Literatura

Patio de luz | De la vida de las sábanas

«Ahora que he vuelto, ordeno la casa y me deshago de los trastos, encuentro sábanas deslavadas, hilos casi flotantes en el esplendor de la mañana, en los cuartos deshechos de pena, donde alguna vez fueron reinas.» Dedicado a Patricio, Adriana, Susana, Julio, Nelson…porque están muy cerca. Y a quienes de la generación del 80 que todavía sueñan.   La vida de las sábanas: solas, mojadas, dando vueltas en la lavadora, en el líquido espumoso que les devolverá el frescor y tensará, un poco, de manera que piensen en sus mejores años. La historia nuestra de las sábanas. A veces teníamos. Otras, no había ninguna. Entonces acudíamos a la vecina para pedir prestadas esas alas volátiles, el emparedado en que se moverían las personas que llegaron a la casa sin avisar. Los cuerpos y las almas con su bochorno cotidiano de viajes y fatigas. Recuerdo las primeras: hechas con sacos harineros, que salían de la máquina todopoderosa de mi madre. La aguja sonaba mientras el hilo iba rociando su potestad sobre el blancor de los sacos con letras azules. Aquel aparato futurista para los ojos inquietos de un niño, que sacaba de los apuros económicos principalmente para las grandes fiestas, cuando los clientes iban a buscar costuras terminadas, y los niños podíamos comer, al sonar las 12, el puré con bistec y ensalada de porotos verdes, que era el gran premio al recibir los villancicos; o en la noche iluminada por el ingenio de fuegos de artificio que cubrían los cerros. Las sábanas que se van replegando y nunca se ponen de acuerdo conmigo. Se recogen. Me faltan o me sobran. Y se sueltan del colchón como un silencioso tiro de honda. No sé en qué época entraron por mi casa aquellas sábanas diferenciadas de colchón y tapa. Las sábanas improvisadas que alguna vez encontré con sangre, y me sorprendí porque no supe de ninguna de mis hermanas herida. Las sábanas meadas, que se secaban y endurecían bajo el sol. Las otras, de los sueños húmedos, que infundieron temor y angustia en un entorno pacato de misa dominical. Las sábanas de los primeros amores, que aún tremolan de suspiros y se cuentan confidencias de las novias quitándose el vestido, y callan todo lo que ocurrió después, cuando apagaron la luz. Las sábanas de los románticos, que plasmaron poemas grabados con lágrimas, con suave carmín, o la palidez exangüe de Violeta Valéry. Las sábanas de mis amantes, que se amotinaban de la cama y nos hacían rodar hasta el piso. Aún unidos en ese cordón de exaltación, calor y transpiraciones saladas. Los amantes se empeñan en estar juntos, sin soltarse: uno dentro del otro, porque no saben si volverán a verse. Porque ignoran si un día se encontrarán en ese tráfago de estampados o bordados inútiles. Entonces la alfombra era una nueva sábana para mis amantes. Y las más volanderas, las verdaderas, se desprendían de un cabello rizado, del moreno, del rubio o el de ojos de avellano que se quedó como un paisaje en la pared del subconsciente. Las sábanas que acogieron a mi padre y mi madre, cuando yo era criatura entre ellos y me movía dentro de una oscuridad siniestra, porque sabía que algo iba a suceder; como cuando la niebla se disipa, cortada por un rayo de luz, que viene a quebrar la marea de los barcos en reposo. Las apercancadas, las que se debían hervir en agua con jabón. Y luego el almidón les daba una impresión de hostias o golillas pisiúticas. Mi abuela, que guardaba sus sábanas en un mueble de madera impenetrable, lugar que a los dedos pequeños se les prohibía husmear. Las blancas sábanas del recuerdo aromatizadas con violeta, o un aroma que ya no alcanzo a discernir. También el baúl de la memoria nos borra los datos…que tal vez podrían haberse guardado en un pendrive. Ahora que he vuelto, ordeno la casa y me deshago de los trastos, encuentro sábanas deslavadas, hilos casi flotantes en el esplendor de la mañana, en los cuartos deshechos de pena, donde alguna vez fueron reinas. Los cadáveres de sábanas, que al deshacerse guardan una enorme diferencia con la vida. Sin el hedor del muerto, y tan volantineras, que parecen haber transfigurado en sus almas. Las sábanas de broderie, de polar, de seda, de satín, de nailon, de organza, de encaje o muselina. Las de 155 hilos. Las sábanas chinas, que en un momento cubrieron las necesidades de casi todos los países. Las sábanas que no lo son, y se enorgullecen por cumplir la santa tarea de albergar los cuerpos cansados del trabajo de toda una jornada, o de los juegos que despertarán al mundo de su estólida mentira y su endogamia de valores abstrusos. Los juegos que no son el “Mambrú” ni “El Perro Judío”. Las fábricas de sábanas que sucumbieron con la dictadura. Que sintieron las metrallas y los tanques, con los coleópteros de acero destruyendo la Moneda. Terminando con nuestra dicha y la de ellas. Las que fueron mortajas de asesinados, que lloraron lágrimas rojas y nunca se pudieron desmugrar y llevan la mancha despiadada y traicionera de obispos y generales. Aquellas que continúan en secreto o vagan sin paradero. Las sábanas de los hospitales en los que yací, que me vieron surgir de la anestesia. Las proletarias, las solidarias, que pertenecen a todos. Las de las clínicas que escondieron mis años de locura. Que se retorcieron conmigo bajo la fiebre; se me revelaban contra los fantasmas y los ladrillos que atormentaban la cabeza, llenándome de psicotrópicos hasta quedar sordo de mareas.  Aquellas donde me enamoré, porque el amor es cosa de locos… y él era un chico tan apuesto que se cortaba las venas. Y las sábanas protegían sus vendajes tan cerca de mí… ¡y a la vez tan lejos! Porque el amor es cosa de locos totales, no de aquellos de temporada. Y había que seguir por los espinos, con las cápsulas multiformes, para no saltar del octavo piso o para llamar

Panóptico | ¿Por qué leer El Quijote hoy?

