Sergio Sarmiento

Narrativa chilena actual | Los espectros

Perteneciente a su libro de relatos Fauna menor –que será editado prontamente por Ediciones Esperpentia- “Los espectros” es uno de los catorce textos que componen esta obra donde su autor, Sergio Sarmiento, reúne, reescribe y amplía dos libros que hace un par de años publicó de forma digital: Luminarias y Fuerza de roce. Los relatos se centran en las experiencias del hombre y la mujer del Chile contemporáneo, dando cuenta de sus atribuladas y desorientadas vidas en un territorio conquistado completamente por el mercado, donde las ambiciones giran en torno al dinero, el poder, el placer y el sexo. A través de una mirada lúcida, crítica, con humor e ironía afilada, y utilizando un lenguaje sin contemplaciones ni escamoteos a la realidad, su autor, que además es poeta y editor de El Mal Menor, nos hace sumergirnos en las experiencias y reflexiones, muchas veces delirantes, de sus esperpénticos personajes. EMM Trabajé, durante tres años, en una empresa importadora de artículos de audio. Mi labor consistía en mantener los inventarios al día. Cuántos micrófonos salen, cuántos micrófonos entran, cuántos micrófonos quedan en bodega, cuántos micrófonos van a merma. Lo mismo tenía que hacer con audífonos, consolas, parlantes, cables, enchufes, atriles, tornamesas, reproductores de mp3 y cientos de artículos afines. La necesidad me llevó a ese local de calle Meiggs. No encontré otra pega acorde con mi obligación de obtener dinero y mi necesidad de seguir avanzando, aunque fuese a paso de caracol, en los relatos que había iniciado durante ese otoño, cuando después de leer Apuntes del subsuelo de Dostoievski decidí dejar mis cansadores estudios de informática y convertirme en escritor. Recibí, por supuesto, el repudio de mi madre. Si no estudiaba tendría que trabajar. En la casa no se mantenía a vagos. Está bien que te guste la literatura, desde chico que lees todo lo que cae en tus manos, pero otra cosa es creerse el mismísimo Alberto Blest Gana. Claro, porque digamos las cosas por su nombre, ser escritor no es un trabajo, es un vicio. Si fuese un trabajo lo enseñarían en la universidad. Le respondí que estaba equivocada. Primero, porque no me interesaba ser Alberto Blest Gana y segundo porque hay una universidad privada donde enseñan literatura creativa. ¿Una universidad privada? Esas universidades, hijo, enseñan cualquier mierda con tal de ganar plata ¿cómo no se da cuenta? Enseguida señaló que Raimundito, mi gemelo difunto, jamás habría tomado una decisión tan irresponsable. Raimundito, que en paz descanse, habría estudiado una carrera con buen futuro, una profesión de verdad como la misma informática que estás tirando por la borda, o ingeniería comercial o derecho como tu hermano mayor, el Luis, que siempre tiene las cosas tan claras. Mi papá, como siempre, no se atrevió a contradecir a su mujer.  Como mis progenitores no me apañaron tuve que buscar trabajo y don Ignacio, el dueño de la importadora, no resultó ser mala persona. Era amable, de maneras cuidadas, un mecánico diría que era fino, pagaba más o menos bien y no molestaba demasiado. Además, se comportaba de manera bastante paternal con los funcionarios. Demasiado tal vez con la Andrea Sotomayor, nuestra joven jefa administrativa, pero esa es otra historia. Nunca le contaré a nadie lo que vi durante los tres años que estuve en Fénix Importaciones. No quisiera arruinar el matrimonio de Don Ignacio, tampoco echarles a perder la vida a sus hijos, el Nachito y la Antonieta, ambos alumnos de un colegio de esos con infierno para pecadores. Nadie sabrá –por eso mismo– que casi todos los jueves y los martes, entre las tres y las cinco de la tarde, ambos se iban a un motel –La Góndola Azul– que está en Unión Latinoamericana al llegar a Gorbea. Nadie sabrá que muchos de los viajes al exterior de nuestro jefe eran falsos. Simplemente se trasladaba a vivir unos días a la casa de la Andrea. O efectivamente viajaba, pero no por negocios, sino con su amante a uno de esos paraísos para idiotas que se promueven en los diarios dominicales. No le contaré a nadie, tampoco, que el Suzuki full equipo de la Andrea es un regalo de nuestro jefe. Tampoco que tenían un hijo, el Felipito, que nació con ictericia, ya que nada de eso es mi problema y no tengo por qué divulgarlo. Por mi ubicación en la importadora –mi sucucho quedaba al lado de las oficinas centrales– yo era el único que estaba enterado de todas estas situaciones anómalas. Y como me hacía el que nada había visto (incluso a veces hasta cooperaba implícitamente con la parejita), tenía ciertos privilegios con la Andrea, que era mi jefa directa. Eso me permitía trabajar un par de horas diarias en mis relatos. A veces me sorprendía con un archivo abierto. ¿Cómo está el escritor?, preguntaba amablemente. Y se quedaba a mi lado y se ponía a hablar acerca de sus lecturas. Me encanta leer libros como Yo elijo y tú, ¿te sientes libre de elegir?, del gran Jorge Méndez, son obras que te obligan a decidir qué quieres aprender, qué quieres hacer de tu persona y de tu vida, cómo quieres comportarte, qué clase de ciudadano quieres ser. Otras veces se refería a su pasión por el El cuidado del alma, de un tal Thomas Moore. Me dejó para dentro, ¿sabís? Comprendí que para estar bien hay que permanecer en el presente. No quedarse pegado en el pasado o en el futuro. Pasados unos minutos me invitaba a un cafecito. Anda a comprar un par de capuchinos al local del lado, pedía con una sonrisa infantil en la boca. Yo pago. Después, mientras bebíamos la aromática sustancia, seguíamos hablando de libros. Yo le narraba los argumentos de Apuntes del subsuelo, de Crimen y castigo o de Los hermanos Karamazov. O de obras de Bret Easton Ellis, Germán Marín, Michel Houellebecq y otros autores que comenzaba a descubrir. Ella hacía gestos de rechazo. Ella boqueaba como un pez fuera del agua. Encuentro medio decadente ese mundo, opinaba. Enseguida se tomaba un trago de café como para pasar el mal gusto. Después me hablaba de lo importante que es tener las cosas claras. Es la única forma,

