Literatura

Trasandino | Caminar calma la mente

«El café me calentó el cuerpo un poco, pero la noche cada vez estaba más fría. De las 30 fotos que tomé sólo 4 me gustaron, esas las subí a las historias de Instagram. Pagué la cuenta y caminé por la Cañada como un romántico viendo las diferentes formas de las ramas de las tipas a contraluz del alumbrado público. Sucede que caminar calma la mente cuando el spleen atribula.» Esta noche el frio del otoño aparece en los gestos de los transeúntes de la Avenida Colón. Se guarnecen en sus ropas esperando el bondi en las paradas. El viento caótico arrastra tierra, colillas de cigarrillos, hojas secas verdes y amarillas. Le saqué una foto a una abuelita jorobada que intentaba a duras penas subir un carro lleno de cebollas a un trolebús. Después de un día de problemas, buscaba fotografiar con el celu situaciones que me permitiesen pensar la cotidianidad, salir de mí o reflejar finalmente lo que me pasa: fragmentos de la ciudad, el deterioro de los rostros, el vigor de un ademán, el cansancio de los cuerpos en la noche cordobesa. No sé si flaneur o voyerista, o un sujeto proclive a ver la realidad del bajo mundo, sin ínfulas de querer replicar personajes locos de Dostoyevski, ni la crueldad de «El Niño proletario» de Osvaldo Lamborghini, ni tampoco la suavidad de “El Aguinaldo de los Huérfanos” de Rimbaud. Solamente inquirir en la fuerza del gesto que la fotografía puede arrancar de la realidad. Una manera intempestiva de estar en el mundo, en donde el instinto, y no la técnica, haga la captura; entregarse a lo accidental. Este último tiempo, antes de salir a caminar, he recurrido a ver fotos de Daido Moriyama, a su Osaka de los 60, escuchando el álbum “Blue in green” de Bill Evans, sólo para entrar en una danza que me haga pensar en el estímulo provocativo de una imagen, en el ritmo de la ciudad que dialoga con lo fortuito. Simulando ese impulso, como ocurre cuando uno lee un poema que lo asombra e intenta emular esa emoción escribiendo, doblé por San Martín hasta encontrarme con Humberto Primo. El centro antiguo de la ciudad, zona roja que le dicen, en donde por los alrededores personas duermen en la calle con este frio otoñal, rostros marginales pasean silenciosos, trabajo sexual de cuerpos que se contornean sensualmente por los alrededores de Mercado Norte. En el 2014 vivía a dos cuadras de acá, en la Rioja 45. Y me paseaba por estas pasarelas para conversar con una trabajadora sexual, una trans que se hacía llamar Thalía. Había noches buenas, en donde me comentaba de su vida y reíamos fumando flores hasta que un auto se estacionara o se la llevara por un rato, y otras malas, que eran la más (por eso el fin de nuestra amistad), en donde estaba muy empastillada y me mandaba a la mierda. Recuerdo que le gustaba escribir cartas a sus romances fugaces, poemas con fragancia de amor, expresaba; mientras camino por la oscuridad de estas calles se me viene a la mente lo orgullosa que estaba de haberse pagado con su laburo las tetas y el culo, con este orto he amarrado a varios Brad Pitt, decía, y se subía la falda para mostrarme su culo redondo de metracril. Le saqué una foto, con el celu a escondidas, a dos trans: fumaban porro y reían afuera de una carnicería sombría. En Rivera Indarte le tomé una foto a un canillita que dormía afuera de un edificio. Descansaba con la boca abierta, abrazado a su perro y tapado por una frazada morada hasta el cuello. Cuando llegué a la esquina de Av. Colón y Gral. Paz, un taxi frenó violentamente golpeando la rueda trasera de una bicicleta de un repartidor de Rappi. ¡Pasá por encima si tenés los huevos! ¡Salí de ahí culiadazo que te mato! La escena se veía a pedazos porque no paraban de pasar vehículos coloridos. Una rubia alta y flaca, con pinta de cheta, que pertenecía al grupo de personas que esperábamos que el semáforo se pusiera en verde, hablaba con un aire despectivo sobre que los de las bicis siempre se andan cruzando. Al lado mío un joven anémico y cabizbajo, con la remera de Joy División, se sacó los audífonos para decir que el taxista era el que estaba locazo, creo que lo afirmó por el cuarteto que acoplaba los parlantes del taxi: la Mona Jiménez y su reversión de “I was made for lovin you” de Kiss. Los dos eran jóvenes. ¡Pedime disculpas pelotudo! ¡Andá hacete culiar! El de Rappi, moreno de mediana estatura, le daba golpes a palma abierta al capó del vehículo. El otro, algo gordo e irritado, agitaba la mano afuera de la ventana diciéndole que se saliera o lo iba a atropellar. ¡Ahí caen los ropa prestada! habló una chica desde atrás, una morocha de falda corta, negra, con una remera escotada, que vestía igual que sus tres amigas para ir al baile. Una pareja de canas se bajaron de una camioneta de balizas azules para calmar el asunto. Cruzamos la calle. Saqué una foto al altercado.  Como suele suceder mi caminata se detuvo en el Café-Bar Las Tipas, que está enfrente de la Cañada. La helada hizo que la mayoría de los viejos que ríen, se bardean, y gritan como locos mientras juegan al ajedrez, estuviesen ahora adentro, a puerta cerrada tras el ventanal, moviendo los alfiles, los caballos, jugando al truco y al mismo tiempo atentos a un partido de Talleres vs Sporting Cristal. Me senté afuera. Pedí un café simple y una tostada de jamón y queso. Por mientras que esperaba me puse a revisar las fotos que había sacado. De pronto un linyera borracho apareció pidiéndome unos pesos para comprarse un vino. Por su cara parecía que el frío no lo tocaba, vestía un jean azul 3/4 que estaba muy rasgado, y con una remera negra de “Fuck the Sistem” de Exploited. En

