Literatura

Testigo ocular | Enrique Gómez Correa

Enrique Gómez Correa (Talca,1915 – Santiago, 1995), fue uno de los fundadores del grupo surrealista chileno “Mandrágora”, tarea que emprendió junto a Teófilo Cid, Braulio Arenas y Jorge Cáceres a fines de la década del treinta del siglo pasado. Siguiendo los lineamientos de Breton, su escritura se sitúa más allá de la consciencia tangente a lo real, estableciendo lazos con lo onírico, la escritura automática y el azar.     Selección de Poemas     FRÍO AL ROJO    Zona conocida para el que empieza a dormir Es una marea errante de muerte tranquila Como si hubiera despertado una lámpara tras un largo sueño Y pusiera los sentidos a prueba Es la zona de la concentración de la bruma De estos puros elementos da martirio Todos venidos con la última sonrisa Abriendo las puertas del silencio Para que pase el relámpago O el sonámbulo que encanta las serpientes Hoy es otro día es otra noche que se nos viene a la garganta Otra sangre que baña la memoria Elige entre el cisne o el abismo Un abismo me dirige la miraba Pasen mis queridos espectros A la vez las visiones se cortan las manos Es probable que sean prestidigitadores que perdieron la memoria Yo sólo sentía una aguja que me clavaba los ojos.   Empieza la transfusión de los líquidos magnéticos El viento se hace humo frente a mis sentidos Es preciso prolongar la mirada hasta que los ojos estallen Hasta que las imágenes se graben en la calavera del mago Una virgen cae abatida por una hostia envenenada Pero la noche mantiene intacta su vegetación Y es que ella se mantiene al margen de las hadas O es la precursora del miedo.   Nieva en la sangre del hombre Nieva porque la velocidad se arranca de los pechos Y habrá que esperar que los huesos se transformen en sonidos En una música para monumento de cementerio o de amores incestuosos Yo mientras tanto siento una mano amorosa que me ha sacado la piel del rostro Que me tacta las paredes de un pensamiento Donde el pirata se arranca uno de sus ojos como presente de novios Yo presiento estos pequeños misterios internos Una lente me quema la arborescencia del cerebro No creo en los resultados del milagro Ella ella custodiando un jardín de fiebres Esas fiebres que me producen tanta risa de vez en cuando Y me arrastrarán por fin a la evidencia Esta evidencia que se espanta de su propia sombra.   Frío al rojo, frío hasta que se estremezcan las constelaciones El frío que araña las paredes el frío desarticulando los huesos del cráneo Pero al fin frío al rojo A ti la que amó la que rompe toda noción de existencia Espérame antes que el baño de metal. hirviendo caiga sobre nuestras entrañas Antes que nos arrojen a los leopardos Esos leopardos que desaparecen con el alba.   Ésta es la voz la verdadera voz No por la tierra No por el agua No por la vida No por la nada Sólo frío frío frío.     POR LA PLUMA SE CONOCE EL AVE    Luces de la ciudad sobre la ciudad perdida Un astro puro las manos inexpertas En esas mismas rodillas para el uso del silencio Tú veías indistintamente las sombras Las represalias del beso Tú colocabas despedazadas las manos A la izquierda el faisán A la derecha un nido de águilas. Las historias Las cabezas momentáneas La improbable garganta El vagabundo El beso a raíz de su labio En fin los deseos cotidianos Igual que las miradas Estériles. Soñar así hasta el cansancio Unos guantes de terciopelo Una mesa con imperfecciones con temblores con esperanzas Una mesa viciosa. En otros lugares el miedo la soledad El árbol espanta-furias Sus labios destrozados por el silencio El olvido las emanaciones de la memoria Por su amor en el oído en la boca en las risas Para siempre los pájaros aplastados por el sol.     El LOBO HABLA A SUS PERROS    Miradme soy increíble como la noche Tal vez porque a mi cerebro Han descendido hienas en larva   Ellas se han mantenido En esas tristes historias de la infancia Con la furia del hombre que ha hecho Del orgullo el aire mejor respirable.   Estamos perdidos con los amigos En la misma podredumbre Reímos Hemos abandonado a nuestras novias En un festín de perros degollados Nubes del amor, nubes de la noche Restituidme a las fáculas ardientes de mis sueños Para no oír el ruido De la maldición que sube a los labios Y ser un tanto más negro que la calumnia.     YO ENTRO EN GAVILÁN Y SALGO EN FÉNIX    En la noche destapo la botella y soy un pájaro Que interroga a su alma Entonces la ola sube Y por un instante el aire no es más que dos ascuas.   Sentada a mi lado fascinante Siguiendo la luz De lo que es a lo posible Ella corta la nebulosa en mitades Que a la vez son dos enormes plumas.   Ella ama el misterio y le canta a la dureza Sabe que el terror le zumba en el oído Y hacer de dos días una noche Es tan fácil como transformarse En ornitorrinco.   Tú eres el fantasma que ama la pureza y cantas A las bailarinas Un muro os responde con un “sí” Más bello que un cuerpo sembrado de dientes Tú te llenas los bolsillos Y te dispones al goce.   Ahora eres el ojo que crece Y que el mar arroja después del naufragio Imaginad que ese ojo Esté amenazado por la dentadura de un bull-dog Entonces yo no sería más que esa llama Que mis antepasados portugueses Buscaban en el agua O en el aire y aún en el fuego Y después se perdieron En las ciudades heladas del sueño Para despertarse a doce pulgadas de mi alma.   Ahí te buscas y te golpeas la frente Miras el cielo Y las nubes