Poesía chilena actual | Matías Rivas: Tres tragedias

SUPERMERCADO   Por influencia tuya comencé a comprar duraznos. Cuando íbamos al supermercado tú siempre comprabas un par de kilos de duraznos para tu hijo mayor. En cambio, yo partía derecho a la sección pastas y carnes. Llenaba el carro con lasañas congeladas, pizzas y salsas de tomates. Recuerdo que comprabas una docena de huevos con omega 3, queso fresco y quínoa. Más de una vez te vi llevar yogurt natural y un kilo de uvas. Hacíamos de estos encuentros un enredo fascinante de mensajes en clave con la ilusión de que pareciera casual conversar en los pasillos abarrotados de comida del supermercado más lejano de tu casa y cercano de la mía. Hablábamos de amor con susurros histéricos, nos hacíamos promesas calientes. Incluso rozábamos nuestras piernas agachados para sacar el azúcar rubia. Después nos mirábamos unos minutos. Me decías cariño en un tono suave que súbitamente cambiaba cuando venía alguien. Te gustaba tener fósforos en cantidad, por superstición. Te preocupabas de que nunca faltara en tu refrigerador el brócoli.  Con las compras listas partías a pagar, mientras te esperaba en mi auto en el estacionamiento. Lo mío eran sólo un par de bolsas que echaba atrás. Lo tuyo era alimento para tus hijos y tu marido vegetariano. Le pedías a un joven que te ayudara a llevar las bolsas a tu auto  y que las descargara en la maleta. Luego partías donde yo estaba, cortando distancia por pasillos con autos estacionados. Abrías la puerta y te lanzabas a mi cuello. “No quiero que volvamos a pasar por esto. Quiero que te cuides y te guardes para mí. ¿Entiendes amor?” Me tocabas entre las piernas para sentir si lo tenía duro. Salías dando un portazo con mi olor en tu pelo. Caminabas hacia tu auto sacudiendo tus caderas. Ibas con pantalones apretados y botas negras. Me quedaba fumando. Encendías el motor, retrocedías  y partías directo a tu casa.     RECIÉN CASADOS   La orilla café de la taza nos sale con agua caliente. El borde tiene grabado mis labios, lo que te molesta. No sé si será posible sacar la mancha con recriminaciones. Lo cierto es que gotea bajo el colchón toda la noche. Las frazadas y el cansancio tienen olor a sospecha. No avanzamos, pese a las quejas y reconciliaciones. Pero tampoco queremos dar un paso más. Te duelen las rodillas y a mí los codos. A ambos nos cuesta dormir con las mandíbulas férreas.   Me dices que escuchas cómo un niño va llorando al baño. –Yo voy, tú quédate durmiendo, que mañana tienes que salir temprano.   Te veo apagar la luz con el niño en los brazos. Miro –entre las sombras– mi ropa colgada. Escucho mi aliento seco, cortado, y las piernas rendidas. Quedan pocas horas de sueño y resignación. Mañana, seguro, ni me sentirás cuando me vaya.     CASO DESCRITO   Nos enviábamos mensajes y nos llamábamos todo el día. Se volvió rápido una relación seria. Hasta tal punto llegué a conocerla y encariñarme con ella, que un día su hija mayor me llamó papá. Nos fuimos a vivir donde su madre. Y pese a ciertas incomodidades, disfrutamos esos años. Las cosas se empezaron a poner complicadas una tarde  en la que una amiga le dijo a mi mujer que no confiara. Me había visto tomar un taxi con una compañera del trabajo. Mi mujer me empezó a subir el tono de voz. Se puso más fría en la cama, salvo cuando me enojaba. Después de pelear me llevaba al dormitorio y me mostraba su voracidad sexual de una forma  que me daba miedo y celos de que otro gozara su descaro. A los días se apagaba y volvía el rencor. Una vez al llegar a la casa me empujó. Le dije que no se dejara envenenar,  que su amiga tenía envidia por la vida que teníamos juntos. No me creyó: “Las cosas tienen que ser parejas entre nosotros, así te la haré con otro sin decírtelo,  por dignidad, tengo que sacarme esta espina”. Empecé a partir nervioso en las mañanas. Un par de meses después llegó a mi trabajo. La vi parada con ropa liviana, apretada y taco alto. “Vamos a conversar solos, no aguanto más”, fue su primera frase. Prendió un cigarrillo y me lanzó con desdén: “Me estoy metiendo con alguien”. A lo que contesté, con la garganta seca: “Esta sería tu venganza”. “No. Esto es serio. Se trata de mi felicidad y de la seguridad de las niñas”.  Mira a mi izquierda y vi cómo se alejaban mis compañeros  camino a sus casas, riendo unos, otros callados. Había mujeres que se subían a autos  y los más jóvenes andaban en grupo.  Nos sentamos y pedimos un café y fumamos. “Vine porque no quiero que vuelvas a la casa  ni que te acerques a las niñas. Está claro. Te voy a dejar toda la ropa y tus cosas donde tu madre. Esto ha sido muy terrible para mí. Por fin encontré el amor y ahora sé lo que es sentirse protegida.  No puedo pasar más miedos ni angustias contigo. No eres un mal hombre, lo reconozco. Por eso quédate con el mejor recuerdo mío y de mis hijas.  No te despidas, no quiero que sufran, no lo merecen.  Sólo te ruego que no te aparezcas más.  Es lo mejor para todos.       ______________________ Matías Rivas (Santiago, 1971) es poeta, ensayista y director de Ediciones UDP. Ha publicado los poemarios: Aniversario y otros poemas (1997), Un muerto equivocado (2011), Tragedias oportunas (2016) y Un poema de amor (2023). Los poemas publicados fueron tomados de “Tragedias oportunas”, Ediciones Tácitas, Santiago de Chile, 2016.  

