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Fichero| «Tractatus Máquino-Prosimiae», de Iñaki Barasorda: Una osada iniciación

«La novela está organizada en párrafos breves, sentenciosos, muchas veces de carácter aforístico, recursos con los que Barasorda va dando vida a un ambiente surreal, tecnológico y al mismo tiempo opresivo, agobiante, dialogando con tendencias como el cyberpunk y el retrofuturismo.» Recién publicada por Ediciones Esperpentia, Tractatus Máquino-Prosimae, primera publicación de Iñaki Barasorda (Santiago, 1987), es una novela sofisticada, con rasgos distópicos y acercamientos a la ciencia ficción, donde el protagonista -un imaginativo joven del barrio alto- despliega sus reflexiones y relata sus intrincadas experiencias iniciáticas junto a Emilia y sus amigos Petaca y Archibaldo, utilizando para ello un lenguaje que va de lo poético a lo narrativo, salpicado además de “vetas ensayísticas”, como acertadamente se indica en la contratapa del libro.  La novela está organizada en párrafos breves, sentenciosos, muchas veces de carácter aforístico, recursos con los que Barasorda va dando vida a un ambiente surreal, tecnológico y al mismo tiempo opresivo, agobiante, dialogando con tendencias como el cyberpunk y el retrofuturismo. Circulan, en este mundo, referentes culturales variopintos: Los Caballeros del Zodíaco, la música de Roy Orbinson, la poesía maldita, las peliculas de David Cronenberg, por nombrar algunos, abarcando también campos como la matemática y la psiquiatría, ciencias que le permiten al protagonista exponer las extravagantes teorías que surgen de su pensamiento  híper-especulativo. Se trata, como se puede ver, de una novela poco convencional, osada, con rasgos experimentales, que le hace honor a su título, que es una referencia irónica a la obra de Wittgenstein y al mismo tiempo un acto de subversión contra el modelo de ser humano alienado, simiesco y maquinal, desconcertado, que habita las sociedades líquidas, ofreciendo una mirada crítica, recubierta de humor ácido, respecto de los delirantes y vacíos tiempos que vivimos.     Selección de textos 1.1  Manifiesto El Simio ha alcanzado el límite de su vanidad. Un empayasamiento grotesco, el maquillaje del mimo. El disfraz de la deformación espiritual, disimulada por ornamentos visualmente placenteros.   Grande, pavorido y ansioso se esconde de sus pulsiones. Busca angustiado una retroalimentación de su necesidad de afecto social y de atraer al sexo opuesto para vaciar su lasciva destemplanza.   Golpea el piso para demarcar su territorio.  Intenta salir de su jaula y recibir del mundo una efímera e insustancial compañía.  El Simio grita en la espera de comprobar su entrenamiento.   2.1 Llego a la casa de una niña rica a su cumpleaños, en un Mini Cooper S y proclamo ante mucha gente que parece rondar la entrada: «¡Alguien que llega en un Mini Cooper S negro tiene derecho a entrar sobre todos!». Era otra fiesta, pero entramos en la casa correcta, la anfitriona nos recibe y bajamos a un subterráneo. Gente que colma el lugar, pregunto cosas, me mimetizo con mi ropa hípster y bella. Doy la mano, me la reciben: risas. Miro con cara extrañada. Recuerdo a quién me abrió la puerta, tengo ganas de hablarle, pero por ahora solo conquisto territorio.  Hago un brindis. La mujer que lo recibe me mal interpreta. Se queda largo rato ahí, como si fuese lo más interesante, pero no lo es.  Soy un seductor, un cualquiera interesante, no hay «jaque».  Me miran, se extrañan, como mi mirada. La mujer acecha, por ahí, la busco, subo, la encuentro, maquino el encuentro.  Me pregunta qué hago ahí, le digo que ya nos vamos, pero no le basta para pedírmelo. Me quedo con la mirada insistente, sonríe y se burla coquetonamente. Le doy un beso y ahora el gemido va en serio, pero se espanta y se va. Llego a mi casa, una suave dosis de Ravotril, manoseos encantadores, otra noche de victorias gregarias.   2.5 (Fragmento) A Petaca lo conocí por Archibaldo mediante las redes sociales, donde nos poníamos en jaque con comentarios insultantes pero inteligentes. Eventualmente interactuamos en persona y dejamos la competencia, dando luz a la exaltación de las bajas frecuencias, en un escenario de primavera donde enlazamos nuestra estética en un solo canto al retro–futurismo y la melancolía trágica del arte.    