Testigo ocular | Fernando Alegría Alfaro

Integrante de la generación del 38, Fernando Alegría Alfaro (Santiago, 1918) fue un prolífico narrador, crítico y poeta chileno conocido ampliamente por la publicación de novelas como “Lautaro, joven Libertador de Arauco” (1944) y “Caballo de Copas” (1957), así como por su extenso trabajo académico y crítico que desarrolló principalmente en universidades de Estados Unidos, país donde falleció en 2005. Agregado cultural durante el gobierno de Salvador Allende y coautor junto a Ángel Parra de un disco de cuecas, la poesía de Fernando Alegría -menos difundida que el resto de su obra- muchas veces se mezcla con los anhelos populares y nuestro folclore, dando cuenta de demandas que en el Chile de hoy aún no encuentran respuesta. Le debemos, además, una magnífica traducción del poema “Aullido” de Allen Ginsberg.     SELECCIÓN DE TEXTOS   LIBERTAD BAJO FIANZA   Hoy le vi cara al pueblo. Le estreché la mano, reí con él, lloré con él.   ¿Quién es el pueblo? Preguntad a estos hombres, que tengo frente a mí y no preguntéis en voz baja. Alzad la voz, mirad con orgullo; os responderán valientemente.   He aquí a ciertos presos. No temáis ni su arrogancia ni su humildad, y la muerte que lleva cada uno como un halcón sobre el hombro.   ¿Quién es el pueblo? Es la voz que se quiebra en un sollozo y se afirma en un puño cerrado. Es la mano que cae sangrando de la cruz y recoge en el surco la esperanza. Es el ojo estupefacto y triste que de pronto me mira y saca a un héroe del barro. Es un corazón de greda y un ídolo de rojos geranios que se echan a caminar por mi patria.   ¿Quién es el pueblo? Soy yo, facón de zapatero que clavó una estrella contra la madrugada. Soy yo, hoz iletrada que cortó de un golpe la yugular de un latifundio. El hombre que calentó el invierno en un tarro y bebió la angustia con el hervor del vino, la naranja y la canela. El hombre, tal como lo veo hoy, de pie, anónimo, atento, exigiéndome la vida porque la vida le quitaron para hacerlo mi hermano.   ¿Quién es el pueblo? Es el mástil de Chile que navega en una botella. Es la mujer que cruza los viejos muros de adobe, el niño, la fruta, el cigarro y el álamo, la tierra seca y la extensa helada, el rancho abierto, la vaca, el cura y la campana, el juez y la puñalada Allí está el pueblo frente a mí en esta mañana de agosto, y me pregunto: ¿Es que yo también soy pueblo? ¿Soy aquél que ellos desean y esperan? ¿Traigo acaso la palabra justa, o la palabra hombría, la palabra honrada o la palabra dignidad? Si traigo vanas abstracciones o elegantes amuletos me quedaré solo entre los muros de esta cárcel.   Pero puede ser que traiga la vida que estos hombres olvidaron allá afuera. Traigo muerte para el simulador, vergüenza para el que destapó la vida como una botella y se arrinconó a beber su propia conciencia. A quien le duele la vida como una sarna no puedo hablarle de lujosas plagas y pasárselas por vida. A quien escupe el amor sobre una pared desnuda no puedo fingirle amores entre colchas privilegiadas. Ni puedo cantar la soledad a quien la tuvo entre las piernas cinco años y un día.   Dejo pues la letra muerta y tomo mi vida para encuadernarla en llamas. Mis nuevos compañeros llevan en los ojos la madrugada del hijo pródigo. Conversemos entonces en este gran día de los presos y nuestra conversación sea sobre la libertad del hombre. Nos entenderemos combatiendo, riendo, llorando, blasfemando. Sé que escribo para el pueblo porque mi palabra ya se ha hecho hombre y este hombre se siente para siempre libre.   Escribir para el pueblo es crecer como un árbol de amplia copa, envolver en raíces la tierra y el cielo, poner sangre y luz en el corazón de esta cárcel.   Escribir para el pueblo es quedarse vibrando como un álamo al amanecer, ardiendo como un bosque en el sur de Chile, entrando como una lenta marea a la vida. Escribir para el pueblo es escribir con la mano que siembra, que cosecha, que combate, que ama. Escribir con la mano que hoy estrecha a la mía con la sonrisa que me alienta con el brazo compañero que se extiende sobre mis hombros.     EL PAÍS DEL MOVIMIENTO   He aquí que la tierra tembló y las montañas submarinas cambiaron de lugar. Los volcanes se abrieron rugiendo y sangrando para cubrir de fuego y cenizas la escarcha de los lagos. Los ríos perdieron su curso y ganaron en cambio el camino de la ciudad. Las islas, finalmente, levantaron ancla al amanecer.   Intranquilo recogí mis redes. A veces en las redes se viene el recuerdo de mi pueblo. Con la primera ola cayó la catedral. Repicando, repicando pasó el campanario en dirección a altamar. Pasaron luego generaciones tras generaciones, casas que durante siglos vivieron en silencio de la caridad de las ballenas. Pasaron ensartados, tal como se oye, ensartados en un cable de galeón, como un collar de ónix, viejos fueguinos arrastrando cofres de oro. Se cose la inmensa rada amarilla, cosa que parece increíble, y en la noche resplandecieron las estrellas de barro repletas de perlas.   Pasó velozmente un bombero a caballo en la torre edilicia. De la Plaza del Pueblo partió un teatro cargado de gentes hacia Magallanes. En cuanto a mí, pasé también río abajo a mayor velocidad aún, encerrado en el comedor con mi familia flotando a la par de corpulentas encinas. Los vecinos se saludan, la muerte dejó perdido a su remolcador. Así pasa la vida, como pequeñas golillas de espuma roja, como ligeras cabezas de hombres, de corderos, de mujeres, de vacunos. Rizada subiendo del archipiélago.   He aquí, me dije, un país que cae de su pedestal de hielo y

Retrovisor | «Pintar lo de abajo y lo de arriba», reflexiones literarias en las cartas de Gustave Flaubert a Louise Colet

