Literatura

Narrativa chilena actual | Cómo convertir tu hogar en una casa inteligente

«Haga siempre el aseo, es indispensable tener la casa limpia. Una casa con pasillos limpios es una mente propensa a hacer mejores sinapsis. Usted necesita llegar a un punto en que alguien le diga que tiene un perfil smart. Así es, en inglés, en español no es suficiente, es simplemente un lugar común, un cumplido vacío, una lata de atún.» Primero habítela y haga terapia. No prenda inciensos ni instale cuencos tibetanos ni cascadas eléctricas. Siéntese en el suelo, cruce las piernas y medite al menos veintiún días seguidos para generar hábito. Luego llénela de libros. No le haga caso a los documentales de Netflix. Siga su instinto, pero no mucho. Los libros que meta a la casa elíjalos con pinzas. No instale espejos, y si instala alguno, por herencia o porque ya lo tiene, trate de que no sea circular. Si es circular envuélvalo en papel de diario, péguele una etiqueta que diga VIDRIO/ESPEJO y tírelo a la calle. Luego vea sus preferencias. ¿Quiere mascota? ¿No le gusta estar materialmente solo? Piense en un perro o un gato. Si es gato su casa ganará en IQ. La panorámica de su casa será HD. Si es perro los olores comenzará a sentirlos más fuerte. Tal vez le den ganas de drogarse o tal vez le de mucha aversión fumarse un porro. No lo haga. Haga lo que le digo y no haga lo que le digo. Caí en la trampa del decálogo que avisa con romper las reglas, me doy cuenta, pero Usted trate de no hacerlo, sea como Bartebly. Tire su ropa vieja y su ropa “nueva”, esa que usó únicamente en eventos especiales. Si no tiene plata para comprarse ropa nueva no se preocupe, siempre habrá un amigo bondadoso que pueda pasarle ropa que no usa y que está bien. Lo importante es dejar atrás ciertas cosas. Usted sabe cuáles son. Le recomiendo no colgar mucho cuadro ni hacer collage. Sé que es un buen ejercicio, pero es eso, un ejercicio, uno no anda colgando los abdominales ni las sentadillas que hace en los muros. Deje que su cuerpo hable. Escúchelo. Haga siempre el aseo, es indispensable tener la casa limpia. Una casa con pasillos limpios es una mente propensa a hacer mejores sinapsis. Usted necesita llegar a un punto en que alguien le diga que tiene un perfil smart. Así es, en inglés, en español no es suficiente, es simplemente un lugar común, un cumplido vacío, una lata de atún. Si tiene trabajo, y por esas cosas de la vida ha sido premiado con un ascenso, no trate a los que están por debajo de usted de subordinados. No estamos en guerra. Adiós a las armas. Para eso son los libros. Le recomiendo hacerse con los ejemplares de The 20th Century’s Greatest Hits: 100 English-Language Books of Fiction by Larry McCaffery. No importa que no nos lea. Téngalos. Hágalos parte de su casa. En algún momento se harán parte de usted, de su cuerpo, su piel un día amanecerá hecha papel bond ahuesado de 80 gramos y estará tatuada con la tinta invisible tralfamadoriana de Matadero cinco o el lirismo y nostalgia sureña de Del tiempo y el río. Sin duda que así será mejor persona. Si no lo es al menos lo habrá intentado. Después de todo intentando se aprende. Usted sacará sus propias conclusiones. Si usted es mujer le pido que ignore la lista anterior y llene su casa de escritoras. Y si es hombre también. Téngase a Iris Murdoch y a Dubravka Ugresic como autoras de cabecera. Si usted es hombre también tendría, debería hacerlo. La inteligencia no tiene géneros. Si quiere ser sensual lea la trilogía de la mariposa, el septeto de los celos, y haga el viaje interior; visite su pasado, hágale mimos a su niñe interior y envuélvase en las sábanas de su cama: transfórmese en ese capullo que necesita. Ya está bueno de arrastrarse por el piso. A esta altura si no quiere hacerse con libros imprima las siguientes listas: “100 best novels de la Modern Library”, “Libros de cabecera de Rodrigo Fresán” en EnriqueVilaMatas.com, “Los 100 mejores libros del Club de Noruega” y “Los 100 libros del siglo XX según Le Monde”. Luego quémelas y junte las cenizas, desnúdese y espárzalas por su cuerpo. Le recomiendo que guarde un poco de cenizas. Compre un vino y bébase una copa mezclada con cenizas. Si tiene un mal de amor puede hacer algo parecido. Aproveche su soledad. Imprima la foto de esa persona, quémela, y bébase también un poco de esas cenizas: el resto báñelo en miel y entiérrelo en una flor, en un rosal inmenso, bello, que pondrá en el balcón de su departamento o en el patio de su casa o simplemente en el living si no tiene patio ni balcón, simplemente en el espacio que lo contiene y que estamos haciendo smart. ¿Tiene algo mejor? No tiene algo mejor.   Júntese luego con esa persona, evidentemente sabe quién es, si no lo tiene claro medite. No espere. No sea tímida. Al contrario, sea cada vez más valiente y salga. Invítela al supermercado, cocinen algo juntos, no trate de sorprender, no trate de ser nada más, sea la misma persona aburrida que es todos los días, no necesita más. Si esa persona no le da bola pase página, no use marcadores. Si no puede vuelva a terapia. Luego haga un cheque con papel de cuaderno y envíeselo a sus padres. No me pregunte porqué. Usted sabe por qué. Cocínese rico, compre frutas, compre verduras, y sobre todo cómaselas. Dese ese gustito que tanto aplaza. No espere más. No espere. Pinte las paredes de un color neutro. Revise listas de colores y apréndase sus nombres. Tal vez termine pintando las paredes de otro color o con figuras geométricas. No ande a la moda. Su casa no necesita moda. No cuelgue santos ni budas. No caiga en el sincretismo religioso, eso ya nos lo hicieron los españoles cuando desembarcaron en California y

