Literatura

Patio de luz | Edgardo

«Los fiordos del lóbulo temporal y sus placas tectónicas no alcanzaron a borrar los instantes en que su metro ochenta, con cabeza rapada y sus costras de casi suicidio, me abrazaron. Y él retuvo mi cabeza en su pecho, abrigándome con la piel del gamulán y de su cuerpo, dándome el calor que todavía perdura, como si la vida me resarciera en la fotografía exacta del momento en que me dijo que no podía quererme.» Antes de la plaga. Antes que la tierra estuviera enferma, permeando alcohol gel y luciendo mascarillas. Antes que el año se hiciera una tableta de microscópicos calmantes, con figuras de estrellas o formas indecisas. Antes. En el momento justo en que se me desenhebró la aguja, y el hilo se convirtió en trances de olvido y memoria, estuve en ese lugar de cruces, de jardines con rosas, de un avestruz, y de camas como dedales para ciegos. Había muchos ojos sin mirada cierta, carcajadas soltadas al ventarrón, y horarios precisos para levantarse e ir a dormir; entregados para que sintiéramos que aún estábamos vivos. En un naufragio displicente y sórdido, pero vivos. Justo en el momento en que las señoras de cofia celeste pusieron a aquel chico en la cama contigua. Pero no era un muchacho. Más bien un treintañero en salida de cancha, con las muñecas vendadas sin prolijidad. Luego de esa escena, ocurrió la noche. El aprendiz de suicida se llamaba Edgardo. Era risueño, amable, tierno, como un tronco de árbol en el cual uno pudiese apoyarse, y dormir junto a él para siempre. La historia se me vandaliza entre píldoras letárgicas o estallidos de razón, que nunca estuvieron mientras el arquitecto Di Girolamo mostraba sus maquetas o elogiaba mi camafeo del siglo XVIII, bajo una corte de jóvenes voraces que marcaba su ruta de habitaciones. Éramos tres en la mesa, o en mi memoria rota. Y yo le quise. Durante todos los minutos, todas las sonrisas y todos los paseos de rosales fervientes en multicolor. En las visitas al enorme avestruz que, entre rejas, buscaba eliminarnos. Y en la búsqueda del huevo de dos kilos que alarmó al hombre de sotana. Mi amor de amapola se convirtió en arsenal de velero intrépido, que cruzaba las aguas confusas de diagnósticos y traumas. Y se hizo la veleta que me guiaba a Edgardo, y hacia él echaba las redes y el ancla. Anclado en sus dominios, mi corazón reverberaba alegría, sueños de victoria, coraje. Rezumaba vida nueva en esperanza. La trágica némesis no permite que aclare a ciencia cierta si fue chimenea incestuosa o un palimpsesto de fósforo quien destruyó mi pretensión de amante, entre las fucsias de fuego, devorando la declaración de amor, que me devolvió, como una petunia pisoteada por los cerdos. La existencia se quedó momificada. Sólo el viento rizaba la espesura de delantales blancos, como un sinfín de gotas llovedizas. Mi madre, mis hermanas, cruzaron por las naves de la virgen a las horas de visita. Mientras yo manipulaba óleos y pinceles para que el espacio se hiciera más estrecho, o el colchón de las horas se durmiera sedante tras sedante. Los fiordos del lóbulo temporal y sus placas tectónicas no alcanzaron a borrar los instantes en que su metro ochenta, con cabeza rapada y sus costras de casi suicidio, me abrazaron. Y él retuvo mi cabeza en su pecho, abrigándome con la piel del gamulán y de su cuerpo, dándome el calor que todavía perdura, como si la vida me resarciera en la fotografía exacta del momento en que me dijo que no podía quererme. Después. Después de las avenidas de pájaros y luciérnagas. Después de los aforos y los pases de movilidad, el mundo contrincante y mimetizo. Sin horarios, sin visitas, sin capsulados. Mi cabeza de tic tac rayado, en simbiosis de ufano y desencanto, a ratos me muestra esa imagen como la del beso más perfecto que me hubiesen ofrecido. Luego que mi boca se ha deshecho en tantos labios, en tantas oquedades lascivas que he compartido en mis torpezas de corazón y vino magro.    