Signos vitales | La patria bajo el puente

«¿Qué función cumplía la bandera, entonces? ¿Era una especie de talismán?, ¿una expresión de amor a la patria? No supe responder. Tampoco tuve otras hipótesis. En cualquier caso, era obvio, la tricolor no funcionaba como talismán, no alejaba el infortunio ni atraía buenas vibras, pues sus inquilinos estaban en el corazón mismo del fracaso, desprovistos de todo, tan a la deriva como aquellos inmigrantes que caminando por el desierto cruzan la frontera hacia Chile.» Ayer, al pasar junto al puente que lleva a la Estación Mapocho –cuyo nombre recuerda a Manuel Rodríguez– debajo de su estructura pude ver un frágil ruco. Lo habían levantado con cuatro palos, alambres oxidados, restos de muebles de cocina, pedazos de nylon y otros innumerables (e indescifrables) residuos. Se hallaba en el lecho del río, a un par de metros de la barrosa corriente, en un lugar húmedo e insalubre, a unas ocho cuadras del palacio de La Moneda, donde una larga fila de presidentes y dictadores han pasado prometiendo un futuro esplendor. A un costado de la precaria construcción, más precaria aún a causa de la mañana fría y nublada, un par de jóvenes flacos y deslavados –que me recordaron a los personajes de la novela El río de Alfredo Gómez Morel– hacían una fogata con algunos de los abundantes desechos que santiaguinos y santiaguinas –cuya formación, al parecer, fue un fracaso social y ecológico– arrojan cotidianamente a la corriente del río, usándolo en modo vertedero. Sobre el puente, construido en el mismo sitio donde los colonizadores españoles, mediante trabajos forzados, levantaron el puente Cal y Canto, una media docena de ambulantes ofertaban audífonos, papelillos, cargadores de baterías, pañuelos desechables, pipas, pinches, encendedores y otras menudencias de primera necesidad, mientras cientos de apurados transeúntes alternaban su mirada entre la mercancía y el ruco, algunos indiferentes ante una situación ya normalizada, otros, con una mezcla de miedo y desconfianza al identificar a los jóvenes deslavados con la amenaza del momento: la delincuencia.  Me acerqué a la baranda. Al mirar el ruco con mayor detalle me llamó la atención el hecho de que en uno de los palos que sostenían la frágil construcción flameaba una ajada banderita chilena. Obviamente no se trataba de una toma, nadie se toma un lugar que meses más tarde estará inundado pues la toma, se sabe, busca una permanencia, una solución. ¿Qué función cumplía la bandera, entonces? ¿Era una especie de talismán?, ¿una expresión de amor a la patria? No supe responder. Tampoco tuve otras hipótesis. En cualquier caso, era obvio, la tricolor no funcionaba como talismán, no alejaba el infortunio ni atraía buenas vibras, pues sus inquilinos estaban en el corazón mismo del fracaso, desprovistos de todo, tan a la deriva como aquellos inmigrantes que caminando por el desierto cruzan la frontera hacia Chile. Como expresión de amor a la patria tampoco parecía funcionar, dado que no era correspondido, no era bidireccional, no había amor de vuelta. No obstante, la bandera estaba allí, en el abandono absoluto, flameando coqueta, grácil y orgullosa, como diría un locutor deportivo en su momento poético, justo antes de pasar a los comerciales de baterías de autos. Me acordé, en ese momento, de una canción de Violeta Parra –"Yo canto a la diferencia"– donde la artista, nacida en San Carlos en 1917, señala: "el pueblo amando la patria / y tan mal correspondido, / la bandera por testigo.” ¿Qué es la patria? me pregunté más tarde. Y pensando en el vínculo entre el surgimiento de muchas democracias latinoamericanas –entre ellas la chilena– y la revolución francesa, me allegué a la definición de Voltaire (1694– 1778), que fue uno de los inspiradores de esos tiempos agitados (donde la plebe veía rodar cabezas de aristócratas y no pelotas de fútbol), para ver qué tal nos había ido con la idea después de dos siglos de implementada. La patria, establece este pensador francés –que creía 100% en la razón– es “el estado libre del que somos miembros y cuyas leyes garantizan nuestras libertades y nuestra felicidad”. En la misma sintonía de Voltaire, pero en el plano local, en agosto de 1812 la Aurora de Chile publicó un artículo llamado “Sobre el amor a la patria”, donde se indica: “Para que haya patria y ciudadanos, es preciso, que ella sea una madre tierna, y solicita de todos: (…) que todos tengan alguna parte, alguna influencia en la administracion de los negocios publicos, para que no se consideren como extrangeros, y para que las leyes sean á sus ojos los garantes de la libertad civil. Pero lo que es aun mas necesario, lo que es mas dificil de existir fuera de las republicas, es una integridad severa en hacer justicia à todos, y en proteger al debil contra a la tirania del rico.” (sic)  Los chicos del ruco, sin duda, son la prueba de que el nivel de logro de estas ideas, que variadas repúblicas adoptaron y plasmaron, además, en sus floridos, fantasiosos y belicosos himnos nacionales (cuyas letras, que piden sangre, no sería malo reescribir) es bastante bajo, insuficiente. El concepto se maleó aún mas con las intervenciones de diversas facciones derechistas –dictatoriales y no dictatoriales– que poco a poco fueron adueñándose de la palabra, de origen griego, que etimológicamente significa “la tierra de los padres”, para ligarlo al burdo nacionalismo. El dictador alemán Adolf Hitler –a quien Tarantino por fin logró ajusticiar en Bastardos del paraíso– escribió: “Para mí y para todos los verdaderos nacionalsocialistas no existe más que una doctrina: la de nacionalidad y patria.” En nuestro país, Jaime Guzmán, difunto líder de la UDI, participante cinco estrellas de la dictadura pinochetista y cerebro de una constitución que dejó como rehén de la derecha y el gran empresariado al pueblo chileno, elaboró una definición donde, fiel a las ideas de su maestro Adolf, une los conceptos de patria y nacionalidad: "La patria es el hogar espiritual donde se gesta y desarrolla la identidad nacional, basada en principios morales, tradiciones y valores compartidos que nos unen como chilenos.” Me pregunté, a raíz

