«En Concepción, traducido en simultáneo por Fernando Alegría, Allen Ginsberg leyó «Aullido» en una época en que los poetas locales usaban camisas bien planchaditas y corbata. Fue, sin duda, un momento importante en nuestra literatura, aunque ignoro si habrá cambiado algo en la poesía de estos lares. Es decir, si marcó un hito o solo fue una anécdota.»
En los años 40, en pleno apogeo del swing, surge una nueva manera de entender el jazz. Se trata de una revolución que va más allá de lo musical, puesto que, además de cuestionar la estructura repetitiva de los temas que interpretaban las grandes orquestas, se encuentra ligada a lo social, específicamente al desmejorado rol que la industria musical gringa, comandada por blancos, otorgaba a los músicos afroamericanos, siguiendo la lógica racista de gran parte de la sociedad estadounidense. Esta revolución, que finalmente transformó al jazz en un arte mayor, se fue gestado en distintos clubes gringos –como el Minton´s Playhouse, en Harlem– que se mantenían abiertos de madrugada luego de que los grandes salones de baile cerraran sus puertas. En tales clubes, los integrantes de distintas orquestas se reunían y tocaban libre e informalmente, improvisando sobre diversos temas, “releyéndolos” podría decirse, haciendo una música no bailable (al menos de forma convencional) ni comercial, sino orientada a su escucha, dando vida a lo que se conoce como jam sessions. En este contexto de libertad y bohemia surgió el bebop, dando forma a un jazz más sofisticado, complejo, no lineal, donde el rol del solista y la improvisación son totalmente esenciales, no una decoración. Como todo movimiento, este estilo no salió de la nada, puesto que recoge antecedentes de músicos del swing como Art Tatum, Count Basie, Duke Ellington y otros creadores que incorporaron elementos de mayor riesgo a sus obras. Algunos de los pioneros del bebop fueron el trompetista Dizzy Gillespie, el saxofonista Charlie Parker (“Bird”) y el baterista Max Roach, así como los pianistas Bud Powell y Thelonious Monk. Su irrupción en la escena musical gringa fue una llave que abrió la puerta a una enorme variedad de estilos, como el cool jazz, el jazz modal, el free jazz, el jazz fusion, el acid jazz y otras variantes que han vuelto extremadamente frondoso el árbol genealógico de esta corriente musical.
El alcance del bebop, por otra parte, no se circunscribe exclusivamente al terreno de la música, puesto que hubo un grupo de escritores estadounidenses que tomaron este estilo, cuya libertad creativa lo asemeja al versolibrismo, como parte de su forma de vida y de literatura. Se trata de la generación beat, movimiento literario y cultural, predecesor de los hippies, que en plena época de posguerra, años cincuenta, planteó su rechazo al conformismo y a los valores de la cultura gringa de esos tiempos –tradicionalistas, conservadores, discriminadores– ligándose con la espiritualidad oriental, la experimentación con drogas, la libertad sexual, la vida de los marginados, la crítica social y la bohemia. En ese abigarrado cóctel, que años más tarde serviría de inspiración al hippismo, el bebop era un ingrediente infaltable: “Llegamos a Nueva York, patinando sobre el hielo. Nunca tuve miedo con Dean al volante; podía conducir un coche en cualquier situación. Habían arreglado la radio y un furioso bop nos empujaba a través de la noche. No sabía adónde nos llevaría todo esto, pero no me importaba”. Así describe Jack Kerouac –en su novela En el camino– el rol del bebop: era la energía que los movilizaba, era una manifestación del ser expresándose sin ataduras. Otro de los escritores beats, Allen Ginsberg, en su poema “Nota a pie de página a Aullido” escribe: “¡Santo el quejumbroso saxofón! ¡Santo el apocalipsis bop! / ¡Santas las bandas de jazz los pasotas la marihuana la paz & droga & batería!”. Como puede apreciarse, hay una fuerte ligazón entre el bebop y los beats, una conexión espiritual –si cabe la expresión– que toca, incluso, lo netamente literario. Esto lo podemos ver, por ejemplo, en Aullido, poemario clave de los beats, donde Ginsberg, en la dedicatoria, anota lo siguiente: “Jack Kerouac, nuevo Buda de la prosa americana”, tildándolo como el creador de “una prosodia bop espontánea y una literatura clásica original”, refiriéndose al intento de los beats por desarrollar una escritura donde tuviesen cabida la improvisación, el ritmo y la jerga del bebop.