Perfiles | Los sueños de un camionero

«Cuando tenía como doce años, ahora voy en los cuarenta y tantos, un profe de castellano me dijo que escribía bien y me dio por inventar poemas. Me entretenía haciendo esas weas. Eso hasta que mi papi me pilló. Me sacó la chucha el viejo. Los poetas o son maracos, o son curaos, o son drogadictos, o son comunistas, me retó. Estaba indignado el hombrón, señaló como corolario. Después bebió un largo trago de coca cola y despidió un sonoro eructo. Esta es la poesía que hago ahora, dijo. Enseguida lanzó una carcajada celebrando su rústica broma.» Días atrás, almorzando en un restaurante popular, tuve la oportunidad de compartir la mesa con un camionero. Era un tipo gordo, bastante desaseado, muy locuaz y dueño de un teléfono de los más caros. Desde que me contó cuál era su oficio surgió en mí la tirria contra su persona, pues soy de aquellos que aún no olvidan que una parte importante de sujetos de este tipo -pagados con dólares gringos- armaron un paro prolongado que fue clave para derrocar al gobierno de Salvador Allende, lo que conllevó el asesinato, desaparición, exilio y tortura de miles de chilenos y chilenas, así como la entrada de nuestro país en un sistema sin espíritu, sin sensibilidad, donde debemos alegrarnos por tener treinta pares de calcetines, un plasma de ochenta pulgadas, trescientos amigos virtuales que se autorretratan (y comparten ese autorretrato) cada 15 minutos, un auto que brilla ante nuestros ojos apagados, una tarjeta de crédito -por lo general sin saldo-, el corazón educado por la Teletón y el cerebro convertido en una planilla Excel que hace cálculos -día y noche- para llegar al final del mes, al final del año, al final de la vida.  El local, ubicado en los extramuros del centro santiaguino, en calle Santa Isabel con Dieciocho para ser más preciso, estaba completamente lleno. Hora de almuerzo y los trabajadores de los negocios cercanos, en su mayoría ligados a la mecánica automotriz, copaban las mesas. Yo había pedido una cazuela de vaca con ensalada de repollo más una copa de vino. Estaba comenzando a comer cuando el camionero se me acercó y me pidió compartir la mesa, ya que el espacio se hacía escaso. Claro, por supuesto, le dije. Y corrí el pocillo con salsa de ají hacia el centro de la mesa. Al principio se mantuvo en silencio. Parecía pensar. Cuando el garzón lo atendió, pidió pure con pulpa al horno, preguntando si era de cerdo o no. Sí, es de cerdo, señor, le respondió el mesero y, consultado por la ensalada, solicitó tomate con cebolla, es decir, chilena, adicionando a su pedido una coca cola con azúcar.  Apenas llegó su plato comenzó a hablar. Sin nosotros el país no se mueve, fue lo primero que dijo, a propósito de una noticia relativa a la exportación de cerezas a la República Popular China que daban en la tele, un plasma gigante que nos hacía parecer pequeños y opacos. Yo no sabía aún de su oficio y compelido por su comentario le pregunté a qué se dedicaba. Transportista, dijo. Y agregó algo que no pude entender, algo supuestamente gracioso, pues se rio dejando abierta la mandíbula, golpeándose el pecho con ella varias veces. De inmediato me puse a pensar en mi odio al gremio del rodado. Recordé, por ejemplo, que los milicos -tras el golpe- los premiaron, primero que nada, con el desmantelamiento de Ferrocarriles del Estado, medida que les dejó despejada la cancha en el negocio del transporte. Se les otorgó también descuentos en el precio del petróleo y muchos de ellos pudieron tributar con renta presunta, pagando menos impuestos que el común de los mortales. Todo por venderse a la derecha. Eso hasta hoy, pues ningún gobierno posterior a la dictadura ha revertido esta situación de privilegio, seguro que por miedo a nuevos paros de estos seguidores sudacas del mafioso Jimmy Hoffa. Me contó que su último viaje fue a Ovalle, que de allá venía llegando, que transportó, de ida, estanques de agua, de esas weas celestes, y de vuelta verduras, venía harto ajo, harto tomate, harto poroto verde, harta zanahoria. Me habló luego de su familia, no sé cómo llegó al tema. Tenía un hijo chico con parálisis cerebral, le nació así y se esperaba su defunción muy pronto, se nos va a ir el angelito, se nos va a ir para el cielo, por suerte que tengo dos más, dos mayorcitos, esos me llenan el corazón, por ellos sigo manejando. Su mujer, en tanto, pasaba por una larga depresión y él estaba medio chato, está tomando unas pastillas culias, yo la entiendo, yo también estoy pasando por lo mismo, pero uno se aburre ¿cierto? Por suerte soy camionero y usted sabe, en la ruta, decimos nosotros, siempre hay una puta, ja ja, es un decir nomás, yo respeto a mi mujer, ella es buena, no la dejaría por nada del mundo. El camionero hablaba y hablaba. Su historia, debo confesarlo, tocó mis fibras íntimas (como se dice en los matinales) y pude verlo como un ser humano. Un ser humano de mierda, es verdad, pero un ser humano a fin de cuentas ¿Qué culpa tiene del golpe de estado? Ninguna, no había nacido. Se me ocurrió, entonces, levantarle el ánimo. Y para entrar en un terreno de positividad, le pregunté por sus sueños. Sueño harto yo, po, sueño por ejemplo con el general Pinochet, sueño que resucita y me viene a ver con mi papá, que también está muerto y fue camionero igual que yo, de él aprendí, po. Él estuvo en el paro patronal del 72. Gran hombre. Me enseñó a manejar de chico, a veces no iba a la escuela para acompañarlo en sus viajes. Al final no terminé la media y me puse a manejar. Dale, me decía mi papi, sigue nomás. Pa que vai a perder el tiempo estudiando si acá ganai platita. Y me mostraba unos dólares que había guardado como reliquia.

Glosas | Vereda Sur

«Saludamos, desde estas páginas, la aparición de este libro que será el primero de muchos -esperamos- de este grupo literario que, durante la primera década de este siglo, nos entregó una brisa de aire fresco que a muchos nos remeció, gracias a su revista y a sus publicaciones alejadas de la oficialidad.» El sábado 22 de abril del 2023, en el Liceo de Aplicación de Santiago, se llevó a cabo el lanzamiento de la antología de poesía y cuento “Vereda Sur”. La ceremonia se realizó en el establecimiento vecino al casco histórico, pues fue allí donde funciona -desde el 2019- un taller literario dirigido por el poeta Maximiliano Díaz Santelices, cuyos integrantes participaron de esta publicación.    El libro, por lo tanto, es el producto del trabajo de cada uno de los autores, en su gran mayoría inéditos, quienes decidieron dar a la imprenta sus textos, para que trascendieran el estrecho círculo de sus reuniones semanales. Por otra parte, la obra es la primera publicación de Ediciones Esperpentia -en su segunda temporada- y el diseño, incluida la portada -muy bella-, fue hecha por el poeta, narrador y editor Sergio Sarmiento Monje. Saludamos, desde estas páginas, la aparición de este libro que será el primero de muchos -esperamos- de este grupo literario que, durante la primera década de este siglo, nos entregó una brisa de aire fresco que a muchos nos remeció, gracias a su revista y a sus publicaciones alejadas de la oficialidad.    Volviendo a “Vereda sur”, debemos decir que el grupo de escritores y escritoras está conformado por personas de distintas esferas profesionales (profesores, abogados, periodistas, psicólogos, estudiantes, administrativos, etc.), algunos con poco más de 20 años, otros cercanos a los 50. Con miradas y poéticas diversas, algunos con una vocación literaria ya perfilada, otras aún en una búsqueda. En este sentido, hay un cruce muy post moderno de estilos e intenciones, tolerándose mutuamente, sin anularse y sin tratar de imponerse, conviviendo en el caos de lo diverso.   Por esta razón “Vereda Sur”, como cualquier antología, nos muestra un variopinto grupo dedicado a la Literatura que con diferentes brochas o pinceles finos -desde un realismo duro hasta textos simbólicos u oníricos, pasando por algunos que a través de un orden clásico abordan situaciones complejas, a otros de visiones fragmentarias que muestran la diversidad del mundo; pero cada uno, poseedor de una mirada que indaga y cuestiona aquello que convencionalmente llamamos “realidad”, tratando de penetrar su volátil esencia, desplegando las formas con un lenguaje artístico- pintan en monocromías o con los más abigarrados colores la página en blanco, creando composiciones múltiples.   ¿Quiénes son los autores incluidos en la antología? Respondiendo esta pregunta, que el lector ya se estará haciendo, paso ahora a dar una breve mirada a cada uno de ellos y ellas, así como a sus obras: Luciano Alarcón, nos presenta un relato minimalista con un lenguaje preciso de referencias oníricas.  Andrés Barahona, sus cuentos indagan con habilidad en lo perverso, con un penetrante lenguaje, no carente de humor negro.  Federico del Río, poeta y narrador, busca con eficacia entre los intersticios de la compleja existencia humana. creando inquietantes imágenes.  Catalina Echeverría, publica cuentos con un notable uso del lenguaje, creadora de inquietantes imágenes. Macarena Fevre, poeta y narradora de cuentos breves y de hallazgos luminosos. María Pía Jara, en sus cuentos aparecen personajes muy bien perfilados enfrentados a situaciones límites, a la locura de existir. Felipe Morales, ha creado cuentos de gran factura técnica, que surgen de la observación penetrante y aguda de la realidad. Rodrigo Rojo, sus relatos operan como memoria de la historia reciente de Chile, con gran mordacidad crítica. Tomás Veizaga, con un gran manejo del lenguaje en cuentos donde no sobra ni falta nada.  Preciso y crítico.  Cristian Villouta, poesía sardónica y satírica de la contingencia.    Estos son los autores y -en su mayoría- sus primeras obras publicadas. Y como alguien dijo, por ahí, el tiempo dirá, el tiempo -el mejor crítico- hará su propia Antología y quizá algunos de ellos sobrevivan y su obra perdure, más allá de las breves páginas de este libro.    

