Literatura

Perfiles | Sangre verde

«No olvidaba, además, que Heidegger –uno de sus filósofos de cabecera– postuló que “construir es habitar” y que Halloween, en tanto construcción, construía un habitar banal, alejado del gran arte y el intelecto, llevando a niños y niñas, e incluso a muchos adultos, a disfrazarse y limosnear dulces, fomentando el travestismo, la formación de identidades trastocadas y la práctica de la mendicidad. Cada 31 de octubre, ambicionaba, niños y niñas deberían conmemorar el Día de la Investigación Infantil. En tal fecha, recordando a Dieter, se vestirían con delantales blancos, todos de cuatro botones (conteniendo, simbólica y secretamente, los cuatro puntos cardinales que abarca la cruz católica; signo que, no le cabían dudas, es una esvástica en formación) y acudirían ordenadamente y de día, no perdidos en las escabrosas sombras de la noche, a universidades y academias militares y policiales a participar de charlas y prácticas científicas y de orden. A aprender a escribir reglamentos y ordenanzas, a conocer cómo se diseca una rana.»  A Roberto Meyer –opaco académico de Ciencias Políticas de la PUC– no le gustaba para nada la fiesta de Halloween. Sus razones, a diferencia de quienes reniegan de esta festividad por su carácter de instrumento neocolonial y al mismo tiempo neoliberal, principalmente gente de izquierda; o simplemente por ser una práctica foránea (aquí caben los chauvinistas simplones) que ensucia y mata la cultura nacional, borroneando figuras como la del huaso y la china o aminorando la importancia metafísica y psicosocial de una empanada de pino, un vaso de mote con huesillos o un pastel de choclo, estaban ligadas a la conmemoración de un experimento –completamente olvidado por las nuevas generaciones– que, según sus convicciones, hubiese cambiado de raíz la historia de la humanidad. «Grünes blut” (Sangre verde), lo llamó su autor, el médico bávaro Hermman Dieter, y consistía básicamente en sustituir la sangre del cuerpo humano por savia de plantas silvestres, en específico maleza de la tierra alemana, de la Heimat como la llamaba Hitler, con el fin de crear un ser humano fuerte, poderoso, un súper hombre que requiriera menos alimento, menos nutrientes, menos recursos, en definitiva, para completar su ciclo vital, estando, al mismo tiempo, conectado desde la raíz con la patria superior.El 31 de octubre de 1942, en un laboratorio secreto ubicado en un subterráneo de Berlín, junto a un equipo médico de alto nivel y autorizado por el mismísimo Fuhrer, Hermman Dieter llevó a cabo su atrevido experimento. Roberto Meyer había estudiado en profundidad el asunto y lo consideraba un momento clave para la humanidad, ya que marcaba el primer paso en la ruta a un mundo no mejor –esa es una consigna hueca de la mafia neomarxista, sostenía– sino mejorado, un mundo donde el hombre se liberaría de una parte significativa de su dependencia material y podría desarrollar el espíritu en unión profunda con la tierra natal, elevándose, a modo de ejemplo, con la música de Wagner y las obras de los artistas e intelectuales incluidos en la Gottbegnadeten–Liste (Lista de las bendiciones de Dios) que Goebbels elaboró para eximirlos de cumplir el servicio militar, permitiéndoles desarrollar creaciones para enaltecer al Tercer Reich. El intento pionero de Dieter, no tenía ninguna duda, debía ser recordado y celebrado eternamente por su significado profundo, abisal, pero había sido eliminado de la memoria humana por la nefasta alianza judío demo–marxista. Por eso la fiesta de Halloween, cuya fecha coincidía con el “Experimento Cero”, como Meyer lo llamaba, lo irritaba, pues, estaba seguro, no se trataba de una coincidencia.    No olvidaba, además, que Heidegger –uno de sus filósofos de cabecera– postuló que “construir es habitar” y que Halloween, en tanto construcción, construía un habitar banal, alejado del gran arte y el intelecto, llevando a niños y niñas, e incluso a muchos adultos, a disfrazarse y limosnear dulces, fomentando el travestismo, la formación de identidades trastocadas y la práctica de la mendicidad. Cada 31 de octubre, ambicionaba, niños y niñas deberían conmemorar el Día de la Investigación Infantil. En tal fecha, recordando a Dieter, se vestirían con delantales blancos, todos de cuatro botones (conteniendo, simbólica y secretamente, los cuatro puntos cardinales que abarca la cruz católica; signo que, no le cabían dudas, es una esvástica en formación) y acudirían ordenadamente y de día, no perdidos en las escabrosas sombras de la noche, a universidades y academias militares y policiales a participar de charlas y prácticas científicas y de orden. A aprender a escribir reglamentos y ordenanzas, a conocer cómo se diseca una rana. Soñaba eso mientras desde la ventana miraba hacia la calle ya oscura y veía pasar grupos de niños y niñas disfrazados en busca de golosinas.Hermman Dieter, lamentablemente, no tuvo éxito en su experimento, cuyos detalles técnicos me excuso de explicar –la química y la biología nunca han sido mi fuerte– dado que  los 52  gitanos y gitanas que usó cómo insumos de entrada en el primer intento y los 122 eslavos y eslavas que usó en el segundo, cuando incrementó al doble la dosis de clorofila, fallecieron rápidamente y con gran dolor una vez que la transfusión se efectuó. Hay testimonios que dicen que los gritos se escucharon a más de doce kilómetros de distancia. Aún así no fue un gran costo, pensó Roberto Meyer, ya que de todas formas estas personas –dudó antes de usar esta última palabra– estaban destinadas a morir en una eficiente cámara de gas o fusilados en un bosque lleno de claroscuros, un bosque maravillosamente romántico, luego de cavar sus propias tumbas, es decir, de conectarse con la tierra, de palparla, de olerla. Su muerte, así, no fue inútil: se sacrificaron por la ciencia, por el saber.Seguía en la ventana cuando sintió golpes y risas infantiles en la puerta. Niñas y niños del barrio habían llegado a reclamar su recompensa, niños y niñas, pensó, que son usados como ladrillos de banalidad, como clavos y tornillos en la obscena y lucrativa construcción de la frivolidad norteamericana. Fue a la cocina a buscar los dulces que había preparado con una cantidad tan potente de cianuro que con una pastillita bastaría para matar a una docena de caballos. Tomó también la maleta que había preparado con sus cosas. Los infantes recibieron los dulces y se fueron chillando de alegría.

