narrativa chilena

Fotografía digital | Un obsequio navideño

«Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.» El sábado anterior a la navidad fui al centro a comprar algunos obsequios. Digo “centro” por costumbre, puesto que el verdadero centro de Santiago y de Chile, se sabe, se encuentra en Sanhattan, ese espacio ubicado entre Providencia y Las Condes -saturado de cristal, elevadores, polvos blancos y narcicismo- donde los grupos financieros y sus zorrones administran el establo desde sus oficinas con vista al río. Era cerca del mediodía, el sol pegaba fuerte y en el paseo Ahumada y sus alrededores proliferaba el comercio navideño. Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.   Hallé variados viejos pascueros y hasta una vieja pascuera, una mujer mayor, cantante de gospels, que en San Diego, en un centro comercial, repartía dulces vestida con el asfixiante traje rojo. Y a pleno sol. Es un símbolo, me parece, de la desmejorada situación del arte en Chile, un país que no solo tiene bastante dañado el cerebro sino también el espíritu, la sensibilidad. Le queda algo de corazón, es cierto, pero el corazón es un niño de primaria que cae, siempre, en la trampa. Vi mucha gente comprando, vi también bastantes personas pidiendo plata, me encontré con algunos músicos callejeros y con varios borrachos durmiendo la mona. El ambiente era de tranquila decadencia, de lenta descomposición, de derrumbe controlado. Iba a comprar algunos obsequios ese sábado, libros principalmente -antídotos-, pero no pude evitar tomar mi teléfono y sacar las fotos que, después de haberlas editado, presento como obsequio navideño a los lectores de El Mal Menor (si es que existen).   Fotografías

Perfiles | Antejardín

«El timbre seguía sonando. Cuidadosamente me moví hasta el mueble de la tele y la apagué. Estaban mostrando, los videos del asalto a una familia que terminó con un niño de once meses –Orlandito R– con la cabeza triturada bajo el neumático de un remolque para caballos y con su madre –Marina F– con los dos brazos cortados al tratar de rescatarlo. Así de peligroso estaba el mundo. Se me ocurrió, entonces, que tenía que armarme. Moviéndome sigilosamente, arrastrándome para que se entienda mejor, fui hasta el armario del pasillo y saqué el taladro de mi papi.» Fue el mes pasado. Era sábado y yo estaba aseando mi dormitorio cuando sentí que sonaba el timbre. Miré con disimulo a través de los barrotes de la ventana para ver de qué se trataba. No quería ser víctima de un turbazo o algo parecido. Había, sin embargo, solo una persona detrás de la reja del antejardín. Mirándolo con cuidado me di cuenta de que era el Rómulo, un ex compañero de la básica, de séptimo y octavo. Me pregunté qué querría, puesto que nunca fuimos amigos. Lo único que teníamos en común era el barrio. Su casa quedaba a dos cuadras de la mía, en el pasaje Crepúsculo. Allí vivía junto a su mamá, una señora corpulenta que todavía, supongo, se pone con su carrito de supermercado a la salida del consultorio. En las mañanas vende café y unos sándwiches que yo jamás probaría. Lo digo con conocimiento de causa, no para difamarla gratuitamente, porque cuando estábamos en la básica le mandaba como colación a su hijo unos panes bien poco higiénicos. La palta, negra. La marraqueta, con hongos. Daba pena, además, ver las camisas del Rómulo, sucias al máximo. En octavo, recuerdo, me tocó ser su compañera de cueca –fue por sorteo– para las fiestas patrias. Tuve que soportar su olor a pichi durante el mes que duraron los ensayos. Y sus evidentes ganas de meterme mano. Cuando nos encontrábamos en la calle nos saludábamos, pero eso era todo. No tenía idea qué quería ese sábado, sospechaba, eso sí, era lógico, que nada bueno, puesto que era de esos tipos que siempre andan por ahí, vegetando, fumando pitos, tomando cerveza, acosando. Se decía que era sicario. O traficante. O mula. O doméstico. O soldado. O ratero. O violador.  