«Cómo no nos vamos a reír cuando entendamos que la palabra “quijote” hacía referencia a una pieza de la armadura que cubría el muslo, o sea, una especie de “muslera” y que “La Mancha” era para los lectores de Cervantes un lugar tan prosaico como cualquier otro, de ahí que el nombre de la novela, “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, era bastante ridículo, pues a “Ingenioso e hidalgo”, que podían ser atributos  positivos, se le contraponía el nombre del caballero que, para que el lector comprenda, sonaba algo así como “El ingenioso hidalgo don Muslera del Mapocho”. O sea, desde el título es una burla, una parodia, por ejemplo, del Amadís de Gaula, la más famosa de las novelas de caballería de esos tiempos.» A todos mis amigos que nunca han leído completo “El Quijote”.   Este artículo está dirigido a aquellos buenos lectores que, sin embargo, nunca han leído El Quijote de manera completa. Para aquellos que sabiendo que en algún momento deberían leerlo, que es una “deuda” que se arrastra año tras año, lo dejan para después. Por lo tanto, este artículo no está dirigido a especialistas que busquen una “nueva” mirada sobre la novela de Cervantes. No me interesa ser novedoso, ni menos original. Para acometer esta empresa quijotesca –la de escribir este precario artículo sobre esta obra monumental– me basaré en mi experiencia como profesor de literatura que ha tratado de enseñar y cautivar a sus alumnos –con buenos y malos resultados– y en mis lecturas de la obra, como de otras a lo largo de los años. El lector de este artículo no encontrará citas a otros autores, ni menos una bibliografía extensa –como se estila en estos casos–, solo encontrará un resumen muy breve de razones por las que yo creo importante leer hoy El Quijote.   En fin, comencemos de una vez. La primera o la única pregunta que habría que tratar de responder es ¿Por qué tenemos que leer El Quijote hoy? Es decir ¿Por qué en esta época de la acumulación, de la búsqueda del beneficio urgente, de la satisfacción inmediata, habría que acometer la empresa de leer una obra que tiene más de 400 años de publicada, que tiene 126 capítulos con infinidad de situaciones, personajes, además de un español –de comienzos del S. XVII– confuso para nosotros, lleno de arcaísmos propios del protagonista, que trataba de imitar el habla de un caballero medieval? O ¿Por qué en esta época de lo instantáneo, de las series –que, con mirada bovina, recibimos cada noche con la boca abierta–, habría que hacer un esfuerzo y leer esta novela? Esa es la pregunta, la única pregunta que hoy me propongo responder, pero claro, mi respuesta no es única.    La primera razón por la cual habría que leer esta obra es exclusivamente literaria y les interesa principalmente a los novelistas, porque Cervantes nos enseñó a escribir novelas, él es la fuente de todas las narraciones modernas y contemporáneas, y esto por su forma tan singular, tan maravillosamente artística que solo podía aflorar de la mente de un genio. La estructura de las aventuras es simple, pero tiene variaciones hasta el infinito. El hidalgo Alonso Quijano enloquece de tanto leer libros de caballería e, imitándolos, busca un nombre: Don Quijote de la Mancha, con el que se interna en el mundo real creyendo que es el de sus novelas, transformándolo. Generalmente alguien le dice que lo que ve no existe, sin embargo, él insiste, y viene el choque entre lo que él cree que ve y lo que realmente es. Choque entre sueño y realidad.     A nivel formal se encuentra también otro aspecto clave, que la gente olvida o pasa por alto a la hora de leer la obra, pues la leen en serio y con cierto temor de no entender, como si fuera la Biblia o algún tratado de filosofía o alguna gran tragedia griega –esto seguramente inspirado por las clases de algún trasnochado profesor de Lenguaje que la enseñó sin pasión, obligado–. No toman en cuenta que la primera intención de Cervantes fue criticar a través de la parodia –imitación con fines de burla– los libros de caballería, esas novelas que él tanto amó y que hablaban de héroes gallardos e invencibles, princesas hermosas y virginales, gigantes, dragones, o sea, un mundo maravilloso, pero irreal, un mundo que no existía. En este lugar instala a don Alonso Quijano de alrededor de 50 años –un anciano para el S XVII, quizá hoy diríamos alrededor de 70–, quien quiere ser un caballero como los que él había leído, en un mundo donde ya no hay caballeros, más bien son parte del pasado medieval, pero él no lo sabe (o en su locura lo olvidó) y eso hace que todos lo traten de loco –porque hace tonteras– y el lector se ría de él. Cómo no nos vamos a reír cuando entendamos que la palabra “quijote” hacía referencia a una pieza de la armadura que cubría el muslo, o sea, una especie de “muslera” y que “La Mancha” era para los lectores de Cervantes un lugar tan prosaico como cualquier otro, de ahí que el nombre de la novela, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, era bastante ridículo, pues a “Ingenioso e hidalgo”, que podían ser atributos   positivos, se le contraponía el nombre del caballero que, para que el lector comprenda, sonaba algo así como “El ingenioso hidalgo don Muslera del Mapocho”. O sea, desde el título es una burla, una parodia, por ejemplo, del Amadís de Gaula, la más famosa de las novelas de caballería de esos tiempos. En definitiva, Cervantes quiso reírse de este tipo de libros, comenzando con los poemas en tono burlesco del comienzo, porque le llenaron la cabeza de mundos que no existían –y no solo a él, sino que a una época y a una nación que salió a navegar por todo el mundo buscando aventuras– y para esto creó