Panóptico | Escribir como utopía

«¿Le pagaran a alguien en este país por hacer Literatura? ¿Cuántos escritores podrán vivir solo de lo que escriben, aquí en Chile? Estas preguntas podrían hacerse también en otros ámbitos artísticos ¿Cuántos artistas pueden vivir, en este país, solo de su arte, sin tener que trabajar en otros empleos?» Hoy es viernes por la tarde, comienzo de otro prometedor fin de semana, en el cual tendrás tiempo para escribir. Toda la semana has esperado este momento. A esta hora estás en tu dormitorio descansando del trabajo, con la luz apagada, tratando de sacudir de tu cabeza la acumulación de correos, órdenes (desde arriba y hacia abajo), de reuniones, de lugares comunes, de ese lenguaje escalofriante de “la pega”, en fin, tratando de poner la mente en blanco para poder generar alguna “idea luminosa”, algo de que escribir. Pero te quedas dormido, pasa el tiempo, ya es hora de comer y te llaman; la página en blanco podrá esperar otra hora (como ya ha esperado toda la semana).  Luego de la comida y el lavado de platos, se hace el silencio y es hora –te dices- de escribir, leer o pensar, pero al refugiarte en ese cuarto lleno de libros que llamas “biblioteca” y encender el computador, no se te ocurre nada que poner en la pantalla, ninguna cosa, ni siquiera una frase relativamente decente. Para buscar inspiración empiezas a recorrer los sitios de noticias, pero es la misma bazofia de siempre, con los mismos comentarios incendiarios o descerebrados de individuos que se parapetan tras un pseudónimo. Mejor quizá revisar tus redes sociales, tal vez haya un milagro, un chispazo, pero entre tanta foto insulsa de gente celebrando, mensajes llenos de esperanza o de “memes” para niños de 5 años, te pierdes. Entonces revisas tu  correo personal, pero, claro, no hay nada nuevo, no te has ganado ninguna beca, ni ningún concurso literario últimamente; el resto, notificaciones de tu banco ofreciendo o quitándote algo. Así que decides que lo mejor es apagar el computador y, si viene algo a tu cabeza, lo que sea,  lo escribirás a mano. ¿Qué tal si te ayudas con algún libro de tu biblioteca y buscas allí inspiración? Tienes tantos ¿Cómo allí no vas a encontrar nada? Y te transformas en un personaje ciego de Borges, buscando una respuesta inútilmente. ¿Por qué inútilmente? La respuesta es simple, porque después de 15 horas de estar despierto y de 12 horas de trabajo es más cómodo, vegetar que tener que idear alguna frase medianamente original y pretender redactarla.  Además, cualquier libro a esa altura del día te resulta ininteligible, sobre todo para un cerebro exprimido toda la semana, como el tuyo, a lo más, podrás leer los subtítulos de alguna mala película o de una serie. Entonces, claro, escribir es una utopía. Esto es así porque en lugar de dedicarte solo a escribir “literatura”, para sobrevivir, tuviste que “elegir” trabajar, usar la parte más valiosa del día en un trabajo bien o mal remunerado. Bueno, por lo menos si está bien remunerado, puede servirte de consuelo. Me pregunto ¿Le pagaran a alguien en este país por hacer Literatura? ¿Cuántos escritores podrán vivir solo de lo que escriben, aquí en Chile? Estas preguntas podrían hacerse también en otros ámbitos artísticos ¿Cuántos artistas pueden vivir, en este país, solo de su arte, sin tener que trabajar en otros empleos? Es así como este caso, se puede extrapolar también a otras áreas. Pongamos un ejemplo que quizá coincida con el caso de alguien que conozcas (si esto es así se trata de una mera coincidencia). Supongamos que ese alguien es o se cree un escritor “profesional”, escribe, publica en revistas o pasquines y que, luego  de decidir que quería agregar a la gran lista de “obras maestras”, la suya, permitiendo que un grupo de inocentes (los lectores) lo leyeran, hizo una autoedición o edición provinciana, luego “lanzó”  su libro, hubo discursos de algunos amigos y esperó la recepción de la crítica y el llamado de las librerías (a las que él mismo llevó su libro) pidiendo más ejemplares de su obra.  Pero, como siempre, no pasó nada, muy pocos pagaron por su “master piece”, la mayor parte de sus libros se quedó en su casa. Nadie lo “descubrió”. Así que no pudo cumplir el sueño de vivir como artista, tener su refugio frente al mar con conchitas y mascarones de proa. Es más, aún vivía con sus papás, para quienes ya no era “la gran promesa” que solía ser.  Así que llegado a este punto, pues no tuvo ni apoyo familiar (pues debe aportar con dinero en la casa) ni el mecenazgo de algún partido o el “pituto” de alguna beca de creación, en fin, en estos tiempos neoliberales, decidió vender su alma, o sea,   decidió trabajar y desempolvar el cartón universitario que había guardado, porque no quería ser un pequeño burgués, un triste funcionario; pero tuvo que trabajar, así que buscó algo más o menos adecuado a su estatus de escritor y postuló a varias empresas que pudieran usar su ingenio y creatividad. Un trabajo limpio que le permitiera, piensa, acceso todo el tiempo a un computador, donde podrá seguir escribiendo en esos “tiempos muertos” que se dan en todas las pegas. Finalmente y luego de varios portazos o de esperar llamadas que nunca llegaron, “decidió” hacer clases. La docencia nunca ha sido enemiga de la escritura. Hay tanto escritor que ha sido profesor, además. Claro un escritor tiene tanto de que hablar, puede entonces trabajar en alguna unidad educativa (como se le llama hoy) hay muchas: colegios, institutos profesionales, centros de formación, universidades, por qué no. Ni siquiera es necesario haber estudiado pedagogía, mucha gente relacionada con la educación, incluyendo los ministros, no han estudiado pedagogía. Descartó los colegios, pues no se veía haciendo clases a un grupo de adolescentes a los cuales nada les interesa, así que optó por la educación superior, pues la gente que lucha por ser profesional debería ser más responsable, más enfocada,

Poesía chilena actual | La copia infeliz del mito, siete poemas de Javier Ossandón

