literatura chilena

Poesía chilena actual | «Antecedentes», seis poemas de Jorge Ragal

ALZHEIMER   No recuerdo quiénes raptaron a mi hermano. Yo era un adolescente de quince años. Solo había escrito ciertos poemas románticos. Tampoco recuerdo el peregrinar de mis padres. Volvían todas las noches en completo silencio. Colocaron su foto en una especie de altar. Con un crucifijo y un par de candelabros. Tampoco recuerdo cuando lo fuimos a reconocer. Me dio la impresión de que era un extraño. A mi hermano le gustaba admirar las estrellas.  Incluso mi abuelo le había regalado un telescopio. Pero sus ojos ya eran dos lunas negras. Solo recuerdo que a su novia le decía que era más bella que Las Tres Marías.     FICHA POLICIAL   Es un hombre culto y de mediana edad. Fue criado por sus abuelos maternos. Domina perfectamente el francés. En su juventud coqueteó con el anarquismo. Tiene una colección de libros de neurociencia. Juega ajedrez en la plaza de armas. No terminó sus estudios de piano. Estuvo preso por provocar escándalos en la vía pública. Tiene una profunda cicatriz en la frente. Vive literalmente de noche. Suele beber licores fuertes. Se declara bisexual. No tiene una pareja estable. Saca fotos en blanco y negro. Le gusta viajar en carros de tercera. Ya no asiste a misa los domingos. Le cortó la cabeza al asesino de sus padres.     BASURA   He botado mi primer poema por encontrarlo muy romántico, mi diario de vida por la misma razón, mi diploma de maestro porque no lo merecía. He botado la foto de mi novia por un ataque de celos, mi reloj ya cansado de tanta exactitud,  mi pasaporte porque ya no quería salir de casa. He botado mi currículum vitae por pretencioso, mi examen de sangre pos sus dolorosas secuelas, mi certificado de defunción porque quería seguir viviendo.     PAPEL DE ANTECEDENTES   Figura una acusación de haber golpeado a un capitán de navío, de consumir drogas duras, de encubrir un crimen pasional. Figura otra acusación de tener un juicio pendiente con impuestos internos, de estar remiso en el servicio militar, de adulterar mi pasaporte. Figura una nueva acusación de haber atentado contra la sede de un grupo sionista, de fugarme de una clínica psiquiátrica, de mentir sobre mi estado civil. Figura también una grave acusación de haber tenido un hijo con una menor de edad, de practicar la magia negra, de plagiar mi último libro.     HAY PALABRAS   Hay palabras que ya han perdido su sentido como pueblo y solidaridad. Han sido reemplazadas por gente y productividad. Hay palabras que ya no existen en el diccionario como ocio y contemplación. Han sido reemplazadas por negocio y preocupación. Hay palabras que ya no se respetan como reunión y conversación. Han sido reemplazadas por silencio y soledad. Hay palabras que echo realmente de menos como amor y amistad. Han sido reemplazadas por pacto de no agresión.     BUENAS RAZONES   Siempre habrá buenas razones para jugar al pillarse  o a las escondidas, para volver a la patria o seguir en el exilio, para pagar o evadir un impuesto. Siempre habrá buenas razones para creer en dios o en el demonio, para estudiar geología o astronomía, para guardar o destapar un secreto. Siempre habrá buenas razones para confirmar o postergar una cita, para odiar o perdonar a tu enemigo, para seguir escalando o tirarse al vacío.       _______ Jorge Ragal Galdames (Santiago, 1954). Ha publicado los siguientes libros: Chicles Calientes (1984), El hombre se escribe (2013), Dios te Amará (2014), Usted no pertenece a este mundo (2015), La tierra no es redonda (2016), El hombre de dos cabezas (2017), Un bello mapa (2018), Perfecta Pasión (2019), Los cinco puntos cardinales (2020). Su poesía ha sido incluida en diversas antologías. Fue presidente del PEN Club de Chile en el lapso 2016-2021. Los textos publicados pertenecen a su poemario: La tierra no es redonda, editado por Libros del Amanecer (2016).    

