Literatura

Narrativa chilena actual | Situaciones (I)

«Muchos adultos se le acercaban, las mujeres lo miraban, le sonreían “Es Pereda”, me dije. Me aproximé “¿Pereda?”—El mismo que viste y calza. ¿Carvajal? — “¿Se me nota?”—Sí, no has cambiado mucho—. Totalmente falso, me conservo pésimo, no como él. Y me llamo realmente Azócar.» PAYASO El payaso no podía ser Pereda, pensé, cuando vi que mi nieta y una multitud de niños alborozados corrían a tocar los amplios pantalones a franjas, los faldones de la chaqueta granate, a retorcer los botones mientras reían histéricamente. Muchos adultos se le acercaban, las mujeres lo miraban, le sonreían “Es Pereda”, me dije. Me aproximé “¿Pereda?”—El mismo que viste y calza. ¿Carvajal? — “¿Se me nota?”—Sí, no has cambiado mucho—. Totalmente falso, me conservo pésimo, no como él. Y me llamo realmente Azócar. Ya casi toda la gente había salido de la carpa, los enanos gemelos y la equilibrista albina recogían los desperdicios de la multitud. Él me seguía diciendo Carvajal, chapa de aquella época, cuando le había causado gracia eso que le dije de que Chile iba a ser el último país en hacerse socialista e iban a venir turistas de todas partes del mundo, dirían “cómo viven estas bestias”. Pero esto fue preludio de mi alejamiento del Movimiento que Pereda condujo y radicalizó y a estas alturas lo andaban siguiendo moros y cristianos, oficial y no oficialmente, usté me entiende. Pero me estaba diciendo que a quién se le iba a ocurrir investigar a un circo chico, rasca, cruzaban las fronteras varias veces al año, nadie metido en política se iba a apersonar, tú, claro, con esa porrada de nietos y me acuerdo en detalle de su cara de payaso, su última máscara, ya que ese circo desapareció en los incendios en el Sur.   LA DEL ABRIGO AZUL Que no me deja a sol ni a sombra—aparece en una mesa vecina en el café con su tableta, sus anteojos, su pálida cara de niña—otras veces la miro caminar hacia mí en las veredas, la noto desde la ventana del bus con una bolsa de compras—o que barría la vereda una vez cuando yo andaba por otro barrio, o que estaba alimentando palomas en un banco del parque—no es ella la que parece estar sentada en el living frente a la computadora cuando me levanté al baño. Me había tomado casi una botella entera—no  puede ser ella la que se me aparece en sueños, la que me susurra “escríbeme”, pero eso hago.   ORÍGENES DE UN VINO ITALIANO QUE SE TOMA FRENTE A LA TELE Me siento frente a la tele para ver si dan alguna película europea en el canal francés con cubitos de queso a la mano, tajadas de salame, unos chocolates, y esa botella de vino italiano que me pasó a dejar Doña Chepa el otro día a la oficina, que en realidad no es “oficina”, es un cubículo. Se trata de un mosto bastante bueno comparado con otros, y quizás caro, pero de gusto más o menos nomás, un poco dulzón, parecido al que los italianos de la ciudad fabrican en sus alambiques caseros, y bastante parecido a ese un mezzo litro di vino rosso de la casa signora que  había pedido cuando me había juntado con ella en ese restaurante italiano porque me queda casi al frente y entonces no tenía que estar sacando el auto, y esa vez ese fulano joven que ella había presentado como su hermano también se había sentado con nosotros por unos minutos, había intercambiado conmigo unas cuantas palabras comunes sobre el tiempo, bastante adaptado a país se lo notaba, pese a lo joven, casi no tenía acento y parecía muy natural con ese tipo de cháchara que la gente emplea aquí para sacarle el cuerpo a los temas peliagudos o a cualquier tema o simplemente para enfrascarse en una conversación neutra y así ser corteses y dejar pasar el tiempo. El tipo, harto más joven que la Chepa y con el pelo muy moreno y erizado en un corte de pelo tipo escobillón me había estado mirando todo el rato, con los dedos cruzados, y me sonreía de vez en cuando con una boca llena de dientes, muy blancos y sanos, hasta que se levantó un poco abruptamente y me tendió una mano “me tengo que ir, ya nos vemos por ahí” “Chao Chepa” y le dio un leve y apurado beso en la mejilla antes de perderse rápido con sus pasitos cortos de petiso.   ROBOT E IDENTIDAD  Ponición de pilas. No parece adecuado. No se escucha, al menos yo no lo he escuchado. Postura de las pilas, sí, ponerse las pilas es incluso una expresión, pero postura es además adoptar una posición, una idea, y es la manera en que se dispone el cuerpo, posición firme, por ejemplo. Para un F14 no está mal plantearse este tipo de preguntas (claro que no es positivo manifestarlas). Un F14 se supone que es básicamente funcional, solo tiene intercambios verbales según sea necesario para efectuar alguna tarea con otras entidades. El F15, por el contrario, tiene un implante superior, con más entradas, aunque tenga un físico idéntico a nosotros, es decir humanoide. El F15 tiene además tareas de supervisión, sería quizás mejor decir supervigilancia, ya que precisamente esa falta de distinción aparente le permite desempeñar sus tareas. Tiene programado un manejo del lenguaje coloquial, del léxico y los modos de expresión, es decir puede pasar por gente. En cambio, cuando nosotros abrimos la boca se nota inmediatamente lo que somos, aunque nuestro físico sea humanamente bastante aceptable. He oído decir que el F15 puede incluso hacer el amor y puede experimentar placer. Nosotros en cambio tenemos que saber por ejemplo exactamente qué comer a la hora del desayuno, para no causar inquietud si nos toca compartir una mesa con trabajadores humanos, por ejemplo.   ESCRITORES DE LA(S) DIÁSPORA(S) El  vino parece un ingrediente tan infaltado como infaltable en estos ágapes que celebran el lanzamiento de libros, la apertura de exposiciones (o exhibiciones) de