La poesía de Javier Ossandón (Santiago, 1990) se halla atiborrada, entre otros elementos, por diversas mitologías de la Antigüedad (griega, judeocristiana), la cultura popular tanto del mundo occidental como oriental, conceptos astrológicos, saberes ancestrales de las culturas indígenas y la obra de variopintos poetas contemporáneos, que se plasman en una mirada crítica y desesperanzadora de Latinoamérica y en especial del Chile postdictadura, generando un pastiche que hace foco -más por extensión que por síntesis- en los distintos grupos de víctimas que conforman nuestra sociedad actual o “copia infeliz del mito”. Poesía esencialmente política y de ambiciones totalizadoras, la obra de Javier Ossandón está contenida en sus libros Christi (2016, Alarido Ediciones) y Continente Aureal, texto aún inédito.    Selección de poemas   SALMOLILOQUIO (fragmentos)   III Padre traición ahora entiendo tanto Cuando veíamos una película acostados los dos refugiado yo de los deberes escolares sumidos en la pereza de tus sábanas y las de mamá Allí tú te dabas cuenta de mi erección en la escena que me excitaba de mis tocaciones y nada decías por no querer enterrarme la vergüenza por la espalda Eras piadoso benévolo pero cinco años después en reacción de nuestros signos constelares cargaste las nubes de dagas que caerían sobre mi cabeza   IV Padre traición deseo ahora entiendo tanto tanto Soy esa mescolanza de horror y dulzura Tener a venus en tauro se decodifica como si mi amor se violara a un toro todos los días Y la culpa dónde queda ¡y yo que te culpaba tanto! Por tu culpa por tu culpa por tu culpa te decía Y mi amor se viola a un toro y un toro me da mañana y noche Es lo más parecido a la felicidad   V Padre traición rabia deseo soy tu retrato en esta tierra Desierta yo también te entregué un día a tu soledad un día entero y tú no dijiste nada Mientras lloraste eyaculé imaginándome acabar en tus ojos solos Acabar en tus ojos fondo de una estepa sombría cargada de sueños donde tus constelaciones vacilaban entre un instante y los proyectos entre el amarme y el poseerme Y ahora aquí me tienes entregado a tu propia luna Me encomiendo bordando nuestro dolor con grumos de cal       CONTRAESTACIÓN CUATRO/ LA FISURA DEL SILENCIO   Madre luna se ríe de tus pensamientos Ella tiene cielo cal cosmos Ella es origen Es las noches maravillosas donde el Padre la pasaba con Gabriel en el bar vino y polvo tantas cosas que no se sabían   Madre tejía una calma sin él Una cama tejía Un clamor acuoso en las sábanas Todo lo tejía sin él Es origen porque ella todo lo sabe y en la sabiduría todo nace El padre le decía que ella no En silencio se hacía la tonta pensando Sí sí sí oh sí   La madre tiene el poder y no lo entiendes La madre es el padre y el padre nunca lo supo La hembra no es el hambre          es el hombre     SEXTA ESTACIÓN / CAPUCHA SACRA   La Vero te pasó una capucha Pero antes la empapó en amoniaco La pasó por el humo de la basura quemada La azotó contra las olas de un charco muerto Le estampó una serigrafía    AQUÍ SE EMPALÓ TODO EL DOLOR  Y TODO EL AMOR DE NOSOTRES  AQUÍ TENEMOS EL SUDOR DE UNE COMPAÑERE  NEGRO COMO NUESTRO ODIO COMPAÑERE   No había tiempo así que le quitaste la capucha con rabia escribiste rápidamente con lápiz pasta turquesa al reverso    Yo no quiero mi vida sepia en un futuro pareciendo como  francesitas las “e”.No quiero que nos inventen una lengua especial Que no me institucionalicen nunca la vida, ni que me legalicen el amor … Me ha costado demasiado este dolor para que lo arreglen todo con papelitos y firmas                ¡CHARCOS DE AZUFRE MULTICOLOR                                    SOBRE LA PIEL                           PIDAMOS LO IMPOSIBLE!   Refriegas la capucha en tu mejilla Besas las letras que desintegran tus labios en finos hilos turquesa como la rabia en este hemisferio   Una entrega fosforescente y constante hacia la nada                                                            De Christi     PRADERA DEL AVATAR (parte II)   Orfeo lloraba la ausencia de su amada Eurídice   La buscó en los desiertos En las selvas En las cavernas australes del mundo Pero sólo pudo ver la presencia ausente Su piel hologramada ─La Copia infeliz del Edén ─ en todas partes   Entonces el dios regó el canto de sus liras lamenteras que furiosas transformaron los cipreses en juncos Delimitó nuevos espacios a la orilla de los ríos para lavar pedazos de su piel desgarrada y ofrendarla a los antiguos dioses masacrados por el frío impertérrito   Pero la eternidad ya no existe en estos territorios australes La traición a la muerte se hizo carne   La formación geológica de los siglos venideros asimiló la tierra fértil del fracaso   Una lágrima de norte a sur fue la copia infeliz del mito   “I am a Creep, I am a weirdo… “ En inglés cantaba el helénico dios       HAMLET EN CHILE/ LA TRAGEDIA DE LA TRANSICIÓN   Quise vengar a mi patrio muerto El problema es que nació muerto   Lo sepultaron sus símbolos Su bandera es una mordaza que le cosieron en la boca Su cuerpo es la geografía de la guerra de Arauco En vez de cabeza decapitada tiene un reloj de arena húmeda que se niega a avanzar Bajo sus axilas penden dos araucarias que arden En sus hombros se establecen dos recámaras simétricas Dentro hay esqueletos

Narrativa chilena actual | Homicidio epistolar

«En esos tiempos en el círculo literario estaba en boga un poeta llamado Ruy Tarragona, que vivía en Buenos Aires y de quien se decía que había tenido un affaire con Pizarnik. Resultó que un primo mío estaba estudiando teatro en Argentina y tenía un amigo que tenía un tío cartero. Este averiguó el domicilio del poeta y llegó a oídos de mi primo. Un día vino a visitarnos y secretamente me dio su dirección y empezamos a mandarle cartas. Primero fue el Chico que le mandó una compilación de todos sus poemas para saber su opinión. Después fue Iván que le escribió preguntándole consejos de escritura y luego el Perro le mandó una carta medio en serio y medio en broma, recomendándole libros.» Podría decirse que la matamos. Y nos pareció sumamente jocoso. Tanto así, que cada vez que nos reuníamos lo recordábamos entre carcajadas. Como ya no me quedan amigos vivos, procedo a dejarlo por escrito para que cualquiera pueda actuar como amigo mío.   Eran años maravillosos, paseábamos altivos por los pasillos de la Escuela de Derecho creyendo que veíamos cosas que el resto de los estudiantes no eran capaces de apreciar. Claro, porque ellos eran proyectos de abogados en esa fortaleza gris, mientras que nosotros nos considerábamos poetas con conocimiento jurídico. Nos hacíamos llamar “La 594” porque encontrábamos que ese artículo era el más poético del Código Civil. Dicha disposición aún esgrime que “se entiende por playa del mar la extensión de tierra que las olas bañan y desocupan alternativamente hasta donde llegan en las más altas mareas”.    Como toda juventud sana, éramos desmesurados. Nos poníamos en la vereda de De Rokha y no leíamos a Neruda en público. Como reivindicábamos la literatura latinoamericana, todos los escritores afrancesados nos parecían unos traidores y cada vez que podíamos escribíamos en los baños cosas como: “Emar chupa pico”. Nadie nos daba mucha pelota, pero nosotros creíamos estar hirviendo la revolución desde nuestra trinchera.   En esos tiempos en el círculo literario estaba en boga un poeta llamado Ruy Tarragona, que vivía en Buenos Aires y de quien se decía que había tenido un affaire con Pizarnik. Resultó que un primo mío estaba estudiando teatro en Argentina y tenía un amigo que tenía un tío cartero. Este averiguó el domicilio del poeta y llegó a oídos de mi primo. Un día vino a visitarnos y secretamente me dio su dirección y empezamos a mandarle cartas. Primero fue el Chico que le mandó una compilación de todos sus poemas para saber su opinión. Después fue Iván que le escribió preguntándole consejos de escritura y luego el Perro le mandó una carta medio en serio y medio en broma, recomendándole libros. Pasó un mes y ninguno tuvo respuesta. Fue entonces que, en son de venganza, durante dos meses, le empezamos a mandar cartas todos los días. Con poemas nuestros, con poemas robados, con insultos y ya sobre el final con fotos de genitales, que revelábamos de manera artesanal.   Hasta que una tarde en el patio de la Escuela decidimos detenernos y tomar otro curso de acción. Acogimos la idea del Chico que consistía en escribirle como una joven enamorada, a ver si ante otros estímulos el laureado poeta respondía. Entre los cuatro elaboramos una carta que exudaba delirios de amor y deseo. Debo admitir que más de uno de nosotros se olvidó por un momento de que esto era una broma y fue inevitable terminar en el baño. Cuando la terminamos se la mostramos a una amiga para que nos diera su opinión, pero a su juicio era demasiado evidente que detrás de esa prosa había un macho. Así que ella la editó, o mejor dicho la escribió de nuevo, limando todo aquello que pudiera sugestionar que pasó la pluma de un hombre por ahí. Luego de leer la versión final, se nos subió a todos la sangre a la cabeza y quedamos mudos. Gloria era justo el elemento que nos faltaba para canalizar nuestra vulgaridad y seguir riéndonos de Tarragona. Además, se le ocurrió meter dentro de la carta una foto de su tía, que en su juventud había sido modelo y seguramente llamaría la atención del destinatario. Para ser honestos, la tía de Gloria era bastante parecida a ella.   Enviamos la carta bajo el nombre de Andrea Ravello y esperamos. Al cabo de una semana obtuvimos respuesta. Si bien no era la misiva más fogosa que han leído estos ojos, el que haya respondido ya era un triunfo. En su carta primero daba las gracias por el cariño y admitía tener un poco de pudor ante tanta devoción. Por otro lado, parecía querer tantear terreno con su remitente ya que le preguntó acerca de su vida, de sus gustos literarios y si escribía algo. Nosotros saltábamos de alegría por haberlo hecho caer en la trampa. Solo Gloria se mostraba un poco más medida y nos recordaba que teníamos que escribir una respuesta cuanto antes.   Ahora la hicimos conjuntamente entre los cinco, pero Gloria era la que más aportaba. Ella era la escritora principal, pero noblemente iba incorporando nuestras ideas y nos reíamos. Nadie lo decía, pero en un minuto lo que menos nos importó fue el poeta. De a poco se fue convirtiendo en una competencia por sacarle sonrisas. Hasta que quedó lista nuestra respuesta.   Con una mezcla de elegancia y atrevimiento contestamos las interrogantes de Tarragona, siempre dejándole entrever el deseo carnal que se apoderaba de quien escribía. Lo investigamos bien y llenamos el texto con anzuelos para atraparlo. Encontramos todo aquello que se podía encontrar sobre lo que le hacía vibrar y lo colocamos minuciosamente. Gloria escribía como si se acabara el mundo y le hablaba de cuánto quisiera poder estar en su cama. Al terminarla, no nos reímos tanto leyéndola porque empezábamos a dudar de si ella seguía en la sintonía de nuestra broma.   Esta vez el poeta fue mucho más arrojado en su correspondencia. Estaba metiéndose de lleno