Poesía chilena y jazz | La era del jazz

«En nuestra literatura, y en particular en nuestra poesía, que será el género a explorar en esta columna, la onda expansiva de la explosión jazzística arribó también de forma temprana, habiendo diversos poetas chilenos que en la década del veinte, y en plena eclosión de las vanguardias, hacen referencia a la música originaria de Nueva Orleans, que tal como el cine, el gramófono, los aeroplanos, el teléfono, el automóvil y otros inventos de la época, pasó a ser símbolo de modernidad.» Poco tiempo después del surgimiento del jazz en la ciudad de Nueva Orleans, suceso acaecido en la frontera de los siglos XIX y XX, uno de los escritores prominentes de la época, el estadounidense Francis Scott Fitzgerald, bautizaría a los años veinte del pasado siglo como “la era del jazz”. Este hecho da cuenta no solo de la explosiva expansión que experimentó la música sincopada en los inicios del siglo pasado –no olvidar que el término jazz aparece recién en 1913 y que el primer disco del género se grabó en 1917–, sino también de sus tempranos vínculos con la literatura, conexión que se ha mantenido vigente hasta el día de hoy, habiendo tenido momentos de intenso pololeo, como los sostenidos, entre otros, con la generación española del 27 (la de García Lorca) y el movimiento beat gringo. En nuestra literatura, y en particular en nuestra poesía, que será el género a explorar en esta columna, la onda expansiva de la explosión jazzística arribó también de forma temprana, habiendo diversos poetas chilenos que en la década del veinte, y en plena eclosión de las vanguardias, hacen referencia a la música originaria de Nueva Orleans, que tal como el cine, el gramófono, los aeroplanos, el teléfono, el automóvil y otros inventos de la época, pasó a ser símbolo de modernidad. Uno de ellos es Vicente Huidobro –Vincent por esos tiempos– quien fue uno de los primeros en integrar el jazz al diccionario de la poesía nacional. Esto ocurre, paradójicamente, fuera del territorio chileno, particularmente en Francia, en 1921, cuando publica Saisons choisies, antología de su obra en francés (con retrato de Picasso incluído), donde es posible leer dos poemas en los que el autor de Altazor se refiere a la música sincopada. En uno de ellos, “Sombras chinas”, escribe: “El jazz band de ultramar ha venido bajo las gaviotas / Y las olas tomaron un nuevo ritmo”, otorgándole -con estos diáfanos versos- una especie de bienvenida a la música de Nueva Orleans.  Tres años más tarde, en Valparaíso, en el número 1 de la revista de vanguardia porteña Nguillatún, editada por Neftalí Agrella y Pablo Garrido, podemos encontrar dos nuevos ejemplos de esta temprana conexión entre el jazz y la poesía chilena. El primero es el poema “Torbellino”, cuyo autor, Pedro Plonka, plasma imágenes en las que se puede adivinar la alegría del carrete jazzistico: “Manos lanzadas / desparraman puñados de estrellas / Él arco de los violines / enreda las serpentinas de las risas / Y las parejas pisan los petardos del Jazz-band / tomadas de la cuerda de la música / La luz araña los torsos y flancos / Las mujeres tienen soles en la cabellera…”. El segundo texto que publica Nguillatún es una greguería colorida e imaginativa de Pablo Garrido, “Los pintores de casa”, donde el poeta no solo hace referencia al jazz, que en esos tiempos estaba asociado al baile y la diversión, sino también a sus influencias artísticas: “Sus trajes nacieron para pasearse ante decorados cubistas y detrás de futuristas orquestas, con violines verdes, cellos blancos, contrabajos azules, pianos granates, cornetas chocolates y Jazz Bands cafés.” Oportuno resulta indicar que Pablo Garrido no solo fue escritor, sino también un músico destacado que en 1924 formó la Royal Orchestra, primera banda nacional de jazz, dedicándose más tarde al estudio de la música chilena.  