Espía 13 | El verano de los chaguales

«Curtidas por el sol, el viento y el picoteo de los pájaros, las flores de los chaguales que encuentro en mi camino han adquirido extrañas formas: muchas parecen soles negros que acaban de estallar, algunas son extravagantes insectos o antenas atacadas por relámpagos. Otras me recuerdan dibujos infantiles, trazos surrealistas o las láminas de la famosa prueba de Rorscharch, a la que muchos –al cimbrarse el barco– nos hemos visto sometidos alguna vez.» Camino por los cerros cercanos a la Ligua. Es verano y entre la quebradiza maleza veo surgir –totalmente secas– las enormes flores de los chaguales. A fines de diciembre los pétalos amarillos y turquesas de esta especie nativa chilena –que vive entre Coquimbo y Biobío– se esfumaron por completo, dando paso a nutridas fuentes de semillas que los pájaros visitan a diario. Veinte años puede tardarse un chagual –o maguey o cardón o puya, como también se le llama– en dar a luz su flor, que crece sobre un largo tallo, para luego morir deshidratada. Magno y conmovedor esfuerzo, ya que esta especie es monocárpica, es decir, la semilla padre (o madre) muere una vez que produce la flor y las semillas.  En La Ligua, debido a la invasión de cultivos de paltos y la expansión inmobiliaria, se han perdido miles de las hectáreas donde habitaban diversas especies nativas, entre ellas esta planta que Neruda –el gran poeta violador– describiese de la siguiente forma: “Es una bromeliácea de hojas agudas y aserradas. Irrumpe en los caminos como un incendio verde, acumulando en una panoplia sus misteriosas espadas de esmeraldas. Pero, de pronto, una sola flor colosal, un racimo le nace de la cintura, una inmensa rosa verde del tamaño de un hombre. Esta señera flor, compuesta por una muchedumbre de florecillas que se agrupan en una sola catedral verde, coronada por el polen de oro, resplandece a la luz del mar.” (Una casa en la arena). Pablo de Rokha –comensal chileno de primer orden– también las menciona. Comparándolas con las nalcas señala que le aporta “un sabor nacional a las ensaladas «limoneadas» y «ajiceadas», comiendo a manera de los mestizos endurecidos, que somos los rotos o a la manera de los mulatos antepasados de la aristocracia del latifundio o del monopolio” (Mis mejores poemas). De Rokha, por cierto, se refiere al uso culinario del chagual, del que se preparan –entre otras comidas– ensaladas y empanadas, aunque (Ud. no lo haga) con el costo de exterminarlo, ya que es el corazón de la planta –que no se cultiva comercialmente– el que se usa para estos fines.   Curtidas por el sol, el viento y el picoteo de los pájaros, las flores de los chaguales que encuentro en mi camino han adquirido extrañas formas: muchas parecen soles negros que acaban de estallar, algunas son extravagantes insectos o antenas atacadas por relámpagos. Otras me recuerdan dibujos infantiles, trazos surrealistas o las láminas de la famosa prueba de Rorscharch, a la que muchos –al cimbrarse el barco– nos hemos visto sometidos alguna vez. Las posibilidades de interpretación, ciertamente, son infinitas.  Saco las fotos a contraluz, capto las inflorescencias de la Puya chilensis –tal es su nombre científico– mientras imagino, por un minuto, el futuro de la bella mariposa del chagual, la mariposa más grande de Chile, cuya existencia se encuentra amenazada ante la lenta pero constante desaparición de la planta que la alimenta y cobija durante su gestación. Costo del progreso, dicen algunos. Pienso que nos hemos vuelto locos. Locos e ignorantes, ciegos ante la belleza y la fragilidad del mundo que nos rodea. Respiro hondo. Sigo mi camino.   Fotografías

Poesía chilena actual | A la vuelta de la esquina, once poemas de Sergio Miranda

ÉPICA DEL BARDO   Me despedí de mi tierra  la abandoné  aún siendo un pájaro sin plumas,  surqué el Paso del Caracol  con la verborragia de un mochilero la vena aorta del Cono Sur  la lengua pétrea, me dije yo nunca había visto el sol nacer el Pacífico es un recipiente  que lo humedece hasta apagarlo todo un esfuerzo existencial  para escribir para lanzarme vagué  como lazarillo por Córdoba  buscando maestros para conversar  buscando comida para comer  buscando trabajo para trabajar pero la locura, el jazz, los mirlos  en la cabeza siempre pueden más me dije: “la poesía te vulnera  como al rebaño    y no es cosa de asustarse  ni de crear figuraciones  tan horripilantes como bellas a semejanza de las Aguafuertes  de Goya  para ejemplificar” quizás tenía razón, quizás no pero la formalidad en mi escritura  me desagradaba, escribía  como si fuese el fregador de pisos de la torre de marfil los poemas no son tulipanes y si lo son  tienen que oler al lugar donde nacen yo sólo escribía en gladiolo  palabras que olían  como agua estancada de cementerio algo andaba mal en mi escritura  por alguna razón  que ignoraba  algo fallaba pedí consejos a libreros en el Paseo de las Artes, pero sólo me respondían en libros en epitafios, en apotegmas, en epigramas  y ya estaba hartado fastidiado  de tomar vino toro hasta el amanecer  cagado de frío con rolingas y punkies  que veían el horizonte como vertedero que tomaban parafraseando a Bukowski,  tarareando a Los Piojos y a Charly  queriendo verse en una fotografía como Artaud o como el niño con el arma de Klein  un poco de estoicismo al anochecer me vendría bien, pensé después de meses  ¡Basta de ser copias de Caicedo y Pizarnik!  Vuelve sobre la ruta, me dije  a lo que vinimos, recalqué  entonces tomé valor y entré en la UNC sentía la aridez de su tierra en mi cara la sombra de Atenea con su risa macabra  sobre mi cabeza, al poco tiempo conocí  a los Saussure, a los Bajtin, a los Adorno y Horkheimer  a los Melendéz Pelayo, a las Kristeva, a las Butler, a los Benjamin a los Pierce, a los Genette, a los Barthes, a los Derrida y a una infinidad de autores que me llevaban  al límite del ACV agotado como Atlas sobre el escritorio pero con un cuerpo esquelético me soñé como uno de los ladrones  en el Gólgota, vituperado por conceptos  dañado por la punta de lanza del Logos diciéndole al Hijo de Dios lascivamente: “dile a tu padre, sólo si es cierto, que la cagó  al crear el lenguaje el con che su ma re”  la facultad olía a mayo francés y yo que sólo quería encontrarme  con Sanchos Panzas y Quijotes no te impacientes me dije: “la poesía  pernocta en los anales de cualquier tiempo feroz” pero la sensualidad burguesa fue mucho más fuerte muchos Dionisos prestaban las casas y hablábamos complicado, como rindiendo exámenes  los suaves citando a Rilke de memoria los ásperos rasguñando el Tractatus Logico-Philosophicus  pero con marihuana y ácidos de calidad  vino de calidad, con cuerpos de calidad  por momentos me sentía en Delfos lleno de sátiros y bacantes danzando en la pintura de Matisse pero tantas caretas pesan en la cara  en un mundo lleno de deseos hasta el espíritu se vende  y yo no tenía ni la cara ni la plata para tanto goce yo debía morderme los labios de cuando en cuando hasta hacerme sangrar para despertar de ese ensueño para recordarme que vivía  en una pensión oscura  en Ayacucho al 2200 que venía de la clase obrera,   que me quedaba un poco de arroz  dos cebollas y un ajo para comer entonces  armé una pared con libros   y me encerré a leer a leer y leer.       EL NARANJITA DE LA PLAZA ALBERDI   Me contó de las calles  de lo difícil de conseguir laburo  de que hay que rebuscárselas en donde sea que no queda de otra, que no hay más me contó de los pájaros de los perros, de lo difícil que es ponerles nombres  de la gente que no cree en Dios  y de la inutilidad  de no creer en nada me contó que con el vivir no alcanza  que la muerte es sólo de ida   que desengañarse del mundo es el camino que tiempo al tiempo que hay que mirarse las manos  para no olvidar nada me contó de sus miedos  de adentro hacia afuera palabras pesadas como la vida  pero inmóviles como cementerio me contó del frío en los huesos de las operaciones a la cadera  de la cicatriz que no le cura de un accidente de borracho en la línea del tren me contó de la comida que no come y de la que nunca comerá me contó de sus amores siempre fugaces siempre intensos pero vulnerables me contó de las peripecias de su vida  de Lazarillo que no quiso escribir   me contó que a veces  viene gente a rezar con él que pide por él pero no logran conmoverlo  me contó de su diabetes  que le comió el pie, que por eso la muleta   que la vergüenza se pierde con el vino que los amigos sirven para hacer historia que el mundo está lleno de sabiduría desgraciada.       UN DERSU UZALA DEL VALLE CENTRAL    De madrugada termino “Dersu Uzala” de Kurosawa pienso en ese bosque  colosal de coníferas  la expedición de los rusos en una zona sibilina    y escucho a mi viejo  que se levanta  a las 5am como de costumbre  se queja como puerta vieja le pregunto si está bien pero no contesta prende el televisor hace zapping en el living   hemos conversado poco últimamente   lo comprendo, me comprende  su vida ha sido dura a diferencia de mí él habla lo necesario    lo imagino como un Dersu  Uzala del valle central  que camina a través  del puente Marambio  silbando al son  del