Trasandino | Me hubiese gustado ser escritor de Boedo

«Cuando fui a hacer la fila a la fiambrería para comprar queso cremoso y aceitunas verdes me quedé mirando a un viejo gordo, canoso con tonsura, con camisa a cuadros, que señalaba con fuerza los diferentes tamaños de los salames y con la otra mano sostenía un palo que le llegaba hasta los hombros. Era Roque. El compañero más viejo que tuve en Letras Modernas. Tenía más de 70 años cuando se puso a estudiar. Entraba al aula con el bolso cruzado en la gran panza y con ese palo de apoyo que lo hacía parecer un eremita, un homérida recién llegado de la zona jónica.» Fui a eso del mediodía al Mercado Norte. Era 31 de diciembre y habíamos quedado con una amiga para cenar pizzas a la parrilla en su casa. Queríamos recibir el año nuevo escabiando. Pasar del rito tedioso familiar y preocuparnos poco o nada de la comida. Para que ese plan funcionara ella iba a amasar y yo tenía que ir por los ingredientes. Hice varias filas. En un local compré los pimientos rojos y amarillos, en otro, los tomates redondos, las zanahorias, la rúcula; y a las cholas, que tienen los puestos de verduras en la vereda, les compré ajo, cúrcuma, pimienta, las cebollas moradas y un atado de cebollas de verdeo. Había mucha gente, gran parte hablándose a los gritos, un exceso de estrés por la fecha. Además, los 34 grados de calor hacían que la piel ardiera y la humedad en el ambiente secaba la garganta. Sol de mierda, que lo parió, hasta discutí con una señora que se adelantó en la fila, que se turbó cuando vio que se estaban acabando los choclos. Le di mi lugar porque se veía sofocada, aparentemente se iba a desmayar. Por suerte, y para alegrar toda esa desesperación, un cuarteto a las afueras del Mercado se puso a cantar con micrófono y parlante “Fuego y pasión” de Rodrigo. Cuando fui a hacer la fila a la fiambrería para comprar queso cremoso y aceitunas verdes me quedé mirando a un viejo gordo, canoso con tonsura, con camisa a cuadros, que señalaba con fuerza los diferentes tamaños de los salames y con la otra mano sostenía un palo que le llegaba hasta los hombros. Era Roque. El compañero más viejo que tuve en Letras Modernas. Tenía más de 70 años cuando se puso a estudiar. Entraba al aula con el bolso cruzado en la gran panza y con ese palo de apoyo que lo hacía parecer un eremita, un homérida recién llegado de la zona jónica. De espaldas, era el mismo Roque de antes de la pandemia; de frente, se veía más viejo, con menos pelo en las sienes, con gesto nostálgico y ojeras oscuras, con barba blanca desprolija, pero con el mismo bigote nietzscheano que lo caracterizaba. Dijimos de ir tomar una cerveza a la esquina, a Abu-Bar. El lugar estaba lleno. El bullicio de los cubiertos rozando los platos, las risas, los murmullos de la gente, el ventilador gigante que sonaba como turbina de avión, competían con el volumen de la televisión que colgaba del techo. Los panelistas debatían sobre la salida de una participante de Gran Hermano. Una mesera morena, de pelo rubio atado sobre su cabeza, nos hizo un ademán, pasó un paño húmedo por la mesa negra, y nos hizo sentar. ¡Hola corazones! ¿Qué sería? Pedimos una quilmes y, como ninguno había almorzado, también pedimos el menú del día: costeleta de cerdo con puré. Roque me contaba que iba a pasar el año nuevo solo. Que no le quedaba familia y que todos los amigos se le estaban muriendo. Lo invité a comer pizza a la noche, pero me dijo que no, que no estaba para esos trotes, que lo más seguro era que antes de las 12 iba a estar dormido. Cli, cli, cli, una mujer mayor con barbijo celeste había golpeado la ventana para ofrecerme paños de cocina y pañuelos desechables, con un gesto le dije que no; atrás de ella, un tipo sostenía en su cuerpo un tergopol rectangular con diferentes lentes de sol, amarrados y en fila, desde los clásicos oscuros hasta los muy coloridos. Entre los dedos de una mano tenía varios modelos de lentes y, en la otra, un espejo circular en donde un cliente se miraba. Compró uno con marco rojo que le hacían juego con las zapatillas rojas puma; más atrás, los cartoneros amarraban pilas muy altas de cartón en sus carros. Roque sirvió la cerveza. Últimamente he pensado que me hubiese gustado ser un escritor de Boedo, haber ocupado un poco de mi tiempo en darle la voz a lo popular, al obrero. No sé, haber escrito algo parecido a “Malditos”, de Castelnuovo. Darle voz a esa señora que te quiso vender los paños de cocina, por decir algo, nombrarla aunque sea. Te acordás cuándo en clase de Argentina 2 le cité de memoria al profe “prefiero estar equivocado con las masas y no estar solo con la verdad en contra de las masas” y dijo que no se acordaba de quién era la frase. Me acuerdo, también, que estabas escribiendo una novela. Se me complicó, la abandoné unos años, pero la volví a retomar luego que leí un ensayo de Michel Butor. Un libro que me compré en la librería de usados en La Rioja, al inicio de la pandemia, uno en donde dice que estamos perpetuamente rodeado de relatos, que lo cotidiano es contar y oír cosas, en ese sentido, dice o quizás no, mi memoria me falla a veces, que una novela es una forma particular de contar relatos. Cuando leí eso, o algo parecido a eso, empecé a venir a Mercado Norte en las mañanas y en las tardes a tomarme un café con medialunas, y escribía, o sea, escuchaba todo lo que transcurría a mi alrededor. Y empecé a pensar que al final da lo mismo la vida del personaje, lo importante es su discurso, la idea,

