz de la realidad, pues al descubrir en estos hombres su condición de fantasmas y sueños de su imaginación, algunas optaron por soluciones radicales.» Tal como sucede con la literatura escrita por hombres, en la escrita por mujeres también, a veces, aparece una figura inspiradora, en este caso la de un hombre que se convierte en el eje de sus vidas, rompiendo sus paradigmas, despertando su deseo, su pasión y la idea de que en alguna parte existe el amor total. Un ser que dada su perfección puede llevar a la mujer a estados de exaltación pura. Pero este tipo de relaciones, al parecer no forman parte de la vida cotidiana, por eso están teñidas por la imposibilidad, el quiebre y la decepción, pues no siempre estos hombres han estado a la altura de las circunstancias o son solo parte de un sueño. Alrededor de la figura de este ser imaginario se han escrito muchas páginas, siendo la inspiradora de grandes pasiones que han quedado en la historia de la literatura. Los casos que recogeremos se centran fundamentalmente en nuestra época contemporánea, no porque este hombre haya surgido solo en los últimos siglos, sino porque es ahora cuando la mujer ha tenido la oportunidad de publicarlo.   Violeta Parra (1917 – 1967) conoció al músico y antropólogo suizo Gilbert Favre (1936 – 1998) en su cumpleaños número 43. Los 18 años de diferencia entre ambos no fueron para ella ningún problema. El “Gringo” o el “Chinito”, como le apodaba, fue el último de sus grandes amores, antes se enamoró muchas veces, incluso algunos han llegado a afirmar que siempre estuvo enamorada. Junto al suizo vivió una aventura extraordinaria, como fue su exposición en el Museo del Louvre de París. Sin embargo, por diversos motivos estuvo varios períodos alejada de él y esto fue la fuente de muchas cartas que le envió. En estos textos, en que mezcla elementos de la cotidianidad, de la subsistencia diaria y el amor, se la ve como una creadora llena de pasión, iracunda a veces, celosa, posesiva y enamorada, pero sobre todo llena de dolor: “Un año nuevo sin ti. Mala suerte. Tengo un hombre fantasma ¿Cuándo tendré un compañero a mi lado? Parece que los chinitos no se han hecho para mí. Parece que no estoy en este mundo porque siempre me encuentro volando muy sola…”. Para Gilbert, al parecer, lo que comenzó como admiración por la artista, pasión y amor, con el correr del tiempo se fue enfriando. Son muchas las cartas en que Violeta le pide respuestas urgentes, solicita verlo pronto o lo añora: “Tu carta es bastante diversa. Se diría que ya no me quieres. No me ocultes la verdad por nada del mundo (…) Puede que tengas penas, puede que yo también tenga pena. Puede que se fue el amor y puede que no (…) claro que yo no sé si eres mío, ese es el misterio”. También en la poesía de su última etapa –que es justamente, la de la relación con el “gringo”– encontramos las huellas de este amor. En “Gracias a la vida”, por ejemplo, en el último verso de casi todas las estrofas se habla de este hombre, de su “voz tan tierna” y de sus “ojos claros”. Pero todo termina con la separación definitiva, Gilbert se fue rumbo a Bolivia donde comenzará una nueva vida, es en ese instante donde Violeta escribe este poema extraordinario que nos habla del dolor de la pérdida, del tren que se lleva a Run Run pa’l norte: “En un carro de olvido, / antes del aclarar, / de una estación del tiempo / decidido a rodar / Run Run se fue pa´l norte, / no sé cuándo vendrá / vendrá para el cumpleaños / de nuestra soledad…”. La vida para ella, después de esta partida, no volverá nunca a ser la misma, se llenará de clavos y espinas, poco tiempo después ella también partiría, pero por la puerta de emergencia: “Run Run se fue pa´l norte, / qué le vamos a hacer, / así es la vida entonces, / espinas de Israel, / amor crucificado, / corona del desdén / los clavos del martirio / el vinagre y la hiel / ¡Ayayay de mí!”.   La poeta uruguaya Idea Vilariño (1920 – 2009), fue una escritora quitada de bulla, tímida y, por lo mismo, poco conocida por los grandes públicos, pero que sin duda escribió una obra poética en torno al amor (sobre todo al desamor) de gran factura, en la que aparece la figura de un hombre ajeno, prestado, alrededor del cual va a tramar sus poemas durante muchos años. Que el hombre sea casado o inaccesible, también es una constante en la obra de Idea –el nombre se le ocurrió al padre, aficionado a la poesía–, quien se enamoró del también tímido y casado novelista Juan Carlos Onetti (1909 – 1994) y, según sus biógrafos, a él están dedicados la mayoría de sus textos de amor. Es una relación de instantes fugaces, sin embargo, fueron capaces de llenarla para toda la vida: “Tal vez tuvimos solo siete noches / no sé / nos las conté / cómo hubiera podido. / Tal vez no más de seis / o fueron nueve. / No sé / pero valieron / como el más largo amor. / Tal vez / de cuatro o cinco noches como esas / tal vez / pueda vivirse / como de un largo amor / toda una vida”. Se enamora de Onetti, la misma noche que lo conoce, según su propia confesión y comienza así una relación que les va a durar toda la vida “un hombre que llegaba a mi casa sin aviso, a cualquier hora, cerrábamos las puertas y las ventanas. Se detenían todos los relojes. Ya no sabíamos si era de día

