Literatura

Narrativa chilena actual | Éver

«Sus dos hijas vivían con Sabina —su ex mujer— y con un chileno, porque ella lo dejó por un chileno que le supo describir el mar. Las palabras de Éver dejaban entrever una desdicha que él veía como correspondida. Lo negaba, pero su entonación hacía pensar que creía que lo merecía. Por eso, cuando Sabina lo dejó, decidió viajar a Chile a conocer el mar y nunca volvió, siendo este el acto más revolucionario que había hecho jamás. Solo viajaba cada dos años a ver a sus hijas.» Se llamaba Éver y era de nacionalidad boliviana, pero era el boliviano más chileno que conocí. No porque hablara como chileno —hablaba como boliviano—, ni tampoco por su aspecto —tenía rasgos definidamente altiplánicos—, sino que más bien por su destino, por su irremediable condición de sudaca que piensa que merece algo más de lo que tiene, que nació en el lugar equivocado. Lo conocí en un bus cruzando la frontera, y fue la primera y última vez que lo vi.  Llevábamos más de diez horas viajando desde Cochabamba hacia Iquique, y a pesar de que estaba sentado al lado mío, no habíamos hablado durante esa primera mitad del viaje. Con los compañeros de asiento se establece un acuerdo tácito, de aquel saludo simpático y luego una distancia prudente, necesaria; sobre todo en los viajes largos, y este viaje duraba veinticinco horas. Y quizás fue por eso, o porque me subí totalmente drogado al bus, que al principio no hablamos. Yo había decidido que fumar marihuana era la única alternativa para sobrevivir los viajes en los buses bolivianos, porque me quedaba dormido rápido y con eso evitaba la adrenalina de mirar por la ventana y ver directamente el abismo y no su borde, a pesar de que pienso que los choferes bolivianos, aunque temerarios, son los mejores del mundo. Y durmiendo también evito las ganas de ir al baño, porque en Bolivia las compañías de buses suelen cerrar los baños para no tener que limpiarlos.  Después de ver unos minutos «Rambo I », en pésima calidad, con un pésimo doblaje y a un volumen insoportable, me quedé dormido.  Por eso no hablamos hasta llegar a la frontera entre Chile y Bolivia. Desperté desorientado, tiritando del frío y con un intenso dolor de cabeza, posiblemente por los balazos incesantes de Rambo; a esa hora ya estaban transmitiendo la cuarta película de la saga. Vi el final, que casi llegó a conmoverme. «¿Nos veremos alguna vez?», le pregunta la rubia a Rambo con acento madrileño. Tenía subtítulos en inglés, que decían: «Will I ever see you again?» «Todo es posible», responde él. Luego vinieron los créditos, que duraron unos pocos segundos hasta que empezó nuevamente «Rambo I», desde el comienzo. Fui a preguntarle al chofer cuánto rato estaríamos parados. Me miró y no me contestó. Bajé del bus a investigarlo por mi cuenta, y vi el amanecer altiplánico que iluminaba de color rojizo la fila interminable de camiones. Me alejé un poco para fotografiarlos. Parecía un tren con cientos de vagones y varias locomotoras, porque detrás de algunos salía un humo que nacía de las fogatas encendidas por los protagonistas de la carretera. Me acerqué a un grupo de choferes chilenos que estaban fumando alrededor de una de las fogatas y me explicaron que la aduana abría a las ocho, y que por razones de orden y seguridad pública —usaron esas palabras— el paso era lento y engorroso. Volví a mi asiento; aunque hacía más frío que alrededor de la fogata, era mejor escuchar a Rambo disparar que las risotadas de los choferes. El frío entraba por los intersticios de las ventanas, y al sentarme me percaté de que la manta que me habían entregado al principio del viaje la estaba usando ahora un joven un par de asientos más atrás. Decidí dejársela; su aspecto caribeño me daba razones para pensar que estaba menos acostumbrado al frío que yo, y además llevaba puesta la indumentaria completa del Colo-Colo, equipo del que siempre he sido hincha. Puse mi codo en el apoyabrazos que mi compañero de asiento no estaba ocupando, y apoyé mi frente en la palma de mi mano. Me dolía la cabeza, estaba cansado y triste. Pensé en ella, me pregunté si acaso mi periplo altiplánico fue algo así como una huida. Mi compañero de asiento tampoco tenía manta porque no entregaban a todos, y por eso parecía que tiritaba. Para calmar mi pena intenté establecer un diálogo, conversar sobre el frío, y toqué amistosamente su hombro con mi dedo índice. Pero cuando se volteó me di cuenta de que estaba llorando, que sus espasmos no los causaba el frío sino que la tristeza. Le pregunté protocolarmente si estaba bien, y luego pensé que esa pregunta era estúpida, porque era evidente que no. Se limpió la nariz y empezamos a conversar, o más bien yo lo empecé a entrevistar, que es lo que suele pasar en mis conversaciones, pero esta vez porque él necesitaba desahogarse y yo necesitaba escuchar hablar a un boliviano; a pesar de que estuve casi dos meses viajando por Bolivia, estaba más familiarizado con el silencio que con el ruido de ese lado de la frontera. Tenía unos cincuenta y tantos años, la edad de mi papá; era muy moreno y de contextura robusta, una gordura solidificada por el trabajo. Me contó que su familia, o lo que quedaba de ella, vivía en Cochabamba. A su padre lo había desaparecido la dictadura boliviana de García Meza el año 80. Éver tenía doce años, y un día en que lo acompañó a su trabajo, de una camioneta blanca sin patente bajó un grupo de policías o militares vestidos de civil y se lo llevaron para siempre. Su mamá y su hermana aún vivían en la misma casa, como petrificadas en el tiempo. Hablaban poco, y desde la década de los 80 usaban las mismas cien palabras.  Sus dos hijas vivían con Sabina —su ex mujer— y con un chileno, porque ella lo dejó por un chileno que