En 1960, en plena ebullición de los beats, nuestro país se conecta con este movimiento, que se hallaba en su apogeo. Esto se debe a la presencia de Ginsberg, quien viajó a Chile junto a otro poeta beat, Lawrence Ferlinghetti, al Primer Encuentro de Escritores Americanos que se efectuó en la Universidad de Concepción, invitado por Gonzalo Rojas. En una carta (disponible en DIBAM) que envía a Humberto Díaz Casanueva, Rosamel del Valle se refiere a la importancia de esta visita: “Ayer comió en casa el poeta ´beat´ Allen Ginsberg. Me llamó a N. Unidas por encargo de Fernando Alegría (…) Me parece una cosa magnífica, sobre [todo] por tratarse de esa universidad y de un poeta que mal que mal es lo más vivo que hay por ahora, con su movimiento, en los Estados Unidos.” Ginsberg permaneció durante tres meses en nuestro país. Durante un mes vivió en la casa de Nicanor Parra y el resto del tiempo recorrió el sur turisteando y buscando chamico. Respecto de nuestros intelectuales, como señala Antonio Díaz Oliva en la revista Átomo, el poeta estadounidense indicó que era “urgentemente necesario importar algunos kilos de marihuana para los escritores chilenos”, cosa que actualmente no es necesaria, puesto que tenemos una abundante producción local. En Concepción, traducido en simultáneo por Fernando Alegría, Allen Ginsberg leyó Aullido en una época en que los poetas locales usaban camisas bien planchaditas y corbata. Fue, sin duda, un momento importante en nuestra literatura, aunque ignoro si habrá cambiado algo en la poesía de estos lares. Es decir, si marcó un hito o solo fue una anécdota.
Lo que se puede asegurar es que el bebop y las tendencias que lo suceden están presentes en la poesía chilena a partir de la obra de los autores que se dieron a conocer en los sesenta (aunque no necesariamente en obras escritas en los sesenta), principalmente a través de la inclusión temática de músicos relevantes, sin que quede clara su influencia en la prosodia, dada la amplia libertad existente en este aspecto desde Mallarmé en adelante. Un primer ejemplo es Claudio Bertoni (Santiago, 1946), poeta y músico de jazz rock en los setenta, que en su libro No faltaba más, a través de una poesía juguetona, traviesa, donde la ironía limita con la inocencia, se refiere al encuentro de dos grandes, el pianista Thelonius Monk y el trompetista Miles Davis, uno de los músicos más relevantes del post bebop: “Me encanta este solo de Thelonious Monk / toca unas notitas por acá unas notitas por allá / y al final deja de tocar tanto rato / que Miles Davis piensa que terminó el solo / y vuelve a tocar él.” Otro poeta de los sesenta, Oscar Hahn (Iquique, 1938), en el poema “San Juan de La Cruz escucha a Miles Davis”, hace una analogía entre el Arcángel Gabriel y Miles Davis, fusionando lo medieval con lo contemporáneo: “La trompeta flamea serpentea relampaguea / Su quejido metálico // se hunde y difunde exclama y reclama / un no sé qué que queda balbuciendo // Es el Arcángel San Gabriel dice el Santo / Es el Arcángel que me llama desde el futuro // Es el arcángel cuya piel es más negra que la noche / y brilla como las heridas de mi alma”. Hernán Lavín Cerda (Santiago, 1939), por su parte, en el poema “Una noche en Time Square” da cuenta de un recital del saxofonista Dexter Gordon, quien incursionó en el bebop y en el hardbop. Se trata de un texto donde el poeta intenta poner en imágenes las sensaciones que le provoca la música de Gordon al mezclarse con el ambiente externo neoyorquino: “Huye un perro perseguido por otro, huye la cola / que se descuelga como el espectro / de Isabel Rawsthorne, más allá del olor a mostaza y mayonesa: / Empieza a llover, se oye un disparo, la música / no desaparece / y los perros se confunden con el aullido / de las ambulancias.”