En 1929, Juan Marín, poeta y narrador que participó en diversas revistas vanguardistas de la época, publica el breve poemario Looping, donde construye un hablante poético cosmopolita y vital, que disfruta de pilotar aviones y de la vida nocturna, espacio, este último, donde se encuentra con el jazz: “tín… tín… / tán… tán… / toit-et-moi / lirulí… lirulá / …en el agua del jazz / hay bravezas de mar”, señala en el poema “Bataclán”, usando un tono liviano y festivo, juguetón y algo banal, pero acorde a esos tiempos donde un tal J.F. (probablemente Juan Florit) le hacía la autopsia al prolífico y reconocido poeta modernista español Francisco Villaespesa, que visitó Chile en 1921, señalando, en el número 2 de la revista Ariel, publicada en 1925,  que el seguidor de Rubén Darío era: “Autor de 130 volúmenes de hojarasca y humo. 130 loros tropicales. Una torre Eiffel de sonetos. Castillos de naipes. Nido de telarañas. Andamio que carcome la polilla clásica. Victrola con los discos iguales. Poesía leprosa en este siglo de aviones, Jazz-band y Hupa-Hupa.”  No todas las miradas sobre la música sincopada, sin embargo, tienen el tono optimista, alegre y colorido visto hasta ahora. Un ejemplo de esto se halla en la obra de Pablo Neruda, quien en Anillos, libro de poesía en prosa publicado en 1926 junto a su amigo Tomás Lago, escribe: “Ahí es donde empieza su corazón a entretenerse, araña de metales nocturnos, jazz band de sonámbulos y una novia enterrada, que es la noche profunda que él la decora con luciérnagas negras…” El texto pertenece al poema “T.L.”, dedicado justamente a Lago, presentando un tono surreal, oscuro y fúnebre, con tintes góticos. Un año más tarde, en 1927, mismo año del estreno de El cantante de jazz, primera película sonora, otro de los pesos pesados de nuestra poesía, Pablo de Rokha, publica Satanás, poemario donde pasa de la estilizada oscuridad nerudiana a una mirada también oscura, aunque hermética y estridente, asociando el jazz y otro arte emergente en la época, el cine, ambos importados principalmente desde Gringolandia, al ruido, a la violencia, al dolor: “los lagartos empapelados me lamen la filosofía: / los frutos maduros del sol / lloran en mis teatros de azufre y sangre quemada, / y el problema de luto / me araña las

Trastienda | Un puñado de palabras al vuelo de «El obsceno pájaro de la noche»

«El afuera es la intemperie que se aleja y nos asedia con su presión indefinida, transmutada en violencia, en policía que controla los límites y golpea, en religión decadente, en búsquedas y creencias que están fuera de nuestro alcance. Pero aún más, es el abismo y el laberinto de las máscaras, de los mitos, del ser alguien. Algo que sostenga lo real, que sostenga la posición en la vida.» La novela El obsceno pájaro de la noche de José Donoso marca un desvío en la literatura realista y diría en la literatura de representación. Es un espectro lúcido de los procesos literarios y de identidad desfondada. Es el roce con la materialidad en la lengua, como si su orientación de sentido fuese intervenida y dislocada por esa materialidad que comienza a ocuparla. Máscaras, mitos, cuerpos, transfiguraciones, sexo hechizado, castraciones, reposiciones, intercambios, mutilaciones, injertos. Movimientos de un mundo en constante desplome. Rostros de cartón piedra o deformes como el grotesco. Imbunches y brujería. Un perro amarillo como fondo permanente, recorrido de una mirada animal que lo transforma todo. Y lo que queda es el despojo hecho cenizas. Una vida que se esfuma al borde del río que cruza una historia, las historias que se desvanecen, como un río de palabras, la misma narración del mudito. Un mundo oculto y grotesco. Y la necesidad de la máscara, de ser alguien aunque el tiempo termina barriendo con todo y hay quienes nunca tuvieron una máscara y pudieron habitarlas todas. El desamparo de los sospechosos sin nombre, de los que no tienen lugar, y la calle es su abismo, los expulsa, los mueve en la incomodidad animal, en el porte de su miembro que los mantiene en la excreción de vida a como dé lugar. Una violencia permanente en los muros de adobe que contienen una mirada, una pregunta desesperada, una venganza contra toda la significación