Fichero | La abandonada

«En el calor apocalíptico del verano de Santiago, bebiendo una cerveza de medio pelo, una cerveza para los golpeados estratos C3 y D, ingresé en las páginas de «La Abandonada», donde, para mi suerte, nunca dejaba de nevar. La novela, fui descubriendo, gira en torno a Susana Ivanovna, una moscovita joven, bella, inteligente y de buen gusto artístico, cuyo destino está marcado por ser la hija no reconocida de un aristócrata ruso y de una inmigrante judía centroeuropea, mostrándonos la poco afortunada situación de la mujer en la sociedad rusa de la primera mitad del siglo XIX.» Años de años que no leía una novela rusa decimonónica y hace unos días, tras un paso por un mesón de libros en oferta, me encontré con La Abandonada, de Iván Turguéniev, narración desconocida para mí hasta ahora, disponiéndome a la lectura de sus breves y precisos capítulos apenas crucé la puerta de mi casa. El texto, es necesario precisar, fue editado por Alcalá Grupo Editorial en 2015 (España), tratándose de una “retraducción”, pues consiste en la traducción al español que Dmitry Záitsev hiciera de la versión en inglés de Cedric Fernsby que, imagino y espero, habrá trasladado directamente del ruso. ¿Me desalentó este detalle? No, puesto que me encuentro en una etapa en que no me interesa ser un purista de ninguna cosa. El ripio es necesario. El viento que desordena el prado es necesario. En el calor apocalíptico del verano de Santiago, bebiendo una cerveza de medio pelo, una cerveza para los golpeados estratos C3 y D, ingresé en las páginas de La Abandonada, donde, para mi suerte, nunca dejaba de nevar. La novela, fui descubriendo, gira en torno a Susana Ivanovna, una moscovita joven, bella, inteligente y de buen gusto artístico, cuyo destino está marcado por ser la hija no reconocida de un aristócrata ruso y de una inmigrante judía centroeuropea, mostrándonos la poco afortunada situación de la mujer en la sociedad rusa de la primera mitad del siglo XIX. Contada como una historia de amor que termina en tragedia, al recorrer las páginas de La Abandonada el lector o lectora se enfrentará a algunos efectos de los mecanismos de sometimiento femenino vigentes en la época. La ley zarista, sostén junto a la religión de tales mecanismos, indicaba que la mujer debía obedecer a su esposo como jefe de familia, siendo amante, dócil y cortés. En este contexto, como señala Irati Zuriarrain en un artículo publicado en la revista digital Arteka: “El marido era dueño de todo lo que su mujer podía poseer o heredar, y necesitaba el permiso de este tanto para trabajar como para tener un pasaporte.” Menos derechos aún, por cierto, tenían las solteras como Susana Ivanovna, que dependían completamente de sus padres o tutores legales. La revolución rusa, décadas más tarde, generó cambios profundos en estos aspectos, dando un trato más igualitario a la mujer respecto del hombre, pero esa es otra historia. En lo relativo a La abandonada, estas normas -que funcionaban como barrotes o cepos- determinan el nefasto destino de la protagonista de la novela, cuya existencia depende exclusivamente de la voluntad masculina, descrita como poco ética, por decir lo menos, por el también autor de Padres e hijos. Una de las pocas salidas esperanzadoras para Susana Ivanovna, y para las féminas no casadas de la época, consistía en la llegada del amor romántico y su consumación mediante el matrimonio, asunto que no las liberaría, por cierto, de las cadenas patriarcales, pero al menos (supuestamente) haría estas más livianas, más llevaderas. Esa era la ilusión. En el caso de la protagonista de la novela, esta ilusión -que nace leyendo novelas de Walter Scott a su amado enfermo- se quiebra y la joven queda, según la cita de Shakespeare que hace el novelista ruso, cual blanca paloma perdida en medio de una bandada de cuervos negros: su padre biológico, que la utiliza y la abandona; su padre adoptivo, que la maltrata y la explota como recurso económico; su tío paterno, que pretende convertirla en su querida; su hermano, que es un vago en busca de dinero fácil; su nuevo e indolente pretendiente, un tipo irresoluto y desapasionado, incapaz de jugársela por su relación. En estas condiciones, la joven da testimonio de su vida -que hoy llamaríamos subalterna- y luego, ante la muerte del amor romántico, busca una salida diferente, una que la libere de su condición de mujer, sensible e inteligente, en medio de un mundo masculino cabrón y burdo. Terminé de leer los veintiocho capítulos de la novela al anochecer. La sensación que me quedó fue de pesadumbre, pues La abandonada, texto bien narrado, con observaciones agudas y sin ornamentos barrocos, es solo una muestra del sometimiento que las mujeres históricamente han sufrido y siguen sufriendo en nuestro planeta, puesto que a pesar del avance logrado por las féminas en algunos países, subsisten enormes zonas geográficas y culturales donde se ha avanzado poco y nada en sus derechos y la mujer sigue completamente a la sombra del patriarcado y la religión, fenómeno que Iván Turguéniev, el más europeísta de los narradores rusos decimonónicos, supo detectar y documentar cuando muy pocos se interesaba por el tema.      

Signos vitales | La esperanza no ha muerto

«Años más tarde, transitando ya en la adultez, mi perspectiva cambió y lo que me tocó ver, mayoritariamente, fue gente desesperanzada haciendo filas en bancos o locales -estilo Sencillito- para pagar o repactar la cuenta eléctrica, la del agua, la del teléfono, la del gas, la del crédito de consumo, la del crédito hipotecario, la de la tarjeta de crédito, la de la casa comercial tipo Falabella, Paris o Hites, la del supermercado, la del instituto, preu o universidad, la de la operación de vesícula, riñón o cadera. Internet, por suerte, nos evitó esa pérdida de tiempo, aunque también nos quitó esa especie de socialización de la desesperanza, esa constatación de ser un perdedor más entre muchos que uno experimentaba en las filas de cobranza. De la derrota colectiva se pasó a la derrota individual, del rostro del otro se pasó al reflejo del rostro propio en la pantalla.» Todos los atardeceres, al volver del trabajo, paso frente a una gasolinera ubicada en la Panamericana Norte. He hecho esto durante un par de años, pero, distraído como dicen que soy, no me había dado cuenta de que cada día se forma una larga fila de vehículos esperando pasar por la ventanilla del AutoMac que opera en el lugar. Pensaba que se encontraban allí por bencina, no por el local de Mc Donalds, puesto que había llegado al convencimiento, no sé cuándo, no sé bien por qué, pero hace mucho, de que la famosa cadena gringa ya no atraía demasiado a los chilenos, que había pasado la novedad, que todo el mundo tenía claro que se trataba, por lo bajo, de una estafa alimentaria. Hace poco, sin embargo, me di cuenta de mi error. Detenido frente a la gasolinera a raíz de un taco vi que la larga fila de vehículos no culminaba en los surtidores de combustible, sino en el local de comida rápida, justo a una hora propicia para la once o cena.    Adentro de cada auto -descubrí- había seres humanos, había mc padres, había mc madres, había mc abuelos, había mc pololos y mc pololas, había mc hijos y mc hijas, esperando ansiosos la mc mercancía: hamburguesas, papas fritas, gaseosas de fantasía, productos principales de esta mc empresa nacida, como cierta mafia, como cierto neoliberalismo, en la norteamericana ciudad de Chicago. Me pregunté esa vez, y me sigo preguntando cada vez que paso por el sitio, qué hace que estas mc personas consuman -a mc precios nada bajos- mc alimentos que, como todos sabemos hace mc décadas, es vox populi, nutren poco y tienden a dañar la salud, agregándose hoy en día un estudio que asocia el consumo de comida chatarra a un incremento en el deterioro cognitivo. Es decir, pagas para volverte fofo, insalubre y poco listo. ¿Por qué entonces esta marca sigue floreciendo? No tengo idea, pero la respuesta debe ser parecida a las razones que la gente tiene para escuchar a Bad Bunny, viajar al Caribe a emborracharse a diario en un resort o votar por la Dra. Cordero. Cuando estoy de mala los pongo en mi categoría de imbéciles 24×7, esa sería la razón. Y punto. Cuando estoy más cuerdo atribuyo el fenómeno a asuntos como la derrota de la educación pública o el amplio triunfo del neocolonialismo en nuestro país, que como escribió Parra, es más bien paisaje.    Me sorprende también, cada vez que paso frente a la gasolinera, el hecho de que las mc personas sean capaces de hacer fila, de esperar pacientemente en sus mc autos, incluso con alegría, los mc combos de la franquicia norteamericana sabiendo que, en la sociedad actual, de lo inmediato, del aquí y el ahora, esperar es una experiencia ampliamente desvalorizada. Desde mis tiempos de infancia, cuando iba todos los domingos a misa de doce a la iglesia de Fátima, en Independencia, cerquita del Hipódromo Chile, que no me tocaba ver tanta gente esperanzada haciendo filas o colas, como se les llamaba antaño. Los feligreses -en esa época- ponían su esperanza en el retorno de un ser amado, en mejorarse de alguna enfermedad, en pagar una cuota a tiempo, en evitar el embargo de una casa, en la aparición de un familiar secuestrado por los milicos. Por eso se comulgaba, es decir, se recibía, sin ser aparentemente violado o violada, el cuerpo de Cristo en la propia carne, representada por la hostia, que es otro alimento poco nutritivo. Después venía la ofrenda, el pago, que se depositaba en un canastito que olía a incienso, a misterio. Años más tarde, transitando ya en la adultez, mi perspectiva cambió y lo que me tocó ver, mayoritariamente, fue gente desesperanzada haciendo filas en bancos o locales -estilo Sencillito- para pagar o repactar la cuenta eléctrica, la del agua, la del teléfono, la del gas, la del crédito de consumo, la del crédito hipotecario, la de la tarjeta de crédito, la de la casa comercial tipo Falabella, Paris o Hites, la del supermercado, la del instituto, preu o universidad, la de la operación de vesícula, riñón o cadera. Internet, por suerte, nos evitó esa pérdida de tiempo, aunque también nos quitó esa especie de socialización de la desesperanza, esa constatación de ser un perdedor más entre muchos que uno experimentaba en las filas de cobranza. De la derrota colectiva se pasó a la derrota individual, del rostro del otro se pasó al reflejo del rostro propio en la pantalla.   Hoy por hoy, en este presente eterno en que vivimos, en este barco sin mar en que navegamos, la esperanza, para muchos, sin embargo, parece haber renacido. O nunca murió y yo, terco, no quise darme cuenta. Esta esperanza es el Mc Donalds. Allí, en vez de bancas de oscura madera hay un mobiliario práctico y colorido; en vez de aburridos santos hay un payaso sonriente; en vez de vetustos y seriotes sacerdotes de sotana negra hay alegres jóvenes vestidos con ropa deportiva entregándonos el cuerpo del capitalismo -la hamburguesa- en higiénicos envases que nos permitirán echarnos nosotros mismos