Trasandino | Eso no nos interesa

«¡Fuera Duque! gritó, pero el perro no le hizo caso, luego zapateó en el suelo ¡basta basta! prosiguió poniendo llave a la reja. Pero el animal seguía sin tomarlo en cuenta. El viejo agarró un palo de escoba y al instante el perro se fue a esconder debajo del Fiat 147. Me tiene las bolas hinchadas, pero ya lo voy a agarrar, dijo a media voz moviendo la cabeza. Pasen pasen, por favor, ahí derecho, en el living están los libros.» ¡Debería dejar esto! dije con resentimiento, estirando los brazos y la espalda sobre la silla. Es un fastidio estar 4 horas frente a la compu y no encontrar ninguna frase potente para avanzar en el relato. Pero hay días y días, murmuré, y ya era mediodía del sábado y Augusto iba a pasar a eso de las 15h por casa. Habíamos quedado de ir a ver unos libros después de la siesta al barrio Yapeyú. Entonces sería bueno relajarse e ir a comprar verduras, pensé, yerba mate donde los chinos, ponerme a cocinar sería mejor, y luego, quizás, volver a la escritura. Golpearon la puerta. ¡Ya han pasado tres horas! dije asombrado, yo no había hecho nada de las cosas que había pensado, al contrario, hice cosas diferentes, me corté las uñas de las manos, saqué los acordes en guitarra de “Pupila de Águila” y la canté hasta que me cansé, después jugué unas partidas de ajedrez online mientras escuchaba en youtube el concierto de Violeta Parra en Suiza, en la casa de Whalter Grandjean. Abrí la puerta y nos saludamos de abrazo, un regalo me dijo, y me pasó “Santuario” de Faulkner. Puse la pava. Armé el mate y le puse un poco de burro y manzanilla. Luego salimos al patio, había un viento suave y el sol estaba cálido. Leí dos poemas sueltos para que me diera su opinión. Demasiada verborragia, arguyó, lo mismo me dijo Sarmiento, dije guardando las hojas. Le pregunté qué estaba leyendo. A Giannuzzi, dijo y sacó de su mochila un libro negro de ediciones Visor. Leyó “Poética”. Le cebé un mate luego de su lectura y antes de tomarlo me comentó, con emoción, que en la última compra de libros se encontró con “Una temporada en el infierno” de Arthur Rimbaud, no en la famosa versión de ediciones Edicom de 1971, traducida por Oliverio Girondo y Enrique Molina, sino en la de Ediciones del Copista, una selección y estudio de un cordobés llamado Andrés Terzaga. Es diferente, dijo, no estoy diciendo que es superior, pero se nota que le llevó tiempo, porque hay palabras muy bien puestas, el poemario respira. Armé un porro y fumamos. Sabes, le dije, septiembre me produce melancolía, no sé, es raro. Debe ser porque en Chile el Golpe de Estado está muy cerca de las fiestas patrias. No hay luto para los muertos, sino carnaval, dije y le pasé el faso. Desde la calle se escuchaba el ruido de las bolsas de basura y el cla cla cla cla de unos caballos. Me cebé un mate y fui hasta la ventana que da hacia la calle para saber qué pasaba. Observé a través de la persiana. Eran dos pibes que revisaban el lavarropa que había dejado anoche y que el camión de la basura no se llevó, era un whirlpool blanco semiautomático de 10 kilos que no tenía más arreglo, hasta los maestros se habían cansado de meterle mano, pero sí que se le podía sacar plata por chatarra. Una carreta roja se estacionaba en reversa. Tenía en el costado escrito con pintura blanca “jesus ben ami” y era tirada por dos alazanes, uno más desnutrido que otro, y manejada por un viejo petiso, muy moreno, de espalda ancha, que le faltaba un brazo y que decía palabras que no entendía, pero que daban cuenta de que necesitaba que los pibes subieran la lavadora rápido. Fui a la cocina por una bolsa de chalitas con lino. ¿Quién era? eran los cartoneros dije, se estaban llevando unas cosas, agregué y puse las chalitas sobre la mesa. ¿Esos poemas que me leíste son parte del poemario que querés publicar?, no sé, es un laburo enorme publicar, todavía no quiero pensar en eso, pero lo más probable es que sí, que sean parte. Augusto se armó un pucho, le di un mate, y recordó con dudas que hace unos años un poeta, no quiso decir su nombre, hizo la presentación de su libro en el Bastón del Moro, no lo conocían mucho, en realidad él creía que era conocido, y mandó a editar 100 libros a una editorial independiente, yo era amigo del editor, y hasta le ayudé a refilar las primeras tiradas. La preocupación en su cara llegó cuando superó los 50 ejemplares, todos cosidos a mano. Es absurdo que le compren tantos libros, decía mientras cosía, no lo conoce nadie, pero me hincha tanto las pelotas, que tengo que confiar nomás. Inclusive él tenía por norma publicar 20, 30 como mucho, a un novel, pero el poeta le decía que no, insistía que con 100 estaban re bien, que tuviera fe. La noche de la presentación, que la armó el editor, con banda en vivo, un actor haciendo monólogos, y con poetas amigos que le fueron a hacer la onda y recitaron, fue un desastre. Primero, porque este otario no le hizo publicidad al libro ni al evento, y segundo, porque llegó tarde. Había muy poca gente, contados con las manos y sólo vendió un libro. Y no sé por qué regaló 7 con dedicatoria a los que estuvimos esa noche. Media hora después el editor estaba re caliente con la situación, salimos a la calle a fumar faso y se sentía un boludo por haber confiado en él, eso derivó a que pensara que lo mejor era pedirle disculpas al dueño del centro cultural y concluir el evento. Pero cuando entramos vimos al pelotudo del poeta en el escenario, había agarrado la guitarra eléctrica y cantaba

Signos vitales | En la sala de operaciones

«Son bellas las banderas, todas las banderas, aunque luego de perder sus colores, de rasgarse, de deshilacharse en los pabellones de la paz o en un conflicto bélico, se suman al montón de toneladas de residuos que contaminan el territorio. A los descarados que usan el amor a la bandera que profesa una parte del pueblo -bastante grande- como instrumento de pastoreo, de orientación, de “coaching” de masas, este deterioro, sin embargo, no les preocupa demasiado, es puramente incidental, marginal, puesto que para ellos es fundamental mantener encendidos los corazoncitos patrioteros, que son como estufas a parafina de las más económicas, que son una fuente de energía barata, silenciosa, sumisa, que les permite calefaccionarse, mantener el café caliente, incrementar la producción y obtener atractivas rentabilidades.» Pesada y gris como un buque de guerra, la tarde capitalina cae. La pileta del paseo Bulnes lanza sus monótonos -aunque encantadores- chorros de agua. Al fondo, cual un paciente tendido en la sala de operaciones (aquí recuerdo a Elliot) se ve nuestra casa de gobierno, la Moneda, relumbrando iluminada por un set completo de potentes luces blancas. Entremedio una bandera nacional enorme -digna de un amante del rodeo, de un país sudaca diseñado por Disney o del loco Pool- ondea en el viento helado de mediados de septiembre, obstaculizándome la visión. Es hermosa la bandera nacional, tan parecida a la de Texas, EEUU, pienso, aunque rápidamente me doy cuenta de que prefiero las pequeñas, esas que se ponen en los autos, en las tumbas y en los escritorios de los burócratas, o aquellas que vienen en tiras y se cuelgan en los restaurantes, en los emporios, en las fondas, puesto que, por su menor tamaño, ocultan u oscurecen menos que una bandera gigantesca -como la que ondea frente a la Moneda- que tapa un buen pedazo de territorio, que lo llena de sombras, de sobras. ¿La habrá financiado la Coca Cola? No tengo idea, me digo, mientras recuerdo una frase de Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, que le vendría bastante bien a este mundo guiado por el vacío y su necesidad, creciente, de llenarse la panza. Son bellas las banderas, todas las banderas, aunque luego de perder sus colores, de rasgarse, de deshilacharse en los pabellones de la paz o en un conflicto bélico, se suman al montón de toneladas de residuos que contaminan el territorio. A los descarados que usan el amor a la bandera que profesa una parte del pueblo -bastante grande- como instrumento de pastoreo, de orientación, de “coaching” de masas, este deterioro, sin embargo, no les preocupa demasiado, es puramente incidental, marginal, puesto que para ellos es fundamental mantener encendidos los corazoncitos patrioteros, que son como estufas a parafina de las más económicas, que son una fuente de energía barata, silenciosa, sumisa, que les permite calefaccionarse, mantener el café caliente, incrementar la producción y obtener atractivas rentabilidades. Las banderas, para ellos, son equivalentes a las banderillas que los toreros clavan en el lomo de las bestias de sacrificio. O a las que los astronautas plantan en nuestro único satélite natural. La bandera es conquista. La bandera es dominio. Si el rio deja de correr, si el zorzal deja de volar, si el niño come pan radioactivo, si el anciano vive en el infierno, les da igual. Lo importante es que la bandera esté bien planchadita, como decía una antigua canción. Ojalá con un soldado de penacho tricolor abajo, resguardando las inversiones, destiñéndose bajo el sol. Al patriotero le han hecho creer algo absurdo: que la gente que nace en determinado lugar es mejor, por ese solo hecho, que la gente nacida en otros lugares. Le han dicho también que hay “malos y buenos chilenos”, siendo, justamente, él parte de los buenos, de los que nunca se equivocan, de los honestos, de los puros de corazón. Es bipolar el patriotero. La bandera, para él, contiene una emoción. Un sentimiento tipo sexto básico que se conecta con los maniqueos valores morales y patrios que en esa época en la escuela nos inculcan y que en la adultez vemos desmoronarse en los demás y en nosotros mismos (esto nos cuesta un poco más verlo), mientras transitamos -desde séptimo básico en adelante- por una ambigüedad creciente que alcanza su clímax en la adultez. El patriotero, por cierto, se queda para siempre en sexto básico, en el acto del 18, en el acto de la “independencia”, midiendo a los demás con una vara ética que ni él mismo cumple, que nadie cumple. Dejo de mirar la bandera -la bandera que es un calmante, como escribió Violeta Parra- y yendo una media cuadra más allá de la Librería del Fondo de Cultura Económica, que estando en un barrio militar se encuentra rodeada de armerías (aquí cabe perfecto el cursi dicho: me armo de libros, me libro de las armas), me siento en un escaño, junto a un tipo que toma un café y escucha a viva voz temas de un personaje que resulta ser Marcianeke. Es una música espectacular, maravillosa, pues me permite ver qué hay en una mente expuesta desde la infancia y casi sin filtros educativos al modelo neoliberal chileno. Una especie de crash test dummy.  Tras un rato de escucha me doy cuenta de que se trata de una mente con un grado de psicosis mediano. Un tipo cuyo comportamiento, usando un término de moda, carece bastante de bordes. Sus letras usan un idioma español cruzado por el inglés. O al revés. Ambos idiomas, como diría un amante de la pureza lingüística, se articulan y pronuncian de manera deficiente, gutural, estirando harto el hociquito, como dice un amigo ultra que declara odiar la imbecilidad. Los textos, por otra parte, están llenos de marcas de ropa y de otros artículos de consumo (su logos es un logo, podría decirse), dándole a uno la idea de estar ante el basurero de un mall o de un supermercado. El contenido es simple y directo: droga pa pasarlo rico, asalto pa hacernos