Narrativa chilena actual | Biblias, fotografías

«Agucé la mirada e intenté ver si la conocía de alguna parte, pero no pude recordarla. Era como si todo fuese borroso y no pudiese precisar nada, ella provocaba esa sensación. La imaginé en la parrilla, desnuda, y me parece que sí, que era ella. Me tomé el té y le pregunté si le interesaba alguna. Le mostré las biblias con las palmas abiertas hacia arriba, sonriendo un poco, como un caballero, así nos educaron, así se trata una mujer.» Me estaba viniendo abajo. Tuve que pensar en algo y decidí salir a vender. Vendí biblias. Lo hice puerta a puerta. No hubo muchos resultados, no convencí a nadie al principio. Conocí a algunas personas. Las conocí por alguna conversación casual o porque nuestras opiniones coincidieron en algún momento, lo que despertó la simpatía. No lo hice por plata, me venía abajo por otros motivos y era bueno ver gente. Con una de ellas tuve algo que no fue amor precisamente. Ella me gustó y pasó algo que no creí que fuese a suceder. La primera sensación que tuve de ella fue que me había reconocido, pero ella era muy joven como para que hubiésemos tenido algún tipo de cercanía en otra época. Además, yo venía de un círculo muy cerrado. Perdí mi trabajo unos años después de la vuelta a la democracia. Sin embargo, tenía una pensión, me alcanzaba bien, siempre fui austero. Al principio me dediqué a trabajar particularmente en seguimientos. En un momento decidí dejar todo eso, desaparecer de ese medio. Hice un último seguimiento que me encargó mi amigo Esteves, que trabajaba en una financiera, eso fue en el año dos mil. Los seguimientos fueron en localidades pobres, andinas y en la pampa argentina.    Ella fue muy amable. Se llamaba Carolina. No me sonaba de nada. La segunda vez que fui a su casa nos acostamos. Yo estaba solo y arruinado.  Pero sucedió.    A veces salía, aunque estuviese lloviendo. La ciudad nublada y triste como si la soledad fuera parte de la atmósfera que respiramos. Me pude haber quedado haciendo nada. Deprimido mirando una ventana recorrida por las gotas de lluvia. No podía estar mucho tiempo así. Le había tomado el gusto a mirar la lluvia caer irremediablemente. Pero, pronto venían las imágenes. Las bolsas negras. Las cuencas vacías. Los cuerpos. Tenía que hacer algo. Caminar u ocuparme en algo. En la mañana ponía en orden la casa. Lavaba platos y arreglaba lo que estuviese malo. Me subía al techo a ver que todo estuviese bien.   La primera tarde Golpeé la puerta de la casa de Carolina cuando aún no sabía que ella abriría. Me miró y me preguntó qué quería. Le dije que vendía biblias. Se rio. Me preguntó: ¿quieres pasar? Le dije, bueno. Me senté en un living silencioso. Un sofá, frente a una mesita pequeña, sobre la mesita el diario del día y una taza con café. Por la ventana vi caer la lluvia. ¿Por qué biblias?, me preguntó. Le dije que quizá estaba pagando alguna culpa. Eres creyente, me dijo. Sonrió. Le dije que era un hombre de convicciones. Fue en ese momento que sentí que me conocía o me reconocía. El living silencioso se tornó crepuscular. Nos quedamos callados, podría haberle preguntado si la conocía o si era creyente, pero no lo hice. Ahora ese no era mi problema. Se me vino a la cabeza la frase, gente sin principios.  Santiago es triste en invierno y sobre todo cuando llueve. Miré hacia el patio mientras se hacía una poza y ella me decía que me iba a servir un café. Le dije que me diera un té. Mi estómago se había vuelto débil. A veces nos parece que el mundo nos pertenece al punto que disponemos de la vida de los otros, dijo ella, pero al final todos nos volvemos débiles, por naturaleza, aunque no sabemos cuánto puede soportar cada uno. Me asusté. Agucé la mirada e intenté ver si la conocía de alguna parte, pero no pude recordarla. Era como si todo fuese borroso y no pudiese precisar nada, ella provocaba esa sensación. La imaginé en la parrilla, desnuda, y me parece que sí, que era ella. Me tomé el té y le pregunté si le interesaba alguna. Le mostré las biblias con las palmas abiertas hacia arriba, sonriendo un poco, como un caballero, así nos educaron, así se trata una mujer. Me dijo que no. Me preguntó cómo me llamaba y me dijo que si me animaba a ir otra tarde a acompañarla. Le pregunté si vivía sola. Sí, vivo sola, pero a veces me acompaña un amigo que me quiere mucho. Amigo, le dije. Me dijo, sí, con desdén. Entonces le dije que era el único trabajo que tenía y que estaba arruinado. Aún tenía la pensión del Estado que me alcanzaba, la verdad, pero eso no se lo mencioné. Me comentó que debía buscar algo más estable. Aunque estable no hay nada, terminó diciendo. Aún llovía. Le pregunté en qué trabajaba. Soy periodista, pero por ahora estoy dedicada a la fotografía. Le comenté que me parecía interesante, que yo también sabía algo de fotos, de lentes, el gran angular, el zoom y las obturaciones. Me miró con cara de por qué yo sabía de eso. Le dije que en algún momento pensé en dedicarme a eso. Las fotos de los cuerpos, del cadáver, lo retengo en una imagen cuando aún está vivo. Los trozos, dedos y sangre, como maniquíes desmembrados y en posturas imposibles. Como utilería de una película de terror, en la que yo era el ejecutor. Un Dios que impone su ley. Le pareció fabuloso, esa fue la palabra que utilizó, y quiso mostrarme algunas fotos, pero prefirió dejarlo para otra oportunidad. La temperatura había bajado y la lluvia había cesado un rato antes. Carolina se paró y fue a la cocina. Le dije que las imágenes traicionan, pero perduran. Pensé, pero no se lo dije, que las imágenes se generan

Perfiles | Un regalo de navidad

«Constantemente experimentaba crisis en las que sufría por no estar segura de sus sentimientos. Es una gran tragedia –afirmaba con tristeza– la ausencia de un instrumento que certificara la existencia del amor. O que, en su defecto, dictaminara la presencia de afectos menores: querer, calentar, gustar, apreciar, estimar, reconocer. Por mi parte, dado mi carácter introvertido y poco expresivo, no aportaba demasiado a profundizar la relación, pues me costaba –y me sigue costando– sacar a flote mis emociones, que parecen navegar en un submarino.» ¡Si describir una desgracia fuese tan fácil como vivirla! E.M. Cioran   Diciembre. La parafernalia navideña arreciaba y yo, que andaba deprimido por mi reciente ruptura con la Maca, odiaba con más fuerza que nunca esta fiesta del consumo que los comerciantes han hecho del nacimiento de un redentor que –entre otras cosas–promovía lo espiritual por sobre lo material; un redentor que mandó a la chucha a los mercaderes del templo, es decir, que le dio sus buenas patadas en el culo a los Luksic, a los Solari, a los Angelini, a los Ponce Lerou, a los Matte, a los Paulmann y demás comerciantes de la época. Yo no creía, por cierto, en la existencia de tal redentor, era una fantasía más producto del miedo, el oportunismo y la ignorancia, pero me llamaba la atención el enorme grado de contradicción entre el mensaje original y lo que se observaba en la realidad. Por las noches, después de la pega, dejaba de lado mi alergia navideña, se trata una fiesta cultural, me decía, y me enfrascaba en la lectura de Cioran –ese pozo negro de la filosofía– quien calmaba mi despecho por lo de la Maca con pensamientos del tipo: “Amar al prójimo es algo inconcebible. ¿Acaso se le pide a un virus que ame a otro virus?”. Imposible, repetía en la soledad de mi casa. El amor a otros, por tanto, no era una alternativa cierta. Eso significaba que estaba todo bien, que nunca había amado a la Maca ni ella a mí y que, en consecuencia, no tenía por qué pasarlo mal. Llegaba a esas conclusiones mientras tomaba hasta quedar imbécil y desmemoriado, hasta convertirme en un virus. Por las mañanas, tipo siete am, despertaba con migraña y tras beber café, comer unas tostadas e ingerir algunos analgésicos partía, desde la Recoleta Roja, a mi trabajo en la municipalidad de una comuna cuica, específicamente en la corporación de educación, donde funcionaba como uno de los asistentes del director, un UDI católico hasta la médula de los huesos, experto en birlar fondos públicos, promover el embarazo adolescente, castigar a los chiques rebeldes y condenar a los ladrones de izquierda. Andaba mal, pero disimulaba, pues como escribe Cioran en Ese maldito yo, resulta “imposible asistir más de un cuarto de ahora sin impaciencia a la desesperación de alguien”. Y yo no quería impacientar a nadie. Mi vida, para los demás, parecía funcionar correctamente. Cuando me preguntaban cómo estai, yo respondía bien ¿y tú?, sabiendo que recibiría por respuesta bien igual, gracias. Tal era el protocolo. Una palabra más significaba enfermedad mental. Me mostraba amable, serio, responsable, aunque sentía que mi interior era una especie de mar congelado, un pedazo de vacío quebradizo y hostil donde podría ahogarse el universo entero. Me volví un mago de la simulación, un actor de primera desarrollando el rol de un tipo que, en una época donde la palabra culo ha reemplazado a la palabra corazón en las canciones de moda, no pierde el tiempo en estupideces románticas. Entendía los códigos. Funcionaba. Eso era lo importante. Hasta participé en el amigo secreto de la pega y tuve tiempo para comprar regalos navideños a mi familia. A mis padres y a mis dos hermanos, dos tipos exitosos, alegres, prácticos, sin compromisos sentimentales y de pocos escrúpulos. Uno es abogado, el otro arquitecto y les va la raja. Al menos estás cerca del poder, ironizaban cuando nos encontrábamos en la casa paterna y yo me quejaba de mi presente laboral. Tenís que mamársela al jefe, esa es la forma de escalar, me aconsejaban riendo y haciendo la mímica de una felatio cuando mi madre iba por el postre. Ante esto mi padre, que es una especie de ausencia con bigotes, movía la cabeza negativamente al tiempo que sonreía, quedando bien, simultáneamente, con mis hermanos y conmigo, el perdedor que había optado por la pedagogía. Después venían las preguntas acerca de si conocía o no al director de obras o al encargado del departamento legal del municipio, a los que les podrían ofrecer sus buenas lucas, cada uno en su especialidad, por algunos favorcitos. Delante de todos me mostraba fuerte, indiferente a la partida de la Maca. Estoy como tuna, respondía cuando en la familia o en la pega alguien me preguntaba cómo me sentía. No quería bromas, especialmente de mis hermanos, expertos en festinar con la desgracia ajena. Me hallaba, sin embargo, más bien débil, machacado, pues durante nuestros seis años de convivencia reiteradamente la Maca se fue a vivir a Pudahuel, donde sus padres, alegando no entender sus emociones. Regresaba meses después, con los ojos brillantes y el corazón enamorado. Entonces nos reconciliábamos. Todos esos años estuve en una especie de montaña rusa cuyos efectos –nada positivos– se fueron acumulando en mi sistema nervioso. Me confundió, creo, con un terminal de buses o con un aeropuerto. Constantemente experimentaba crisis en las que sufría por no estar segura de sus sentimientos. Es una gran tragedia –afirmaba con tristeza– la ausencia de un instrumento que certificara la existencia del amor. O que, en su defecto, dictaminara la presencia de afectos menores: querer, calentar, gustar, apreciar, estimar, reconocer. Por mi parte, dado mi carácter introvertido y poco expresivo, no aportaba demasiado a profundizar la relación, pues me costaba –y me sigue costando– sacar a flote mis emociones, que parecen navegar en un submarino. La Maca, apenas entraba en crisis, decidía irse donde sus padres. Empacaba sus cosas, guardaba algo de ropa en una mochila y se marchaba con los ojos enrojecidos. Por lo general me lo