Narrativa chilena actual | Situaciones (III)

«Para variar y a eso de las cuatro me voy a tomar un short dark roast, justo lo que necesito ya que a estas alturas el small es mucho para mí y creo que me desvela, aunque soy muy autosugestivo, y eso corre en la familia. Mi hermana a veces anda como tuna y al día ni siguiente no puede ni caminar. Tiene la conexión psicosomática más estrecha que he conocido.» COMUNICACIÓN Y CRISIS No contesta. Trato otra vez. Sin resultados. Texteo. Lo mismo. No hay ni siquiera un mensaje telefónico. Un poco inquieto la llamo al trabajo, lo que ella me ha prohibido terminantemente. Ella no puede hacer o responder llamadas o textos personales en horas de trabajo. Me fumo  nerviosamente el tercer cigarrillo del día, y sólo son las once de la mañana. A pesar de la ansiedad no me atrevo a apersonarme en su departamento, mientras la sedosa voz de la recepcionista me informa que no se ha presentado en la oficina desde hace una semana, que no hay caso que siga llamando, porque como están las cosas—y aquí la mujer parece perder la compostura con que atiende las llamadas—no es seguro que la próxima vez que llame va a haber una oficina, un edificio al que llamar, y a lo mejor ya no habrá ni teléfonos, termina la secretaria casi histérica antes de colgar. Parece que la situación está teniendo sus efectos sicológicos, lo que siempre pasa en las crisis, pienso, cuando la verdadera dimensión de las cosas se abre camino trabajosamente por la densa materia gris de los procesos mentales de hombres y mujeres, resultando a veces—a medida que la imagen real de lo que está pasando toma cuerpo—en una desesperación profunda y paralizante o en histeria frenética.   CUENTOS DEL TÍO El tío cuenta cuentos en su silla de paja, en medio de otra de sus peroratas. Una barba incipiente le florece la cara. Anonadado combate espejismos de su infancia en un país de montañas y costas, de múltiples verdes. Surcado de pájaros, algunos de los cuales revoloteaban arriba, que emiten llamados de apareamiento alarma y guía. A su espalda la Cordillera de los Andes. Al frente el mar Pacífico. Muchos kilómetros al Sur la Capital devora el paisaje. Mucho más al norte se estira el desierto. Surgen en las calles los rumores del diario vivir, circulan perros, se desperezan gatos, silban o chiflan los hombres, rugen los motores, se pueden escuchar desde el cerro. Los que lo rodean le dicen “Cuéntame un cuento tío, que no sea un cuento del tío”.   EL TESTAMENTO DE ELIZONDO La familia se congregó en el despacho del abogado. Después de casi una hora una secretaria de pelo platinado restregándose las manos informó a los concurrentes, sumidos en la meditación expectante, el aburrimiento y la ansiedad, que el abogado Romero, encargado por la firma para el caso, no había aparecido esa mañana. Se lo esperaba a las diez pero eran más de las once, eso no lo dijo pero estaba en la mente de los concurrentes. Un joven de cara larga, de terno, consultó su reloj, miró a la niña pero no dijo nada. La familia de Elizondo debía esperar o ausentarse de la firma, abandonar el despacho. La natural inquietud de los concurrentes, la nerviosidad de la funcionaria de la firma, una de las más prestigiosas, indicaban lo inusual e inesperado de la situación. Algunos parientes venidos de otros países no sabían a qué atenerse: ¿era común ese tipo de situación?   SIQUIATRA Y EXILADO En realidad, él no tenía ni motivo para ir a su país de origen, menos aún sintiéndose como se sentía cuando volaba. Si me hubiera dicho “Mire, tengo que cancelar mi próxima cita con usted. Me estoy yendo por unas semanas a Chile, siento que tengo que ir. Como usted sabe me tuve que venir apurado, a amigos míos los metieron a la cárcel, perdieron las pegas, tuvieron que salir. Ahora quiero ir a ver cómo el país se las está arreglando, cómo están ellos, cómo están, si siguen los viejos problemas, y en una de éstas me quedo, después de todo yo viví allá más de la mitad de  mi vida, nunca voy a encajar acá». Pero no me dijo eso. Y si lo hubiera seguido viendo, podría haber tratado por ejemplo el Psicodrama de Moreno. Para él hubiera sido buena una cosa así, en que el paciente representa un papel y muestra las cosas relevantes. Hubiera sido hasta fácil, porque el tipo tiene una misma fantasía que se le repite, o mejor dicho un sueño, un sueño diurno: le gustaría producir una película, dirigirla, actuar en ella, contratar a los actores, los extras, producirla (y vender los boletos y las cabritas de maíz. Es un chiste). Si tuviera los medios, y una personalidad más sociable, dice, aunque yo lo hallo bastante sociable, tiene don de gentes, es medio coqueto y metido en política. Le pregunté si se acordaba de una historia en particular, sobre la que se basaría esa película. «Por supuesto», me dijo «Hasta tengo un libreto». Me quedé callada. ¡Por fin!. Después de meses de darle vueltas a su vida laboral y sexual, su sentimiento de culpa y su miedo a volar, que al comienzo creí que se relacionaba con un problema de impotencia, había dado con algo duro, estable, como un cuesco. Ahora podía iniciar su tratamiento.   PEDAZO DE CARNE  “Un pedazo de carne”, me dijo por teléfono, cuando al fondo del pasillo tomé el aparato comunal del piso, para así apagar el escozor de la chip en el parietal que me anunciaba que tenía llamada. Mi compañero de cubículo dormía en su litera, los ojos cubiertos por anteojos negros de plástico, los oídos taponados. En el auricular le dije a ella “defina pedazo”,  imitando esa voz robótica que tanto la divertía. Se rió al otro lado de la línea. Entonces le dije “defina –de carne –”. Me dijo “carne, carne real, tiernecita, verdadera, no hidropónica”. A

Poesía chilena actual | «Antimujer», cinco poemas de Carolina Sepúlveda

CAMADA   Arrastrándome a cuatro patas recojo el olor de tu cuello lamiendo la sombra de tu abrazo camino con dolor de hombros y una pata menos   Tiritando de frío tiritando de miedo media perra ladrando auxilio   Han robado a mis hijos los huachos destartalados y sin padre los hijos de perra que aguardaban en las esquinas   Que alguien me acaricie el lomo Y sacie estas mamas tristes y secas que alguien encuentre a la media mujer que me dejó el vacío al medio hombre que me dejó a patadas que alguien refresque este sexo débil de perra vieja   De perra sin ojos de media perra de perra entera   Yo soy la perra palabra un trozo de carne una perra contigo una camada de sexo compartido una perra una perra pariendo gritos.     EL AGUA SE HIZO PARA DAR FORMAS A LAS COSAS   Escupo una mueca sobre el mundo esta mitad del cuerpo dañada esta mirada doble que me atraviesa con un tajo en la cara   Sobre mi cama el cuerpo de un hombre recién nacido se retuerce el temblor de su carne inútil esa máscara una melodía engañosa   Al otro lado mi madre repite el rito entre las piedras de mi padre saca la lengua y bendice   Yo me caigo una y otra vez me caigo mordiendo la piedra que me clavaron entre los ojos esa huella impertinente de hembra herida   Los ojos de mi padre me apuntan rompiéndome los sesos   Mi sexo gotea una lágrima espesa dejo que llore   El agua se hizo para dar formas a las cosas como la humedad de su cuerpo ardiendo entre roce y roce   Como la humedad de mi cuerpo ardiendo entre roca y roca   El agua se hizo para dar formas a las cosas el reflejo de un orgasmo desmenuzado y triste la erección de un parapléjico ciego y corrupto la niña que viola a un gato con su dedo   Mi perra lamiéndose la vulva escarbando con su lengua ahí mismo.     HARINA DE OTRO COSTADO   Tantas cosas perdí y ahora he vuelto con los ojos preñados colgando siendo bestia en corral ajeno con el hocico sangrando perfumado de gritos con los brazos cansados de tanta piel muerta entre las uñas de tanto dolor de tanta mugre enrojecida.     PIEL SECA   Desde mi boca un cordón amargo surge hacia ti como reptil ciego   Duele como la humedad huérfana que se acomoda en mi cama.     EL DÍA TIEMBLA EN SUS CUATRO COSTADOS   El cielo se abre escupiendo su ojo sobre mí tengo las piernas abiertas por si brota un árbol A Q U Í donde la humedad es diaria e impertinente como tu ausencia   El día tiembla en sus cuatro costados y esta isla es la más isla sólo cabemos yo y mi pelo   El día tiembla en sus cuatro costados y esta soledad que llevo rompiendo aplasta mi cara sobre la pared y mi boca muerde su boca y mi ojo mira su ojo   P R O F U N D A M E N T E.           ______________________________ Carolina Sepúlveda (Santiago, 1978). Fue becaria de la Fundación Neruda en 2003. Ese mismo año obtuvo mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral. En 2004 publica Antimujer (Al Margen Editores, Santiago), libro del cual fueron tomados los poemas de la presente selección.        