Perfiles | La perfumista

«Recuerdo que cuando niña –yo tendría unos diez años y la Cata, ocho–, mi papi nos construyó un columpio. Era de madera verde y el sillín, que se hallaba sostenido por gruesas cadenas, estaba pintado de rojo furioso. Emocionada me subí con mi amada Barbie Rapunzel una vez que estuvo listo. Mi propio padre me dio impulso. Aún siento sus grandes manos calientes en mi espalda.» Mamá murió de una enfermedad rara, nadie supo claramente lo que le ocurrió, lo concreto es que antes de partir de este mundo se le puso la piel morada, presentaba dificultades tanto para alimentarse como para respirar, orinaba y defecaba con sangre y decía tener mucha sed, al punto que le aparecieron cientos de pequeñas llagas en la lengua y en el paladar. Recuerdo que para animarla le compré una barra de chocolate con almendras –su golosina favorita– y no pudo darle más que una mascada antes de vomitar hasta el alma. Estuvo así cerca de un mes y luego dejó de respirar. El médico que la atendió elaboró un montón de teorías y todas fallaron. Mieloma, embolia pulmonar, hemofilia, hiperglucemia y decenas de otros extraños términos circularon por mis oídos durante esos treinta días frenéticos que duró su agonía. Era como la ruleta de la muerte. Durante ese tiempo la cuidé como pude, le cambié los pañales a diario, le di sopa de posta y duraznos cocidos, le lavé su cuerpecito con una esponja y jabón de glicerina, le mantuve su pieza ventilada y calefaccionada, le di sus sedantes cada seis horas, la llevé al hospital cada vez que fue necesario y me quedaba hasta tarde con ella viendo antiguas películas románticas únicamente para acompañarla. Todo esto lo hice sola, quitándole tiempo a mi emprendimiento de venta de perfumes alternativos –o emulaciones como también se les llama– pues mi hermana menor, la poeta, se hallaba en Bélgica, en un congreso mundial, enfrascada en sus importantes luchas por la liberación de la mujer. Sería bueno que dejara a su mamita en el instituto medico legal durante algún tiempo, me solicitó el médico tras el deceso. La idea –siguió– es estudiar las causas de su muerte, pues fue todo tan rápido que no fue posible hacerle los exámenes necesarios para dilucidar claramente de qué estaba enferma. Yo estuve de acuerdo y firmé un montón de papeles autorizando estas acciones. Al principio no estaba completamente segura, pues tenía la idea de que los médicos la convertirían en un conejillo de Indias. Me convenció, finalmente, la posibilidad de que se tratase de una enfermedad hereditaria que me podría afectar a mí o a la Cata en el futuro. De eso han pasado más de tres meses y pese a que he solicitado que me entreguen el cuerpo para enterrarla, ya han tenido bastante tiempo para realizar sus estudios, eso aún no ocurre. Lo bueno de esto es que he podido seguir visitándola, viéndola, estando con ella. Con mascarilla y guantes voy dos veces a la semana a la morgue y la peino y le hablo y le hago cariño y la perfumo. Por suerte se ha mantenido bastante bien. Claro, porque mi mamita siempre se preocupó mucho del cuidado de su cuerpo. Además, cuando falleció apenas tenía cincuenta y cinco años, estaba súper joven y se le nota. Weon mi papi que la dejó y se fue con una dominicana de culo gigante y cerebro enano. Eso pasó cuando la Cata y yo teníamos menos de quince. Hoy estamos prontas a doblar esa edad.  La voy a ver los martes y los jueves, que es cuando tengo algo de tiempo libre. Generalmente le aplico Moy, mi propuesta para el famoso Christian Dior Joy –su perfume favorito–, aunque también he probado con Suite, mi versión del prestigioso Lancome La Nuit y con Lina Ricca, que corresponde al delicado aroma de Nina Ricci, aunque mi emulación diría que es incluso mejor lograda, más sutil, más pregnante, más misteriosa. Y obviamente a un precio mucho más bajo. De más está decir que le aplico colorete para darle un poco de vida a sus mejillas, que del morado gradualmente pasaron al blanco invierno, cosa que le encantaría, pues admiraba a Olivia Newton John, la de la película Grease, su ídola juvenil, razón por la cual se pintaba de rubio su pelito y nunca estuvo muy conforme con el tono cobrizo de su piel. Usando mi iphone le pongo también su canción favorita, “Hopelessly devoted to you”, que creo que significa algo así como “desesperadamente dedicada a ti”, tema de la misma Olivia Newton John que tarareaba cuando se ponía medio nostálgica. Qué guapa está su mami, me dice el encargado de la sala de refrigeración cuando me ve acicalándola. Es un tipo buena onda, Fabián se llama, y es quien debe sacar y luego guardar la bandeja cada vez que voy a verla. Fabián me recuerda a mi padre cuando era joven y vivía con nosotras. Tiene su misma mandíbula cuadrada, sus mismos ojos de almendra y su mismo cabello negro rizado. Su sonrisa también es muy parecida. Igualmente su actitud amable, aparentemente humilde, como de vendedor de maní confitado o cochayuyo.  Recuerdo que cuando niña –yo tendría unos diez años y la Cata, ocho–, mi papi nos construyó un columpio. Era de madera verde y el sillín, que se hallaba sostenido por gruesas cadenas, estaba pintado de rojo furioso. Emocionada me subí con mi amada Barbie Rapunzel una vez que estuvo listo. Mi propio padre me dio impulso. Aún siento sus grandes manos calientes en mi espalda. Debe haber sido primavera porque había mucho verdor en nuestro pequeño patio. Mi madre –desde la puerta de la cocina– miraba la escena con ojos brillantes. Recién se había teñido el cabello y su cabeza desprendía rayos dorados. Yo iba y venía cuando mi padre fue donde la Cata –que en ese tiempo era mi hermanito Carlos, el Lito– y lo tomó de la cintura para llevarlo al sillín. El Lito movió los brazos y pataleó para liberarse, luego corrió donde mi madre y quiso abrazarla, pero ella le dijo que no fuera tontito, que era solo un juego y se puso rígida y colocó sus manos en la espalda, sin corresponder su abrazo. La Cata entrecerró sus ojos oscuros, almendrados como los de mi padre, y lanzó un largo grito. Se trató de un

Patio de luz | Sexo y paraíso (I)

