Literatura

Perfiles | Serafín

«Fue solo hace un par de meses. Lo encontré echado junto a la sede, vacía hace tiempo, de la democracia cristiana de la comuna. Me miró con sus ojos marrones y brillantes y de inmediato conectamos. Se me ocurrió, en ese momento, que era la reencarnación de mi abuela. Eso reforzó mi decisión de llevarlo conmigo sabiendo que a Lorena, mi nueva y guapa conviviente, pujante microemprendedora en el rubro de la ropa de marca falsificada, no le gustaban los animales. Dan trabajo, son antihigiénicos y no sirven para nada. Si te quieres proteger, mejor cómprate un revólver.» Anoche mi perro comenzó a vomitar sangre. Andaba decaído. No quería comer. Como no tenía dinero para un veterinario lo llevé al consultorio municipal. Me dijeron que solo atendían personas, seres humanos, ¿me entiende?, no animales. Pregunté por el consultorio comunal de perros y la recepcionista, una morena con ojos de yaca, me explicó que no había tal consultorio, qué en que planeta vivía. Después me pidió que contestara la encuesta de calidad de servicio. Son solo cinco minutos. Así, en el futuro, podremos otorgarle una atención mucho mejor. Salí, me subí a mi maltratado y viejo auto chino, citicar cuya patente está impaga hace tres años, que no cuenta con revisión técnica ni con seguro contra accidentes, mi economía anda al tres y al cuatro, y le di una mirada a Serafín, que reposaba en el asiento trasero, todavía respiraba. Acto seguido apliqué cinta adhesiva al nylon que cubría la ventana del lado del chofer, que se había despegado en varias partes dejando entrar el frío de la tarde invernal. Lo quebró mi padre, fue durante la navidad pasada, el hombre bebió más de la cuenta y mientras cenábamos se acordó de que yo no asistí al funeral de su madre, mi abuela, y me trató de malnacido. Arrojó luego sus papayas con crema al piso, estábamos en el postre, y enardecido salió al patio, lugar donde perpetró el ataque contra la ventana del chinito usando un azucarero. Atento -como siempre- a evadir a tiempo los posibles controles policiales, asunto en que me había vuelto un experto, conduje de regreso a casa. Serafín seguía respirando con dificultad. Lo oí jadear un par de veces y suspirar otras tantas. Lo había acomodado sobre un viejo mantel plástico con el fin de proteger el asiento en caso de vómitos, meadas, cagadas u otras emanaciones. Lo hice como escuchando a mi padre, yo lo hubiese echado así no más, era un caso de extrema urgencia, pero él me inculcó, desde pequeño, la importancia de cuidar el tapiz del vehículo, que es caro, más caro incluso que varias partes del motor, weon, cómo no estendís, sacándome la chucha cuando en mi infancia derramé unas gotas de helado en el asiento de su amado chevrolet. Helado de frambuesa, que parece sangre, ahora sí que la cagaste, quién va a querer un auto así, se fue a la mierda el valor del vehículo, dijo con los labios apretados antes de darme varias cachetadas. Cuando recogí a Serafín ya estaba viejo. Fue solo hace un par de meses. Lo encontré echado junto a la sede, vacía hace tiempo, de la democracia cristiana de la comuna. Me miró con sus ojos marrones y brillantes y de inmediato conectamos. Se me ocurrió, en ese momento, que era la reencarnación de mi abuela. Eso reforzó mi decisión de llevarlo conmigo sabiendo que a Lorena, mi nueva y guapa conviviente, pujante microemprendedora en el rubro de la ropa de marca falsificada, no le gustaban los animales. Dan trabajo, son antihigiénicos y no sirven para nada. Si te quieres proteger, mejor cómprate un revólver Al llegar a casa dejé a Serafín bajo el pequeño techo que protegía la puerta de entrada, inhóspito lugar autorizado por Lorena para que durmiese el cuadrúpedo, recordándome, en la ocasión, que la casa era suya, que se la ganó a su ex y no fue para nada fácil. Lo envolví en una frazada, le acerqué un tiesto con agua, le di las buenas noches y entré. Lorena estaba viendo una serie turca. Le conté lo del perro. No quiero escuchar desgracias, dijo. Y me hizo callar. Me acordé, en ese momento, de cuando me echaron de mi última pega. Me habían contratado como matón en una disco, pues no tengo estudios, no puedo aspirar a mucho, nunca entendí el teorema de Pitágoras, pero soy alto y corpulento como mi padre. Una noche, estando de guardia, por divertirse unos cuicos le sacaron la cresta a un chico gay, lo desnudaron, le dieron puñetazos, lo hicieron bailar un tema de Ricky Martin y finalmente le cortaron una oreja con un alicate.  El jefe me ordenó que no le dijera nada a los pacos, que de lo contrario me echaría, puesto que los cuicos eran sus amigos y excelentes clientes. Además, me dijo en voz baja, están dispuestos a pagar por tu silencio. Pero esa vez no me callé. Quedé cesante y Lorena se enojó conmigo, encontró tonta mi decisión, puesto que al chico ya le habían cortado la oreja, no había nada qué hacer, o me vas a decir que la justicia le va a poner una oreja, el único que de verdad perdió fuiste tú, que te quedaste sin plata y sin trabajo, tontón.  Puse la mesa en silencio, disciplinado. Quince minutos después tomamos once con pan y jamón del economax. Era el momento ideal, según Lorena, para que nos contásemos las novedades del día. Le hablé de la oportunidad de trabajo que se me había presentado en una empresa de guardias. SEGUREX, se llama y la gente de recursos humanos es súper amable. Maravilloso, dijo ella, ojalá esta vez no lo arruines. Le aseguré que no, que esta vez le haría caso, que esta vez pensaría bien las cosas. Ella me contó que se había comprado lencería nueva, sostén y calzones, dijo. Y me miro con ojos pícaros. Yo sentí un pequeño cosquilleo en el pene. Eso duró como diez segundos. Después nos