Poesía chilena actual | A la vuelta de la esquina, once poemas de Sergio Miranda

ÉPICA DEL BARDO   Me despedí de mi tierra  la abandoné  aún siendo un pájaro sin plumas,  surqué el Paso del Caracol  con la verborragia de un mochilero la vena aorta del Cono Sur  la lengua pétrea, me dije yo nunca había visto el sol nacer el Pacífico es un recipiente  que lo humedece hasta apagarlo todo un esfuerzo existencial  para escribir para lanzarme vagué  como lazarillo por Córdoba  buscando maestros para conversar  buscando comida para comer  buscando trabajo para trabajar pero la locura, el jazz, los mirlos  en la cabeza siempre pueden más me dije: “la poesía te vulnera  como al rebaño    y no es cosa de asustarse  ni de crear figuraciones  tan horripilantes como bellas a semejanza de las Aguafuertes  de Goya  para ejemplificar” quizás tenía razón, quizás no pero la formalidad en mi escritura  me desagradaba, escribía  como si fuese el fregador de pisos de la torre de marfil los poemas no son tulipanes y si lo son  tienen que oler al lugar donde nacen yo sólo escribía en gladiolo  palabras que olían  como agua estancada de cementerio algo andaba mal en mi escritura  por alguna razón  que ignoraba  algo fallaba pedí consejos a libreros en el Paseo de las Artes, pero sólo me respondían en libros en epitafios, en apotegmas, en epigramas  y ya estaba hartado fastidiado  de tomar vino toro hasta el amanecer  cagado de frío con rolingas y punkies  que veían el horizonte como vertedero que tomaban parafraseando a Bukowski,  tarareando a Los Piojos y a Charly  queriendo verse en una fotografía como Artaud o como el niño con el arma de Klein  un poco de estoicismo al anochecer me vendría bien, pensé después de meses  ¡Basta de ser copias de Caicedo y Pizarnik!  Vuelve sobre la ruta, me dije  a lo que vinimos, recalqué  entonces tomé valor y entré en la UNC sentía la aridez de su tierra en mi cara la sombra de Atenea con su risa macabra  sobre mi cabeza, al poco tiempo conocí  a los Saussure, a los Bajtin, a los Adorno y Horkheimer  a los Melendéz Pelayo, a las Kristeva, a las Butler, a los Benjamin a los Pierce, a los Genette, a los Barthes, a los Derrida y a una infinidad de autores que me llevaban  al límite del ACV agotado como Atlas sobre el escritorio pero con un cuerpo esquelético me soñé como uno de los ladrones  en el Gólgota, vituperado por conceptos  dañado por la punta de lanza del Logos diciéndole al Hijo de Dios lascivamente: “dile a tu padre, sólo si es cierto, que la cagó  al crear el lenguaje el con che su ma re”  la facultad olía a mayo francés y yo que sólo quería encontrarme  con Sanchos Panzas y Quijotes no te impacientes me dije: “la poesía  pernocta en los anales de cualquier tiempo feroz” pero la sensualidad burguesa fue mucho más fuerte muchos Dionisos prestaban las casas y hablábamos complicado, como rindiendo exámenes  los suaves citando a Rilke de memoria los ásperos rasguñando el Tractatus Logico-Philosophicus  pero con marihuana y ácidos de calidad  vino de calidad, con cuerpos de calidad  por momentos me sentía en Delfos lleno de sátiros y bacantes danzando en la pintura de Matisse pero tantas caretas pesan en la cara  en un mundo lleno de deseos hasta el espíritu se vende  y yo no tenía ni la cara ni la plata para tanto goce yo debía morderme los labios de cuando en cuando hasta hacerme sangrar para despertar de ese ensueño para recordarme que vivía  en una pensión oscura  en Ayacucho al 2200 que venía de la clase obrera,   que me quedaba un poco de arroz  dos cebollas y un ajo para comer entonces  armé una pared con libros   y me encerré a leer a leer y leer.       EL NARANJITA DE LA PLAZA ALBERDI   Me contó de las calles  de lo difícil de conseguir laburo  de que hay que rebuscárselas en donde sea que no queda de otra, que no hay más me contó de los pájaros de los perros, de lo difícil que es ponerles nombres  de la gente que no cree en Dios  y de la inutilidad  de no creer en nada me contó que con el vivir no alcanza  que la muerte es sólo de ida   que desengañarse del mundo es el camino que tiempo al tiempo que hay que mirarse las manos  para no olvidar nada me contó de sus miedos  de adentro hacia afuera palabras pesadas como la vida  pero inmóviles como cementerio me contó del frío en los huesos de las operaciones a la cadera  de la cicatriz que no le cura de un accidente de borracho en la línea del tren me contó de la comida que no come y de la que nunca comerá me contó de sus amores siempre fugaces siempre intensos pero vulnerables me contó de las peripecias de su vida  de Lazarillo que no quiso escribir   me contó que a veces  viene gente a rezar con él que pide por él pero no logran conmoverlo  me contó de su diabetes  que le comió el pie, que por eso la muleta   que la vergüenza se pierde con el vino que los amigos sirven para hacer historia que el mundo está lleno de sabiduría desgraciada.       UN DERSU UZALA DEL VALLE CENTRAL    De madrugada termino “Dersu Uzala” de Kurosawa pienso en ese bosque  colosal de coníferas  la expedición de los rusos en una zona sibilina    y escucho a mi viejo  que se levanta  a las 5am como de costumbre  se queja como puerta vieja le pregunto si está bien pero no contesta prende el televisor hace zapping en el living   hemos conversado poco últimamente   lo comprendo, me comprende  su vida ha sido dura a diferencia de mí él habla lo necesario    lo imagino como un Dersu  Uzala del valle central  que camina a través  del puente Marambio  silbando al son  del