Patio de luz | Sexo y paraíso (III)

«Buscando antiguas direcciones, preguntando por los chats que abandoné en un momento dado, sólo obtenía contradicciones, invitaciones que me ofrecían a través de una cámara web algo virtual, lo que jamás me gustó. No. El sexo debe ser algo real, piel con piel, aunque no sepas el nombre de aquel con quien te acostaste. Palpable, con olor y sudor, con rabia, con gemidos que nunca traspasarían las pantallas. Con besos que nunca chorrearían saliva, ni transmitirían el escalofrío que provocan los labios al desplazarse por el cuerpo desnudo.» Después de un tiempo, huérfano de paraíso, sin saber qué hacer, recorriendo las plazas públicas por si veía algún rostro conocido; yendo a los lugares donde se encontraban los acompañantes nocturnos, sin encontrar respuestas. Verificando que el comercio había cambiado, que ofrecía sólo materia prima extranjera, de dudosa categoría, fui entrando en una espiral de miedo y confusión. Incluso porque ya en ningún lugar se decía que el reino estaba cerca. Por el contrario, existía la conformidad a nivel de la masa que el tal reino por el cual tanto tiempo se especuló, no existía, y había una laxitud entre aquellos que antaño pregonaban, que parecían ir sin destino atravesando calles, buscando en los kioskos de periódicos cierta señal que los iluminara. Que buscaban en las vidrieras, en el sonido de las campanas que siempre tañían desde muy lejos. Demasiado lejos para el oído secular, que estaba acostumbrado a los sonidos rimbombantes. Buscando antiguas direcciones, preguntando por los chats que abandoné en un momento dado, sólo obtenía contradicciones, invitaciones que me ofrecían a través de una cámara web algo virtual, lo que jamás me gustó. No. El sexo debe ser algo real, piel con piel, aunque no sepas el nombre de aquel con quien te acostaste. Palpable, con olor y sudor, con rabia, con gemidos que nunca traspasarían las pantallas. Con besos que nunca chorrearían saliva, ni transmitirían el escalofrío que provocan los labios al desplazarse por el cuerpo desnudo. Anclando en el pene, en los testículos, con dedos que penetraran los orificios más deseosos y ocultos en entrega total. Sibarita desposeído, aun así, no aceptaba la idea de una entrega virtual, de una penetración que no llegaba a su fin, que nada más se satisfacía con una mano manchada de semen, desprolijamente usada, sin intención. A veces, incluso, sin deseo. En una de esas tardes peculiares se me ocurrió buscar en internet “orgías en Santiago”. Se desplegó una cantidad enorme de entradas. Las más eran datos pasados, recuerdos de una noche de hotel, de una casa escondida no sé dónde. Luego de un rato, di con un sitio que era real, sólo había que marcar el número telefónico y preguntar la dirección. Lo hice con la prisa de un principiante, pensando que tal vez nadie respondiera. Pero no. Una voz, al otro lado del celular, me respondió animosamente. Me indicó la dirección y el horario de funcionamiento. Además, me incluyó en un whatsapp, donde me llegaría la información necesaria cada semana. Era a las once de la noche, en pleno centro de la capital. Allí estaba la entrada a un paraíso que nunca imaginé. Era un departamento en el quinto piso. Al momento de entrar, había que sacarse la ropa, quedando sólo en bóxer, guardando las pertenencias en una bolsa con un número. Luego se ingresaba a un pequeño bar, donde varios hombres tomaban su trago, conversaban, se besaban. Ocupé uno de los pisos del pequeño bar. El anfitrión se acercó a mí, diciéndome “aquí puedes comerte todo lo que quieras”, mirando a un joven que estaba frente a mí. “Depende”, dijo el joven, que se levantó de su sitio y atravesó una cortina que llevaba al cuarto oscuro. Enseguida de tomar un trago, comer unas papas fritas y maní, me di valor para ingresar en aquel cuarto del que salían gemidos y algunos grititos de asfixia. El panorama era maravilloso: culos a la vista, bocas que buscaban penes, penes que eran masturbados por múltiples manos. Parejas, tríos desatados sobre una enorme cama. Me quité el bóxer, dejando mi sexo erecto a escrutinio de cualquiera. Mi sorpresa mayor fue que el joven del bar tomó mi pene, lo llevó a su boca y luego se puso en posición para que lo penetrara. Sin duda había pasado la prueba. Pero el chico era obstinado y goloso. Pidió a un segundo para que lo penetrara. Así participé de mi primera doble penetración, mientras me besaba con el otro hombre y recorrían mi espalda manos y labios, hasta llegar al punto del suceso: los penes que entraban y salían de aquel insaciable agujero. Esa fue una noche récord. Recuerdo haber penetrado a 27 hombres distintos, o 27 hoyos ávidos de semen. De vez en cuando salía del cuarto para tomar un poco de aire, o saborear una bebida. También para recuperar fuerzas. Ahí se podía llegar hasta el hartazgo. Salí feliz, liviano, sonriente. A las cinco de la madrugada estaba esperando locomoción a un costado de la iglesia de La Merced. Me convertí en asiduo visitante. Cada vez los asistentes eran distintos, y durante la noche se iban despidiendo algunos y llegaban otros, llenos de bríos. Entre la primera y la segunda vez de esos encuentros, me pareció ser el más viejo de quienes asistían allí, pero cada vez me hacía más feliz la idea que, justamente por esa razón, me aceptaban y me convertía en algo prodigioso para compartir el sexo desenfrenado, sin fronteras. Allí coincidíamos chilenos, argentinos, peruanos, venezolanos, cubanos, y de otras nacionalidades que nunca quise desentrañar. En una de esas tantas orgías de noche manifiesta, o de tardes con invitados especiales, acuñé mi (tal vez), nombre de batalla “Te lo puse, y te olvidé”. Así de simple, sin ninguna relación más estrecha que el darme a los hombres que querían ser visitados por mi instrumento; ya fueran novios, casados, viudos, separados, padres o abuelos. Lo mismo daba: les entregaba esa felicidad a través del placer que ya casi habían olvidado. Un cierto día recibí un