Poesía argentina actual | Jorge Castañeda: Urnas vertebrales

                                                   Y mis vértebras hervían.                                                                          L. A. Spinetta.                                                        …redimido regresó a su patria                                                      Cerca de la medula espinal.                                                                          G. Benn.       Hierro pensado ¿Estaba el lóbulo (Mordiendo la estirpe) En ahogo constante?   La escritura  Está formándose  En el polvo.   A veces Los glaciares se potencian E imprimen espuma Sobre su frente (No puedes sellar con clavos                          La escritura leudante)   …puedes comer del nervio embalsamado…   Huecos diurnos. Posibles cuencos.   La cura  Es un reloj A cuatro manos.   La columna nerviosa                                      Es amplia.                                                   Voces.   Traguemos con fuerza El pan de centeno Y pernoctemos  En esta caja blanca.   Tu cerebro  No estigmatizado (Sobreviviente                                 A una                                     Ecuación astral) Utiliza las cuerdas Para la luz habitable.   Nadie deteriora El acceso a los nervios  (El oleaje más pesado                          Para el más pesado umbral)   …hay muestras de un rayo…   ¿Dónde está la plétora hambrienta?   Un corresponsal Trasplantará Las agujas en la espalda (Mientras los roedores                          Mueren electrocutados)   No rechacen el oído A la altura de los clavos.   (¿Urnas?)   La columna vuelve a barnizarse De medicamentos forzosos, Levanten el legado magnético Para la resonancia ausente          (¿Cuál es la verdad de estos huesos?)   Abandonen ya la cabaña Y recuperen La primera edición Para morder la piel abstracta (La sal en construcción                           Espera en la nieve) Busquen la medicación en el estanque.   Perpetuidad. Urnas. Noche.   (Hay voces que señalan los vegetales)   La retina  Se pierde en la pierna izquierda.   Ojo volátil-restos arácnidos Frente a la melancolía Pudriéndose en tu mente.   …a nivel medular y subcortical   Atravesamos el desierto ¿Sellamos las piedras?   Nervio hinchado de significado.   La neurona ahorcada Se incendia En el refugio del paladar.   Los acupunturistas Muerden la vegetación Y vomitan clavos (¿Tantos nervios aquí en el polvo?) Es para brotar dentro de vos.   ¿Coro de agujas? ¿Represa de signos? ¿Expedición en el ciruelo de Dios?                                                                                         El cuerpo sangra  Con la alianza embrutecida.   El hueco influenciado por el átomo Exige códigos Fuera de esa mandrágora Penetra el nervio.   Huesos.                           (¿Vos?)   Flujo lunar Calma el grito  De este hueso   YA   (Y corre a una zona menos ruidosa).   Nudos flotantes _(el santuario, un coloquio difícil)_ Si se precipitan No sean invisibles.   Cabeza. Tronco. Vértebra.   Reducción de órganos En la corteza terrestre   …único ejemplar en la placenta de Dios.   Vértebras. Laguna acústica. Membrana habitable.   …en su interior…   El cáliz recuerda el vibrar del féretro. El – meridiano – no – profetizado.                                                       Noche. ¿Urnas superadas?   El hueso  Clonado a martillazos Se hace cargo De la nomenclatura.   Filo del tiempo: Las bocas eclipsaron las vértebras de barro.   Vox. Ojos. Giro de leños.   Vuelca el pensamiento A esa cabaña sin luz (Duerme – aquí – cerca) Un grupo accede a las agujas.   Voz. Huesos. Polvo   Para la descarga Neuronal                                            Aleatoria.   Vacío. Nervio. Grasa animal.   (¿Cómo?)   _ Sobre la espalda_   La lengua de la oración. …haciendo que cicatrice El pequeño eclipse circundante.   Urnas. Huecos.   …es tan onírica su reputación…   ¿Bajo esa espera sucedánea…?   Su pregnancia metálica purifica a los flamencos.   Cáliz. Vox.   El destino produce hongos. Agujas La muralla tiene el mismo diagnóstico.   Nervio constante-sin ojos El gran vacío cubre las vértebras _ seda y huella _ Puntos algebraicos en la espalda   ¿Por qué aquí? ¿Hasta cuándo las cajas metálicas?   Las hachas esperan La audiencia de esa logia.   ¿Sangre en el cáliz?   Meridiano                                         (En una urna…)   Tu cuello