Poesía chilena y jazz | En los tiempos del swing

«No estuvo, sin embargo, esta época exenta de un aspecto tenebroso y siempre presente en la cultura norteamericana, me refiero a la patológica idea del supremacismo blanco, enfermedad social que se manifestó tanto en la generalizada negativa al ingreso de público “de color” a los clubes donde se divertían los blancos (en circunstancias de que gran parte de las estrellas eran músicos afroamericanos tocando música afroamericana), como en la segregación a la que se vieron enfrentados los artistas.» Durante las décadas del 30 y 40 del siglo pasado, el jazz se expandió velozmente tanto por EEUU como por otros lugares del mundo gracias a la irrupción del swing, una variante orientada al baile, a la diversión, a la jarana, en un tiempo marcado por los efectos del crac bursátil de fines de los años veinte y la devastadora depresión económica que lo siguió. Este fenómeno, propio del capitalismo, que generó quiebras, desempleo y pobreza durante largos años, es una de las causas a la que que se le atribuye la popularidad del naciente estilo, dado que otorgaba una vía de escape, de alienación, dirán otros, a la cruda realidad del momento, coincidiendo, por cierto, con una etapa de mayor desarrollo de la industria musical, tanto en lo discográfico como en lo relativo a la radiofonía, lo que le otorgó mayor fuerza.  El swing fue interpretado por grandes orquestas (big bands) constituidas por una veintena de músicos, siendo lideradas por una figura que, por lo general, daba el nombre a la agrupación. Precursora de las big bands se considera a la "Fletcher Henderson Orchestra", dirigida por Fletcher Henderson. Las grandes orquestas -en términos generales- estaban compuestas por secciones de vientos (trompetas, trombones, saxofones, clarinetes) y una sección con piano, bajo, guitarra y batería, instrumento, este último, que actuaba como el corazón rítmico de la banda. Surge, también, la figura del solista y un cambio relevante respecto de las jazz bands es que los temas presentaban una mayor estructuración y mecanización, habiendo espacios predefinidos para la improvisación. Algunos de los principales directores de big bands de esta etapa fueron los pianistas Duke Ellington, Fletcher Henderson y Count Basie, así como el trombonista Glenn Miller y el clarinetista Benny Goodman, quien fue conocido como “El rey del swing”. Grandes momentos de popularidad adquirieron también cantantes de jazz como Billie Holiday, Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, quien también fue un brillante trompetista. Se debe destacar, además, que la expansión del jazz hacia otros puntos del orbe hizo surgir intérpretes no norteamericanos de la música sincopada, pudiendo destacarse la figura de Django Reinhardt, guitarrista gitano nacido en Bélgica que llegó a tocar con Duke Ellington y cuyo estilo marcó una nueva vertiente para el jazz. No estuvo, sin embargo, esta época exenta de un aspecto tenebroso y siempre presente en la cultura norteamericana, me refiero a la patológica idea del supremacismo blanco, enfermedad social que se manifestó tanto en la generalizada negativa al ingreso de público “de color” a los clubes donde se divertían los blancos (en circunstancias de que gran parte de las estrellas eran músicos afroamericanos tocando música afroamericana), como en la segregación a la que se vieron enfrentados los artistas. Duke Ellington y su orquesta, por ejemplo, tuvieron que arrendar un vagón de tren y acomodarlo como vivienda, dado que les resultaba prácticamente imposible conseguir alojamiento o mesas en restaurantes a causa del color de su piel. Billie Holiday, por su parte, pese a tener su nombre brillando en las marquesinas de los sitios donde se presentaba, debía entrar por la puerta trasera y durante las giras no podía viajar ni compartir el mismo hotel que los músicos blancos.  En cuanto al vínculo entre la poesía chilena y el swing, aparentemente este estilo no logró la adhesión generacional que tuvieron las jazz bands en los poetas de vanguardia, esos adoradores de la novedad, dado que es difícil encontrar menciones directas de poetas nacionales contemporáneos a este estilo musical. Dos autores que sí lo hicieron fueron Carlos Bolton y Gonzalo Rojas, ambos nacidos en 1917. A diferencia de los poetas de vanguardia, que se referían a las jazz bands de manera genérica, estos poetas mencionan en sus versos a un músico concreto, específico. Se trata del cantante y trompetista Louis Armstrong, quien tocó junto al mítico King Oliver y fue parte también de la orquesta de Fletcher Henderson. Bolton escribe un poema largo y rítmico, muy jazzístico, de nombre “Louis Armstrong – Impresiones”. Gonzalo Rojas, por su parte, en el poema “Latín y jazz”, señala que está leyendo a Cátulo y al mismo tiempo escuchando a Armstrong, lo que la da pie para hacer un contrapunto entre las ideas de Roma y África, de la opulencia y el látigo. No son solo estas menciones, sin embargo, las que se pueden encontrar en la poesía chilena respecto de la época del swing, puesto que autores y autoras de generaciones posteriores también han volcado su mirada a este fenómeno musical. Así, por ejemplo, Claudio Bertoni (Santiago, 1946), poeta de la generación de los sesenta e integrante de la Tribu No -quien además fue percusionista del primer grupo de jazz rock chileno a inicios de los setenta- escribe unos versos acerca de Lester Young, saxo tenor que tocase alguna vez en la orquesta de Count Basie y junto a Billie Holiday. Esta ultima lo llamaba “Prez”, por presidente, reconociendo el talento de quien crease un estilo admirado por Charlie Parker y que daría pie, también, al cool jazz, hitos que veremos en la próxima entrega de estas notas. En un poema bastante “telegráfico” Bertoni coloca a Lester Young junto a otros grandes de la música sincopada “como Armstrong, Ellington, Parker, / Monk y Coltrane”, precisando que se trata de artistas “que transmiten / lo que la música / lleva dentro / y que es / algo más / que lo que muestra / el pentragrama.” En los ochenta, Iván Rodríguez (Santiago, 1961), en un texto dedicado a Parker, rescata también la figura de Lester Young,