Perfiles | Idas a negro

«De regreso de la panadería, donde el color calipso de los delantales de las dependientas estimuló algo en ella, una pila, un centro energético, un chacra mal sintonizado, pasó al bazar y se compró un set de maquillaje con 36 tonos diferentes. Es igual al de maybelín, niuyork, le dijo la vendedora, una morena de boca estrecha y moño, con los párpados cubiertos de gel brillante, que parecía la estatua de cera de una morsa coqueta.» Hace unos minutos terminó la serie turca de la media tarde y ahora, delante de una tacita de té, espera que llegue la hora de ir por el pan. Un vestido azul, con minúsculas flores blancas, cubre su cuerpo delgado, pálido, esmirriado. En lo alto, una peluca cana -con tintes violetas- le da a su cabeza septuagenaria, afectada por una creciente calvicie senil, el tono de una maceta ornamental que contiene colas de zorro. Hace quince minutos que se encuentra inmóvil. Está pegada en un recuerdo, aunque si alguien le preguntase en cuál, le ha sucedido, la memoria se le borra. Se le van los detalles, dice. Está descansando y se lo merece, pues a primera hora, además de abrir los ojos, toda una tarea, no solo preparó el desayuno, sino que fue capaz de comer y lavar la loza correspondiente. Tomó una serie de pastillas, además, que la mantienen viva. Pensó luego que sería bueno ordenar la cama, cambiar las sábanas, barrer no solo el dormitorio sino la casa completa, la vida completa, pero no tuvo ganas, casi nunca tiene ganas y aceptó de buen grado el desorden doméstico, las sábanas sucias, pasadas a desodorante, talco y orina, la persistente capa de polvo sobre el piso y los muebles, las arañas que cruzan sorpresivamente los muros, el cerro de ropa por lavar que mantiene en una silla. Le hubiese gustado tener una criada como la de las teleseries, con delantal y toca, casi una enfermera del cloro, pero la plata de la jubilación -es una más de las estafadas por las afp- no le da para esos lujos.  En vez de asear se puso a escuchar discos de Rocío Dúrcal, “la Señora de la Canción”, alcanzando un clímax emocional cuando la diva de las divas interpretó su obra más sentida: “La gata bajo la lluvia”, hit internacional en el mundo de la llamada “música bonita”. En ese momento se paró frente al espejo y, con más entusiasmo que entonación, cantó a viva voz el tema, lo coreó mientras hacía movimientos eróticos con sus caderas y gestos de gatita con sus manos huesudas y su boca arrugada: “Tú te vas y yo me quedo aquí, lloverá y ya no seré tuya, seré la gata bajo la lluvia y maullaré por ti.”  A partir de las doce preparó el almuerzo, pure de lentejas en caja otra vez, lentejas años dorados, años borrados, luego comió y volvió a lavar la loza, sufriendo el atasco del lavaplatos, contratiempo que superó con media botella de ácido muriático. El siguiente ciclo de comida, correspondiente a la once, todavía no comienza. Falta para eso. Por eso descansa, por eso está quieta, relajada. Tiene muy presente, se lo repite a cada rato, que hoy, en la panadería, además de marraquetas comprará algunas cositas extras para la once, paté de ternera, mermelada de alcayota, servilletas, una palta, pues su hijo vendrá a visitarla. Viene todos los miércoles. Es súper buen cabro. Imagina que cuando muera será lo mismo. Arturo, el Rurro, irá al cementerio cada miércoles a dejarle unas flores y a contarle cómo va la vida. Esta idea la hace pensar que tiene la eternidad asegurada, que su rutina no cambiará ni viva ni muerta. Con esos pensamientos en la cabeza mira una imagen de la virgen del Carmen, patrona de Chile, que mantiene en la cocina, junto al oxidado refrigerador, y le guiña un ojo pensando en Betty, la Chinita, su amiga y socia de juventud, quien se la regaló la noche anterior a caer de siete puñaladas en un hotelito de San Pablo.  Fue en los setenta. Un milico curado se puso celoso.  De regreso de la panadería, donde el color calipso de los delantales de las dependientas estimuló algo en ella, una pila, un centro energético, un chacra mal sintonizado, pasó al bazar y se compró un set de maquillaje con 36 tonos diferentes. Es igual al de maybelín, niuyork, le dijo la vendedora, una morena de boca estrecha y moño, con los párpados cubiertos de gel brillante, que parecía la estatua de cera de una morsa coqueta. Una vez en casa, mientras se maquillaba, recordó que en su juventud se acostó con muchísimos tipos por plata. Le vino el flash, como se dice. Fue un tiempo nomás, se justificó, no acertando a determinar si fueron dos o tres años, quizá cuatro. Sabe, sí, que de ahí viene Arturito. Sabe, también, que por él dejó el oficio y se empleó como operaria mal pagada en una fábrica de niples. Se pregunta si debe contarle o no a su hijo ese pasado. Ya no es un niño, debe andar por los cincuenta y algo, es un hombre hecho y derecho y sabrá entender. Pero también es posible que sea juzgada, que sea juzgada y condenada, aunque ya no recuerde exactamente qué hizo con su culo, hoy con pañales, y con quién y por cuánto y le dé igual.  Viene repitiendo este diálogo con ella misma desde hace décadas, aunque cada vez con menor claridad, cada vez más desprovista de imágenes de archivo, cada vez con más idas a negro, y seguro que esta vez será lo mismo: no le contará nada mejor. No, porque vivió, un par de veces, la experiencia de ser rechazada por tipos que la quisieron y huyeron cuando conocieron sus inicios laborales. Tipos a los que ella también quería y la hicieron sentir, verdaderamente, una “gata bajo la lluvia”. Después de estos fracasos no lo volvió a intentar, Arturito no sabría su origen pues

Patio de luz | El Ibáñez

«El Ibáñez y yo formábamos una extraña conjunción. Ambos confiábamos el uno en el otro, como si hubiésemos hecho un pacto secreto. Pero entre los dos no había secretos, ya que nuestras conversaciones (o sus extensos monólogos), no pasaban de lo habitual, de lo cotidiano. Un día tras otro él me pedía que le acompañara a tomar la micro. Y yo aceptaba encantado, porque tenía la sensación de caminar al lado de un hombre a quien, de una u otra forma, le importaba.» Para Guiulio, el de los cerros de Valparaíso   Hablar del Ibáñez es abrir un poco la puerta de mi escamoteada adolescencia. Época de la cual evito pronunciarme, por falta de memoria tanto como por la indigencia de existir en aquel periodo: flaquísimo, a medio vestir, con todas las posibilidades de futuro en mi contra. Vivir era más que un esfuerzo. (Paradójicamente, la población donde vivía, y aún vivo, se llama El Esfuerzo). Pelear todos los días por respirar, por salir a la calle, por bajar las enormes escaleras del cerro para dirigirme al liceo. Y allí convivir con un montón de extraños, la mayoría de los cuales nunca supo de mi existencia. Era pelear porque el recreo terminara pronto y volver a la sala de clases: mi único refugio para la guerra que se desarrollaba en la sociedad, oscureciendo las bondades del país, que se había transformado en un piño de soldados cuidando su metralleta; una retahíla de bandos y decretos que salían por la radio a pilas, y los interminables estupidoloquios de Hermógenes Pérez de Arce, que continúa vivo negando lo innegable hasta estos días de tecnología digital y robotes que comienzan a quitarle el lugar a los hombres, bajo una resolana de inteligencia artificial.   Aquellos años de pantalones zurcidos, de zapatos prestados, de corbatas y útiles escolares donados por algún apoderado de buena voluntad…o de gran billetera. En esta atmósfera caleidoscópica, coronada por el gran silencio que me envolvía, pareciendo ser un clon, abarcando las márgenes de cualquiera que quisiera acercarse, porque de vez en cuando se percibía el vacío… En fin. Ante toda esta antisepsia existencial, parece que para el Ibáñez yo existía. No sé cómo, ni cuándo, comenzó esa historia tan banal y a la vez tan significativa.    A mis 14 años cursaba el primero medio en el liceo Guillermo Rivera, de Viña del Mar. Institución con sólido prestigio educativo. De sus aulas habían surgido profesionales de renombre, que tarde o temprano los profesores nos embestían como para decirnos que no podíamos ser menos que aquellas lumbreras. Nada que la infancia pudiera superar. La insignia del liceo estaba formada por las letras GR, que los estudiantes mayores traducían como “Gatos Rabiosos” cuando les tocaba ir a algún enfrentamiento con los pacos o a alguna protesta. Pero no eran los únicos que se apersonaban en esas situaciones. También el liceo de niñas de Viña del Mar, cuya insignia consistía en las letras LVM, y se transformaba en “Las Vacas Marinas”, asistían a esos eventos. Los Gatos Rabiosos iban a buscar a Las Vacas Marinas, que saltaban los muros de su liceo y se dirigían a las zonas del conflicto, con mucho alboroto y ruido de trompetas plásticas.   Entre esa majamama de clases, recreos y protestas, el Ibáñez comenzó a hablarme. Él era un chico de mayor estatura y edad. Su cabello era rubio, sus ojos, verdes; y su tez levemente tostada. Era un muchacho hermoso, pero no creo haberlo advertido en aquellos momentos. Siempre estaba a mi lado hablando, tratando de sacarme de mis monosilábicas respuestas. Me gustaba sentirme tocado por su voz y por su risa. Era alegre, a pesar de que sus notas sólo de vez en cuando rozaban el 4.0. La mayoría de sus rojos parecía agrandarle más la sonrisa y los deseos de flotar en ese mundo tan suyo. El Ibáñez y yo formábamos una extraña conjunción. Ambos confiábamos el uno en el otro, como si hubiésemos hecho un pacto secreto. Pero entre los dos no había secretos, ya que nuestras conversaciones (o sus extensos monólogos), no pasaban de lo habitual, de lo cotidiano. Un día tras otro él me pedía que le acompañara a tomar la micro. Y yo aceptaba encantado, porque tenía la sensación de caminar al lado de un hombre a quien, de una u otra forma, le importaba. La caminata no era muy corta. Había que llegar hasta el lecho del estero Marga Marga, desde donde salía la micro número 51, que le llevaba a su casa. Esperaba hasta que la micro comenzaba a partir y le hacía señas de adiós con la mano. Luego desandaba los pasos y me dirigía a esperar locomoción para mí. A menos que no tuviese plata y regresara de vuelta a pie.   A ratos me da por explicarme la verdadera relación (o el influjo), que El Ibáñez ejercía sobre mí. No creo haber estado enamorado de él, aún por su hermosura y su carácter afable. Tampoco puedo decir que fuéramos amigos. Tal vez en aquella época yo no entendiera la amistad, y sólo le considerara un compañero de curso. Pero había otros también, y a ellos ni siquiera los miraba. Existía una extraña barrera invisible que no podíamos cruzar. Por apellidos, por situación social, por una precoz conciencia político-partidista que afloraba en mí, pero no en los demás. Ellos eran como un batallón que se ponía firme junto a la imagen del dictador. Cosa que El Ibáñez y yo nunca hubiéramos hecho, a pesar de que su padre era carabinero. El Ibáñez, con su risa espontánea, que transmitía luz más verde a sus ojos, estaba ajeno a esa contingencia en especial.   Cierto día, con una mirada inquietante, me dijo que necesitaba conversar algo importante conmigo; que nos juntáramos en un rincón de la “Villa Serena” (construcción en ruinas que se encontraba en el patio trasero del liceo), a la hora del recreo. Llegué al lugar de la cita. Con entusiasmo, y sin rodeos,