«Adentrándome un poco más en el amplio espacio, noté que había ciertos objetos aparentemente de factura romana. Unas tinas de metal con patas ensortijadas, una especie de reposaderos que en verdad parecían de mármol y algunas molduras que bregaban por quedarse en su lugar antes de caer al piso, que las haría trizas. Minutos después de mirar el contorno, me percaté que desde los halos de humo aparecían hombres completamente desnudos, y otros que sujetaban una toallita tapando sus partes pudendas. Había mucho para impresionarse: de lo pequeño a lo grande…y a lo inmenso. Me entró un cierto gozo y a la vez cierto temor de principiante en esas lides.» En mi historia de Papas y Cardenales, con vestiduras blancas o rojas, recamadas de oro y encaje, mitras, crucifijos y grandes anillos de rubíes, zafiros o esmeraldas, que se pavonean por la Plaza de San Pedro. O desde el balcón del Vaticano si ha salido humo blanco, saludando a una multitud de alucinados que se han hecho flagelar durante largos años (porque el reino está cerca). O están ahí porque tal vez piensan que un rayo celestial o un ovni los llevará a la tierra prometida, nunca experimenté nada. En las procesiones de curas con inciensos, velones y aguas benditas, mientras se representaba la pasión de un Cristo que todavía no sabemos científicamente si existió o no, junto al gran panfleto de los Evangelios, he tenido (no en la plaza de Roma ni en las dichas procesiones), acercamientos al paraíso que me han llenado el cuerpo y el alma. Si quiero remover un poco las hojas del calendario, donde hoy día existe una multitienda erigida cerca de la Estación Central, en Santiago, en el albor de los 80, conocí el primer paso al paraíso al que cualquier enterado tenía acceso. Una mujer desdentada, de risa burlona, recibía el tributo para ingresar a la sobrenatural experiencia. Por supuesto la desdentada no era la Virgen María, ni una de sus siervas. Ni menos aún el palomo que le acribilló su virginidad con frases laudatorias. El paraíso se llamaba “Las Delicias”. Y nunca un nombre fue tan perfecto para definir lo que ofrecía. Que no era ventas de indulgencias ni un recorrido guiado por los lindes del cielo y el infierno. Después de pagar el tributo me pareció entrar a una especie de subterráneo, pero iluminado, húmedo, con bocanadas de vapor que salían de alguna parte. La higiene no era el blancor excepcional que promueven los detergentes para la ropa, ni el olor a limón de los lavalozas. Se sentía más bien una especie de alcantarilla que se hubiese abierto por algún descuido impertinente. Adentrándome un poco más en el amplio espacio, noté que había ciertos objetos aparentemente de factura romana. Unas tinas de metal con patas ensortijadas, una especie de reposaderos que en verdad parecían de mármol y algunas molduras que bregaban por quedarse en su lugar antes de caer al piso, que las haría trizas. Minutos después de mirar el contorno, me percaté que desde los halos de humo aparecían hombres completamente desnudos, y otros que sujetaban una toallita tapando sus partes pudendas. Había mucho para impresionarse: de lo pequeño a lo grande…y a lo inmenso. Me entró un cierto gozo y a la vez cierto temor de principiante en esas lides. Algunos de los hombres desnudos parecían héroes de Las Galias; porque otros eran réplicas exactas de esperpentos del averno. Uno de la altura y el grosor de las Galias se acercó y me dijo: ¿quieres un masaje?, a lo que respondí sin vacilar: sí. Me retiró la toallita de pudor y me dirigió a uno de los que he llamado “reposaderos”. Tenía como 60 centímetros de alto. Levantando una pierna, mi humanidad completa cabía en ese frío marmolesco que era suprimido un poco por el calor que emanaba de las recias columnas de mi héroe. Me tendí boca abajo, porque mi sexo reclamaba una erección que sería demasiado notoria si lo hacía mirando al techo y a los ojos de quien comenzaba a fregar mis hombros y espalda con sus amplias manos. A medida que hacía su trabajo sobre mi piel algo erizada, se acercaba más y más a los bordes del reposero, para que mis brazos tocaran sus piernas y se enteraran a la perfección de su anatomía del bajo vientre. Mi cabeza y mi gozo querían explotar, deshacerse del cardumen de pececillos que empujaban el glande. Poco a poco sus manos fueron descendiendo, hasta llegar a las nalgas…y comencé a sentir una tibia humedad que penetraba por mi flanco desierto. Un dedo se colaba por esa rendija, enloqueciendo el elástico que se abría y cerraba. Entonces me dijo: “date vuelta”. Le respondí “no puedo” (por razones obvias, ¿no creen?). Y sugirió “vamos al segundo piso”. Yo no tenía la más empolvada idea de lo que habría en el segundo piso, pero le dije que bueno.  La escala del paraíso era maltrecha. Me dio la impresión que muchos ángeles habían rodado por entre esos peldaños para dejarla en tal estado. Pero no me importó. Seguí al héroe o arcángel hasta donde su voluntad me llevara. Subida la escala, al lado derecho se apreciaba un mesón detrás del que se encontraban unos hombres. El de las Galias pidió dos tragos y dijo a uno de los que atendían el bebedero: “pásame la llave de la tres”. Nos bebimos el trago y nos dirigimos a esa “tres” que mi pensamiento trataba de entrever como cuando se completa un puzle, sin acertar.  Llegamos al número tres y la mano que se paseó por mi espalda y más abajo, abrió la puerta. Era una cabina tipo casas “COPEVA”, con rendijas por donde entraba la luz y se veía a cualquier parte. Un tablón hacía de cama (por lo menos estaba cepillado), lugar donde me senté y comencé a acariciar al héroe de las Galias. Me puse de pie. Nos besamos con el calor asfixiante que emanaba de los cuerpos. Lo abracé,

Poesía chilena actual | Matías Rivas: Tres tragedias

SUPERMERCADO   Por influencia tuya comencé a comprar duraznos. Cuando íbamos al supermercado tú siempre comprabas un par de kilos de duraznos para tu hijo mayor. En cambio, yo partía derecho a la sección pastas y carnes. Llenaba el carro con lasañas congeladas, pizzas y salsas de tomates. Recuerdo que comprabas una docena de huevos con omega 3, queso fresco y quínoa. Más de una vez te vi llevar yogurt natural y un kilo de uvas. Hacíamos de estos encuentros un enredo fascinante de mensajes en clave con la ilusión de que pareciera casual conversar en los pasillos abarrotados de comida del supermercado más lejano de tu casa y cercano de la mía. Hablábamos de amor con susurros histéricos, nos hacíamos promesas calientes. Incluso rozábamos nuestras piernas agachados para sacar el azúcar rubia. Después nos mirábamos unos minutos. Me decías cariño en un tono suave que súbitamente cambiaba cuando venía alguien. Te gustaba tener fósforos en cantidad, por superstición. Te preocupabas de que nunca faltara en tu refrigerador el brócoli.  Con las compras listas partías a pagar, mientras te esperaba en mi auto en el estacionamiento. Lo mío eran sólo un par de bolsas que echaba atrás. Lo tuyo era alimento para tus hijos y tu marido vegetariano. Le pedías a un joven que te ayudara a llevar las bolsas a tu auto  y que las descargara en la maleta. Luego partías donde yo estaba, cortando distancia por pasillos con autos estacionados. Abrías la puerta y te lanzabas a mi cuello. “No quiero que volvamos a pasar por esto. Quiero que te cuides y te guardes para mí. ¿Entiendes amor?” Me tocabas entre las piernas para sentir si lo tenía duro. Salías dando un portazo con mi olor en tu pelo. Caminabas hacia tu auto sacudiendo tus caderas. Ibas con pantalones apretados y botas negras. Me quedaba fumando. Encendías el motor, retrocedías  y partías directo a tu casa.     RECIÉN CASADOS   La orilla café de la taza nos sale con agua caliente. El borde tiene grabado mis labios, lo que te molesta. No sé si será posible sacar la mancha con recriminaciones. Lo cierto es que gotea bajo el colchón toda la noche. Las frazadas y el cansancio tienen olor a sospecha. No avanzamos, pese a las quejas y reconciliaciones. Pero tampoco queremos dar un paso más. Te duelen las rodillas y a mí los codos. A ambos nos cuesta dormir con las mandíbulas férreas.   Me dices que escuchas cómo un niño va llorando al baño. –Yo voy, tú quédate durmiendo, que mañana tienes que salir temprano.   Te veo apagar la luz con el niño en los brazos. Miro –entre las sombras– mi ropa colgada. Escucho mi aliento seco, cortado, y las piernas rendidas. Quedan pocas horas de sueño y resignación. Mañana, seguro, ni me sentirás cuando me vaya.     CASO DESCRITO   Nos enviábamos mensajes y nos llamábamos todo el día. Se volvió rápido una relación seria. Hasta tal punto llegué a conocerla y encariñarme con ella, que un día su hija mayor me llamó papá. Nos fuimos a vivir donde su madre. Y pese a ciertas incomodidades, disfrutamos esos años. Las cosas se empezaron a poner complicadas una tarde  en la que una amiga le dijo a mi mujer que no confiara. Me había visto tomar un taxi con una compañera del trabajo. Mi mujer me empezó a subir el tono de voz. Se puso más fría en la cama, salvo cuando me enojaba. Después de pelear me llevaba al dormitorio y me mostraba su voracidad sexual de una forma  que me daba miedo y celos de que otro gozara su descaro. A los días se apagaba y volvía el rencor. Una vez al llegar a la casa me empujó. Le dije que no se dejara envenenar,  que su amiga tenía envidia por la vida que teníamos juntos. No me creyó: “Las cosas tienen que ser parejas entre nosotros, así te la haré con otro sin decírtelo,  por dignidad, tengo que sacarme esta espina”. Empecé a partir nervioso en las mañanas. Un par de meses después llegó a mi trabajo. La vi parada con ropa liviana, apretada y taco alto. “Vamos a conversar solos, no aguanto más”, fue su primera frase. Prendió un cigarrillo y me lanzó con desdén: “Me estoy metiendo con alguien”. A lo que contesté, con la garganta seca: “Esta sería tu venganza”. “No. Esto es serio. Se trata de mi felicidad y de la seguridad de las niñas”.  Mira a mi izquierda y vi cómo se alejaban mis compañeros  camino a sus casas, riendo unos, otros callados. Había mujeres que se subían a autos  y los más jóvenes andaban en grupo.  Nos sentamos y pedimos un café y fumamos. “Vine porque no quiero que vuelvas a la casa  ni que te acerques a las niñas. Está claro. Te voy a dejar toda la ropa y tus cosas donde tu madre. Esto ha sido muy terrible para mí. Por fin encontré el amor y ahora sé lo que es sentirse protegida.  No puedo pasar más miedos ni angustias contigo. No eres un mal hombre, lo reconozco. Por eso quédate con el mejor recuerdo mío y de mis hijas.  No te despidas, no quiero que sufran, no lo merecen.  Sólo te ruego que no te aparezcas más.  Es lo mejor para todos.       ______________________ Matías Rivas (Santiago, 1971) es poeta, ensayista y director de Ediciones UDP. Ha publicado los poemarios: Aniversario y otros poemas (1997), Un muerto equivocado (2011), Tragedias oportunas (2016) y Un poema de amor (2023). Los poemas publicados fueron tomados de “Tragedias oportunas”, Ediciones Tácitas, Santiago de Chile, 2016.  