Poesía chilena actual | «El deseo de partir», nueve poemas de Cristian Rodríguez

UN DOMINGO CUALQUIERA DESDE LA VENTANA   El bosque guarda una sabiduría evidente, aunque repetitiva enseñanzas tan distantes como ilegibles sin relación alguna con el amor ni la verdad.   Los sabios y los místicos adoraban a estas presencias yo también las he intuido en ciertas calles, ciertas avenidas sin tener la fuerza como para seguir el hilo la señal inequívoca   y así, pasan los años: nada sucede, nada cambia lo posible y lo imposible quedan en sus propios dominios y el Edén persiste como un parque sin mantenimiento donde niños y criminales bailan ante pequeñas fogatas lejos de sus casas de buenas familias     18 DE OCTUBRE   Alguna vez pensé: “cuando llegue ese momento en que la Historia toque a mi puerta Cuando ese instante que tanto esperaba se presente gloriosamente ante mí no lo pensaré dos veces y saldré a la calle con lo puesto para unirme a la algarabía de mis hermanos y caminar juntos en un mismo trote desordenado y jubiloso”   Ahora que ellos avanzan en largas filas por plazas y avenidas mi puerta permanece silenciosa y yo sigo aquí, esperando su señal en el mismo sillón verde olivo de mis treinta y mis cuarenta   Aunque tomara la iniciativa y saliera por mi cuenta sólo vería espaldas   un mar de espaldas cada vez más grandes más robustas a medida que avanzo,   las palabras sueltas de un plan ininteligible, las señales típicas de las sectas y las cofradías,   rostros y oídos cada vez más ensimismados,   el lado blanco del ojo sin señales de reconocimiento     LA RENUNCIA   Llevo varias semanas tratando de presentar mi renuncia la llevo de manera evidente, entre mis manos a la vista de cualquiera: de personas que me hablan sobre su propia vida hasta que pasan las horas y ya es imposible decirles nada al respecto   A pesar de mi férrea voluntad de dimitir sigo asistiendo a las cenas de la empresa donde, hay que decirlo, la comida es buena y el vino es decente   y donde, la bondad y la alegría de mis colegas —así como su amor excesivo por los más jóvenes— no dan lugar a la verdad ni a sobresaltos   Su amabilidad supera a mi determinación. Su cariño, a estas alturas, es como una cárcel Debilita mi voluntad a tal punto que si una de las jóvenes descubriera ese momento decisivo —con esa intuición aterradora que tienen las mujeres—   y pusiera su mano sobre mi hombro yo no mencionaría el asunto nunca más y viviría con mi renuncia lista aferrada en el fondo de mi bolsillo     MARCO AURELIO EN EL PRETORIO   Mientras escribía sus Meditaciones Marco Aurelio aún era capaz –bajo las carpas del Danubio, rodeado por el trote de la caballería y las armas de los soldados– de rectificar su mundo interior de entender la naturaleza de los hombres y de guiar a padres e hijos por la ancha senda de los maestros   Nosotros en cambio –sin guerras a la vista, hermosos y carismáticos, y demasiado ansiosos por los lunes– hacemos como que escribimos todos están haciendo algo y no podemos ser la excepción     LOS ÚLTIMOS DÍAS DE MARZO   Hay algo amenazante en la ambigüedad de estos días extraños   Una inminencia de preguntas difíciles que no se alcanzan a formular   Se empuja un vaso hasta la orilla infinitamente aburrido sin saber qué hacer   Se arrojan palabras insensibles  analizando sus respuestas y las primeras dudas del personal   Y los amores de lejos: esos planes que nacen con la misma inconsciencia de los sueños desenfundan su esperanza triste contra el consenso insoportable de la época   Se podría vivir perfectamente, sin problemas, arrellanado en la comodidad del yo: en la incongruencia dolorosa de ser uno mismo   pero uno siempre busca otro amor y permanece inquieto entre la paz de los lirios soñando con la posibilidad de una guerra     LÍMITES   Rayén apenas puedo vivir entre dos lugares: el adentro y el afuera el hoy y el mañana   Quizás uno sólo   Jamás tres o cuatro ni hablar de cinco o seis   El alma fue hecha para una sola tragedia  La propia   No me pidas compasión por el dolor ajeno ni lamentos por las grandes estepas   Si se sufre, se ha de sufrir en silencio no se cura el dolor multiplicándolo     LEJANA E IMPERFECTA   Donatella, no sigas tu camino quien más se acerca, más se aleja, quien odia a la vida con ganas la ama en secreto   Tu madurez no te asienta   Tu blusa blanca, tu cuerpo sinuoso, esconden algo táctil y poco elegante   Aquí está tu nombre tal como lo escribiste Aquí está tu ropa tal como lo dejaste   Ven, ríndete al misterio reúne a tu belleza con tu descuido  y escucha mi llamado desde el jardín  No hay alegría como un amante sarnoso ni emoción como dejar una vida buena    Ven, ríndete al misterio las fucsias se caen cuando no las miras y el sol destruye las murallas que ilumina con su aliento   Demora el instante de tu huida, alarga tus días iguales y dale más dudas que certezas a esta cabeza sin sosiego     LA OTRA ORILLA   No siento amor o simpatía por nadie sólo piedad piedad por sus mares y sus hijos por sus perros dejados a su suerte   La breve ventana del amor no es más que el cambio de luces  para el forastero el fundamento del choque del navío para el que todas las costas son extrañas   ¡Cuántas lanzas rotas por un abrazo ruinoso de quien es incauto y merecería morir mañana!   los amo los odio    ¡qué más da!   Trastornos del afecto Encandilamiento permanente  entre el amor y el desprecio     PAISAJE CON MAR Y NIEBLA   Misticismo zafio de mares inconducentes bruma implícita de

Perfiles | ¡Gracias, Tamy!

«Preferí quedarme, por cierto, con la segunda alternativa. Es mejor estar sumergido en el océano creyéndose una ballena azul que emerger y descubrirse sardina. Sé que es una posición cómoda, que la voz oficial predicada por la religión del emprendimiento y la prostitución de uno mismo indica que es mejor lanzarse a la piscina sí o sí, que hay que atreverse, que es mejor fracasar intentándolo que quedarse con la duda. Yo he preferido quedarme con la duda. La duda me mantiene vivo. Las certezas oprimen como lápidas.» Hoy, al desayuno, mi tía Norma me preguntó si pensaba publicar alguna vez mis escritos. Quizá sería bueno, sugirió. Para qué, le pregunté y sin darle tiempo a responder agregué que no me interesaban ni la fama ni el público, menos promocionarme a mí mismo, no quiero ser mi propio hombre sándwich. La tía abrió extremadamente sus oscuros ojos de garza, que brillaron intensos ante el rosa plomizo, enfermizo, de sus párpados. Enseguida opinó que se trataba de cobardía. ¡Cobarde! ¡Cobarde!, susurró sonriendo como una niña, cosa que a sus cincuenta y tantos –y con ese maquillaje– no le hizo ningún favor. Después, mientras aplicaba, primero, una gruesa capa de mantequilla y luego otra, más fina, de mermelada de ciruela a su tostada, señaló que lo lógico es que un escritor dé a conocer su obra al público, solo así sabrá si tiene llegada o no.  Tras el desayuno, vegetando en mi dormitorio me puse a pensar que la tía quizá tuviese algo de razón. No en cuanto a que mis relatos tuviesen o no aceptación entre el público, eso no me importaba, sino a que debía publicarlos. Era lo lógico, sin embargo me interesaba saber, antes, si valían o no la pena literariamente hablando, pues quería escribir algo que durase más de tres veranos, no una tonterita a la moda o un esperpento con aire naif. Había, por cierto, únicamente dos posibilidades. La primera, que mis relatos fuesen basura. La segunda, que tuviesen algún valor literario, pero que a causa de mi falta de interés y constancia para darlos a conocer, es decir, de la carencia del espíritu de encargado de marketing y ventas de mí mismo, pasaran inadvertidos. Preferí quedarme, por cierto, con la segunda alternativa. Es mejor estar sumergido en el océano creyéndose una ballena azul que emerger y descubrirse sardina. Sé que es una posición cómoda, que la voz oficial predicada por la religión del emprendimiento y la prostitución de uno mismo indica que es mejor lanzarse a la piscina sí o sí, que hay que atreverse, que es mejor fracasar intentándolo que quedarse con la duda. Yo he preferido quedarme con la duda. La duda me mantiene vivo. Las certezas oprimen como lápidas. Me puse a escribir. Al rato sentí golpes en mi puerta. Era otra vez la tía Norma. Sin mayores rodeos me pidió que buscará pega. Luego me recordó que llevaba tres años en su domicilio viviendo gratis, que cuando su hermana, mí madre, decidió expulsarme de su casa por considerarme un vago disfrazado de escritor, ella, que es profe de artes plásticas, me dio alojamiento porque creía en mí, en mi talento, que de chico había advertido. Pero a la fecha no he visto nada. ¿Realmente escribes? Le mostré la pantalla del notebook. Había allí uno de mis cuentos. Quiero leerlo, dijo. Respondí que no. Entonces como sabré si realmente es tuyo o es un texto que copiaste por ahí para que parezca que estás escribiendo. Mientras decía esto se acercaba a la pantalla. No soy tan falso, le aclaré. Déjame leerlo entonces –insistió– estando ya junto al computador. No, le grité. Cómo vas a saber si yo lo escribí o no. Hay miles y miles de cuentos, no creo que los hayas leído todos. Ella se puso junto a la pantalla, empujándome. Y trató de comenzar a leer. Entonces la empujé yo a ella. Y se me pasó la mano. La tía Norma cayó al piso con estruendo. La oí quejarse, tenía una herida en la cabeza, una herida que sangraba, pero solo un poco, no se trataba de un río de sangre, aunque me alarmé al ver sus párpados rosa plomizo, enfermizo, tiñéndose de rojo. Entonces tomé el notebook, que ella misma me había regalado, lo metí en mi mochila y salí corriendo. Corrí por las calles de San Miguel hasta llegar a la plaza donde se yergue la estatua de Condorito. Allí, sentado sobre el pasto me dije que no volvería jamás donde la tía Norma. No estaba dispuesto a tolerar sus humillaciones. Necesitaba rodearme de gente que creyese en mí sin pruebas. Recordé que hace poco había visto un posteo en instagram anunciando un recital de tres poetas mediocres, pero que eran calificados como tremendos. Eso necesitaba: adoración ciega. Después puse los pies en la tierra y me di cuenta de que tendría que llamar a mi hermano, el ingeniero comercial, para pedirle ayuda. Un escritor no puede vivir del aire. Carlos. Charles como le gusta que lo llamemos, es gerente de algo en una clínica privada. Cuando consiguió su primer empleo, años atrás, me dijo que ante cualquier problema lo llamara. No dudes, hermano. Y así lo hice. Hemos perdido más plata que la mierda con el juicio por sobreprecios, capaz que terminemos hasta quebrando, se quejó casi sin saludar. El cáncer, tan rentable, la artritis, la apendicitis, la osteoporosis–nombraba enfermedades como si ofertaste papas o lechugas en una feria– incluso los partos, los putos partos, que nos generaban una rentabilidad promedio más alta que la mierda, del orden del 47% anual, se fueron a la cresta. Después me preguntó cómo andaba. Bien. Le respondí y colgué. Cómo tenía algo del dinero que mi madre me mandó para mi cumpleaños número veintitrés, me fui a tomar unos tragos. Había leído muchas novelas donde los protagonistas recurren al alcohol en casos como este. Caminando por Gran Avenida llegue a un bar penumbroso y solitario ubicado cerca de un topless. Creyéndome un personaje de novela de detectives –que, de paso, debo señalar, son todas iguales– entré y pedí un whisky con soda. Sentado en un rincón sombrío, lleno de carteles de marcas de licor, motos, autos F1,

