narrativa chilena actual

Fotografía digital | Un obsequio navideño

«Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.» El sábado anterior a la navidad fui al centro a comprar algunos obsequios. Digo “centro” por costumbre, puesto que el verdadero centro de Santiago y de Chile, se sabe, se encuentra en Sanhattan, ese espacio ubicado entre Providencia y Las Condes -saturado de cristal, elevadores, polvos blancos y narcicismo- donde los grupos financieros y sus zorrones administran el establo desde sus oficinas con vista al río. Era cerca del mediodía, el sol pegaba fuerte y en el paseo Ahumada y sus alrededores proliferaba el comercio navideño. Ferias artesanales, vendedores ambulantes y locales establecidos se disputaban el dinero de los compradores de regalos: personas creyentes que cumplen con el rito cristiano por fe y personas no creyentes que lo hacen por ineludible cultura familiar, como es mi caso.   Hallé variados viejos pascueros y hasta una vieja pascuera, una mujer mayor, cantante de gospels, que en San Diego, en un centro comercial, repartía dulces vestida con el asfixiante traje rojo. Y a pleno sol. Es un símbolo, me parece, de la desmejorada situación del arte en Chile, un país que no solo tiene bastante dañado el cerebro sino también el espíritu, la sensibilidad. Le queda algo de corazón, es cierto, pero el corazón es un niño de primaria que cae, siempre, en la trampa. Vi mucha gente comprando, vi también bastantes personas pidiendo plata, me encontré con algunos músicos callejeros y con varios borrachos durmiendo la mona. El ambiente era de tranquila decadencia, de lenta descomposición, de derrumbe controlado. Iba a comprar algunos obsequios ese sábado, libros principalmente -antídotos-, pero no pude evitar tomar mi teléfono y sacar las fotos que, después de haberlas editado, presento como obsequio navideño a los lectores de El Mal Menor (si es que existen).   Fotografías

Perfiles | Antejardín

«El timbre seguía sonando. Cuidadosamente me moví hasta el mueble de la tele y la apagué. Estaban mostrando, los videos del asalto a una familia que terminó con un niño de once meses –Orlandito R– con la cabeza triturada bajo el neumático de un remolque para caballos y con su madre –Marina F– con los dos brazos cortados al tratar de rescatarlo. Así de peligroso estaba el mundo. Se me ocurrió, entonces, que tenía que armarme. Moviéndome sigilosamente, arrastrándome para que se entienda mejor, fui hasta el armario del pasillo y saqué el taladro de mi papi.» Fue el mes pasado. Era sábado y yo estaba aseando mi dormitorio cuando sentí que sonaba el timbre. Miré con disimulo a través de los barrotes de la ventana para ver de qué se trataba. No quería ser víctima de un turbazo o algo parecido. Había, sin embargo, solo una persona detrás de la reja del antejardín. Mirándolo con cuidado me di cuenta de que era el Rómulo, un ex compañero de la básica, de séptimo y octavo. Me pregunté qué querría, puesto que nunca fuimos amigos. Lo único que teníamos en común era el barrio. Su casa quedaba a dos cuadras de la mía, en el pasaje Crepúsculo. Allí vivía junto a su mamá, una señora corpulenta que todavía, supongo, se pone con su carrito de supermercado a la salida del consultorio. En las mañanas vende café y unos sándwiches que yo jamás probaría. Lo digo con conocimiento de causa, no para difamarla gratuitamente, porque cuando estábamos en la básica le mandaba como colación a su hijo unos panes bien poco higiénicos. La palta, negra. La marraqueta, con hongos. Daba pena, además, ver las camisas del Rómulo, sucias al máximo. En octavo, recuerdo, me tocó ser su compañera de cueca –fue por sorteo– para las fiestas patrias. Tuve que soportar su olor a pichi durante el mes que duraron los ensayos. Y sus evidentes ganas de meterme mano. Cuando nos encontrábamos en la calle nos saludábamos, pero eso era todo. No tenía idea qué quería ese sábado, sospechaba, eso sí, era lógico, que nada bueno, puesto que era de esos tipos que siempre andan por ahí, vegetando, fumando pitos, tomando cerveza, acosando. Se decía que era sicario. O traficante. O mula. O doméstico. O soldado. O ratero. O violador.  