Panóptico | La mujer imaginaria

«Una mujer que vuela por los aires, más que ir con los pies por la tierra, una figura que hace soñar de amor al escritor y a los lectores, pensando, creyendo –claro porque también es cosa de fe– que en alguna parte se debe encontrar alguien parecido, que sea capaz de romper con la realidad y que, tal vez, sea esa misma que cruza la calle en un semáforo o perdemos para siempre entre la multitud de una estación de metro. Esta figura que hoy nos preocupa es la mujer imaginaria, que aparece y desaparece en la vida de un escritor, dejando una estela, a veces, de alegría o sufrimiento, pero también una obra que, en muchos casos, trasciende al amor que la inspiró.» “Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad”                                                                                                                                      (Robert Desnos)   La historia de la Literatura está llena de casos donde una mujer ha inspirado a un escritor, ha despertado su pasión, hasta el punto que una obra ha nacido gracias a su magia, a su aura, a la fascinación que despierta. Una mujer que vuela por los aires, más que ir con los pies por la tierra, una figura que hace soñar de amor al escritor y a los lectores, pensando, creyendo –claro porque también es cosa de fe– que en alguna parte se debe encontrar alguien parecido, que sea capaz de romper con la realidad y que, tal vez, sea esa misma que cruza la calle en un semáforo o perdemos para siempre entre la multitud de una estación de metro. Esta figura que hoy nos preocupa es la mujer imaginaria, que aparece y desaparece en la vida de un escritor, dejando una estela, a veces, de alegría o sufrimiento, pero también una obra que, en muchos casos, trasciende al amor que la inspiró.   Comenzaremos con una historia conocida, la de Dante Alighieri (1265 – 1321), autor de La Comedia –años después Petrarca la calificará de Divina–. Obra arquitectónicamente perfecta, está divida en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso, cada parte consta de 33 cantos que más el canto introductorio suman 100. Nada es azaroso en ella, todos estos números son sagrados para el cristianismo. Este gran poema fue escrito durante la Edad Media, pero como toda obra genial se anticipó a la época siguiente, es decir, al Renacimiento, pues si bien es cierto el texto narra el viaje de Dante desde la tierra hasta el Paraíso, pasando por el Infierno y el Purgatorio, en otras palabras, el viaje espiritual del hombre a Dios, no es menos cierto que este viaje lo hace inspirado por el amor a una mujer: Beatriz Portinari (1266 – 1290). Claro que este amor era muy especial, según se cree el florentino la vio solo tres veces en su vida y nunca la tocó, pues ella –amargamente– se casó con otro. Sin embargo, su muerte –muy joven– inspiró un sueño al poeta que sería la primera piedra del gran poema, convirtiéndose en su musa ideal y en el símbolo de la mujer imaginaria como ángel y salvación, superior en virtudes al hombre, pues sin ella se sentía perdido en el caos. En la obra aparece sobre un carro, en una nube de flores y ángeles para guiar a Dante en su paso por el Paraíso para llegar a Dios. Al encontrarla, en su viaje, después de contemplar las penas del Infierno y el Purgatorio dice: “…llena de estupor y de gozo, mi alma saboreaba aquel manjar que al mismo tiempo sacia y provoca nuevo apetito (…)”. Y le ruega: “– ¡Vuelve tus ojos a tu fiel seguidor, que para verte tantos pasos difíciles ha dado! Concédenos la gracia de mostrarle por gracia tu rostro…”. (Purg. C.XXXI). Marcando para siempre la Literatura con la imagen de la mujer–ángel, salvación para el hombre.   Otro caso, mucho más contemporáneo, es el de Nicanor Parra (1914 – 2018). El antipoeta, que dejó muy pocos rastros biográficos en su obra, hizo una excepción cuando escribió a fines de los años 70  “El hombre imaginario”, este texto es muy distinto al estilo antipoético que había cultivado hasta entonces, no hay ironía, ni humor, ni tampoco usa el lenguaje coloquial: “El hombre imaginario / vive en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario…”, se trata más bien de “una historia” de desamor, en la que todo es imaginario, menos el dolor que el hablante siente por la pérdida amorosa:  “(…) Y en las noches de luna imaginaria / sueña con la mujer imaginaria  / que le brindó su amor imaginario / vuelve a sentir ese mismo dolor / ese mismo placer imaginario  / y vuelve a palpitar / el corazón del hombre imaginario.” La mujer imaginaria, según declaración del mismo Parra, era menor que él, casada, con dos hijos, perteneciente a una familia burguesa. “Era inconmensurable y eterna (…) Yo tenía 64 años y ella 32. Y ella era la mujer que yo soñaba, y que yo buscaba y que creía haber encontrado”, dice el antipoeta en una entrevista. Pero no se pudo, ella lo abandonó y él escribió el poema, porque la otra salida, según su propia confesión, habría sido el suicidio. La poesía como antídoto frente al abandono, la poesía como terapia frente al desamor. El antipoeta que se había reído e ironizado y disparado “a diestra y siniestra”, no pudo, en este caso, reírse de sí mismo, tuvo que convertir a la mujer real en la imaginaria.   Siguiendo las huellas literarias de esta musa, nos encontramos con esta primera frase que, al mismo tiempo, es una pregunta en la novela Rayuela (1963)

