Perfiles | Operación rescate
«Mi opinión era que la ruptura no era tan mala, puesto que la Chaby nunca trató muy bien a Bórquez, al que calificaba de taimado, mañoso, perdedor y flojo culiao, adjetivos que intensificaba cuando se tomaba unas copas de más. Tenía razón, es verdad, pero como yo soy de la idea de que el cariño nos hace ver una versión mejorada del otro, nos hace engañarnos, muchas veces sospeché de los verdaderos sentimientos de la Chaby. Otras veces me dije que tal vez fuese masoquista, una masoquista castigadora. La mayoría de las veces, sin embargo, tuve claro que no era mi problema y no pensé nada.» Amo la costa, ese espejo muerto en donde el aire gira como loco. Blanca Varela Fui a ver a Bórquez porque la noche anterior me llamó y se notaba bastante desesperado. Por suerte tenía el sábado libre. Amanecía cuando salí del departamentito interior que arriendo en Recoleta. Llegué al terminal poco antes de las ocho de la mañana. A esa hora las calles de Estación Central se hallaban húmedas y vacías. Las hordas de salvajes ambulantes que muestra la tele -caníbales creo- no se veían por ninguna parte. Era muy temprano y de seguro estaban borrachos o drogados durmiendo la mona. Recuerdo que llevaba un lápiz en la mano, un viejo BIC que no sé si escribía o no, puesto que lo tomé a la rápida de mi velador con el objetivo de defenderme ante posibles ataques bárbaros. Se trataba de mi arma de escritor, artilugio romántico con el que lucharía por mi vida y por la de los bienes portátiles -teléfono, mochila, libros- que llevaba esa mañana. Un arma poco eficiente, es verdad, pero no soy de ir por la vida con un revólver o una escopeta, no me creo el sheriff del condado. A las ocho treinta partió el bus a Valparaíso. Estábamos en la época feliz de los aromos. Los bordes de la autopista rebosaban de flores amarillas que contrastaban con un cielo celeste y completamente despejado. A Bórquez lo había dejado su mina y estaba más que bajoneado. Ese era su problemón. Había pedido una licencia en el trabajo y, según dijo, se encontraba en cama desde hace dos semanas, alimentándose de suchi, comida china y empanadas fritas, todo gracias a los esclavos del delivery. Mi opinión era que la ruptura no era tan mala, puesto que la Chaby nunca trató muy bien a Bórquez, al que calificaba de taimado, mañoso, perdedor y flojo culiao, adjetivos que intensificaba cuando se tomaba unas copas de más. Tenía razón, es verdad, pero como yo soy de la idea de que el cariño nos hace ver una versión mejorada del otro, nos hace engañarnos, muchas veces sospeché de los verdaderos sentimientos de la Chaby. Otras veces me dije que tal vez fuese masoquista, una masoquista castigadora. La mayoría de las veces, sin embargo, tuve claro que no era mi problema y no pensé nada. En el bus aproveché de leer una antología de Blanca Varela. El primer poema me encantó. Después se puso muy abstracta, muy verbal y dejé el libro y me puse a mirar por la ventana. Estaba contento, siempre me pone contento ir a Valparaíso. Cuando llegué al puerto tomé un bus hasta la subida Ecuador y desde allí un colectivo hasta avenida Alemania. Hace más de cinco años que no viajaba a la ciudad que me acogió en momentos difíciles y me emocioné un tanto recordando los tiempos lejanos en que fui un habitante más de estos locos cerros. Cuando llegué a la casa de Bórquez, que era pequeña, de dos pisos, hallándose en un pasaje poblado de coloridas construcciones de madera, mi amigo se asomó por la ventana del segundo piso y me tiró las llaves. Abre tú, weon, dijo. Estaba tirado en su cama de dos plazas, tamaño King, con una polera con franjas grises y blancas y la cara demacrada. Se parecía al niño de la película El pijama a rayas. Me imaginé también que me encontraba ante el Mr. Hulk, el abogado de Joseph K en El Proceso, un tipo gordo y burocrático que atendía a sus clientes desde la cama. Puta que fue chueca la Chaby, me dijo al llegar. Hola cómo te has sentido, respondí. Disculpa, amigo, por no saludar adecuadamente, señaló entonces, excusándose por su falta de civilidad. Lo que pasa es que todavía estoy como enrabiado. Estoy a puro tricalma y no pasa nada. No me puedo relajar. Tampoco con esto -levanto una botella de ron desde el borde de su cama- y con esto -me mostró un cenicero lleno de colillas de pitos- y con esto -me mostró unas papelinas que sacó de una cajita de fósforos que tenía en el velador. Me miró después a la cara y con voz firme aseguró que su mina iba a volver. Pronto la loca va a estar de vuelta, es cosa de tiempo nomás. En el piso flotante, en el mueble de melamina negra que sostenía su plasma, en su velador -el de la Chaby estaba intacto-, así como en una silla que tuve que despejar para sentarme, había montones de basura: cajas de cartón, platos de aislapol, bolsas de plástico, envoltorios de papel kraft manchados de aceite, vasos desechables, latas de cerveza, botellas de ron, ropa, tazas y platos sucios. Se fue por una wea súper ridícula, señaló apenas logré sentarme, te vas a reír. El asunto es que no instalé un botiquín -que ella compró- en el puto baño, era cosa de atornillarlo, no costaba nada, lo podría haber hecho altiro, pero la Chaby, que es de carácter fuerte, tú las has visto, se molestó más que la chucha. En tres años no has sido capaz de instalar el botiquín, weon. Pero no eran tres años, se lo aclaré de inmediato, eran dos años y seis, cuando mucho, siete meses. Valoro, le dije después, mientras ella, no sé por qué, se puso a llorar, valoro, repito, que quieras