Narrativa chilena actual | Los espectros

Perteneciente a su libro de relatos Fauna menor –que será editado prontamente por Ediciones Esperpentia- “Los espectros” es uno de los catorce textos que componen esta obra donde su autor, Sergio Sarmiento, reúne, reescribe y amplía dos libros que hace un par de años publicó de forma digital: Luminarias y Fuerza de roce. Los relatos se centran en las experiencias del hombre y la mujer del Chile contemporáneo, dando cuenta de sus atribuladas y desorientadas vidas en un territorio conquistado completamente por el mercado, donde las ambiciones giran en torno al dinero, el poder, el placer y el sexo. A través de una mirada lúcida, crítica, con humor e ironía afilada, y utilizando un lenguaje sin contemplaciones ni escamoteos a la realidad, su autor, que además es poeta y editor de El Mal Menor, nos hace sumergirnos en las experiencias y reflexiones, muchas veces delirantes, de sus esperpénticos personajes. EMM Trabajé, durante tres años, en una empresa importadora de artículos de audio. Mi labor consistía en mantener los inventarios al día. Cuántos micrófonos salen, cuántos micrófonos entran, cuántos micrófonos quedan en bodega, cuántos micrófonos van a merma. Lo mismo tenía que hacer con audífonos, consolas, parlantes, cables, enchufes, atriles, tornamesas, reproductores de mp3 y cientos de artículos afines. La necesidad me llevó a ese local de calle Meiggs. No encontré otra pega acorde con mi obligación de obtener dinero y mi necesidad de seguir avanzando, aunque fuese a paso de caracol, en los relatos que había iniciado durante ese otoño, cuando después de leer Apuntes del subsuelo de Dostoievski decidí dejar mis cansadores estudios de informática y convertirme en escritor. Recibí, por supuesto, el repudio de mi madre. Si no estudiaba tendría que trabajar. En la casa no se mantenía a vagos. Está bien que te guste la literatura, desde chico que lees todo lo que cae en tus manos, pero otra cosa es creerse el mismísimo Alberto Blest Gana. Claro, porque digamos las cosas por su nombre, ser escritor no es un trabajo, es un vicio. Si fuese un trabajo lo enseñarían en la universidad. Le respondí que estaba equivocada. Primero, porque no me interesaba ser Alberto Blest Gana y segundo porque hay una universidad privada donde enseñan literatura creativa. ¿Una universidad privada? Esas universidades, hijo, enseñan cualquier mierda con tal de ganar plata ¿cómo no se da cuenta? Enseguida señaló que Raimundito, mi gemelo difunto, jamás habría tomado una decisión tan irresponsable. Raimundito, que en paz descanse, habría estudiado una carrera con buen futuro, una profesión de verdad como la misma informática que estás tirando por la borda, o ingeniería comercial o derecho como tu hermano mayor, el Luis, que siempre tiene las cosas tan claras. Mi papá, como siempre, no se atrevió a contradecir a su mujer.  Como mis progenitores no me apañaron tuve que buscar trabajo y don Ignacio, el dueño de la importadora, no resultó ser mala persona. Era amable, de maneras cuidadas, un mecánico diría que era fino, pagaba más o menos bien y no molestaba demasiado. Además, se comportaba de manera bastante paternal con los funcionarios. Demasiado tal vez con la Andrea Sotomayor, nuestra joven jefa administrativa, pero esa es otra historia. Nunca le contaré a nadie lo que vi durante los tres años que estuve en Fénix Importaciones. No quisiera arruinar el matrimonio de Don Ignacio, tampoco echarles a perder la vida a sus hijos, el Nachito y la Antonieta, ambos alumnos de un colegio de esos con infierno para pecadores. Nadie sabrá –por eso mismo– que casi todos los jueves y los martes, entre las tres y las cinco de la tarde, ambos se iban a un motel –La Góndola Azul– que está en Unión Latinoamericana al llegar a Gorbea. Nadie sabrá que muchos de los viajes al exterior de nuestro jefe eran falsos. Simplemente se trasladaba a vivir unos días a la casa de la Andrea. O efectivamente viajaba, pero no por negocios, sino con su amante a uno de esos paraísos para idiotas que se promueven en los diarios dominicales. No le contaré a nadie, tampoco, que el Suzuki full equipo de la Andrea es un regalo de nuestro jefe. Tampoco que tenían un hijo, el Felipito, que nació con ictericia, ya que nada de eso es mi problema y no tengo por qué divulgarlo. Por mi ubicación en la importadora –mi sucucho quedaba al lado de las oficinas centrales– yo era el único que estaba enterado de todas estas situaciones anómalas. Y como me hacía el que nada había visto (incluso a veces hasta cooperaba implícitamente con la parejita), tenía ciertos privilegios con la Andrea, que era mi jefa directa. Eso me permitía trabajar un par de horas diarias en mis relatos. A veces me sorprendía con un archivo abierto. ¿Cómo está el escritor?, preguntaba amablemente. Y se quedaba a mi lado y se ponía a hablar acerca de sus lecturas. Me encanta leer libros como Yo elijo y tú, ¿te sientes libre de elegir?, del gran Jorge Méndez, son obras que te obligan a decidir qué quieres aprender, qué quieres hacer de tu persona y de tu vida, cómo quieres comportarte, qué clase de ciudadano quieres ser. Otras veces se refería a su pasión por el El cuidado del alma, de un tal Thomas Moore. Me dejó para dentro, ¿sabís? Comprendí que para estar bien hay que permanecer en el presente. No quedarse pegado en el pasado o en el futuro. Pasados unos minutos me invitaba a un cafecito. Anda a comprar un par de capuchinos al local del lado, pedía con una sonrisa infantil en la boca. Yo pago. Después, mientras bebíamos la aromática sustancia, seguíamos hablando de libros. Yo le narraba los argumentos de Apuntes del subsuelo, de Crimen y castigo o de Los hermanos Karamazov. O de obras de Bret Easton Ellis, Germán Marín, Michel Houellebecq y otros autores que comenzaba a descubrir. Ella hacía gestos de rechazo. Ella boqueaba como un pez fuera del agua. Encuentro medio decadente ese mundo, opinaba. Enseguida se tomaba un trago de café como para pasar el mal gusto. Después me hablaba de lo importante que es tener las cosas claras. Es la única forma,

Panóptico | Joaquín Sabina o «¿Quién me ha robado el mes de abril?»