En las décadas siguiente, el jazz, en general, y el bebop, en particular, parecen ausentarse –al menos en mis lecturas– de la poesía de los autores que surgen durante los setenta y gran parte de los ochenta, época de dictadura, época de preocupaciones de otra índole, para reaparecer en las obras de quienes publican desde fines de los ochenta hasta la actualidad. Tal es el caso de Maximiliano Díaz Santelices (Santiago, 1960), quien en su extenso poema “Frisaba la edad de nuestro hidalgo” hace un recorrido por los diversos autores y estilos musicales que un grupo de profes escucha, incluyendo a artistas como Serrat y Piazzola, aunque centrándose en el jazz y en particular en los músicos del bebop y las tendencias que lo siguieron: “Cuando nos conocimos en esa pequeña oficina / (para profesores) / lo primero fue el jazz, trompetas y contrabajos negros / Billie Holliday ´Lady sing the blues´ / cantando en ese cassette / robado en una noche de juerga en Temuco / luego el saxo de Miles (como diría Mario) / ´una observación que hiciste´ de Water Report / o Charlie recordándonos ´Now’s the time´”. Otro poeta nacido en la década de los sesenta, Francisco Quiroz (Valparaíso, 1964), en un tono de pesadumbre, no de efervescencia como Díaz, en el poema “No sé qué hacer” escribe: “buganvilias / con mi madre muerta / contemplan / los silbidos de John Coltrane / y a sus escarabajos / que son murciélagos”, poniendo en imágenes –como hiciera Lavín Cerda con la música de Gordon– las sensaciones sugeridas por la música, en este caso del gran saxofonista John Coltrane, quien participó tanto del bebop, como del hard bop, el free jazz y el jazz modal. En un contexto más relajado, más cool, Francisco Véjar (Viña del Mar, 1967) menciona a otro músico ligado al bebop, Charlie Mingus, en el poema ”Meditación frente al mar”, donde da cuenta de la experiencia de escuchar al genial contrabajista y activista anti–racismo al aire libre: “Es grato caminar solo por la playa / y empaparse de los fraseos de Charles Mingus, / hundiendo el sol en cualquier bolsillo de la camisa, / con sólo desearlo.” Nacido dos años después que Véjar, el poeta Héctor Figueroa (1969–2019), más conocido como el Chico Figueroa, en el poema “Para otros el sol, su carnestolendas de norte y playa” confiesa su adicción por el bebop: “pásomela a puro jazz anestesiado / bajo días que pasan como giles: / solitario bebop, Monk entonación / cual anacoreta sin religión.”
La presencia del bebop y de las tendencias que le siguen no se extingue en los poetas recién vistos, puesto que se puede rastrear su inclusión en los versos de las generaciones posteriores. Una muestra de ello es el poemario “Ferrocarril Belgrano”, de Jorge Polanco (Valparaíso, 1977), donde el autor porteño se hace eco de la temprana muerte de John Coltrane: “Un cáncer al estómago / atora el aire del saxo, / los ladrones de discos / atesoran esas viejas ediciones / en sus estantes de abrigos largos…”. Recordemos que Coltrane, quien murió a los cuarenta años, participó en uno de los discos de mayor relevancia del jazz moderno, como es Kind of blue, de Miles Davis, que fue grabado en 1959 y se considera como un clásico del jazz cool o modal. Polanco, en otro texto, hace referencia a Herbie Hancock, pianista y tecladista que ha participado en variados estilos de jazz y tocase en el Miles Davis Quintet, dando a entender, en sus versos, que la música es más eficiente que la poesía para que la imaginación cristalice: “ Voy a toda velocidad con Herbie Hancok / en la cabeza y el cansancio de leer a John Ashbery, / la poesía es el habla de la honestidad / aunque los sedimentos musicales escarchan / mejor la imaginación…”. Otro poeta nacido en los años setenta, Ernesto González Barnet (Temuco, 1978) en Play List –libro que reúne poemas en torno a la música– incluye un texto donde confronta, con parámetros que no comparte con el lector, la música de Miles Davis con el pop: “Si Miles Davis hubiese dicho al público de Montreux / que subiría al escenario pop a tocar Time After Time de Cyndi Lauper, / con el mismo señorío con que tocaba So What, / muchos le habrían dicho: mal, horror, no.” La presencia del bebop y de las corrientes que le suceden continúa manifestándose en la obra de autores aún más recientes. Tal es el caso de Sergio Miranda Ortega (Melipilla, 1988), poeta chileno residente en Córdoba, Argentina, quien en el poema a lo flaneur “Me sentí como Mitya Karamazov” hace referencia, como muchos de sus antecesores, al influyente Miles Davis: “Vi el ´Cura rural´ de Bresson / en el Hugo del Carril / luego compré unos criollos en La Celeste / luego me senté en la plaza Vélez Sarsfield / a mirar gente pasar / luego contemplé el tránsito vehicular / de la Yrigoyen / y a la gente que iba y venía / del Patio Olmos / luego caminé por la Cañada / hasta la plaza de la Intendencia / y leí algunos aforismos de Cioran / luego escuché Round / about midnight de Miles Davis / y volví a caminar por la Cañada”.