Poesía chilena actual | Hándicap literario, siete poemas de Cristian Cruz

UNA BELLA NOCHE PARA BAILAR ROCK   Esta es una bella noche para bailar rock. A mi padre lo trajimos muerto desde Santiago, la familia quería verse reunida por fin: nuestra madre sólo recibía órdenes de la familia. “Tú eres el encargado para irte con tu padre en la carroza”. Bien, asentí, y fui a comprar cigarrillos. A la salida de la ciudad le pedí al chofer que prendiera la radio, /nos pusimos a fumar. “Mi padre fumaba también”, dije. Ya en la carretera buscaba una emisora; las radios aquí se escuchan mal producto de las montañas. “Escuchemos un cassette”, dijo el chofer. Colocamos la cinta, una selección de rock argentino, y luego preguntó si fumaba cannabis. Fumamos mientras avanzábamos /por las montañas y la carretera. Al llegar bajamos el féretro de papá y le di las gracias al chofer por el viaje. Hoy como hace dieciocho años pienso a quién debo traer de la gran ciudad, para que la familia esté unida, para que la familia sea feliz.     RELACIONES   Por la mañana leí un texto llamado Literatura + Enfermedad = Enfermedad. Al terminar no pude dejar de pensar en mis várices; mi madre las tenía en una de sus piernas /y el dolor la despertaba de madrugada. Su hermana solía pedirme ayuda para llevarla de su pieza al baño, del baño a la mesa del desayuno, y de ahí al jardín para tomar sol, su cadera se había roto mucho tiempo atrás. Ellas murieron de otras cosas: vejez, Chagas, Alzheimer. Incluso ese escritor murió un par de semanas después de escribir Literatura + Enfermedad = Enfermedad. El poema en todo esto es que alguien me vino a despertar desde un lugar remoto y cálido.     LA TRAMA   El poema es la trama que está sobre nosotros sin darnos cuenta, es la avioneta que deja entrar su ruido por la ventana y pensamos en el piloto que mira nuestra casa. Entonces la avioneta es el poema que está sobre nosotros y el piloto es el que escribe en su libreta que ha visto una casa, un auto varado en el patio, una hilera de árboles azotándose contra el viento y dos o tres pozas de agua que son dos o tres espejos  /si están quietas. Continúa diciendo el poema, que sobre el techo de la casa la sombra de la avioneta o bien la sombra del poema comenzó a pilotarla una mujer con los brazos abiertos. Nosotros que a esa hora dormíamos en casa interpretamos el sonido del poema que entraba por la ventana; más bien era el sonido del cielo, porque las avionetas son el sonido del cielo. Pero era el poema que ululaba tras los visillos  /para que yo lo escribiera.     RESTORÁN SENCILLO   La mesera te dice ¡ya, cariño!, y de manera fugaz eso estremece tenedores y muebles; este restorán, donde comen los pobres de corazón, se transforma en tu casa de acogida. No has tocado el pan del menú, no deseas tocar el corazón de nada. La mesera, los pobres de corazón y yo creemos ver el Sol en los espejos, y el ¡ya cariño! junto al bamboleo de los platos es una gambeta a la soledad, la mesa coja del corazón.     EDISON NO VISITÓ EL CEMENTERIO DE CONCEPCIÓN   Se me vino la imagen muy clara de la electricidad que por cierto no tuve por una semana en casa, un vecino me alcanzó energía con un alargador. Veía las noticias frente a la casa oscura, veía mi sombra preparando el té o buscando un lápiz o un bolso. La casa oscura me obligaba a pensar en los detalles y cosas del día; no quería por supuesto pensar en cosas extrañas, o malas, nadie quiere eso cuando la casa está a oscuras. En el Hotel Almagro decidí recorrer la ciudad, me habían hablado bien de ella, pero igualmente terminé en el cementerio; regresé pensando: ¡qué mal el cementerio, qué mal está la gente! En la cena la mesera me preguntó por la ciudad; respondí: la gente acá se quiere poco, el cementerio está por los suelos. Ah, mire, hace mucho que no voy por ahí, mi hija y mi marido están allá, un accidente, usted sabe. No, no sé respondí, y en ese momento me fui a oscuras, la electricidad me había abandonado, y pude ver mi sombra y la de ella buscando a tientas entre los platos y los manteles pero alguien prendió la luz de la campanilla de los pedidos y nuestras sombras volvieron a nuestros cuerpos: la electricidad volvió a retorcerse en nuestras vidas.     DE CÓMO MIRO POR LA VENTANA   Me acerqué a la ventana a mirar el paisaje, pero no era el paisaje, era yo que estaba allá afuera como un corpus, y cuando te digo corpus es que los árboles flotando /podrían ser mis brazos o mis piernas, no es seguro, tómalo como ejemplo; o esa pareja a orillas del río, con ganas de lanzarse o amarse ahí mismo, no puedo asegurar qué querían hacer. Pero si fijo la mirada vuelvo a las nubes y trozos celestes, eso podría ser mi cara, a ratos cubierta o despejada: qué mejor que tu cara sea el cielo. Me falta el río, no lo he olvidado, pero saca a la pareja mejor: el poema no requiere de calentura o derrota, el río, el río es importante, y el corpus también; no olvides el corpus que traspasa el cristal convertido en ti. Ahora enciendes un cigarro porque te entusiasmaste, porque no quieres dejar la ventana, que es el núcleo. Tu tronco es el río, por él trafican los fluidos, tu voz, y aunque no se ve el final de ese río piensa que tus pies son el delta, que los dedos son un brazo o un hilo de agua, que las aves y la flora de ese delta son tu cabellera. Como es de tarde, la luz que abrazaba el paisaje abandona