«Cuando Louise tenía treinta y seis abriles y Gustave recién se empinaba por los veinticinco, se conocieron en el estudio del escultor parisino James Pradier. Comienza entonces la relación entre uno de los autores más relevantes de la literatura moderna -aún en ciernes por ese entonces- y una escritora cuya poesía gozaba de bastante notoriedad en el ambiente literario de la época.» A partir de 1846 y hasta 1855, Gustave Flaubert, autor de novelas y relatos claves de la literatura universal como “Madame Bovary”, “Bouvard y Pécuchet” y “Un corazón sencillo”, mantuvo una extensa relación epistolar con su amante, Louise Colet, poeta romántica y narradora originaria del sureño distrito francés de Aux-en-Provence. Durante ese extenso período, el escritor le envió más de doscientas cartas, la mayoría desde su residencia en Croisset, donde vivía con su madre, a quien fuese también una destacada activista por el feminismo y seguidora de las ideas del revolucionario italiano Giuseppe Garibaldi, personaje que por esos años se constituyó, como señala el historiador Carmine Pinto, “en una estrella del romanticismo de la época".  Autora de libros como “Flores del mediodía” (1836), “Los corazones rotos” (1843), “Él” (1859) e “Infancias célebres” (1865), Louise se trasladó a la capital francesa a los veinticuatro años, luego de contraer nupcias con Hippolyte Colet, músico y futuro profesor titular del conservatorio de París, del que tomó su apellido (el suyo, al ser bautizada, era Révoil). Mediante este matrimonio con el todavía profesor asistente -que la prefirió a la hija de un millonario- la escritora, se dice, intentaba dejar atrás la vida de provincia, que, tal como Emma Bovary, consideraba como una experiencia aletargante. Doce años más tarde, cuando Louise tenía treinta y seis abriles y Gustave recién se empinaba por los veinticinco, se conocieron en el estudio del escultor parisino James Pradier. Comienza entonces la relación entre uno de los autores más relevantes de la literatura moderna -aún en ciernes por ese entonces- y una escritora cuya poesía gozaba de bastante notoriedad en el ambiente literario de la época.  Respecto de la fama de la obra de Louise Colet, ganadora en varias ocasiones del premio de la Academia Francesa y hoy por hoy prácticamente borrada del mapa literario, se puede señalar que muchos atribuyen su éxito decimonónico no a méritos literarios -pues su poesía, criticada incluso por el mismo Flaubert, sería demasiado melosa- sino al hecho de que a su salón acudían poetas de la talla de Víctor Hugo, Charles Baudelaire, Alfred de Vigny y Alfred de Musset, los que mediante la muy conocida, y aún vigente institución de la “amistocracia”, otorgaban sus buenos oficios, sus pulgares arriba, a las creaciones de la escritora. Agregan, otros, que también su calidad de amante no solo de Flaubert, sino también del filósofo Víctor Cousin, del mismo de Vigny y de Musset, le facilitaron sacar adelante su carrera de escritora. Independientemente de los méritos (o no) de la obra de Louise Colet, relevante para este artículo resulta señalar que durante el período de nueve años que abarca la correspondencia entre la autora y Flaubert, el narrador francés vivió una etapa de bastante intensidad creativa, dado que creó la primera versión de “La Tentación de San Antonio” (entre 1848 y 1849), comenzando dos años más tarde la escritura de “Madame Bovary”, novela publicada por entregas entre 1856 y 1857 con que daría forma al realismo y que le significó dura tarea: “Estoy más cansado que si empujase montañas. Hay momentos en que tengo ganas de llorar. Hace falta una voluntad sobrehumana para escribir, y sólo soy un hombre.”, señala en 1852, en plena escritura de la novela protagonizada por Emma Bovary. Las cartas de Louise, que son la otra mitad de esta correspondencia, lamentablemente no se conservan, desaparecieron, pues se dice que fueron quemadas por Caroline Franklin-Grout, sobrina de Flaubert, quien las consideraba “indecentes”, o incluso por el mismo escritor, como sugieren ciertas versiones alternativas, por lo que conocemos sólo una parte del flujo escritural entre ambos artistas. La coincidencia temporal entre la correspondencia con Louise Colet y el prolífico período creativo de Flaubert, hacen que las epístolas que el francés enviara a su amante estén teñidas no solo de los siempre llamativos aspectos emocionales de una relación sentimental, en este caso de una relación a la que Flaubert ponía distancia, sino de diversas e interesantes reflexiones en torno a la literatura y la creación literaria. “Antes se creía que sólo la caña daba azúcar. Ahora el azúcar se obtiene casi de todo; lo mismo sucede con la poesía. Saquémosla de cualquier cosa, pues yace en todo y por doquier: no hay un átomo de materia que no contenga el pensamiento; y hemos de acostumbrarnos a considerar el mundo como una obra de arte cuyos procedimientos hemos de reproducir en nuestras obras.”, escribe a su amante en marzo de 1853. Defiende así su idea de que el arte debe separarse de las idealizadas ideas románticas y morales acerca del ser humano y abarcar la realidad en su totalidad, incluyendo también aspectos como la vulgaridad, la suciedad, la deshonestidad, cuestión que, en una nueva carta, resume un mes más tarde: “Hay que pintar cuadros, mostrar a la naturaleza tal como es, pero cuadros completos, pintar lo de abajo y lo de arriba.” Siguiendo esta misma idea, fiel a su estética, refiriéndose a la popular novela de la norteamericana Harriet Beecher Stowe, “La cabaña del Tío Tom”, escribe: “No necesito, para enternecerme ante un esclavo torturado, que ese esclavo sea buena persona, buen padre, buen esposo, cante himnos, lea el Evangelio y perdone a sus verdugos, lo que le convierte en algo sublime, en una excepción, y por eso en algo especial y falso.” Dedica, también, un festival de ácidas palabras a sus colegas de la época: “Para agradar a los parroquianos, Béranger ha cantado sus amores fáciles, Lamartine las jaquecas sentimentales de su esposa, y el propio Hugo, en sus grandes obras, ha lanzado en su intención estrofas sobre la humanidad, el progreso, la marcha