Llego así al término de estas notas donde he intentado rastrear la presencia del jazz en la poesía chilena, vertiente musical que, como hemos visto, puede hallarse en la obra de nuestros autores desde la época de las vanguardias, cuando el jazz recién salía a la superficie, hasta nuestros días. No se trata, por cierto, de un estudio sistemático, dado que me he basado en mis lecturas, aunque espero que estos escritos puedan servir de insumo para futuros estudios. Debo señalar, finalmente, que por razones obvias no incluí en estos artículos aquellos poemas de mi autoría donde emerge el jazz.
SELECCIÓN DE TEXTOS
Claudio Bertoni (Santiago, 1946)
*
Me encanta este solo de Thelonious Monk
toca unas notitas por acá unas notitas por allá
y al final deja de tocar tanto rato
que Miles Davis piensa que terminó el solo
y vuelve a tocar él.
Entonces Monk
vuelve altiro
como diciendo
oye huevón qué te pasa
este es mi solo.
Otras notitas por acá
otras notitas por allá.
Y termina su solo.
__________
Tomado de: No faltaba más. Claudio Bertoni. Editorial Cuarto Propio. 2005
Óscar Hahn (Iquique, 1938)
SAN JUAN DE LA CRUZ ESCUCHA A MILES DAVIS
SAN JUAN EN EL CALABOZO (Toledo, 1577)
La trompeta flamea serpentea relampaguea
Su quejido metálico
se hunde y difunde exclama y reclama
un no sé qué que queda balbuciendo
Es el Arcángel San Gabriel dice el Santo
Es el Arcángel que me llama desde el futuro
Es el arcángel cuya piel es más negra que la noche
y brilla como las heridas de mi alma
Es el sonido de la trompeta como un cautiverio suave
MILES DAVIS EN EL CALABOZO (Nueva York, 1959)
Los tornados me dan el viento que necesito
para tocar mi trompeta
Oh toque delicado que a vida eterna sabe
Y vi que por la ventana del calabozo
entraba un halo de luz y que en el aire
flotaba una aparición fulgurante
(Son alucinaciones de la droga Dios mío)
Para ahuyentar al espectro tomé mi trompeta y toqué
Y mientras tocaba el rostro de la Aparición
tenía una expresión como de éxtasis y dijo:
“La música callada la soledad sonora”
Sentí que me crecían alas en la espalda
y empecé a levitar
Entonces apareció un graffiti en lo alto de la pared
que decía:
Qué bien sé yo la fuente que mana y corre
aunque es de noche
Y la sangre que manaba de mi cabeza
por los golpes que me dio el policía
iluminó la celda y dejó de correr
alrededor de la medianoche
_________
Tomado de: En un abrir y cerrar de ojos. Óscar Hahn. Editorial Universitaria. 2010
Hernán Lavín Cerda (Santiago, 1939)
UNA NOCHE EN TIMES SQUARE
Música del viejo Dexter Gordon en la noche de Times Square:
melancolía en aquel sonido de serpiente, un aullido en sordina
como de aguas brotando, con pesadumbre,
o la espiral de un patetismo sin límites.