Perfiles | Una última esperanza

«Recibí incontables lumazos, me ahogué con las lacrimógenas, me quebraron la nariz con un golpe de escudo, recibí patadas en los testículos y pasé por el túnel oscuro más de una vez. Y siempre seguí luchando, dando la cara, aunque mi mujer me pidiese que me calmase, que ya estaba bueno, que al final mi batalla era inútil, no ves que las noticias siguen igual de mentirosas, que la gente ve más series que nunca y que todos quieren reír, pasarlo bien, reír solamente por reír, tener plata a como dé lugar y que se jodan los demás. Entiende, ahora el héroe no es Allende, ahora el héroe es Leonardo Farkas y su sonrisa idiota y su caridad populista y sus ordinarias cadenas de oro.» Luché toda mi vida contra el capitalismo. Estuve contra Pinochet y sus crueles crímenes en nombre del maldito evangelio neoliberal, participé en cuanta protesta pude, marché una y otra vez por calles, plazas y avenidas, repartí panfletos, molotovs y miguelitos, encendí neumáticos y pallets, arrojé piedras a los pacos fascistas y cadenas a los transformadores del tendido eléctrico. Quería -con esto último- cortar la luz para que mi país se liberara del adoctrinamiento mediático de la tele, que la gente dejase de ver noticias falsificadas, teleseries de cartón y programas familiares que llamaban a reír cuando todos estuviesen tristes, a reír en medio de la sangre de los asesinados y la ausencia de los desaparecidos, a reír y reconocer el origen del sufrimiento como un error personal, como un mal paso, un tropezón, individualizándolo tanto como los fondos de pensiones. La tarea era urgente: sin suministro eléctrico mi pueblo vería -en las pantallas- la imagen verdadera de la dictadura: una mancha negra, inanimada y silenciosa, un hoyo lleno de cadáveres. Y entremedio, difuso, fantasmal, el reflejo del propio rostro inmerso en la oscuridad de la historia. Intenté, siempre, agudizar las contradicciones y acelerar la llegada de lo que, hasta mi muerte, nunca llegó. Estuve totalmente en contra del sucesor del criminal Pinochet y los civiles que lo acompañaron en su tarea monstruosa. Me refiero a Aylwin, “el maricón sonriente”, como le llamaban en las poblaciones. También estuve contra Frei Tagle, ese clon pifiado de su padre. Y contra Lagos, el gran traidor. Y contra Bachelet uno y dos. Y contra Piñera uno y dos. Todos, caras de una misma moneda. Me la pasé más en la Alameda que en mi casa o en mi tallercito de cinturones artesanales, herencia de mi fallecida madre allendista. Alzando pancartas se me podía ver, gritando consignas que rimaban: “uf, uf, qué calor, un guanaco por favor”, por ejemplo, cantando junto a muchos otros que detestaban este sistema tanto como yo, este sistema que en materia de desarrollo humano promueve el amor solo para vender chocolates suizos, este sistema que funciona sobre la base de la privatización fraudulenta y descarada de lo público.  Fui secretario del Sindicato de Artesanos de Recoleta (SAR) y tesorero de la junta de vecinos de mi pobla. Estuve tantas veces preso por protestar que terminé perdiendo la cuenta. Fueron, para no ahondar más de lo necesario, casi cinco décadas de lucha en contra del poder económico global, hegemónico y puto, que basa su desarrollo en nuestro subdesarrollo, en nuestra sumisión, en nuestra aculturación al kétchup, la música basura, las sudaderas de los Chicago Bulls y las salchichas gringas. Mi tallercito, obvio, sufrió con las importaciones de productos desechables, baratos, innobles, no de cuero legítimo como mis cinturones y perdí casi todos mis clientes. Recibí incontables lumazos, me ahogué con las lacrimógenas, me quebraron la nariz con un golpe de escudo, recibí patadas en los testículos y pasé por el túnel oscuro más de una vez. Y siempre seguí luchando, dando la cara, aunque mi mujer me pidiese que me calmase, que ya estaba bueno, que al final mi batalla era inútil, no ves que las noticias siguen igual de mentirosas, que la gente ve más series que nunca y que todos quieren reír, pasarlo bien, reír solamente por reír, tener plata a como dé lugar y que se jodan los demás. Entiende, ahora el héroe no es Allende, ahora el héroe es Leonardo Farkas y su sonrisa idiota y su caridad populista y sus ordinarias cadenas de oro. Meses antes del estallido social me sentí mal, me dolía mucho el estómago. Entonces fui al médico y supe que padecía de una enfermedad terminal que no detallaré, puesto que no es mi intención despertar la conmiseración de nadie. Cuando mi afección avanzó y caí en cama y no pude seguir trabajando y me quedé, por ende, fuera del Fondo de Salud Pública por no pago de las cotizaciones mensuales, mi hijo mayor, el Samy, que me salió del otro bando y trabaja como supervisor -o negrero- en un supermercado oligopólico, me inscribió en su plan de salud privada como carga. Yo le dije que no gracias, que valoraba mucho su ayuda ahora que había quedado en el aire, pero que no entraría jamás en las dependencias de una ISAPRE, esas instituciones que lucran con la vida humana y más encima estafan a sus clientes. Me negué firmemente a acudir a una clínica y me las arreglé comprando Tramadol en la feria. También tomé harta agua de matico, yerbita que dicen hace bien para las afecciones estomacales. Vino luego un período en que caí en la inconsciencia. Ahí es cuando el Samy, en complicidad con mi mujer, me llevó a una clínica privada. Yo creo que eso fue lo que me hizo mal, porque a las dos semanas me fui de este mundo. Paré las chalas, como se dice.  Lo peor de todo, eso sí, vino después, porque en un ataúd de un azul horrible, parecido al color de los uniformes de los aviadores que -siguiendo las órdenes del sádico general Leigh- bombardearon la Moneda, me trasladaron a mi última morada, “Los jardines del paraíso”, un cementerio con fines de lucro (y un antiecológico exceso de

Fichero | «Turnos», de René Peri Fagerstrom: los versos de un paco que sirvió a la dictadura