Narrativa chilena actual | Té con leche

«A un lado del sillón hay una mesa lateral, sobre la cual hay un vaso de agua a medio beber, marcado con numerosas huellas digitales; y a un lado de ese vaso hay un corazón de manzana. Restos masticados. Apenas algo comestible, café, oxidado, con dos semillas negras asomándose del centro. Tal vez, algún día, una de esas semillas llegaría a ser algo más. Tal vez no.» Los dos niños están sentados en el suelo desnudo, frente a un sillón deshilachado, sobre el cual un viejo en camiseta y calzoncillos duerme la siesta.   El mayor está concentrado en un juego: construir una estructura con piezas de madera. El menor lo observa con los ojos muy abiertos. De pronto las piezas caen, la torre se desarma y el ruido de las maderitas rebotando hace que el viejo pegue un ronquido y se rasque las costillas. Pero sigue durmiendo. El niño mayor se ríe y se dispone a reconstruir su edificio.   El más pequeño solo mira, sentado en el piso frío, con las piernas cruzadas y los labios húmedos:   —Tengo hambre —dice, en voz muy baja. —Yo también —Es la respuesta, indiferente. Después de un rato, el mayor lo mira con la cabeza un poco ladeada. Lo escruta y le dice—: Ya viene la abueli. Parece que vamos a tomar once cuando llegue.   El pequeño esquiva su mirada y se lleva un dedo a la boca. Pregunta algo en voz baja.   —¿Qué? Habla fuerte po. El Ricardo no se despierta con nada.   Dicho esto, el mayor le pasa un dedo al viejo por el bigote. El viejo ronca y se da media vuelta, pero sigue durmiendo.   —¿Viste?   El menor toma aire y pregunta:   —¿Quién es la abueli?   El otro lo mira como si estuviera loco.   —La abuela Rosa po —contesta—. Nuestra abuela…    El pequeño parpadea con ojos grandes, húmedos, llenos de confusión. Pasea su vista por las paredes descascaradas, se cruza de brazos.   —Tengo hambre —repite, despacio.   El otro niño lo mira extrañado, pero en seguida menea la cabeza y se concentra en su juego. A un lado del sillón hay una mesa lateral, sobre la cual hay un vaso de agua a medio beber, marcado con numerosas huellas digitales; y a un lado de ese vaso hay un corazón de manzana. Restos masticados. Apenas algo comestible, café, oxidado, con dos semillas negras asomándose del centro. Tal vez, algún día, una de esas semillas llegaría a ser algo más. Tal vez no. Aún así, el menor de los niños le propina una mirada curiosa, y se humedece los labios. Luego, para distraerse quizás, voltea la vista hacia sus zapatillas y enciende las luces que traen incorporadas en los talones.   El mayor mira las luces parpadeantes, y luego sus propios pies. Arruga el entrecejo y se voltea para darle la espalda. Sigue jugando así.   ***   Se abre la puerta y entra una mujer de pelo cano, cargando una bolsa de mercadería.   —Saluda a la abueli —dice el mayor de los niños, riendo por lo bajo.   El menor se para e intenta acercarse. La anciana le clava la vista, paralizándolo, y luego se retira para entrar a la cocina y trajinar. El pequeño se queda de pie, sin saber qué hacer. Después de un rato vuelve a sentarse donde estaba, y se mira las zapatillas. Las lucecitas a veces se encienden, pero solo para volver a apagarse.   Se escucha más ajetreo en la cocina: cajones, loza, cubiertos, maldiciones y murmullos. Ante estos ruidos, el niño mayor se ríe y mira al otro de reojo, pero el menor ahora vuelve a observar los restos de manzana que yacen sobre la mesa lateral. El viejo Ricardo sigue durmiendo sobre el sillón.   La abuela sale de la cocina cargando cosas y dice:   —Me hacen salir a comprar leseras. ¡Ya! Vengan a tomar once. Y a ese, despiértenlo.   Deja unos platos sobre la mesa, también unas tazas, y vuelve a la cocina. Silba una tetera y se oye un chasquido y un gruñido. Cajones se abren y cierran.   El mayor de los niños se levanta emocionado y se acerca a la mesa. Desde ahí, grita:   —¡Ricardo! ¡Despierta! ¡La abueli trajo comida!   El viejo del sillón sorbe saliva y levanta la cabeza, gris y despeinada. Mira hacia la mesa con un ojo cerrado y las cejas alzadas:   —¿Ah? ¿En serio? —pregunta, rascándose la guata—. ¿Por qué? —Luego ríe, incrédulo, y menea la cabeza.   El menor se levanta del suelo y se dirige a la mesa. Al verlo, Ricardo endereza la espalda e inspira profundamente. Abre el otro ojo y dice:   —¡Ahh! Deveras. —Se pone de pie, tosiendo y sobajeándose el vientre—. Buena, qué rico… una oncesita… qué mejor. —Se sienta frente a los niños.   La abuela Rosa entra con una tetera y empieza a servir té. Ricardo le agradece, sonriendo.   —¡Mira tú! —exclama, con la vista fija en el mayor de los niños—. ¡Qué bien atendidos estamos hoy!   Rosa se sienta al lado del viejo y le pega en un hombro:   —Cállate —dice—. Ya, cómanse todo. Aprovechen.   El menor mira su taza de té, humeando. Ricardo toma una hallulla de la panera:   —Uhh… fresquito —comenta.   El mayor también toma un pan, ávido, y se lo lleva inmediatamente a la boca.   —Oye, échale algo aunque sea —ordena la mujer.   El viejo está untando margarina:   —Harían falta unos huevitos revueltos —susurra, y le pasa el cuchillo al joven de más edad, para que obedezca a su abuela. —¡Chá! —exclama ella—. Malagradecío. —Lanza un escupo de fogueo. —Na, si era broma, mamita. —Huevos revueltos querí. Búscate pega mejor será. —¿Pa qué? ¿Pa ser como el Julio y aparecer una vez al año? Estaríai toa botá y la con… —Yo no estoy botá —dice la señora, cortante, y luego mira al niño pequeño—.