Próximo a su publicación por Ediciones Esperpentia, “Cachivaches & otros artilugios literarios” es un libro que reúne veinticuatro artículos vinculados a la literatura y –en menor medida– a la música, que Maximiliano Díaz Santelices, uno de los fundadores de la revista Esperpentia y colaborador de El Mal Menor a través de su columna “Panóptico”, ha dado a conocer desde comienzos del presente siglo –y durante casi veinticinco años– en distintos medios  situados en la periferia de los salones donde se ritualiza y consagra la literatura chilena. Desde estos espacios, el también autor de libros de poesía como “Retratos hablados”, “Materia fugaz” o “Aviadores”, lleva a cabo textos que oscilan entre lo pedagógico, lo reflexivo y lo experiencial, siendo el pensamiento crítico y la pasión por el arte y la belleza hebras del hilo que los une. El espectro de temas y autores que Díaz Santelices toca en los artículos que se publicarán en “Cachivaches & otros artilugios literarios” es amplio, yendo, a modo de ejemplo, desde los textos que el poeta latino Catulo escribiese a Lesbia, pasando por el olvidado grupo poético runrunista –que floreció en Chile a inicios del siglo XX– hasta la compleja situación del poeta en la sociedad actual; o desde la musicalización que Serrat hiciera de los poemas del español Miguel Hernández hasta un concierto del saxofonista norteamericano Lee Konitz en NYC, sin dejar de lado, por cierto, a narradores como Julio Ramón Rybeiro o  Juan Emar. En esta ocasión, y como una muestra del contenido de esta obra de próxima aparición, publicamos el artículo “Joaquín Sabina o ¿Quién me ha robado el mes de abril?”. EMM A mis amigos Mario y Álvaro.  ¿Te acuerdas cuando nos conocimos a comienzos de los '90, Joaquín? Hace ya 30 años. Cómo pasa el tiempo. Yo no me olvido. Fue un viernes por la noche, invierno, en la casa de unos amigos. Después de comernos un osobuco al vino y tomarnos un par de tragos, uno de ellos, que venía llegando de Madrid, nos preguntó, en medio de una conversación que iba del cine a la política, pasando por la literatura: “¿Conocen a Sabina?” Ninguno lo conocía. Bueno –nos dijo– los españoles le llaman “El poeta del fracaso” y a continuación puso play y desde un casete comenzamos a escuchar, por primera vez, tu aguardentosa voz, cantando: “Era tan pobre/ que no tenía más que dinero”. En esa época la palabra “fracaso” tenía un aura muy especial para mí, pensaba que desde el estropicio devenía la mayor parte de las obras maestras, así entonces, como dices en una de tus canciones, me di cuenta que “a los dos nos gusta(ba) el verbo fracasar”. Desde el comienzo congeniamos, aunque tenías más años que yo y podías ser un tío o un hermano mayor, me gustó esa libertad que tenías para decir lo que otros cantantes callaban, lo decías con un desparpajo total, atacabas a las convenciones y a las tradiciones mordiendo rabiosamente el cuello de la hipocresía. Tus versos de Mentiras piadosas (1990) me golpearon entre las cejas, fueron un hachazo, escuchaba tu cinismo y no podía creerlo: “Le dibujaba un mundo real / no uno color de rosa / pero ella prefería escuchar / mentiras piadosas”. ¿Quién era el que así hablaba? ¿Con esa desenvoltura? Fue un choque violento, escuchar hablar de Cristina Onassis buscando un amante alquilado o de los cambios que aún no llegaban a Chile, donde seguíamos en luna de miel con la política: “no habrá revolución / es el fin de la utopía / que viva la bisutería” o esa verdadera oda a un asaltante de bancos: “La de noches que he dedicado yo a planear / un golpe como el que diste tú con un par”. No eras un bufón más de la corte vendiendo al mejor postor tu arte. No eras el típico cantante de moda que, con su balada “romántica” y su pelo de corte regio, les vendía a los adolescentes un mundo envuelto en papel celofán, un mundo empalagoso y edulcorado, haciéndoles creer que el amor rosa aún existía. Tus temas hablaban de antihéroes, pícaros, ladrones, tristes millonarias, seres reciclados políticamente, prostitutas que le robaban a sus clientes, mujeres que preferían escuchar mentiras piadosas, etc. Una fauna inédita para un cantante popular, eso fue tu primer golpe y de ahí fue fácil el afecto, pues usabas el sarcasmo, la ironía y no eras políticamente correcto, además, poco después descubrí que tu vida tampoco lo era. En ese tiempo, aún en Chile sonaban fuertes los ecos del “No” y todavía creíamos que había cosas en que creer, acuérdate que veníamos saliendo de 17 años muy oscuros. Creíamos en los políticos de “la Concertación”, en la “política de los acuerdos”, en una verdad “en la medida de lo posible”. Creíamos que los futbolistas amaban la camiseta, en la iglesia y su defensa de los DDHH, en la Literatura como salvación del mundo absurdo. Nuestros hijos eran pequeños o aún no nacían, nos habíamos casado jóvenes y aún vivíamos con nuestra primera mujer. A ese mundo de pronto llegaste con tu voz, tu música y tu poesía. Tu voz todavía sonaba metálica, no había hecho estragos en ella el alcohol, el tabaco, las drogas y la bohemia. Tu música iba del rock, al blues, pasando por el rap, tu estilo musical no tenía nombre, era una mezcla postmoderna (diría algún intelectual tratando de clasificarla). Tu poesía de eso me gustaría decirte algunas cosas que, en todo este tiempo, no te he dicho, no sé, tal vez porque no tuve la oportunidad antes. Pero dejémoslo para más adelante, cuando estemos un poco más borrachos. En fin, después de esta presentación en una fría noche de invierno, nosotros aún jóvenes e indocumentados seguimos viviendo nuestra vida que, poco a poco, a medida que pasaba la década, se fue llenando de quebrantos y dichas, alguno que otro divorcio, algún nacimiento, otro matrimonio en “segundas nupcias”, terremotos de la vida y de la tierra. Mientras esto ocurría me fui enterando que tenías otros discos y fui mirando