Poesía chilena actual | «El debido proceso», seis poemas de Miguel Faúndez Rojas

En estos poemas, marcados por la nostalgia, el poeta viñamarino reúne un conjunto de textos donde plasma una realidad que solo puede existir en la memoria, pues los seres amados ya cumplieron con “el debido proceso” y hoy son solo remembranzas, visiones luminosas en medio de la oscuridad total de la muerte. En 2023, Miguel Faúndez Rojas (Viña del Mar, 1961) publicó cinco libros de poesía, “liberándose” de textos que cargaba desde largo tiempo y que por diversas razones no había dado a conocer. Dejó, así, tardíamente su calidad de autor inédito. Las publicaciones, lamentablemente, fueron impresas en mínimos tirajes, diez, veinte ejemplares, y por lo tanto tuvieron una difusión muy escasa, no acorde, pensamos, a sus méritos literarios. Afortunadamente, Ediciones Esperpentia anuncia ahora la pronta aparición de su última obra, El debido proceso, con un tiraje que décadas atrás se suponía exiguo -cien ejemplares- pero que hoy se ha convertido en la norma para este género literario, permitiendo un mayor alcance a su trabajo.  En El debido proceso, el poeta viñamarino reúne un conjunto de textos donde crea un universo poético –regido por el mar– que en su primera parte se centra en los recuerdos, rescatando momentos, personas y lugares de significación autobiográfica (especialmente Lota y Valparaíso), que le sirven de puntos de apoyo para la evocación de un ayer maravilloso, en cierto sentido lárico, que plasma a través de un lenguaje justo, equilibrado, preciosista, mostrándonos el mundo que observa el hablante: un niño tímido que comienza a sentir la pulsión homosexual. En la segunda parte, marcada por lo confesional, un hablante adulto se enfrenta a lo irremediablemente perdido, al fin de la maravilla, podría decirse, por lo cual un sentimiento de desamparo crece en los poemas, junto con la nostalgia de una realidad que solo puede existir en la memoria, pues los seres amados ya cumplieron con “el debido proceso” y hoy son solo remembranzas, visiones luminosas en medio de la oscuridad total de la muerte. EMM       Selección de textos     EL ARGONAUTA   Para mi profesora María Angélica Gómez   Debe contarse ya como leyenda: el barco blanco que día a día atravesaba mi ventana por la cima del mar. Lento, como un carruaje de la fiesta de la primavera. A eso del medio día mi príncipe de las mareas, mi hombre navegante llevaba a los turistas de Viña del Mar al puerto de Valparaíso. Yo extendía mis manos como diciendo adiós, o recibiendo a personajes ignotos que venían dentro de aquella blanca acerería.   ¡El Argonauta, el Argonauta! Gritaba a mis hermanas, invitándolas a la fiesta. Pero ellas no gustaban de festejar este tránsito.   Largos minutos de mar y de corazón enrevesado por el capricho inexplicable del viaje.   Pasaban las horas. Cuando el arrebol comenzaba a teñir el cielo con sus colores brillantes el príncipe de todas mis batallas volvía, por las mismas olas antes deshechas, al lugar en que había levado anclas.   Un día de espera no volvió más. Nunca más vi aparecer su proa delineada. Desapareció de la línea horizontal ploma y confusa. Entonces, creo, dejé de ser niño.       FANY FAN FANY   Para el doctor Armando Cruzat   Mi padre, músico autodidacta, pero no “de oreja” sino de lectura y escritura musical, trabajaba en una boîte llamada “Las Tinajas” en Viña del Mar. Una noche dijo a mi mamá, a mí, mis hermanas y a los primos Rojas Briceño (que venían de Conchalí) que el patrón había autorizado a que la familia fuera a ver el espectáculo. Fue como a mis once años, edad similar a la de los primos. Dentro ya de la gran sala, con señoras de mucho brillo y caballeros perfectamente vestidos, pasado un rato de luces, canciones y colores el presentador anunció “al público presente” el nombre rimbombante de la “gran” Fany Fan Fany. Hubo chiflidos, gritos y aplausos. Apareció Fany Fan Fany al centro del escenario, iluminada por un inmenso foco. Acompañada por una batería comenzó su baile de movimientos sensuales y curvilíneos. ¡Plash! Un platillo. ¡Plash! Un brazo en alto de la Fan Fany, que se curvaba como una fiera. ¡Plash! Otro platillo y ¡Plash! Fany Fan Fany tira su sostén al público. Mi padre, entonces, nos dice a los tres Briceño y a mí que nos volvamos hacia la muralla. Yo obedecí como un reloj exacto, mientras mis primos encurvaban un brazo, agachando la cabeza, tratando de descubrir el secreto de la Fany. A mí, que nunca me gustaron las mujeres, ni saber qué tenían más abajo del ombligo, me dio risa. Y empecé a pensar en la Betty: la muñeca plástica de mi hermana chica, a la cual yo le diseñaba y cosía vestidos, confeccionándole pelucas de pelo de choclo. Bien vestida la Betty la llevábamos a la panadería de la esquina, para que nos dijeran que estaba bonita. Mientras pensaba en eso, cada vez se oían más ¡plash! y gritos. De repente, silencio absoluto. Fanfarria de tambores varios segundos. Un platillazo final. ¡Bravos! ¡Vivas!, aplausos. Todas las luces encendidas. Seguro Fany Fan Fany quedó pilucha para el hambre popular.       LA NAVE   Para mi hermana Alicia   La nave se menea lado a lado. Es un día de calor (tal vez verano). Estamos mi padre y yo remo con remo antes de fondear.   El bote se llama “El Lotino”. Es como una cuna. Cinco metros de eslora moviendo de lado a lado.   Las sardinas en un tarro. Preparados los anzuelos. Es Valparaíso  con sus ascensores. Cerca del astillero. Lado a lado.   Tiramos los pertrechos al agua brillante y fría. Doce jureles al bote por mi mano. Silencio entre los dos. Lado a lado.   Medio siglo después “El Lotino” no existe. Mi padre sobre su quilla duerme sin despertarse. Ahora mi mano con un lápiz sobre el papel se menea lado a lado.     ELSA URIBE   Como aquellos personajes sin sentido que pasan por los lugares con ojos de grillo triste y boca cantarina, con un