Los dos andábamos por los veinticinco, aunque yo los había aprovechado bien. Quería ser alguien en la vida, no una aplanaveredas. Por eso había sacado el técnico en finanzas, carrera donde tuve que soportar las insinuaciones de varios profes calentones, para que hablar de los pendejos del curso, y ahora trabajaba en el municipio, en el departamento de Tesorería. El timbre seguía sonando y empecé a tener miedo, me latía hasta el cerebro, tuve ganas de gritar, tuve vértigo, sudé cristales, el mundo está lleno de bestias salvajes, pensé y recordé los documentales de la selva que veía de niña. Nada bueno se puede esperar del Zorrillo, como le decían en la escuela, me dije y decidí no abrir la puerta. Ni loca la abriría, estaba sola y seguiría sola porque soy hija única y mis papás fallecieron hace cuatro años. Se hundió el bote en el que saldrían de paseo. Fue en Puerto Montt. Tenemos parientes allá. El timbre seguía sonando. Lo más seguro es que el Rómulo me quiera asaltar. No hay mucho que llevarse, en todo caso, me dije, e hice, mentalmente, un inventario valorizado de las cosas que había en la casa. Efectivamente no era mucho y como el Rómulo vendería rápido le sacaría poca plata. No es un buen negocio, pensé. Entonces tuve la certeza de que me quería violar, vejar, abusar. Eso era. ¿Qué más? Seguro que tiene que ver con lo del baile en la escuela, esa vez que fuimos pareja. Debe andar mal de la cabeza y el enfermo de mierda se ha pasado rollos. Recordé, entonces, que mi papi nunca estuvo de acuerdo con esa actividad. Mi madre concordaba. Nunca les cayó bien. Se referían a él como el Basura, enseguida hacían la mímica de vomitar. Cuando presentamos el baile, el Rómulo, excepcionalmente limpio, quiso darle la mano a mi papi y este se la negó. Lo imaginé tocándome las tetas. Lo imaginé asfixiándome. Lo imaginé diciéndome que me quería. Lo imaginé diciendome “mi niña bonita”. Y otra vez tuve miedo, otra vez me latió hasta el cerebro, y otra vez tuve ganas de gritar, y tuve vértigo, y sudé cristales, el mundo está lleno de bestias salvajes, pensé y recordé, por segunda vez, los documentales de la selva que veía de niña: la hiena destripando al cervatillo.  El timbre seguía sonando. Cuidadosamente me moví hasta el mueble de la tele y la apagué. Estaban mostrando, los videos del asalto a una familia que terminó con un niño de once meses –Orlandito R– con la cabeza triturada bajo el neumático de un remolque para caballos y con su madre –Marina F– con los dos brazos cortados al tratar de rescatarlo. Así de peligroso estaba el mundo. Se me ocurrió, entonces, que tenía que armarme. Moviéndome sigilosamente, arrastrándome para que se entienda mejor, fui hasta el armario del pasillo y saqué el taladro de mi papi. Tenía una broca larga y gruesa. Después me puse ropa, andaba en calzones, y me arrimé a la ventana para seguir viendo qué pasaba. Estar armada me tranquilizó un poco y me dije que estaba exagerando. Que quizá lo que quería el Zorrillo era proponerme alguna movida. La Muri, mi colega y amigui del municipio, tuvo un pololo que la estaba convenciendo de que se robaran –no sé cuándo– la plata de la recaudación del día. Luego huirían a Bolivia. Harían un paraíso en Bolivia. Tuvo que terminar con él. Estos weones siempre acaban en la cárcel, o muertos o lisiados, al final sirven para dar puros problemas, no podís ni tener sexo con ellos, son un cacho, dijo. Con un lisiado ¿por qué no?, me pregunté esa