Narrativa chilena actual | Al sol de la media tarde

«Así que empecé a bailar contigo, y a seguirte en todo, y a responder, después de tanto tiempo, como tú querías que respondiera. ¡Me alegré tanto! Yo ya no era un problema, ya no era la muchachita, la virgencita. Qué bonita canción esta. Sí, mamá, tiene usted toda la razón. Fue raro, porque yo en ese momento me sentí tan grande y luego, así, de la nada, tan débil. Porque tú, de vez en cuando, eras como mi papá.» Tenemos un ritual juntas. Nos sentamos cada día al sol de la media tarde, mirando el mar y tomando una agüita hirviendo, siempre con limón: cáscaras o rodajas. A veces lo acompañamos con manzanilla y menta. Una vez al mes me pide que le corte las canas. Hijita ayúdame con las canas, me dice. Y saca una tijera rústica, una silla de madera, una peineta y se sienta. Yo me paro al lado  y empiezo una a una a cortarlas, porque dicen que si las sacas de raíz se multiplican. A veces prende  un cigarro y es como si fumáramos juntas porque yo me voy tragando el humo mientras corto. En  tanto busco las hebritas plateadas por la cabeza de mi madre, canto melodías que me enseñabas  tú. En esas cosas pequeñas te recuerdo, sabes, surges como de alguna palabra, algún rinconcito perdido. Que ternura me da cuando miro el pasto y te recuerdo deshojando flores. Subiéndote los anteojos de la punta de la nariz. Me gustaba cuando nos mirábamos de reojo como atravesando la palabrería de Antonio, ese novio que yo tenía y que tú detestabas. No me cortes mucho, niña, ten cuidado, cuidado con la cabeza. Pero otras veces me caes en sombra. Te recuerdo comiendo con la boca abierta, maldiciendo, gritando por la ventana. Te recuerdo golpeando mesas, quebrando adornos. Yo sé que eran cosas pequeñas, detalles quizás, pero aun así me asustaba, como esa vez que arrancaste todas las páginas de tu libro. Pienso en el miedo cuando corto las canas; en la juventud que debiese ser temeraria pero que para mí solo ha sido deambular en jardines sombríos. Qué habrá sido de Antonio. Qué cantas, hijita, no pares, no te distraigas. Mi mamá nunca sabe nada, ni de nadie, ni siquiera de tí o de mí. Sin embargo, yo de ella sé algunas cosas. Sé, por ejemplo, que ha tenido miedo: lo he escuchado, lo he olido. A veces susurra por teléfono. A mi mamá le gustaba Antonio, a mí también un poco, aunque no era como tú. Tenía una vocecita dulce y era de hablar hasta el cansancio. Hay muchos días en los que sueño contigo sin que nadie se entere. Hoy, por ejemplo, me desperté dando vueltas. Sí, mamita, yo le canto, así me concentro más, no se me estrese. Quedan dos por el lado, agáchese un poco. Sí, ponga la cabecita así, no se me mueva. Yo soñé que estábamos tú y yo en una sala, medio escondidos de ella. Recuerdo un sillón azul, gastado, de un género más bien áspero. Y tú ahí hablándome, cada vez más consumido, más arriba, no sé cómo decirlo, lejos, pero como llevándome de la mano por una escalera hasta una cima. O un acantilado. Eso hasta que te diste vuelta y te encaramaste arriba mío. Tú sabes que yo no, que yo nunca he querido. Sin embargo, ahí estabas con tus brazos peludos, gruesos y tu torso largo, interminable, enfundado en una polera sucia, moviéndote como una bestia, con una fuerza que para mí siempre ha sido irremontable. Y yo te rehuía, como siempre, aun cuando a ti te enfureciera. Pero esta vez no te alterabas, sino que cantabas unos poemas que me sonaron conocidos, unos versitos en portugués, creo, y aunque yo no entiendo mucho me sonó bonito. Así que empecé a bailar contigo, y a seguirte en todo, y a responder, después de tanto tiempo, como tú querías que respondiera. ¡Me alegré tanto! Yo ya no era un problema, ya no era la muchachita, la virgencita. Qué bonita canción esta. Sí, mamá, tiene usted toda la razón. Fue raro, porque yo en ese momento me sentí tan grande y luego, así, de la nada, tan débil. Porque tú, de vez en cuando, eras como mi papá. Entonces poco a poco mi gesto se deshizo en una mueca que ni yo pude descifrar en aquel momento. Yo soñé, que dios me perdone, yo soñé que tenía un cuchillo en alguna parte de ese sillón y que mientras tú te encantabas conmigo, yo lo tomaba y te lo enterraba una y otra vez con esfuerzo, con decisión. Soñé, lo recuerdo, con el sonido del filo que rompía la pared robusta de tu cuerpo como cuando se mata un cordero: trazando, abriendo un camino entre las carnes que a su manera también gimen, como la tela o la tierra. Entonces tu carita perpleja, escupiendo sangre y saliva, corriéndote por encima, haciendo esfuerzos por pararme y mientras, yo solo podía ver mi mano, moviéndose por sí misma, empuñando una y otra vez el arma contra tus caderas, tu torso, tu cuello. Ay, mamá, ay mamita, perdóneme, ay mierda, mamita, las canas, el pelo, yo la limpio, yo le curo, mamita, el cuello, yo llamo, tiene mucha sangre, mamita. Quédese tranquila al sol. Mamita, yo también tengo miedo.     ____________________ Catalina Echeverría Larraín (Santiago, 1998). Ha publicado textos narrativos en revista Poros (2022) y en la reciente antología “Vereda Sur” (Ediciones Esperpentia, 2023).      