Poesía chilena actual | «La hija de la lavandera», seis poemas de Yeny Díaz Wentén

LA CAPITAL   Por acá nadie entra a tu casa sin ser invitado muchacho y no me gusta esta casa porque no es mía. He dejado el río pajarita lavandera escuchen mi silencio torres calles he callado de silbo me hice muda bien mudita por Huérfanos, muda tan muda caudal en verano se ha silenciado la lavandera de tanto extrañar el río. Por acá nadie entra a tu casa sin ser invitado muchacho y por el río paseaban libres las ánimas de los hombres, no me gusta esta casa porque no es mía, pero yo te he invitado por esos ojos del color han conversado conmigo sabiéndose desconocidos y yo he tenido miedo tan alto te he mirado. Las mujeres como mi madre tienen miedo de mirar a los hombres elegantes de ojos vidriosos yo no, porque tienen la misma mugre que lavé tantas veces en la artesa. Me has dicho que llegué triste y pequeña a esta casa yo a estas alturas no sé… ¡Nadie entra a tu casa sin ser invitado! ¡y esta no es mi casa! Pero yo te he dejado entrar abriendo los brazos  para agrietar el aliento de mis ojos que gustan mirar los tuyos, yo no he sido invitada a esta casa porque nos es mía y no me importa yo te quiero tocar tu gesto abrazar adentrarte a esta casa que soy yo que yo te tengo y también es nada.     INVIERNO   Es invierno y voy rumbo a derrumbarme a la capital a vivir de amor y mesa servida dijo la criada que abrió la puerta. ¿Qué hace una lavandera con un señorito? ¿Qué hace la capital con la champurria?   Es invierno y acá la lavaza se hace más perversa, el barro se pega a los faldones de las señoras opulentas y fregar mantas de Castilla es fregarse los dedos. Nadie se apiada de las señoritas pobres, menos de las lavanderas. He visto parir a las muchachas del pueblo y morir como vinieron, con los ojos velados, miserable tela que les lanza la muerte. ¡Qué pobre!¡qué miseria es ser mujer por estos tiempos! ¡Qué miseria es ser mujer en todos los tiempos! Y yo que creo poco en Dios, llevo mi caldero hirviendo por el diablo y por ser india, lavandera y champurria la muy insolente pensarán algunos. Me da igual hay señoras locas en Cristo prefiero ser pobre, un río y del peumo ¡oh su olor hervido! Así huele ser libre a peumo de invierno y achira de verano. Peumo perenne como el corazón de las otras que partieron al gemido eterno de los pobres.   He lavado sábanas paridas de damas y de las ancianas las camas de orín la sangre y el orín son miserables y pobres, todos somos iguales, aunque más iguales que otras, no sé… pienso en este peumo y en el invierno y en las achiras que se llevó mi verano.   Voy rumbo a derrumbarme a la capital a vivir de amor y mesa servida como dijo la criada que abrió la puerta. ¿Qué hace una lavanderacon un señorito? ¿Qué hace la capital con la champurria?   Las señoras madres del señorito no pueden creer qué locura ¡qué esquizofrenia! traer pobreza a esta casa traer lavaza y humo a la salita de estar olor a fuego de peumo a invierno sin flor “¿cómo traen amor a esta casa?”, “¡amor que no conocemos!” ¿cómo se ama a una lavandera? ¿cómo se ama al río?   Voy rumbo a derrumbarme a la capital a vivir de amor y mesa servida como dijo la criada que abrió la puerta. ¿Qué hace una lavanderacon un señorito? ¿Qué hace la capital con la champurria?     LAS COSTURERAS   Las costureras cosieron un vestido de saco para la mujer sola ¡ha llegado al pueblo! ¡ha volvido enmarañada y cochina inmunda! ¡y loca sí loca véanla! las costureras siguieron su labor de remendar el corazón despellejado la vistieron con sacos de trigos muertos de avenas secas no hay lavanda que perfume este vestido majestuoso. Las costureras lanzaron a la  mujer a la calle y la abrazaron los perros vagos los vagos de las esquinas y la mujer pensó ¿qué vestido llevp conmigo? ¿qué pena tengo conmigo? la verguenza de ser sola… que verguenza este vestido que de pena estoy vestida. Mírenme todos es estar vestida de angustia es estar vestida de miseria.   LA LAVANDERA MALDICE AL CIELO   Hay que hervir la ropa para matar lo malo, debí hervir el amor cuando pude. Porque no hay justicia para las lavanderas azulinas para las niñas del pueblo, para las siervas de Dios. No hay justicia en la pérdida no hay remedio que desmanche esta ira ni lejía que limpie toda tu mugre. Hay que hervir a Dios con toda su lepra matar lo malo, hervir al cielo con sus santos, porque no hay justicia para las niñas de meses para los niños de pecho, ni menos para los creyentes no justicia en la pérdida no hay remedio que desmanche mi verguenza ni lejía que borre tu escritura.     LAS SEÑORITAS   He llegado a mi aldea arrumbada como yo está la casa del médico, lindas hijas tenía, es invierno un bombazo dejó muebles y trajes ardidos han tirado a las mujeres a la calle. ¿Qué hace una señorita? ¿qué hacen las señoritas con la escarche entre sus piernas? Pobre doctor ha sido fusilado frente a sus hijas arrumbado el cuerpo ardido la casa ni hablar de los vecinos a la calle los traidores ¡Gloria, vítores al dictador! qué castigo.   He visto a las jóvenes llegar al río triste como lavan su mugre y enjuagan el barro de sus faldones pobres niñas qué mujeres más solas qué blusas más percudidas, la gente odia a los pobres porque llevamos el olor del humo en el alma qué tristeza más fea tienen las señoritas, es invierno y no hay achiras las piedras las miran curiosas qué pies más