Patio de luz | De Ortúzar y los caballeros con tutú

«Después de pecar, a Ortúzar le gustaba que camináramos por la avenida Libertad hasta Cuatro Norte, y entráramos a la iglesia de los Carmelitas. No sé si él hacía esta rutina para escuchar el sermón, o para que lo saludara la iglesia entera, con manos y reverencias, mientras mi invisibilidad flotaba por los muros góticos hasta tocar cualquier vidrio de un vitral.» Recuerdo haber estado viendo un extraño reportaje. No sé si era en el suplemento de un diario, o en una revista. Lo más llamativo para mí, de aquella publicación, resultó ser la ilustración que la acompañaba. La dicha fotografía “trucada” como decimos comúnmente ahora, representaba a varios hombres reunidos, que lucían vestón y corbata. Y, más abajo, unos gráciles tutús. La idea central que rescaté de tal lectura es que había en Santiago un lugar en donde hombres se juntaban. A los 23 años conocí a Ortúzar. Era un sesentón ex teniente capitán de la marina. Alto, espigado, no mal parecido, proveniente de las rancias familias que se habían acomodado en Viña del Mar algunas décadas atrás. Como era de esperar, su árbol genealógico estaba repleto de ortuzaritos llegados a ser cadetes o curas. El departamento de Ortúzar parecía un museo de arqueología por donde se lo mirara. Con tejidos hispanoamericanos, cacharros de greda y churretelas de variadas civilizaciones. Sentado en el sofá, yo no me atrevía a estornudar, por temor a echar abajo los últimos vestigios incas, mayas, y vaya a saber Dios qué otra civilización. El departamento estaba tapizado en azul, hasta la sala de baño. La terraza de aquella vivienda poseía una vista espectacular: justo el ingreso del hotel O’Higgins, la plaza de Viña y el puente que da paso a la avenida Libertad. Allí el aire era espléndido, y la tranquilidad trazaba su mapa de múltiples aristas. Después de pecar, a Ortúzar le gustaba que camináramos por la avenida Libertad hasta Cuatro Norte, y entráramos a la iglesia de los Carmelitas. No sé si él hacía esta rutina para escuchar el sermón, o para que lo saludara la iglesia entera, con manos y reverencias, mientras mi invisibilidad flotaba por los muros góticos hasta tocar cualquier vidrio de un vitral. Luego de la ceremonia religiosa, u Ortúzar-manil, volvíamos al departamento a comer fogazas con una coca cola. Después de lo cual yo le daba un beso, le decía adiós, y volvía a mis raíces de miseria. Un día de pereza y poca conversación, Ortúzar recibió una visita: era uno de sus sobrinos. Un muchacho encantador, precioso, que me alargó su mano para saludarme y una sonrisa que eran nubes transportándome al cielo. En él todo irradiaba felicidad, complacencia y vida mejor. Ortúzar estuvo un poco ácido al decirle: “podían acordarse del tío no solamente cuando necesitan dinero…” a lo que el chico respondió con unos golpecitos en el hombro, y otra sonrisa que casi me deshizo. Mientras escribo pienso que si en ese momento yo hubiera pensado como pienso las cosas hoy día, habría tirado al viejo balcón abajo, para quedarme con esa preciosura de hombre…más que fuera por diez minutos. Pero se marchó, y los dedos de mi alma desprendieron feromonas que lo persiguieron hasta muy entrada la noche. En cierta ocasión, a Ortúzar se le ocurrió que fuéramos a Santiago. No pasaron dos minutos cuando estábamos en su auto novísimo y un regio chofer rumbo a la capital. Dentro de ese auto no se sabía del mundo circundante. Me di cuenta que entramos a un condominio cercano a la estación de metro El Golf. Y entramos al Versailles o al Chantilly de Ortúzar. Creo que nunca tuvo gusto para decorar, y era demasiado tacaño para ordenar este trabajo a alguien que supiera, o tuviese una mínima idea. Las paredes estaban cubiertas de cuadros sin orden, frente a un enorme gobelino de la Paix de Fontainebleau. Por un lado, había dos originales de Somerscales, con su número de seguro y alarmas. En otro muro se exhibían retratos de mujeres. Sobre los muebles (todos de estilo, que no tenían estilo), había montones de cosas esparramadas. Lo más apreciado por las visitas (olvidé decir que a Ortúzar le esperaba una comitiva), era un vaciado en yeso de las manos de Malú Gatica, y una foto de la actriz sonriente con él. La plebe se deshacía en frases célebres para alabar al anfitrión. Pero en lo que mis ojos y todos mis sentidos se posaron con gran recogimiento y exaltación, fue en el bar. No era el mueble en sí mismo, sino la forma en cómo estaban presentados los licores. Ninguna botella. Eran como volutas de perfume, de diferentes colores y texturas. Vidrios ovalados, alargados, esféricos. ¡Qué placer poder haber probado uno de esos sabores! Pero yo no bebía. En uno de mis arranques humanitarios, y mientras Ortúzar se retiraba de su séquito, le dije: “podías donar estas pinturas a algún museo, hacen más falta que aquí”. A lo que respondió: “son recuerdos de familia”. La genealogía Ortuzariana traspasaba sus tesoros, igual que su sangre, de generales a frailes. Pero, pensé para mí, tal vez haya una excepción. Si alguna de estas pinturas llega a parar a las manos del hermoso sobrino de Ortúzar, no dudo que el chico convertiría el objeto de arte en platita líquida y sonante. Billetitos suaves y olorosos a cafés, bares y viajes, que lo convertirían en un dandi por algunos meses. Y, adiós tradición. Sin embargo, lo que me pareció más valioso, de valor artístico y material, se encontraba en el dormitorio de Ortúzar. Un respaldo de la cama con once iconos rusos, cada uno con un enorme marco de plata. Era esa como una visión celestial, en púrpuras y dorados. A medida que se iba acercando la noche, las visitas se fueron retirando y el anfitrión quería seguir en el disfrute.  De nuevo estábamos en el auto, sobre una ruta totalmente ignorada por mí, y más aún de noche, en que todo parecía real e irreal a la vez.