Retrovisor | La bestia mágica

«Con ilustraciones monocromáticas de su amigo y compañero de bohemia, Rafael Ampuero, «La bestia mágica» contiene un conjunto de 99 poemas donde Mora -usando descripciones que destacan por su luminosidad pictórica- da cuenta de aquello que lo rodea: su mujer, sus hijas, sus amigos, la ciudad de Tomé, los paisajes del sur, el mar, los pájaros, los animales, construyendo un fresco del mundo que lo vio nacer y morir. En el medio de ese mundo, además, surge un yo que reflexiona, que confiesa, que vive, mezclando sensualidad y crítica, humor y ternura, mientras de fondo -río oscuro que desemboca, atenuándose, en el celeste océano tomecino- acecha la duda existencial, el vacío.» Hace más de medio siglo, exactamente “en la madrugada del 29 de febrero de 1960 -entre humo y café-, utilizando los modestos talleres del periódico NOTICIAS, de propiedad del autor” -como señala su detallado colofón- se terminó de imprimir el tercer poemario de Alfonso Mora Venegas: La bestia mágica. El libro está dedicado al Liceo de Tomé, ubicado en el puerto homónimo, lugar donde en 1921 nació el poeta, de profesión abogado, que, además, se desempeñó en la localidad como juez del crimen subrogante, periodista y profesor del citado establecimiento educacional.  Alfonso Mora -arraigado fuertemente a su tierra- pasó prácticamente toda su existencia en el pequeño puerto ubicado al norte de Concepción, alejándose solo para cursar estudios de Derecho en la Universidad de Chile, en Santiago, siendo uno de los actores de la potente vida literaria y artística que surgió en la sureña ciudad a mediados del siglo XX, participando como fundador, en 1947, del Círculo de Bellas Artes de Tomé, donde confluyeron pintores como Rafael Ampuero, Elías Zaror, Raúl Sanhueza y Alejandro Reyes, junto a poetas como Benjamín Silva y Alejandro Chávez. En cuanto a lo literario, antes de La bestia mágica, Alfonso Mora publicó dos textos difíciles de encontrar en la actualidad. El primero de ellos es Litorales (1954), que se enfoca “en el canto a la naturaleza, a los seres libres y a lo simple, en oposición a lo convencional y artificial de la vida ciudadana y sus instituciones”, como indica el poeta Guillermo Quiñónez (Valparaíso 1889-1982) en el prólogo de La bestia mágica. Ideas que se mantienen, aunque esta vez en prosa, en Las semillas profundas, su segundo poemario, fechado en 1955, de acuerdo con lo expresado por el mismo prologuista.  Cinco años más tarde vería la luz el texto que nos ocupa, La Bestia Mágica, libro que rescaté en la cola de una feria libre de Recoleta años atrás y que quizá a causa de su tiraje enorme, inusual para estos tiempos, de 1300 ejemplares, logró sortear el paso del tiempo. Se trata un libro sencillo, impreso en tinta azul en papel hilo N°2 (material en que se imprimieron 1000 ejemplares, siendo 300 facturados en papel imprenta, como se señala en la misma edición). El libro, como todo lo que Mora dio a conocer en vida, fue una autoedición, viendo la luz bajo el sello Ediciones Collén justo un año antes de su última publicación, Estrellamar (1961), obra que, lamentablemente, también resulta difícil encontrar. Con ilustraciones monocromáticas -también en azul- de su amigo y compañero de bohemia, Rafael Ampuero, La bestia mágica contiene un conjunto de 99 poemas donde Mora -usando descripciones que destacan por su luminosidad pictórica- da cuenta de aquello que lo rodea: su mujer, sus hijas, sus amigos, la ciudad de Tomé, los paisajes del sur, el mar, los pájaros, los animales, construyendo un fresco del mundo que lo vio nacer y morir. En el medio de ese mundo, además, surge un yo que reflexiona, que confiesa, que vive, mezclando sensualidad y crítica, humor y ternura, mientras de fondo -río oscuro que desemboca, atenuándose, en el celeste océano tomecino- acecha la duda existencial, el vacío; cauce, sin duda, que brota desde las primeras páginas del libro, pues el epígrafe escogido es un verso de Hölderlin que se pregunta: “¿Por qué hay un implacable aguijón en mi pecho?”. Mora -crítico del progreso- amaba profundamente Tomé y voluntariamente hizo su vida en la localidad sureña, renunciando a hacer carrera -y a ganar dinero- como abogado en Santiago o como juez en el mismo Tomé, cargo que ejerció por poco tiempo, privilegiando, finalmente, algunas horas de docencia en el liceo local, pues la educación fue otra de las pasiones de este hombre de principios rectos e inamovibles. Su poema “Siempre sales perdiendo, Alfonso”, da luces acerca de su porfía por ser consecuente con su forma de pensar, asunto que lo transformó en un loser de la época: “Pero te han dicho todos, / Alfonso, te ha increpado el mismo Mora: / Debes cambiar. / Compra compás masónico; / Adora el agua, sé bombero; / Usa báculo, participa en los desfiles / De los escauts primaverales; / Aspira el incienso en las iglesias; / No opines cuando puedas molestar; / Concurre a ciertos clubes, / Juega cacho, pide fuerte, firma vales; / Sé político, cambia de opinión cada minuto; / Y verás cómo triunfas en todos los concursos.” Alejado de la nostalgia de la poesía lárica, Mora retrata su pueblo, el océano y su existencia con la intensidad y la claridad plástica de quien está viviendo, in situ, lo que canta, no recordando. Así, por ejemplo, refiriéndose a la gente de mar de la zona, en uno de sus poemas escribe: “Para San Pedro, pescador, / Se meten al mar con sus mujeres / Y en medio de los huiros / Cantan, beben // Las mujeres son celestes y dulces / El oro en los trigales se atesora, / La verde fragancia en las maderas, / Amorosa la lluvia.” Poeta de carácter vitalista, en su texto “Plenitud”, como Baudelaire, pone la embriaguez en su justo lugar: “No importarme que el amor / Ni que una gran pregunta / -muerte, dolor, destino- / Me impidan dormir / En plumón de jacintos / Con tal que el mundo sea / Cáliz de rojo vino”. No se trata -hay