Poesía argentina actual | Jorge Castañeda: Urnas vertebrales

                                                   Y mis vértebras hervían.                                                                          L. A. Spinetta.                                                        …redimido regresó a su patria                                                      Cerca de la medula espinal.                                                                          G. Benn.       Hierro pensado ¿Estaba el lóbulo (Mordiendo la estirpe) En ahogo constante?   La escritura  Está formándose  En el polvo.   A veces Los glaciares se potencian E imprimen espuma Sobre su frente (No puedes sellar con clavos                          La escritura leudante)   …puedes comer del nervio embalsamado…   Huecos diurnos. Posibles cuencos.   La cura  Es un reloj A cuatro manos.   La columna nerviosa                                      Es amplia.                                                   Voces.   Traguemos con fuerza El pan de centeno Y pernoctemos  En esta caja blanca.   Tu cerebro  No estigmatizado (Sobreviviente                                 A una                                     Ecuación astral) Utiliza las cuerdas Para la luz habitable.   Nadie deteriora El acceso a los nervios  (El oleaje más pesado                          Para el más pesado umbral)   …hay muestras de un rayo…   ¿Dónde está la plétora hambrienta?   Un corresponsal Trasplantará Las agujas en la espalda (Mientras los roedores                          Mueren electrocutados)   No rechacen el oído A la altura de los clavos.   (¿Urnas?)   La columna vuelve a barnizarse De medicamentos forzosos, Levanten el legado magnético Para la resonancia ausente          (¿Cuál es la verdad de estos huesos?)   Abandonen ya la cabaña Y recuperen La primera edición Para morder la piel abstracta (La sal en construcción                           Espera en la nieve) Busquen la medicación en el estanque.   Perpetuidad. Urnas. Noche.   (Hay voces que señalan los vegetales)   La retina  Se pierde en la pierna izquierda.   Ojo volátil-restos arácnidos Frente a la melancolía Pudriéndose en tu mente.   …a nivel medular y subcortical   Atravesamos el desierto ¿Sellamos las piedras?   Nervio hinchado de significado.   La neurona ahorcada Se incendia En el refugio del paladar.   Los acupunturistas Muerden la vegetación Y vomitan clavos (¿Tantos nervios aquí en el polvo?) Es para brotar dentro de vos.   ¿Coro de agujas? ¿Represa de signos? ¿Expedición en el ciruelo de Dios?                                                                                         El cuerpo sangra  Con la alianza embrutecida.   El hueco influenciado por el átomo Exige códigos Fuera de esa mandrágora Penetra el nervio.   Huesos.                           (¿Vos?)   Flujo lunar Calma el grito  De este hueso   YA   (Y corre a una zona menos ruidosa).   Nudos flotantes _(el santuario, un coloquio difícil)_ Si se precipitan No sean invisibles.   Cabeza. Tronco. Vértebra.   Reducción de órganos En la corteza terrestre   …único ejemplar en la placenta de Dios.   Vértebras. Laguna acústica. Membrana habitable.   …en su interior…   El cáliz recuerda el vibrar del féretro. El – meridiano – no – profetizado.                                                       Noche. ¿Urnas superadas?   El hueso  Clonado a martillazos Se hace cargo De la nomenclatura.   Filo del tiempo: Las bocas eclipsaron las vértebras de barro.   Vox. Ojos. Giro de leños.   Vuelca el pensamiento A esa cabaña sin luz (Duerme – aquí – cerca) Un grupo accede a las agujas.   Voz. Huesos. Polvo   Para la descarga Neuronal                                            Aleatoria.   Vacío. Nervio. Grasa animal.   (¿Cómo?)   _ Sobre la espalda_   La lengua de la oración. …haciendo que cicatrice El pequeño eclipse circundante.   Urnas. Huecos.   …es tan onírica su reputación…   ¿Bajo esa espera sucedánea…?   Su pregnancia metálica purifica a los flamencos.   Cáliz. Vox.   El destino produce hongos. Agujas La muralla tiene el mismo diagnóstico.   Nervio constante-sin ojos El gran vacío cubre las vértebras _ seda y huella _ Puntos algebraicos en la espalda   ¿Por qué aquí? ¿Hasta cuándo las cajas metálicas?   Las hachas esperan La audiencia de esa logia.   ¿Sangre en el cáliz?   Meridiano                                         (En una urna…)   Tu cuello

