Víctimas anónimas | Errázuriz, el podrido

Hace poco más de dos décadas se aprobó una ley que otorga igualdad de derechos a las creaturas nacidas fuera del matrimonio, terminando así con la estrafalaria idea de los hijos ilegítimos. Indica esta ley, además, que ante la ausencia del padre la madre tiene derecho a darle el apellido que le parezca al niño. Tal es mi caso. Antes de la existencia de esta ley hubiese sido un “huacho”. Hoy, sin embargo, soy un Errázuriz. Mi madre, que es una loca, eligió este apellido rimbombante para mí. Un apellido de millonarios, de obispos, de presidentes. No sé de dónde sacó la idea. Nosotros vivimos en La Pintana, que es un lugar chato y pobre, en las cajitas de fósforos que se llueven vivimos, aquí hay puros gonzález y tapias, no hay larraínes ni ochagavías. En la escuela y en el liceo mis compañeros y compañeras me pusieron apodos como “El Conde”, “El Señorito”, “El príncipe”, “El Cuico”, pero para mi mala suerte perduró el peor: “El Podrido”. Surgió, este sobrenombre, del comentario irónico que hacían mis amigos cuando les pedía dinero prestado: Errázuriz, el podrido en plata, decían. Luego se metían las manos a los bolsillos y me apañaban con unas monedas para un berlín o un cigarrillo.

Ser conocido como “El Podrido”, les digo, no es nada bueno. Es como si viviera en un pantano. Es como si hubiese animales muertos descomponiéndose en mi boca. Por eso me voy a ir de este barrio. Y me voy a cambiar el apellido, ojalá por el verdadero, que estoy seguro debe ser uno normal. Claro, porque he visto fotos de los Errazuriz en Internet y no soy como ellos, yo soy bajo, de ojos negros, de nariz ancha, moreno; ellos, en cambio, son altos, rubios, de narices delgadas y ojos claros. Ellos juegan golf en La Dehesa, yo vendo paraguas en el Paseo Ahumada. Le he preguntado a mi mamá por mi padre infinitas veces. Y siempre se va por la tangente. Debo ser producto de un polvo pasajero, de una calentura, de una violación, de una gota de semen que cayó en la tapa del wáter donde mi madre orinaba, quién sabe. Errázuriz, Errázuriz es tu padre, me dice cada vez que le pregunto por mi origen, embuste que con los años ella misma se ha ido creyendo, pues cuando se reúne con sus amigas del Teletrack, es cajera ahí, les cuenta de su romance con Ramón Antonio Errázuriz. Vive en Vitacura, la he escuchado decir, me llevaba a Viña, a un hotel con más estrellas que el cielo. 

Años atrás, cuando tenía quince, con el padre de un amigo, que es mueblista, fuimos al barrio alto en su destartalado furgón. Don Mono, así le decían, tenía que medir, no recuerdo para qué, unas paredes de la cocina del lujoso Club de Campo Las Dalias. Mientras esperábamos, con Cuchurruco, mi amigo, nos fuimos a recorrer los jardines, que eran súper bacanes. Intruseando llegamos a una especie de salón de actos. Entramos. Pasando el umbral nos encontramos con un hombre de gran estatura que nos detuvo y nos preguntó quiénes éramos y que estábamos haciendo allí. Nosotros, asustados, no respondimos. Soy un Errázuriz, dijo entonces el hombre, y este salón no es para que entre cualquiera. ¿Quiénes son? ¿Cómo se llaman? ¿Qué andan haciendo acá?, nos volvió a preguntar. El Cuchurruco dio su nombre, Luis Duarte, dijo, ando con mi papá, que está trabajando en la cocina. ¿Y tú? Yo ando con el papá del Luis también, respondí, sin atreverme a mencionar mi nombre y menos mi apellido. Váyanse a la cocina entonces, dijo el hombre. Y yo me sentí tal como mi apodo.

No, definitivamente no soy un Errazuriz ni lo parezco y la ley que, con buena voluntad y altura de miras, aprobó el congreso, siendo aplaudida incluso internacionalmente, terminó convirtiéndome en una víctima. El error, pienso, es que esta disposición parte de la idea de que la madre tiene sentido común, tiene criterio, y mi madre, como lo dije, está loca, cada día más loca. Ahora anda diciendo -con estas mismas palabras- que Errázuriz estaba perdidamente enamorado de ella y que ella lo rechazó porque no le llenaba el gusto. Ustedes saben lo exigente que soy. Lo rechacé en Venecia, les dice a sus amigas cuando bebe unas piscolas de más, en un barquito como esos que aparecen en las películas. Ahí mismo trató de matarse. Se tiró al agua y un salvavidas lo salvó. Intentó -en los años siguientes- suicidarse varias veces. Con un revólver, con una navaja, con soda cáustica. Pobrecito, estaba empotado. Por eso mismo nunca me atreví a contarle que tenía un hijo, imagínense, hubiese sido peor. Con el tiempo se hizo cura y se fue a vivir a una población de pobres, pero le fue imposible superar la depresión y abandonó el sacerdocio. Ahora vive en el campo, en un fundo de su familia, y no quiere hablar con nadie. A mí, eso sí, me llama bien seguido, me busca, pero yo na que na. Claro, le dicen sus amigas, y le preguntan si también tiene como enamorados a Brad Pitt, al puto de Gianluca Vacchi o al mismísimo príncipe de Inglaterra.

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311 comentarios en “Víctimas anónimas | Errázuriz, el podrido”

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