Fichero | La poesía de Juan Marín: una anécdota vanguardista

«La poesía de Marín, como una parte no despreciable de la poesía chilena es un copy paste bastante burdo. Y a pesar de que ofrece algunas imágenes atractivas que refrescan el lenguaje de la época; o poemas como “Atlantic Cabaret”, donde desliza una crítica a la explotación sexual femenina en la bohemia de las grandes ciudades, no cumple con lo que Parra dijese con su habitual ironía: la copia está permitida con la condición de que sea mejor que el original. Y aquí eso no sucede.» echo a andar el turismo de mi verso enredo la mecánica en mis ruedas y en cada rima canta así un motor Kkkuáá Kkkuáá Kkkuóóón Juan Marín   Entre negocios dedicados a la electrónica, a la explotación de inmigrantes latinoamericanos, a la bisutería de origen chino, a la falsificación de perfumes caros y a otros rentables y florecientes emprendimientos, en plena era digital todavía subsisten, respiran, navegan, no se sabe cómo, las tiendas de libros usados ubicadas en las primeras cuadras de calle San Diego, tradicionales sitios donde aún es posible buscar/explorar, en sus atiborradas estanterías, algún texto de segunda mano que nos llame la atención. Fue, precisamente, en una de estas tiendas donde días atrás me encontré con una edición de Cuarto Propio -fechada en 2014- que rescata la producción de un poeta para mí hasta entonces desconocido. Se trata del también narrador, diplomático, aviador, cirujano y médico militar Juan Marín (Talca, 1900; Viña del Mar, 1963), polifacético personaje de la cada vez más lejana primera mitad del siglo pasado cuyos versos, gracias a los oficios de Francisco Martinovich y Cristóbal Gómez, coeditores de “Juan Marín. Obra poética”, dan un salto en el tiempo y se instalan en pleno siglo XXI.  Como argumento para reeditar a Juan Marín, en el prólogo Martinovic señala que su poesía -ampliamente relegada en relación a su reconocida obra narrativa- le parece “una escritura interesante y destacable dentro del contexto de la vanguardia chilena”, haciéndonos saber, más adelante, que Naín Nómez incluye textos del autor en su mamotrética antología de la poesía chilena de todos los tiempos, intentando así reforzar la idea de lo conveniente de republicar la obra del talquino. Aun sabiendo que los prólogos son tan poco confiables como la publicidad de hamburguesas o las bienaventuranzas de un banquero, compré el libro, tenía curiosidad, y poseído por un entusiasmo bastante moderno, bastante antiguo, apenas salí de la librería me encaminé a un restaurante barato y pedí un café lo más cargado posible, pues andaba medio dormido, medio ido. En una butaca carreteada, debajo de un afiche de una marca de cigarrillos que ya no existe, bebiendo la negra y aromática droga elaborada por Nestlé, abrí el texto y me dispuse a leer. De lo primero que me enteré es que la publicación fue financiada por el Fondo del Libro y la Lectura, es decir, que cabe dentro de la fiebre de exhumaciones literarias que se vive hoy en día gracias a los fondos estatales (fiebre que nos llevará, pronto, a publicar hasta la tos -rítmica o no- de fantasmales escritores de antaño). En segundo lugar, supe que en vida Marín publicó dos poemarios: “Looping” (Nascimento, 1929) y “Aquarium” (Julio Walton Editor, 1934), obras que, junto a sus poemas dispersos, reúne la publicación de Cuarto Propio. Tras la lectura del libro -dos tazas de café más tarde-mi entusiasmo ya no era el mismo, había decaído a pesar del consumo de la oscura droga proveniente de Vevey, Suiza, pues me encontré, especialmente en “Looping”, que es el plato fuerte del libro, con una obra absolutamente influida por los movimientos de vanguardia de principios de siglo, particularmente por el futurismo y el cubismo, sin que se observasen aportes o giros relevantes del autor a tales estéticas, hallándose además ciertos resabios líricos entre sus versos. No se trata, ni por lejos, me dije, de la obra de un Pablo de Rokha, un Vicente Huidobro o un Oliverio Girondo, por nombrar a algunos autores latinoamericanos influidos por las vanguardias que lograron construir un estilo propio. No, la poesía de Marín, escrita en verso libre y situada por lo general en la bohemia de ciudades como París, Nueva York o Buenos Aires, se queda en la superficie, no vuela a pesar de hallarse plagada de aviones, motores, electricidad, acero y movimiento.  Tan poco original resulta la poesía de Marín que, al momento de escribir este artículo, bebiendo café ahora en casa, drogándome con Nestlé ahora en casa, me encontré con una cita de Louis Parrot -biógrafo de Blaise Cendrars- acerca del autor europeo que podría aplicarse casi perfectamente a la poesía del talquino: “El cubismo, el arte negro, el jazz, la publicidad y el afiche, la vida ardiente de las grandes ciudades, el maquinismo, la velocidad, los bares, el gusto cosmopolita por los viajes. Todo ese material nuevo, todavía inexplorado, ofrecido a los jóvenes de entonces, Blaise Cendrars lo integra a la poesía (…) él transcribe la epopeya del mundo de hoy”. La extensa cita de Parrot, como señalé recién, se puede aplicar “casi” perfectamente a la poesía de Juan Marín. Casi, porque lo de Marín, obviamente, no es “material nuevo” ni tampoco su escritura “transcribe la epopeya del mundo” de ese entonces. Le hace falta, para aquello, la existencia de un ser humano como hablante poético, puesto que Marín escribe de forma despersonalizada, sin profundidad ni arraigo, por lo que su poesía más que una epopeya es más bien una jugarreta, “un ensueño de Nafta y Mobiloil”, como escribe en el poema “Looping”, hallándose desvinculado de las profundas razones estéticas, vitales, sociales, que el autor del gran poema “Prosa del Transiberiano” tuvo para desarrollar su obra.  La poesía de Marín, como una parte no despreciable de la poesía chilena es un copy paste bastante burdo. Y a pesar de que ofrece algunas imágenes atractivas que refrescan el lenguaje de la época; o poemas como “Atlantic Cabaret”, donde desliza una crítica a la explotación sexual femenina en la bohemia de las