Fichero | Manejo integral de residuos

«Como el perspicaz lector de El Mal Menor habrá advertido, lo que se echa de menos en los versos recién citados de Nicolás Meneses es justamente aquello que entendemos como poesía, dado que en el primer caso nos hallamos ante una descripción narrativa sin mayor brillo ni profundidad y, en el segundo, ante un testimonio similar al que podría mostrar un reportaje televisivo, sin que existan elementos retóricos que den resonancia a lo dicho, es decir, que amplíen los márgenes de sentido del texto, más aun tratándose de un tema clave -los residuos, lo residual- tanto en la estética contemporánea como en el ambiente socio-ecológico actual.» Publicado en 2019 por editorial Overol, Manejo integral de residuos, de Nicolás Meneses (Buin, 1992), es un poemario que se propone exponer la situación de aquellos trabajadores que se dedican a recoger la basura -nuestra basura- en la ciudad de Santiago de Chile. Desarrolla, para este objetivo: “una exploración de carácter documental”, como nos indica una voz anónima en una de las solapas del libro. En tal sentido, la estructura de la obra se ajusta -literariamente hablando- a este género audiovisual, ya que contiene poemas escritos en tercera y en primera persona, que se pueden asimilar, respectivamente, a la cámara (lo visual) y a las voces de los protagonistas (el audio). Como ejemplo del primer caso -lo visual- uno de los poemas (que carece de título, como todos los que componen la obra) consiste en el siguiente plano general: “El camión recolector / dobla la esquina / en sordina macabra / hacia el pasaje”. Para el caso de poemas asimilables al “audio”, se pueden hallar versos como el que sigue: “Tomamos desayuno en el camión / almorzamos en el primer parque / que nos pilla, pasamos el mes / gracias a las peguitas extra / y dicen que somos irresponsables.”  Como el perspicaz lector de El Mal Menor habrá advertido, lo que se echa de menos en los versos recién citados de Nicolás Meneses es justamente aquello que entendemos como poesía, dado que en el primer caso nos hallamos ante una descripción narrativa sin mayor brillo ni profundidad y, en el segundo, ante un testimonio similar al que podría mostrar un reportaje televisivo, sin que existan elementos retóricos que den resonancia a lo dicho, es decir, que amplíen los márgenes de sentido del texto, más aun tratándose de un tema clave -los residuos, lo residual- tanto en la estética contemporánea como en el ambiente socio-ecológico actual. En algunos textos, esta falta de “poeticidad” se intenta suplir recurriendo a un lirismo gastado, convencional, tradicionalista, como ocurre en el siguiente poema: “Entra en el minúsculo pasaje / con más autoridad que la yuta / más alboroto que el repartidor de gas / buscando el alma de los perros / la luz de quien barre su lugar en el mundo / el niño que juega con tierra / y sonríe mirando una nube.” Los tres primeros versos de este poema funcionan en clave visual, mostrándonos tanto el alboroto como la naturalidad de la llegada del camión recolector a un sector determinado de la ciudad, cosa que todos hemos experimentado alguna vez. Los cuatro versos restantes apuntan, sin embargo, en otra dirección, dando la idea -sin asidero- de que la llegada del camión recolector representa poco menos que la aparición de un ente de carácter espiritual, algo así como un redentor a la población, usando para esto, como se dijo, un lenguaje lírico gastado, agotado, que se aleja, además, del estilo documental de la obra. La construcción del recolector de basura, por otra parte, se mantiene en un plano más bien superficial, construyendo un personaje popular genérico bastante cliché. Así, Meneses nos informa que estos trabajadores desempeñan su labor: “Clavados colgando del camión / equipados con la camiseta de fútbol / y el buzo arremangado.” O que tienen que: “Mear sobre ella [la basura] / por no tener un baño cerca”, como si estas pésimas condiciones laborales fuesen una novedad para el lector. Sitúa, en otro poema, las siguientes palabras en boca de un recolector: “Juntamos los cartones / que pillamos en las rondas / sólo a veces los dejan apartados. / El Torombolo nos paga con chirlitos / pero igual nos alcanza para unas chelas / que tomamos mientras suena la radio / y nuestras voces se mueven como moscas / sobre la maleza”. En estos versos, donde el alcohol funciona como atenuante de una labor que se asume con conformismo, los trabajadores víctimas se expresan mediante un lenguaje coloquial plano, como si fuesen incapaces de reflexionar con mayor profundidad acerca de su situación en el mundo. Los dos versos finales, en tanto, están formulados mediante el mismo lirismo gastado del que se habló en el párrafo anterior, cayendo en el facilismo, en lo gratuito, en la “demagogia poética”, generando una poesía que recuerda al realismo socialista, una poesía que se quedó pegada en el pasado. Ante esto, cabe citar lo señalado por el poeta mexicano José Emilio Pacheco en su poema “El centenario de Gustave Flaubert”, específicamente aquellos versos donde señala que todo escritor “debe honrar / el idioma que le fue dado en préstamo, no permitir / su corrupción ni su parálisis, ya que con él / se pudriría también el pensamiento.”  Se agradece, finalmente, la intención del autor al exponer las condiciones en que trabajan los recolectores de basura mediante la poesía, puesto que representa un intento de integrar este lenguaje y esta forma de conocimiento al debate nacional. Los poemas contenidos en Manejo integral de residuos, sin embargo, no logran despegar, son avionetas sin motor, puesto que no escapan de los estereotipos que se han construido en torno a estos personajes, funcionando apenas como simples esbozos realistas que, probablemente, quisieron ser textos de corte objetivista. Influye en esto, quizá, el hecho de que Meneses, como se señala en el poemario, es un narrador y no todo el mundo tiene la capacidad para expresarse en ambos lenguajes. La poesía, se le recuerda al autor, debe