Perfiles | Sangre verde

«No olvidaba, además, que Heidegger –uno de sus filósofos de cabecera– postuló que “construir es habitar” y que Halloween, en tanto construcción, construía un habitar banal, alejado del gran arte y el intelecto, llevando a niños y niñas, e incluso a muchos adultos, a disfrazarse y limosnear dulces, fomentando el travestismo, la formación de identidades trastocadas y la práctica de la mendicidad. Cada 31 de octubre, ambicionaba, niños y niñas deberían conmemorar el Día de la Investigación Infantil. En tal fecha, recordando a Dieter, se vestirían con delantales blancos, todos de cuatro botones (conteniendo, simbólica y secretamente, los cuatro puntos cardinales que abarca la cruz católica; signo que, no le cabían dudas, es una esvástica en formación) y acudirían ordenadamente y de día, no perdidos en las escabrosas sombras de la noche, a universidades y academias militares y policiales a participar de charlas y prácticas científicas y de orden. A aprender a escribir reglamentos y ordenanzas, a conocer cómo se diseca una rana.»  A Roberto Meyer –opaco académico de Ciencias Políticas de la PUC– no le gustaba para nada la fiesta de Halloween. Sus razones, a diferencia de quienes reniegan de esta festividad por su carácter de instrumento neocolonial y al mismo tiempo neoliberal, principalmente gente de izquierda; o simplemente por ser una práctica foránea (aquí caben los chauvinistas simplones) que ensucia y mata la cultura nacional, borroneando figuras como la del huaso y la china o aminorando la importancia metafísica y psicosocial de una empanada de pino, un vaso de mote con huesillos o un pastel de choclo, estaban ligadas a la conmemoración de un experimento –completamente olvidado por las nuevas generaciones– que, según sus convicciones, hubiese cambiado de raíz la historia de la humanidad. «Grünes blut” (Sangre verde), lo llamó su autor, el médico bávaro Hermman Dieter, y consistía básicamente en sustituir la sangre del cuerpo humano por savia de plantas silvestres, en específico maleza de la tierra alemana, de la Heimat como la llamaba Hitler, con el fin de crear un ser humano fuerte, poderoso, un súper hombre que requiriera menos alimento, menos nutrientes, menos recursos, en definitiva, para completar su ciclo vital, estando, al mismo tiempo, conectado desde la raíz con la patria superior.El 31 de octubre de 1942, en un laboratorio secreto ubicado en un subterráneo de Berlín, junto a un equipo médico de alto nivel y autorizado por el mismísimo Fuhrer, Hermman Dieter llevó a cabo su atrevido experimento. Roberto Meyer había estudiado en profundidad el asunto y lo consideraba un momento clave para la humanidad, ya que marcaba el primer paso en la ruta a un mundo no mejor –esa es una consigna hueca de la mafia neomarxista, sostenía– sino mejorado, un mundo donde el hombre se liberaría de una parte significativa de su dependencia material y podría desarrollar el espíritu en unión profunda con la tierra natal, elevándose, a modo de ejemplo, con la música de Wagner y las obras de los artistas e intelectuales incluidos en la Gottbegnadeten–Liste (Lista de las bendiciones de Dios) que Goebbels elaboró para eximirlos de cumplir el servicio militar, permitiéndoles desarrollar creaciones para enaltecer al Tercer Reich. El intento pionero de Dieter, no tenía ninguna duda, debía ser recordado y celebrado eternamente por su significado profundo, abisal, pero había sido eliminado de la memoria humana por la nefasta alianza judío demo–marxista. Por eso la fiesta de Halloween, cuya fecha coincidía con el “Experimento Cero”, como Meyer lo llamaba, lo irritaba, pues, estaba seguro, no se trataba de una coincidencia.    No olvidaba, además, que Heidegger –uno de sus filósofos de cabecera– postuló que “construir es habitar” y que Halloween, en tanto construcción, construía un habitar banal, alejado del gran arte y el intelecto, llevando a niños y niñas, e incluso a muchos adultos, a disfrazarse y limosnear dulces, fomentando el travestismo, la formación de identidades trastocadas y la práctica de la mendicidad. Cada 31 de octubre, ambicionaba, niños y niñas deberían conmemorar el Día de la Investigación Infantil. En tal fecha, recordando a Dieter, se vestirían con delantales blancos, todos de cuatro botones (conteniendo, simbólica y secretamente, los cuatro puntos cardinales que abarca la cruz católica; signo que, no le cabían dudas, es una esvástica en formación) y acudirían ordenadamente y de día, no perdidos en las escabrosas sombras de la noche, a universidades y academias militares y policiales a participar de charlas y prácticas científicas y de orden. A aprender a escribir reglamentos y ordenanzas, a conocer cómo se diseca una rana. Soñaba eso mientras desde la ventana miraba hacia la calle ya oscura y veía pasar grupos de niños y niñas disfrazados en busca de golosinas.Hermman Dieter, lamentablemente, no tuvo éxito en su experimento, cuyos detalles técnicos me excuso de explicar –la química y la biología nunca han sido mi fuerte– dado que  los 52  gitanos y gitanas que usó cómo insumos de entrada en el primer intento y los 122 eslavos y eslavas que usó en el segundo, cuando incrementó al doble la dosis de clorofila, fallecieron rápidamente y con gran dolor una vez que la transfusión se efectuó. Hay testimonios que dicen que los gritos se escucharon a más de doce kilómetros de distancia. Aún así no fue un gran costo, pensó Roberto Meyer, ya que de todas formas estas personas –dudó antes de usar esta última palabra– estaban destinadas a morir en una eficiente cámara de gas o fusilados en un bosque lleno de claroscuros, un bosque maravillosamente romántico, luego de cavar sus propias tumbas, es decir, de conectarse con la tierra, de palparla, de olerla. Su muerte, así, no fue inútil: se sacrificaron por la ciencia, por el saber.Seguía en la ventana cuando sintió golpes y risas infantiles en la puerta. Niñas y niños del barrio habían llegado a reclamar su recompensa, niños y niñas, pensó, que son usados como ladrillos de banalidad, como clavos y tornillos en la obscena y lucrativa construcción de la frivolidad norteamericana. Fue a la cocina a buscar los dulces que había preparado con una cantidad tan potente de cianuro que con una pastillita bastaría para matar a una docena de caballos. Tomó también la maleta que había preparado con sus cosas. Los infantes recibieron los dulces y se fueron chillando de alegría.