Perfiles | El iluminado

«Tenía el cuerpo flaco, el rostro enjuto, le faltaban varios dientes, estaba sucio, barbudo y muy despeinado. Parecía un santo. Pal vicio, le oí confesar mientras agitaba una botellita de refresco de 500cc –rellena con un líquido amarillo jabonoso– al tiempo que le mostraba su risa desdentada al conductor de un spark blanco con aire de cajero de panadería.» Hoy viajé al centro de Santiago porque me inscribí en un curso de interpretación de saxo. No tengo idea de cómo tocar el saxo ni tengo uno, pero en la Mingus Jazz Academy me aseguraron que ellos cuentan con instrumentos para aquellos alumnos que no los poseen, por lo general gente que parte de cero y con cierta tardanza, como yo, que recién a los veintisiete años de edad –y después de un buen tiempo escuchando música sincopada– me atreví a tomar esta crucial decisión. Así los alumnos los pueden conocer y luego les será más sencillo comprar uno que se acomodé a sus gustos y capacidades, me informó la simpática funcionaria que me matriculó, una morena cuyo rostro me recordó al de Nina Simone. Emocionado por mi primer día de clases, cerca de la nueve de la mañana –la sesión comenzaría a las diez y media– tomé un bus que me dejó junto al río Mapocho, justo a la altura de la antigua estación de ferrocarriles. Desde allí caminaría al centro.  Me bajé y en la calle, entre los autos detenidos o a media marcha por el eterno taco del sector, un indigente ofrecía limpiar los parabrisas a cambio de unas monedas. De fondo podía verse el Cuartel Borgoño, edificio con aire señorial construido a inicios del siglo XX con el objetivo de mejorar la infraestructura de la salud pública chilena –como averigüé en Internet alguna vez– y que durante los tiempos de Pinochet fue usado para una de sus grandes diversiones patológicas: secuestrar, torturar y matar opositores. Ante el edificio, hoy ocupado por la policía de investigaciones, que dicen que también secuestra, tortura y mata, el indigente iba y venía sorteando el tráfico. Tenía el cuerpo flaco, el rostro enjuto, le faltaban varios dientes, estaba sucio, barbudo y muy despeinado. Parecía un santo. Pal vicio, le oí confesar mientras agitaba una botellita de refresco de 500cc –rellena con un líquido amarillo jabonoso– al tiempo que le mostraba su risa desdentada al conductor de un spark blanco con aire de cajero de panadería. Recordé en ese momento algo que escribió uno de esos seres superiores que da a veces el universo, hablo de William Blake, mi poeta y guía espiritual de cabecera, quien en sus Cantos de Experiencia planteó la idea de que la santidad se puede alcanzar tanto por la vía del exceso como por la de la abstención. En lo concerniente a la droga, el indigente –que claramente era un consumidor de pasta base– se podía considerar como un fiel ejemplo de la primera vía. En cuanto a la alimentación y el aseo personal, de la segunda. Un santo por partida doble, concluí con emoción. Lamenté luego que el autor inglés, como cualquiera que pensara mucho, no estuviese en el currículo del instituto profesional donde impartía clases de lenguaje, un lenguaje funcional y vacío, extremadamente básico, destinado a jóvenes que en vez de personas saldrían convertidos en capital humano. Mientras el indigente limpiaba el vidrio del spark y el conductor lo miraba con la resignación propia de un cajero de panadería (que no es pequeña y tiene la forma de un bollo de centeno), me percaté de que junto al edificio de investigaciones se hallaban sus pertenencias: una silla plegable en ruinas, un carro de supermercado cargado con latas de gaseosas, un raído trozo de espuma plástica que de seguro usaba como colchoneta y unas frazadas grasientas. Silla y carro estaban asegurados con una gruesa cadena y un candado, lo que me pareció extraño puesto que se encontraban junto al edificio policial y uno se imagina que, por su ubicación, se trata de un sitio extremadamente seguro. El indigente, me dije, resguarda sus bienes como si la policía no existiera. La policía, a su vez, ignora el origen del carro, seguramente robado –como vi en un reportaje de la tele– dado que no se venden a personas particulares. Y se abstiene de apresarlo. El indigente, pensé, está más allá del bien y del mal. Realmente es un santo, pensé, y sentí que mi corazón se agitaba. Moviéndome peligrosamente entre los vehículos en movimiento avancé hasta su lado y al llegar toqué su venerable cabeza. Necesitaba sentirme bendecido, bienaventurado o algo así, especialmente en ese momento clave de mi vida, ese momento que me haría ir más allá de mis límites, haciendo estallar ¡por fin! el dique que me contenía y me impedía expresarme con la fluidez de un Charlie Parker o un Sonny Rollins. Dejaría así de ser parte de una industria educacional, presuntamente de nivel superior, que en el ámbito del lenguaje funcionaba como una fábrica de tornillos. Un profe gendarme. Un profe supervisor. Un profe aplanador. Un profe que enseñase a escribir mails de presentación laboral donde los jóvenes debían describirse de manera parecida al ganado cuando se pone en venta. Eso se esperaba de mí. Para eso me pagaban. El lenguaje, estaba claro, había sido controlado por los cabrones del gran capital. El lenguaje había muerto. La música, afortunadamente, sería mi salvación. Mi puerta de escape. Me veía en un escenario compartiendo mi alma con gente ansiosa de libertad de verdad, no de aquella que consiste en emborracharse en un resort caribeño, follar con una mulata y creer haber alcanzado el éxito, la culminación. Cuando el indigente sintió mi mano en su cabeza, debo decirlo, no me otorgó su bendición sino que me dio un empujón y me expulsó de su espacio de trabajo. Chao, sapo culiao, busca tu camino, me gritó reiteradas veces, mientras agitaba la botella de gaseosa, de la que surgía una especie de rocío jabonoso. Con un poco de ese rocío impregnado en la piel, y entre los furiosos bocinazos de los automovilistas, escapé del lugar. Minutos después, yendo por calle Bandera me encontré con un montón de mujeres inmigrantes,