Poesía chilena actual | Cristián Gómez: «Poemas al Padre»

Cristián Gómez (Santiago, 1971), poeta, traductor y profesor de literatura radicado en EEUU. Ha publicado una decena de títulos desde “Al final de lo lejos y otros poemas del escribano” (1997) hasta “El hombre de acero” (2020). Los poemas seleccionados pertenecen a su libro inédito “Padre y otros poemas”.   SELECCIÓN DE POEMAS   YO SOY EL QUE AYER NO MÁS DECÍA   Se supone que hoy en día está prohibido escribir poemas. Los amantes de los gatos (y la comida naturista) ejercen el poder. Es su derecho. Pero el comandante  caído en Los Queñes es una herida que no cierra.  Es un problema que tendríamos que discutir sentados alrededor de una mesa. Habría galletas  y un termo con café. Los vasos están hechos de un material que mantiene el calor pero no te quema las manos. Nos sentamos a debatir el significado de una palabra  que todo el mundo olvida en presencia de los miembros  del Comité: los manteles de plástico son una parte sustancial  de la política del partido. Mi madre ponía hojas  de eucalipto encima de la estufa. Hojas de eucalipto  hirviendo en agua. Eso es de lo que tendríamos  que conversar. De la falta de talento para sentarse tranquilos   delante de una cerveza           y dejar que se termine sola.      CAPTATIO BENEVOLENTIAE CON VISITA AL DOCTOR   Acompañé a mi viejo al doctor y pasé a tomarme un café mientras lo esperaba. Me puse en la fila para poder entrar, porque sólo atienden de a una persona. A pesar de que era invierno estaba soleado y me quité la chaqueta. Los autos pasaban por la avenida y la gente salía de ese lugar como se sale de un supermercado que está en oferta o al abandonar una tienda de antigüedades  donde no existe el tipo de lámparas que tenías  en mente. Una teoría de la sociedad posmoderna  podría construirse a partir de estos materiales, pensé mientras contaba el vuelto. Los taxis  estacionándose encima de la acera. Los guardias al interior de la entrada.  Los pacientes pendientes del teléfono y sus familiares pendientes de ellos. Tendría que confirmarlo con Pellegrini –me dije, como para asegurarme de no estar dando la hora.  La hora de mi viejo podría terminar en cualquier minuto, así que empecé a caminar hacia la consulta.  Me senté en una de esas sillas ahora separadas una por medio:   para los arqueólogos, todas las vasijas están rotas. Los fuegos artificiales asustan a los perros. La violencia intrafamiliar    causa traumas irreparables en el desarrollo de los niños.  La isla de plástico que flota en el océano se extiende por kilómetros  a la redonda. Los aerosoles contaminan el medio ambiente. Todo monumento al mar exige medir el tiempo entre una y otra ola.  La batalla de la vida está perdida de antemano, pero lo heroico.                                           .                         Cleveland-Santiago-Cleveland-Chicago,                                                     marzo-octubre del 2021      ÚLTIMA CENA    De repente, sin darme cuenta,  mi padre está aquí. Estoy  en la cocina, pero escucho su voz en la sala. No sabía que iba a viajar, que iba a venir de sorpresa. Termino de prepararme algo y salgo a recibirlo, voy a darle un abrazo e invitarlo a que se siente con nosotros. Me imagino que debe estar cansado  por lo largo del viaje, las escalas que debe haber hecho y el peso de la maleta que no ha cambiado nunca. Llegó justo cuando vamos a cenar, pienso. Llegó  en el momento en que todo estaba listo para que fuera una tarde como tantas otras. Pero ahora que mi padre está con nosotros cada palabra será como nueva. Y las conversaciones girarán en torno a ese tiempo que no nos hemos visto. Tal vez alguna anécdota, quizás un nombre o un clima que haya sido inclemente. Pero ahora que mi padre está con nosotros. Pero ahora que estamos con mi padre.               PADRE   El hombre de acero está durmiendo pero la autopista no parece darse cuenta. Cabecea de brazos cruzados como inmutable copiloto que prefiere guardar silencio   mientras el camino cubra esa distancia equivalente a un futuro que no parece tenerlo contemplado. Una  cámara fotografía el número de nuestra patente   para que a nadie le queden dudas de que intentamos  escapar de los efectos más tóxicos de la criptonita pero no pudimos: el hombre de acero va muriendo   sin que nada podamos hacer para despertarlo. Abre  los ojos pero no mira porque la carretera no le pertenece si no ha manejado a más de noventa por el carril    que lo devuelva hasta Santiago. Cuando llegamos finalmente al aeropuerto y le digo viejo, despierta, ya estamos, parece recordar que las autopistas son   un sueño, aunque la visión de rayos X ahora le falle y ni siquiera pueda cargar sus maletas. El cigarrillo le renueva las energías, casi podría decir que alcanza   a despertarlo. ¿Cómo andai de plata?, me pregunta antes de despedirse, no vayamos a confundirnos por un par de pestañadas, el hombre de acero   nunca le tuvo miedo a la gramática, es preferible que el barco se hunda a nadar sin haber aprendido  sobre las aguas de un mar que no puede enseñarle   otra cosa que no sea a despedirse: el último llamado  a los pasajeros es nuestra forma de escribir en el cielo. Mi padre es adiós. La clase turista mi país.        YO, NORMA DESMOND   1.-   La vejez es contagiosa. Comienza como un virus que en un principio te permite limpiarte  la boca con una servilleta y mantener las llaves de la casa

Trasandino | ¡Qué se curta el realismo mágico!