Narrativa chilena actual | Los espectros

Perteneciente a su libro de relatos Fauna menor –que será editado prontamente por Ediciones Esperpentia- “Los espectros” es uno de los catorce textos que componen esta obra donde su autor, Sergio Sarmiento, reúne, reescribe y amplía dos libros que hace un par de años publicó de forma digital: Luminarias y Fuerza de roce. Los relatos se centran en las experiencias del hombre y la mujer del Chile contemporáneo, dando cuenta de sus atribuladas y desorientadas vidas en un territorio conquistado completamente por el mercado, donde las ambiciones giran en torno al dinero, el poder, el placer y el sexo. A través de una mirada lúcida, crítica, con humor e ironía afilada, y utilizando un lenguaje sin contemplaciones ni escamoteos a la realidad, su autor, que además es poeta y editor de El Mal Menor, nos hace sumergirnos en las experiencias y reflexiones, muchas veces delirantes, de sus esperpénticos personajes. EMM Trabajé, durante tres años, en una empresa importadora de artículos de audio. Mi labor consistía en mantener los inventarios al día. Cuántos micrófonos salen, cuántos micrófonos entran, cuántos micrófonos quedan en bodega, cuántos micrófonos van a merma. Lo mismo tenía que hacer con audífonos, consolas, parlantes, cables, enchufes, atriles, tornamesas, reproductores de mp3 y cientos de artículos afines. La necesidad me llevó a ese local de calle Meiggs. No encontré otra pega acorde con mi obligación de obtener dinero y mi necesidad de seguir avanzando, aunque fuese a paso de caracol, en los relatos que había iniciado durante ese otoño, cuando después de leer Apuntes del subsuelo de Dostoievski decidí dejar mis cansadores estudios de informática y convertirme en escritor. Recibí, por supuesto, el repudio de mi madre. Si no estudiaba tendría que trabajar. En la casa no se mantenía a vagos. Está bien que te guste la literatura, desde chico que lees todo lo que cae en tus manos, pero otra cosa es creerse el mismísimo Alberto Blest Gana. Claro, porque digamos las cosas por su nombre, ser escritor no es un trabajo, es un vicio. Si fuese un trabajo lo enseñarían en la universidad. Le respondí que estaba equivocada. Primero, porque no me interesaba ser Alberto Blest Gana y segundo porque hay una universidad privada donde enseñan literatura creativa. ¿Una universidad privada? Esas universidades, hijo, enseñan cualquier mierda con tal de ganar plata ¿cómo no se da cuenta? Enseguida señaló que Raimundito, mi gemelo difunto, jamás habría tomado una decisión tan irresponsable. Raimundito, que en paz descanse, habría estudiado una carrera con buen futuro, una profesión de verdad como la misma informática que estás tirando por la borda, o ingeniería comercial o derecho como tu hermano mayor, el Luis, que siempre tiene las cosas tan claras. Mi papá, como siempre, no se atrevió a contradecir a su mujer.  Como mis progenitores no me apañaron tuve que buscar trabajo y don Ignacio, el dueño de la importadora, no resultó ser mala persona. Era amable, de maneras cuidadas, un mecánico diría que era fino, pagaba más o menos bien y no molestaba demasiado. Además, se comportaba de manera bastante paternal con los funcionarios. Demasiado tal vez con la Andrea Sotomayor, nuestra joven jefa administrativa, pero esa es otra historia. Nunca le contaré a nadie lo que vi durante los tres años que estuve en Fénix Importaciones. No quisiera arruinar el matrimonio de Don Ignacio, tampoco echarles a perder la vida a sus hijos, el Nachito y la Antonieta, ambos alumnos de un colegio de esos con infierno para pecadores. Nadie sabrá –por eso mismo– que casi todos los jueves y los martes, entre las tres y las cinco de la tarde, ambos se iban a un motel –La Góndola Azul– que está en Unión Latinoamericana al llegar a Gorbea. Nadie sabrá que muchos de los viajes al exterior de nuestro jefe eran falsos. Simplemente se trasladaba a vivir unos días a la casa de la Andrea. O efectivamente viajaba, pero no por negocios, sino con su amante a uno de esos paraísos para idiotas que se promueven en los diarios dominicales. No le contaré a nadie, tampoco, que el Suzuki full equipo de la Andrea es un regalo de nuestro jefe. Tampoco que tenían un hijo, el Felipito, que nació con ictericia, ya que nada de eso es mi problema y no tengo por qué divulgarlo. Por mi ubicación en la importadora –mi sucucho quedaba al lado de las oficinas centrales– yo era el único que estaba enterado de todas estas situaciones anómalas. Y como me hacía el que nada había visto (incluso a veces hasta cooperaba implícitamente con la parejita), tenía ciertos privilegios con la Andrea, que era mi jefa directa. Eso me permitía trabajar un par de horas diarias en mis relatos. A veces me sorprendía con un archivo abierto. ¿Cómo está el escritor?, preguntaba amablemente. Y se quedaba a mi lado y se ponía a hablar acerca de sus lecturas. Me encanta leer libros como Yo elijo y tú, ¿te sientes libre de elegir?, del gran Jorge Méndez, son obras que te obligan a decidir qué quieres aprender, qué quieres hacer de tu persona y de tu vida, cómo quieres comportarte, qué clase de ciudadano quieres ser. Otras veces se refería a su pasión por el El cuidado del alma, de un tal Thomas Moore. Me dejó para dentro, ¿sabís? Comprendí que para estar bien hay que permanecer en el presente. No quedarse pegado en el pasado o en el futuro. Pasados unos minutos me invitaba a un cafecito. Anda a comprar un par de capuchinos al local del lado, pedía con una sonrisa infantil en la boca. Yo pago. Después, mientras bebíamos la aromática sustancia, seguíamos hablando de libros. Yo le narraba los argumentos de Apuntes del subsuelo, de Crimen y castigo o de Los hermanos Karamazov. O de obras de Bret Easton Ellis, Germán Marín, Michel Houellebecq y otros autores que comenzaba a descubrir. Ella hacía gestos de rechazo. Ella boqueaba como un pez fuera del agua. Encuentro medio decadente ese mundo, opinaba. Enseguida se tomaba un trago de café como para pasar el mal gusto. Después me hablaba de lo importante que es tener las cosas claras. Es la única forma,