Poesía chilena actual | «Antecedentes», seis poemas de Jorge Ragal

ALZHEIMER   No recuerdo quiénes raptaron a mi hermano. Yo era un adolescente de quince años. Solo había escrito ciertos poemas románticos. Tampoco recuerdo el peregrinar de mis padres. Volvían todas las noches en completo silencio. Colocaron su foto en una especie de altar. Con un crucifijo y un par de candelabros. Tampoco recuerdo cuando lo fuimos a reconocer. Me dio la impresión de que era un extraño. A mi hermano le gustaba admirar las estrellas.  Incluso mi abuelo le había regalado un telescopio. Pero sus ojos ya eran dos lunas negras. Solo recuerdo que a su novia le decía que era más bella que Las Tres Marías.     FICHA POLICIAL   Es un hombre culto y de mediana edad. Fue criado por sus abuelos maternos. Domina perfectamente el francés. En su juventud coqueteó con el anarquismo. Tiene una colección de libros de neurociencia. Juega ajedrez en la plaza de armas. No terminó sus estudios de piano. Estuvo preso por provocar escándalos en la vía pública. Tiene una profunda cicatriz en la frente. Vive literalmente de noche. Suele beber licores fuertes. Se declara bisexual. No tiene una pareja estable. Saca fotos en blanco y negro. Le gusta viajar en carros de tercera. Ya no asiste a misa los domingos. Le cortó la cabeza al asesino de sus padres.     BASURA   He botado mi primer poema por encontrarlo muy romántico, mi diario de vida por la misma razón, mi diploma de maestro porque no lo merecía. He botado la foto de mi novia por un ataque de celos, mi reloj ya cansado de tanta exactitud,  mi pasaporte porque ya no quería salir de casa. He botado mi currículum vitae por pretencioso, mi examen de sangre pos sus dolorosas secuelas, mi certificado de defunción porque quería seguir viviendo.     PAPEL DE ANTECEDENTES   Figura una acusación de haber golpeado a un capitán de navío, de consumir drogas duras, de encubrir un crimen pasional. Figura otra acusación de tener un juicio pendiente con impuestos internos, de estar remiso en el servicio militar, de adulterar mi pasaporte. Figura una nueva acusación de haber atentado contra la sede de un grupo sionista, de fugarme de una clínica psiquiátrica, de mentir sobre mi estado civil. Figura también una grave acusación de haber tenido un hijo con una menor de edad, de practicar la magia negra, de plagiar mi último libro.     HAY PALABRAS   Hay palabras que ya han perdido su sentido como pueblo y solidaridad. Han sido reemplazadas por gente y productividad. Hay palabras que ya no existen en el diccionario como ocio y contemplación. Han sido reemplazadas por negocio y preocupación. Hay palabras que ya no se respetan como reunión y conversación. Han sido reemplazadas por silencio y soledad. Hay palabras que echo realmente de menos como amor y amistad. Han sido reemplazadas por pacto de no agresión.     BUENAS RAZONES   Siempre habrá buenas razones para jugar al pillarse  o a las escondidas, para volver a la patria o seguir en el exilio, para pagar o evadir un impuesto. Siempre habrá buenas razones para creer en dios o en el demonio, para estudiar geología o astronomía, para guardar o destapar un secreto. Siempre habrá buenas razones para confirmar o postergar una cita, para odiar o perdonar a tu enemigo, para seguir escalando o tirarse al vacío.       _______ Jorge Ragal Galdames (Santiago, 1954). Ha publicado los siguientes libros: Chicles Calientes (1984), El hombre se escribe (2013), Dios te Amará (2014), Usted no pertenece a este mundo (2015), La tierra no es redonda (2016), El hombre de dos cabezas (2017), Un bello mapa (2018), Perfecta Pasión (2019), Los cinco puntos cardinales (2020). Su poesía ha sido incluida en diversas antologías. Fue presidente del PEN Club de Chile en el lapso 2016-2021. Los textos publicados pertenecen a su poemario: La tierra no es redonda, editado por Libros del Amanecer (2016).    

Poesía chilena y jazz | La era del jazz

«En nuestra literatura, y en particular en nuestra poesía, que será el género a explorar en esta columna, la onda expansiva de la explosión jazzística arribó también de forma temprana, habiendo diversos poetas chilenos que en la década del veinte, y en plena eclosión de las vanguardias, hacen referencia a la música originaria de Nueva Orleans, que tal como el cine, el gramófono, los aeroplanos, el teléfono, el automóvil y otros inventos de la época, pasó a ser símbolo de modernidad.» Poco tiempo después del surgimiento del jazz en la ciudad de Nueva Orleans, suceso acaecido en la frontera de los siglos XIX y XX, uno de los escritores prominentes de la época, el estadounidense Francis Scott Fitzgerald, bautizaría a los años veinte del pasado siglo como “la era del jazz”. Este hecho da cuenta no solo de la explosiva expansión que experimentó la música sincopada en los inicios del siglo pasado –no olvidar que el término jazz aparece recién en 1913 y que el primer disco del género se grabó en 1917–, sino también de sus tempranos vínculos con la literatura, conexión que se ha mantenido vigente hasta el día de hoy, habiendo tenido momentos de intenso pololeo, como los sostenidos, entre otros, con la generación española del 27 (la de García Lorca) y el movimiento beat gringo. En nuestra literatura, y en particular en nuestra poesía, que será el género a explorar en esta columna, la onda expansiva de la explosión jazzística arribó también de forma temprana, habiendo diversos poetas chilenos que en la década del veinte, y en plena eclosión de las vanguardias, hacen referencia a la música originaria de Nueva Orleans, que tal como el cine, el gramófono, los aeroplanos, el teléfono, el automóvil y otros inventos de la época, pasó a ser símbolo de modernidad. Uno de ellos es Vicente Huidobro –Vincent por esos tiempos– quien fue uno de los primeros en integrar el jazz al diccionario de la poesía nacional. Esto ocurre, paradójicamente, fuera del territorio chileno, particularmente en Francia, en 1921, cuando publica Saisons choisies, antología de su obra en francés (con retrato de Picasso incluído), donde es posible leer dos poemas en los que el autor de Altazor se refiere a la música sincopada. En uno de ellos, “Sombras chinas”, escribe: “El jazz band de ultramar ha venido bajo las gaviotas / Y las olas tomaron un nuevo ritmo”, otorgándole -con estos diáfanos versos- una especie de bienvenida a la música de Nueva Orleans.  Tres años más tarde, en Valparaíso, en el número 1 de la revista de vanguardia porteña Nguillatún, editada por Neftalí Agrella y Pablo Garrido, podemos encontrar dos nuevos ejemplos de esta temprana conexión entre el jazz y la poesía chilena. El primero es el poema “Torbellino”, cuyo autor, Pedro Plonka, plasma imágenes en las que se puede adivinar la alegría del carrete jazzistico: “Manos lanzadas / desparraman puñados de estrellas / Él arco de los violines / enreda las serpentinas de las risas / Y las parejas pisan los petardos del Jazz-band / tomadas de la cuerda de la música / La luz araña los torsos y flancos / Las mujeres tienen soles en la cabellera…”. El segundo texto que publica Nguillatún es una greguería colorida e imaginativa de Pablo Garrido, “Los pintores de casa”, donde el poeta no solo hace referencia al jazz, que en esos tiempos estaba asociado al baile y la diversión, sino también a sus influencias artísticas: “Sus trajes nacieron para pasearse ante decorados cubistas y detrás de futuristas orquestas, con violines verdes, cellos blancos, contrabajos azules, pianos granates, cornetas chocolates y Jazz Bands cafés.” Oportuno resulta indicar que Pablo Garrido no solo fue escritor, sino también un músico destacado que en 1924 formó la Royal Orchestra, primera banda nacional de jazz, dedicándose más tarde al estudio de la música chilena.  En 1929, Juan Marín, poeta y narrador que participó en diversas revistas vanguardistas de la época, publica el breve poemario Looping, donde construye un hablante poético cosmopolita y vital, que disfruta de pilotar aviones y de la vida nocturna, espacio, este último, donde se encuentra con el jazz: “tín… tín… / tán… tán… / toit-et-moi / lirulí… lirulá / …en el agua del jazz / hay bravezas de mar”, señala en el poema “Bataclán”, usando un tono liviano y festivo, juguetón y algo banal, pero acorde a esos tiempos donde un tal J.F. (probablemente Juan Florit) le hacía la autopsia al prolífico y reconocido poeta modernista español Francisco Villaespesa, que visitó Chile en 1921, señalando, en el número 2 de la revista Ariel, publicada en 1925,  que el seguidor de Rubén Darío era: “Autor de 130 volúmenes de hojarasca y humo. 130 loros tropicales. Una torre Eiffel de sonetos. Castillos de naipes. Nido de telarañas. Andamio que carcome la polilla clásica. Victrola con los discos iguales. Poesía leprosa en este siglo de aviones, Jazz-band y Hupa-Hupa.”  No todas las miradas sobre la música sincopada, sin embargo, tienen el tono optimista, alegre y colorido visto hasta ahora. Un ejemplo de esto se halla en la obra de Pablo Neruda, quien en Anillos, libro de poesía en prosa publicado en 1926 junto a su amigo Tomás Lago, escribe: “Ahí es donde empieza su corazón a entretenerse, araña de metales nocturnos, jazz band de sonámbulos y una novia enterrada, que es la noche profunda que él la decora con luciérnagas negras…” El texto pertenece al poema “T.L.”, dedicado justamente a Lago, presentando un tono surreal, oscuro y fúnebre, con tintes góticos. Un año más tarde, en 1927, mismo año del estreno de El cantante de jazz, primera película sonora, otro de los pesos pesados de nuestra poesía, Pablo de Rokha, publica Satanás, poemario donde pasa de la estilizada oscuridad nerudiana a una mirada también oscura, aunque hermética y estridente, asociando el jazz y otro arte emergente en la época, el cine, ambos importados principalmente desde Gringolandia, al ruido, a la violencia, al dolor: “los lagartos empapelados me lamen la filosofía: / los frutos maduros del sol / lloran en mis teatros de azufre y sangre quemada, / y el problema de luto / me araña las