«¿También podés mirar el aura?, inquirí con un poco de sospecha, ¿de qué tamaño es su aura?, pregunté ya más serio. El pintor del realismo mágico se lo tomó con celo y le pidió a Sabri que se pusiera de pie. Luego la empezó a rodear con sus manos como si fuera estilista mientras hacía respiraciones profundas. Todo esto, dijo haciendo una maniobra circular con las manos alrededor del cuerpo de ella, todo esto es su aura. Aplaudí como si hubiese estado frente a un prestidigitador.» Mientras estaba en medio de un gentío viendo cómo el doble de Michael Jackson movía su pelvis al ritmo de “Billie Jean” me llegó un whatsapp de Sabri, una amiga poeta, diciéndome que ya estaba en el museo Genaro Pérez. Le dije que ya iba, que estaba afuera del Patio Olmos, y que en 10 estaba por ahí. Ni en pedo me iba antes de ver el moonwalk de Michael. Y menos el de este, que me causaba curiosidad, porque estaba subido en kilos y transpiraba como un demonio. A mi lado había personas que hacían chistes al percatarse de que la remera blanca de aquel bailarín presagiaba cada tanto con rajarse, pero no decían nada de su espectáculo; por ejemplo, que había mucha emoción en sus gestos, que llegaba a los agudos muy bien a pesar de que su respiración estuviese convulsa. Quizás engordó por la pandemia, pensé, qué puede hacer un tipo como él encerrado en su habitación sin un público que le admire. Entre tanto encierro y medidas para eliminar el bicho se pasó de pizzas viendo entrevistas, conciertos, practicando muecas, afinando pasos; y pasado estos dos años volvió a la calle, quizás con las vacunas al día, quizás con un poco de tristeza al percatarse, frente al espejo, que el vestuario de Smooth criminal ya no le quedaba, pero eso sí, nunca, nunca, dudando de su talento. En fin, su paso lunar fue perfecto. Me emocioné viendo cómo recuperaba el aire entre tanto aplauso, le dejé un poco de plata en el sombrero y caminé hacia un quiosco. Compré una cerveza en lata y me fui por la Av. Vélez Sarsfield. La noche estaba tranquila, sin luna, y el viento frío todavía no aparecía.    Llegué a las puertas del museo. La poeta estaba llamativa con un abrigo naranja. ¿Cómo estuvo el show? Le conté lo de Michael y le pregunté si creía que había tenido vitíligo, ah, no sé, entremos dijo. La muestra se llamaba “Conjuro, artilugios y encantamientos de contemplación” qué nombre che, parece que nos vamos a meter en un cuento de los hermanos Grimm, sonrió. Había mucha gente.    Cada sala estaba intervenida con obras que interpelaban el paso peatonal, hasta los pasillos estaban así: una grande y hermosa araña colgante que yacía en el piso, pinturas de paisaje en caballetes, naturalezas muertas, esculturas de estilo clásico y contemporáneas hechas con materiales reciclables, etcétera; la idea era mixturar creaciones de artistas vivos con la obra permanente. ¡Ah!, y una chica que hacía una perfo por los pasillos, no sé si era un fantasma, un hada, o alguien que se golpeó la cabeza muy fuerte, nunca entendí, pero su constante cara de asombro me irritaba. Subimos al segundo piso. En algunas paredes estaban escritos versos, reflexiones, frases retóricas sobre el tiempo. Aunque un museo ya es una alegoría del tiempo. Un espacio en donde el arte retiene fragmentos de épocas, o siendo más sensible con la imagen: una hoja seca en la furia de una tormenta negra: símbolo de que el tiempo es déspota, todo lo borra, lo olvida, lo disocia. Un museo no reconstruye la historia, sino que cuenta arbitrariamente los destellos del ritual, los afectos de cada creación (con todo el peso que eso tiene), el relato de cómo y porqué esas obras fueron escogidas para sostenerse del gajo de la historia. El museo es como el imitador de Michael Jackson, pensé en voz alta. Sabri me miró confusa, vamos afuera, dijo, estoy un poco mareada de ver tanta gente. Fuimos al patio. Allí también había mucha gente aglomerada. El ambiente lo amenizaba una dj de música electrónica y el vino en copa gratis. La barra revienta de personas, dije. La poeta me miró, como diciéndome tranquilo amigo, y fue hasta allá pasando de la gente. El viento frío aconteció. Pero aun así se había formado una pequeña pista de baile alrededor de la dj. Lxs fotografxs parecían saltimbanquis paseándose entre la gente bien vestida para registrar el evento. Andaban muchas caras del ambiente universitario. Todxs hablaban, todxs miraban, a momentos me sentía un observador observado, pero eso me tenía sin cuidado, ya que seguía sin poder extirpar de la mente la relación aurática del museo. De pronto se me acercó Lu, una poeta que organiza el Café literario (evento de poesía que se realiza a la hora de la merienda en una de las tantas panaderia Del Pilar), y me habló sobre la poesía en Córdoba. Coincidimos que la poesía estaba saliendo a flote, no sé qué quisimos decir con eso. Me habló sobre el tarifario del artista: lo que se le tiene que pagar a unx poeta cuando va a algún evento a recitar, teniendo en cuenta el tiempo sobre el escenario. No hablamos de la calidad de los poemas, ni de cómo saber si alguien es poeta o no, eso sería paja mental; hoy en día sólo basta con reconocerse poeta y ya está. Se despidió y casi al instante regresó la poeta de los ojos azules con dos copas de vino. Brindamos por la amistad. ¿Cómo va el libro que querés sacar? Bien, dijo, en septiembre sale “Perros Cosmonautas”, es una coedición con la gráfica 29 de mayo y Las que no duermen. Sabri sacó faso y lo encendió. Mientras le daba una seca dos amigxs de ella cayeron a charlar y fumar. Me los presentó: Popa e Itam. Hablaban sobre la muestra y tejían discursos a la fuerza para