Entre música electrónica setentera y risas, de buenos aires por venir, conversamos cálidamente sobre mi fragilidad y la situación con mi padre, que se volvió loco en una especie de arranque maniacodepresivo. –«No seas tan mariquita»”, me dice Petaca, «el rollo con tu viejo no te hace a ti una víctima de su locura y abandono». Me siento desolado, frágil. Petaca es fuerte e inteligente y al lado de él me siento débil y ambiguamente protegido. –«No lo digo por herir, sino para que confrontes tus fantasmas, que son muchos». Archibaldo concuerda. Más marihuana, unos Ravotril para apaciguar. La voz de un personaje femenino de un juego de computador en el que Archibaldo está metido me deja sedado y enamorado por largo rato, mientras solo compartimos nuestras presencias. Mi padre debe andar por los alrededores del supermercado de la cuadra de su edificio, con bata, pelado, dos cédulas de identidad colgados de su cuello y un Rolex en cada mano. Invita a los estacionadores de autos al departamento para mostrarle sus diplomas y fotografías.   4.1  Informe de divulgación Hoy he conocido, por maneras extrañas, al Dr. Bajo, fundador y eximio practicante de la Somatopía. Largos han sido los sondeos, y los resultados nos han probado estar en lo correcto.  En una biblioteca gigante, con algunos muñecos taxidérmicos distribuidos por la sala, automáticamente comienzo a indagar lo que escuché por primera vez respecto de la Somatopía. Se le divulga como una nueva forma de tratamiento terapéutica, psíquica, holográfica  y a la vez quirúrgica, destinada a «sanar la concepción errónea que existe sobre la jerarquía entre la mente y el cuerpo, éste último necesitado de severas intervenciones para comenzar un verdadero aprendizaje sobre la necesaria relación entre ambos, vedada hasta ahora para el Hombre». Fue a Petaca a quien primero le hice saber de este descubrimiento.  Se interesó lo suficiente como para investigarlo, aunque la información era escasa, por lo que terminó yendo a visitar personalmente al doctor. No sabría decir si la imagen del

Perfiles | Colmilludo

«Al irse, la señora del carrito me contó que lo lanzaron desde un auto rojo, fue unas horas antes de que el suicida llegara al puente, lo sabía, estaba segurísima, porque ella se instalaba todos los días ahí mismo y bien tempranito. El suicida, al llegar, se sentó en una banca cercana al puente a comer un sándwich. Seguro que quería morir con la guata llena. Mientras mascaba el pan el perro se le allegó y en vez de lanzarle unas migas, el weon lo pateó más fuerte que la mierda.» Atardecía y después del trabajo me fui a dar una vuelta por el centro. Tenía ganas de distraerme. Lamentablemente las calles estaban inundadas de vendedores ambulantes y costaba caminar. Recordé, mientras intentaba eludir un puesto de ropa deportiva, enseguida uno de micas para teléfonos, luego uno de perfumes alternativos, que el alcalde actual, electo hace pocos meses, había jurado, por la santísima bandera chilena, que besó, que baboseó, terminar definitivamente con esta situación. En un discurso ante sus despistados seguidores, señaló, entre otras cosas, que en la comuna había hombres y mujeres de rostros desfigurados, crispados, angustiados, hombres y mujeres, todos vecinos del municipio, sufriendo en silencio mientras se alimentaban de bolitas de helado de frambuesa y maratoneaban series. ¿La fuente del dolor? Las incivilidades, el deterioro del espacio público, la gente que escupe trozos amarillos -a veces con sangre- de neumonía en las calles, los cucarachos que mean los anuncios de Vichy, los enanizados inmigrantes indígenas -quizá jíbaros- que roban carteras y se meten en el culo de la gente gorda, hipertensa, para solucionar su problema habitacional, las putas colombianas que hormiguean en el portal de los completos, los flaites que se prostituyen en las escalas del banco de Chile, las chuscas que bromean con el pene del caballo de Valdivia en la Plaza de Armas. ¡Las calles son para transitar y yo haré que eso se respete!, gruñó el alcalde -cuando aún no era el alcalde- al finalizar su encendida perorata de cierre de campaña. ¡Oso, Oso, Oso! gritaron sus partidarios, muchos de los cuales emitían silbidos involuntarios a causa de piezas dentales ausentes. Banderas chilenas ondearon.    