Los dos andábamos por los veinticinco, aunque yo los había aprovechado bien. Quería ser alguien en la vida, no una aplanaveredas. Por eso había sacado el técnico en finanzas, carrera donde tuve que soportar las insinuaciones de varios profes calentones, para que hablar de los pendejos del curso, y ahora trabajaba en el municipio, en el departamento de Tesorería. El timbre seguía sonando y empecé a tener miedo, me latía hasta el cerebro, tuve ganas de gritar, tuve vértigo, sudé cristales, el mundo está lleno de bestias salvajes, pensé y recordé los documentales de la selva que veía de niña. Nada bueno se puede esperar del Zorrillo, como le decían en la escuela, me dije y decidí no abrir la puerta. Ni loca la abriría, estaba sola y seguiría sola porque soy hija única y mis papás fallecieron hace cuatro años. Se hundió el bote en el que saldrían de paseo. Fue en Puerto Montt. Tenemos parientes allá. El timbre seguía sonando. Lo más seguro es que el Rómulo me quiera asaltar. No hay mucho que llevarse, en todo caso, me dije, e hice, mentalmente, un inventario valorizado de las cosas que había en la casa. Efectivamente no era mucho y como el Rómulo vendería rápido le sacaría poca plata. No es un buen negocio, pensé. Entonces tuve la certeza de que me quería violar, vejar, abusar. Eso era. ¿Qué más? Seguro que tiene que ver con lo del baile en la escuela, esa vez que fuimos pareja. Debe andar mal de la cabeza y el enfermo de mierda se ha pasado rollos. Recordé, entonces, que mi papi nunca estuvo de acuerdo con esa actividad. Mi madre concordaba. Nunca les cayó bien. Se referían a él como el Basura, enseguida hacían la mímica de vomitar. Cuando presentamos el baile, el Rómulo, excepcionalmente limpio, quiso darle la mano a mi papi y este se la negó. Lo imaginé tocándome las tetas. Lo imaginé asfixiándome. Lo imaginé diciéndome que me quería. Lo imaginé diciendome “mi niña bonita”. Y otra vez tuve miedo, otra vez me latió hasta el cerebro, y otra vez tuve ganas de gritar, y tuve vértigo, y sudé cristales, el mundo está lleno de bestias salvajes, pensé y recordé, por segunda vez, los documentales de la selva que veía de niña: la hiena destripando al cervatillo.  El timbre seguía sonando. Cuidadosamente me moví hasta el mueble de la tele y la apagué. Estaban mostrando, los videos del asalto a una familia que terminó con un niño de once meses –Orlandito R– con la cabeza triturada bajo el neumático de un remolque para caballos y con su madre –Marina F– con los dos brazos cortados al tratar de rescatarlo. Así de peligroso estaba el mundo. Se me ocurrió, entonces, que tenía que armarme. Moviéndome sigilosamente, arrastrándome para que se entienda mejor, fui hasta el armario del pasillo y saqué el taladro de mi papi. Tenía una broca larga y gruesa. Después me puse ropa, andaba en calzones, y me arrimé a la ventana para seguir viendo qué pasaba. Estar armada me tranquilizó un poco y me dije que estaba exagerando. Que quizá lo que quería el Zorrillo era proponerme alguna movida. La Muri, mi colega y amigui del municipio, tuvo un pololo que la estaba convenciendo de que se robaran –no sé cuándo– la plata de la recaudación del día. Luego huirían a Bolivia. Harían un paraíso en Bolivia. Tuvo que terminar con él. Estos weones siempre acaban en la cárcel, o muertos o lisiados, al final sirven para dar puros problemas, no podís ni tener sexo con ellos, son un cacho, dijo. Con un lisiado ¿por qué no?, me pregunté esa

Fichero | «Carne de perro» de Germán Marín: Esperando la muerte sobre un techo de zinc