Narrativa argentina actual | Carla sola, quieta y enorme

En 2020 Damián Godetti (Entre Ríos, Argentina, 1982) obtuvo Primera Mención de Honor en el certamen Casa de las Américas (Cuba) por “Mala Tierra”, su primer libro de relatos, obra que fue publicada luego por la editorial trasandina Nudista (Córdoba, 2023). Antes de eso, en 2021, El Mal Menor dio a conocer en exclusiva “Edelmiro Soto”, texto perteneciente a tal conjunto narrativo. En esta ocasión, y adelantándonos a la aparición de “Réplicas”, su segundo libro -que será publicado en Chile por Ediciones Esperpentia- presentamos “Carla sola, quieta y enorme”, uno de los relatos que componen esta obra donde Godetti, usando una mezcla de realismo crudo, humor, ironía y trazos poéticos, pone su foco en las relaciones de pareja y la idea de individualidad que se vive hoy en día, concentrándose en historias de jóvenes que en un ambiente de liberalidad (des)construyen lazos afectivos e intelectuales, apareciendo las mujeres como objeto central de estas narraciones que se pueden entender, también, como réplicas del gran sismo feminista que hemos experimentado durante los últimos tiempos. EMM Carla es delgada y recta, recia en la leve curvatura de su cuerpo, económica en el movimiento (esto se debe sin lugar a dudas a su estatura) y potente en la voz; es imposible no quedar envuelto en esta potencia cada vez que habla y hace prevalecer su pensamiento, su pensamiento que casi nunca es errabundo o insustancial, nunca ridículo o candoroso, sino demoledor. Hay delicadeza en sus rasgos orientales y una torpeza redomada cuando se trata de derivar su cuerpo amplio por espacios reducidos, padece el mal de las personas que se expanden en todas las direcciones, y sin orden. Es fuerte, inflexible, categórica, y todo queda absolutamente supeditado al dominio de sus palabras y sus ideas, a la inmanencia de su cuerpo que parece no parar de cobrar volumen. En resumidas cuentas, es una mujer que se impone. De todas maneras, quiero explicarme: no es que se imponga de una forma erótica, sensual, desplegando artes de coquetería cursi, se impone por el espacio que ocupa y por la manera de encadenar su discurso, se impone porque en ella la singularidad es carne, se respira a su alrededor. Hay algo más que me veo obligado a decir antes de seguir adelante: Carla es extremada, pero extremadamente hermosa. Me incomoda decirlo. Ella odiaría escucharlo de mí.  Por supuesto que la belleza no es un don, un amuleto en sí mismo, y la inteligencia es completamente un valor negativo en los tiempos que corren, incluso ridículo, así que hay que celebrar ambas cosas cuando aparecen y donde sea que aparezcan:  –Los tiempos del mundo desértico del capitalismo tardío, Tomás. Me parece estar escuchándola. Por otra parte, siguiendo el arrojo de sinceridad, no me duele reconocer que casi todo lo que digo últimamente son sus palabras, y menos aún, que el hecho de tratar de hilvanar su discurso me vuelve, al menos mínimamente, un poco más listo de lo que soy.  –Vos sos el último bastión de la resistencia, querido. –¿De la resistencia de qué, Carla? –Viste que seguís resistiendo, incluso sin saberlo.  Yo nunca entendía del todo bien si aquellas metáforas bélicas se referían a nosotros, solo a ella, solo a mí, o a una serie de personajes nefastos en la cultura que Carla odiaba con todas sus fuerzas.  Cuando desarrollaba era categórica, aunque no sé si del todo efectiva ya que su argumentación no era lineal, coherente, sino más bien arborescente, interdisciplinaria. Recuerdo una de nuestras conversaciones:  –Ni siquiera estoy hablando (acá tomaba coraje y aire para desarrollar, para aburrir más bien diría yo, con su pedagogía “de izquierdas”) de la inteligencia orgánica, integrada, de la erudición intransigente de cualquier intelectual presuntuoso (hablaba sin lugar a dudas de su formación); hablo, sencillamente, de permitirnos reflexionar sobre la experiencia, de exigirnos a nosotros mismos alumbrarla con otras luces, con unas luces que sobre todo y más que nada, nos permitan dudar.  Yo intentaba seguirla, para retomar y transformar su metáfora, con mis “pocas luces”, pero también, y esto lo hacía con todas mis fuerzas, de encontrar una premisa, una interjección, un argumento cualquiera que pudiera contradecirla. Nunca lo logré. Me salían de la boca, más bien, unos estertores mongoloides que Carla recibía con simpatía, aunque a veces con un asomo de tristeza, y automáticamente usaba estas intermitencias para seguir desarrollando lo suyo que siempre era multitudinario, interconexiones hechas a una velocidad que no había visto nunca antes. Esto era muy atractivo y frustrante a la vez, aunque también debo admitir que, debido a mi falta de formación, casi siempre, muy aburrido.  –Y al final de cuentas (seguía, cuando hablaba, le era imposible escuchar a los demás), si vos o cualquiera me insiste un poco, creo que todo se resume en esto último: dudar. Porque, ¿qué se puede hacer cuando la mentira capitalista gana el terreno de juego y es una injusticia que se narra con terror, y está en todas partes?  Podría haberle dicho que exageraba, pero lo que me faltaba de inteligencia, por suerte, me sobraba de sensatez. Además, no compartía (ni dejaba de compartir, para ser sincero) que el capitalismo estuviera en todas partes. La comida, los libros, el dentífrico que usábamos (diría ella), el trabajo, y, sobre todo, las nuevas formas de comunicación. Para Carla vivíamos sumergidos en él.  O sea que estábamos perdidos.  Ella se ofuscaba de tal manera con estos temas, temas a los que les rehuía más que nada por el mal trago que le hacían pasar, pero también, contradictoriamente, se apasionaba con ellos. Como si fueran un mal necesario. Podía verse en sus facciones la rigidez de la preocupación, la aflicción e incluso el asco cuando pronunciaba ciertas palabras que extrañamente repetía mucho (entiendo que para que se me grabaran), como consignas que yo debía llevar a todas partes, para lucir como piedras preciosas que de todas maneras se opacaban, cuando yo las aprendía. –Atrincherarse detrás de la duda (otra metáfora incomprensible), y hacer el esfuerzo colosal de acercarse a las cosas, muy cerca, pero muy

Narrativa chilena actual | Situaciones (II)

«He pasado los días empuñando una cadena que me desollaba la mano, conteniendo el ataque furioso de una jauría de negras bestias innominadas.  He puesto dos monedas en mis ojos y he controlado el paso de la sangre por mi corazón. Por las noches los demonios me tentaban.» VIRUS Y NIÑA He vuelto a mirar de reojo su silueta desnuda. Nunca tuvo más sed el sediento que cuando temía contaminar con sus enfermedades la pureza del agua. Nunca tuvo menos sed el sediento al contemplar la pureza del agua al saberse portador de todas las enfermedades. Cuando ella me reprendía dulcemente por adivinar el deseo en mis ojos, yo lloraba mansa, suavemente, con un agotamiento, con una fiebre de dolor, deseando con fervor ser su perro. O sacrificar mi virilidad en el borde de esa fuente blanca del patio interior. He pasado los días empuñando una cadena que me desollaba la mano, conteniendo el ataque furioso de una jauría de negras bestias innominadas.  He puesto dos monedas en mis ojos y he controlado el paso de la sangre por mi corazón. Por las noches los demonios me tentaban. Algunas veces he custodiado mi cuerpo dormido al pie de los pilares, combatiendo esa fauna tentadora. Al amanecer, he purificado mi cuerpo con el agua de la fuente. De repente he despertado con los ojos llenos de lágrimas, entrada la mañana. Ella humedecía mi frente con el sólo contacto de sus manos. Ella me ha dicho "tienes fiebre".   ANFITRIÓN  Le ofreció asiento, le dijo que se pusiera cómoda, y que volvía en unos instantes. Entró al baño y se miró en el espejo. Se arregló el escaso pelo canoso, se pasó la mano por los rasgos angulares. La bata entreabierta dejaba ver el pecho flaco, decorado por una pelambrera que lo enorgullecía pese a ser ahora casi blanca.  Él era de ese tipo de hombre, o mejor dicho de gente, que vestidos e inmersos en el vaivén cotidiano, son corrientes, casi insignificantes, pasan desapercibidos en la multitud que llena las calles, pero que en otras circunstancias y despojados de sus vestimentas, entre cuatro paredes, son totalmente diferentes, crecen, se despliegan, como una mariposa cuando sale triunfante de la oruga. Del baño, y con la bata más cerrada, pero no totalmente, se dirigió a la cocina del pequeño departamento, desde donde interpeló a la mujer, ofreciéndole café. Ella entretanto, y sin pedirle permiso, había cruzado las piernas, encendido un cigarrillo y comenzado a fumar.   INICIACIÓN La Chabela en la noche del verano de 1947 y parece que gateo en el patio de la casa de Ñuñoa en la calle Hamburgo, tarde para un cabro tan chico, mis papás salieron, ella es mi niñera ocasional, entonces me lleva al jardín, se pone boca abajo sobre el pasto, se levanta las polleras, sus muslos son morenos y a la luz de la luna se vuelven marfil—me pone a horcajadas sobre ella—cacha cacha me dice y yo con mis palmas chicas pego en esas nalgas que desde mi mirada todavía pegada al suelo se ven enormes.   SUEÑOS Y CUANTOS     Unos físicos señalan después de investigar por años que existen  infinitos mundos paralelos. Y que si se intentara una medición cuántica, estos se desplegarían como un abanico de incontables dobleces—imperceptible para nosotros pero que sin embargo pueden provocar alteraciones—en este universo nuestro en que habitamos. Lo que no conocen todavía es lo que he estado fabricando  en sueños. No están tan despistados con la palabra infinitos.  Yo no puedo hacer que calcen en un solo conjunto todos los diversos lugares que visito por la noche, más de una vez, en más de una ciudad, o campo, o territorio. Ahora puedo respirar tranquilo. Ese producto de mis sueños que va tomando consistencia está lejos de ser un calidoscopio monstruoso, un abigarrado aborto que nacería muerto ahogado en los humores de sus incoherencias. Se trata de una flor de diferentes pétalos, cada uno un mundo paralelo, una de las mil flores que habrán de florecer.    COMO UN ÁNGEL EN MANOS DE UN BARBERO (Arthur Rimbaud) Vuelvo a Santiago, después de años afuera. Necesito un corte de pelo, mi melena gringa, muy vistosa. Medio espirituado, los choferes de taxi y los peluqueros son soplones de la dictadura, es un secreto a voces, me siento en la silla. El peluquero dice que se nota que vengo de afuera—será por la ropa, algo en el acento—. Aunque vivo en Canadá por precaución o persecuta le digo que estoy viviendo en Mendoza, en la Otra Banda. “Ah”, me dice “viví allá como cinco años antes de volverme a Chile”.   EL OCASO DEL DETECTIVE El inspector Llanos se aferraba a la pega con dientes y muelas, quizás este iba a ser su último caso.  La Dirección le había ido quitando paulatinamente recursos humanos y materiales, hombres de punto fijo, aduciendo en su momento y con razón la poca importancia de esa determinada pesquisa, un caso de tantos, que se repetían hasta el hastío en todas las megaciudades del continente. Además estaba en el trasfondo la cercanía de su jubilación, él había mantenido esa costumbre de dejar pasar el tiempo en la oficina, en el terreno, como esperando, o quizás intuyendo algo con su nariz de viejo sabueso pesimista, un golpe fulminante del destino, un ataque al corazón, una conseguida en la pega que lo pusiera de patitas en la calle sin derecho a la perseguidora. Últimamente no le habían querido asignar ni siquiera un paco de punto para su caso. Seguramente la Dirección pensaba que él era un asunto cerrado para ellos y no había nada que justificara seguir gastando en él muchos recursos, asignarle más gente. Además, que en lo que respecta a la virtualización del Servicio, él se consideraba un detective a la antigua, y pese a que no desconfiaba de la tecnología, creía más en la intuición, el trabajo del inconsciente, el regalo fortuito del azar.   Textos inéditos       ________________ Jorge Etcheverry Arcaya, Chileno, vive