Perfiles | Vacaciones en el Caribe

«Una de las razones que me llevaron al resort, recordé entonces, fue el comentario de Francisco Robles, de grandes empresas, que me indicó que la repartija de tragos comenzaba de mañana y no paraba hasta el amanecer. Puedes estar borracho todo el día todos los días, señaló con entusiasmo. Acuérdate, eso sí, de comprar un paquete con tragos ilimitados. Yo me vi borracho durante siete días. Siete días de inconsciencia, de aturdimiento, de no escuchar a la Trini ni deberle nada de nada, ni la taza de té del desayuno ni los tres centímetros cúbicos de semen mensual. Siete días de estar como solo, como libre.» Este verano invité a la Trini, mi mujer, al Caribe. Nos hospedamos en un resort atiborrado de palmeras, jardines, restaurantes, tumbonas, una piscina monumental y salones de baile atestados de gente borracha. Se hallaba totalmente aislado de cualquier ciudad o núcleo urbano. No me interesaba para nada eso de salir a recorrer la ciudad y conocer la cultura y la idiosincrasia del pueblo, como alardea Pedro Carrión, de cuentas corrientes -que se autodefine como progresista- cada vez que se va de viaje. Progresista sería si pensara en el futuro, en rascacielos, en autos voladores, en hidrógeno verde, no en tribus muertas y resucitadas solo para sacarle dólares e hijos rubios a los turistas. Qué me importa a mí la idiosincrasia del pueblo, para qué me puede servir eso. En el banco palabras así no se usan, no están en el manual de cargos. Yo necesitaba descansar, desconectarme, eso me hacía más falta que la cresta. Además, como le expliqué a Carrión repetidas veces, en todas partes es lo mismo, en todas partes hay ricos y pobres, ateos y creyentes, abusadores y abusados, bailes folclóricos, comidas tradicionales, trajes típicos, frutas de la zona, flores nacionales, dioses y semidioses, héroes y heroínas, fechas de una supuesta independencia y sus selecciones son auspiciadas por la coca cola, que es hincha número uno de todos los países. Pasaron cosas increíbles esos siete días. Tomé tragos que nunca había tomado, salí segundo en un concurso del igualito a Bob Esponja y, sobre todo, pasó lo que pasó con el matrimonio boliviano. Eran de Santa Cruz de la Sierra y como nosotros andaban buscando relajarse, olvidar la rutina. Él tipo, que era alto, amarillento y delgado, se llamaba Faustino Cuéllar y se desempeñaba en una dependencia del ministerio de agricultura del vecino país. Su mujer, Solange Armijo, una morena de ojos claros, labios carnosos y cintura perfecta para sus cuarenta, trabajaba en una empresa privada de contaduría. Coincidimos con ellos un par de días durante el almuerzo y luego, a raíz de las felicitaciones, muy sinceras, que se acercaron a darme por mi desempeño como Bob Esponja -ícono que nos unía generacionalmente- comenzamos a reunirnos durante las noches para beber, acá todo es beber, especialmente si se cuenta con paquetes que incluyen tragos ilimitados.  La primera noche estuvimos en el restaurante, pero ese mismo día optamos por juntarnos en nuestros departamentitos -alternándolos- para conversar con más calma, como pidió mi mujer, harta del alto volumen y el tipo de música, groseramente banal y machista, según dijo, que ponían en el sitio. Yo pedí sentidas excusas por la Trini. Se le olvidó pasarlo bien, ironicé. El matrimonio boliviano por suerte no lo tomó a mal. Totalmente entendible, dijo Cuéllar. Lo mejor, afirmó Solange, y su marido la aplaudió, es que el resort cuenta con servicio de tragos toda la noche, solo tenemos que llamar. Y vaya que llamamos. Entremedio conversábamos y mirábamos el mar escuchando música que no le molestara a la Trini. Cuéllar hablaba bastante de política, a mí me carga la política, pero como el tipo trabajaba para el estado ese era su tema, su obsesión -tal como para mí lo es sacarle trote, en equipo, al personal de tesorería- no me quedaba más que soportarlo. Y hablarle, cuando se podía, de mis técnicas para detectar, en equipo, siempre en equipo, descuadres de caja. Después de estas conversaciones me quedó claro -paralelamente sentí pena por él- que Cuéllar esperaba el regreso de Evo Morales a la presidencia con tantas ansias como ciertos evangélicos esperan la segunda venida de Cristo a la tierra.   Mi mujer, que se desempeña como trabajadora social en un municipio de clase media baja y es de esa gente ilusa que quiere cambiar el modelo, se maravilló con la devoción de Cuéllar por Evo, así llamó una de esas noches, la noche antes de la despedida, al líder boliviano, como si lo conociera, añadiendo que en Chile y en el mundo hacen falta políticos así, que vengan del pueblo y sean honestos. Cruzando las piernas y mirando a la Trini con pena y desprecio, Solange se refirió a un caso de corrupción que afectaría al expresidente boliviano. Yo, por Evo, pongo las manos al fuego, replicó Cuéllar. Manco quedarás, profetizó su mujer con sorna. Luego el matrimonio se dedicó a discutir acerca de la veracidad o falsedad de la acusación contra Morales, mientras la Trini se quedaba dormida.  Vi su cuerpo pequeño, esmirriado, acurrucado en la tumbona y pensé en una momia atacameña. Alguna vez, me dije, esta mujer me resultó atractiva, sensual. Hoy, despojada de toda coquetería, la coquetería implica venderse como un pastel de lúcuma y yo no soy un pastel de lúcuma, viene diciendo últimamente, comienza a cansarme. Una de las razones que me llevaron al resort, recordé entonces, fue el comentario de Francisco Robles, de grandes empresas, que me indicó que la repartija de tragos comenzaba de mañana y no paraba hasta el amanecer. Puedes estar borracho todo el día todos los días, señaló con entusiasmo. Acuérdate, eso sí, de comprar un paquete con tragos ilimitados. Yo me vi borracho durante siete días. Siete días de inconsciencia, de aturdimiento, de no escuchar a la Trini ni deberle nada de nada, ni la taza de té del desayuno ni los tres centímetros cúbicos de semen mensual. Siete días de estar como