Trasandino | En la tristeza que el cuerpo diga

«Guada se había desentendido de mí porque estaba escuchando unos audios que tenía que responder. Aproveché de leer unos poemas de Carver. Listo, dijo, ¿me trajiste el libro que me prometiste? Le pasé “Encuentros secretos” de Kobo Abe. Gracias, ¿Cómo has estado vos? Le dije que bien, remándola como todos. Ella siguió hablando de la tristeza que arrastraba por su separación. Creo que extraño su cuerpo, extraño coger con él, decía.» Nos juntamos con Guada a las 20 hrs. en la plaza San Martin. Sentados en una banca, frente al ex cabildo, le cebaba los últimos mates tibios que me quedaban del día mientras ella me hablaba de su separación con su compañero, de cuánto lo extrañaba, de lo mal que la estaba pasando. La noche casi se cerraba por completo, aún los nubarrones de la tormenta no se iban y los faroles de led blanca aparecían de golpe a la vista. Desde donde estábamos nos llegaba la voz amplificada de un ciego, gordo y petiso, que cantaba un cuarteto, “Intento” de Ulises Bueno, cerca de la peatonal. Guada se había desentendido de mí porque estaba escuchando unos audios que tenía que responder. Aproveché de leer unos poemas de Carver. Listo, dijo, ¿me trajiste el libro que me prometiste? Le pasé “Encuentros secretos” de Kobo Abe. Gracias, ¿Cómo has estado vos? Le dije que bien, remándola como todos. Ella siguió hablando de la tristeza que arrastraba por su separación. Creo que extraño su cuerpo, extraño coger con él, decía. Una fila de indigentes se fue formando de manera azarosa al exterior de la catedral colonial. Estaba cerrada. Había dos policías afuera de la reja principal, quizás resguardando las figuras de yeso con rostros doliente que están detrás de la reja. Una niña morena de ojos rasgados con un barbijo de disney se nos acercó a vendernos bolsas de basura. Guada le compró un paquete. La niña sostenía en una mano una muñeca rubia y sucia a la que le faltaba un brazo. Después de la venta corrió donde su madre que estaba unos metros más atrás. La señora obesa llevaba a una niña en brazos y otra pequeña iba agarrada del coche. La parte interior iba repleta de paquetes de bolsas de basura. Hay un montón de gente viviendo en la calle, le dije. Se viene peor, replicó con pesar. De pronto un vehículo rojo se estacionó cerca de la catedral. Un hombre y dos mujeres bajaron rápidamente. Armaron un mesón a la cabeza de la fila, que ahora llegaba al ex cabildo, y comenzaron a servir la comida. Guada me comentaba que había hecho un temazcal para sanar las heridas espirituales y que la que veía ahora era alguien mucho más tranquila que la semana pasada. Le dije que abandonara la tristeza y que volviera al cuerpo, al goce si es lo que le hace falta. No tenía otro argumento. Sólo recurrí al que está de moda y que se entiende poco. Después de muchos golpes uno aprende que no hay tristeza que no sea somática. Se quedó en silencio con la mirada atenta al suelo. Le saqué el mate de las manos y me serví el último. No tenía más frases para darle. El silencio que se generó entre los dos era de funeral. Desde el centro de la plaza venía una manada innumerable de jóvenes con caras sonrientes, ropa pulcra y actitud jovial. Los conocía. Recuerdo una noche en que estaba borracho y fumado y me senté en las escalinatas de la catedral a mandar un whatsapp. De manera imprevista llegaron estos muñecos de cristo y se me acercaron tanto que podía oler la pasta dental saliendo de sus bocas. Uno me dijo que me notaba cansado, con culpa y que Jesús me hacía falta. En ese momento sólo pensaba dónde ir a comprar más faso. Así que les hice un ademan con la cabeza y me fui. Pero ahora había crecido un montón el rebaño. Les dijimos que no creíamos en su dios, con el mismo gesto que uno hace cuando te ofrecen un celular robado. Ellos lo aceptaron con una sonrisa y nos dejaron unas pulseras moradas que tenían inscritos unos versículos. Pero nosotros no éramos el objetivo. Aquel ejército invadió la columna de indigentes. Cada tanto sacaban a uno de la fila y se los llevaban a la iglesia evangélica que estaba al otro lado de la plaza. Estaban ocupando la misma estrategia de las multinacionales para captar clientes. ¡Se puso fresco che! ¿Caminemos? Nos fuimos por 27 de abril y paramos en un maxikiosco a comprar unas cervezas. Yo compré dos a pesar que ella sólo quería agua. La Plaza Italia estaba repleta de pibes haciendo batallas de rap. Cruzamos a La Cañada; aquel encauzamiento de concreto, vena abierta que atraviesa La Docta, llevaba agua marrón furiosa. El rio iba muy crecido por la tormenta de ayer. Ella le sacó unas fotos a un árbol frondoso, una tipa de tronco grande y oscuro, que estaba siendo arrastrada por el rio y que estaba acumulando a su alrededor un montón de basura. No hablamos en todo el trayecto. Nos sentamos en el pasto del Paseo Sobremonte. La plaza estaba muy iluminada y había mucha juventud por los alrededores. Cerca de nosotros había un grupo de chicas hippies tocando guitarra y ukelele, cantando una de Fito Páez. Abrí la cerveza y ella me preguntó que qué pensaba sobre la soledad. Siempre me es raro pensar en la soledad. Todavía más cuando alguien que está triste me pregunta. Qué responder ante una palabra tan cercana y la vez tan oculta que es difícil desenvolver. La soledad es una experiencia individual y dar consejos sobre ese tema siempre es confuso. Nacemos y morimos solos. Y no lo digo con pesimismo, puesto que la soledad tiene esa indómita ambivalencia de ser la profunda sensación de la falta de algo o el refugio ante una amenaza. No sé. Tendemos por inexperiencia a buscar llenar ese silencio que nos