«Con ese lenguaje seco y gramaticalmente anguloso, desprovisto de bellaquerías líricas, delicadezas del corazón o trampas herméticas, que caracterizan la prosa de este enorme narrador chileno, en esta breve novela histórica Marín nos hace reflexionar no solo en torno a la violencia y su uso, sino también en torno al pragmatismo y su abuso, situándose en un espacio intermedio, indeterminado, que se mezcla con el frío de la noche donde Ronald Rivera y los suyos esperan el combate y la muerte.» Estamos en 1971, Salvador Allende se encuentra en el poder y un comando del VOP (Vanguardia Organizada del Pueblo) asesina a Edmundo Pérez Zujovic, ex ministro del interior del gobierno democratacristiano de Eduardo Frei Montalva, ametrallándolo en su propio vehículo. El asesinato –cometido el 8 de junio de ese año– consistió en un “ajusticiamiento revolucionario a un masacrador”, según señalaron sus autores, dada la responsabilidad de Pérez Zujovic en la llamada “masacre de Puerto Montt” o “matanza de Pampa Irigoin”, como también se le ha llamado a este hecho, acaecido el 9 de marzo de 1969. Ese día de fines de verano, premunidas de fuerte armamento –entre ellos fusiles SIG y carabinas Mauser– fuerzas de carabineros procedieron a desalojar una toma realizada por pobladores de escasos recursos en terrenos aledaños a sectores de Pampa Irigoin que ya se encontraban tomados. En esta acción policial, justificada públicamente por Pérez Zujovic, fueron asesinados once pobladores, incluyendo una guagua de tres meses y más de veinte personas resultaron heridas de bala. El trágico suceso, que Víctor Jara denunció con la canción “Preguntas por Puerto Montt”, generó el repudio de la clase política chilena, principalmente de la izquierda, que no jugó a matizarlo como hicieron otros sectores.   Dos años más tarde –y ya con la Unidad Popular en el poder– el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic, que fue condenado también por todos los sectores políticos del país (incluyendo al revolucionario MIR), fue una mala noticia para Allende y su gobierno, pues implicaba el distanciamiento de la Democracia Cristiana y el fortalecimiento de la derecha, dado que él mismo presidente socialista había indultado poco antes a uno de los participantes del crimen. En estas circunstancias, Allende decretó estado de emergencia y toque de queda en Santiago, desplegándose un amplio operativo policial y militar para dar con los responsables y así mostrar credenciales democráticas. Cuatro días más tarde está búsqueda llega a su fin, pues los integrantes del comando que dio muerte al ex ministro del interior son ubicados en una casa de calle Coronel Alvarado, en las cercanías del Hipódromo Chile, en el sector norte de Santiago. Los efectivos –dirigidos por el director de la PDI, Eduardo “Coco Paredes”– rodean la casa al anochecer, preparándose para lo que sería uno más de los hechos de violencia política que caracterizan nuestra historia.  La tensa espera entre este momento y el enfrentamiento es lo que narra Germán Marín (Santiago, 1934-2019) en Carne de perro (Random House Mondadori, 2008), novela dada a conocer por su autor en los años noventa. El protagonista es Ronald Rivera, líder del VOP, grupo que mantuvo las armas en alto durante el gobierno de Allende y que consideraba necesario integrar al lumpen a la revolución, dada la pusilanimidad del obrero en cuanto a tomar las armas. Con ese lenguaje seco y gramaticalmente anguloso, desprovisto de bellaquerías líricas, delicadezas del corazón o trampas herméticas, que caracterizan la prosa de este enorme narrador chileno, en esta breve novela histórica Marín nos hace reflexionar no solo en torno a la violencia y su uso, sino también en torno al pragmatismo y su abuso, situándose en un espacio intermedio, indeterminado, que se mezcla con el frío de la noche donde Ronald Rivera y los suyos esperan el combate y la muerte, pues no se rendirán, no está en sus planes, puesto que ellos son los únicos fieles a la revolución, esa “palabra cargada de profecías que anunciaba, tras la derrota de la burguesía, una nueva era a través de la violencia de la justicia proletaria”, como indica el líder del VOP mientras se encuentra posicionado sobre el techo de zinc donde