Panóptico | El hombre imaginario

«Estas escritoras que, en alguna etapa de sus vidas, han puesto a un hombre como centro, que han escrito sobre ellos y los han idealizado, no han sido capaces de soportar la cruda luz de la realidad, pues al descubrir en estos hombres su condición de fantasmas y sueños de su imaginación, algunas optaron por soluciones radicales.» Tal como sucede con la literatura escrita por hombres, en la escrita por mujeres también, a veces, aparece una figura inspiradora, en este caso la de un hombre que se convierte en el eje de sus vidas, rompiendo sus paradigmas, despertando su deseo, su pasión y la idea de que en alguna parte existe el amor total. Un ser que dada su perfección puede llevar a la mujer a estados de exaltación pura. Pero este tipo de relaciones, al parecer no forman parte de la vida cotidiana, por eso están teñidas por la imposibilidad, el quiebre y la decepción, pues no siempre estos hombres han estado a la altura de las circunstancias o son solo parte de un sueño. Alrededor de la figura de este ser imaginario se han escrito muchas páginas, siendo la inspiradora de grandes pasiones que han quedado en la historia de la literatura. Los casos que recogeremos se centran fundamentalmente en nuestra época contemporánea, no porque este hombre haya surgido solo en los últimos siglos, sino porque es ahora cuando la mujer ha tenido la oportunidad de publicarlo.   Violeta Parra (1917 – 1967) conoció al músico y antropólogo suizo Gilbert Favre (1936 – 1998) en su cumpleaños número 43. Los 18 años de diferencia entre ambos no fueron para ella ningún problema. El “Gringo” o el “Chinito”, como le apodaba, fue el último de sus grandes amores, antes se enamoró muchas veces, incluso algunos han llegado a afirmar que siempre estuvo enamorada. Junto al suizo vivió una aventura extraordinaria, como fue su exposición en el Museo del Louvre de París. Sin embargo, por diversos motivos estuvo varios períodos alejada de él y esto fue la fuente de muchas cartas que le envió. En estos textos, en que mezcla elementos de la cotidianidad, de la subsistencia diaria y el amor, se la ve como una creadora llena de pasión, iracunda a veces, celosa, posesiva y enamorada, pero sobre todo llena de dolor: “Un año nuevo sin ti. Mala suerte. Tengo un hombre fantasma ¿Cuándo tendré un compañero a mi lado? Parece que los chinitos no se han hecho para mí. Parece que no estoy en este mundo porque siempre me encuentro volando muy sola…”. Para Gilbert, al parecer, lo que comenzó como admiración por la artista, pasión y amor, con el correr del tiempo se fue enfriando. Son muchas las cartas en que Violeta le pide respuestas urgentes, solicita verlo pronto o lo añora: “Tu carta es bastante diversa. Se diría que ya no me quieres. No me ocultes la verdad por nada del mundo (…) Puede que tengas penas, puede que yo también tenga pena. Puede que se fue el amor y puede que no (…) claro que yo no sé si eres mío, ese es el misterio”. También en la poesía de su última etapa –que es justamente, la de la relación con el “gringo”– encontramos las huellas de este amor. En “Gracias a la vida”, por ejemplo, en el último verso de casi todas las estrofas se habla de este hombre, de su “voz tan tierna” y de sus “ojos claros”. Pero todo termina con la separación definitiva, Gilbert se fue rumbo a Bolivia donde comenzará una nueva vida, es en ese instante donde Violeta escribe este poema extraordinario que nos habla del dolor de la pérdida, del tren que se lleva a Run Run pa’l norte: “En un carro de olvido, / antes del aclarar, / de una estación del tiempo / decidido a rodar / Run Run se fue pa´l norte, / no sé cuándo vendrá / vendrá para el cumpleaños / de nuestra soledad…”. La vida para ella, después de esta partida, no volverá nunca a ser la misma, se llenará de clavos y espinas, poco tiempo después ella también partiría, pero por la puerta de emergencia: “Run Run se fue pa´l norte, / qué le vamos a hacer, / así es la vida entonces, / espinas de Israel, / amor crucificado, / corona del desdén / los clavos del martirio / el vinagre y la hiel / ¡Ayayay de mí!”.   La poeta uruguaya Idea Vilariño (1920 – 2009), fue una escritora quitada de bulla, tímida y, por lo mismo, poco conocida por los grandes públicos, pero que sin duda escribió una obra poética en torno al amor (sobre todo al desamor) de gran factura, en la que aparece la figura de un hombre ajeno, prestado, alrededor del cual va a tramar sus poemas durante muchos años. Que el hombre sea casado o inaccesible, también es una constante en la obra de Idea –el nombre se le ocurrió al padre, aficionado a la poesía–, quien se enamoró del también tímido y casado novelista Juan Carlos Onetti (1909 – 1994) y, según sus biógrafos, a él están dedicados la mayoría de sus textos de amor. Es una relación de instantes fugaces, sin embargo, fueron capaces de llenarla para toda la vida: “Tal vez tuvimos solo siete noches / no sé / nos las conté / cómo hubiera podido. / Tal vez no más de seis / o fueron nueve. / No sé / pero valieron / como el más largo amor. / Tal vez / de cuatro o cinco noches como esas / tal vez / pueda vivirse / como de un largo amor / toda una vida”. Se enamora de Onetti, la misma noche que lo conoce, según su propia confesión y comienza así una relación que les va a durar toda la vida “un hombre que llegaba a mi casa sin aviso, a cualquier hora, cerrábamos las puertas y las ventanas. Se detenían todos los relojes. Ya no sabíamos si era de día