Narrativa argentina actual | Breve historia de una cabeza

«⎯¡La advertencia del señor se hizo presente en esta cabeza…!⎯ dijo el gobernador elevando a Abraham por los aires. Continuó así, mientras se paseaba por la habitación, con su perorata. Su argumento: Dios había hecho de este hombre un sagrado reproche. Había elegido a la provincia como centro de su epifanía. Luego, el gobernador hizo pasar al diacono de la ciudad, el cual explicó, en una segunda perorata, el simbolismo de la cabeza parlante y su advertencia divina.» Cuando Charlotte Corday, la asesina del político francés Jean-Paul Marat, fue ejecutada por guillotina en 1793, un hombre llamado François le Gross supuestamente levantó la cabeza y abofeteó ambas mejillas. Los espectadores afirmaron que la cara de Corday adoptó una expresión de enojo y sus mejillas se sonrojaron. Jules Boissents Nosotros vemos todas las cosas con una cabeza humana y no podemos cortarla; por lo que queda siempre la pregunta de lo que sería el mundo si la hubiésemos cortado. Nietzsche   La mañana en que Abraham Swieczewski perdió la cabeza –aunque, por fidelidad a los hechos, sería más atinado decir: “la mañana en que Abraham Swieczewski perdió el cuerpo”– se desarrolló igual que todas las mañanas de su vida. Se había levantado a las seis y media. Se había bañado y calzado el traje. Abajo, su mujer, Rita, lo esperaba con el café negro recién servido. No hablaron, como de costumbre. Acabó el café, no se despidió de su esposa y se fue en auto al banco. Debía cruzar un puente mediano para llegar al lugar de trabajo. Durante el viaje ni siquiera prendía la radio, solo se mantenía al calor del sol naciente y de las bocinas de los conductores aledaños. De vez en cuando él también tocaba la bocina, insultaba al mal conductor de turno y desarrollaba lentamente su rutina diaria. Pensaba, mientras el tráfago eterno entorpecía la digestión citadina, en todo lo que haría en la semana: el rejunte de cuentas, la apertura de seis nuevas cuentas comunes, el trato con la sucursal de Uruguay, el bar mitzvahdel hijo de Jelenskí, el entierro de la prima Vera y el tema de los terrenos.  Quizá, debido a su introspección y su falta de interés en el camino, no logró frenar a tiempo y el impacto fue inevitable. Delante de su auto había frenado una camioneta Ford, vieja y destartalada, la cual llevaba atados al techo (de manera gárrula y defectuosa según se deduce de los análisis subsiguientes del peritaje oficial) unas vigas delgadas de acero inoxidable. Al momento de impactar el auto de Abraham contra la camioneta, las vigas, que se doblaban por su peso y se orillaban contra el parabrisas del banquero, cayeron con fuerza contra el cristal y lo atravesaron sin problema. Menos problema fue la carne del cuello de Abraham, la cual no se resistió al embate de los hierros (tenía una papada prominente, lo cual tampoco fue impedimento para los hierros). Su columna, medula desperdiciada, se quebró sin rechistar y las vigas llegaron a cortar incluso el cabezal del asiento del conductor. El corte fue perfecto, ya que la cabeza del banquero se desprendió enseguida y, con tal fuerza, que voló a través del hueco en el cristal del auto, cayó al suelo y rodó unos cinco centímetros.  Abraham, lúcido todavía, sintió como se desprendía de su cuerpo mutilado, volaba fuera del auto y luego rodaba por el cemento. Pero, muy en contra de las declaraciones de los historiadores de la guillotina, pasados los infernales cinco segundos de vida final, Abraham Swieczewski parpadeó una vez, parpadeó dos veces y, con horror, asistió a que estaba más vivo que nunca. El conductor de la camioneta, un señor bajito y muy arrugado, casi vomita la divisar el cuerpo decapitado en el automóvil. Se volteó para no ver más, pero, entonces, encontró la cabeza, la cual arrojaba chorritos de sangre por el cuello, mientras lo imprecaba: “estúpido de mierda, hijo de….”, dijo Abraham. El viejecito se desmayó. Los demás automovilistas se acercaron a ver lo ocurrido. La mayoría vomitó, otros corrieron despavoridos. Una mujer rezó.  Desde entonces todo es confuso en la memoria de Abraham. Ver su cuerpo en una camilla dentro de la ambulancia; las miradas terribles y asqueadas de los paramédicos. Las luces del quirófano, los enfermeros y doctores que entraban y salían para ver a “la cabeza”. La espera de hospital, siempre inútil. El último día que vio su cuerpo, ya insalvable y podrido. Pidió que lo adormecieran. Seguro fue muy extraño para los enfermeros colocar el respirador a un cabeza. Creyeron que, debido a su falta de pulmones, se ahogaría o algo por el estilo. Todo en vano. Abraham se despertó a las horas, maldiciente y llorando. Durante varias noches, invocó la muerte. Finalmente lo arrojaron en una habitación del último piso. Dejaron la cabeza sobre un almohadón bastante cómodo, Abraham podía ver todo el panorama. Esa misma tarde, su esposa entró en el cuarto. Lo miró atónita, como si viera a un dios muy antiguo o un crimen horrendo de la naturaleza. Abraham no lo soportó y le grito: “¡Rita, sácame de acá! ¡No aguanto más, vámonos!”. Pero Rita ni siquiera se despidió, cerró la puerta y se fue. Abraham nunca más volvió a ver a su esposa. Los días pasaban y las enfermeras entraban con miedo a la habitación. Abraham ya se sabía el lugar de memoria la cama, la mesita, la ventana y el televisor. Solo podía mirar. Mirar era el nuevo aire de sus pulmones ausentes Las enfermeras siempre le preguntaban si tenía hambre, a lo cual él respondía: –¿Y con que estómago, pelotuda–. Y todo acababa allí. Abraham quería que se lo llevaran, pedía a la policía, a su esposa. Pero nadie quería dar audiencia a la cabeza. Por las noches Abraham miraba las ventanas de los demás edificios, buscando algo que ver. Miraba las estrellas, pero no había consuelo. Un día, una miríada de periodistas irrumpió en el cuarto. La mayoría con grandes cámaras y micrófonos. Todos retrocedieron con un