«Me di la tarea de leer este libro, editado en 1971, no por masoquismo o algo parecido, sino, primero, por la curiosidad –quizá morbosa– de saber qué tipo de poesía puede escribir un uniformado (ya se sabe, los pacos no tienen fama de inteligentes ni sensibles) y, segundo, con la idea de explorar qué había en el discurso poético de quien dos años más tarde asumiría como asesor cultural de la Junta Militar –más encima ad honorem– y luego como ministro de Bienes Nacionales, cargo que ocupó entre 1979 y 1987, siendo el responsable –entre otros actos de despotismo y corrupción– de entregar las propiedades confiscadas a los partidos políticos a CEMA Chile, es decir, a Lucía Hiriart de Pinochet, quien las usaría para su propio beneficio.» Encontré –hace unos días– en mi biblioteca un poemario que ya no recuerdo de dónde salió, no tengo idea pues soy un comprador compulsivo de libros de poesía –ojalá de autores sin prestigio– que agonizan en las cunetas de los persas, en las colas de las ferias libres, en los alrededores de La Vega y en los meandros de Internet. El libro en cuestión, volviendo al tema, es el poemario Turnos de René Peri Fagerstrom (1926–1996), general de carabineros que llegó a ser ministro durante la cabrona y sangrienta dictadura cívico militar de Pinochet. Me di la tarea de leer este libro, editado en 1971, no por masoquismo o algo parecido, sino, primero, por la curiosidad –quizá morbosa– de saber qué tipo de poesía puede escribir un uniformado (ya se sabe, los pacos no tienen fama de inteligentes ni sensibles) y, segundo, con la idea de explorar qué había en el discurso poético de quien dos años más tarde asumiría como asesor cultural de la Junta Militar –más encima ad honorem– y luego como ministro de Bienes Nacionales, cargo que ocupó entre 1979 y 1987, siendo el responsable –entre otros actos de despotismo y corrupción– de entregar las propiedades confiscadas a los partidos políticos a CEMA Chile, es decir, a Lucía Hiriart de Pinochet, quien las usaría para su propio beneficio. Navegando en la red me pude dar cuenta, además, que Peri Fagerstrom no era un novato en las letras, pues publicó numerosas novelas, poemarios, cuentos y artículos periodísticos, incursionando también en la literatura infantil y la investigación, recibiendo elogios –muchos de ellos en plena dictadura– de tipos como Alone, Alfonso Calderón, Jaime Quezada o Andrés Sabella. El polifacético general, además de carabinero, era periodista colegiado, miembro de la SECH, administrador público y contaba con un magister en Ciencias Políticas, publicando estudios acerca de la función policial y de la negritud en Chile. Peri Fagerstrom, por tanto, no clasifica dentro del modelo de carabinero que estamos acostumbrados a ver (el hijo tonto de la familia, como dicen los mal hablados), pues se trataba de un intelectual. Con estos antecedentes comencé mi lectura de Turnos, cuya portada, obvio, es de color verde.  Publicado en plena época de la Unidad Popular e impreso como tantos libros de ese Chile antiguo en Arancibia Hermanos, el libro está dividido en dos secciones: “El hombre” y “El hombre y su paisaje”, títulos que dan la idea temprana de que, al menos en el género lírico, no había en Peri Fagerstrom un volcán creativo en acción. Cosa contraria –hay que señalar– aducen los tres naftalínicos y pintorescos uniformados que, cada cual con su retrato fotográfico, prologan el libro: Armando Romo Boza, coronel(r) de Carabineros; Santiago Polanco Nuño, coronel(r) de Ejército y Darío de la Fuente, funcionario policial de bigote flaco y rango indeterminado que, en vez de ofrecer una presentación del autor y su obra, como hacen los dos primeros, le dedica un enrevesado –y extemporáneo aún para la época– poema donde da a entender que Peri Fagerstrom es un “labriego y caballero / que no piensa en halagos ni en caudales”. Es decir, un idealista. Armando Romo Boza, a su vez, muestra “una sincera y honda complacencia al ver cómo han surgido verdaderos valores literarios en el seno de nuestras filas…”, dando la idea de que a la institución policial no le importa tanto combatir el crimen o exterminar izquierdistas como verse a sí misma como un semillero de poetas y narradores, ser, en el fondo, una academia literaria. En eso estaría su orgullo.  Santiago Polanco Nuño, por su parte, comienza con una semblanza de Peri Fagerstrom que pone énfasis en su versatilidad, destacando en su escritura “el impacto de sus metáforas, el regalo impagable de la emoción, la precisión y justeza de su condición descriptiva”. Tomo aire. Tanta perfección me abruma. Si le creyera al prologuista, me encontraría ante un genio literario, pero claro, nunca hay que creerle al prologuista. El prologuista es un hombre sándwich. Más aún Polanco Nuño, personaje que parece sacado de las páginas de La literatura nazi en América del difunto Roberto Bolaño. Este entusiasta coronel(r) de Ejército, por cierto, no se queda solo con la semblanza del autor, sino que se atreve también con una breve lectura de Turnos, señalando en ella que “hay algunos poemas que nos emocionan y volvemos y volvemos a leer, como ese “Carabinero del tránsito”, pequeña obra maestra; ese “Avenida La Paz”, elocuente expresión del rechazo ante la injusticia ciega, apasionada, que, de tumbo en tumbo, pretende gangrenar el alma de la ciudadanía, esos pequeños romances, “Paisanita” y “Villancico”, gráciles, esbeltos, rítmicos”. Termina Polanco profetizando que “este brillante puñado de poemas de René Peri va a dar que hablar. Y van a hablar, no versificadores, como el que escribe estas líneas, sino reales críticos o poetas de alto vuelo, quienes, por suerte y honra del terruño, no escasean en este valle de hombres libres.” Me pregunté –en ese momento– si yo era uno de esos “reales críticos” (poeta de alto vuelo no me calza para nada) y cómo podría saberlo. No había –en el texto– una lista de cotejo o algo parecido, una encuesta, una escala de Likert.     Después de un café, me lo