Narrativa chilena actual | Biblias, fotografías

«Agucé la mirada e intenté ver si la conocía de alguna parte, pero no pude recordarla. Era como si todo fuese borroso y no pudiese precisar nada, ella provocaba esa sensación. La imaginé en la parrilla, desnuda, y me parece que sí, que era ella. Me tomé el té y le pregunté si le interesaba alguna. Le mostré las biblias con las palmas abiertas hacia arriba, sonriendo un poco, como un caballero, así nos educaron, así se trata una mujer.» Me estaba viniendo abajo. Tuve que pensar en algo y decidí salir a vender. Vendí biblias. Lo hice puerta a puerta. No hubo muchos resultados, no convencí a nadie al principio. Conocí a algunas personas. Las conocí por alguna conversación casual o porque nuestras opiniones coincidieron en algún momento, lo que despertó la simpatía. No lo hice por plata, me venía abajo por otros motivos y era bueno ver gente. Con una de ellas tuve algo que no fue amor precisamente. Ella me gustó y pasó algo que no creí que fuese a suceder. La primera sensación que tuve de ella fue que me había reconocido, pero ella era muy joven como para que hubiésemos tenido algún tipo de cercanía en otra época. Además, yo venía de un círculo muy cerrado. Perdí mi trabajo unos años después de la vuelta a la democracia. Sin embargo, tenía una pensión, me alcanzaba bien, siempre fui austero. Al principio me dediqué a trabajar particularmente en seguimientos. En un momento decidí dejar todo eso, desaparecer de ese medio. Hice un último seguimiento que me encargó mi amigo Esteves, que trabajaba en una financiera, eso fue en el año dos mil. Los seguimientos fueron en localidades pobres, andinas y en la pampa argentina.    Ella fue muy amable. Se llamaba Carolina. No me sonaba de nada. La segunda vez que fui a su casa nos acostamos. Yo estaba solo y arruinado.  Pero sucedió.    A veces salía, aunque estuviese lloviendo. La ciudad nublada y triste como si la soledad fuera parte de la atmósfera que respiramos. Me pude haber quedado haciendo nada. Deprimido mirando una ventana recorrida por las gotas de lluvia. No podía estar mucho tiempo así. Le había tomado el gusto a mirar la lluvia caer irremediablemente. Pero, pronto venían las imágenes. Las bolsas negras. Las cuencas vacías. Los cuerpos. Tenía que hacer algo. Caminar u ocuparme en algo. En la mañana ponía en orden la casa. Lavaba platos y arreglaba lo que estuviese malo. Me subía al techo a ver que todo estuviese bien.   La primera tarde Golpeé la puerta de la casa de Carolina cuando aún no sabía que ella abriría. Me miró y me preguntó qué quería. Le dije que vendía biblias. Se rio. Me preguntó: ¿quieres pasar? Le dije, bueno. Me senté en un living silencioso. Un sofá, frente a una mesita pequeña, sobre la mesita el diario del día y una taza con café. Por la ventana vi caer la lluvia. ¿Por qué biblias?, me preguntó. Le dije que quizá estaba pagando alguna culpa. Eres creyente, me dijo. Sonrió. Le dije que era un hombre de convicciones. Fue en ese momento que sentí que me conocía o me reconocía. El living silencioso se tornó crepuscular. Nos quedamos callados, podría haberle preguntado si la conocía o si era creyente, pero no lo hice. Ahora ese no era mi problema. Se me vino a la cabeza la frase, gente sin principios.  Santiago es triste en invierno y sobre todo cuando llueve. Miré hacia el patio mientras se hacía una poza y ella me decía que me iba a servir un café. Le dije que me diera un té. Mi estómago se había vuelto débil. A veces nos parece que el mundo nos pertenece al punto que disponemos de la vida de los otros, dijo ella, pero al final todos nos volvemos débiles, por naturaleza, aunque no sabemos cuánto puede soportar cada uno. Me asusté. Agucé la mirada e intenté ver si la conocía de alguna parte, pero no pude recordarla. Era como si todo fuese borroso y no pudiese precisar nada, ella provocaba esa sensación. La imaginé en la parrilla, desnuda, y me parece que sí, que era ella. Me tomé el té y le pregunté si le interesaba alguna. Le mostré las biblias con las palmas abiertas hacia arriba, sonriendo un poco, como un caballero, así nos educaron, así se trata una mujer. Me dijo que no. Me preguntó cómo me llamaba y me dijo que si me animaba a ir otra tarde a acompañarla. Le pregunté si vivía sola. Sí, vivo sola, pero a veces me acompaña un amigo que me quiere mucho. Amigo, le dije. Me dijo, sí, con desdén. Entonces le dije que era el único trabajo que tenía y que estaba arruinado. Aún tenía la pensión del Estado que me alcanzaba, la verdad, pero eso no se lo mencioné. Me comentó que debía buscar algo más estable. Aunque estable no hay nada, terminó diciendo. Aún llovía. Le pregunté en qué trabajaba. Soy periodista, pero por ahora estoy dedicada a la fotografía. Le comenté que me parecía interesante, que yo también sabía algo de fotos, de lentes, el gran angular, el zoom y las obturaciones. Me miró con cara de por qué yo sabía de eso. Le dije que en algún momento pensé en dedicarme a eso. Las fotos de los cuerpos, del cadáver, lo retengo en una imagen cuando aún está vivo. Los trozos, dedos y sangre, como maniquíes desmembrados y en posturas imposibles. Como utilería de una película de terror, en la que yo era el ejecutor. Un Dios que impone su ley. Le pareció fabuloso, esa fue la palabra que utilizó, y quiso mostrarme algunas fotos, pero prefirió dejarlo para otra oportunidad. La temperatura había bajado y la lluvia había cesado un rato antes. Carolina se paró y fue a la cocina. Le dije que las imágenes traicionan, pero perduran. Pensé, pero no se lo dije, que las imágenes se generan