idiota de un país que no termina de ser. Del barrio la Chimba hacia su propia intemperie, lo único que queda es la desprotección absoluta de todos esos fantasmas que pueblan las palabras y la conjuración atormentada de alguna fuerza sobrenatural (la artificialidad del collage de carne, del mosaico religioso a los fragmentos de cuerpos y vidas ajenos, injertos y mutilaciones) que no hace más que cortar y pegar carne contra carne, monstruos con monstruos, deformaciones y palabras. En los bordes de la representación no hay país posible, no hay identidad. Y está el grito desasosegado de ser alguien, de vestirse con la ropa que los jutres imponen, para hacerse visible, ser reconocido. Y lo más interesante de ese abismo de la identidad, es el abismo de la escritura. Esos mismos cortes son los procesos portentosos de una novela de esta magnitud, un monstruo de cortes que son los signos, las palabras como injertos arrastrados por la fuerza que los impulsa. El mostrar lo que no vemos, la necesidad de la máscara que se ha hecho parte de la piel, que reconocemos como propia, es un proceso sin terminar. Un ocultamiento que solo pueden ver los que han quedado al margen, porque no se reconocen, porque sus máscaras se notan y notan la tuya y la de todo lo que está en escena, es la mirada obscena de este pájaro de la noche que no deja de vernos. La literatura chilena ha tenido como obsesión la identidad. Representarse el ser chileno como aquel ente civilizado idealista que con su voluntad (liberal) puede construirse una vida decente, o como el que lucha contra la naturaleza y sobrevive por su fuerza (Latorre) y se autoconstruye, pero esas imágenes fracasan y exigen una figura que sostenga la imagen que nos damos. Desde Manuel Rojas el deslizamiento fantasmal de los contornos poco precisos del ser chileno abren un desfondamiento en el desamparo de no ser sino una caída. Un puñado de palabras que no pueden sino hundirse con el rio y desaparecer en el silencio del viento cordillerano. Un silencio mineral donde las piedras que estuvieron antes que nosotros lo estarán cuando no haya nada. Donoso abre la herida con la fuerza poética de su prosa. La abre hasta el vértigo. En las casas de tierra, adobe, en las casas patronales, en las extensiones de una pesadilla. En el deslizamiento, como el hechizo de un soplo, de un ruido, sonidos y carne que se van desgajando, desmintiendo, anulando la importancia de cualquier forma de superioridad de casta. Notable momento en que el resentimiento de Jerónimo emerge, por el hermoso pañuelo hecho por la Peta Ponce, y nos sumerge en el odio resentido contra la vida. Una vieja y su colchón pudriéndose, no podría producir esa belleza. Ese momento reconocible de la oscuridad de una clase que se fabrica su superioridad de casta, se impone construyendo muros que nos separen, de tal modo que nadie los cruce si no tiene el aspecto de su propia invención. Pero por las rendijas, por las miradas, por las palabras, por medio de esas manos gastadas aparece algo que nos sorprende por su belleza. Siempre asediados por los de afuera como si entre los muros aparecieran los brazos que los tironean fuera de la ilusión de su investidura. Investidura que se teje en las relaciones, y aparece cuando esas relaciones tocan su tejido, una ficción jerárquica. Así sucede con la escritura. Una ontología que sigue los pasos de una sustracción irremediable. La sacralidad de la que emana lo que mueve las búsqueda de un reconocimiento beato rechazado. Qué somos, parece decir la novela de Donoso, y ahí está lo obsceno, todo lo que no entra en escena y que asedia y aparece asoma en la lengua de Donoso, es aquello que se disimula tras los muros, el tiempo, las viejas, la pesadilla, la locura, el cuerpo y el sexo, el fondo de una santa ausente y el mito de un origen puro, la acumulación cabalística de cajas insertadas unas en otras hasta el infinito. Cómo si de ese modo las viejas invocaran el infinito de la carne triste y del retorno

Patio de luz | ¿Por qué una mujer, y no un hombre?