Signos vitales | Kilómetro cero

«Casi en el centro de la plaza me encontré con el “Monumento a la libertad americana”, obra en mármol blanco del italiano Francesco Orselino, instalada allí hace casi doscientos años (específicamente en 1836, mediante la autorización del procaz y turbio y cabrón Diego Portales). En ella una mujer de rasgos europeos libera a una indígena latinoamericana, también de rasgos europeos, que se encuentra de rodillas.» Habitualmente paso por la Plaza de Armas de Santiago. Por lo general a la hora del almuerzo, cuando arranco del casino de mi lugar de trabajo y busco un lugar diferente donde comer, donde existir, donde respirar, donde ser algo más que un simple factor productivo; o cuando tengo que hacer -apurado- algún trámite en el centro. Atravieso, en esas ocasiones, las calles interiores del lugar que acá, en la Colonia Chile, marca el kilómetro cero. Y me encuentro con una fauna plurinacional compuesta por prostitutas de culos gigantes, cafiches vestidos con nike, converse o adidas, predicadores de la biblia, desempleados, vendedores ambulantes, trabajadores mal pagados y perdedores varios, sentándome a veces en algún escaño a revisar el teléfono, a escribir algunas notas, a hojear un libro, a tomar fotos o simplemente a contemplar el entorno del sitio y su fauna.  La semana pasada estuve allí. Específicamente el jueves. Había almorzado pollo mongoliano y wantán viendo -en una pantalla gigante- las noticias que los grandes empresarios y los suyos fabrican intentando que la gente -el pueblo- se haga autogoles o el harakiri, favoreciendo así su autoritarismo narcisista, su egoísmo patológico, su visión funcional del hombre común y su cultura de mierda. Una mentira que se repite mil veces se transforma en verdad, recordé que proclamaba Goebels, el publicista de Hitler. Los grandes empresarios, los Luksic, los Matte, los Angelini, los Ponce Lerou, los Piñera -que son los que de verdad gobiernan el país- lo tienen totalmente claro. Y jornada tras jornada sus bots y los medios de prensa que estos cabrones financian -que son casi todos- dejan caer gota a gota el veneno que termina matando una buena cantidad de cerebros nacionales e importados. ¡Cuántas neuronas asesinadas! Andaba con algo de tiempo y un libro de poesía brasileña ese jueves, así que tras salir del restaurante chino fui a la plaza a reposar el almuerzo y leer un rato. Necesitaba purificarme del noticiario y su dosis de atontamiento orientado, hoy en día, completamente al rechazo de la nueva constitución, a impedir la democracia, a reprimir la autonomía, a imponerles la chilenidad a pueblos que no son chilenos. Me acomodé en una banca y durante un rato contemplé a los transeúntes que, al caminar, espantaban a las palomas. A mi lado una pareja degustaba un par de completos del portal Fernández Concha. Tomé el libro, lo abrí y me encontré, de inmediato, con un magnífico poema de Carlos Drummond de Andrade: “En medio del camino”. Es un poema que me encanta y lo leí como corresponde un par de veces. Enseguida, a modo de venganza con los grandes empresarios, hice el ejercicio de leerlo cambiando la palabra “piedra” por “oligarca”:  “En medio del camino había un oligarca / había un oligarca en medio del camino / había un oligarca / en medio del camino había un oligarca. // Nunca me olvidaré de ese acontecimiento / en la vida de mis retinas tan fatigadas. / Nunca me olvidaré de que en medio del camino / había un oligarca / había un oligarca en medio del camino / en medio del camino había un oligarca.” Estuve en eso unos cinco minutos. Luego me dediqué a mirar el entorno. Los árboles de la plaza, que como los animales del zoo lucen cartelitos con su nombre, estaban otoñando. En la esquina frente al municipio “el caballo”, nombre popular de la estatua ecuestre del invasor español Pedro de Valdivia -que fundase la ciudad apoderándose de un tawantinsuyo o centro urbano inca- estaba repleta de turistas fotografiándose. ¿Será derribada alguna vez? ¿Será vejada, humillada, violada? ¿Le pondrán la peluca de Sandy Mc Donald? ¿Será pintada de rojo o de negro? ¿Será cabalgada por post punkies borrachos? ¿Morderá el polvo? Tal vez, me dije. En todo caso, los calcetineros de las tradiciones y el orden hueco no tienen nada que temer, pueden estar en paz, pues, de sufrir algún daño, lo más seguro es que el monumento será objeto de una reparación integral, completa y minuciosa, tal como ocurrió con la estatua del general Baquedano, aunque no con los mutilados de Piñera. Sí, porque en Chile un mamotreto de metal parece tener más derechos que una persona.   Miré después hacia el vértice opuesto a la estatua de Pedro de Valdivia. Allí, a pasos de la entrada al Paseo Ahumada, el noventero “Monumento a los pueblos indígenas”, obra de hormigón y granito de Enrique Villalobos, tenía poco público. Sólo unas gringas desabridas -que imaginé con olor a pollo frito- se fotografiaban junto a la colosal cabeza. Después giré la vista. Y casi en el centro de la plaza me encontré con el “Monumento a la libertad americana”, obra en mármol blanco del italiano Francesco Orselino, instalada allí hace casi doscientos años (específicamente en 1836, mediante la autorización del procaz y turbio y cabrón Diego Portales). En ella una mujer de rasgos europeos libera a una indígena latinoamericana, también de rasgos europeos, que se encuentra de rodillas. La liberación, vista así, consiste en someterse y dejar de ser indígena y volverse blanco o blanca, volverse “civilizado o civilizada”, abandonando la cultura propia y usando artilugios como L´Oréal de París para luchar contra la tozuda biología. Los rasgos de ambas mujeres me recordaron, además, a los de la norteamericana estatua de la libertad, valor fundamental que en eeuu -como irónicamente escribiese Nicanor Parra- es una estatua.  Consulté la hora. El tiempo había pasado rápido y era momento de volver a la pega y seguir aburriéndose en los monótonos cuadritos del organigrama. Mientras caminaba de regreso recordé que durante la dictadura circularon monedas doradas con