Signos vitales | La patria bajo el puente

«¿Qué función cumplía la bandera, entonces? ¿Era una especie de talismán?, ¿una expresión de amor a la patria? No supe responder. Tampoco tuve otras hipótesis. En cualquier caso, era obvio, la tricolor no funcionaba como talismán, no alejaba el infortunio ni atraía buenas vibras, pues sus inquilinos estaban en el corazón mismo del fracaso, desprovistos de todo, tan a la deriva como aquellos inmigrantes que caminando por el desierto cruzan la frontera hacia Chile.» Ayer, al pasar junto al puente que lleva a la Estación Mapocho –cuyo nombre recuerda a Manuel Rodríguez– debajo de su estructura pude ver un frágil ruco. Lo habían levantado con cuatro palos, alambres oxidados, restos de muebles de cocina, pedazos de nylon y otros innumerables (e indescifrables) residuos. Se hallaba en el lecho del río, a un par de metros de la barrosa corriente, en un lugar húmedo e insalubre, a unas ocho cuadras del palacio de La Moneda, donde una larga fila de presidentes y dictadores han pasado prometiendo un futuro esplendor. A un costado de la precaria construcción, más precaria aún a causa de la mañana fría y nublada, un par de jóvenes flacos y deslavados –que me recordaron a los personajes de la novela El río de Alfredo Gómez Morel– hacían una fogata con algunos de los abundantes desechos que santiaguinos y santiaguinas –cuya formación, al parecer, fue un fracaso social y ecológico– arrojan cotidianamente a la corriente del río, usándolo en modo vertedero. Sobre el puente, construido en el mismo sitio donde los colonizadores españoles, mediante trabajos forzados, levantaron el puente Cal y Canto, una media docena de ambulantes ofertaban audífonos, papelillos, cargadores de baterías, pañuelos desechables, pipas, pinches, encendedores y otras menudencias de primera necesidad, mientras cientos de apurados transeúntes alternaban su mirada entre la mercancía y el ruco, algunos indiferentes ante una situación ya normalizada, otros, con una mezcla de miedo y desconfianza al identificar a los jóvenes deslavados con la amenaza del momento: la delincuencia.  Me acerqué a la baranda. Al mirar el ruco con mayor detalle me llamó la atención el hecho de que en uno de los palos que sostenían la frágil construcción flameaba una ajada banderita chilena. Obviamente no se trataba de una toma, nadie se toma un lugar que meses más tarde estará inundado pues la toma, se sabe, busca una permanencia, una solución. ¿Qué función cumplía la bandera, entonces? ¿Era una especie de talismán?, ¿una expresión de amor a la patria? No supe responder. Tampoco tuve otras hipótesis. En cualquier caso, era obvio, la tricolor no funcionaba como talismán, no alejaba el infortunio ni atraía buenas vibras, pues sus inquilinos estaban en el corazón mismo del fracaso, desprovistos de todo, tan a la deriva como aquellos inmigrantes que caminando por el desierto cruzan la frontera hacia Chile. Como expresión de amor a la patria tampoco parecía funcionar, dado que no era correspondido, no era bidireccional, no había amor de vuelta. No obstante, la bandera estaba allí, en el abandono absoluto, flameando coqueta, grácil y orgullosa, como diría un locutor deportivo en su momento poético, justo antes de pasar a los comerciales de baterías de autos. Me acordé, en ese momento, de una canción de Violeta Parra –"Yo canto a la diferencia"– donde la artista, nacida en San Carlos en 1917, señala: "el pueblo amando la patria / y tan mal correspondido, / la bandera por testigo.” ¿Qué es la patria? me pregunté más tarde. Y pensando en el vínculo entre el surgimiento de muchas democracias latinoamericanas –entre ellas la chilena– y la revolución francesa, me allegué a la definición de Voltaire (1694– 1778), que fue uno de los inspiradores de esos tiempos agitados (donde la plebe veía rodar cabezas de aristócratas y no pelotas de fútbol), para ver qué tal nos había ido con la idea después de dos siglos de implementada. La patria, establece este pensador francés –que creía 100% en la razón– es “el estado libre del que somos miembros y cuyas leyes garantizan nuestras libertades y nuestra felicidad”. En la misma sintonía de Voltaire, pero en el plano local, en agosto de 1812 la Aurora de Chile publicó un artículo llamado “Sobre el amor a la patria”, donde se indica: “Para que haya patria y ciudadanos, es preciso, que ella sea una madre tierna, y solicita de todos: (…) que todos tengan alguna parte, alguna influencia en la administracion de los negocios publicos, para que no se consideren como extrangeros, y para que las leyes sean á sus ojos los garantes de la libertad civil. Pero lo que es aun mas necesario, lo que es mas dificil de existir fuera de las republicas, es una integridad severa en hacer justicia à todos, y en proteger al debil contra a la tirania del rico.” (sic)  Los chicos del ruco, sin duda, son la prueba de que el nivel de logro de estas ideas, que variadas repúblicas adoptaron y plasmaron, además, en sus floridos, fantasiosos y belicosos himnos nacionales (cuyas letras, que piden sangre, no sería malo reescribir) es bastante bajo, insuficiente. El concepto se maleó aún mas con las intervenciones de diversas facciones derechistas –dictatoriales y no dictatoriales– que poco a poco fueron adueñándose de la palabra, de origen griego, que etimológicamente significa “la tierra de los padres”, para ligarlo al burdo nacionalismo. El dictador alemán Adolf Hitler –a quien Tarantino por fin logró ajusticiar en Bastardos del paraíso– escribió: “Para mí y para todos los verdaderos nacionalsocialistas no existe más que una doctrina: la de nacionalidad y patria.” En nuestro país, Jaime Guzmán, difunto líder de la UDI, participante cinco estrellas de la dictadura pinochetista y cerebro de una constitución que dejó como rehén de la derecha y el gran empresariado al pueblo chileno, elaboró una definición donde, fiel a las ideas de su maestro Adolf, une los conceptos de patria y nacionalidad: "La patria es el hogar espiritual donde se gesta y desarrolla la identidad nacional, basada en principios morales, tradiciones y valores compartidos que nos unen como chilenos.” Me pregunté, a raíz

Trastienda | Un puñado de palabras al vuelo de «El obsceno pájaro de la noche»