hace guardia. El desenlace de la novela, dado su carácter histórico, no tiene ningún misterio, sin embargo Marín la dota de suspenso, crudeza, morbosidad y especulaciones diversas que tejen un texto difícil de abandonar, donde Rivera, acorralado, va y viene entre recuerdos, proclamas y pensamientos. Como último apunte, Carne de perro permitirá a algunos recorrer ese conocido y manido adagio que señala que la violencia llama a más violencia, dado que, en este caso, los asesinos de Pérez Zujovic –responsable del asesinato de los pobladores de Puerto Montt– fueron asesinados a su vez –como sugiere Marín– por las fuerzas dirigidas por Coco Paredes, quien dos años más tarde fue asesinado por efectivos de las FFAA durante la dictadura de Pinochet y sus socios proto republicanos, proto errene y proto udi. Igual suerte siguió Víctor Jara, quien en su canción “Preguntas por Puerto Montt” señala: “Usted debe responder / señor Pérez Zujovic: / ¿por qué al pueblo indefenso / contestaron con fusil?” Encontró la muerte, también, uno de los integrantes del comando VOP que no se hallaba en la casa de Coronel Alvarado esa tarde trágica, Heriberto Salas Bello, alias “El Viejo”, quien al poco tiempo, y en un acto de venganza, atacó en solitario el cuartel general de la PDI, asesinando en este acto suicida a tres detectives. Para los más radicales, en cambio, y dados los sucesos de septiembre de 1973, donde la violencia militar se impuso e impuso el Chile en que vivimos hoy en día, Carne de perro les permitirá afirmar que la vía armada era el camino para construir una sociedad distinta, mas justa, menos idiota; que la vía chilena al socialismo, basada en mecanismos democráticos, era una pérdida de tiempo; que el VOP fue el único que no cayó en la trampa de la derecha y los gringos, que finalmente nos convirtieron a todos en esos personajes deleznables que “van juntitos al supermarket / y (…) tienen un televisor”, de los que hablaba Víctor Jara al referirse irónicamente a la

Perfiles | Vacaciones en el Caribe

«Una de las razones que me llevaron al resort, recordé entonces, fue el comentario de Francisco Robles, de grandes empresas, que me indicó que la repartija de tragos comenzaba de mañana y no paraba hasta el amanecer. Puedes estar borracho todo el día todos los días, señaló con entusiasmo. Acuérdate, eso sí, de comprar un paquete con tragos ilimitados. Yo me vi borracho durante siete días. Siete días de inconsciencia, de aturdimiento, de no escuchar a la Trini ni deberle nada de nada, ni la taza de té del desayuno ni los tres centímetros cúbicos de semen mensual. Siete días de estar como solo, como libre.» Este verano invité a la Trini, mi mujer, al Caribe. Nos hospedamos en un resort atiborrado de palmeras, jardines, restaurantes, tumbonas, una piscina monumental y salones de baile atestados de gente borracha. Se hallaba totalmente aislado de cualquier ciudad o núcleo urbano. No me interesaba para nada eso de salir a recorrer la ciudad y conocer la cultura y la idiosincrasia del pueblo, como alardea Pedro Carrión, de cuentas corrientes -que se autodefine como progresista- cada vez que se va de viaje. Progresista sería si pensara en el futuro, en rascacielos, en autos voladores, en hidrógeno verde, no en tribus muertas y resucitadas solo para sacarle dólares e hijos rubios a los turistas. Qué me importa a mí la idiosincrasia del pueblo, para qué me puede servir eso. En el banco palabras así no se usan, no están en el manual de cargos. Yo necesitaba descansar, desconectarme, eso me hacía más falta que la cresta. Además, como le expliqué a Carrión repetidas veces, en todas partes es lo mismo, en todas partes hay ricos y pobres, ateos y creyentes, abusadores y abusados, bailes folclóricos, comidas tradicionales, trajes típicos, frutas de la zona, flores nacionales, dioses y semidioses, héroes y heroínas, fechas de una supuesta independencia y sus selecciones son auspiciadas por la coca cola, que es hincha número uno de todos los