Patio de luz | Apuntes de una historia

«Recordemos que era el tiempo de la editorial “Quimantú”, de la revista “Cabro Chico”, del medio litro de leche, de las jocosas historias de Isabel Allende, que escribía con tanta naturalidad, antes de convertirse en una productora de libros. Era el tiempo de la cultura popular, donde la gente reía arriba de los buses, en la calle, en las reuniones de vecinos o en las concentraciones para ver los artistas de la generación que estaba surgiendo, o había surgido sin que todos nos diéramos cuenta.» (Dedicada al “Negro” Óscar. Él sabrá por qué)   Éramos pobres. Paupérrimos. Vivíamos en uno de los tantos cerros (entonces poco poblados, con gran vegetación y saltos de agua), marginados del gran centro urbanístico de la “Ciudad bella”, “Ciudad del Turismo”. Ciudad del famoso festival de la canción, de la gaviota, y del temido “monstruo” que fue y después no fue más. Ciudad cuya postal favorita y obligatoria para el visitante, era el Reloj de Flores. A pesar de tener muy poco de cuanto se llamara “material”, teníamos, yo y mis seis hermanos, unos padres presentes. En especial, una madre que se preocupaba de que estuviésemos al día de lo que ocurría en el mundo. De lo que guardaban las grandes ciudades. Que nos hablaba de libros, música, cines, iglesias. De ella la conversación surgía cálida y con una emanación de ternura que nos cautivaba. Como si, al entregarnos lo que existía, nos estuviera arrullando hacia un sueño que nosotros pudiéramos alcanzar…y realizar. Aun así, ella, contrariamente a mi padre, no nos permitía faltar a la escuela…aunque lloviera. Era la época dorada. Y en Santiago de Chile se celebraría el gran acontecimiento de la inauguración de la UNCTAD III, en su edificio flamante, construido en tiempo récord por muchos trabajadores. En el colegio del barrio nos hablaron del gran suceso con anterioridad. Recuerdo que a una de mis hermanas mayores (que ya asistía al liceo de niñas, bajando una escala de más de 400 peldaños y caminando un medio centenar de cuadras para llegar a él), en el tiempo que se rendía la famosa Prueba Nacional, y los sujetos estudiantes eran derivados según su puntaje, a liceo o escuela industrial o comercial. Es decir, el tiempo en que sólo podía estudiar un tipo de “elite” bastante atípica; tuviese o no recursos económicos, y que comprendía al 10% de la población en edad escolar. Pues bien; a mi hermana le dieron como tarea en la asignatura de Artes Plásticas realizar un trabajo que tuviese relación con la UNCTAD III. Ella llegó a casa con su obra, que mostró a todos los desapercibidos en ese momento. Había pintado, con lápices de colores, una sala de reuniones vista desde atrás, en la cual aparecían cabezas de personas con el pelo verde, rojo, morado, azul. Se había sacado un 7. Yo quedé muy sorprendido, pues a mis once años, jamás había visto a ninguna persona con cabello de aquellos colores. Concluí en que la profesora sintió lástima por mi hermana, y a eso correspondía la nota. En esa época de oro de mi infancia, que se prolongó más de lo que suele ocurrir con un cristiano común, mi madre nos comunicó una espléndida noticia: viajaríamos a Santiago, a conocer el edificio de la UNCTAD, que estaba abierto a todo tipo de público. La idea del viaje me produjo una gran emoción, y arrebatado júbilo a mis hermanas. La noche se fue más de prisa entonces. Al otro día endilgamos hacia Santiago, con nuestras mejores pilchas. El tren era un espacio de ciegos con acordeón cantando canciones lastimeras, al borde de cortarse las venas. El “Pobre Payaso” también era un emblema local, para quienes oyeran, miraran por la ventana, comieran sus huevos duros o los dulces de La Ligua. El olor misceláneo de las comidas se mezclaba con el viento que remecía los árboles y entraba hacia los vagones, a confundirlo todo. El ruido insistente de la ferrería aportaba una nota más trágica a los cantores ciegos. Era una gran orquesta que acompañaba con su diapasón sanguinoso y truculento el “Amor de pobre solamente puedo darte…” De ese momento no recuerdo más, hasta que estuvimos en las inmediaciones del edificio inaugurado. Era sorprendente ver la cantidad de gente que circulaba por las veredas. Igual la variedad de tipos humanos que, por primera vez, estaban frente a mis ojos. Parecía que todas las razas hubiesen confluido en ese sector. Era emocionante el colorido del vestuario de las gentes de color; eran como una explosión de primavera cubriendo sus cuerpos, sin ninguna arrogancia ni el vergonzoso impulso de mi ciudad beata, donde el rosario era pan de cada día, igual como cruzaba el horizonte, cortando la bruma marina, el “Argonauta” de mis niñeces. Jóvenes de pelo largo que hacían acrobacias, otros tocando la guitarra en una esquina, leyendo poemas en voz alta, o mostrando artesanías inexplicables. Surgían, de repente, mujeres con hábito hindú, otra con grandes turbantes. Ya sea en negro o en blanco, hombres corpulentos con largas chaquetas bordadas en dorado. La vida, en su mejor esplendor y en su diferencia natural, abría sus venas para que bebiéramos de ella. Entrando ya al edificio, nos impactó la monumentalidad de éste. El hormigón armado que se convertía en escaleras cortadas a noventa grados mientras subían, los accesorios de cobre, la enorme puerta del mismo material, la alegría de la gente del pueblo que asistía a una cita con la historia. Allí almorzamos gratis. Nos sentamos en aquellas sillas que eran novísimas, de color salmón, de material más resistente que el plástico, pero tal vez de la misma familia, y armazón de tubos de aluminio (aunque no sé si era aluminio u otro entuerto de metales aliados). Mi madre junto a mí, ya que mis hermanas estaban desgreñadas por otros rincones, dedicamos varios minutos a mirar cada una de las esculturas que poblaban tanto el jardín como la propia construcción. Ya fuera arcilla, piedra o metal, las piezas hablaban del humanismo, el