«El afuera es la intemperie que se aleja y nos asedia con su presión indefinida, transmutada en violencia, en policía que controla los límites y golpea, en religión decadente, en búsquedas y creencias que están fuera de nuestro alcance. Pero aún más, es el abismo y el laberinto de las máscaras, de los mitos, del ser alguien. Algo que sostenga lo real, que sostenga la posición en la vida.» La novela El obsceno pájaro de la noche de José Donoso marca un desvío en la literatura realista y diría en la literatura de representación. Es un espectro lúcido de los procesos literarios y de identidad desfondada. Es el roce con la materialidad en la lengua, como si su orientación de sentido fuese intervenida y dislocada por esa materialidad que comienza a ocuparla. Máscaras, mitos, cuerpos, transfiguraciones, sexo hechizado, castraciones, reposiciones, intercambios, mutilaciones, injertos. Movimientos de un mundo en constante desplome. Rostros de cartón piedra o deformes como el grotesco. Imbunches y brujería. Un perro amarillo como fondo permanente, recorrido de una mirada animal que lo transforma todo. Y lo que queda es el despojo hecho cenizas. Una vida que se esfuma al borde del río que cruza una historia, las historias que se desvanecen, como un río de palabras, la misma narración del mudito. Un mundo oculto y grotesco. Y la necesidad de la máscara, de ser alguien aunque el tiempo termina barriendo con todo y hay quienes nunca tuvieron una máscara y pudieron habitarlas todas. El desamparo de los sospechosos sin nombre, de los que no tienen lugar, y la calle es su abismo, los expulsa, los mueve en la incomodidad animal, en el porte de su miembro que los mantiene en la excreción de vida a como dé lugar. Una violencia permanente en los muros de adobe que contienen una mirada, una pregunta desesperada, una venganza contra toda la significación idiota de un país que no termina de ser. Del barrio la Chimba hacia su propia intemperie, lo único que queda es la desprotección absoluta de todos esos fantasmas que pueblan las palabras y la conjuración atormentada de alguna fuerza sobrenatural (la artificialidad del collage de carne, del mosaico religioso a los fragmentos de cuerpos y vidas ajenos, injertos y mutilaciones) que no hace más que cortar y pegar carne contra carne, monstruos con monstruos, deformaciones y palabras. En los bordes de la representación no hay país posible, no hay identidad. Y está el grito desasosegado de ser alguien, de vestirse con la ropa que los jutres imponen, para hacerse visible, ser reconocido. Y lo más interesante de ese abismo de la identidad, es el abismo de la escritura. Esos mismos cortes son los procesos portentosos de una novela de esta magnitud, un monstruo de cortes que son los signos, las palabras como injertos arrastrados por la fuerza que los impulsa. El mostrar lo que no vemos, la necesidad de la máscara que se ha hecho parte de la piel, que reconocemos como propia, es un proceso sin terminar. Un ocultamiento que solo pueden ver los que han quedado al margen, porque no se reconocen, porque sus máscaras se notan y notan la tuya y la de todo lo que está en escena, es la mirada obscena de este pájaro de la noche que no deja de vernos. La literatura chilena ha tenido como obsesión la identidad. Representarse el ser chileno como aquel ente civilizado idealista que con su voluntad (liberal) puede construirse una vida decente, o como el que lucha contra la naturaleza y sobrevive por su fuerza (Latorre) y se autoconstruye, pero esas imágenes fracasan y exigen una figura que sostenga la imagen que nos damos. Desde Manuel Rojas el deslizamiento fantasmal de los contornos poco precisos del ser chileno abren un desfondamiento en el desamparo de no ser sino una caída. Un puñado de palabras que no pueden sino hundirse con el rio y desaparecer en el silencio del viento cordillerano. Un silencio mineral donde las piedras que estuvieron antes que nosotros lo estarán cuando no haya nada. Donoso abre la herida con la fuerza poética de su prosa. La abre hasta el vértigo. En las casas de tierra, adobe, en las casas patronales, en las extensiones de una pesadilla. En el deslizamiento, como el hechizo de un soplo, de un ruido, sonidos y carne que se van desgajando, desmintiendo, anulando la importancia de cualquier forma de superioridad de casta. Notable momento en que el resentimiento de Jerónimo emerge, por el hermoso pañuelo hecho por la Peta Ponce, y nos sumerge en el odio resentido contra la vida. Una vieja y su colchón pudriéndose, no podría producir esa belleza. Ese momento reconocible de la oscuridad de una clase que se fabrica su superioridad de casta, se impone construyendo muros que nos separen, de tal modo que nadie los cruce si no tiene el aspecto de su propia invención. Pero por las rendijas, por las miradas, por las palabras, por medio de esas manos gastadas aparece algo que nos sorprende por su belleza. Siempre asediados por los de afuera como si entre los muros aparecieran los brazos que los tironean fuera de la ilusión de su investidura. Investidura que se teje en las relaciones, y aparece cuando esas relaciones tocan su tejido, una ficción jerárquica. Así sucede con la escritura. Una ontología que sigue los pasos de una sustracción irremediable. La sacralidad de la que emana lo que mueve las búsqueda de un reconocimiento beato rechazado. Qué somos, parece decir la novela de Donoso, y ahí está lo obsceno, todo lo que no entra en escena y que asedia y aparece asoma en la lengua de Donoso, es aquello que se disimula tras los muros, el tiempo, las viejas, la pesadilla, la locura, el cuerpo y el sexo, el fondo de una santa ausente y el mito de un origen puro, la acumulación cabalística de cajas insertadas unas en otras hasta el infinito. Cómo si de ese modo las viejas invocaran el infinito de la carne triste y del retorno

Patio de luz | ¿Por qué una mujer, y no un hombre?

«El disfrute, el placer, debe ser el motor por el cual aportamos al mundo lo necesario para que éste continúe existiendo. Los hombres que nunca han tocado a otro hombre debieran dar el primer paso. Liberarse de la carga de siglos de esclavitud pensante, de farsas religiosas, filosóficas, sociológicas y psicológicas. Comenzar a ser felices en la diversidad que llama a grandes voces. Y dejar de caer en esa baba constante de que la mujer y el hombre son el uno para el otro, el complemento, el ying y el yang.» ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Debiera preguntarse el joven rubicundo que está a las puertas de la iglesia esperando a la mujer que ha elegido para toda su vida…o no para tanto. Mientras arregla su corbata, pasa revista a la limpieza de sus pantalones y piensa intermitentemente en su noche de bodas. Es más, espera saltarse toda la recepción para llegar al pastel más apetitoso. ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Piensa un señor cuyo matrimonio se llevó a efecto en la década de los ochenta, con mucha pompa, mucho beso, mucho abrazo, y los años que le siguieron bautizando a cada uno de sus tres hijos. ¿Por qué una mujer? Si en estos momentos espera al mejor dotado de los escorts que aparecen en la página Sexo Urbano, y lo espera para hacerse tan sumiso, dejándose reventar el culo por ese “machote” que alquila religiosamente una vez por mes para tener la mejor de sus alegrías, sintiendo el infinito placer que nunca antes había experimentado en su memorable matrimonio. ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Gesticula un padre cuya hija acaba de graduarse de Física, en una de las importantes universidades del país, mientras tres sátiros lo penetran a turnos sobre un sling que se balancea en un antro santiaguino.  ¿Por qué una mujer, y no un hombre? No he hecho esta pregunta a los mismos hombres socialmente aceptables, de los cuales he gozado múltiples veces su agujero: padres, abuelos, recién casados, en pareja… porque me molesta hablar cuando practico el sexo con desenfreno. He conocido, sí, respuestas que bordan el ridículo. Por un lado, la de un académico de gran sabiduría, que dijo “porque me gustan las mujeres”. Por otro lado, la de un vividor, fanático del sexo, que por unas monedas se entregaba a cualquier hombre que lo solicitara, en las oscuridades del estero Marga Marga. Bien dotado de verga, pero con cierto grado de dificultad mental, que dijo “porque las mujeres tienen tetitas”. Bien entrado este siglo 21, a las puertas de una tercera guerra mundial, con gobiernos que caen bajo el populismo, el neofascismo, el sable islamita o la religión más severa, esta pregunta debiera ser tan contemporánea como nosotros, que hemos vivido el embate de las calamidades golpistas, la ausencia de libertad de pensamiento y conciencia, la desaparición de seres queridos y la desorganización completa de un país que alguna vez tuvo una esperanza. Justo hoy, que una pareja está a esta hora frente al oficial civil para formalizar su matrimonio, el mencionado debiera preguntar ¿Por qué una mujer, y no un hombre? ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Debiera preguntar el cura que hace sus transmutaciones de saltimbanqui, en vez de indagar por el “sí acepto” a la pareja que está frente al altar, un tanto emocionada y nerviosa. Al cura, en principio, le resultaría de maravilla esta pregunta, ya que él está pensando en los culitos de los acólitos, que estaban vírgenes antes de entrar a la comunidad, igual que la mitad de otros niños y adolescentes de la población. A pesar que a alguno, más despabilado, tuvo que soltarle unos billetes… Con el simple raciocinio, y sin tener conocimientos suficientes para avalar cualquier teoría, se puede establecer las siguientes ideas para esta consulta un poco átona para aquellos que piensan que las cosas deben darse porque sí: — Las enseñanzas religiosas, que rezan: creced y multiplicaos. La iglesia, desde sus inicios, fue la más canalla detractora de libertades; y creadora de mitos en relación al hombre y su conducta, especialmente en lo que respecta al tema sexual. — La costumbre social, que transmitió estas enseñanzas como panes multiplicados misteriosamente y cortó la garganta de la libertad a lo que no estuviera acorde a esas doctrinas. — La fragilidad emocional de los jóvenes (y no tanto), de todos los siglos anteriores al XIX, de reflexionar acerca del conocimiento de su cuerpo, de su funcionamiento, y de la simple idea del placer. — La política, que en cualquiera de sus variaciones adicionó el sesgo de “hombría” a los hombres que deseaban firmar por una causa de este tipo. Aquellos “evangelizadores” de los súper hombres, que construyeron el nazismo, el marxismo, el comunismo y las ultraderechas más recalcitrantes que se sumaron en masa, y cerraron con un candado indeleble aquellas pequeñas luces que ya comenzaban a alumbrar el camino de la reflexión acerca de las relaciones sexuales. — La publicidad, en especial la de América del Norte, que dictó estándares de comportamiento, vestimenta y normas asociadas al consumismo. Cuando, paralelamente, infiltraba las revistas de desnudos masculinos, el porno gay y los juguetes sexuales, que comenzaron a ser el sueño húmedo de miles de consumidores a lo largo del mundo. Anotemos aquí también a la Alemania, Francia, Inglaterra, los países bajos y los nórdicos. La historia, contrariamente, tiene un montón de ejemplos en donde la pregunta ¿por qué una mujer, y no un hombre? ni siquiera era necesaria. Los griegos y el Imperio romano llevando la delantera en este acalorado asunto. En lo que va de mundo, no obstante, la farsa de los sexos se ha mantenido en el mismo esquema profetizado por Yahvé, Buda, y el sinnúmero de imaginaciones fantasiosas que han restringido la libertad del hombre, o ese pequeño “libre albedrío” que algún somnoliento ve en la distancia entre dedo y dedo de la creación del mundo, de Miguel Ángel. En mis años de liceo, el