«El disfrute, el placer, debe ser el motor por el cual aportamos al mundo lo necesario para que éste continúe existiendo. Los hombres que nunca han tocado a otro hombre debieran dar el primer paso. Liberarse de la carga de siglos de esclavitud pensante, de farsas religiosas, filosóficas, sociológicas y psicológicas. Comenzar a ser felices en la diversidad que llama a grandes voces. Y dejar de caer en esa baba constante de que la mujer y el hombre son el uno para el otro, el complemento, el ying y el yang.» ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Debiera preguntarse el joven rubicundo que está a las puertas de la iglesia esperando a la mujer que ha elegido para toda su vida…o no para tanto. Mientras arregla su corbata, pasa revista a la limpieza de sus pantalones y piensa intermitentemente en su noche de bodas. Es más, espera saltarse toda la recepción para llegar al pastel más apetitoso. ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Piensa un señor cuyo matrimonio se llevó a efecto en la década de los ochenta, con mucha pompa, mucho beso, mucho abrazo, y los años que le siguieron bautizando a cada uno de sus tres hijos. ¿Por qué una mujer? Si en estos momentos espera al mejor dotado de los escorts que aparecen en la página Sexo Urbano, y lo espera para hacerse tan sumiso, dejándose reventar el culo por ese “machote” que alquila religiosamente una vez por mes para tener la mejor de sus alegrías, sintiendo el infinito placer que nunca antes había experimentado en su memorable matrimonio. ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Gesticula un padre cuya hija acaba de graduarse de Física, en una de las importantes universidades del país, mientras tres sátiros lo penetran a turnos sobre un sling que se balancea en un antro santiaguino.  ¿Por qué una mujer, y no un hombre? No he hecho esta pregunta a los mismos hombres socialmente aceptables, de los cuales he gozado múltiples veces su agujero: padres, abuelos, recién casados, en pareja… porque me molesta hablar cuando practico el sexo con desenfreno. He conocido, sí, respuestas que bordan el ridículo. Por un lado, la de un académico de gran sabiduría, que dijo “porque me gustan las mujeres”. Por otro lado, la de un vividor, fanático del sexo, que por unas monedas se entregaba a cualquier hombre que lo solicitara, en las oscuridades del estero Marga Marga. Bien dotado de verga, pero con cierto grado de dificultad mental, que dijo “porque las mujeres tienen tetitas”. Bien entrado este siglo 21, a las puertas de una tercera guerra mundial, con gobiernos que caen bajo el populismo, el neofascismo, el sable islamita o la religión más severa, esta pregunta debiera ser tan contemporánea como nosotros, que hemos vivido el embate de las calamidades golpistas, la ausencia de libertad de pensamiento y conciencia, la desaparición de seres queridos y la desorganización completa de un país que alguna vez tuvo una esperanza. Justo hoy, que una pareja está a esta hora frente al oficial civil para formalizar su matrimonio, el mencionado debiera preguntar ¿Por qué una mujer, y no un hombre? ¿Por qué una mujer, y no un hombre? Debiera preguntar el cura que hace sus transmutaciones de saltimbanqui, en vez de indagar por el “sí acepto” a la pareja que está frente al altar, un tanto emocionada y nerviosa. Al cura, en principio, le resultaría de maravilla esta pregunta, ya que él está pensando en los culitos de los acólitos, que estaban vírgenes antes de entrar a la comunidad, igual que la mitad de otros niños y adolescentes de la población. A pesar que a alguno, más despabilado, tuvo que soltarle unos billetes… Con el simple raciocinio, y sin tener conocimientos suficientes para avalar cualquier teoría, se puede establecer las siguientes ideas para esta consulta un poco átona para aquellos que piensan que las cosas deben darse porque sí: — Las enseñanzas religiosas, que rezan: creced y multiplicaos. La iglesia, desde sus inicios, fue la más canalla detractora de libertades; y creadora de mitos en relación al hombre y su conducta, especialmente en lo que respecta al tema sexual. — La costumbre social, que transmitió estas enseñanzas como panes multiplicados misteriosamente y cortó la garganta de