Espía 13 | Outsiders

«La ideología de la competencia –que se ha enquistado en nuestra percepción de las cosas– nos dificulta detenernos a ayudar al otre y darle una mano o simplemente ser amables. Muchos se figuran, desde el egoísmo, que quien les pide ayuda –pese a estar “flaco, sucio y malvestido”– está ganando buena plata con eso. Se le ocurre que “la está haciendo”, que es un estafador más en el país de los estafadores.» Les he fotografiado desde hace años. Están en todas partes. Son los mendigos y las mendigas, los vagos y las vagas, los y las inmigrantes sin fortuna, los locos, las locas, les perdides, en resumen, la creciente legión de outsiders de una sociedad como la nuestra, donde la necropolítica avanza a pasos agigantados. Muchas veces pasamos delante de ellos y de ellas como si no existieran, como si fuesen sombras. O paredes meadas. Nos hemos acostumbrado a pensar que no es nuestro problema que la pasen mal, que estén en manos de la miseria, de la locura, de la depresión, de la sicosis, de los vicios o de otros males o discapacidades. O de mezclas de todo lo anterior. Tampoco que se alimenten de basura, que carezcan de documentos, que defequen en las calles o que duerman sobre colchones desechados, tapados con nylon y cartones. Si están en esa situación, se comenta, es su problema. Nadie los obligó a irse a la calle y mandar todo a la chucha, asumiendo la idea –individualista al máximo– de que las cosas dependen totalmente de nosotros mismos, que son personas que fueron al supermercado de las opciones y llenaron mal el carrito. “Es indudable que el ser libre puede significar libertad para morir de hambre”, señaló alguna vez Friedrich Hayek –delirante ideólogo de variados personajes de la dictadura chilena y de tipos como Milei o Rojo Edwards–, lo que es válido y digno, pienso, siempre y cuando tal decisión se tome con el estómago lleno. No olvidar que el carrito de las opciones se completa con plata y a la mayoría –que no hereda pese a la campaña permanente de las afp– le alcanza para poco y a veces para nada. Muchos, así, se quedan con el carrito vacío o casi vacío, desnudos frente al mundo, castigados con el olvido, con la invisibilidad, pues su desnudez no da ni siquiera para morbo, no da para vender baterías de camiones, tarjetas de crédito, o para actuar en películas porno o prostituirse en un antro de Bandera. La ideología de la competencia –que se ha enquistado en nuestra percepción de las cosas– nos dificulta detenernos a ayudar al otre y darle una mano o simplemente ser amables. Muchos se figuran, desde el egoísmo, que quien les pide ayuda –pese a estar “flaco, sucio y malvestido”– está ganando buena plata con eso. Se le ocurre que “la está haciendo”, que es un estafador más en el país de los estafadores, que es de la misma calaña que parte con los grandes empresarios y los políticos y los altos mandos de los uniformados, expertos todos ellos en montajes y en desfalcos y termina con el comerciante que no da boleta y el operario que se roba los tornillos de la obra. Es decir, que se trata de una rama podrida más en un árbol que muere aceleradamente. En el mejor de los casos, se piensa que la persona en situación de calle está desarrollando un trabajo, un oficio, algo que da lucas para vivir, no que se trata de una tormenta en pleno desarrollo. No te ayudo, porque a mí nadie me ayuda, se escucha rugir desde el fondo de cada soledad que va corriendo a cumplir la meta del mes cuando se encuentra, en las calles, con gente como la de las fotos que ahora comparto con ustedes. Fotografías

Signos vitales | El niño herido

«En Latinoamérica, el hecho de que el cristianismo haya hegemonizado las creencias ha evitado, al menos, que nos matemos por motivos religiosos. Nosotros, los de hoy, puesto que nuestros antepasados, todos muy píos, muy beatos, se vieron en la necesidad de asesinar a un número enorme de indígenas, a crucificarlos, a quemarlos, a empalarlos, a mutilarlos a ellos y a sus dioses, todo por amor a Jesucristo.» Camino por las calles de Batuco. En una esquina solitaria un grupo de evangélicos predica y canta. Una escolar que pasa los mira y se aleja apresuradamente, como huyendo de un perro rabioso, de un rottweiler con biblia. El tipo que dirige al grupo, el pastor supongo, discursea afiebradamente, violentamente. Como todo líder debe manejar a sus ovejas, que son su abrigo y su alimento, no dejarlas que se dispersen, que se pierdan, que queden a merced de los lobos, puesto que no podrá explotarlas él mismo, no podrá alimentarse -usando un lenguaje tipo evangelio- de su carne ni curtir su cuero ni cardar su lana. Su capital, en consecuencia, se verá mermado, pues el rebaño es su riqueza, su teta. Para no perderlo -incluyendo la VAN que tiene estacionada a la vuelta de la esquina, la VAN con que mueve a sus víctimas y que, no sé por qué, tiene una banderita de Israel en el parabrisas- debe mantener a sus fieles permanentemente atemorizados del poder de Jehová, su dios omnipotente, su dios que, como él mismo dice, mandó a dos osos a descuartizar a cuarenta y dos niños por bromear a sus mayores, pues es un dios celoso, eso enseña el Levítico, un padre duro que no permite la desobediencia.  Su éxito consiste en vender una verdad totalitaria, incluyendo residencia en el infierno para los que no se porten bien, para los que pequen, para los que no se pongan con billete. Entremedio, por cierto, debe aplicar ciertas caricias, ciertas palabras bonitas, ciertas ayudas -a la manera de un sádico- para mantener bajo control la voluntad de “sus hermanos y hermanas”. Algo parecido hacen todas las religiones. Fomentan, así, sin ningún sustento lógico ni racional, el infantilismo, la ignorancia, el terror, la dependencia, la respuesta fácil, el fanatismo y otras cuantas plagas. Lo ideal sería prohibir este tipo de prácticas por ser dañinas para la salud mental. Por generar paranoia colectiva. Por otra parte, ante lo desconocido del origen de la vida, cualquiera tiene derecho a creer en cualquier cosa, por absurda que sea, siendo peligroso, además, dedicarse a prohibir creencias. Eso sí, antes de ponerse a creer en algo habría que tomar en cuenta que cualquier investigación seria descarta de inmediato ciertas posibilidades. Por ejemplo, si se va a estudiar por qué chocó un autobús se dejará de lado de inmediato la tesis de que un dios lo ordenó, o que un fantasma o un ángel se le cruzó en el camino. En el caso del origen de la vida habría que hacer lo mismo, sacar de inmediato a dios, a los fantasmas, a los ángeles, entre otras figuras mágicas, de las elucubraciones y ponerse serio, es decir, dejar de inclinar la cabeza ante una idea fantástica y primitiva y bastante tonta, hay que decirlo, y usarla mejor para pensar, para sumergirse sin miedo en el universo incierto y bucear buscando verdades, luciérnagas que iluminen desde la razón (todavía nos debe quedar algo en stock) un fragmento de la incerteza que somos y que seremos. Hay que tener esa paciencia. Las religiones nos ofrecen, en cambio, respuestas inmediatas, instantáneas, que funcionan como enormes reflectores que anulan el claroscuro, que encandilan y acaban con los tonos -infinitos- que hay de la luz a lo lóbrego, encegueciéndonos.  El problema de fondo, me digo, mientras me acerco a la línea del tren bajo un cielo rosado, es que demasiadas personas creen en alguna divinidad. Si fuesen pocas y tuviesen poco poder daría igual, serían hasta simpáticas, llamativas, pintorescas, habría hasta una oficina turística cerca de sus casas y gringos con cámaras posando junto a ellos, pero son la mayoría y además muchos siguen de manera militante -son followers– a un montón de dioses que obviamente son incompatibles entre sí, dioses que promueven el amor, pero cuyos fieles, como ocurre hoy en Palestina, terminan asesinando a los creyentes de la deidad del lado. Descartes -filósofo racionalista- escribió alguna vez que entre creer en dios y no creer es mejor creer, pues si la creatura divina no existe no se pierde nada y si existe se gana todo. Discutible idea, puesto que al creer debemos seguir reglas ridículas a cambio de una ganancia difusa, pues en ninguna parte se explica en qué consiste el paraíso. El planteamiento de Descartes, que más bien parece un mal plan de negocios, es el sustento para que muchas personas se declaren creyentes, profundizando el problema.  En Latinoamérica, el hecho de que el cristianismo haya hegemonizado las creencias ha evitado, al menos, que nos matemos por motivos religiosos. Nosotros, los de hoy, puesto que nuestros antepasados, todos muy píos, muy beatos, se vieron en la necesidad de asesinar a un número enorme de indígenas, a crucificarlos, a quemarlos, a empalarlos, a mutilarlos a ellos y a sus dioses, todo por amor a Jesucristo. Contrasta, ciertamente, esta actitud con la idea que Nietzsche -uno de los principales cuestionadores del cristianismo-, planteó acerca de esta doctrina, pues el autor de Así hablaba Zaratustra la veía como una creencia para débiles, dada su idea de la compasión para con el otro, su poner la otra mejilla, su paraíso para los desventurados y etcétera. Eso, en el papel, porque en la realidad opera con mayor fuerza otro fenómeno que el mismo Nietzsche -al que le faltó hacer la práctica en Latinoamérica o África- llamó voluntad de poder. Detrás de las religiones, parapetada, se esconde esta ansia de homogeneizar, de controlar, de ser monopolio, de dictar las reglas, de quedarse con los territorios, los recursos y hasta con los sexos. No en vano, como