Testigo ocular | Ximena Rivera Órdenes

Poeta chilena nacida en Viña del Mar en 1959. Producto de una infección hospitalaria fallece en 2013 en el hospital Carlos Van Buren. Su breve obra, sin acentos externos, solitaria, dialoga con el deseo profundo y frágil, construyendo discursos en los que muestra su extrañeza ante sí misma y ante el mundo. Su primera publicación fue “Delirios o el gesto de responder” (2001). En 2016, Ediciones del Cardo editó su obra completa.       Selección de Poemas   *   YO RECUERDO UN ESTADO de la noche, una especie de olvido sumamente físico, un olvido cósmico, por decir algo, que para ustedes se manifiesta en sueños. Es una navegación que me lleva de mi nombre hacia la noche, noche abajo; un viaje nocturno, una ruta por un brazo de la noche, que soy yo misma. Me digo Ximena para reconocerme, me nombro, y lo olvido. Ya sé: es la locura que viene, y en el río de aquella noche lloro con un llanto que corta la piel y reseca la lengua. Cuando salgo de puerto, de inmediato reconozco el hecho insólito de una nueva lengua: me creo en otro país, por lo tanto, estoy en otro país; ningún nombre está sujeto a sus cosas, los nombres están salidos, idos de sus cosas. Todo es intercambiable, pero en un principio entendible y aceptable. Por ejemplo: la calle es un río, la pared un árbol, mi bebé un ícono.                       LA MÁS POBRE DEMOSTRACIÓN DE AMOR   I   No basta el recuerdo de los cinco días que le precedieron no basta mi presencia ni la medianoche ni la esperanza siempre no basta, sabemos que no basta que los hijos son otra cosa siempre.   Ahora callo entre la niebla y las sombrías aguas. La contemplación de la vida de Valeria se clava en mi corazón como una estaca.   Yo sospecho que me será negada la alegría que seré dividida en muchas voces que el corazón no muere cuando uno cree que debería.   Fui con hojas resecas a visitarla fui con hojas siempre hojas heladas, verde olivo hojas, hojas llenas de códices fui verdad solitaria y sola.   II   Recuerdas, mi niña, la tarde de Santiago. Ese momento, esa desdicha,  esos golpes que escuchamos como un plaf en el cuerpo de la desconocida. Mi recuerdo, Valeria, la convierte en historia en guion, en argumento pues ese cuerpo persiste en mí como la costra de cemento que soporta la tierra que esparcimos y que ahora dibujamos para representar  otras historias.   III   Valeria está dormida sus pensamientos están dormidos. Valeria está dormida sus piernas y sus pies están dormidos. Valeria sueña en la butaca en sus manos un cucurucho de palomitas de maíz restos de mazapanes y dulces eso es lo que creo. Y después es la película de Coppola  lo que ha entrado en mi corazón él ha levantado el corazón de los antepasados él ha levantado el corazón de los que nos precedieron y nosotros hemos buscado el corazón de los antepasados y de los que nos precedieron y él me ha dicho que hay que buscarlos y yo los he buscado y los he encontrado y él me ha dicho que hay que matarlos y yo los he matado y él me ha dicho que tome mis escritos y yo le he dicho que no quiero mis escritos que no me importan mis escritos y él me ha dicho que tome lo que quiera como ejemplo en mis escritos y yo entonces he alargado mi brazo en la butaca y he tomado el obstáculo mayor que es su mirada del mismo modo que el obstáculo mayor que es su mirada del mismo modo que el obstáculo mayor son mis escritos los cuales no me han impedido que yo tome como obstáculo mayor a su mirada pues el mal de mi cabeza no puede impedir que tome el obstáculo mayor como son su mirada y mis escritos. Y si el mal está en mi cabeza, Valeria yo no he retirado el mal yo no lo he puesto fuera, y si el mal está en los orificios de mis narices yo no he retirado el mal yo no lo he puesto fuera, y si el mal está en los orificios de mis ojos yo no he retirado el mal yo no lo he puesto fuera, y si el mal está en los orificios de mis oídos yo no he retirado el mal yo no lo he puesto fuera. Yo no he separado el bien del mal yo no te he separado de mí, Valeria no me he separado de tu cabeza de tu nariz de tus ojos de tus oídos nada más mi mano fue alargada en la butaca nada más que la película de Coppola no tiene fin.   IV   Valeria llega a la rotonda con la manía del zoológico en la cabeza y la promesa que va y viene de zapatones y dulces dentro de su alma. ¡Ay! Nanita las formas del cariño son grandes ¿me recuerdas?   Te seguiría, Valeria, por todas partes desde Barrancas hasta Pudahuel y te llevaría al centro donde hay hermosas tiendas con banderas y pancartas para que te distraigas para que se te pase.   Yo sueño volver a la tranquilidad sin arcángeles furiosos y sin el tiempo que hace daño, ya se me pasará, Nanita y seré entonces la misma de siempre la de todos los días.   Dice, el especialista, que mis sueños de dormida al igual que mis sueños de despierta no son míos verdaderamente son algo agregado a mí son tránsitos, dice quizás pleitos que uno tiene con el pasado y el monótono espectáculo de bardos melodiosos que hechizan a la multitud atenta.   Entonces, sin entusiasmo le pido que ponga música de radio y le hablo de la familia y le hablo de la infancia y comienzo a repetir mi nombre primero