Testigo ocular | Patricio Olivos Wohkl

Patricio Olivos Wohkl nació en Casablanca, Chile, en 1933, falleciendo en 2014. Su producción poética comprende seis poemarios, los que fueron publicados entre 1953 y 1994. Los textos que se entregan a continuación pertenecen a “Miel y sal de la vida” (1968), llamando la atención en ellos su enfoque sexual, donde el autor, con un lenguaje abierto, descarnado, transforma el erotismo en un ritual liberador. Se trata de un poeta que aún se encuentra por clasificar en la escena poética chilena.       Selección de textos     DIVERTIMENTOS SEXUALES    canta, poema, en el tropel de las aguas la evasión del tema: una alta licencia en el flanco de las vírgenes profética,  una eclosión de óvulos de oro en la leonada noche de los légamos y mi lecho hecho, oh fraude, a la linde  de semejante sueño, allí donde se aviva y crece y comienza a girar la rosa obscena del poema. Saint-John Perse     Hoy amor  en mi ataúd de otro tiempo te he sentido   sin tristeza me masturbé  pensando en ti   soledad de otro tiempo vivido en mi sombra  soledad de otro cuerpo vivida en tu cuerpo   solo desde otra soledad a horcajadas desnudo  sobre carnes abiertas a mi lengua de paloma y rocío   hoy tus piernas pálidas  eran dos lunares en las islas   solo en la semejanza en que busco  mi otro corazón perdido  en la noche de los suburbios   cuando mis pasos cayendo de incendio  en incendio me guían hacia la soledad de mi cuerpo a millones de años-luz  del despojo del espíritu   a saliva traviesa recuperando la sed del espíritu entre el pecho y los espejos que reflejan  mi alma de puta solitaria de juglar habitando los sucios rincones de la noche los orificios tibios y manchados de unas piernas abiertas  a todas las lluvias y a una lágrima de Dios  en mi ombligo   unos labios a contraluz  me recordaron  cómo eras tú hace muchas lunas  alguien que yo no conocía  cuyo cabello largo  como la cola de los caballos ocultó la soledad  de mi tiempo vencido…   y decirte que rodaron lunas como lunas  y una espada de piel tibia  atacaba mi sexo  para sentir que el verano de tus muslos  que la quebrada de tu cuello  y tu pelo húmedo de semen  están muertos que el paroxismo del amor revolotea como matapiojos muertos  como mi vida muerta   y decirte que a este lado de la sangre  mis piernas silenciosas viven olvido como aún esa estrella el país impaciente  como aún esa estrella cómo aún ese espejo en penumbra  y el amor del otro equinoccio detenido en la frente…   es tarde  languidece en mi boca  la palabra atardece en tu ombligo   es tarde la niebla interior me resucitó como sin horizonte sin eco  sin surco donde las estrellas  buscan unas manos  que acaricien su cansancio   es tarde un sonido que resucite los lagos que herían tus piernas  en mi no-ser olvidado en la infancia   sed  sed enorme  de tenderme una vez sobre el sol  sed violenta en mis ojos   sed de sentir y llenar el cielo  como una marcha nupcial  sed mojada hacia abajo por la altura sed en el ejercicio tímido de la lengua ya académica de tanto galopar noviembre en vientres  solicitando a las lluvias  el embrujo de la memoria lo perdido e irrecuperable  como la mano de un mendigo  entre sesenta y nueve lunas que sostienen mi cabeza extraviada en la llaga del pensamiento mi cabeza-semilla y semillas del llanto  por la oscilación irrecuperable de los relojes  como un ojo de mi madre crucificado entre los ojos del perro  y llorar por un aerolito caído en la enagua de mi mano  una mano hacia lo inmóvil…   si ansías conmigo el paraíso  que nace en la diagonal del cielo  hay un Dios solo que amanece en tus tatuajes antiguos  que habla por mi boca en tu boca  y te recorre dejando fuegos-señales para los regresos donde desvisto el deseo   si ansías conmigo  vivirte en otras vidas  y cultivar las maderas  bautizadas por un líquido trémulo que nace de mi piel  con olor a cama abandonada  en mi cuerpo abierto a la lucha y al quejido   si ansías vivirte en otra carne y sentir la soledad  de los cuerpos que se huelen…   ayer junto al piano de un burdel tu enagua gris  y mi alma buscaban su paraíso perdido   alguien gemía sobre tus muslos alguien  que a mi lado moría galopando  y en mi lecho oceánico  nacían máquinas tragadoras de familias insectos  y ministros sin cartera ingenieros  y sagrados sacerdotes  doctores especialistas en infinitos matapiojos   y un horizonte de madres asesinas oscurecía mi cielo…   mi hogar es un saco envejecido   voy solo y viejo  viejo y gastado como un caballo   ayer   me robaron las cejas  y desde el año azul de mil novecientos treinta y cinco viajo por el mundo con los pantalones rotos  y el espíritu parchado   esto soy en mi carne:  tomad el espíritu de un lobo  y la osamenta de un gamo   amor mío  clausura las ventanas afuera  hay ruido de tambores…   yo más lejos que nadie existía en la noche  del suavium genital volviendo de una cruz  en mis ojeras hacia un destierro entonces desconocido de mi dicha de vagina  en vagina  en vagina y pubis oloroso a noche  de reinos de otro mundo donde la penetración no exilia y el amor no cansa  ni la carne envejece…       LA ODA PORNOGRÁFICA   amancebado  hace trescientos años algún Olivos  en un burdel de España   tarde tarde de semen y toros  de pronto de lo hondo de lo oscuro un rayo de sol cae cae sobre la cama sucia   cae como un escupitajo  como un vómito  una palabra pura   cae porque cae la vida  así  nació mi poesía…   lenguas largas calientes  temblorosas llagas