Poesía chilena actual | Doce poemas de Miguel Faúndez

Selección de Poemas     OCÉANO   Me abrazo de marea atrabiliaria En este paralelo. Humedad de sardina Y lobo errante. Estoy enfermo de parecerme a los océanos, Al mar Pacífico Que arrastra catedrales en su espejo Y derrumba la noción del día En una casa alta Como un puente. Estoy enfermo de ser tan azul. De vomitar arena entre los faros, De apaciguar los peces indecisos Que irán a morder Cualquier anzuelo. Y es que, Aparte de lavarme con salmuera, Respiro algas cortadas, Moluscos sin edad Y rocas que dibujan las ciudades De la muerte. ¡Me estoy muriendo de Mares desatados. Anfitrión de los barcos Mercantiles, De las lunas paradas En el cielo Y tantos capitanes!       VISIÓN DESDE LOS CERROS   Veo Valparaíso en mi memoria. Saturno suelto que pide Ventilación bajo la lluvia. Los cerros han bebido todo el día Y, saciados al fin, Arrojan el agua de sus lindes. Cayendo, tropezando, Los hilos se procuran verticales Que apacienten su fuga Sin itinerario.   El puerto me despierta Las tazas de té Con aroma de mar Y caserío. Un ancho cascarón de soledades Remolca las chalupas En la lluvia.   Soledad de las redes Y del hombre. Soledad de la mesa Y la cocina.   Los árboles, Oscuros, En los cerros Cimbrean Como abrigos de polvo La ceniza.   ¡Ceniza se hace el corazón En esta noche. Ceniza la memoria Que quiere retorcer Un largo grito!       SÓLO UNA CIUDAD   La ciudad gitana Que dice la hora En un reloj de flores Invitando al mar Que la corteja.   Ciudad de playas y veleros Nacida de la uva, Los trenes y el azúcar. La más bella que me viera En mis días de niño Y eucaliptos.   Transita entre Avenidas de lujo Y hambre. Con ventanas de cristal Y ranchos sin camino.   La madre de jardines, Tutelar de cerros Como catedrales Bizantinas. Bizantina de gentes Y banderas.   La ciudad recién amanecida. Amazona dorada Donde venden manzanas y algodones, Y las plazas Ofrecen a sus jóvenes más bellos.   La ciudad iconoclasta De ocio y vacaciones. De lujuria callada Y proxenetas.   La próxima al paraíso Que vive esperando La señal de la cruz, El ángelus y los maitines Para abrirse reflejo En los dedos de Cristo.   La que no fue maldita Porque no escuchó la trompeta Entre el tráfago de vajillas de plata, Cristales de Bohemia Y estruendosos trasatlánticos Que se iban y volvían.   De: Memorial de Argonautas       ALAS   He pensado que no me importa Que mueras esta noche. Que reviente tu corazón Como una estrella, Lejos del mar. Y los pájaros olviden su dulzura Su pensamiento musical sobre las naves. He pensado que no seré capaz De llorar contigo, por ti Como una lucha de invasores Abriendo continentes: Estrategias anónimas En el ciclo del mundo. Ni que podré velar las últimas entregas Por no dormirme luego. Ni presentir tus ojos En mariposas verdes. He pensado que quedaré en las islas Próximas al ruido En los jardines de mantel Donde cae la fruta. Mientras tú me quisieras En un rasgón de puerto Con lloviznas heladas Y entregándome al frío De los muchos objetos Mantenidos al margen De tu boca. He pensado que no seré feliz. Incluso que la tarde se reñirá conmigo Trayendo tu abedul en los amantes. Y en el sombrero de los montes Cuando se hagan pedazos las hojas Que no seré columpio de avellanos Ni el cabrestante tibio De otras veces. Porque todavía no me libro De tus alas.       PINOS   He pensado en ti Y he dicho “Ahora, en este instante, Los pinos efluyen Sus agujas Con pétalos redondos, Rutilantes, Al borde de los techos. Se erigen en pasajes De tiniebla, Casi solos, Comunes al martirio De la noche. Y en ellos (Escalera sin tráfico) No subo a proponerle Ni a decirle: Aquí estamos los dos, En ese zócalo. En esa ruta De lanzas y navíos; En esa aguja tenue Que incorpora a la luna Y la hace tira. Aquí estamos los dos, En esa gota Dispuesta a reventar Y exterminarnos”.       NOCHE ENCENDIDA   Anoche En los últimos balcones De la isla Te dije que trajeras mi revólver Y con él Las flechas de abedul Que guardaron los nuestros En aquellas vitrinas Del olvido. Y me trajiste luces de bengala, Estridencias de sol, Filamentos rojos Que no ayudan a morir Ni a esconderse Como bulbos de amapola. Entonces no tuve más remedio Que amar los reflectores, Los dorados matices, Las brillantes coronas Que repetían tus ojos. Tus ojos como una Nueva York alucinada, Llevándome a una vida De contusos.   Y amé tu pretensión de alcobas Al borde del abismo Como un naufragio De barcas sin muelle En los mares sin nadie. Embriagado de reflectores Y somníferos.   De: De Lunas y Centauros       EXTRAÑA EXALTACIÓN   Si te llamara Quebraría los cristales Del hielo Y la quietud Del lago transparente Retenido entre arbustos Y aves migratorias. También Calaría En la curiosidad De la gente Que toma su café O promete No volver a verse. Hablando sin razón Por temor al vacío O a que el alma Les quede tiritando.   Y si te hablara El mundo soltaría Su guillotina De hojas Para enterrarme vivo Con los más penitentes.   Debo callar y verte, Nada más. Debo sentir Y ahogarme en este trance De extraña exaltación, De pena y gozo.   Debo, por fin, Volver a mi ciudad Lejana Donde estarás conmigo Sin restricción, Sin tiempo.       DELIRIO   Mi corazón te espera aún En su ensenada. Lleno de sol lunar, De estrella y nave. Sabe que si vendrás La tierra se abre En lenta flor de espuma Hacia su viaje De mariposa y fruto, De polen y álgebra.   Mi corazón te espera aún En su delirio. Loco con su vaivén, Su ritmo cándido. Su manifiesta ensoñación De