Panóptico | El litoral de los poetas

«Este balneario cuyas playas de arenas negras, semejantes a muchas de Europa, sirvió de inspiración a las familias ricas de la época para crear su propia Costa Azul, con palacetes, mansiones y casas señoriales, construidos con materiales importados, traídos desde el otro lado del Atlántico, para una aristocracia cuyos descendientes hace ya rato los abandonaron por otras posesiones mucho más exclusivas y menos accesibles. Hoy, en ruinas, sirven de albergue a veraneantes de escuálidos fondos, gente popular que veranea con poco.» “Todo es poesía / menos la poesía” (N. Parra)   A una hora y media de Santiago, en auto o en bus, directo por la Autopista del Sol o por la Ruta 68 (desviándose hacia la costa en Casablanca) llegamos al Litoral Central o, como fue bautizado por algún siútico, publicista y/o experto en marketing: “El Litoral de los poetas”. Hace muchos años, cuando aún no tenía este nombre tan rimbombante, se podía llegar en un tren de carros de madera que partiendo de la Estación Central pasaba por largas y silvestres estaciones con nombres como: Padre Hurtado, Talagante, El Monte, Melipilla, Leyda, para luego cruzando algunos túneles llegar a la estación del puerto de San Antonio, que quedaba justo donde hoy está la entrada a un mall-casino con forma de barco “pseudocubista”. Así luego de varias horas, vendedores con canastos en los pasillos y con la cabeza asomada por la ventana, se arribaba a la estación Cartagena, sitio del que hoy, tras el incendio que la afectó en 1999, queda solo una reproducción de utilería, recuerdos, vestigios de carros estacionados o alguna que otra foto en sepia. “El litoral de los poetas”, esta audaz sinécdoque fue usada, suponemos, debido a que tres poetas chilenos (quizá los más “importantes”) en distintos momentos de sus vidas buscaron refugio y soledad en sus costas, huyendo como diría Fray Luis “del mundanal ruido” para poder escribir sus versos. Claro que hoy esto es una utopía, especialmente durante los meses de verano, donde estas playas sufren la invasión de un depredador natural: los veraneantes, a quienes muy poco les importa la obra de estos artistas, pues buscando “desconectarse” de sus productivas vidas y equipados con aparatos, cada vez más sofisticados, reproducen con una potencia inusitada, la música de moda para ellos y todos sus vecinos. Además, dejan cicatrices en la arena, infinidad de envases de todo tipo, basura de distintos colores que otros veraneantes aumentarán con colillas de cigarros, pañales desechables, botellas, latas, suciedad humana que perdurará años, décadas. Hace unos días leí la noticia que, en una playa de la comuna de El Quisco, encontraron un envase de un helado de la década del ‘70 del siglo pasado, casi intacto. ¡Cincuenta años enterrado! En fin, dirán algunos, es el precio del descanso. Durante la primera mitad del siglo XX en Cartagena, sobre un cerro, vivió el poeta Vicente Huidobro, padre del Creacionismo, quien afirmaba que era el primer y único poeta que había existido, pues los demás solo copiaban la realidad y solo él era un creador auténtico. Su familia fue dueña de gran parte de esta ciudad en la que pasó sus últimos años. Este balneario cuyas playas de arenas negras, semejantes a muchas de Europa, sirvió de inspiración a las familias ricas de la época para crear su propia Costa Azul, con palacetes, mansiones y casas señoriales, construidos con materiales importados, traídos desde el otro lado del Atlántico, para una aristocracia cuyos descendientes hace ya rato los abandonaron por otras posesiones mucho más exclusivas y menos accesibles. Hoy, en ruinas, sirven de albergue a veraneantes de escuálidos fondos, gente popular que veranea con poco. Así se fue transformando desde un balneario de lujo para la aristocracia, hasta uno muy proletario, muy lejos del sueño y de las aspiraciones de las familias de clase alta que lo visitaban hace un siglo. Para llegar a la que casa donde vivió y murió Huidobro, hay que subir cerros de calles sin pavimentar, al costado casas bajas muy precarias nos dan la bienvenida. Después de varias curvas polvorientas, arribamos a un museo bien estrecho y un tanto prescindible, con el que la fundación, que cuida la memoria del poeta, nos quiere informar quien fue este hijo de la aristocracia chilena. Con paredes atiborradas de fotos de su vida, llenas de reproducciones y muy pocos documentos originales pues, según se dice, los herederos del poeta vanguardista los mal vendieron o los regalaron. Lo bueno es que nunca hay gente, ni grandes colas a la entrada.  Algunas cuadras más arriba de la casa-museo, sobre una colina que domina la ciudad, que está cada vez más cerca con sus construcciones modernas, pero espantosas, está su tumba. “Abrid la tumba / al fondo de esta tumba se ve el mar”, dice en la lápida y no faltó el borracho idiota que hizo caso a la instrucción y trató de abrirla, y otros que, como homenaje, llenaron la tumba, del creador de ese lenguaje inaugural y cósmico de Altazor, con grafitis y botellas vacías. Hoy la tumba está abandonada, rejas rotas y jardines, hace años inexistentes, la rodean. Pienso en eso mientras camino por la terraza de Cartagena, entre la playa grande y la chica, fotografiando el deterioro de las casas, algunas verdaderas hazañas arquitectónicas, aún en pie, que  miran al mar o las placas que han puesto los fieles en agradecimiento a “La Virgen del Suspiro”, entonces  recuerdo los versos de Enrique Lihn que creo que habría que releer a la luz de este paisaje: “…una ruina de lo que no fue entre los restos de lo que fue un / balneario de lujo / hacia 1915, con mansiones de placer señorial convertidas en / conventillos veraniegos…”. Hacia el norte, en una localidad con una hermosa playa, Neruda compró una cabaña de piedra para refugiarse con su mujer de entonces, Delia del Carril, después de la Guerra Civil Española, en esa época a este sector se llegaba solo a caballo y, según la tradición, fue el poeta quien la bautizó como Isla Negra.