Signos vitales | Desmalezando

«Desmalecé hasta el mediodía. En algún momento la loica se desprendió del polín y voló junto a una compañera (de pecho rosado) que no había visto, perdiéndose bajo el cielo inmensamente azul. Volví después a casa y me dispuse a escribir este texto, que delineé mientras arrancaba de la tierra yuyos, malvas, teatinas y otras especies -ya secas- cuyo nombre ignoro.» ¿Qué canta el canto? Nada. El canto canta, el canto canta,  no como el pájaro, sino como el canto del pájaro.  Pablo de Rokha   Hoy, mientras realizaba la agotadora tarea de desmalezar, vi una loica parada en la punta de uno de los polines del cerco. Frecuentemente estas aves, propias de Chile y Argentina, aparecen por Lo Fontecilla, pequeño caserío -limítrofe con el humedal de Batuco- donde vivo hace más de dos décadas. Su pecho colorado, específicamente el de los machos -pues se trata de una especie dimorfa- las hace especiales, diferentes, llamativas, siendo la causa de su inclusión en un sinfín de leyendas, tanto de los pueblos originarios como de los posteriores ocupantes de este sector del planeta. Según Alonso de Ovalle, los indígenas que habitaban lo que hoy por hoy es Chile atribuían al canto de esta ave la capacidad de pronosticar la muerte, las enfermedades y otras desgracias, fenómenos que afectarían a quien la escuchase o a sus parientes. Sería, por tanto, un ave de mal agüero. Para el actual poeta mapuche Lorenzo Aillapán, en cambio, la loica sería una anunciadora, pero de visitas y al mismo tiempo una ayudante de el o la machi, es decir, un ser positivo, casi new age. Pese a este rol de “anunciantes”, estos pájaros “pechicolorados” -así los llamaban los españoles- históricamente han estado asociados más bien a leyendas vinculadas a la sangre. En estas narrativas, el rojo líquido que corre por nuestras venas y arterias, que ha sido derramado de abundante forma en nuestro país pasillo (como lo llama Bolaño), es metaforizado, romantizado, endulzado, envasado, permitiendo que podamos digerirlo, procesarlo, incorporarlo, incluso nutrirnos vampirescamente de él, para luego seguir adelante, como se dice eufemísticamente. En “Historia de por qué la Loica tiene el pecho colorado”, texto publicado durante los sesenta en “Las historias de mama Tolita”, Marta Brunet recopila una de estas leyendas, específicamente aquella que señala que pese a temer al hombre y “su malignidad que se distrae matando”, la loica, que asume el rol de una piadosa TEN emplumada, cuida a un cazador que la quiso matar y tuvo problemas con su escopeta, le salió el tiro por la culata y se pegó -inepto- un tiro en su propio pecho, quedando agónico en un descampado. El contacto del ave -de mentalidad cristiana- con la sangre del cazador, por tanto, sería la causa de su plumaje colorado, color que en el texto fue aprobado ever for ever nada menos que por el mismo San Pedro, que “había bajado a la Tierra a tomar un poquito de fresco a la sombra de unos hualles y había visto todo lo pasado” (cosa extraña eso de que el personaje bíblico bajase “a tomar un poquito de fresco”, pues se supone que el calor extremo se da en el infierno, no en el paraíso, que es un sitio bacán como Hawai, Miami o Isla de Pascua, aunque -espero- sin blancos, gente abc1, uniformados ni yanaconas). En los mismos años sesenta, en un poema titulado “Loica”, incluido en su “Arte de Pájaros”, Pablo Neruda le pregunta al ave de pecho rojo: “Por qué me muestras cada día tu corazón ensangrentado?” // “Qué culpa llevas suspendida / qué beso de sangre indeleble, / qué disparo de cazador?” En este último verso, el poeta nacido como Neftalí Reyes y hoy tachado, eliminado del juego, por violar a una sirvienta en Ceilán, dialoga, sin duda, con la leyenda recopilada por la Brunet, aunque en su poema parece no haber problemas de carácter técnico con la escopeta y la loica ha sido baleada, transformándose de alma caritativa en víctima. Un flash forward, sin duda, del gran poeta de Parral, dado que al comienzo de la siguiente década el cazador, vestido de uniforme gris azulino, aviones de guerra y gafas negras, dispararía contra el corazón del pueblo, ensangrentaría su pecho, convirtiendo a Chile entero en una especie de loica. La imagen de la víctima vuelve a aparecer en los tiempos actuales, específicamente en el poema-denuncia “La loika” de Graciela Huinao, donde la poeta huilliche se pregunta: “¿Por qué canta la loika? / Si le han cortado el árbol / donde solía cantar (…) // ¿Por qué canta la loika? / Si le han robado la tierra / donde iba a anidar (…) // ¿Por qué canta la loika / Si no le dejan migajas / para comer” (…) //- Canto por mi árbol, migajas, tierras, / por lo que fue mío ayer. / -Canto por la pena de perderlo…” En este texto, la loica o loika funciona como una analogía respecto del pueblo mapuche y su tragedia, que a estas alturas parece inmanente, incluyendo además una dimensión no considerada por la Brunet o por Neruda: lo ecológico.  Desmalecé hasta el mediodía. En algún momento la loica se desprendió del polín y voló junto a una compañera (de pecho rosado) que no había visto, perdiéndose bajo el cielo inmensamente azul. Volví después a casa y me dispuse a escribir este texto, que delineé mientras arrancaba de la tierra yuyos, malvas, teatinas y otras especies -ya secas- cuyo nombre ignoro. Para informarme busqué algunos datos en Internet. En ese navegar, junto con su poema “La loika”, me crucé con una entrevista que la Huinao dio a Álvaro Miranda, texto que aparece en la página del “Festival de Poesía de Medellín” y que aparentemente corresponde al año 2009. La poeta huilliche, primera integrante indígena, además, de la Academia Chilena de la Lengua, señala allí que la loica “es un pájaro originario del sur de Chile que está a punto de extinción.”  Preocupado por el destino del ave, pensé que pronto no la