Teclado | Golpe, disyuntiva, poesía y diáspora

«Algo que caracterizó al gobierno de Allende fue el apoyo a la cultura en todas sus manifestaciones y la facilitación de su acceso por parte de la población chilena. Un ejemplo de ello fue la Editora Nacional Quimantú Ltda. (“sol del saber” en el idioma mapudungún mapuche), que vendía sus libros a muy bajo precio en lugares accesibles, y cuyas colecciones abarcaban obras clásicas y contemporáneas de literatura e historia, así como semanarios y publicaciones mensuales destinados a niños, jóvenes, mujeres, además de tematizar la actualidad, la realidad política y la cultura.» A los 50 años del Golpe Estado de 1973 en Chile, un grupo de chilenos nos reunimos en un acto conmemorativo en Ottawa, Canadá, haciendo un recuento del exilio y la diáspora chilena en la ciudad. El evento también contó con la presencia de algunos chilenos recientemente llegados a Canadá, en su mayor parte profesionales jóvenes o estudiantes que, a diferencia de las primeras olas migratorias después del golpe, no estaban muy interesados en la política sino en mejores oportunidades económicas aun cuando Chile sea el país con mejor calidad de vida de América Latina y, junto a Uruguay, el país latinoamericano con salarios mínimos más altos. El HDI (índice de desarrollo humano) de 2022 le dio a Chile el primer lugar en América Latina. Santiago, su capital, ocupó en la evaluación el segundo lugar como la mejor ciudad de Latinoamérica, después de Ciudad de México y también logró posicionarse como el lugar con “mayor potencial de crecimiento”–una ciudad moderna y cosmopolita. A esto se le suma el atributo de “espacios verdes y ocio” debido a la Cordillera de los Andes. Sin embargo, la desigualdad de ingresos es igualmente evidente. En Colombia, Chile y Uruguay, cerca del 1% de la población controla entre el 37% y el 40% de la riqueza total de sus respectivos países.  Este estado de cosas, tanto en los niveles de ingresos como en los demás aspectos de la sociedad, fue el contexto en que tuvo lugar la elección de Salvador Allende Gossens en 1970, el intento más radical en el país de disminuir la desigualdad económica y la falta de equidad, desde un estado orientado a la implantación gradual de un socialismo a través de las herramientas institucionales disponibles, en lo que se llamó la “vía chilena al socialismo”. Con alrededor de un tercio de los votos, su coalición, la Unidad Popular (UP), se centraba en la unidad socialista-comunista. Su eje eran el Partido Comunista y el Partido Socialista, y fue una encarnación electoralmente fortuita del anterior Frente de Acción Popular (FRAP). El resultado fue una entidad estatal con un proyecto socialista, fruto de unas elecciones que se insertaban en el marco institucional “capitalista” y “burgués”. Celebrado como el primer caso de la toma del poder por la vía pacífica, también fue considerado anatema por algunos elementos de la izquierda más radical, los “termocéfalos” como se les llamaba en ese entonces en el país y que tenían por consigna, a veces programática, “el poder nace del fusil”, problemática que no parece obsoleta, después del medio siglo transcurrido. En ocasión del triunfo de Gabriel Boric en las elecciones presidenciales chilenas, el más “radical” de los gobiernos de izquierda pos dictatoriales, fruto de un vasto estallido social y apoyado por una alianza de izquierda y centro izquierda, se me preguntó en una entrevista en una radio latina si le diría a las organizaciones militantes de América Latina que es posible y legítimo llegar al poder por la vía electoral, lo que indica cierta presencia de la vía “armada” pese a los múltiples regímenes de izquierda o progresistas de diverso tipo, fruto de elecciones en las últimas décadas.  En la conmemoración de los 50 años en Ottawa se hizo presente la cultura a través de lecturas, recordatorios y testimonios. Algo que caracterizó al gobierno de Allende fue el apoyo a la cultura en todas sus manifestaciones y la facilitación de su acceso por parte de la población chilena. Un ejemplo de ello fue la Editora Nacional Quimantú Ltda. (“sol del saber” en el idioma mapudungún mapuche), que vendía sus libros a muy bajo precio en lugares accesibles, y cuyas colecciones abarcaban obras clásicas y contemporáneas de literatura e historia, así como semanarios y publicaciones mensuales destinados a niños, jóvenes, mujeres, además de tematizar la actualidad, la realidad política y la cultura. Durante el proceso chileno y después de su sangrienta interrupción, tanto al interior del país como en el exilo, el apoyo del sector de la cultura y la docencia fue mayoritario. Un componente importante del exilio en el exterior fue la diáspora cultural, que inició un fenómeno de producción chilena cultural prácticamente en todo el mundo, no tan solo en la esfera literaria, producción que sigue existiendo y que llegó a ser permanente en el caso de Canadá. A 51 años del golpe de estado en Chile, el sector de la cultura sigue mayoritariamente apoyando a la izquierda, el progresismo, el cambio social, compromiso que quedó de manifiesto en un evento en apoyo del presidente Boric durante su campaña presidencial. Cito: “una de ellas (si no la principal) sería la [la postal] del actual mandatario abriendo los brazos arriba de un ciprés en Punta Arenas”, que resultó en un libro que aúna más de 200 trabajos visuales (entre pinturas, grabados, ilustraciones, esculturas, dibujos, etc.) y textos que reflexionan alrededor del árbol y sus implicancias poéticas y políticas”. El libro resultante da cuenta del ingrediente “verde” que se ha agregado decididamente a la izquierda en las últimas décadas, y llevaba por título “Arboric”. Cabe mencionar, y esto es una apreciación personal, que este apoyo al ámbito cultural marca una diferencia respecto a lo que sucede con otros regímenes aleatorios de la izquierda en el continente, como Nicaragua y Venezuela, respecto a los cuales se ha distanciado un poco el sector por así decir más “moderno” de la izquierda. Hubo una condena de parte de connotados autores izquierdistas chilenos al trato que recibieron los escritores y activistas Gioconda Belli y Ernesto Cardenal por parte