Poesía chilena actual | Jorge Etcheverry: Poemas desde Canadá

LA POESÍA  Ese género Que nos decían es para expresarse ¿de qué estamos hablando Con todas esas canciones, videos Las posteadas en el Facebook en Twitter En las así llamadas redes sociales? Con todas las resmas, perdonando la imagen anticuada De papel con afirmaciones humanistas En un momento (nos carga el vocablo tiempo) En que se reiteran los buenos propósitos y sentimientos Con los que en general estamos de acuerdo Pero que parecen que no llevan a ninguna parte Si no es por los contactos Los partidos La red de amistades y conocidos Que permiten llegar a algún encuentro internacional Ojalá prestigioso En que más o menos se dicen las mismas cosas Pero en que a la postre Se conoce gente, se toma se conversa A veces gente del uno Pero de ahí para dónde vamos Es que a lo mejor estamos pegados en una imagen romanticona Suponer un más allá para este quehacer Es casi ridículo Pero una voz nos dice A lo mejor esa chiquilla, la poesía dice “a ver cabros, o cabras Echémosle pa delante porque patrás no cunde” Y en una de estas y no creo que deba editar esto antes de ponerlo en estas circunstancias Porque prometo que esto no lo voy a publicar Es que estoy con unos tragos   LA ÚLTIMA DE TINTO  Lo juro Que se fue en dos horitas y seis puchos aunque oficialmente no fumo Pero  Por mi madre y mi abuela que en paz descansen es la última minifarra Privada quizás la penúltima Para mi cumpleaños Que se avecina va a ser la definitiva Después vendrán las caminatas el pescado y el tofu Me embarga la vergüenza de sacar mis trapitos al sol Si la poesía no sirve para esto mejor me jubilo de veras    DE LA RISA Y LA SANGRE   Eran otros tiempos Otra ciudad  la de diarios matutinos con espacios en blanco  por los recortes a última hora que ordenaban los militares Desaparecían los periodistas junto a sus reportajes Pero la gente se contaba en las fiestas chistes sobre el pinocho Le imitaba esa voz gangosa tan chilena Aunque los comentaristas radiales fueran hechos callar para siempre y sus comentarios reemplazados por el hit más a la moda Otro continente, claro Los espacios y sujetos  han cambiado pero el humor puede seguir siendo arma de combate sinó pregúntenselo a Parra Eso sí  Van a tener que andarse con cuidado No sea que la interpretación torcida de algún libro sagrado O algún oficial de civil o de uniforme —ya más al viejo estilo— Encarnando al poder que sea Los borre de esta tira cómica Del mundo   LA VIDA EN SUEÑO  Me despierto A lo mejor no La veo sentada al borde la cama Me dice  “mira Jorge Ya sé que soy conmovedora y ando siempre ocupada Pero no invoques mi Santo Nombre en vano Para sacarle el poto a la jeringa”    LEYENDO A RIMBAUD  Hay un poema en las iluminaciones No lo voy a consultar textual aunque debe estar en la red se llama en español Oración de la tarde Al final el poeta sale a mear Y hay unos heliotropos En otro del mismo libro  Arturo empieza a hacer un inventario poético de flores al final se cabrea y manda al lector a buscarlos en el libro De un especialista en flores y plantas Lo cotidiano empapa la poesía Terminar un poema es una lata   ANTES  En los albores humanos de la especie que se abría en abanicos esos homínidos que nos dieron lugar No había fronteras  sólo accidentes naturales, las hordas llevaban de valle a montaña de estrecho y planicie a mar a continente su fuego su cultura que empezaba a balbucear Quizás ahora estemos  en una Manvantara que se inicia o que termina Las fronteras que resultan de las anécdotas del poder de milenios de invasiones guerras colonizaciones saqueos se ven perforadas por multitudes otra vez desplazadas por los cuatro ámbitos del globo Con sus escasas pertenencias o solo con su vida y su familia Por un mundo que unen redes comerciales rutas marítimas y áreas redes virtuales carreteras que a veces atraviesan continentes Esos grupos se desplazan por arterias de metal y concreto El poeta me dijo el otro día “Jorge, no sé si debamos lamentar o celebrar la globalización que le dicen cada letra se baña en sangre pero en lo recóndito Me atrevo a decirte Titila una luz” A lo mejor en una de éstas y pese a todo el sufrimiento los caudales humanos  que se cuelan por las cercas fronterizas puede que sean la semilla de un futuro Un poco la calma de la mar después del tifón Un mundo hermano Sin fronteras.   LALGARABÍA   alborotaría la urbana demografía                                                                  de bocinazos cacerolazos permearía las ventanas de los cubículos más altos a los retículos de corazones mentales desataría en esa alborada algarada multivoces multícaras que se solucionan resuelven gesticulantes en puños fogatas buenas y de las otras aclaremos las que prenden barricadas de madera chatarra heroica que ardeparriba metafóricamente no pabajo idem el fuego cizaña malo de vándalos dicho sea de paso pueblo bárbaro—de “bar bar” como los griegos le decían a esa otra gente que hablaba algo que les sonaba como eso—de los pulentos vándalos que en el siglo V les daban dolores de cabeza—testa—a los romanos ahora bien según la Wiki “la palabra vándalo se utiliza para hacer referencia a una persona o un grupo de personas que actúan de la misma manera, organizadamente o no, para destruir, robar, saquear y violentar propiedades privadas, etc.” pero como decía esa chiquilla dirigente estudiantil en una laaaarga entrevista muy reciente que la gente quemaba todo a fines del año 2019 pero no tocaba ni a las escuelas ni a los bomberos entonces está esa cosa del instinto de las masas del pelao Lenín, aunque de conciencia política na que ver parece aunque hay unas semillitas básicamente a nivel comunal pero volvamos             La algarabía que nos llega a la terraza del edificio que quizás no aguante el último pencazo avecinable del terremoto que venga algazara a los pájaros, gaviotas, palomas, humildes zorzales que se apersonan a la terraza del edificio porque adivinan avizoran en algunos hilos o filamentos de ese vasto tejido polícromo sonoro las hebras de la REVOLUCIÓN.    PERSECUTORIA Me he cambiado de ropa y de ciudad y yano camino por la calle a las mismas horas ni duermo todas las noches. Alteré desde mis hábitos alimenticios hasta el diámetro de mi cintura. Ya no persigo ningún tipo de pájaro fantástico con los ojos enrojecidos, el cerebro achicharrándoseme adentro del cráneo (grueso) mientras la fiebre cubre mi frente de un agua caliente y salada.  Enhorabuena, enhorabuena. Esas son las voces de los más sensatos que sin necesidad de comunicarse, de recibir ningún mensaje, ahora salen a la puerta de sus casas modestas pero bien cuidadas a saludar mi paso de réprobo arrepentido. En algún lugar de estas vastedades, unos batracios, al menos eso parecen en medio de las sombras que los cobijan aún de día, ya que evitan el comercio con la luz y hurtan la cara, aún deciden entregarse a veces a urdir y desurdir negros ovillos de lana sucia. Tienen la vana esperanza de que sus