Narrativa chilena actual | Éver

«Sus dos hijas vivían con Sabina —su ex mujer— y con un chileno, porque ella lo dejó por un chileno que le supo describir el mar. Las palabras de Éver dejaban entrever una desdicha que él veía como correspondida. Lo negaba, pero su entonación hacía pensar que creía que lo merecía. Por eso, cuando Sabina lo dejó, decidió viajar a Chile a conocer el mar y nunca volvió, siendo este el acto más revolucionario que había hecho jamás. Solo viajaba cada dos años a ver a sus hijas.» Se llamaba Éver y era de nacionalidad boliviana, pero era el boliviano más chileno que conocí. No porque hablara como chileno —hablaba como boliviano—, ni tampoco por su aspecto —tenía rasgos definidamente altiplánicos—, sino que más bien por su destino, por su irremediable condición de sudaca que piensa que merece algo más de lo que tiene, que nació en el lugar equivocado. Lo conocí en un bus cruzando la frontera, y fue la primera y última vez que lo vi.  Llevábamos más de diez horas viajando desde Cochabamba hacia Iquique, y a pesar de que estaba sentado al lado mío, no habíamos hablado durante esa primera mitad del viaje. Con los compañeros de asiento se establece un acuerdo tácito, de aquel saludo simpático y luego una distancia prudente, necesaria; sobre todo en los viajes largos, y este viaje duraba veinticinco horas. Y quizás fue por eso, o porque me subí totalmente drogado al bus, que al principio no hablamos. Yo había decidido que fumar marihuana era la única alternativa para sobrevivir los viajes en los buses bolivianos, porque me quedaba dormido rápido y con eso evitaba la adrenalina de mirar por la ventana y ver directamente el abismo y no su borde, a pesar de que pienso que los choferes bolivianos, aunque temerarios, son los mejores del mundo. Y durmiendo también evito las ganas de ir al baño, porque en Bolivia las compañías de buses suelen cerrar los baños para no tener que limpiarlos.  Después de ver unos minutos «Rambo I », en pésima calidad, con un pésimo doblaje y a un volumen insoportable, me quedé dormido.  Por eso no hablamos hasta llegar a la frontera entre Chile y Bolivia. Desperté desorientado, tiritando del frío y con un intenso dolor de cabeza, posiblemente por los balazos incesantes de Rambo; a esa hora ya estaban transmitiendo la cuarta película de la saga. Vi el final, que casi llegó a conmoverme. «¿Nos veremos alguna vez?», le pregunta la rubia a Rambo con acento madrileño. Tenía subtítulos en inglés, que decían: «Will I ever see you again?» «Todo es posible», responde él. Luego vinieron los créditos, que duraron unos pocos segundos hasta que empezó nuevamente «Rambo I», desde el comienzo. Fui a preguntarle al chofer cuánto rato estaríamos parados. Me miró y no me contestó. Bajé del bus a investigarlo por mi cuenta, y vi el amanecer altiplánico que iluminaba de color rojizo la fila interminable de camiones. Me alejé un poco para fotografiarlos. Parecía un tren con cientos de vagones y varias locomotoras, porque detrás de algunos salía un humo que nacía de las fogatas encendidas por los protagonistas de la carretera. Me acerqué a un grupo de choferes chilenos que estaban fumando alrededor de una de las fogatas y me explicaron que la aduana abría a las ocho, y que por razones de orden y seguridad pública —usaron esas palabras— el paso era lento y engorroso. Volví a mi asiento; aunque hacía más frío que alrededor de la fogata, era mejor escuchar a Rambo disparar que las risotadas de los choferes. El frío entraba por los intersticios de las ventanas, y al sentarme me percaté de que la manta que me habían entregado al principio del viaje la estaba usando ahora un joven un par de asientos más atrás. Decidí dejársela; su aspecto caribeño me daba razones para pensar que estaba menos acostumbrado al frío que yo, y además llevaba puesta la indumentaria completa del Colo-Colo, equipo del que siempre he sido hincha. Puse mi codo en el apoyabrazos que mi compañero de asiento no estaba ocupando, y apoyé mi frente en la palma de mi mano. Me dolía la cabeza, estaba cansado y triste. Pensé en ella, me pregunté si acaso mi periplo altiplánico fue algo así como una huida. Mi compañero de asiento tampoco tenía manta porque no entregaban a todos, y por eso parecía que tiritaba. Para calmar mi pena intenté establecer un diálogo, conversar sobre el frío, y toqué amistosamente su hombro con mi dedo índice. Pero cuando se volteó me di cuenta de que estaba llorando, que sus espasmos no los causaba el frío sino que la tristeza. Le pregunté protocolarmente si estaba bien, y luego pensé que esa pregunta era estúpida, porque era evidente que no. Se limpió la nariz y empezamos a conversar, o más bien yo lo empecé a entrevistar, que es lo que suele pasar en mis conversaciones, pero esta vez porque él necesitaba desahogarse y yo necesitaba escuchar hablar a un boliviano; a pesar de que estuve casi dos meses viajando por Bolivia, estaba más familiarizado con el silencio que con el ruido de ese lado de la frontera. Tenía unos cincuenta y tantos años, la edad de mi papá; era muy moreno y de contextura robusta, una gordura solidificada por el trabajo. Me contó que su familia, o lo que quedaba de ella, vivía en Cochabamba. A su padre lo había desaparecido la dictadura boliviana de García Meza el año 80. Éver tenía doce años, y un día en que lo acompañó a su trabajo, de una camioneta blanca sin patente bajó un grupo de policías o militares vestidos de civil y se lo llevaron para siempre. Su mamá y su hermana aún vivían en la misma casa, como petrificadas en el tiempo. Hablaban poco, y desde la década de los 80 usaban las mismas cien palabras.  Sus dos hijas vivían con Sabina —su ex mujer— y con un chileno, porque ella lo dejó por un chileno que

Fichero | La abandonada

«En el calor apocalíptico del verano de Santiago, bebiendo una cerveza de medio pelo, una cerveza para los golpeados estratos C3 y D, ingresé en las páginas de «La Abandonada», donde, para mi suerte, nunca dejaba de nevar. La novela, fui descubriendo, gira en torno a Susana Ivanovna, una moscovita joven, bella, inteligente y de buen gusto artístico, cuyo destino está marcado por ser la hija no reconocida de un aristócrata ruso y de una inmigrante judía centroeuropea, mostrándonos la poco afortunada situación de la mujer en la sociedad rusa de la primera mitad del siglo XIX.» Años de años que no leía una novela rusa decimonónica y hace unos días, tras un paso por un mesón de libros en oferta, me encontré con La Abandonada, de Iván Turguéniev, narración desconocida para mí hasta ahora, disponiéndome a la lectura de sus breves y precisos capítulos apenas crucé la puerta de mi casa. El texto, es necesario precisar, fue editado por Alcalá Grupo Editorial en 2015 (España), tratándose de una “retraducción”, pues consiste en la traducción al español que Dmitry Záitsev hiciera de la versión en inglés de Cedric Fernsby que, imagino y espero, habrá trasladado directamente del ruso. ¿Me desalentó este detalle? No, puesto que me encuentro en una etapa en que no me interesa ser un purista de ninguna cosa. El ripio es necesario. El viento que desordena el prado es necesario. En el calor apocalíptico del verano de Santiago, bebiendo una cerveza de medio pelo, una cerveza para los golpeados estratos C3 y D, ingresé en las páginas de La Abandonada, donde, para mi suerte, nunca dejaba de nevar. La novela, fui descubriendo, gira en torno a Susana Ivanovna, una moscovita joven, bella, inteligente y de buen gusto artístico, cuyo destino está marcado por ser la hija no reconocida de un aristócrata ruso y de una inmigrante judía centroeuropea, mostrándonos la poco afortunada situación de la mujer en la sociedad rusa de la primera mitad del siglo XIX. Contada como una historia de amor que termina en tragedia, al recorrer las páginas de La Abandonada el lector o lectora se enfrentará a algunos efectos de los mecanismos de sometimiento femenino vigentes en la época. La ley zarista, sostén junto a la religión de tales mecanismos, indicaba que la mujer debía obedecer a su esposo como jefe de familia, siendo amante, dócil y cortés. En este contexto, como señala Irati Zuriarrain en un artículo publicado en la revista digital Arteka: “El marido era dueño de todo lo que su mujer podía poseer o heredar, y necesitaba el permiso de este tanto para trabajar como para tener un pasaporte.” Menos derechos aún, por cierto, tenían las solteras como Susana Ivanovna, que dependían completamente de sus padres o tutores legales. La revolución rusa, décadas más tarde, generó cambios profundos en estos aspectos, dando un trato más igualitario a la mujer respecto del hombre, pero esa es otra historia. En lo relativo a La abandonada, estas normas -que funcionaban como barrotes o cepos- determinan el nefasto destino de la protagonista de la novela, cuya existencia depende exclusivamente de la voluntad masculina, descrita como poco ética, por decir lo menos, por el también autor de Padres e hijos. Una de las pocas salidas esperanzadoras para Susana Ivanovna, y para las féminas no casadas de la época, consistía en la llegada del amor romántico y su consumación mediante el matrimonio, asunto que no las liberaría, por cierto, de las cadenas patriarcales, pero al menos (supuestamente) haría estas más livianas, más llevaderas. Esa era la ilusión. En el caso de la protagonista de la novela, esta ilusión -que nace leyendo novelas de Walter Scott a su amado enfermo- se quiebra y la joven queda, según la cita de Shakespeare que hace el novelista ruso, cual blanca paloma perdida en medio de una bandada de cuervos negros: su padre biológico, que la utiliza y la abandona; su padre adoptivo, que la maltrata y la explota como recurso económico; su tío paterno, que pretende convertirla en su querida; su hermano, que es un vago en busca de dinero fácil; su nuevo e indolente pretendiente, un tipo irresoluto y desapasionado, incapaz de jugársela por su relación. En estas condiciones, la joven da testimonio de su vida -que hoy llamaríamos subalterna- y luego, ante la muerte del amor romántico, busca una salida diferente, una que la libere de su condición de mujer, sensible e inteligente, en medio de un mundo masculino cabrón y burdo. Terminé de leer los veintiocho capítulos de la novela al anochecer. La sensación que me quedó fue de pesadumbre, pues La abandonada, texto bien narrado, con observaciones agudas y sin ornamentos barrocos, es solo una muestra del sometimiento que las mujeres históricamente han sufrido y siguen sufriendo en nuestro planeta, puesto que a pesar del avance logrado por las féminas en algunos países, subsisten enormes zonas geográficas y culturales donde se ha avanzado poco y nada en sus derechos y la mujer sigue completamente a la sombra del patriarcado y la religión, fenómeno que Iván Turguéniev, el más europeísta de los narradores rusos decimonónicos, supo detectar y documentar cuando muy pocos se interesaba por el tema.      