Signos vitales | Subalterno

«A lo lejos, en el carro contiguo, veo la cara de mi exjefa, que abordó el mismo tren. Está sonriendo, siempre está sonriendo. ¿He progresado desde ese tiempo hasta ahora? ¿Puedo hablar por mí mismo hoy en día? Poco, me digo, poco he progresado, puesto que sigo siendo un subalterno, alguien que, lamentablemente, debe dejar sus objetivos personales de lado cuando entra en la empresa, sustituyéndolos por los intereses corporativos. Un tipo que no tiene voz en el discurso hegemónico, como diría Gramsci. Un tipo como Sorel, un puto como Sorel.» Salgo del trabajo, son las siete de la tarde. Estamos en enero y el sol aún pega fuerte sobre el pavimento cercano a Estación Los Héroes. En el camino paso por una tienda de artículos católicos, abarrotado shopping para aquellos y aquellas que aún creen en el Vaticano y sus melosos soldados. En la vitrina veo figuritas bíblicas perfectamente pintadas. Figuritas de caras rosadas, figuritas con corazones rojos que, tal como el pecho de Flash, se encuentran atravesadas por un rayo color oro, figuritas martirizadas, crucificadas, ensangrentadas, aunque prolijamente mantenidas. Se hallan envueltas en nylon no solo para que no se llenen de polvo, sino para que la gente común y corriente que entra al local no las manche con sus manos sucias, grasientas, pecadoras. La mugre y la santidad, todos los sabemos, no se llevan muy bien. Cuánto costará una virgen, me pregunto. Y sigo caminando. Quiero llegar a casa, abrir una cerveza, comer algo y seguir con la lectura de Rojo y Negro, de Stendhal, novela que releo con avidez. Santiago está medio vacío. Todo aquel que pudo escaparse del calor de enero, de los 34 grados que te cuecen el cerebro y hasta los huevos, seguro que ya no está aquí. Los que se quedan son aquellos que deben laborar, así como aquellos y aquellas que gozan de su período anual de descanso, mas no cuentan con dinero para vacacionar y deben hacerlo, como escribió el poeta Héctor Figueroa, por la tele. O por las redes. Principalmente subalternos -explotados o auto explotados- que deben observar, en la pantalla, programas acerca de playas y lagos donde la preocupación central es la economía: cuánta es la ocupación hotelera, cuántos turistas extranjeros han llegado, cuánta plata ha ingresado al país y su exhaustiva comparación con años anteriores. No las gaviotas o el sonido del mar, no el crecer de las docas o del quillay, no el pasear de los que se aman y/o desean por el fresco borde marino, no los ojos de los niños que junto a las olas -alegres e inconscientes- construyen maravillosos universos de vacío, agua salada y arena.  ¿Cabe Julián Sorel, protagonista de Rojo y Negro, en la categoría de subalterno? me pregunto mientras dejo atrás las vírgenes y los cristos envasados. Me hago la pregunta porque el arribista personaje central de la novela (que en su momento el Vaticano prohibió por mostrar, entre otras cosas, el lado turbio de la mafia católica) debe mantener sus ideas napoleónicas en secreto mientras que en público se muestra partidario de la aristocracia y la religión comandada por el Papa. ¿Puede hablar Julián Sorel?, me pregunto, parodiando a la Spivak. Sigo avanzando. En los muros amarillos del edificio donde antaño funcionó la embajada de Brasil, veo un grafiti en homenaje a Pogo, cantante punk fallecido recientemente, tipo poco común para nuestra sociedad que, entre otros, se hizo conocido por un tema que rezaba: Chichiolina, yo te amo, yo te adoro, porque eres cochina. Me encuentro, luego, con un hombre pequeño y sonriente, como sacado de la parte pastoril del Quijote, tocando inocentes melodías con una flauta dulce. Me pregunto cuánto demorará en desaparecer de la memoria de los otros un hombre común y silvestre, un hombre sin hits como Pogo. Me pregunto, después, si desaparecer de la memoria de los otros es como no haber existido. Continúo mi camino. En los muros veo, ahora, unos carteles anticigarrillos ilegales. Traficar cigarrillos es un crimen dice la enorme pieza gráfica tamaño mercurio a todo color. Nadie firma la declaración. Lo más lógico es que provenga del monopolio del tabaco. El tabaco también mata, me digo. Por eso me parece tan absurdo el cartel. Un cartel hecho por un cartel. Un crimen denunciado por un criminal. Recuerdo, enseguida, que la misma campaña también está en las radios, incluso en la “Cooperatibia”, emisora ensalzada por su rol en la época dictatorial de Pinochet y sus socios de derecha, que hoy, lamentablemente, hace programas de la mano de las AFPs y publicita a empresas turbias como SQM. A eso hemos llegado. La gran empresa -que fue la que financió la campaña proegoísmo “con mi plata no”- hace lo que se le da la gana. La gran empresa sí que puede hablar. Cabrones y llenos de dinero se meten sin permiso en el cerebro de la gente, en el inconsciente colectivo, que es algo así como entrar en dormitorio de alguien sin permiso. Y nos violan. Entro al metro. Me recibe una oleada de calor húmedo. Pongo mí tarjeta bip y bajo las escalas hacia el andén. A la distancia veo a una excolega, Cecilia Azúcar, trabajadora social que ejercía la jefatura de carrera en un organismo de educación superior donde años atrás hice clases. Una mujer de trato dulce como su apellido, pero capaz de traicionar a su madre por mantener su puesto. Gracias a ella, junto a otros seis docentes, fui despedido por "agitar el gallinero" pidiendo algunas cosas básicas como un lugar donde almorzar, contratos de trabajo (no a honorarios) y un pago más digno por hora de clases realizada. También -en plena democracia- se me acusó del “delito” de motivar a los estudiantes a formar un centro de alumnos, algo consagrado en la ley de educación superior. Eludo a mi ex colega de engañoso y dulce apellido y espero el tren a unos prudentes diez metros de distancia, la distancia que separa al subalterno del poder. Enseñaba -por esos tiempos-