Huye un perro perseguido por otro, huye la cola que se descuelga como el espectro
de Isabel Rawsthorne, más allá del olor a mostaza y mayonesa:
Empieza a llover, se oye un disparo, la música no desaparece
y los perros se confunden con el aullido de las ambulancias.
Tristeza del viejo Dexter Gordon en la noche de los perros
que torpemente huyen de su propia sombra en el bramadero de Times Square:
un sol de utilería, tan pálido como el rostro de una monja triste,
se enciende, se apaga, se enciende, se apaga, se enciende
y anuncia que ha llegado el futuro:
Ecos, resaca, arena, liquen, sueños.
Otra cosa no soy que esas imágenes
Que baraja el azar y nombra el tedio.
Polvo también es la palabra escrita.
Este sol es una luz que se descuelga de sí misma como gota de leche,
una luz deslizándose desde el techo del mundo
y convertida en eterna goma de mascar, un bufón sin esqueleto.
Huele a cadáver de rata, huye un muchacho vestido de muñeca rusa,,
brinca un conejo gigante, de blancura fluorescente,
huele a rata
buscando su cadáver:
tortura de un saxofón en la noche, música
obstinada en su sonido de serpiente, ruinas entre los perros
que han vuelto a unirse con el temblor de sus propias sombras.
Y al fin, casi al final de todo, el desequilibrio en la sonrisa
del viejo Dexter Gordon cuando descubre
de jazz en jazz en jazz, cómo aumenta el tamaño de su cabeza blanca
en medio de las transfiguraciones de Times Square.
__________
Tomado de: Música de fin de siglo. Hernán Lavín Cerda. FCE. 1998
Maximiliano Díaz Santelices (Santiago, 1960)
FRISABA LA EDAD DE NUESTRO HIDALGO…
Para Álvaro, mi memoria es porosa.
Cuando nos conocimos en esa pequeña oficina
(para profesores)
lo primero fue el jazz, trompetas y contrabajos negros
Billie Holliday «Lady sing the blues»
cantando en ese cassette
robado en una noche de juerga en Temuco
luego el saxo de Miles (como diría Mario)
«una observación que hiciste» de Water Report
o Charlie recordándonos «Now’s the time»,
lo segundo la poesía: Juan Luis Martínez
y su collage hermético,
Rodrigo Lira (época de tesis) y la coincidencia trágica
de que más tarde en la misma Villa Olímpica
(lugar de su emasculación)
leeríamos nuestros textos:
«La caída del club de la Unión», «Aviadores»
que repetían el periplo de sueños que se apagaban
tardes ya hace muchas tardes
luego vino la hora de las confesiones
las mujeres y su presencia en ronda de seducción imaginaria
la irreal como la nieve que cae en Lucerna.
Solo hay tres cosas –me dijiste una vez– ¿Recuerdas?
Pero tal vez hubo un sagrado misterio en ese encuentro
treinteañeros descubriendo a Sabina, reescuchando
a Serrat, hasta las lágrimas con Piazzola
a pesar del trabajo y los papeles,
cientos y miles de pruebas sin corregir, poner «notitas»
disparando al aire los informes,
diluvio de tinta roja sobre los escritorios
fumando incorruptibles, desesperadamente
como sabiendo que no podía ser verdad tanta belleza
que el tiempo mítico de las lucidez, de la creación compartida
de tantas y tantas conversaciones
de las clases iluminadas por ese mutuo quehacer
debía llegar pronto a su fin
para transformarse en la atroz «Luvina» de los lunes.
Cuántas cosas, año ’92, innovar, transgredir tres profesores
jugando a ser el otro, haciendo clases a dos o tres voces
subiéndole el volumen al jazz
pre–computador, solo la Olivetti nos salvaba
prepicado y roneo
éramos jóvenes e indocumentados, inocentes a pesar de todo
nos creíamos inmortales y por eso nos pasaron la cuenta
cayó primero Mario («niño bien, pretencioso y engrupido»)
una tarde de octubre
«tiene que irse hoy día» nos contó que le dijeron
quedamos sin un ala y nos estrellamos miserables
contra el suelo real, nunca pudimos recuperarnos
ni cantar «Lo primero que hizo el Dioni al llegar a Río».
luego te fuiste tú Álvaro «te fajaron 34 puñaladas»
no soportaron tus atípicos sistemas, tu otro orden
me acuerdo que me contaste,
mientras la Flo (tu hija menor) venía en camino.