Signos vitales | La esperanza no ha muerto

«Años más tarde, transitando ya en la adultez, mi perspectiva cambió y lo que me tocó ver, mayoritariamente, fue gente desesperanzada haciendo filas en bancos o locales -estilo Sencillito- para pagar o repactar la cuenta eléctrica, la del agua, la del teléfono, la del gas, la del crédito de consumo, la del crédito hipotecario, la de la tarjeta de crédito, la de la casa comercial tipo Falabella, Paris o Hites, la del supermercado, la del instituto, preu o universidad, la de la operación de vesícula, riñón o cadera. Internet, por suerte, nos evitó esa pérdida de tiempo, aunque también nos quitó esa especie de socialización de la desesperanza, esa constatación de ser un perdedor más entre muchos que uno experimentaba en las filas de cobranza. De la derrota colectiva se pasó a la derrota individual, del rostro del otro se pasó al reflejo del rostro propio en la pantalla.» Todos los atardeceres, al volver del trabajo, paso frente a una gasolinera ubicada en la Panamericana Norte. He hecho esto durante un par de años, pero, distraído como dicen que soy, no me había dado cuenta de que cada día se forma una larga fila de vehículos esperando pasar por la ventanilla del AutoMac que opera en el lugar. Pensaba que se encontraban allí por bencina, no por el local de Mc Donalds, puesto que había llegado al convencimiento, no sé cuándo, no sé bien por qué, pero hace mucho, de que la famosa cadena gringa ya no atraía demasiado a los chilenos, que había pasado la novedad, que todo el mundo tenía claro que se trataba, por lo bajo, de una estafa alimentaria. Hace poco, sin embargo, me di cuenta de mi error. Detenido frente a la gasolinera a raíz de un taco vi que la larga fila de vehículos no culminaba en los surtidores de combustible, sino en el local de comida rápida, justo a una hora propicia para la once o cena.    Adentro de cada auto -descubrí- había seres humanos, había mc padres, había mc madres, había mc abuelos, había mc pololos y mc pololas, había mc hijos y mc hijas, esperando ansiosos la mc mercancía: hamburguesas, papas fritas, gaseosas de fantasía, productos principales de esta mc empresa nacida, como cierta mafia, como cierto neoliberalismo, en la norteamericana ciudad de Chicago. Me pregunté esa vez, y me sigo preguntando cada vez que paso por el sitio, qué hace que estas mc personas consuman -a mc precios nada bajos- mc alimentos que, como todos sabemos hace mc décadas, es vox populi, nutren poco y tienden a dañar la salud, agregándose hoy en día un estudio que asocia el consumo de comida chatarra a un incremento en el deterioro cognitivo. Es decir, pagas para volverte fofo, insalubre y poco listo. ¿Por qué entonces esta marca sigue floreciendo? No tengo idea, pero la respuesta debe ser parecida a las razones que la gente tiene para escuchar a Bad Bunny, viajar al Caribe a emborracharse a diario en un resort o votar por la Dra. Cordero. Cuando estoy de mala los pongo en mi categoría de imbéciles 24×7, esa sería la razón. Y punto. Cuando estoy más cuerdo atribuyo el fenómeno a asuntos como la derrota de la educación pública o el amplio triunfo del neocolonialismo en nuestro país, que como escribió Parra, es más bien paisaje.    Me sorprende también, cada vez que paso frente a la gasolinera, el hecho de que las mc personas sean capaces de hacer fila, de esperar pacientemente en sus mc autos, incluso con alegría, los mc combos de la franquicia norteamericana sabiendo que, en la sociedad actual, de lo inmediato, del aquí y el ahora, esperar es una experiencia ampliamente desvalorizada. Desde mis tiempos de infancia, cuando iba todos los domingos a misa de doce a la iglesia de Fátima, en Independencia, cerquita del Hipódromo Chile, que no me tocaba ver tanta gente esperanzada haciendo filas o colas, como se les llamaba antaño. Los feligreses -en esa época- ponían su esperanza en el retorno de un ser amado, en mejorarse de alguna enfermedad, en pagar una cuota a tiempo, en evitar el embargo de una casa, en la aparición de un familiar secuestrado por los milicos. Por eso se comulgaba, es decir, se recibía, sin ser aparentemente violado o violada, el cuerpo de Cristo en la propia carne, representada por la hostia, que es otro alimento poco nutritivo. Después venía la ofrenda, el pago, que se depositaba en un canastito que olía a incienso, a misterio. Años más tarde, transitando ya en la adultez, mi perspectiva cambió y lo que me tocó ver, mayoritariamente, fue gente desesperanzada haciendo filas en bancos o locales -estilo Sencillito- para pagar o repactar la cuenta eléctrica, la del agua, la del teléfono, la del gas, la del crédito de consumo, la del crédito hipotecario, la de la tarjeta de crédito, la de la casa comercial tipo Falabella, Paris o Hites, la del supermercado, la del instituto, preu o universidad, la de la operación de vesícula, riñón o cadera. Internet, por suerte, nos evitó esa pérdida de tiempo, aunque también nos quitó esa especie de socialización de la desesperanza, esa constatación de ser un perdedor más entre muchos que uno experimentaba en las filas de cobranza. De la derrota colectiva se pasó a la derrota individual, del rostro del otro se pasó al reflejo del rostro propio en la pantalla.   Hoy por hoy, en este presente eterno en que vivimos, en este barco sin mar en que navegamos, la esperanza, para muchos, sin embargo, parece haber renacido. O nunca murió y yo, terco, no quise darme cuenta. Esta esperanza es el Mc Donalds. Allí, en vez de bancas de oscura madera hay un mobiliario práctico y colorido; en vez de aburridos santos hay un payaso sonriente; en vez de vetustos y seriotes sacerdotes de sotana negra hay alegres jóvenes vestidos con ropa deportiva entregándonos el cuerpo del capitalismo -la hamburguesa- en higiénicos envases que nos permitirán echarnos nosotros mismos