Noticias de la nada | La calamidad de un azucarero

«Luego llegaba mi turno. En ese vertiginoso momento, en ese mareo, iba de mano en mano. Más no como el clavel que nadie por licencioso o promiscuo quiere, sino como una alegre bendición. Con plateadas cucharas extraían el azúcar de mi interior —que es un gran tórax— hasta dejarme semi vacío, incompleto, pero gozoso.» Sobre un mantel blanco y limpio —con racimos de moradas guindas— era puesto. Justo al centro me situaban, en un lugar donde mamá pudiera alcanzarme, donde papá, las mellizas y Janito, el benjamín de la casa, pudieran alcanzarme, pues mi cuerpo redondo, de loza fabricada en la República Popular China, contenía la dulzura, imprescindible, que la familia tomaba a diario. Evidenciaban —debo decirlo— graves carencias en este aspecto, un déficit constante. Algo muy malo tiene que haberle pasado a cada uno de ellos alguna vez. Juntos o por separado, no sé. Uno de esos golpes de los que habla el poeta Vallejo. Seguro que el hecho traumático derivó en enfermedad crónica y algún especialista les extendió la receta.  Dos veces por día, desayuno y once, ocupaba mi lugar central. La familia se sentaba en sus sillas ídem, ante su mesa ídem. Primero se procuraban agua hirviendo. La hacían circular en un termo negro con líneas plateadas, volcándola en tazones previamente provistos de té en bolsitas o café en polvo. Luego llegaba mi turno. En ese vertiginoso momento, en ese mareo, iba de mano en mano. Más no como el clavel que nadie por licencioso o promiscuo quiere, sino como una alegre bendición. Con plateadas cucharas extraían el azúcar de mi interior —que es un gran tórax— hasta dejarme semi vacío, incompleto, pero gozoso. Todos inquirían respecto del grado de dulzor alcanzado. Se preguntaban si necesitaban una media cucharadita o una puntita o una cucharada entera más, o si se les había pasado la mano y requerían, más bien, agregar agua a la mezcla. Era el momento en que sus caras, de aspecto enfermo, cambiaban. Había risas y palabras afectuosas. El tratamiento -era evidente- tenía efecto inmediato.  Décadas en eso: cumpleaños, navidades, dieciochos de septiembre, bautizos, velorios, pues llegué a la familia, lo recuerdo bien, gracias a los difuntos bisabuelos de los niños (cuya foto, tomada en unas vacaciones en Pichidangui, se encuentra en la pared del comedor que da al living). Fui parte del regalo de matrimonio que los ancianos hicieron a los padres de Janito y las mellizas, que ya van por los quince, cuando ambos decidieron compartir la mesa por el resto de sus días. De mi boca redonda ha surgido lo necesario para consumir, después de almuerzo, las beneficiosas y domingueras agüitas de menta, manzanilla y llantén que toman los adultos. Y para mejorar los desabridos duraznos transgénicos. Y para hacer café batido. Décadas en el centro de la mesa, décadas siendo llenado y vaciado con esos miles de ínfimos cristales blancos que, poco a poco, cosa terrible, fueron perdiendo el favor de la familia. Producen diabetes, producen cáncer, producen obesidad, comentaban los expertos en la tele, por lo que finalmente fueron sustituidos por sucralosa, estevia, aspartame y otras sustancias de nombres raros. Consecuencia de esto, yo, el azucarero con dibujos azules ¿te acuerdas? fui quedando poco a poco de lado hasta que un día determinado, creo que fue para el último cumple del Janito, no me llenaron ni me llevaron a la mesa. En una oscura despensa me abandonaron, vacío, es decir, lleno de sombras que me rodean y asustan por dentro y por fuera. Ni siquiera me dejaron un conchito de azúcar, un terroncito. Qué ingrata es la familia, me digo, cuando veo que una sustancia impostora, en su burdo envase plástico, es llevada a la mesa mientras yo permanezco en el olvido. Por último, podrían usarme para la mermelada, me digo a veces, pero luego recuerdo que hay un pocillo para eso, uno de cristal. Quisiera tener brazos y no asas para empujarlo —hay apenas diez centímetros hasta el borde del estante— y verlo hacerse añicos contra el piso. Me arrepiento después de este ruin deseo. Más contra un ser tan transparente como el pocillo de mermelada. Es por la falta de azúcar, es por la abundancia de sombras en mí interior, concluyo con pesar. Y deseo ser yo quien se haga añicos contra el piso.    