Testigo ocular | Yanko González Cangas

Poeta y antropólogo, Yanko González Cangas nace en Buin en 1971, viviendo su adolescencia y juventud en la comuna de San Bernardo. Su poesía temprana, con su lenguaje caprichoso y cercano al del Chile actual, ha sido un referente para las nuevas generaciones, en especial sus libros Metales Pesados y Alto Volta. Radicado posteriormente en Valdivia, nos encontramos con un poeta entrelazado en nuevos signos, haciendo gala de una lucidez que, entrando en el espiral de la psicosis, da cuenta de los estados de ánimo de una generación que conoce las causas, pero no controla los efectos. Ha obtenido diversos premios, como Arte Joven Gabriela Mistral (2000); Premio de la Crítica (2008) y Mejores Obras Literarias (2021). Actualmente ejerce como decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Austral de Chile.       Selección de poemas     PORDENTRO & PORFUERA   O sea estuvo muchos años extrayendo heces aunque vamos todos le decíamos el saca-mierdas  que traducido a su idioma vendría a ser  ducha fría o saca-piedras.   Convengamos que la mierda es memoria  del mismo modo que una palabra es la memoria de su significado repetía  haciéndose el interesante  abriendo o cerrando el peso de las naranjas  de anne michaels con dibujos de john berger.   Pero vamos un Trabajo de Mierda para colmo en negro como la mierda negra  cómo explicarlo en nuestra lengua se podría traducir como  un trabajo «verdaderamente» ingrato.   Y aunque usaba un traje guantes máscara y un lindo casco verde hedía por dentro y por fuera  de hecho yo fui el que le puse el pordentro & porfuera que en nuestro idioma  significa algo así como  el fétido externo ensombrece al fétido interno  amalgamándose hasta la hediondez extrema.   El punto es que se pasó sus buenos años  absorbiendo aquello y ya se sabe aunque las moscas cambien las piedras siempre serán las mismas.   Y de esas frases que soltaba  como para su redención futura fue quedando un fatal cansancio obvio  automáticas palabras varilla sonda acople llave inglesa papel residencia quizás quince. Mucha mierda.   Publicó algo  y volvió al Alto Volta  pero olía mal el «caca blanca» le apodó su familia. Que viene a significar más o menos sin certeza  alejándose o acercándose al campo semántico aquel que trabajó como poeta  para los que nos traen o nos quitan el trigo  de la boca.   O sea.       VE   Ve que soy su madre/ v/ ve que la visión suya está borrosa/ no v/ terminar sería la cola/ sacaría lastimarse por la pura/ no v/ v/ hasta aquí su labio dice que está entero/ y para qué nos pega con el cable/ v que distorsiona/ no le niego nada/ usted me v/ pero martillar la puerta/ vender la ropa/ robar botellas/ no es lo sano/ v/ Si le falta tratamiento debió haber avisado/ no v que acá soy la y única que sufro/ Y si le busco algo/ tendría que buscarle/ pero si no mueve el dedo/ v/ Son muchos los esfuerzos que se hacen// No suba la tele // Si no me oye/ v/ si cuando le hablo/ v/ No me va a salir hoy día sábado/ y me va almorzar la carbonada/ v que todavía está creciendo/ no v que está como una cana/ tiene que esforzarse v/ ya/ levántese ¿quiere que le prenda el cálifon?       EJEMPLO    Quieren que me vaya como si yo no quisiera irme  Entonces les digo me voy Pero al primer  o quinto paso Corren a buscarme  para que les planche el aire Les abra una zanja donde han de cruzar sus trajes.   Ayer fue lo mismo  Entendí claramente  quieren que me vaya  Eso es lo que se decían mientras cuidaba de sus niños   Yo jugaba a lo que en Alto Volta se jugaba Ejemplo La silla se llama lavabo la puerta sardina  La mesa vajilla y los zapatos cadira Entonces los niños gritaban Amarillo Ábrenos la sardina.   Era un juego y dijeron que me fuera  Que tenía que enseñarles las palabras  Como se debían   Ejemplo  abrir la boca s se dice reír.       TODOS       a edwin madrid & aleyda quevedo   quieren que uno vuelva a la normalidad  las cortinas quieren que uno  vuelva a la normalidad los gordos agotadores quieren que  vuelvas a la normalidad señora  ¿quiere que vuelva a la normalidad? hasta germán el teclado muerto ruega cuándo pagarás el teclado muerto ruega cuándo pagarás la cuota para la junta de normalidad dígame sin ambages si le apetece que me dirija  a la oficina central de normalidad a la carpeta  para postular a la normalidad din don bell  el turno de la blanca normalidad hermano hermano regresa por la normalidad  ¿me temes? dirá en quito la Mitad del Mundo  dirígete, pues, entonces, antes, a la normalidad  Palabra, en serio ¿quieres que sea rumbo a la normalidad?  es personal pero estarán tranquilos pero estarán a gusto  en fin arguméntenmelo de frente si cesarán  si mañana llego aquí y si mañana me presento  estilo normalidad por ser un dejo quizás un aire  estoy que me convierto hoy mismo  estoy que me hago de una  a la normalidad.       MARJORIE   Estoy en razón de un barco seco. Ladrando a deriva mi escorbuto. Domingo 5. Siempre es domingo 5 de milnovecientos setenta y uno para mis hijos y estoy planchando a estribor  mi escroto. Acá, siempre es acá en lo que me publico, espuma rancia  que me unta comisuras, babaespuma. Ni él ni ella, porque siempre hay un él ni ella que se hieren por la boca y no se hartan, dejarán de privarme de mi litro y mi ukelele. En la mañana necesito dos o tres dedos de ginebra para afirmar mi pulso. He vaciado las veinte píldoras de amital sódico. Me voy. Sé decirme ya tienes ese olor vinagre que da el encierro  y el escribir pedazos de poemas.  