50 años del GOLPE | Poesía en los campos de concentración

«Hubo quienes pasaron por esos lugares de tormento y terror y de esa experiencia, en vez de balas de vuelta, surgieron poemas. Es el caso de los fallecidos poetas Aristóteles España, quien contaba solo con 17 años al momento de su confinamiento en Isla Dawson, y de Floridor Pérez, asesor en ese tiempo de la exitosa editorial Quimantú, quien estuvo preso en Isla Quiriquina, así como del analista político, académico y periodista Sergio Muñoz Riveros -antiguo militante comunista hoy en las filas liberales- quien pasó por Villa Grimaldi, Tres Álamos, Cuatro Álamos y el centro Melinka en Puchuncaví.» Alrededor de doscientas cincuenta mil personas fueron detenidas -en Chile- entre el 11 de septiembre y el 31 de diciembre de 1973, según datos de Amnistía Internacional y la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Si consideramos que en 1973 nuestro país tenía cerca de diez millones trescientos mil habitantes, podemos deducir que un 2,4% de la población chilena fue detenida en ese período, porcentaje no menor, muy similar al que hoy en día representan todos quienes viven en las regiones de Tarapacá y Aysén respecto de nuestra población total, lo que habla de la magnitud del tenebroso fenómeno.   Los lugares de detención -más de mil en toda la franja- fueron diversos: regimientos, comisarías, retenes, bases aéreas, cuarteles de investigaciones, buques, cárceles, gobernaciones, hospitales, estadios, industrias, parcelas, clubes de tenis y variados inmuebles privados. Algunos, como los campos de concentración de Isla Dawson, Pisagua, Chacabuco o Tres Álamos, por mencionar algunos, eran de conocimiento público. Otros, como Villa Grimaldi o Londres 38, eran de carácter secreto y su existencia fue negada por el oficialismo y la prensa nacional de ese entonces. En todos estos sitios, de manera sistemática, se practicaba la tortura, el abuso sexual y se asesinaba a opositores de la dictadura cívico militar.   Hubo quienes pasaron por esos lugares de tormento y terror y de esa experiencia, en vez de balas de vuelta, surgieron poemas. Es el caso de los fallecidos poetas Aristóteles España, quien contaba solo con 17 años al momento de su confinamiento en Isla Dawson, y de Floridor Pérez, asesor en ese tiempo de la exitosa editorial Quimantú, quien estuvo preso en Isla Quiriquina, así como del analista político, académico y periodista Sergio Muñoz Riveros -antiguo militante comunista hoy en las filas liberales- quien pasó por Villa Grimaldi, Tres Álamos, Cuatro Álamos y el centro Melinka en Puchuncaví.    Leyendo sus versos, recordé que -en su Poética– Aristóteles le dio preeminencia a la Poesía por sobre la Historia, afirmando que la primera es más elevada, más filosófica que la segunda, puesto que la Historia aborda lo particular, lo concreto, mientras que la Poesía posee un carácter general, amplio, genérico, pudiendo especular sobre lo posible. Tema debatible, por cierto, pero en este caso la fórmula parece funcionar, puesto que los poemas seleccionados en esta pequeña muestra -escritos en un lenguaje coloquial, cercano, sin artificios- nos conectan de manera profunda con lo ocurrido en los demenciales centros de detención y tortura instaurados por Pinochet y sus colaboradores uniformados y civiles, convirtiéndose así en documentos imprescindibles para conocer la verdadera magnitud de lo que pasó en Chile en esos años funestos, impregnando de humanidad y sensibilidad las cifras, datos y análisis que consigna la Historia.     Selección de Poemas     ARISTÓTELES ESPAÑA / (Castro, 1955 – Valparaíso, 2011)     LLEGADA   Bajamos de la barcaza con las manos en alto a una playa triste y desconocida. La primavera cerraba sus puertas,  el viento nocturno sacudió de pronto         mi cabeza rapada                     el silencio esa larga fila de Confinados que subía a los camiones de la Armada Nacional                             marchando cerca de las doce de la noche del once de septiembre de mil novecientos setenta y tres en Isla Dawson. Viajamos por un camino pantanoso que me pareció una larga carretera con destino a la muerte. Un camino con piedras y soldados. El ruido del motor es una carcajada, mi abrigo café tiene barro y bencina: nos rodean bajamos del camión uno              dos               tres             kilómetros cerca                      del                      mar y  de  la nada. ¿Qué será de Chile a esta hora? ¿Veremos el sol mañana? Se escuchan voces de mando y entramos a un callejón esquizofrénico que nos lleva al campo de concentración, se encienden focos amarillos a nuestro paso, las ventanas de la vida se abren y se cierran.     APUNTES   Me fotografían en un galpón como a un objeto, una, dos, tres veces, de perfil, de frente, confeccionan mi ficha con esmero: “soltero, estudiante, 17 años, peligroso para la Seguridad del Estado”. Miran de reojo: Quieren mis huellas dactilares. Un sudor helado  inunda mis mejillas. No he comido. Creo que hay una tormenta. Me engrillan nuevamente. Tengo náuseas. Empiezo a ver que todo gira a mil kilómetros por hora. Se estrellan sus puños  en mis oídos. Caigo. Grito de dolor. Voy a chocar con una montaña. Pero no es una montaña. Sino barro y puntapiés, y un ruido intermitente que se mete en mi cerebro hasta la inconciencia.     Y NO ERAN PERROS   Anoche al acostarme escuché ladridos  en algún lugar del campamento. Y NO ERAN PERROS     MÁS ALLÁ DE LA TORTURA   Fuera del espacio y la materia, en una región altiva (sin matices ni colores) llena de un humo horizontal que atraviesa pantanos invisibles, permanezco sentado como un condenado a la Cámara de Gas. Descubro que el temor es un niño desesperado, que la vida es una gran habitación o un muelle vacío en medio del océano. Hay disparos, ruidos de máquinas de escribir, me aplican corriente eléctrica