Fichero | Los Pichiciegos

«En Latinoamérica, específicamente a inicios de la década de los 80, tuvimos nuestra propia dosis de guerra. Se trató del conflicto de las Malvinas, enfrentamiento creado por la dictadura militar argentina -encabezada por Leopoldo Fortunato Galtieri- para recuperar las islas que los ingleses denominan Falklands y que ocupan desde 1833. Fue también una forma de validarse ante los habitantes del país de Borges y Arlt y mantenerse en el poder por parte de la Junta de Gobierno. Una forma delirante, poco realista, que terminó con una rápida derrota trasandina y cerca de mil soldados muertos, siendo la mayoría argentinos.» La guerra -todos lo sabemos, no es novedad- ha sido una constante en la historia del autodenominado “homo sapiens”. Ni la religión, ni la política, ni la ciencia, ni ninguna otra actividad han logrado (no sé si lo han querido verdaderamente) erradicar este proceso de matanza mutua que, de cuando en cuando, y siempre más temprano que tarde, estalla en algún lugar del mundo, confirmándonos, una vez más, que la pretensión de racionalidad del ser humano aplica solo a la técnica, a la metodología. Hoy es el turno de Ucrania, allí se practica por estos días la crueldad y el aniquilamiento. ¿Mañana? No se sabe, pero de que vendrá, vendrá. En Latinoamérica, específicamente a inicios de la década de los 80, tuvimos nuestra propia dosis de guerra. Se trató del conflicto de las Malvinas, enfrentamiento creado por la dictadura militar argentina -encabezada por Leopoldo Fortunato Galtieri- para recuperar las islas que los ingleses denominan Falklands y que ocupan desde 1833. Fue también una forma de validarse ante los habitantes del país de Borges y Arlt y mantenerse en el poder por parte de la Junta de Gobierno. Una forma delirante, poco realista, que terminó con una rápida derrota trasandina y cerca de mil soldados muertos, siendo la mayoría argentinos. Un acercamiento a este conflicto es el que propone el narrador argentino Rodolfo Fogwill (fallecido en 2010) en su primera novela “Los Pichiciegos” (1983), aunque desde una arista diferente a las novelas bélicas tradicionales, pues en vez de enfocarse en las hazañas o en las derrotas de alguno de los bandos en disputa, fija su atención en un grupo de desertores del ejército argentino que, en vez de dedicarse a combatir a los ingleses y poner con ello su vida en riesgo, se dedican a la siempre compleja tarea de sobrevivir. Construyen para ello un refugio subterráneo al que llaman la “Pichicera”. Allí, estos hombres que se identifican con los “pichis”, que son una especie de bichos que viven bajo tierra, establecen normas de convivencia mientras trafican cigarrillos, pilas, abarrotes, llegando incluso a negociar con los británicos. Su situación de desertores, por cierto, no los libera de la guerra, no están totalmente encapsulados, puesto que de todas formas son protagonistas del conflicto bélico, presenciando y experimentando las atrocidades muchas veces inimaginables que se dan en este contexto. Por ejemplo, el hecho de que los ingleses ataran a los soldados argentinos capturados a barcazas que ponían a navegar rumbo al Polo Sur, con el objetivo de que estos muriesen congelados.    Más allá de los hechos puntuales, la pregunta que subyace a la trama de “Los Pichiciegos” es si vale o no la pena morir por la patria, más aún si esta se encuentra en manos de un grupo de generales golpistas, megalómanos e inescrupulosos. Para el grupo de desertores, la mayoría de origen humilde, “negros”, como los llama el narrador, ciertamente, la respuesta es negativa. Asumen así el riesgo totalmente cierto de ser fusilados por traición a la patria, decisión que conlleva también un heroísmo -no todo es caer de forma gloriosa luchando contra el enemigo- pues saben que los uniformados argentinos no tuvieron problemas para asesinar a miles de sus propios compatriotas durante la llamada “guerra sucia” y que tampoco los tendrán para disparar contra quienes abandonen el teatro de operaciones, como en jerga militar se denomina -eufemísticamente- al lugar donde ocurren las acciones bélicas. Escrita con un lenguaje directo y coloquial, donde asoman observaciones y diálogos agudos e inteligentes, “Los Pichiciegos” es ya un clásico de la literatura argentina, categoría que ha alcanzado no solo por sus características formales o por estar conectada a un hecho histórico relevante para la nación trasandina, sino por mostrarnos la opción de un grupo de uniformados que cuestionando dicotomías como “valiente-cobarde”, “patriota-traidor”, “argentino-inglés”, como indica Martín Kohan, decide sobrevivir al conflicto, dar la propia batalla, en vez de ser un grupo de boludos dispuestos a dar la vida por la elite de un país que históricamente los ha marginado.    

Signos vitales | Migraña

«En una casa donde habitualmente ponen reguetón ahora escuchan música orquestada tipo Orfeón de Carabineros. Una música de mierda que reemplaza a otra música de mierda. Después recuerdo unos temas que escuchaba un jefe bien vacío, bien arribista, bien funcional, que tuve años atrás: “Werner Muller, tributo a Elvis” o algo parecido. Era un asco por donde se le mirase. Un asco orquestado.»  Hoy, mientras me recupero de la resaca de la noche anterior -una regada reunión con amigos durante la víspera del “Día de Todos los Santos”- pienso que lo único que me gusta de las religiones son los feriados. En eso consiste su milagro. Nada más habría que agradecerles. Lo demás es una carga de tonteras y violencia intragable. La existencia del universo -hasta ahora- no tiene ninguna explicación. Eso es lo único que se puede asegurar. Quien crea en Dios que lo demuestre. De lo contrario que deje de cacarear. Si yo asegurase que existen caballos invisibles de doce patas tendría que demostrarlo, exhibir pruebas. Más aún si tengo la osadía de indicar que tal bestia es la creadora del mundo, de cada uno de los seres que lo pueblan y de las normas que los rigen.   Doce del día. Voy camino al almacén por una pastilla para la migraña. Me duele la cabeza producto del alcohol. Afortunadamente hoy es martes, martes feriado, y todavía me queda bastante tiempo libre. Horas que puedo orientar a mis objetivos y no a los de la empresa donde me arriendo, sociedad anónima educacional donde soy un dispositivo destinado a formar otros dispositivos. O peor todavía: un repuesto destinado a formar otros repuestos. El sistema, como dice un amigo, se reproduce a sí mismo. El asunto es que la cosa siga funcionando. Que no se detengan las fábricas, ni los ministerios, ni los regimientos, ni los bancos, ni las iglesias, ni las escuelas. Tampoco las cárceles, tampoco los manicomios. Da lo mismo si se logra o no el bien común, excusa con la cual se creó todo este cuento. Pasa un auto y toca la bocina a un tipo que cruza la calle despreocupadamente. El chofer y el peatón -que viste una polera que dice “Denver”- se miran con rabia, están a punto de insultarse, pero se quedan callados. A través de los vidrios del auto se observa un ramo de flores amarillas. No habrá violencia, no habrá bates de béisbol, es “Día de Todos los Santos”.    La calle está vacía otra vez. En una casa donde habitualmente ponen reguetón ahora escuchan música orquestada tipo Orfeón de Carabineros. Una música de mierda que reemplaza a otra música de mierda. Después recuerdo unos temas que escuchaba un jefe bien vacío, bien arribista, bien funcional, que tuve años atrás: “Werner Muller, tributo a Elvis” o algo parecido. Era un asco por donde se le mirase. Un asco orquestado. Hasta la película es mejor. Sigo caminando. Me quedan unas veinte horas de libertad antes de entrar -otra vez- a la fábrica de repuestos. Es un lugar, lleno de normas y currículums, que da la idea de seriedad, de que las cosas son de tal manera porque hay una verdad detrás de ellas, no un interés. El mundo, sin embargo, no es serio. Si el mundo fuese serio no tendríamos a tipos como Trump, Kast, Parisi, Bolsonaro, Putin, Maduro o Fontaine, por nombrar unos pocos, en la política. Tampoco habría cientos de miles o millones de personas apoyándolos, votando incluso por ellos. Si el mundo fuese serio no se trataría de artistas a seres como Bad Bunny, Lucho Jara, la Rancherita o Paloma Mami, ni de grandes emprendedores a herederos como Luksic y Angelini. Si el mundo fuese serio no habría realeza ni pobreza, ni se dedicarían fortunas completas a fabricar armas de destrucción masiva en vez de apoyar a los países pobres a salir adelante. Si el mundo fuese serio no habría miles de detenidos desaparecidos desde hace décadas. Si el mundo fuese serio la tele no nos diría que para que la economía funcione es necesario que los conglomerados empresariales controlen todo y los demás vivan en el subdesarrollo. Pasa una moto ruidosa. Es alguien que no tiene otra forma de hacerse notar. Y me distraigo. Y olvido mis pensamientos, pues no los tengo en la punta de la lengua. O en un archivo pdf. Da igual. Aflorarán cuando sea necesario. Miro el cielo otra vez y lleno mis pulmones de aire. Y sigo caminando.     Estuvo bonito Halloween, me comenta amablemente la mujer que atiende el almacén. Claro, le digo, mientras pienso que mediante el famoso ¿dulce o travesura? los niños de la Colonia Chile, disfrazados de horrendos y tiernos monstruos, aprenden, año a año, los fundamentos de algo muy mafioso: la extorsión. Aumentarán los secuestros y los chantajes en el futuro, eso lo doy timbrado. Aumentarán como han aumentado los crímenes mediante armas de fuego tras décadas de tener a nuestros niños viendo, en películas y series, gente baleada en el cráneo como si nada, o de matar gente, también como si nada, en plataformas de video. En eso consisten esos juegos y esa diversión infantil, en prepararse para la vida adulta. En aprender a matar. A eliminar al otro. Y ganar puntos.   Pido agua mineral y remedios para la migraña. Enseguida emprendo el camino de regreso. La casa está llena de vasos sucios y colillas de cigarrillos. Voy a la cocina y me tomo las pastillas con el agua mineral. Y me recuesto en la cama. Sobre las sábanas, extenuado, pienso que este día no tiene ni tendrá jamás nada que ver conmigo, pues hoy se recuerda a quienes, según la Cosa Nostra católica (institución que, según los entendidos, le “expropió” la festividad a los pueblos originarios de América), se han purificado en el purgatorio y se encuentran en el paraíso. Mañana, dos de noviembre, que es “Día de Todos los Difuntos”, tampoco será mi momento, puesto que en tal fecha los pocos seguidores que