Poesía chilena actual | Una muestra descentralizada

Selección de poemas de Ricardo Herrera Alarcón, Camila Albertazzo, Maximiliano Díaz Santelices, Idania Yáñez Avilez y Felipe Moncada Mijic. Nacida de lecturas recientes y sin ningún tipo de afán antológico, la muestra poética que se entrega a continuación recoge algunos textos publicados entre 2018 y 2022 por cinco autoras y autores nacionales de diferentes estilos y generaciones. La selección, que incluye poetas  originarios del norte, centro y sur del país, es decir, es de carácter descentralizado, da cuenta de la enorme productividad, diversidad y resiliencia de la poesía nacional, que pese a ser un arte minoritario que no resulta atractivo para los oligarcas que administran la colonia Chile -no da plata ni votos, no alienta a sacar tarjetas de crédito en Falabella o París, no fomenta la dependencia mental o espiritual- sigue dando señales no solo de estar viva, sino de gozar de bastante buena salud. Prueba de ello son los textos de Ricardo Herrera Alarcón, Camila Albertazzo, Maximiliano Díaz Santelices, Idania Yáñez Avilez y Felipe Moncada Mijic, que entrego ahora a los atentos lectores y lectoras de “El Mal Menor”.     Selección de textos     Ricardo Herrera Alarcón / Temuco, 1969 ________________________________   ARTE PANFLETARIO (fragmentos)   *   Después de Allende todo suicida es kitsch. Después del de Allende todo suicidio es pintado por Bruna Truffa. La Moneda pintada por El Bosco. La Moneda bombardeada: tema de artes visuales para niños menores de           [11 años de una escuela rural llamada Colegio Ambrosio O’Higgins. Septiembre mes de la patria o la ironía como tema del arte panfletario:           [epistemología de la chu cha su ma dre. La bandera chilena usada para limpiar las mesas. Los generales orangutanes, directores de la dina y cni y principales           [cómplices civiles del golpe, decapitados: sus cabezas exhibidas en las           [entradas de ramadas y carnicerías. Los emblemas patrios como arte panfletario: metapoesía para niños. Dulce de copihue con merkén. Empanada de macoña con merkén y cochayuyo.   *   La voz que asoma me parece ajena no es mi voz ni son mis palabras en medio del temporal. Seguramente soy un sobreviviente (todos lo somos) seguramente si hubiera tenido unos 17, 18 o más (y no tres y medio) me habrían matado el setenta y tres seguramente habría andado también con esos discursitos incendiarios o viajado al exilio y estudiado teoría del arte en Francia o Inglaterra o nada de eso lo mío sería resistir en la clandestinidad creyendo que era cosa de unos           [meses algunos años fumando hierba escuchando trova. Tarde o temprano me hubieran detenido. Soy débil, lo sé, me veo quebrado en la tortura y luego, ya del lado oscuro, recitando Explico algunas cosas mientras golpeaba riendo, gordo, fumando Hilton rojo, vestido de negro o quizás hubiera sido un cuadro político encargado de pensar y organizar la línea militar del Partido con cursos de guerrilla urbana y rural en Nicaragua y Angola o me habría puesto tetas en Suecia y luego regresado como la compañera Herrera encargada de compartimentación y asuntos de género en una célula de           [Vilcún o vivido cinco años en Berlín Oriental cinco años llenos de una niebla maravillosa trabajando para la Stasi con una confianza, aún no pervertida, en el porvenir o traído un pedacito de muro un poco de culto a la personalidad. Lo que vino después no se lo doy a nadie: volver a este esperpento este eterno campo de concentración esta sala de tortura a cielo abierto   *   Pienso que el ser humano no está hecho para vivir en sociedad pienso que el ser humano está hecho para vivir dentro de globos y botellas dentro de conchas de locos dentro de árboles en esos orificios que llaman oquedades pienso que es un error pensar que puedan vivir uno al lado del otro todo eso lleva a problemas y confusiones a portazos, a gritos, a estallidos revolucionarios que luego son aplastados de manera sangrienta el hombre y la mujer deben vivir dentro de pianos dentro de espejos muy adentro de libros y cajas de música y solo a ratos salir y tomarse las manos y solo a ratos buscar algunas palabras sin pensar en encontrar o perderse absolutamente libres sin estado sin familia sin propiedad privada.       ÁLBUM TRIBUTO (fragmento)   Hay días en que me levanto Enrique Lihn Soy E.L. Ando con cáncer todo el día Con sombrero de copa Con cara de asco Y odio a Teillier. Me acuesto con una periodista veinteañera Que me hace preguntas absurdas sobre cómo cambiar el curso de los ríos Soy un Lihn sin bigotes y obsesivo Que pasea vestido de cura por mi depa Con un habano sin encender Soy un Lihn jovencísimo, flaco, histriónico, pedante, ultramarxista Que acaba de fundar un subte donde voy a dormir Que acaba de fundar la Universidad de la Pantomima Donde enseño las Artes del Birlibirloque Y ahora como pescado crudo y ensayo una sonrisa para la posteridad Una posteridad donde soy el crítico único y el poeta único Que pasea entre las cenizas humeantes de los poetas calcinados Soy Enrique Lihn Carrasco Pude haber pintado el cielo pero preferí escribir Sobre la tierra húmeda Con mi falo de oro.       TEXTOS AUTOBIOGRÁFICOS (fragmentos)   *   Mi padre enfermo Qué hago junto a mi padre enfermo Que dormita en una silla Y me pide le encienda un cigarrillo A sus 80 años. Qué hago ayudándole a pararse Llevándolo del brazo al baño Bajándole los pantalones Sentándolo en la taza. ¿Este es el fin que cantaban los Doors en Apocalipsis Now? Has hecho un mal trabajo con este hijo Ser escritor es ser frío y calculador Al menos con las palabras. Soy un tipo frío Que no sabe o no puede Expresar cariño. Quieres café papá? Necesitas que te limpie la baba? Necesitas que te hable