Trastienda | El amante de Lady Chatterley o el eros de la igualdad

«Lo que ella hace al desear su placer sexual, tocándose, perdurando sobre el cuerpo del hombre hasta llegar al orgasmo, desinhibe la relación de la mujer con su cuerpo. Transgrede la propiedad privada y la común, generando una relación que rompe con la diferencia de clase y aparece la búsqueda mutua del placer sexual y el erotismo del tacto.» La novela El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence generó un escándalo cuando se publicó en Inglaterra por Penguin en 1960, pero ya había sido editada de forma privada en 1928 en Florencia, hace casi un siglo. Lo que mencionan sus detractores es lo directo de las descripciones de las relaciones sexuales entre los amantes. Las escenas explícitas expuestas en el libro en la que el guardabosques y la señora de la casa Chatterley se encuentran para tener sexo, no son solo provocativas por lo que una época veía y sigue viendo como algo que no debe mostrarse en público. La provocación tiene varias aristas. Una de ellas, me parece una arista englobante, es la relación entre dos clases sociales cuyo encuentro está en el cuerpo, el placer y la ternura. Ahí no hay clase que valga, el deseo transgrede esa diferencia que es norma y ley de un orden. El erotismo femenino como aspecto que está imbricado en lo anterior, es incluso, más escandaloso y central en la novela con respecto a la sociedad burguesa y sus valores dominantes. Porque, en el relato, el eros es la fuga del dominio y propiedad del capital que respira y organiza de fondo su perpetuación y jerarquía. La directa búsqueda de placer y realización sexual de la mujer como un ser activo en el erotismo, es notorio y explícito en la novela. Por otro lado, está la clara distinción de clase incluso en el modo de pronunciar las palabras de la clase obrera y la molestia que esto provoca en la clase alta.    El guardabosques aunque ha logrado, como piensa el burgués Chatterley, superarse llegando a teniente en su servicio al ejército de Inglaterra, vuelve a la jerga rudimentaria de su pueblo. Eso le molesta en un principio a Lady Chatterley.   Fuerte demarcación de la línea de diferencia entre la burguesía y la clase trabajadora. De fondo la maquinaria de trabajo de la industria y sus dueños avanzando y explotando a los trabajadores que desprecian por sus costumbres. Los acogen de modo hipócrita por su conveniencia y esperan agradecimiento por brindarles la posibilidad de trabajar y ganar una miseria. A este respecto cuando la hermana de Lady Chatterley se entera de los encuentros eróticos, le advierte que el guardabosque es un hombre de clase trabajadora. Lady Chatterley le recuerda su adherencia al socialismo y, por ese motivo, a los trabajadores. Con ello muestra la simpatía hipócrita de una burguesía que demarca una distancia con los trabajadores y expresa su diferencia compasiva, envenenada en el origen por su autocontemplación jerárquica. Llevan la sensación de superioridad impregnada, aunque defiendan las ideas políticas de emancipación de los trabajadores.     Los trabajadores no pueden organizarse, ellos dependen de los dueños y son ellos, los dueños, quienes deben guiar a las masas humanas, piensa Chatterley, la igualdad no es posible porque todos seríamos pobres. Este aspecto se muestra, además, en el requerimiento de obtener de ella un hijo, aunque no sea suyo. Esto, porque Chatterley al estar lisiado no tiene relaciones sexuales con su esposa. Sin embargo, debe reproducir la continuidad de su imperio de minas de carbón, le preocupa la continuidad de la propiedad que se extiende más allá de su vida. En este sentido el matrimonio es el mecanismo de la propiedad privada que subordina a la mujer y su deseo. En ese escenario el erotismo desplegado por los amantes en una casita del bosque no responde a nada, solo al impulso de un deseo auténtico y transgresor.   Lo que ella hace al desear su placer sexual, tocándose, perdurando sobre el cuerpo del hombre hasta llegar al orgasmo, desinhibe la relación de la mujer con su cuerpo. Transgrede la propiedad privada y la común, generando una relación que rompe con la diferencia de clase y aparece la búsqueda mutua del placer sexual y el erotismo del tacto. Los sentidos son ese encuentro que tampoco genera una propiedad común sino una huida que encuentra una relación genuina y hundida en la ternura. La ternura expone lo masculino a una apertura enigmática con la proximidad de la caricia. No obstante, la figura masculina burguesa aparece como una figura egoísta, de auto placer, lisiada y llena de mandatos de apropiación.   El deseo hoy cooptado por el estereotipo de los cuerpos, controla la posibilidad de fuga y limita esas vidas y sus imágenes a un determinado valor de exposición en el mercado del éxito. El deseo tiene un paisaje y un relato que ingresa por el brillo de la pantalla en el ojo de manera simultánea, acrítica y determina lo que debemos desear. Lo que no genera poca frustración, pero aúna los esfuerzos y la búsqueda de satisfacción en lo que se parece a ese algoritmo. Hace casi un siglo atrás la novela ve la posibilidad del eros y la ternura en la recurrencia a la piel y al tacto como lo común, no conquistado, sino cuyo placer está en el encuentro que ha desarmado todo refugio. El «estar» expuestos el uno al otro sin agotarse mutuamente. O cuyo refugio es una frágil casucha de caza en el bosque. Esa casa produce la impresión de la inminencia, de la mirada inquisidora, de que están afuera expuestos al juicio de la sociedad jerarquizada. De que siempre que están juntos, en la intimidad de sus cuerpos, están a la intemperie. Expuestos a su destrucción por todas las costumbres que vienen a reclamarlos y por no hallarse en ninguna más que en la piel.        

Alambres de la noche, poemas de Alfredo Dario Morelli

Alambres de la noche es el primer poemario de Alfredo Dario Morelli (Córdoba, Argentina, 1961), quien además de escritor las ha oficiado de basquetbolista profesional, profesor y actor de cine -como se indica en la contraportada del libro-, siendo además parte del grupo de rock “La clave peste”, donde toca saxofón y flauta traversa. Autoeditado en Buenos Aires en 2022, Alambres de la noche consta de treinta y un poemas construidos a partir de un lenguaje desbrozado, muchas veces talado, mutilado, que reflexiona de manera crítica -y críptica- acerca de asuntos como la vida en la “modernidad tardía” sudaca, la tecnología, la globalización y la idea (y práctica) de dios, realizando asimismo una exploración al propio ser, al cuerpo, a la autobiografía.   Selección de poemas   CVIII   escribir antes o después de la negrura todos los detalles con herramientas precisas   trasladar la cosa una persona de lápiz puesta en la balanza de dormir vestida con la hernia inguinal del orfanato   ocupar sus ojos ambos defectuosos con el precio del pasto con el barro largo como todo el cabello del mundo   una persona en sí misma arrestada por intento de vida cuando cortaba píldoras a mitad del catre   una estadística de luto pensionada en la palabra sabiendo que el imperio no termina por más ventanas rotas   mece la silla cirujana un plan en la mesa del día   todo albergue crema su demonio     IX   dice mutilado  y nadie piensa en amor   porque cómo podría una caricia una mano hermosa en el gesto claro de acercarse   la uña a medio enclave del acoso cumpliendo con el tránsito es decir frenar cuando la señal indica que es otro el que quiere   cómo podría donde dice mutilado  leer que está completa la línea de la vida   la palma arde arde el dorso la mano está, aunque no toque     L   un desayuno es la distancia entre el camastro niño de tus miedos y la taza senil calostro de la muerte infusión de lobos   no es fiebre la pesadilla no es pastilla el basurero en la garganta   antes era yo el amanecido y era un hambre tierno tus tostadas   entonces  este pan residuo de mil años esta bandeja en la vértebra rota del tiempo   se ahíja el bocado cuando la boca es madre     VII   dios nació lisiado se atragantó el pescuezo con la vara de medir   nunca tuvo canto voz no tuvo una voz de hablar bajito   mudo de silencio graznó siempre las espadas sus medidas   roncó degüello en los preceptos rezos rapaces a ambos lados de la hoguera   acérquense a mí rengos de lenguas paralíticos de chillidos oratorios disfónicos de amor hijos tullidos de mi verbo   para ustedes las biblias tetrapléjicas muletas mandatarias del versículo apoplejía de sermones   prometo el cielo más afónico de baile   mi diestra hemipléjica de música mi amputada lengua   dios nació inválido de piedad y aúlla infiernos     LVIII   clasificado rojo en las córneas cuando el riesgo crediticio en GPS usaba mapas y se movía para que ninguna ciudad quedara intacta   alambres de la noche llamadas en la secuencia correcta enorme equilibrio de los bienhechores su única acción gratuita   mientras los oficiales del suburbio minan el largo puente de metal vomitan agricultores chinos con maquillaje de gorras   revisamos lazos familiares presos en la enciclopedia equívoca trocamos aquel viejo asunto automático el amor por nuestro tiempo obsoleto vamos hacia la reliquia de alguien poderoso sus manos de tumba   digiero mis pastillas dopado de ideas ruinoso pozo en la mirada, desconcierto como si las cosas  salieran mal por todos lados   un genuino nirvana conurbano   quién quiere este paisaje? este simulacro participantes originales predispuestos!   torciendo la larga línea dura al precio de la carne incubamos la solución macabra el bello retrógrado artista de nieve