la libertad a lo que no estuviera acorde a esas doctrinas. — La fragilidad emocional de los jóvenes (y no tanto), de todos los siglos anteriores al XIX, de reflexionar acerca del conocimiento de su cuerpo, de su funcionamiento, y de la simple idea del placer. — La política, que en cualquiera de sus variaciones adicionó el sesgo de “hombría” a los hombres que deseaban firmar por una causa de este tipo. Aquellos “evangelizadores” de los súper hombres, que construyeron el nazismo, el marxismo, el comunismo y las ultraderechas más recalcitrantes que se sumaron en masa, y cerraron con un candado indeleble aquellas pequeñas luces que ya comenzaban a alumbrar el camino de la reflexión acerca de las relaciones sexuales. — La publicidad, en especial la de América del Norte, que dictó estándares de comportamiento, vestimenta y normas asociadas al consumismo. Cuando, paralelamente, infiltraba las revistas de desnudos masculinos, el porno gay y los juguetes sexuales, que comenzaron a ser el sueño húmedo de miles de consumidores a lo largo del mundo. Anotemos aquí también a la Alemania, Francia, Inglaterra, los países bajos y los nórdicos. La historia, contrariamente, tiene un montón de ejemplos en donde la pregunta ¿por qué una mujer, y no un hombre? ni siquiera era necesaria. Los griegos y el Imperio romano llevando la delantera en este acalorado asunto. En lo que va de mundo, no obstante, la farsa de los sexos se ha mantenido en el mismo esquema profetizado por Yahvé, Buda, y el sinnúmero de imaginaciones fantasiosas que han restringido la libertad del hombre, o ese pequeño “libre albedrío” que algún somnoliento ve en la distancia entre dedo y dedo de la creación del mundo, de Miguel Ángel. En mis años de liceo, el

Patio de luz | De regreso a la UTE

«Vinieron a mí los jardines de rosas exquisitas, alzadas sin ultraje de caída. Cada una vestida con su color, para humanizar al visitante. También la gran entrada de la JAN, la escalera que llevaba a las salas superiores. Y la caída de panfletos y papeles anunciando una concentración o algún punto de encuentro para combatir a la dictadura. Entonces veo al profesor Pulido desesperado por tal aberración, diciéndonos: ¡no los recojan, no los lean! Mientras él destruía unos cuantos que le quedaron cercanos»     Una tarde del 2004, mientras miraba la línea horizontal del mar desde mi balcón. Ese mar donde se posaban como sombras de duda los barcos, inmóviles; sin país, sin pertenencia, un destello de sol iluminó una lámpara de señas, y me llevó por una puerta secreta a una edad anterior, cuando todavía me debatía entre la adolescencia y mis ansias de juventud, perseguido por el horrible temor de ser un deficiente mental, ya que era tan diferente a todos, y el mundo me parecía un gran globo cerrado que me había dejado fuera de sus contornos. En ese despertar de medusa en su laberinto, buscando ojos ajenos para convertir en piedra, volví a recorrer el Paraninfo, con su abracadabra de paredes que se abrían o cerraban. Sus escalinatas, por donde alguno de los estudiantes rodó en más de una ocasión, con gran estruendo. Los profesores dictando sus lecciones con esa hetero normalidad que nadie juzgaba en el eterno nombramiento de hombre y mujer; o haciendo preguntas de acertijo que nos dejaban con las bocas abiertas.   Vinieron a mí los jardines de rosas exquisitas, alzadas sin ultraje de caída. Cada una vestida con su color, para humanizar al visitante. También la gran entrada de la JAN, la escalera que llevaba a las salas superiores. Y la caída de panfletos y papeles anunciando una concentración o algún punto de encuentro para combatir a la dictadura. Entonces veo al profesor Pulido desesperado por tal aberración, diciéndonos: ¡no los recojan, no los lean! Mientras él destruía unos cuantos que le quedaron cercanos. De igual forma me vinieron los árboles y los arbolillos cercanos al Paraninfo, pero casi secretos, donde solía sentarme a conversar con Nicolás, cuyos ojos azulmente inquisidores, y su cabello rojizo, contrastaban con mi vestimenta de “hermanito Francisco”, como él me llamaba.   