Testigo ocular | Marcelo Arce Garín

Marcelo Arce Garín (Santiago de Chile, 1976). Su obra se plasma en una voz denunciante, a veces trastocada, que se desgrana en figuras retroactivas, tiernas y nostálgicas, así como en destinos crueles, injustos, que debemos dejar en nuestra memoria. Estos recursos aparecen nítidos en su última obra, “Óxido”, un poemario profundamente político, donde Arce hace resurgir a los Mártires del Chena y la Maestranza. De este libro son los poemas que se presentan a continuación.      Selección de poemas   A las obreras y los obreros   ERA CHILE EL QUE PASABA POR SUS VENTANAS ABIERTAS y ya no pasa.  José Ángel Cuevas     ÓXIDO Y HOLLÍN EN LAS INDUMENTARIAS TRAZO Y PRECISIÓN DE ALTO VUELO       NILES BEMENT Co   Con el fierro hirviendo González prende su cuarto cigarrillo del día, tiznado y serio comienza el turno Va formando con destreza y agilidad clavos gigantes que serán los encargados de sostener la ruta la rapidez será considerada al momento de llevarse las hojas secas de un otoño que pronto se retira González detiene una gota de sudor que iba directo  al fogón en sus pensamientos se desplazan las planillas que debe llenar luchas sindicales se cuestiona opacando el calor con El Ferroviario como abanico improvisado desde la radio Enrique Balladares susurra: “Yo sé que, aunque tu boca me enloquezca, besarla está prohibido sin perdón. Y sé que, aunque también tú me deseas, hay algo interpuesto entre los dos” desde el punto fijo que se crea en el taller de máquinas se observa el TREN OBRERO   María Angélica Castillo competirá desde la Caja de Retiros directo a las Olimpiadas de México entre boleros y rancheras la despiden con banderas chilenas la mejor pinta sus compañeros del taller de combustible Campeones del dominó, cacho y rayuela Un nuevo termino de jornada Maestranza Central entrena al caer la tarde conducción y control del balón las estrellas populares se lucen con gambetas y dominio cada taller aporta con su hinchada entre pilseners se discute la tabla de posición la boleta a Santiago National. Bototos pisotean overoles y gorras apuntan con sus fusiles y ordenan levantar las manos el espasmo contrajo las máquinas y fogones mientras la Cooperativa Ferroviaria de Consumo aún registra la identificación de cada uno   Once compañeros asesinados en el Cerro Chena y la sangre se desperdigó por el techo rojo al otro día el horror se plantó directo en los rostros populares Once hombres buenos menos en la producción   Acevedo / Ávila / Castro / Chamorro González / Koyck / Monsalves / Morales Oyarzún / Silva / Vivanco   (silencio)   Un arco gigante menciona a los visitantes MAESTRANZA DE SAN BERNARDO cientos de bicicletas copan el frontis, se dirigen por el cielo a la cubierta de la conciencia, juegan con el viento y los árboles de Avenida Portales, respiran hondo el descanso diario tras el pitazo final.     SCHWARZ HERMANOS Y FRIEDLER                              a Luis Reyes Vargas   Múltiples motores se prenden y apagan en los talleres como si la industria cegara los cielos de la ciudad el obrero Luis Reyes moldea el producto nacional Interruptores y enchufes Productos de menaje Iniciamos un nuevo turno en la fábrica mientras el petitorio se aferra con firmeza en los escritorios sindicales Cada rostro sostiene sudor y ternura juguetes que llegarán a los niños de la patria el Circo Donald y retroexcavadoras que iluminarán el pasaje de la población antes del apagón y el llanto Cada domingo después de llenar el puzzle el obrero Luis Reyes se ubicaba a un extremo del minicomponente al momento de elevar su dedo índice apretaba sus ojos para acompasar la música Debussy encerraba en su hogar el descanso y la alegría como cuando le apostaba quinientos pesos a tercero/ caballo UNO DE HONOR en el Teletrak de Plaza Egaña. La baquelita adorna las mesas populares democratizando al barrio y sus clubes deportivos, cada fin de año la presidenta de la junta anota a la prole que recibirá camiones y enceradoras construidas por sus madres y padres entre máquinas de inyección y cálculos de feriados y vacaciones. El obrero Luis Reyes baila a Bill Halley & His Comets/ See You Later, Alligator. Un cordón tras otro San Bernardo/San Joaquín/Vicuña Mackenna Overoles y delantales jugaban ping pong en el patio del casino continuando el itinerario de la producción trabajadores con El Siglo bajo el sobaco iluminaban los pedestales convocando a las 17 horas en el Taller A, obstruidos en los paraderos esperaban la Intercomunal 24 fumando un Hilton. El obrero Luis Reyes fue a La Moneda el 11 temprano, los pantalones de tela que utilizaba aquella mañana absorbieron la malicia milicia y preocupado guardó todo bajo el camastro. Mientras los aeroplanos aterrizaban en Tobalaba su mano tersa acariciaba mi cabeza y un zumbido acarreaba Manquehuitos y vino tinto, soplabas fuerte el humo del cigarrillo tratando de llenar las nubes de Peñalolén el barro de la cancha mojaba la rabia. Las estrellas nítidas emergen tras cada verso frente a frente debatimos el libro asomado en las pupilas en la sede sudamos dominó y sepia. Claro oscuro sollozo que venda la tráquea y su soplo. Creo que todos los chilenos tuvimos algo fabricado por la empresa Shyf nos dice una mujer agachada fuera de la botillería sostienes la mano derecha extendida sobre la frente tratando de regular perillas y termostato, calor y semilla algo que trascienda la botillería y el pago de camisetas. Abrazo al obrero Luis Reyes, atrás todos bailan y avivan la parrilla guiñas el ojo y con tu boca apuntas un camino difuso y tenue una especie de cueva negra que conduce a un silencio abrazador que posa las manos en cada bolsillo. Al pasar por un corredor exiguo apuntas con el mismo dedo que alientas a Debussy y UNO DE HONOR el Chicho me dices mientras una lágrima revienta sobre el flexit. La industria