Patio de luz | De la vida de las sábanas

«Ahora que he vuelto, ordeno la casa y me deshago de los trastos, encuentro sábanas deslavadas, hilos casi flotantes en el esplendor de la mañana, en los cuartos deshechos de pena, donde alguna vez fueron reinas.» Dedicado a Patricio, Adriana, Susana, Julio, Nelson…porque están muy cerca. Y a quienes de la generación del 80 que todavía sueñan.   La vida de las sábanas: solas, mojadas, dando vueltas en la lavadora, en el líquido espumoso que les devolverá el frescor y tensará, un poco, de manera que piensen en sus mejores años. La historia nuestra de las sábanas. A veces teníamos. Otras, no había ninguna. Entonces acudíamos a la vecina para pedir prestadas esas alas volátiles, el emparedado en que se moverían las personas que llegaron a la casa sin avisar. Los cuerpos y las almas con su bochorno cotidiano de viajes y fatigas. Recuerdo las primeras: hechas con sacos harineros, que salían de la máquina todopoderosa de mi madre. La aguja sonaba mientras el hilo iba rociando su potestad sobre el blancor de los sacos con letras azules. Aquel aparato futurista para los ojos inquietos de un niño, que sacaba de los apuros económicos principalmente para las grandes fiestas, cuando los clientes iban a buscar costuras terminadas, y los niños podíamos comer, al sonar las 12, el puré con bistec y ensalada de porotos verdes, que era el gran premio al recibir los villancicos; o en la noche iluminada por el ingenio de fuegos de artificio que cubrían los cerros. Las sábanas que se van replegando y nunca se ponen de acuerdo conmigo. Se recogen. Me faltan o me sobran. Y se sueltan del colchón como un silencioso tiro de honda. No sé en qué época entraron por mi casa aquellas sábanas diferenciadas de colchón y tapa. Las sábanas improvisadas que alguna vez encontré con sangre, y me sorprendí porque no supe de ninguna de mis hermanas herida. Las sábanas meadas, que se secaban y endurecían bajo el sol. Las otras, de los sueños húmedos, que infundieron temor y angustia en un entorno pacato de misa dominical. Las sábanas de los primeros amores, que aún tremolan de suspiros y se cuentan confidencias de las novias quitándose el vestido, y callan todo lo que ocurrió después, cuando apagaron la luz. Las sábanas de los románticos, que plasmaron poemas grabados con lágrimas, con suave carmín, o la palidez exangüe de Violeta Valéry. Las sábanas de mis amantes, que se amotinaban de la cama y nos hacían rodar hasta el piso. Aún unidos en ese cordón de exaltación, calor y transpiraciones saladas. Los amantes se empeñan en estar juntos, sin soltarse: uno dentro del otro, porque no saben si volverán a verse. Porque ignoran si un día se encontrarán en ese tráfago de estampados o bordados inútiles. Entonces la alfombra era una nueva sábana para mis amantes. Y las más volanderas, las verdaderas, se desprendían de un cabello rizado, del moreno, del rubio o el de ojos de avellano que se quedó como un paisaje en la pared del subconsciente. Las sábanas que acogieron a mi padre y mi madre, cuando yo era criatura entre ellos y me movía dentro de una oscuridad siniestra, porque sabía que algo iba a suceder; como cuando la niebla se disipa, cortada por un rayo de luz, que viene a quebrar la marea de los barcos en reposo. Las apercancadas, las que se debían hervir en agua con jabón. Y luego el almidón les daba una impresión de hostias o golillas pisiúticas. Mi abuela, que guardaba sus sábanas en un mueble de madera impenetrable, lugar que a los dedos pequeños se les prohibía husmear. Las blancas sábanas del recuerdo aromatizadas con violeta, o un aroma que ya no alcanzo a discernir. También el baúl de la memoria nos borra los datos…que tal vez podrían haberse guardado en un pendrive. Ahora que he vuelto, ordeno la casa y me deshago de los trastos, encuentro sábanas deslavadas, hilos casi flotantes en el esplendor de la mañana, en los cuartos deshechos de pena, donde alguna vez fueron reinas. Los cadáveres de sábanas, que al deshacerse guardan una enorme diferencia con la vida. Sin el hedor del muerto, y tan volantineras, que parecen haber transfigurado en sus almas. Las sábanas de broderie, de polar, de seda, de satín, de nailon, de organza, de encaje o muselina. Las de 155 hilos. Las sábanas chinas, que en un momento cubrieron las necesidades de casi todos los países. Las sábanas que no lo son, y se enorgullecen por cumplir la santa tarea de albergar los cuerpos cansados del trabajo de toda una jornada, o de los juegos que despertarán al mundo de su estólida mentira y su endogamia de valores abstrusos. Los juegos que no son el “Mambrú” ni “El Perro Judío”. Las fábricas de sábanas que sucumbieron con la dictadura. Que sintieron las metrallas y los tanques, con los coleópteros de acero destruyendo la Moneda. Terminando con nuestra dicha y la de ellas. Las que fueron mortajas de asesinados, que lloraron lágrimas rojas y nunca se pudieron desmugrar y llevan la mancha despiadada y traicionera de obispos y generales. Aquellas que continúan en secreto o vagan sin paradero. Las sábanas de los hospitales en los que yací, que me vieron surgir de la anestesia. Las proletarias, las solidarias, que pertenecen a todos. Las de las clínicas que escondieron mis años de locura. Que se retorcieron conmigo bajo la fiebre; se me revelaban contra los fantasmas y los ladrillos que atormentaban la cabeza, llenándome de psicotrópicos hasta quedar sordo de mareas.  Aquellas donde me enamoré, porque el amor es cosa de locos… y él era un chico tan apuesto que se cortaba las venas. Y las sábanas protegían sus vendajes tan cerca de mí… ¡y a la vez tan lejos! Porque el amor es cosa de locos totales, no de aquellos de temporada. Y había que seguir por los espinos, con las cápsulas multiformes, para no saltar del octavo piso o para llamar

Panóptico | ¿Por qué leer El Quijote hoy?

«Cómo no nos vamos a reír cuando entendamos que la palabra “quijote” hacía referencia a una pieza de la armadura que cubría el muslo, o sea, una especie de “muslera” y que “La Mancha” era para los lectores de Cervantes un lugar tan prosaico como cualquier otro, de ahí que el nombre de la novela, “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, era bastante ridículo, pues a “Ingenioso e hidalgo”, que podían ser atributos  positivos, se le contraponía el nombre del caballero que, para que el lector comprenda, sonaba algo así como “El ingenioso hidalgo don Muslera del Mapocho”. O sea, desde el título es una burla, una parodia, por ejemplo, del Amadís de Gaula, la más famosa de las novelas de caballería de esos tiempos.» A todos mis amigos que nunca han leído completo “El Quijote”.   Este artículo está dirigido a aquellos buenos lectores que, sin embargo, nunca han leído El Quijote de manera completa. Para aquellos que sabiendo que en algún momento deberían leerlo, que es una “deuda” que se arrastra año tras año, lo dejan para después. Por lo tanto, este artículo no está dirigido a especialistas que busquen una “nueva” mirada sobre la novela de Cervantes. No me interesa ser novedoso, ni menos original. Para acometer esta empresa quijotesca –la de escribir este precario artículo sobre esta obra monumental– me basaré en mi experiencia como profesor de literatura que ha tratado de enseñar y cautivar a sus alumnos –con buenos y malos resultados– y en mis lecturas de la obra, como de otras a lo largo de los años. El lector de este artículo no encontrará citas a otros autores, ni menos una bibliografía extensa –como se estila en estos casos–, solo encontrará un resumen muy breve de razones por las que yo creo importante leer hoy El Quijote.   En fin, comencemos de una vez. La primera o la única pregunta que habría que tratar de responder es ¿Por qué tenemos que leer El Quijote hoy? Es decir ¿Por qué en esta época de la acumulación, de la búsqueda del beneficio urgente, de la satisfacción inmediata, habría que acometer la empresa de leer una obra que tiene más de 400 años de publicada, que tiene 126 capítulos con infinidad de situaciones, personajes, además de un español –de comienzos del S. XVII– confuso para nosotros, lleno de arcaísmos propios del protagonista, que trataba de imitar el habla de un caballero medieval? O ¿Por qué en esta época de lo instantáneo, de las series –que, con mirada bovina, recibimos cada noche con la boca abierta–, habría que hacer un esfuerzo y leer esta novela? Esa es la pregunta, la única pregunta que hoy me propongo responder, pero claro, mi respuesta no es única.    La primera razón por la cual habría que leer esta obra es exclusivamente literaria y les interesa principalmente a los novelistas, porque Cervantes nos enseñó a escribir novelas, él es la fuente de todas las narraciones modernas y contemporáneas, y esto por su forma tan singular, tan maravillosamente artística que solo podía aflorar de la mente de un genio. La estructura de las aventuras es simple, pero tiene variaciones hasta el infinito. El hidalgo Alonso Quijano enloquece de tanto leer libros de caballería e, imitándolos, busca un nombre: Don Quijote de la Mancha, con el que se interna en el mundo real creyendo que es el de sus novelas, transformándolo. Generalmente alguien le dice que lo que ve no existe, sin embargo, él insiste, y viene el choque entre lo que él cree que ve y lo que realmente es. Choque entre sueño y realidad.     A nivel formal se encuentra también otro aspecto clave, que la gente olvida o pasa por alto a la hora de leer la obra, pues la leen en serio y con cierto temor de no entender, como si fuera la Biblia o algún tratado de filosofía o alguna gran tragedia griega –esto seguramente inspirado por las clases de algún trasnochado profesor de Lenguaje que la enseñó sin pasión, obligado–. No toman en cuenta que la primera intención de Cervantes fue criticar a través de la parodia –imitación con fines de burla– los libros de caballería, esas novelas que él tanto amó y que hablaban de héroes gallardos e invencibles, princesas hermosas y virginales, gigantes, dragones, o sea, un mundo maravilloso, pero irreal, un mundo que no existía. En este lugar instala a don Alonso Quijano de alrededor de 50 años –un anciano para el S XVII, quizá hoy diríamos alrededor de 70–, quien quiere ser un caballero como los que él había leído, en un mundo donde ya no hay caballeros, más bien son parte del pasado medieval, pero él no lo sabe (o en su locura lo olvidó) y eso hace que todos lo traten de loco –porque hace tonteras– y el lector se ría de él. Cómo no nos vamos a reír cuando entendamos que la palabra “quijote” hacía referencia a una pieza de la armadura que cubría el muslo, o sea, una especie de “muslera” y que “La Mancha” era para los lectores de Cervantes un lugar tan prosaico como cualquier otro, de ahí que el nombre de la novela, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, era bastante ridículo, pues a “Ingenioso e hidalgo”, que podían ser atributos   positivos, se le contraponía el nombre del caballero que, para que el lector comprenda, sonaba algo así como “El ingenioso hidalgo don Muslera del Mapocho”. O sea, desde el título es una burla, una parodia, por ejemplo, del Amadís de Gaula, la más famosa de las novelas de caballería de esos tiempos. En definitiva, Cervantes quiso reírse de este tipo de libros, comenzando con los poemas en tono burlesco del comienzo, porque le llenaron la cabeza de mundos que no existían –y no solo a él, sino que a una época y a una nación que salió a navegar por todo el mundo buscando aventuras– y para esto creó