Y entre esas idas y venidas de floración primaveral, caminando diariamente hacia el casino, se me viene al pecho Jorge, como una gran mordedura. Jorge, el hombre para la vida plena. El hombre con el que habría compartido la hora de humedad y el tedio. El hombre al que le hubiese hecho abluciones sólo para rendirme esclavo, porque a su lado no podría ser otra cosa. Voz melodiosa y casi tímida en un cuerpo fornido. Pequeña barba que comenzaba a rizar o desperdigarse por el espacio digno que guardaba la boca. Cuerpo de las mejores maderas venidas del sur. Que parecía ofrecer al caminante un descanso entre sus piernas. O un juego de manos que recorrería esas columnas siempre cubiertas por mezclilla.    El fragor de la ciudad era distinto a esta escena idílica, a ese bucólico existir que teníamos dentro de las aulas. Afuera solía haber humo, bocinazos desesperados, irrupción de vehículos por las calles cercanas. El grito y la protesta despertaban a la realidad que estaba viviendo Chile bajo la bota opresora. Las manifestaciones se acrecentaban hacia la Estación Central, donde el cruce de las barricadas con el aparato oficial de uniformados semanalmente iba en aumento. Y la participación de los estudiantes más osados, también. Pero en mi irrealidad, en mi incomprensión del momento histórico de la patria, me refugiaba en el sueño de Jorge. Sus pequeños dientes, que se entregaban de inmediato a la sonrisa, y la manera de acercarse a la gente con quien conversaba. ¡Así estuve con él tantas veces! A la distancia de un cigarro, o de una bebida en el casino. O en alguno de los cafés literarios alumbrados a vela y vino navegado. Hombre que entregaba la confianza de manera natural, al momento de ser presentado. Su cuerpo entero parecía querer decir que le tocaran. Todo su rostro incitaba a una caricia profunda a lo largo de sus brazos, de su abdomen, y más abajo también. ¡Cuántas veces me entregó esa sensación! Como pidiéndome que le rindiera pleitesía y honores. Porque lo único que le faltaba, era una corona. Pero no metálica, sino vegetal. De savia fluctuante, como el semen. Y así al mismo tiempo, de adormidera.    En este trueque de remembranza y ensoñación, aparece Óscar con su guitarra, cantando hermosas canciones de humanidad bajo el atardecer cansado de las velas. Los asistentes coreaban o algunas parejas se entristecían y se tomaban de las manos.   Jorge, a pesar de tener su amor (la infaltable mujer que lo engañaba con toda la facultad), ofrecía ese rescoldo de hogar dispuesto, seguro. Y más que a nadie, a mí. No sé por qué confabulación. Muy cerca estuvieron mis manos de sus músculos, y a él no le importó. Muy cerca mis brazos de su pecho, y le hizo gracia. Porque era una criatura tremendamente tierna y visceral. En el fondo, pienso que sufría como quien, en este, en otro país u otra ciudad, es engañado. Y se entrega a una búsqueda de unión que eche paletadas de masilla entre los quiebres. Criatura que busca y nunca sabe. Que no supo o no entendió del todo que para eso estaba yo, esperando que su mano me acercara a su cuerpo, y el mundo quedara afuera del más absorto beso.   Me viene como una ola de buenas vibras, de amistades, de paseos hacia el sur, de una vegetación y zoología ignorada para alguien nacido en uno de tantos cerros que miran al océano. Y la memoria me trae el compañerismo del negro Óscar, cuando me decía “Esta tarde habrá problemas, es mejor que te vayas a tu casa”. Y yo obedecía como un caracol que se

Narrativa chilena actual | Al sol de la media tarde

«Así que empecé a bailar contigo, y a seguirte en todo, y a responder, después de tanto tiempo, como tú querías que respondiera. ¡Me alegré tanto! Yo ya no era un problema, ya no era la muchachita, la virgencita. Qué bonita canción esta. Sí, mamá, tiene usted toda la razón. Fue raro, porque yo en ese momento me sentí tan grande y luego, así, de la nada, tan débil. Porque tú, de vez en cuando, eras como mi papá.» Tenemos un ritual juntas. Nos sentamos cada día al sol de la media tarde, mirando el mar y tomando una agüita hirviendo, siempre con limón: cáscaras o rodajas. A veces lo acompañamos con manzanilla y menta. Una vez al mes me pide que le corte las canas. Hijita ayúdame con las canas, me dice. Y saca una tijera rústica, una silla de madera, una peineta y se sienta. Yo me paro al lado  y empiezo una a una a