Perfiles | Cerrado por inventario

  «Ojalá no suene el timbre. Sería súper incómodo abrir la puerta y descubrir, con terror, quién viene a visitarte. Sería otre decidiendo por ti y a ti gusta escoger tus propias juntas. Si pudieras elegir, estoy seguro, tampoco te sería fácil, has tenido muchas posibilidades y ninguna te hizo gracia o, como piensas con más cuidado, te desagradó por completo. Una de ellas es Danitza, la enfermera de pelo rojo. Hubiese sido fácil para ti llamarla e invitarla a beber unas cervezas, quizá también a comer unos rolls, y llevarla a tu cuarto y conducir allí su boca también roja hasta tu pene. Era una chica liberal, moderna, sin complejos. Y se notaba que le gustabas. Se notaba que ese huevito quería sal.»     Estás solo y no quieres estar solo, tampoco sabes si quieres estar acompañado. Has tenido la oportunidad de mezclarte con diversos seres humanos, hombres, gays, mujeres, principalmente mujeres, pero te mantienes solo y no sabes si quieres o no estar solo. Miras desde tu ventana de aluminio 100×100 cms las nubes. Hay nubosidad parcial y no tienes idea si las nubes son muchas o es una sola dividida en partes. Te preocupa mucho más, en todo caso, que la manilla plástica de la ventana esté quebrada y no cierre adecuadamente. Podría entrar alguien por ahí. Alguien como un ladrón en la noche, te dices, recordando la época en que ibas a la iglesia. Eras niño y todo te asustaba. Jesús y las vírgenes te asustaban. Preferías los maniquíes de las multitiendas, que estaban limpios, iluminados y vestían a la moda. Además, sonreían. La gente con túnicas o sayas nunca te gustó. Se hallaban siempre en la penumbra de las iglesias, con rostros de angustia, acechando. Querían tu alma y tú ni siquiera sabías qué era un alma. Sospechabas, sí, que era algo valioso, algo como un mineral que yacía en tu cuerpo, una bendición que la iglesia -como hace Angloamerican con el cobre- aspiraba extraer para acrecentar su imperio. Podría entrar -por la ventana- viento helado también. Podría entrar una pulmonía o tu rostro chueco por la corriente de aire, como te advertía tu madre cada invierno. Pero no quieres nada ni a nadie en tu cuarto. Te gustaría estar con todo el mundo en tu cuarto, es verdad, sería espectacular, pero no quieres nada ni nadie en tu cuarto. Ojalá no suene el timbre. Sería súper incómodo abrir la puerta y descubrir, con terror, quién viene a visitarte. Sería otre decidiendo por ti y a ti gusta escoger tus propias juntas. Si pudieras elegir, estoy seguro, tampoco te sería fácil, has tenido muchas posibilidades y ninguna te hizo gracia o, como piensas con más cuidado, te desagradó por completo. Una de ellas es Danitza, la enfermera de pelo rojo. Hubiese sido fácil para ti llamarla e invitarla a beber unas cervezas, quizá también a comer unos rolls, y llevarla a tu cuarto y conducir allí su boca también roja hasta tu pene. Era una chica liberal, moderna, sin complejos. Y se notaba que le gustabas. Se notaba que ese huevito quería sal. Verías sus mejillas sonrosadas, verías sus pupilas brillando mientras su lengua te traslada a un lugar muy placentero que no es el paraíso. Estarías en tu cama, sobre el plumón verdeamarillo que te regaló Anita, tu hermana menor que trabaja en Hites, junto al velador y la basura que acumulas allí: monedas de diez pesos, cucharas con restos de café, lápices pasta sin pasta, boletas de compraventa, fósforos quemados, colillas de THC, tiras de analgésicos, conchitas de algún viaje a la playa. Te preguntarías por qué estás con Danitza, la de pelo rojo, si nunca te gustó. Tiene las piernas demasiado gruesas para ti. Y lo senos muy pequeños y una risa estridente, algo vulgar incluso. No es muy letrada, además. Para qué hablar de lo confianzuda que es. No, Danitza no es para ti, no va con tu estilo, te dices. Luego te preguntas por qué entonces pensar en su cabello y su lengua roja surfeando en tu pene te lo ha puesto duro, ¿eres una bestia acaso? Recuerdas, entonces, aquella vez que intentaste forzar a la Fernanda Salazar, una colega de tu empleo anterior -trabajabas con ella en una consultora de desarrollo humano- a tener sexo en el montacargas. Era una chica pecosa, inteligente, de ojos verdes y cara especial para promocionar yogur u otro alimento sano. En ese tiempo tu padre había caído en desgracia y te tocaba lavarle el culo y ponerle pañales limpios. Lo hacías temprano en la mañana y al atardecer, cuando llegabas de la pega. Tenías unos guantes de goma especiales para tal labor. Unos guantes amarillos que debías remojar en cloro, antes de proceder a su lavado. Era cosa de todos los días. La pequeña pieza de tu padre, que ahora está en el cementerio, en un lugar más pequeño aún, olía de lo peor. No te quedaba otra. Eras el menor de la familia, tus hermanas se habían ido a vivir con sus amantes y follaban felices. La Fernanda Salazar dijo que no varias veces, dijo incluso que te iba a denunciar a los pacos, pero tú insististe e incluso la tomaste de forma brusca de las manos para proceder a hacerle al amor. ¿Es que nadie hoy en día quiere hacer el amor?, preguntaste en voz alta, creyéndote ingenioso. Había, en el montacargas, un contenedor de basura que don Ramiro, el egipcio, como lo llamaba tu burlesco jefe de sección, tenía que transportar al patio posterior. Estaba lleno y olía a caca, olía a papá. Huele mal aquí, dijo Fernanda, mientras tratabas de darle un romántico beso. Después te golpeó, te hundió las uñas en la cara y saliste corriendo con los pantalones abajo. Fue una época muy desgraciada. Por suerte Fernanda no fue a la policía y todo quedó ahí. Después vino lo del penoso fallecimiento de tu padre y comenzaste a estar mejor, tu vida se alivianó. ¿Lo echas