Narrativa chilena actual | Biblias, fotografías

«Agucé la mirada e intenté ver si la conocía de alguna parte, pero no pude recordarla. Era como si todo fuese borroso y no pudiese precisar nada, ella provocaba esa sensación. La imaginé en la parrilla, desnuda, y me parece que sí, que era ella. Me tomé el té y le pregunté si le interesaba alguna. Le mostré las biblias con las palmas abiertas hacia arriba, sonriendo un poco, como un caballero, así nos educaron, así se trata una mujer.» Me estaba viniendo abajo. Tuve que pensar en algo y decidí salir a vender. Vendí biblias. Lo hice puerta a puerta. No hubo muchos resultados, no convencí a nadie al principio. Conocí a algunas personas. Las conocí por alguna conversación casual o porque nuestras opiniones coincidieron en algún momento, lo que despertó la simpatía. No lo hice por plata, me venía abajo por otros motivos y era bueno ver gente. Con una de ellas tuve algo que no fue amor precisamente. Ella me gustó y pasó algo que no creí que fuese a suceder. La primera sensación que tuve de ella fue que me había reconocido, pero ella era muy joven como para que hubiésemos tenido algún tipo de cercanía en otra época. Además, yo venía de un círculo muy cerrado. Perdí mi trabajo unos años después de la vuelta a la democracia. Sin embargo, tenía una pensión, me alcanzaba bien, siempre fui austero. Al principio me dediqué a trabajar particularmente en seguimientos. En un momento decidí dejar todo eso, desaparecer de ese medio. Hice un último seguimiento que me encargó mi amigo Esteves, que trabajaba en una financiera, eso fue en el año dos mil. Los seguimientos fueron en localidades pobres, andinas y en la pampa argentina.    Ella fue muy amable. Se llamaba Carolina. No me sonaba de nada. La segunda vez que fui a su casa nos acostamos. Yo estaba solo y arruinado.  Pero sucedió.    A veces salía, aunque estuviese lloviendo. La ciudad nublada y triste como si la soledad fuera parte de la atmósfera que respiramos. Me pude haber quedado haciendo nada. Deprimido mirando una ventana recorrida por las gotas de lluvia. No podía estar mucho tiempo así. Le había tomado el gusto a mirar la lluvia caer irremediablemente. Pero, pronto venían las imágenes. Las bolsas negras. Las cuencas vacías. Los cuerpos. Tenía que hacer algo. Caminar u ocuparme en algo. En la mañana ponía en orden la casa. Lavaba platos y arreglaba lo que estuviese malo. Me subía al techo a ver que todo estuviese bien.   La primera tarde Golpeé la puerta de la casa de Carolina cuando aún no sabía que ella abriría. Me miró y me preguntó qué quería. Le dije que vendía biblias. Se rio. Me preguntó: ¿quieres pasar? Le dije, bueno. Me senté en un living silencioso. Un sofá, frente a una mesita pequeña, sobre la mesita el diario del día y una taza con café. Por la ventana vi caer la lluvia. ¿Por qué biblias?, me preguntó. Le dije que quizá estaba pagando alguna culpa. Eres creyente, me dijo. Sonrió. Le dije que era un hombre de convicciones. Fue en ese momento que sentí que me conocía o me reconocía. El living silencioso se tornó crepuscular. Nos quedamos callados, podría haberle preguntado si la conocía o si era creyente, pero no lo hice. Ahora ese no era mi problema. Se me vino a la cabeza la frase, gente sin principios.  Santiago es triste en invierno y sobre todo cuando llueve. Miré hacia el patio mientras se hacía una poza y ella me decía que me iba a servir un café. Le dije que me diera un té. Mi estómago se había vuelto débil. A veces nos parece que el mundo nos pertenece al punto que disponemos de la vida de los otros, dijo ella, pero al final todos nos volvemos débiles, por naturaleza, aunque no sabemos cuánto puede soportar cada uno. Me asusté. Agucé la mirada e intenté ver si la conocía de alguna parte, pero no pude recordarla. Era como si todo fuese borroso y no pudiese precisar nada, ella provocaba esa sensación. La imaginé en la parrilla, desnuda, y me parece que sí, que era ella. Me tomé el té y le pregunté si le interesaba alguna. Le mostré las biblias con las palmas abiertas hacia arriba, sonriendo un poco, como un caballero, así nos educaron, así se trata una mujer. Me dijo que no. Me preguntó cómo me llamaba y me dijo que si me animaba a ir otra tarde a acompañarla. Le pregunté si vivía sola. Sí, vivo sola, pero a veces me acompaña un amigo que me quiere mucho. Amigo, le dije. Me dijo, sí, con desdén. Entonces le dije que era el único trabajo que tenía y que estaba arruinado. Aún tenía la pensión del Estado que me alcanzaba, la verdad, pero eso no se lo mencioné. Me comentó que debía buscar algo más estable. Aunque estable no hay nada, terminó diciendo. Aún llovía. Le pregunté en qué trabajaba. Soy periodista, pero por ahora estoy dedicada a la fotografía. Le comenté que me parecía interesante, que yo también sabía algo de fotos, de lentes, el gran angular, el zoom y las obturaciones. Me miró con cara de por qué yo sabía de eso. Le dije que en algún momento pensé en dedicarme a eso. Las fotos de los cuerpos, del cadáver, lo retengo en una imagen cuando aún está vivo. Los trozos, dedos y sangre, como maniquíes desmembrados y en posturas imposibles. Como utilería de una película de terror, en la que yo era el ejecutor. Un Dios que impone su ley. Le pareció fabuloso, esa fue la palabra que utilizó, y quiso mostrarme algunas fotos, pero prefirió dejarlo para otra oportunidad. La temperatura había bajado y la lluvia había cesado un rato antes. Carolina se paró y fue a la cocina. Le dije que las imágenes traicionan, pero perduran. Pensé, pero no se lo dije, que las imágenes se generan