Patio de luz | La familia Cerda
«Mientras saboreaba la empanada, y trataba de no escuchar a la segunda enfermera, que seguía tintineando como si las campanitas fuesen eternas, me percaté que el jardinero y mecánico del dueño de casa, me miraba a mí, que estaba a su extremo izquierdo, y a una de las nanas, que se encontraba al otro extremo. Simultáneamente hacía el movimiento de los ojos, tocándose el labio inferior con el dedo índice. Casi pude leer el pensamiento del hombrón corpulento y atractivo: “¿a quién se lo pongo primero, a la nana peruana o a ese mariconcito que parece dulce de La Ligua?”» I La familia Cerda tenía su mansión incrustada en los faldeos del cerro Santa Lucía. Era una construcción de cuatro pisos, que en su tiempo de esplendor y bautismo (digamos los años 30), debió ser imponente al estar acompañada por otras construcciones grandiosas. A la vez, era una especie de fortaleza entre las piedras que asomaban del cerro, porque nunca acerté a saber dónde guardaban el BMW, a menos que fuera en un telón de acero negro que nunca vi abierto. Recibido hacía un año del curso de Asistente de Enfermos, mi profesora se comunicó conmigo para un posible trabajo. El jefe de la familia (o familión), era el señor Cerda. Hombre corpulento, alto, gordo, a quien se le atrofiaron las piernas y ya no podía caminar; por lo tanto, se servía de una silla de ruedas para trasladarse en los paseos cercanos. O de su automóvil con chófer cuando decidía que le llevaran a visitar a uno de sus vástagos. El señor Cerda había procreado ocho hijos: tres mujeres y cinco hombres, los que hasta ese momento le habían regalado con treinta nietos. Es posible que este dato sea incorrecto, porque los números para mí son mero argumento de algo que siempre olvido. Y no creo en eso que el ministro Marcel lanza por la tele a toda la ciudadanía: que retirar el 10 % de los ahorros previsionales hace caer la macroeconomía y atrae la inflación. Por tanto, el familión pudo ser mucho más amplio, o no. Ahí, enquistado en el frondoso pulmón del Santa Lucía, el señor Cerda vivía con una de sus hijas. Y era ella justamente la que debía completar el staff de cuidadores para su padre, que se componía de dos enfermeras y dos ayudantes masculinos. Decir enfermeras es decir mucho, porque ambas damas habían hecho el mismo curso que realicé yo, y con la misma profesora. Es decir, teníamos la misma formación y grado. Las enfermeras se dividían en dos: la primera, que era la jefa (no sé por qué razón), delgada, de lentes, estólida. Nunca se reía y en todo instante parecía estar molesta. La otra, morena, con más cuerpo que la anterior, era pura risa y chacharacheo. Hablaba a kilómetros por segundo, hasta que mis oídos caían en inopia. Llegué a la hora convenida gracias a un Uber, porque de lo contrario, todavía estaría dando vueltas por el paso bajo nivel que conducía a la sinuosa calle de la mansión Cerda. La amable señora me esperaba. De inmediato me condujo a la cocina, que correspondía al reducto de la servidumbre. Una nana peruana preparaba merengue con azúcar granulada. Era el toque para el “Suspiro Limeño”, creo. Luego rompió una bolsa plástica para hacer de manga y lanzar los mojoncitos de merengue sobre las copas. Le pregunté a la dueña de casa si debía lucir uniforme para realizar mis funciones. Eufórica me respondió que sí, y me condujo por una escalera ciega de la cocina hasta el cuarto piso, donde estaba mi habitación y la sala de baño que ocuparía. Solo en el cuarto me puse aquel uniforme “adoncellado”, que nunca me gustó. Menos aún con esa pechera blanca maternal que ostentaba mi nombre bordado prolijamente. Descendí por la misma ruta, o desanduve la misma. La señora casi aplaudió de alegría al verme tan formalito y con tanta distinción, porque mis compañeras de trabajo no portaban ningún distintivo, aparte de sus caras reconocibles por la razón o el cansancio. Mi patrona tenía que salir, así que me dejó en la cocina donde crucé algunas palabras con la nana peruana. Me contó que se turnaba con otra cocinera, que vendría del campo, y de seguro conocería mañana. Me puso al tanto que el señor Cerda era un hombre muy querido por todos y el mundo entero le respetaba por su religiosidad y su fortaleza. Me faltaba sólo esperar unas horas para conocer al puntal de mi sueldo, pues venía de sus dominios rancagüinos con el chófer, el mozo y una de las enfermeras que completaría su turno por la mañana. El trabajo, según me explicaron antes, precisaba fuerza por la magnitud del señor Cerda. Yo reemplazaría a un macho alfa, que renunció maliciosamente. Debía permanecer quince días en el caserón, luego de los cuales sería sustituido por otro macho recio. El sueldo era de $500.000, libres de alimentación y vivienda. Para un desocupado, en el 2018, no estaba nada mal. Mas aún cuando me encontraría a pasos del centro santiaguino, pasando por la fuente de Neptuno, que ornamenta el espacio vegetal por donde se desemboca a la calle Merced. Cuando ya comenzaba a declinar la luz borrosa de Santiago, me avisaron que el señor Cerda había llegado y tenía que comenzar a ejercer mis deberes. Salí de la casa y me dirigí hacia el automóvil estacionado muy cerca. Divisé a la comitiva: la enfermera estólida, un hombre pequeño y pelirrojo que más adelante supe era el sirviente; el chófer de planta, que era un hombre sencillo y campechano junto a mi patrona; una silla de ruedas cercana al auto, y el señor Cerda con toda su humanidad dentro del mismo. Su hija le dijo algunas palabras que no escuché, pero que claramente se relacionaban conmigo. Mirarme y odiarme al primer avistamiento fue la reacción del caballero. Había que ponerse a la labor de bajar a ese tonel del automóvil y