Pero a pesar de todo
aún estamos aquí entre el café Dolca, la caja de vino proletario
y los mercurios guardados obsesivamente en un cajón o en el closet,
«no puedo mirar hacia atrás mientras viajo» me dijiste un día en el metro
y me sonó Jhonny Carter «esto lo estoy tocando mañana»
y fue Buenos Aires o Montevideo, detrás de Miles y de Charlie
reunidos en un cafetín tocando: «Kind of blue»
o «Round midnight» en tu teléfono
interrumpido por la lluvia que te inundó en ese invierno
y tú mirando por la ventana un punto infinito
como cuando hacías clase «Se nos voló Pinchola» decían.
Y así, entre muchos viajes, varios nacimientos, algunas despedidas
el pan integral, la comunidad y el jazz de vanguardia
seguimos en esta mesa brindando
y «contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando»
mientras nuestro Hidalgo, Dalí en otra época.
Govinda o Gotama que sé yo, ahora, sin bigotes
ya frisa los cincuenta años.
__________
Tomado de: Materia fugaz. Maximilano Díaz Santelices. Ediciones Esperpentia. 2007
Francisco Quiroz (Valparaíso, 1964)
NO SÉ QUÉ HACER
buganvilias
con mi madre muerta
contemplan
los silbidos de John Coltrane
y a sus escarabajos
que son murciélagos
no me muevo de esta silla
ni de este patio
melodías en el fuego
que cobectan con Venus
y con infinitas estrellas
un avión náufrago
sigue la ruta inesperada
de siempre
estoy extraviado
sentado donde mismo
desde mi adolescencia
no controlo estas llamas
me concentro en las melodías ambientales
corridos mexicanos
desentonan mi concentración de luciérnaga
y los cánticos de los zorzales
en su estallido
son palabras inventadas
en este cosmos
de mi mente
que son amontonados libros
no sé qué hacer
si seguir contemplando las llamas
allá afuera
o acomodarme
en mi catre
mironeando el dulce baile de las sombras
en mi sueño
__________
Tomado de Patio trasero. Francisco Quiroz. La Polla Literaria. Santiago. 2025
Francisco Véjar (Viña del Mar, 1967)
MEDITACIÓN FRENTE AL MAR
(RESTAURANTE MIRAMAR, QUINTAY, SEPTIEMBRE DE 1998)
Es grato caminar solo por la playa
y empaparse de los fraseos de Charles Mingus,
hundiendo el sol en cualquier bolsillo de la camisa,
con sólo desearlo. Un estilo de vida perdido
para algunos amigos de la ciudad. Me imagino
a personajes como ellos, buscando su imagen frente al mar.
–En fin– es grato caminar para sólo ver el oleaje
y las rompientes y las huellas de las aves,
acompañado de un libro de Dougkas Dunn
y una luna recién inventada.
__________
Tomado de: País insomnio. Francisco Véjar. Pequeño Dios Editores. 2015
Héctor Figueroa (Santiago, 1969–2019)
ANACRONÍA
Venían
cantando, once niñas del orfelinato
de Julio el Apostólico.
Era el tiempo primero,
tiempo de nunca acabar, era el amor
entre la fiesta del jazz y el champagne.
Nosotros las seguíamos
y nos manteníamos a corta distancia:
la distancia de toda una vida.
PARA OTROS EL SOL, SU CARNESTOLENDAS
DE NORTE Y PLAYA (Fragmento)
Sin paisajes por el cuchitril curdo,
fija, soez la repetición de abriles,
hiperbórea la flecha de Cupido
–mítico y canalla as de los gandules–,
pásomela a puro jazz anestesiado
bajo días que pasan como giles:
solitario bebop, Monk entonación
cual anacoreta sin religión.