Poesía Peruana Actual | «La destrucción es blanca», poemas de Myra Jara

Publicado en 2015 por Lustra Ediciones, “La destrucción es blanca” representa el primer poemario de la poeta Myra Jara (Lima, 1987), quien se suma así a la extensa tradición de la poesía peruana escrita por mujeres. En las cuarenta y tantas páginas que conforman el libro, nos encontramos con una poesía cruda y al mismo tiempo delicada, nostálgica, sensible, que por momentos adquiere visos confesionales. En ella la hablante -una viajada joven de buena posición- da a conocer recuerdos relativos a su familia, reflexiones de carácter personal y experiencias ligadas a temas como el aborto, el abuso y la explotación sexual, usando un tono provocativo -a veces cínico- que deviene, como señala Thomas Boberg -autor de la nota que acompaña la edición- “en versos muy intensos, exactos y desenfrenados”.    Selección de poemas   LA HAN PENETRADO. Estaba aburrida y la han penetrado Estaba sola, no había comido Está bebiendo en el local Quisiera desfilar lentamente, llegar finalmente  al mar, discurrir, discurrir en el mar Aligerarse, ir perdiendo el pelo No soporta hacer cosas Piensa que no debería hacer nada que tenga  conciencia En el mundo brillan el crecimiento de las plantas y             los animales Brillan los ciclos del agua y de los astros Nacen células rojas en los pulpos y los caballos Los perros abren los ojos y observan las montañas Así de voluptuoso y rotundo Las personas están incómodas entre sí   Se siente superior a todos los hombres del local,             los que se sienten, todos, inferiores a ella Tres hombres la cargan en peso entendiendo             inconscientemente que quiere dejar el local como  una inválida   *   YO ENTONCES no sabía qué era exactamente             la muerte Escuchaba decir que algún tío se moría que alguien se había muerto que en el hospital alguien se había muerto anoche Veía siempre carros espléndidos, mujeres suaves cuando había alguna muerte Veía que la muerte hacía que esos carros negros             desfilasen por la autopista como hombres jóvenes corriendo en smoking por los puentes La muerte me gustaba Me gustaba cuando escuchaba que alguien moría Entonces una empleada me vestía de negro, me vestía             como adulta La gente se distancia de ellos niños cuando hay              un muerto En esa época no podía entrar al hospital y al velatorio Me quedaba afuera, con una empleada cansada,             prohibida de tocarme La veía comerse un caramelo, engordar   Me distanciaba de ella Y jugaba, con las manos, a la muerte Y simultáneamente, con la mente, a la belleza   *   TENÍA GANAS de quebrarme y me fui al Mood Un bar grotesco donde van los policías a follar Acepté un cocktail gratis de un hombre no lo besé, pero me conmovió su boca, fea y grotesca Cerró el Mood y caminé hacia Castelino los mozos miraban mis piernas, me invitaban cervezas no había quebrado las aves, estaba desordenada y negra fui a las mesas a beber Nepi   Llegó un tipo guapo que caminaba lento Yo era conmovedora, era placer   Había vivido en Londres, volvió a Roma por idiota Era un homosexual vanidoso y hábil Teníamos los dos lindas piernas era guardia de puerta en un club de strippers. Mujeres             romanas, frías, eran sus amigas Le conté que era pobre, que hacía danza, hablaba lenguas, hoy quería follar   Entró un perro al bar. Pobre bestia suave   Me miró un rato las caderas y las manos. ¿No quieres             que hable para meterte en el club? Bailas desnuda, nadie te toca, haces dinero. Nos              bebimos un vodka.   Se fue en el bus   Yo desnuda, bailando bajo luces. Viejos hombres             mirándome los pechos. Cabezas mirándome.             Pájaros caminando en sus cerebros. ¿Crisis? Mías   Desnuda en la noche mientras otros duermen y orinan Estaría bien desnudarme pensando en leones y             plantas, en leones que abren la boca y bostezan   Volver luego al departamento, cocinarme, comer.   *   YO TERMINABA de comer cuando Alsira me contó             que una vez a los doce, un hombre la jaló detrás del campo y ahí la violó   Era mi nana Alsira Yo tenía nueve mientras la escuchaba decir a mi madre             Que su esposo la hacía beber y la humillaba con             Otras mujeres   La escuchaba y la oía cantar siempre unas canciones             tristes mientras veía su espalda ancha desde el             lavadero y sus manos morenas mojadas   Pensaba fugazmente en el campo, donde aún vivía             en una casa muy fea   Me contó que es anoche volvió a su casa, se limpió en silencio, dio de comer a los perros y lloró intensamente   Nadie la vio, cuidó de no ser vista por ninguno.   *   ¿SABES CÓMO he venido de la cama hasta aquí? Saliendo del corazón simple de la tierra Así llego, me siento aquí   Debo dinero a un hombre descortés Debo dinero a un hombre vulgar que me ayudó             a no tenerte No quiero pagarle. No tengo moral con él,              quiero robarle Por eso te hablo, ser pequeño No dijiste nunca nada Estar contigo por un mes fue exactamente como             estar sola Te aborté en una hora, llegué adolorida al hotel             que renté A veces te recuerdo No eres exactamente un muerto   Me siento sola Puedo recordarte y empezar a sentir algo por ti Tú eres mejor

Trasandino | Reflexiones en torno al ajedrez

«Como no sabía qué pieza mover le dije que compráramos una cerveza. Detuvimos el juego un rato. Él se fue al baño y yo llené los vasos con chela. No podía pensar nada claro. Estaba confundido. Primero por la posición engorrosa del juego y, segundo, por el tedio de ponerme a pensar en la actividad literaria como un ejercicio inútil. A veces estos desvaríos del espíritu me acosan y no los puedo incinerar sin el chispazo de alguna frase que me oriente y me baje a tierra: la inspiración se trabaja, dice Baudelaire; y con eso ¡paf! ya respiro. Salgo de esa zona de lamento y pienso, aunque sea por un instante, que la literatura es un gran baile de voluptuosidades en donde todxs gozamos.» Esta tarde noche fui al bar Las Tipas. Habíamos quedado con Santiago de hacer unas partidas de ajedrez. El lugar estaba casi repleto. Me senté afuera, pedí un café en jarrito y distribuí las piezas sobre el tablero. Como mi contrincante no llegaba, y ya estaba cansado de ver historias en Instagram, aproveché el tiempo para leer algunas páginas de “La Casa de los muertos” de Fiodor Dostoyevski. Hay un capítulo de la novela en donde el protagonista reflexiona sobre el castigo más brutal para aniquilar a un hombre; y eso sería darle el trabajo más inútil y con más ausencia de sentido. Da el ejemplo de poner a alguien a cambiar el agua de una tina a otra o mandarlo a aplanar una larga extensión de tierra con los pies. ¿No sucede algo similar con la pulsión de la escritura, no tanto como un castigo, sino como una actividad que puede aniquilar a un hombre? Por ejemplo, en mi pueblo se dice de Juan Rabanal, un viejo librero que tiene un puesto en la calle, que se volvió loco de tanto escribir; y que carga con ese peso porque solían verlo en las noches sentado en alguna plaza, borracho y envuelto en un sobretodo negro, hablando en voz alta mientras escribía en un cuaderno rojo. Una tarde me acerqué a su puesto preguntándole por libros de poesía. Me dijo que no traía, que la poesía no se vende, que los lectores son escasos, a diferencia de los libros de autoayuda. No sé cómo llegamos a hablar de “Los hermanos Karamazov”, pero sí recuerdo que tenía la tesis de que Smierdiakov era la alegoría de la angustia del hombre llano ante el vaciamiento de los sentidos; sin la presencia de un dios, o de un sentido que le iguale, sólo nos queda el suicidio, decía. Luego me confesó que había publicado un libro de poesía, de sólo 20 ejemplares, y que lo habían echado del Ateneo de escritores porque -en un evento anual de lecturas- fue irrespetuoso con una vieja que se puso a llorar leyendo un poema para su difunto esposo. Me aburrí, dijo, abucheé un rato, además estaba con bastante alcohol en el cuerpo, así que me paré de la silla, le saqué el micrófono de encima y leí un poema que se llama “El Semen Galáctico”. Acá en Córdoba hay varixs quemados por la escritura. Una amiga poeta los tiene catalogados. Por un lado, dice, están los que se desconcertaron al darse cuenta de que el mundo está hecho de palabras y palabras, ratones estresados de laboratorio, Teseos histéricos en el laberinto del lenguaje; y por el otro, los que no dejan de hacer malabares con su existencia creyendo que así podrán contar una buena historia. ¿Hasta dónde nos pervierte ese deseo inquieto y corporal que quebranta por capricho a la cotidianeidad? Poner en palabras el dolor y el placer sólo por conseguir una finalidad estética o por intentar suplir una necesidad que pueda ser equivalente a las ausencias que nos lastiman. ¿No es la tragedia de Prometeo encadenado la alegoría del primer escritor preso de sus delirios, cargando con la gravedad de generar sentido y siendo devorado por esas mismas bellas aves rapaces? Por salud mental un escritor debería aprender a levantar una casa con sus manos antes de hacer una con caligramas.  Ya eran más de las 19 horas. Habían pasado más de 40 minutos del último whatsapp de Santiago que decía: yendo. Por mientras que esperaba el segundo café aproveché de arrimarme a las otras mesas de los jugadores de ajedrez. ¡Comé la torre! ¡Tiempo, tiempo! ¡Ya está, ya está! ¡Te gané perro! Los viejos estaban muy intensos a pesar de la helada otoñal. Algunos de estos veteranos se quedaron con la ferocidad del ajedrez que propugnó la Guerra Fría cuando se vieron las caras Borís Spaski y Bobby Fischer en 1972 en Islandia. “Me gusta el momento en que rompo el ego de un hombre” decía Fischer. La dueña del bar me avisó del café y al minuto apareció Santiago en su bici. Pidió un mate cocido y se sentó. Abrió la partida: 1. e4 c5 2. d4 cxd4 3. c3…, como siempre utilizó el gambito morra. Cuando llegamos al medio juego todavía no habíamos charlado nada. Se armó un tabaco y lo prendió. Llevaba mucho tiempo pensando en cómo cambiarme el caballo, ya que lo había posicionado en una casilla central y eso me entregaba mucha actividad y una táctica latente en contra de su enroque. Saqué mi vista del tablero y miré a las otras mesas mientras terminaba mi café. Por momentos estaban todos callados, presos del análisis. Privados de los murmullos de la gente que pasaba por la vereda, por la Cañada y de los autos con el “Saoko” de Rosalía. En diagonal a nuestra mesa había un anciano de barba gris, con una campera enorme, que estaba muy nervioso y no dejaba de morderse los labios y refregarse las manos. Cuando iba a mover una pieza se arrepentía de súbito antes los chistes del viejo que tenía enfrente, pues aquel no dejaba de hablar y de hacer reír a la senectud que estaba de pie observando la partida. Te toca mover, dijo Santiago.