países. Pasaron cosas increíbles esos siete días. Tomé tragos que nunca había tomado, salí segundo en un concurso del igualito a Bob Esponja y, sobre todo, pasó lo que pasó con el matrimonio boliviano. Eran de Santa Cruz de la Sierra y como nosotros andaban buscando relajarse, olvidar la rutina. Él tipo, que era alto, amarillento y delgado, se llamaba Faustino Cuéllar y se desempeñaba en una dependencia del ministerio de agricultura del vecino país. Su mujer, Solange Armijo, una morena de ojos claros, labios carnosos y cintura perfecta para sus cuarenta, trabajaba en una empresa privada de contaduría. Coincidimos con ellos un par de días durante el almuerzo y luego, a raíz de las felicitaciones, muy sinceras, que se acercaron a darme por mi desempeño como Bob Esponja -ícono que nos unía generacionalmente- comenzamos a reunirnos durante las noches para beber, acá todo es beber, especialmente si se cuenta con paquetes que incluyen tragos ilimitados.  La primera noche estuvimos en el restaurante, pero ese mismo día optamos por juntarnos en nuestros departamentitos -alternándolos- para conversar con más calma, como pidió mi mujer, harta del alto volumen y el tipo de música, groseramente banal y machista, según dijo, que ponían en el sitio. Yo pedí sentidas excusas por la Trini. Se le olvidó pasarlo bien, ironicé. El matrimonio boliviano por suerte no lo tomó a mal. Totalmente entendible, dijo Cuéllar. Lo mejor, afirmó Solange, y su marido la aplaudió, es que el resort cuenta con servicio de tragos toda la noche, solo tenemos que llamar. Y vaya que llamamos. Entremedio conversábamos y mirábamos el mar escuchando música que no le molestara a la Trini. Cuéllar hablaba bastante de política, a mí me carga la política, pero como el tipo trabajaba para el estado ese era su tema, su obsesión -tal como para mí lo es sacarle trote, en equipo, al personal de tesorería- no me quedaba más que soportarlo. Y hablarle, cuando se podía, de mis técnicas para detectar, en equipo, siempre en equipo, descuadres de caja. Después de estas conversaciones me quedó claro -paralelamente sentí pena por él- que Cuéllar esperaba el regreso de Evo Morales a la presidencia con tantas ansias como ciertos evangélicos esperan la segunda venida de Cristo a la tierra.   Mi mujer, que se desempeña como trabajadora social en un municipio de clase media baja y es de esa gente ilusa que quiere cambiar el modelo, se maravilló con la devoción de Cuéllar por Evo, así llamó una de esas noches, la noche antes de la despedida, al líder boliviano, como si lo conociera, añadiendo que en Chile y en el mundo hacen falta políticos así, que vengan del pueblo y sean honestos. Cruzando las piernas y mirando a la Trini con pena y desprecio, Solange se refirió a un caso de corrupción que afectaría al expresidente boliviano. Yo, por Evo, pongo las manos al fuego, replicó Cuéllar. Manco quedarás, profetizó su mujer con sorna. Luego el matrimonio se dedicó a discutir acerca de la veracidad o falsedad de la acusación contra Morales, mientras la Trini se quedaba dormida.  Vi su cuerpo pequeño, esmirriado, acurrucado en la tumbona y pensé en una momia atacameña. Alguna vez, me dije, esta mujer me resultó atractiva, sensual. Hoy, despojada de toda coquetería, la coquetería implica venderse como un pastel de lúcuma y yo no soy un pastel de lúcuma, viene diciendo últimamente, comienza a cansarme. Una de las razones que me llevaron al resort, recordé entonces, fue el comentario de Francisco Robles, de grandes empresas, que me indicó que la repartija de tragos comenzaba de mañana y no paraba hasta el amanecer. Puedes estar borracho todo el día todos los días, señaló con entusiasmo. Acuérdate, eso sí, de comprar un paquete con tragos ilimitados. Yo me vi borracho durante siete días. Siete días de inconsciencia, de aturdimiento, de no escuchar a la Trini ni deberle nada de nada, ni la taza de té del desayuno ni los tres centímetros cúbicos de semen mensual. Siete días de estar como