CASA NATAL
Mira nuestra juventud,
qué alegría más triste y falsa.
Jorge González
Tarde o temprano, majareta o no
pero en retrovisor, hablarás de lo mismo:
de aquella casa grande del musaraña dueño de casa
(adolescente tardío con veintitantos),
donde fuera de consternación
primavera más invierno,
entre la basura de los rincones y el demonio
o solitario entre la multitud
como un ditirambo al presente, iba desplegándose la fiesta,
el carrete bello de la estupidez
con actores torpes y desquiciados, refractarios a un futuro
que los pillaría –solteros o en matrimonio– de la peor manera:
con trabajos mala paga
y ojos fijos a un horizonte con forma de televisor.
Luego de la diáspora sanguínea
(padre calentón, hermanos responsables e independientes),
lo que importa aquí es el asunto
que lograste echar abajo, derrumbar completamente
la antigua casa de tus padres (que alguna vez fuera
el típico hogar de la familia chilena
que tanto cuesta levantar
para los de tu condición al menos).
Bajo plenaria decadencia del imperio
eternas, anodinas noches exprimiéndose como limón seco,
vieja casa, en que ahora sólo ruidos de fábrica.
Entre las habitaciones y los pasillos de ventanales rotos
vientos disolutos de fantástica inmediatez, una situación de carpe diem
como consciente a la tempestad, punto metal cero que sobrevendría.
Y tú como único imbécil anfitrión
para ese variopinto zoológico, con todo tipo de aves y animales:
punkis vegetales, aspirantes a escritores,
mujeres despechadas, absurdos thrash;
cesantes, lesbianas y homosexuales,
todos amigos de un algo que jamás se concretó.
Humo y jazz,
muchachas pálidas y melancólicas
entrando y saliendo
como rayos de luna en tu cuarto;
tristeza y locura, días inválidos,
jarana interminable a dos cuadras del Matadero.
__________
Tomado de: Groggy. Héctor Figueroa. Ediciones Esperpentia. 2003.
Jorge Polanco Salinas (Valparaíso, 1977)
AFRO BLUE
10:46
El disco gira rápido
en la pequeña radio del velador
Leemos el diario con una linterna
apuntada sobre la cabeza,
imaginas las letras que indican
algo sobre el tiempo
que pasaste con Margot,
la del tango, a principio de siglo,
en disco de vinilo.
Los primeros acordes, My favorite things,
versos grabados en piedra de braille,
impulsos a quedarse atento
y romper la elipsis.
Oímos a Coltrane gritar,
un golpe de calderón
no acallará las voces estentóreas
sepultadas entre disquerías de anticuarios,
no bastaría para este arte de la fuga
y la contingencia de cercenarse
escapando a la llamarada
de un negro muerto en Mississippi
Afro blue
un saxofonista con falta de vitaminas
y problemas dentales
tan temprano sucumbiste
en este arte de linchamiento y denuncia,
compás del vino blanco
y los jardines de terciopelo.
Un cáncer al estómago
atora el aire del saxo,
los ladrones de discos
atesoran esas viejas ediciones
en sus estantes de abrigos largos,
el cementerio sube las acciones con el tiempo,
elaboran su recorrido
estudiando calmadamente la zona
Salen con un mapa
llevando a cabo su plan siniestro
Todas esas composiciones
que aguardan manos justas
y recompensas ostentosas.
En cambio el astronauta del saxo sideral
aprendió a escribir como un ciego,
palpó el amor supremo de la afonía;
mientras tocan las bocinas allá fuera
la muerte aumenta el valor de los vinilos.
Los últimos acordes, Ruby, My Dear
Una simple balada, ¿un anticipo de
liberación?
Aquí también hablan
de la hermandad y el perdón
pero siempre hemos sido
un país del tercer mundo.
Calles arrasadas por temporales
a expensas de la naturaleza,
borradas finalmente de la tierra
y convertidas en un museo salino,
a veces el poema es una cámara de gas,
asfixiante,
ilegible,
confabulado con la muerte violenta,
enredándose en las voces
dispuestas como una sesión de tortura.