cortarlas, porque dicen que si las sacas de raíz se multiplican. A veces prende  un cigarro y es como si fumáramos juntas porque yo me voy tragando el humo mientras corto. En  tanto busco las hebritas plateadas por la cabeza de mi madre, canto melodías que me enseñabas  tú. En esas cosas pequeñas te recuerdo, sabes, surges como de alguna palabra, algún rinconcito perdido. Que ternura me da cuando miro el pasto y te recuerdo deshojando flores. Subiéndote los anteojos de la punta de la nariz. Me gustaba cuando nos mirábamos de reojo como atravesando la palabrería de Antonio, ese novio que yo tenía y que tú detestabas. No me cortes mucho, niña, ten cuidado, cuidado con la cabeza. Pero otras veces me caes en sombra. Te recuerdo comiendo con la boca abierta, maldiciendo, gritando por la ventana. Te recuerdo golpeando mesas, quebrando adornos. Yo sé que eran cosas pequeñas, detalles quizás, pero aun así me asustaba, como esa vez que arrancaste todas las páginas de tu libro. Pienso en el miedo cuando corto las canas; en la juventud que debiese ser temeraria pero que para mí solo ha sido deambular en jardines sombríos. Qué habrá sido de Antonio. Qué cantas, hijita, no pares, no te distraigas. Mi mamá nunca sabe nada, ni de nadie, ni siquiera de tí o de mí. Sin embargo, yo de ella sé algunas cosas. Sé, por ejemplo, que ha tenido miedo: lo he escuchado, lo he olido. A veces susurra por teléfono. A mi mamá le gustaba Antonio, a mí también un poco, aunque no era como tú. Tenía una vocecita dulce y era de hablar hasta el cansancio. Hay muchos días en los que sueño contigo sin que nadie se entere. Hoy, por ejemplo, me desperté dando vueltas. Sí, mamita, yo le canto, así me concentro más, no se me estrese. Quedan dos por el lado, agáchese un poco. Sí, ponga la cabecita así, no se me mueva. Yo soñé que estábamos tú y yo en una sala, medio escondidos de ella. Recuerdo un sillón azul, gastado, de un género más bien áspero. Y tú ahí hablándome, cada vez más consumido, más arriba, no sé cómo decirlo, lejos, pero como llevándome de la mano por una escalera hasta una cima. O un acantilado. Eso hasta que te diste vuelta y te encaramaste arriba mío. Tú sabes que yo no, que yo nunca he querido. Sin embargo, ahí estabas con tus brazos peludos, gruesos y tu torso largo, interminable, enfundado en una polera sucia, moviéndote como una bestia, con una fuerza que para mí siempre ha sido irremontable. Y yo te rehuía, como siempre, aun cuando a ti te enfureciera. Pero esta vez no te alterabas, sino que cantabas unos poemas que me sonaron conocidos, unos versitos en portugués, creo, y aunque yo no entiendo mucho me sonó bonito. Así que empecé a bailar contigo, y a seguirte en todo, y a responder, después de tanto tiempo, como tú querías que respondiera. ¡Me alegré tanto! Yo ya no era un problema, ya no era la muchachita, la virgencita. Qué bonita canción esta. Sí, mamá, tiene usted toda la razón. Fue raro, porque yo en ese momento me sentí tan grande y luego, así, de la nada, tan débil. Porque tú, de vez en cuando, eras como mi papá. Entonces poco a poco mi gesto se deshizo en una mueca que ni yo pude descifrar en aquel momento. Yo soñé, que dios me perdone, yo soñé que tenía un cuchillo en alguna parte de ese sillón y que mientras tú te encantabas conmigo, yo lo tomaba y te lo enterraba una y otra vez con esfuerzo, con decisión. Soñé, lo recuerdo, con el sonido del filo que rompía la pared robusta de tu cuerpo como cuando se mata un cordero: trazando, abriendo un camino entre las carnes que a su manera también gimen, como la tela o la tierra. Entonces tu carita perpleja, escupiendo sangre y saliva, corriéndote por encima, haciendo esfuerzos por pararme y mientras, yo solo podía ver mi mano, moviéndose por sí misma, empuñando una y otra vez el arma contra tus caderas, tu torso, tu cuello. Ay, mamá, ay mamita, perdóneme, ay mierda, mamita, las canas, el pelo, yo la limpio, yo le curo, mamita, el cuello, yo llamo, tiene mucha sangre, mamita. Quédese tranquila al sol. Mamita, yo también tengo miedo.     ____________________ Catalina Echeverría Larraín (Santiago, 1998). Ha publicado textos narrativos en revista Poros (2022) y en la reciente antología “Vereda Sur” (Ediciones Esperpentia, 2023).