Narrativa chilena actual | Una tarde de cultura

«La mujer la ve alejarse, observando cómo su figura finalmente desaparece por la Alameda hacia el poniente. Tiene unas ganas enormes de hojear su regalo, pero de un momento a otro parece advertir algo raro, un murmullo que va creciendo, y pronto olvida el libro. Ahora con extrañeza mira los rostros de las personas. Algo no anda bien, piensa de inmediato, algo ha pasado en la feria.» Sábado, seis de la tarde. El Centro Cultural Gabriela Mistral, o GAM, está repleto debido a una de las tantas ferias literarias que se realizan año a año en la capital. Por todos lados se ve gente hojeando libros y hablando, sobre tal o cual libro, con los libreros o quienes atienden los stands. Las personas en los puestos son de todas las clases y formas: Chicos, altos, gordos, flacos, mujeres, hombres, la mayoría vestidos con ropa de marca o vintage, para verse más originales. Casi todos usan lentes, como si fueran la viva imagen de que lectura y los problemas a la vista están íntimamente relacionados. Se les ve felices, a la espera de la presentación de una banda musical ecléctica, conocida entre ellos y que, aseguran, todos deberíamos escuchar. Entre todo este tumulto va Francisca, que con su mano izquierda tira del carrito con los sándwiches vegetarianos que ha traído para vender, es un carrito pequeño, fácil de llevar. En la espalda de Francisca cuelga una mochila de colores, en donde destaca “Tutti Frutti” escrito con letras rojas. Camina con cuidado, tratando de no tropezar con la gente, hasta llegar al lado de la señora que vende los sándwiches de queso y jamón, con el cafecito correspondiente. —Hola —le dice la señora—. Póngase por acá nomás, mi niña, hay espacio para las dos. Francisca sonríe y se instala a su lado. En el suelo estira un mantel verde y sobre él organiza en hileras algunos de los sándwiches de carne de soya o de lechuga y tomate que preparó en su casa, usa jeans que están rotos en las rodillas, una polera de los Komando Jungle y zapatillas Converse. Lleva el pelo largo y rapado a los lados, teñido de verde y azul. Sus ojos verdes miran a los clientes de la cultura, los clientes la miran también y suspira. Con sorna se sienta en el suelo y entrelaza las piernas, como si fuera una maestra oriental a punto de comenzar a meditar, pero en vez de cerrar los ojos y dejarse llevar, saca un libro de su mochila y comienza a leerlo. La señora la observa y sonríe. La muchacha le recuerda a su hija, aunque ella no tenga los ojos verdes, ni se pinte el pelo de colores o se vista con poleras raras. —Tanta gente que anda —dice la señora buscando conversación— me gustan estas cosas culturales, se ve todo tan bonito, esos jóvenes, esos señores que leen tanto. Deben saber mucho. La muchacha deja escapar una risita, aunque no separa la vista de su libro. Solo da vuelta la página y trata de acomodarse bien en el piso. —Qué hermosas son las ferias literarias —insiste la mujer— son mi lugar preferido, ¿sabes? Pero Francisca solo suspira profundo y cierra los ojos. Ahora tiene que dejar el libro a un lado y atender a los primeros clientes que ve aproximarse. Han pasado solo unos minutos y ya varios les han echado el ojo a sus sándwiches. Como buenos niños, la intelectualidad de nuestro país no tarda en hacer una fila frente a ella. Los sándwiches de carne de soya están a dos lucas y los de tomate y lechuga a luca quinientos. La señora de los sándwiches de jamón y queso mira a los muchachos sin entender. —Pancito con jamón y queso aquí, niños —les ofrece—. Un pancito y un café a luquita ¡Vamos!, vengan. —¡Cacha! Cafecito y pan a luca —dice una de las niñas a otra chica— ¡Vamos! —¡Ay!… pero tienen jamón —responde la otra asqueada—. Yo no como carne, acuérdate. —El otro día vi en la tele cómo mataban a un cerdito —dice una de más atrás—, fue terrible. No sé cómo pueden hacerle eso a los pobres animales. De inmediato la señora deja de ofrecer sus productos y se queda en silencio, mirando sorprendida al grupo de jóvenes que hacen fila para comprar los sándwiches vegetarianos. Todos la observan, como si fuese ella la que ha matado al chancho. Los únicos que le compran son los cabros que hacen el aseo. En su rato de descanso y colación se instalan en el suelo, al lado de la señora, y comen sus sándwiches de jamón y queso y beben sus tibios cafés, sintiéndose en la gloria. Miran la fila y a los que compran libros con algún interés, pero desvían la mirada pronto y vuelven a sus conversaciones cotidianas. No hay nada que les llame la atención. Afortunadamente, para la mujer, la fila comienza a hacerse más pequeña. Francisca parece haber vendido ya casi todos sus sándwiches y ahora los saca directamente de la mochila, donde ha guardado los de reserva. La señora la mira con un poco de envidia, pero luego se siente feliz por ella y no esconde su ternura. —Regálese uno para acá poh, mi niña —le dice a Francisca—. Si somos colegas. Francisca se ríe y sigue vendiendo. En su banano sobresalen algunos billetes de luca y de dos lucas, los que trata de sujetar con la mano derecha. Por fin, cuando compra la última persona, guarda bien la plata y asegura el banano. —¡Chi! Parece que te fue bien —dice la mujer, que continúa mirándola—. Ahora estás toda millonaria. Francisca vuelve a sonreír, aunque insiste en su silencio. Es más, ni siquiera la mira a los ojos. Solo asiente incómoda y toma el libro que ha dejado hace un rato, con cuidado, y luego vuelve a sentarse de piernas cruzadas para seguir con la lectura. La mujer se queda observándola por varios segundos. Espera que diga algo o que la

Noticias de la nada | La calamidad de un azucarero

«Luego llegaba mi turno. En ese vertiginoso momento, en ese mareo, iba de mano en mano. Más no como el clavel que nadie por licencioso o promiscuo quiere, sino como una alegre bendición. Con plateadas cucharas extraían el azúcar de mi interior —que es un gran tórax— hasta dejarme semi vacío, incompleto, pero gozoso.» Sobre un mantel blanco y limpio —con racimos de moradas guindas— era puesto. Justo al centro me situaban, en un lugar donde mamá pudiera alcanzarme, donde papá, las mellizas y Janito, el benjamín de la casa, pudieran alcanzarme, pues mi cuerpo redondo, de loza fabricada en la República Popular China, contenía la dulzura, imprescindible, que la familia tomaba a diario. Evidenciaban —debo decirlo— graves carencias en este aspecto, un déficit constante. Algo muy malo tiene que haberle pasado a cada uno de ellos alguna vez. Juntos o por separado, no sé. Uno de esos golpes de los que habla el poeta Vallejo. Seguro que el hecho traumático derivó en enfermedad crónica y algún especialista les extendió la receta.  Dos veces por día, desayuno y once, ocupaba mi lugar central. La familia se sentaba en sus sillas ídem, ante su mesa ídem. Primero se procuraban agua hirviendo. La hacían circular en un termo negro con líneas plateadas, volcándola en tazones previamente provistos de té en bolsitas o café en polvo. Luego llegaba mi turno. En ese vertiginoso momento, en ese mareo, iba de mano en mano. Más no como el clavel que nadie por licencioso o promiscuo quiere, sino como una alegre bendición. Con plateadas cucharas extraían el azúcar de mi interior —que es un gran tórax— hasta dejarme semi vacío, incompleto, pero gozoso. Todos inquirían respecto del grado de dulzor alcanzado. Se preguntaban si necesitaban una media cucharadita o una puntita o una cucharada entera más, o si se les había pasado la mano y requerían, más bien, agregar agua a la mezcla. Era el momento en que sus caras, de aspecto enfermo, cambiaban. Había risas y palabras afectuosas. El tratamiento -era evidente- tenía efecto inmediato.  Décadas en eso: cumpleaños, navidades, dieciochos de septiembre, bautizos, velorios, pues llegué a la familia, lo recuerdo bien, gracias a los difuntos bisabuelos de los niños (cuya foto, tomada en unas vacaciones en Pichidangui, se encuentra en la pared del comedor que da al living). Fui parte del regalo de matrimonio que los ancianos hicieron a los padres de Janito y las mellizas, que ya van por los quince, cuando ambos decidieron compartir la mesa por el resto de sus días. De mi boca redonda ha surgido lo necesario para consumir, después de almuerzo, las beneficiosas y domingueras agüitas de menta, manzanilla y llantén que toman los adultos. Y para mejorar los desabridos duraznos transgénicos. Y para hacer café batido. Décadas en el centro de la mesa, décadas siendo llenado y vaciado con esos miles de ínfimos cristales blancos que, poco a poco, cosa terrible, fueron perdiendo el favor de la familia. Producen diabetes, producen cáncer, producen obesidad, comentaban los expertos en la tele, por lo que finalmente fueron sustituidos por sucralosa, estevia, aspartame y otras sustancias de nombres raros. Consecuencia de esto, yo, el azucarero con dibujos azules ¿te acuerdas? fui quedando poco a poco de lado hasta que un día determinado, creo que fue para el último cumple del Janito, no me llenaron ni me llevaron a la mesa. En una oscura despensa me abandonaron, vacío, es decir, lleno de sombras que me rodean y asustan por dentro y por fuera. Ni siquiera me dejaron un conchito de azúcar, un terroncito. Qué ingrata es la familia, me digo, cuando veo que una sustancia impostora, en su burdo envase plástico, es llevada a la mesa mientras yo permanezco en el olvido. Por último, podrían usarme para la mermelada, me digo a veces, pero luego recuerdo que hay un pocillo para eso, uno de cristal. Quisiera tener brazos y no asas para empujarlo —hay apenas diez centímetros hasta el borde del estante— y verlo hacerse añicos contra el piso. Me arrepiento después de este ruin deseo. Más contra un ser tan transparente como el pocillo de mermelada. Es por la falta de azúcar, es por la abundancia de sombras en mí interior, concluyo con pesar. Y deseo ser yo quien se haga añicos contra el piso.    