Panóptico | Parra

«Su casa tenía dos pisos, en el primero se alojaba su biblioteca, enorme y a primera vista muy desordenada, en ella una foto de Nicanor con Violeta junto a una gran olla, él de poncho y de bufanda, al lado una segunda foto de alumnos y profesores del INBA (Internado Nacional Barros Arana), donde estudió y luego ejerció como inspector, que irónicamente era titulada con el verso de la Mistral: “Todas íbamos a ser reinas”.» “Voy y vuelvo”.   Ir a visitarlo a su casa de Las Cruces significaba ir a hablar de Literatura, de la suya o de la que a él le interesaba, de esa era la que hablaba o de sus recuerdos. Horas de horas, hasta que se hacía de noche y, a lo lejos, tras el ventanal se podían ver las luces en los cerros de Cartagena o en el puerto de San Antonio y era la señal para que volviéramos a Santiago. Recuerdo su casa, en la calle Lincoln, afuera siempre había un escarabajo de los años 90 estacionado, lleno de papeles, de fotos de revistas y de libros. Cuando lo conocimos, todavía daba paseos por las calles llenas de tierra de ese balneario otrora de la burguesía, pues sus antiguos propietarios habían vendido sus casonas para irse a sectores más exclusivos, hacia el norte, donde la rotería y su pachanga no llegaran. Se ponía un sombrero, un chaleco largo de color indefinido, se sujetaba el pantalón más arriba de la cintura y con un bastón comenzaba a caminar, seguramente recordando el poema lárico que escribió 50 años antes: “A recorrer me dediqué esta tarde / las solitarias calles de mi aldea / acompañado por el buen crepúsculo / que es el único amigo que me queda…”. Muchos lo miraban como un viejo excéntrico o genial (cultivaba ese perfil), otros con respeto por el antipoeta, por “la estrella de rock”, algunos se lograban sacar una foto con él, eso le gustaba, mal que mal, siempre fue vanidoso. Por eso mismo, pienso, que un día no quiso que le tomaran más fotos y se cubría la cara con sus manos, pues ya no se veía tan bien y, poco a poco, a comenzó a alejarse de los “turistas culturales” que querían saludar al último gran poeta vivo, al “inmortal”, en su casa equidistante a las tumbas de Huidobro “el pequeño dios” de Cartagena y a la de Neruda “la vaca sagrada” de Isla Negra, en ese litoral cada vez menos poético, loteado por las inmobiliarias de casas de veraneo “baratas”.   Nicanor Parra (1914 – 2018) irrumpió con fuerza en el escenario de la poesía chilena el año 1954 con su libro “Poemas y antipoemas”, tenía 40 años y aunque este no era su primer libro, siempre quiso pensar que sí, que de ahí en adelante comenzaba su obra. Este libro vino a interrumpir y a quebrar una larga tradición de la poesía en Chile que, en ese momento, encabezaban Neruda, Mistral y Huidobro. Estos poetas derivaban de la modernidad inaugurada por Baudelaire, seguida por Rimbaud, Verlaine y en Latinoamérica por Darío. Esta poesía centrada en el yo y, en muchos casos, “autobiográfica”, buscaba la musicalidad antes que nada, la “alquimia verbal”, la metáfora exquisita, usando un lenguaje “poético”, selecto, refinado, alejada de los grandes públicos, a pesar de los esfuerzos nerudianos por hacer una poesía “popular”.  Estos poetas estaban -según Parra- en “El Olimpo”, alejados del ciudadano común, escribiendo “para media docena de elegidos”. A propósito de su irrupción en la Historia de la Literatura Chilena escribió: “Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa…”. Vemos que de inmediato la antipoesía plantea un problema, propio de “La Guerra Fría”, pues es absolutamente confrontacional,  o estás conmigo o estás contra mí. Así los textos parrianos comenzarán a destacarse, justamente por sus características contrarias a las de la poesía tradicional: uso de un lenguaje coloquial, popular, de la calle incluso, frases hechas, modismos, refranes y la ausencia del “yo lírico”;  el “hablante” ya no se mirará el ombligo o se creerá un ser especial (profeta, demiurgo, mago), este gesto dará paso a múltiples voces que no, necesariamente, corresponden a la voz del autor. Estos personajes tienen diversas posiciones políticas, valóricas, religiosas (incluso antagónicas), son voces anónimas que denuncian la situación del hombre de la segunda mitad del S.XX, utilizando la ironía, la sátira, la parodia y el humor (entre otros recursos), pues de acuerdo con la visión parriana “el cielo se está cayendo a pedazos” y la poesía tradicional “no daba para más”, no era una respuesta. Su “montaña rusa” fue recibida con aplausos por aquellos que pensaban que la poesía no debería ser un “objeto de lujo”, propio solo de una elite. Sin embargo, también recibió críticas, pifias y abucheos por parte de los que pensaban que lo que hacía Parra, en definitiva, no era poesía, sino que, como diría un crítico de la época, era solo “un azafate lleno de excrementos humanos”.   Una de esas tardes en que conversábamos con Nicanor en su casa, nos contó que cuando apareció su libro “Poemas y antipoemas” una persona clave en su difusión y consolidación definitiva fue, paradójicamente, Neruda. El poeta de Isla Negra lo invitó muchas veces a su casa en la playa y allí tras comer, seguramente, un caldillo de congrio y varias botellas de vino blanco (reserva, ¡cómo no!) entre conchitas y mascarones de proa, Parra le leyó algunos de sus textos. Parece que Pablo (así le decía Parra) quedó impresionado, pues escribió algunas palabras elogiosas en la contratapa y recomendaba el libro a todos los que podía, regalándoles incluso algunos ejemplares. Quizá con este gesto, muy generoso, pero muy político, Neruda quería adoptar a Parra como hijo putativo, instalarlo dentro de su órbita poética (como hizo con muchos), pero a la larga terminarían separando aguas, como deja claro el antipoeta en su “Manifiesto” (1963).