Patio de luz | Sexo y paraíso (II)

«Le dije al de Las Galias: “no quiero estar contigo hoy”, a lo cual respondió: “te presentaré a unos amigos”. No demoró más de tres minutos para volver con diez jóvenes bien apertrechados, que miraban con ansia, para que eligiera a mi gusto. Todos estaban dispuestos a llevarme por la escalera de los ángeles caídos y seguir el rito que bien conocían. Mis ojos examinaron las cabezas, los brazos, los colgantes racimos. Hasta que fueron a dar y se quedaron en la estampa de un jovencísimo cadete con corte de cabello militar y una tobillera de oro en la pierna izquierda.» Al paraíso “Las Delicias” volví varios meses a encontrarme con el héroe de las Galias (u otros que se lo merecían). Me había aficionado a sus tamaños, que dejaban por lo menos un recuerdo semanal en la cotidianidad de los días que viajaba a la región de O´higgins a realizar clases. En esos viajes se despertaba la ensoñación de cruces y romerías. De torres adornadas con pendones anunciando que el reino ya estaba más cerca, mientras las alcancías ubicadas estratégicamente, se iban completando a medida que los campesinos avanzaban por la vía dolorosa y se abrían los altares para recibir el pecado de la pobreza transformado en hito de salvación y de falsas elevaciones que se hundían más en la tierra. Mientras tanto, en el paraíso yo sufría una leve trasmutación. Le dije al de Las Galias: “no quiero estar contigo hoy”, a lo cual respondió: “te presentaré a unos amigos”. No demoró más de tres minutos para volver con diez jóvenes bien apertrechados, que miraban con ansia, para que eligiera a mi gusto. Todos estaban dispuestos a llevarme por la escalera de los ángeles caídos y seguir el rito que bien conocían. Mis ojos examinaron las cabezas, los brazos, los colgantes racimos. Hasta que fueron a dar y se quedaron en la estampa de un jovencísimo cadete con corte de cabello militar y una tobillera de oro en la pierna izquierda. El muchacho, de 18 o 19 años, era un guerrero firme, recio y confiable. Estaba haciendo el servicio militar y, en los días de franco, asistía a ese templo para asegurarse algún dinero y hacer felices a quienes se lo solicitaban. Como un San Sebastián que se entregara a judíos y romanos, a los cuales dirigía su punzón repleto de leche tibia, entre suspiros y embestidas sin interrupción.  La cabina dejaba al descubierto a otros que, en el mismo trance, gozaban el mérito de subir por las esferas celestes, sin la consabida crucifixión, de la cual Santa Elena encontró las reliquias, que eran falsas.  El muchacho era comunicativo. Dijo que vivía en Isla de Maipo, y podíamos juntarnos allá de vez en cuando. Mis puntos geográficos referenciales de entonces (también de hoy día), no acertaban con la ubicación en el mapa del pueblo mencionado. Le respondí “tal vez”, en la trabazón de piernas, brazos, sexos, labios. Era fuerte, y hacía que uno se sintiera en plena confianza, tocando cada rincón de su anatomía y jugando con el benevolente prepucio, la cabeza escondida y la llamativa tobillera que le daba cierta distinción. Con él se galopaba al mismo peso y al mismo tranco. No defraudaba al pedir más y la entrega total era un beso prolongado hasta cerrar los ojos. Un momento después de terminada la colisión, y lleno de semillas del conscripto que tal vez, en un pasado remoto, haya sido el monaguillo principal de aquellos domingos tétricos, con autoridad me dijo: “nos vemos aquí en dos semanas, el mismo día y la misma hora. Sentí que me nacían alas, que podría volar como un Eros pantocrátor, que cualquier altar de las catedrales del mundo querrían poseer. Esperé con ansia el paso de las horas que cumplieran dos semanas para volver a la capital. Pasados los misterios dolorosos y las horas en buses y carros de metro, llegué al lugar de los encuentros. Quedé perplejo. “Las Delicias” estaba clausurado por tablones y a ambos lados de la puerta se erigían andamios que ocupaban trabajadores. Por una puerta lateral sacaban escombros en una carretilla. Pregunté a los obreros qué ocurría. Me contestaron que era una nueva construcción. Más allá un pequeño letrero anunciaba “nueva dirección: Ecuador xxxx”. A toda prisa comencé a buscar. De arriba abajo por la calle Ecuador el número no existía. Menos aún el lugar de los placeres. Cansado. Estupefacto de tanto recorrer y de pensar que había caído por la escala del paraíso perdido para siempre, lo único que se me ocurrió fue ir a dar una caminata por el paseo Ahumada. El mundo (la ciudad), parecía oscuro. Sentía como si un bisturí diseccionara el cerebro, el corazón, los brazos. El “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” se coreaba en forma desafiante desde Arica hasta Magallanes, como si cada hombre se hubiese convertido en una campana, que con esas frases herían mis oídos y prefiguraban un futuro de obtusas ceremonias que me culpaban, lanzándome a un insulso infierno creado para someter por miedo desde la ciudad de las siete colinas hasta el último pedazo de hielo en la Antártica. Me detuve por algunos minutos fuera de la catedral. Un mendigo sucio y desarrapado se masturbaba, como si estuviera regocijando a su Adonis que le miraba desde una sombra insondable. Los transeúntes, embebidos en sus salmos y oraciones, porque el reino ya venía, no se percataron de tal acontecimiento (oprobioso para la curia entera y la élite cursi). Comprendí, en una visión reveladora, que el paraíso seguía intacto. Que sólo quedaba buscarlo y refocilarse en él sin ninguna medida. Entonces me reí a carcajadas. En ese instante mismo, fui yo de nuevo.    