Narrativa chilena actual | Shito / O la repetición

«A la mañana siguiente se fueron juntos a la facultad y cuando se despidieron se besaron las mejillas, y todas las veces que volvieron a verse se besaron en las mejillas, y lo que ella buscaba no lo obtenía ya en Julio y Julio tampoco encontraba en ella lo que quería, de modo que aunque podía buscar coger con otra chica no lo hacía y Emilia sí que empezó a buscar a alguien que la contuviese, porque Julio quería hacerlo con ella y no con otra, pues la necesidad del deseo y el amor finalmente sólo podía satisfacerlo ella.» Para Carlos Oliva.   “¿Qué podría hacer que suponga que la repetición de un acontecimiento que se desea alterar, aunque sea mínimamente, no supone también la repetición de las circunstancias posteriores?” Patricio Pron.     Empieza con un adulto que no deja de ser niño y termina con un adulto desconsolado. Pongamos que él se llama, se llamaba Julio. Y pongamos que ella se llama Emilia. Igual que los protagonistas de la película que vieron en el Cineclub. Y en verdad empieza con un suicidio adulto y un intento de reparación honesto, y termina con una reparación honesta y un suicidio adulto. Algo así.    Después de ver Bonsái, la película, Emilia se compró el libro de Zambra y lo leyó en media hora. Después quiso que Julio lo leyera y terminaron leyéndolo acostados en la pieza de él. Porque Julio no vive solo y eso no quiere decir que viva con ella. De hecho, vive con dos amigos de Letras y ella vive sola. Después leyeron “Tantalia”, el cuento de Macedonio Fernández y se identificaron, cada uno a su manera, con el cuidado del trébol. Pero eso ya fue hace rato. Porque ella es alguien que se fue y ahora Julio es alguien que se pone melancólico. A lo mejor, en algún punto, esto tome tintes de confesionario, aunque no es una confesión, no sé qué es aún. Vale decir que empezaron viéndose hace tres años. Eran amigos y lo siguen siendo, al menos para ella, para Emilia, aunque para él fueron años de relación, de vínculo, y para ella fueron años de amistad, de coger, de nada. Porque Emilia salía con otros chicos, que tampoco fueron tantos, el plural es exagerado; sólo tuvo dos novios y a Julio, que no era novio, ni siquiera salían, en verdad siempre fueron amigos y Emilia a veces se lamía sus heridas con él, con Julio.    Empezó a quedarse en su casa. Julio la atendía, desayunaban café con facturas, la mimaba. Después almorzaban o no almorzaban y se iban a la facultad, porque ambos son estudiantes, ambos estudian Letras, aunque Emilia ya ha terminado la carrera y cursa una maestría de edición en la Diego Portales y Julio no pasará del tercer año, porque es poeta o no es poeta, al menos en el papel no lo es, aunque bien que lo sería, lo será, en la vida, en términos vitales. A veces cenaban o no cenaban y ella se desvestía y se paseaba por su habitación. Entonces él encendía un par de velas con aroma a vainilla encima del escritorio, alumbrando algunos libros apilados: a saber, de Fogwill; a saber, de Houellebecq; a saber, de Clarice Lispector. Y entonces hacían o no hacían el amor, se besaban y se dejaban de besar. Después veían una película que siempre elegía él en la computadora, y cogían otro rato, no mucho, pues al poco andar la cama dejaba ya de sonar. Y vivieron un tiempo así, un par de meses, no tantos eso sí, como si fuesen novios, pero sin nunca serlo —«porque no eran novios, aunque duerman juntos, coman, lean y estudien juntos, aunque compartan esa pasión peligrosa y solidaria que los acerca peligrosa y solidariamente»—; tácitamente estaban juntos y sin embargo no estaban, no estuvieron juntos. Porque las cosas no son tan fáciles, las relaciones a veces son complicadas, sobre todo este tipo de relaciones, donde ella es guapa y él no; donde ella puede estar con cualquiera y sin embargo no puede, en verdad no quiere; donde él de algún modo práctico, quizá esotérico y kármico, la tiene ligada a él; donde el que está enamorado es él y no ella; donde quien sufre por otro es ella, y aunque ya empiezo a repetirme, a lo que quería llegar es que al final Emilia, a diferencia de la película y el libro, no muere. Al menos no ella, al menos no esta vez o al menos hasta que ella decida dejarlo y la relación se resuelva en puro frío y en aguanieve; pura ilusión de cosas que fueron y no serían nunca. Y sin embargo Emilia sigue con él. Y finalmente no es ella quien se va, quien lo deja, quien desaparece. Porque Julio en un impulso que desconocía en sí mismo decide irse a Brasil. Y lo decide cuando ella le dijo que se fuera, que no estuviera, cuando ella le dijo ese viernes que no vaya al bar porque irá con sus amigas y quizá se levante a un chico y se lo lleve a la cama.    Su vida en Brasil transcurre de manera común, normal, pero es muy vago, flojo, un tanto descuidado por decirlo así. Trabaja en un bar de noche. Sigue leyendo a Lispector y se hace fan de un octogenario Rubem Fonseca. Sale de copas con uno o dos amigos. Y allá, en las playas de arena clara y agua luna conoce a muchas chicas. Se involucra con Jaicinha y están juntos un par de meses. Luego conoce a Teresinha, a Marianela, a Flavia y así vamos contando una docena más, casi todas amores de dos o tres noches. Luego viene un período largo de abstinencia involuntaria que busca terminar urgentemente cuando conoce a Clarinha, con quien vive una vida más de pareja, el tipo de relación que Emilia se negó a darle. Y estuvieron juntos un par de años, porque pasaron