Fichero | Los peligros de escribir a la rápida

«Más logrados, tengo la idea, son aquellos relatos de la argentina donde los personajes presentan perturbaciones mentales, como la narración que da nombre al libro, puesto que al mostrar algo de la locura de la sociedad actual resultan más creíbles e inquietantes. En todo caso, si se trata de sentir terror, las noticias del día a día son mucho más eficientes que la prosa de la Enriquez. Causa escalofríos, por ejemplo, pensar que el estado de Chile haya esperado durante décadas (y siga esperando) que fallezcan miles de profesores y profesoras a fin de no pagarles una deuda contraída por Pinochet y sus socios derechistas. O que una mujer –en el sur de Chile– haya sepultado a su guagua en un cementerio de mascotas. O que variadas víctimas de asesinato –machismo, mafia, ajustes de cuentas– sean enterradas cotidianamente bajo losas de cemento en patios o subterráneos, al mejor estilo de los relatos de Poe.» Su figura –de aura mustia– se me ha cruzado en diversos diarios nacionales e internacionales y hasta en la tele (en una entrevista con CNN, según recuerdo), recibiendo un tratamiento poco común en Chile para alguien del mundo de las letras, pues además de ser noticia en la prensa ha dictado charlas –de esas que llaman magistrales– en universidades y centros culturales. Debe ser la nueva estrella de la narrativa sudamericana, pensé con cierta ironía –inevitable– cuando supe que hasta el Diario Financiero le había dedicado unas páginas, poniendo como título una de sus frases: “Que hablen los que tengan realmente algo que decir y no por ser famosos”. Estoy hablando, escribiendo más bien –el agudo lector ya lo habrá notado– de la escritora argentina Mariana Enriquez, cuyo conjunto de relatos Los peligros de fumar en la cama (2017), adquirí –y muy caro– con el objetivo de conocer su publicitada narrativa. Mis expectativas, por cierto, eran altas, puesto que, además de su ubicuidad mediática, al indagar en la red me encontré con positivas opiniones acerca del volumen de cuentos en cuestión, básicamente, eso sí, las mismas que emite Anagrama –editorial que publica a la trasandina– con estrictos fines de marketing literario. Se habla, allí, de “doce soberbios cuentos” que, para ser breve, recrearían / refrescarían el género clásico de terror, insertándolo en la cotidianeidad de estos tiempos, agregándole una pátina de turbio erotismo femenino. Es decir, estaríamos hablando de una mezcla de Edgard Allan Poe o Mary Shelly –por mencionar algunos hitos del género– con plumas eróticas como la de Anaís Nin o el mismísimo George Bataille de Historia del ojo, aunque actualizados, metidos en la juguera de la posmodernidad, modernidad tardía, líquida o como quiera llamársele a esta etapa que nos toca vivir. Me puse a leer la obra. Lo primero que observé es que los relatos que componen Los peligros de fumar en la cama se sostienen sobre dos mecanismos que habitualmente se ligan al terror: lo sobrenatural y lo psicológico. Estos mecanismos, de más está decir, no funcionan por su sola presencia, es decir, no basta con poner un fantasma o un zombi agusanado que se escapa de una tumba para que el texto sea un relato de terror. Se requiere, además, de una estructura narrativa que permita mantener la atención del lector y generar, obvio, miedo, angustia, sudores helados. En este sentido, los relatos de la Enriquez quedan bastante en deuda, puesto que son textos planos, lineales, donde la sorpresa solo puede provenir –si lo hace– de lo anecdótico, dado que su autora los deja a medias, como si de pronto se le acabase la imaginación y le viniera el tedio, inventando un final a la rápida, abrupto, poco convincente, además fome, dejando al lector con la idea de que lo han estafado. No tanto la escritora, sino las editoriales, la prensa, en fin, la máquina de poder que hay detrás de cada estrella del mainstream literario, como lo es la Enriquez, puesto que, si alguien envuelve un pollo agusanado y lo vende como pollo fresco, la culpa, se sabe, no es del pollo.  Además de la falta de una estructura sólida, los relatos contenidos en Los peligros de fumar en la cama, adolecen de verosimilitud, es decir, dificultan que uno como lector se crea –en el marco de la "suspensión voluntaria de la incredulidad" de la que hablaba Coleridge– lo que está ocurriendo en la narración y entre en el mundo fantástico –en este caso en el subgénero del terror– que nos propone quien escribe. Tal “negociación” no se lleva a efecto en los relatos de la escritora argentina, al menos yo no fui capaz de “firmar el contrato”, puesto que sus narraciones, especialmente aquellas donde priman elementos sobrenaturales, son demasiado gratuitas, sin fundamento, charchas se diría en Chile, como la mujer roja hecha de yeso y de pezones negros que, de la nada y sin justificación, se le presenta a una de las chicas “acaloradas” del relato “La virgen de la tosquera”. Esta ideación, me parece, no supera ni siquiera a las clásicas y repetidas leyendas terroríficas del pueblo, como “La llorona”, que tienen cierta lógica y contadas adecuadamente siguen poniendo a muchos la piel de gallina.  Más logrados, tengo la idea, son aquellos relatos de la argentina donde los personajes presentan perturbaciones mentales, como la narración que da nombre al libro, puesto que al mostrar algo de la locura de la sociedad actual resultan más creíbles e inquietantes. En todo caso, si se trata de sentir terror, las noticias del día a día son mucho más eficientes que la prosa de la Enriquez. Causa escalofríos, por ejemplo, pensar que el estado de Chile haya esperado durante décadas (y siga esperando) que fallezcan miles de profesores y profesoras a fin de no pagarles una deuda contraída por Pinochet y sus socios derechistas. O que una mujer –en el sur de Chile– haya sepultado a su guagua en un cementerio de mascotas. O que variadas víctimas de asesinato –machismo, mafia, ajustes de cuentas– sean enterradas cotidianamente bajo losas de cemento en patios o subterráneos, al mejor estilo de