Fichero | «Carne de perro» de Germán Marín: Esperando la muerte sobre un techo de zinc

«Con ese lenguaje seco y gramaticalmente anguloso, desprovisto de bellaquerías líricas, delicadezas del corazón o trampas herméticas, que caracterizan la prosa de este enorme narrador chileno, en esta breve novela histórica Marín nos hace reflexionar no solo en torno a la violencia y su uso, sino también en torno al pragmatismo y su abuso, situándose en un espacio intermedio, indeterminado, que se mezcla con el frío de la noche donde Ronald Rivera y los suyos esperan el combate y la muerte.» Estamos en 1971, Salvador Allende se encuentra en el poder y un comando del VOP (Vanguardia Organizada del Pueblo) asesina a Edmundo Pérez Zujovic, ex ministro del interior del gobierno democratacristiano de Eduardo Frei Montalva, ametrallándolo en su propio vehículo. El asesinato –cometido el 8 de junio de ese año– consistió en un “ajusticiamiento revolucionario a un masacrador”, según señalaron sus autores, dada la responsabilidad de Pérez Zujovic en la llamada “masacre de Puerto Montt” o “matanza de Pampa Irigoin”, como también se le ha llamado a este hecho, acaecido el 9 de marzo de 1969. Ese día de fines de verano, premunidas de fuerte armamento –entre ellos fusiles SIG y carabinas Mauser– fuerzas de carabineros procedieron a desalojar una toma realizada por pobladores de escasos recursos en terrenos aledaños a sectores de Pampa Irigoin que ya se encontraban tomados. En esta acción policial, justificada públicamente por Pérez Zujovic, fueron asesinados once pobladores, incluyendo una guagua de tres meses y más de veinte personas resultaron heridas de bala. El trágico suceso, que Víctor Jara denunció con la canción “Preguntas por Puerto Montt”, generó el repudio de la clase política chilena, principalmente de la izquierda, que no jugó a matizarlo como hicieron otros sectores.   Dos años más tarde –y ya con la Unidad Popular en el poder– el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic, que fue condenado también por todos los sectores políticos del país (incluyendo al revolucionario MIR), fue una mala noticia para Allende y su gobierno, pues implicaba el distanciamiento de la Democracia Cristiana y el fortalecimiento de la derecha, dado que él mismo presidente socialista había indultado poco antes a uno de los participantes del crimen. En estas circunstancias, Allende decretó estado de emergencia y toque de queda en Santiago, desplegándose un amplio operativo policial y militar para dar con los responsables y así mostrar credenciales democráticas. Cuatro días más tarde está búsqueda llega a su fin, pues los integrantes del comando que dio muerte al ex ministro del interior son ubicados en una casa de calle Coronel Alvarado, en las cercanías del Hipódromo Chile, en el sector norte de Santiago. Los efectivos –dirigidos por el director de la PDI, Eduardo “Coco Paredes”– rodean la casa al anochecer, preparándose para lo que sería uno más de los hechos de violencia política que caracterizan nuestra historia.  La tensa espera entre este momento y el enfrentamiento es lo que narra Germán Marín (Santiago, 1934-2019) en Carne de perro (Random House Mondadori, 2008), novela dada a conocer por su autor en los años noventa. El protagonista es Ronald Rivera, líder del VOP, grupo que mantuvo las armas en alto durante el gobierno de Allende y que consideraba necesario integrar al lumpen a la revolución, dada la pusilanimidad del obrero en cuanto a tomar las armas. Con ese lenguaje seco y gramaticalmente anguloso, desprovisto de bellaquerías líricas, delicadezas del corazón o trampas herméticas, que caracterizan la prosa de este enorme narrador chileno, en esta breve novela histórica Marín nos hace reflexionar no solo en torno a la violencia y su uso, sino también en torno al pragmatismo y su abuso, situándose en un espacio intermedio, indeterminado, que se mezcla con el frío de la noche donde Ronald Rivera y los suyos esperan el combate y la muerte, pues no se rendirán, no está en sus planes, puesto que ellos son los únicos fieles a la revolución, esa “palabra cargada de profecías que anunciaba, tras la derrota de la burguesía, una nueva era a través de la violencia de la justicia proletaria”, como indica el líder del VOP mientras se encuentra posicionado sobre el techo de zinc donde hace guardia. El desenlace de la novela, dado su carácter histórico, no tiene ningún misterio, sin embargo Marín la dota de suspenso, crudeza, morbosidad y especulaciones diversas que tejen un texto difícil de abandonar, donde Rivera, acorralado, va y viene entre recuerdos, proclamas y pensamientos. Como último apunte, Carne de perro permitirá a algunos recorrer ese conocido y manido adagio que señala que la violencia llama a más violencia, dado que, en este caso, los asesinos de Pérez Zujovic –responsable del asesinato de los pobladores de Puerto Montt– fueron asesinados a su vez –como sugiere Marín– por las fuerzas dirigidas por Coco Paredes, quien dos años más tarde fue asesinado por efectivos de las FFAA durante la dictadura de Pinochet y sus socios proto republicanos, proto errene y proto udi. Igual suerte siguió Víctor Jara, quien en su canción “Preguntas por Puerto Montt” señala: “Usted debe responder / señor Pérez Zujovic: / ¿por qué al pueblo indefenso / contestaron con fusil?” Encontró la muerte, también, uno de los integrantes del comando VOP que no se hallaba en la casa de Coronel Alvarado esa tarde trágica, Heriberto Salas Bello, alias “El Viejo”, quien al poco tiempo, y en un acto de venganza, atacó en solitario el cuartel general de la PDI, asesinando en este acto suicida a tres detectives. Para los más radicales, en cambio, y dados los sucesos de septiembre de 1973, donde la violencia militar se impuso e impuso el Chile en que vivimos hoy en día, Carne de perro les permitirá afirmar que la vía armada era el camino para construir una sociedad distinta, mas justa, menos idiota; que la vía chilena al socialismo, basada en mecanismos democráticos, era una pérdida de tiempo; que el VOP fue el único que no cayó en la trampa de la derecha y los gringos, que finalmente nos convirtieron a todos en esos personajes deleznables que “van juntitos al supermarket / y (…) tienen un televisor”, de los que hablaba Víctor Jara al referirse irónicamente a la