Signos vitales | Una visita a la tierra de la Mistral

«Mientras avanzaba a través de los enormes montes, perdiéndome en los quiebres y requiebres del camino, comprendí el sentido exacto de la palabra «encerrado», dándome cuenta de que el vocablo no equivale, por ejemplo, a estar dentro de una celda, pieza o container, dado que estar entre cerros no significa perder la vista del cielo, el cielo está siempre presente, el cielo, físico o incluso bíblico, es la vía de escape para quien se encuentra en tal situación.» Llegué a Vicuña de noche. Venía cansado. Unas cuantas horas antes había buscado albergue en unas cabañas que prometían una experiencia maravillosa, pero instantes después una cotona gris echó a andar una estridente motobomba. Es un ratito nomás, dijo la dueña del lugar. Es para vaciar la piscina. El ruido, sin embargo, se extendió por más de dos horas y el nivel del agua no bajaba. Puse la tele para aminorar el ruido. Y nada. Lo curioso es que parte importante de mi viaje tenía como objeto descansar de mis vecinos metropolitanos -casos fallidos de socialización primaria- que a diario escuchan (y obligan a escuchar) a sus ídolos sin cerebro a máximo volumen. Cuando comenzó a oscurecer decidí irme. Sin muchas ganas ordené mis cosas y manejé sin parar hasta llegar a Vicuña, donde quedé encantado con los farolitos románticos, de luz amarillenta, que alumbran el puente de entrada. Sentí que retrocedía en el tiempo, sentí que era un espectro decimonónico.  Una vez en la ciudad, recorrí las calles buscando alojamiento, lo que no fue fácil, puesto que estaba todo ocupado. A tope. Finalmente llegué a un motel de película gringa. Era un edificio largo, de dos pisos, tapizado de puertas que por decenas se sucedían iguales una tras otra. Me acomodé, me duché y tipo once pm decidí salir. El dependiente me había informado que se celebraba el aniversario 201 del nacimiento de la ciudad y habría un espectáculo en la ex Plaza de Armas, hoy denominada Gabriela Mistral en homenaje a la escritora premio Nobel 1945. Pensando en la tan cacareada magia del Valle de Elqui, así como en las resonancias poéticas de la autora de “Desolación” en la zona, me fumé un cogollo antes de salir. La idea: intensificar la magia. Dejé el auto en el motel y me fui a pie hacia el lóbrego y anticuado centro vicuñense. Quería estirar las piernas después de tanto manejar. En estas ciudades chicas, además, es sabido que todo queda cerca. Mientras caminaba miré el cielo buscando las famosas estrellas del valle. Pero no las vi, las ocultaban las luces del alumbrado público y una espectacular luna creciente. Al rato llegué a la plaza. Estaba repleta de gente, turistas principalmente, y un montón de pacos. En el escenario en vez de un espectáculo mágico, poético, me encontré con los dobles de los dobles de Chayanne y Marc Anthony. Todo mal. Muchas mujeres chillaban. Desilusionado, volví al motel y me tomé una petaca de vodka para pasar el mal rato. La habitación no tenía más que una ventana, la del baño, así que me senté en la taza del wáter a mirar el pedazo de cielo vacío que el pequeño rectángulo dejaba ver.  A la mañana siguiente fui nuevamente a la plaza, que ahora estaba en calma. Los dobles de los dobles se habían ido. Ahora estaban los originales, los anónimos. Y Gabriela Mistral, en tamaño natural, sonriendo, sentada un escaño justo al centro del área verde. Los turistas se acercaban a la réplica de la poeta y se acomodaban a su lado y sonriendo la abrazaban y se fotografiaban. Contemplé la sesión fotográfica por un rato recordando que, en su niñez, la Mistral llegó a la ciudad a terminar sus estudios preparatorios, siendo injustamente acusada de robar material escolar, motivo por el cual sus compañeritas -cero sororidad- la apedrearon en varias ocasiones. El capítulo terminó con la expulsión de la poeta -ahora condenada a sonreír per sécula en su escaño atrapa turistas- expulsada de la escuela superior primaria de Vicuña, viéndose forzada a aprender de forma autodidacta.  Me alejé de la marketinera escultura y recorriendo los bordes de la plaza conocí un bello árbol de fruto dulce y redondo, el chañar, y me quedé admirando su delicado ramaje por unos minutos. Enseguida me dirigí al museo dedicado a la poeta. Caminé unas tres o cuatro cuadras, llegué al portón de entrada. Y estaba cerrado. Era un sábado, un sábado de verano, momento más que propicio para facilitar el acceso a nuestra literatura a aquellos que, con poca plata, pueden salir solo los fines de semana. Pero la burocracia piensa de otra forma, la burocracia tiene poco cerebro, cosa no tan extraña, hay que decirlo, puesto que el término está emparentado con la palabra “burro” (me refiero a la acepción coloquial de la palabra  y no al noble animal), por lo tanto comete, con frecuencia, burradas. Para compensar la pérdida, me dirigí hasta un pequeño museo de entomología e historia natural que había visto mientras recorría la plaza. A fin de cuentas, un insecto y un o una poeta no son tan diferentes, me dije a modo de consuelo.  Pagué la entrada y entré al museo. Funcionaba en una casona antigua, de adobe, con piso de tablas que rechinaban. Las infografías -adosadas a las paredes- eran bellas, pero de épocas pretéritas, de tecnologías pretéritas, poco atractivas para un público habituado a lo digital. De todas formas, había una extensa cola para entrar. Familias enteras, con niños cubiertos con poleritas de Marvel y adolescentes disfrazados de cantantes de k pop, trap o reggaetón, esperaban su turno. Es lógico, pensé, el turista es un ser que necesita ocupar su tiempo en cualquier cosa -le interese de verdad o no- que le permita tomarse una selfie y luego postearla y convencer a los otros que lo está pasando la raja, que tiene plata para pasear, que es feliz. Si se instalara un museo de tapitas de gaseosas, del neumático usado o de la caca, imaginé,