Para evitar el choque con los vendedores o pisotear su mercadería, su capital, su alma, decidí pasear por una parte más tranquila y me dirigí hacia el parque Forestal. De tal guisa fue instantáneo mi cambio de objetivo estratégico que, sin darme cuenta del proceso de metamorfosis (parece que me nublé), me vi yendo por Diagonal Cervantes hacia el río Mapocho para continuar, luego, caminando sobre el césped del Forestal hacia el oriente. La tarde estaba tibia, soplaba una brisa fresca y los árboles parecían ronronear. Árboles-gatos, me dije. Y lo repetí varias veces. Reía con esta ocurrencia, una risa no muy estridente, ni muy convencida, una risa que era anti-risa al mismo tiempo, que era un resguardo, cuando algunas cuadras más alla, al llegar al puente Purísima, me encontré con una aglomeración humana. Un hombre estaba a punto de saltar desde sus barandas metálicas. Detuve entonces mi andar y me ubiqué en un escaño al otro lado de la acera adyacente al río. Desde esa distancia, unos veinte metros, observé el panorama. Del suicida se veía solo la parte alta de la cabeza, tapado su cuerpo por la muchedumbre y los puestos de los ambulantes que comenzaban a dominar el lugar. Tenía el pelo negro y corto, tipo militar, y las orejas afiladas. Eso pude ver. Un perro, ajeno al evento, se paseaba entre los curiosos. Tenía el pelaje color chocolate y las patas y el vientre blancos. Lucía además un par de colmillos gigantes que comparados con su tamaño -era casi un gato- le daban un aspecto de graciosa ferocidad. Moviendo la cola lo vi dirigirse al carro de sopaipillas cuneteras y meterse, sin más, entre las piernas varicosas de la vendedora. Se trataba de una mujer mayor, baja, de contextura gruesa, que tenía un problema en una cadera y se movía con cierta dificultad. Una verdadera microempresaria, ícono perfecto -además- para promover el auto sacrificio, individual, personalizado. El perro meó una de sus piernas, fue un chorrito corto que pasó inadvertido, luego se dedicó a olisquear los restos de comida que había en el piso. ¡Ya chiquillos, acá están las sopaipillas, calientitas, recién frititas, hay mayo, hay ketchup, hay mostacita, hay pebre, hay salsa americana! anunciaba la mujer-sacrificio mientras el suicida -parado al borde del puente- era persuadido por un solitario carabinero del tránsito de que lanzarse no era una buena solución.  Estos weones, refiriéndose a los pacos, siempre echan a perder todas las weas, dijo un viejo de camisa negra y cadena dorada al pecho, mientras le echaba una dosis grosera de pebre, ketchup y mayo a su sopaipilla. Caminó luego rápidamente hacia la baranda que daba al río y con todas sus fuerzas gritó: ¡déjelo que se tire, oficial, respete su decisión! ¡Sí, que lo deje!, repitieron a coro varias de las personas reunidas en torno al puente. Gente que quería grabar y postear cuanto antes una muerte en vivo y en directo. Se especulaba, entretanto, en torno al destino del hombre, si se moriría o no, si gritaría o no, si se lo llevaría el río o no, si se desangraría o no, si se iría preso o no, porque dicen ¿será posible? que el suicidio es un delito, que la única forma de burlar la ley es matándose de verdad, no alaraqueando como los cobardes. ¡Tírate de una vez maraco, que ya va a comenzar la serie! gritó en ese momento una voz soterrada, burlesca, provocando risas también soterradas, burlescas. La vida es sagrada, amén, opinó -ante esto- una joven evangélica que llevaba una piocha con la estrella de David en la blusa. Le faltaba otra piocha, con un misil, para completar el juego. En ese momento el perro, que estaba debajo del carro, presentó una erección. Su pene rosado, flaco y largo, creció como una rosa mientras la tarde-noche, usando la jerga de los periodistas deportivos, se apagaba, se convertía únicamente en noche. El lugar comenzó a llenarse de