Fuertes imágenes para provocar el shock,
pero a medida que superamos la adolescencia
se extienden las llamas
y a lo sumo no queda más que un gramófono
o una fotografía de dos frutos amargos
colgados en un árbol que recuerdan
las canciones de Billie Holiday.
La historia es repetitiva,
una aguja en la gramola,
el secreto no es la imitación
sino la reproducción insaciable
de la pérdida de sentido:
una matanza en el norte,
los nombres de las calles,
los gestos militares,
las coronas y las espinas pertinentes.
Leer la historia rusa o mexicana,
la discriminación de los africanos,
las hipotecas de los explotadores,
sus herramientas y discursos patrióticos,
unas cuantas justificaciones
sobre los lindes de la tierra,
o Edipo sacrificado por salvar al pueblo.
La música negra se repite
en cada rincón del mundo
con ironía y sorna;
el mar es una acuarela asfixiante
adornando Babel y una cordillera salobre.
En su noche se escuchan
los sonidos de una fiesta bulliciosa,
¿La Alejandría de Kavafis
o San Francisco de Ferlinghetti?
Gritos despavoridos de los vecinos
ignorantes de un Valparaíso
incendiándose
eternamente
con reflectores apuntando
a la arquitectura de la pobreza.
Travestis de empuñadura
cerrando tras suyo la puerta
a una costanera opresiva,
alguien silba en la calle Kind of blue,
el mar es un disco de vinilo, oscuro,
girando en la aguja de un tiempo sin retorno.
FERROCARRIL BELGRANO (fragmento)
Voy a toda velocidad con Herbie Hancok
en la cabeza y el cansancio de leer a John Ashbery,
la poesía es el habla de la honestidad
aunque los sedimentos musicales escarchan
mejor la imaginación, el tren avanza
con la impunidad del lenguaje,
recorre las siluetas detallando los dibujos
tejidos en las orlas de la infancia,
cuando nos obligan a callar y meter
nuestras voces bajo las sábanas
escondiendo un revolver en el armario.
Algo en este tren contrasta con Ashbery
pero no con Hanckok, un mohicano de tez
oscura agarra intrépido una cartera
lanzándose del vagón todavía andando,
la vendedora ambulante lo persigue
aferrada al espasmo de sus escasas pertenencias
__________
Tomado de: Jorge Polanco. Ferrocarril Belgrano. Ediciones Inubicalistas. Valparaíso, 2010
Ernesto González Barnert (Temuco, 1978)
*
Si Miles Davis hubiese dicho al público de Montreux
que subiría al escenario a tocar Time After Time de Cyndi Lauper,
con el mismo señorío con que tocaba So What,
muchos le habrían dicho: mal, horror, no.
__________
Tomado de: Play List. Ernesto González Barnert. Overol. Santiago. 2015
Sergio Miranda Ortega (Melipilla, 1988)
ME SENTÍ COMO MITYA KARAMAZOV
Vi el “Cura rural” de Bresson
en el Hugo del Carril
luego compré unos criollos en La Celeste
luego me senté en la plaza Vélez Sarsfield
a mirar gente pasar
luego contemplé el tránsito vehicular
de la Yrigoyen
y a la gente que iba y venía
del Patio Olmos
luego caminé por la Cañada
hasta la plaza de la Intendencia
y leí algunos aforismos de Cioran
luego escuché Round
about midnight de Miles Davis
y volví a caminar por la Cañada
luego fui hasta plaza España
las Tejas, Brujas y luego
fui hasta el Paseo Sobremonte
y me compré un pan relleno
y una cerveza y volví con Cioran
y he estado así todo el finde
anoche murió mi vecino y
estoy con una sensación extraña
con punzadas en las sienes
no quiero escuchar los llantos
no quiero la palabra muerte rondando
no quiero revivir las peleas
que tenía con ese viejo culiado
por eso he decido volver a
trasnochar en Las Tipas,
a jugar ajedrez con los viejos
o a tomar una cerveza mientras los miro
hacer lo que sea posible
para escapar de la muerte
desertar de su silencio bestial.
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Tomado de: A la vuelta de la esquina. Sergio Miranda Ortega. Editorial Materiales Explosivos. Córdoba, Argentina, 2024.