Narrativa Chilena Actual | Mujer sumergida

«Cuando llegamos a la esquina frente al metro se estacionó cerca de un negocio que tenía afuera una máquina que decía Savory. ¿Sabes interpretar sueños?, me preguntó. No contesté. Ella comenzó a contarme uno, no esperó mi respuesta. La seguían unos hombres con máscaras de lucha libre y la metían en el maletero de un auto. Ella sentía mucho terror. Así dijo, terror, no miedo ni angustia, sino terror.» A través del parabrisas, vi la ciudad abajo. Era como un espejismo. Un agujero de humo y cemento al que volvía todos los días. Las manos sostenían el volante y una de ellas tenía una herida. Le pregunté qué le había pasado, me dijo que se había quemado con el horno haciendo pizzas. Hablamos un poco sobre las cosas que hacía con sus hijos y su familia los fines de semana. No dije mucho porque no hago cosas así. Luego entró en el terreno del trabajo de todo lo que significa para la vida. El tiempo que ocupamos todos en esto, sin mucho que ganar, pero sí, nos manteníamos. -Estoy pensando en irme -dijo de pronto. Me volví en el asiento y miré su cara que estaba mirando hacia la calle grande. No había mucho tráfico. No entendí a qué se refería. Pensé que me consideraba un amigo y quería decirme algo que podría ser importante para ella o quizás solo necesitaba hablar. El automatismo del viaje.  -A veces me cansa la enseñanza. No nos valoran. -Pero… -No puedo llegar e irme. No hay cómo, siempre hay cuentas, la vida es cara. -De hecho no sé cómo se vive…nunca alcanza para mucho. Pero todos sabemos que hay situaciones peores. -Es cierto, por eso, dejar esto… por malo que pueda parecer, es siempre la posibilidad de quedarse sin nada.  -Estamos atrapados. -Eso parece. Ella movió las manos rodeando el volante como acariciándolo. La herida era un relieve rojizo sobre uno de sus dedos. Imaginé el horno hirviendo y el borde de la bandeja. Santiago se veía cargado de edificios y con pocas vías. Esperaba sumergirme en ese humo de todos los días. Las calles arriba estaban arrasadas de vacío. Y el hoyo que es Santiago, parecía una emanación tóxica y alucinada. -Una piensa que puede dejarlo todo, pero yo no puedo, tengo hijos y un marido. Siempre pensé que lo tenía todo, se veía normal. Estaba atenta al camino y daba leves giros siguiendo las curvas. -Hay cosas que se pueden terminar. Pero lo demás es una cadena… nunca te cases. Dijo eso y me miró un momento.  No pensaba hacerlo… pensé mientras miraba sus ojos muy abiertos hacia mí, dejándome entender que a la vez que me miraba presentía el camino conocido.   El sol de la tarde se abría en el horizonte en un pliegue que parecía como una piel abierta y recogida, enrollada hacia dentro. El fondo rojo.  -Cuando estoy con él no sé qué decirle… no sabe lo que me molesta o lo sabe bien y no le importa. Sus manos se enroscaron sobre el volante y la ciudad nos iba tragando en la medida que entrábamos en el plano. No podía verla desde arriba, abandonamos la pendiente, estábamos en la ciudad atochada, circulando. No sabía qué responder, pero tampoco ella esperaba que le dijera nada, creo. En un semáforo se detuvo y se acomodó. Era como ser engullidos lentamente por un ruido confuso. Voces, bocinas, pisadas, susurros, a veces gritos. -Quisiera no llegar. -Las cosas se arreglarán. – ¿Cómo surge de pronto esto?  -No podemos ver todo, a veces las cosas llegan y uno no se da cuenta. -Una siempre sabe lo que va a pasar, otra cosa es que una se engaña para seguir. Pensé que era como todos, que nos mentimos para poder levantarnos todos los días y pensar que somos algo más que un puñado de cifras y cuentas por pagar siempre. Sin embargo era algo un poco distinto. Era como si lo presintiera en la piel. -Llega con todos los avisos, pero no puedo sacudirme la educación que me dieron.  Frenó, sentí como si el auto tuviese su propio reflejo, un tiempo fantasma que se conectaba con sus piernas. Y vi el tráfico, un par de vehículos indefinidos contra la tarde, el susurro de los neumáticos en las calles.  -Es como estar atrapada en una. Pero él también… No dijo nada más y siguió conduciendo como si hubiese entrado en la inercia del viaje y las palabras estuvieran gastadas y enmudecidas. También me callé y miré el camino. Todo se repetía y nuestros cuerpos se acostumbraban. El mismo camino de siempre, dijo ella.   Cuando llegamos a la esquina frente al metro se estacionó cerca de un negocio que tenía afuera una máquina que decía Savory. ¿Sabes interpretar sueños?, me preguntó. No contesté. Ella comenzó a contarme uno, no esperó mi respuesta. La seguían unos hombres con máscaras de lucha libre y la metían en el maletero de un auto. Ella sentía mucho terror. Así dijo, terror, no miedo ni angustia, sino terror. Lo remarcó cómo se demarca la desesperación, como una atmósfera que lo invade todo, incluso nuestros movimientos. Cuando la sacaron del maletero, no sabía cómo, lograba soltarse y correr hacia una playa, se metía al mar y seguía caminando, corriendo, pero las piernas no le obedecían. Lograba quedar completamente sumergida. Gritaba. Con toda la fuerza que tenía. Una fuerza ralentizada, demorada, como en los sueños. Un grito ronco, pesado. Gritaba hasta que se le rompía el pecho. ¿Sabes qué significa?, me preguntó al final, como si no importara o solo alucinara con la imagen o algo que había en el sueño. Recordé que estaba apurado, pero luego ya no. Parecía que no hubiese tiempo y su sueño entrara de a poco en el auto, su neblina, una corriente leve y envolvente dando envites ligeros o sus restos como los susurros de los neumáticos que pasaban lejos. No quería pensarlo, o no podía creerlo, pero tampoco podía saber con certeza.

Signos Vitales | ¿Para qué están los amigos?

«Al final, alguien propuso que nos juntásemos allí mismo al año siguiente para recordar a Figueroa y todos estuvimos de acuerdo. Se habló de traer copete y carretear, se creó, también, un grupo de Whatsapp para coordinar la junta. Al año siguiente, de a poco, todos tuvieron algo que hacer para el aniversario de la muerte de nuestro compañero de juegos y finalmente ninguno de nosotros fue al cementerio el diecinueve de enero. ¿Para qué están los amigos?, hubiese preguntado el Chico. Para cagar a los amigos, se hubiese respondido al instante, acompañando la frase con una gran carcajada.» Salí atrasado y pasé a comprar un par de botellas de tinto. Fue donde El Toño, almacén y botillería de Batuco Viejo en cuyo exterior es frecuente encontrar a los alcohólicos del sector -campesinos, jardineros, recolectores de latas y cachureos varios, operarios del parque industrial, choferes de colectivos- saciando su sed eterna, infinita, en una especie de puesta en escena de un poema de Jorge Tellier versión dos punto cero. Está ubicado en una casona antigua, de adobe, como de tres metros de altura, tapizada con afiches de gaseosas, snacks y cervezas. Hay, en su frontis, un enorme alerón sostenido por cuartones -dicen que de roble- que le otorgan un aspecto tipo Far West. En los últimos años, además, la construcción ha incorporado rejas, un montón de rejas anti delincuencia que le agregan un toque moderno, híper actual, al vetusto establecimiento comercial, mostrando que la ruralidad no se encuentra ajena al devenir del país, que está plenamente integrada, que en Chile la democracia funciona para todos y todas y todes. Traté de recordar cuántas veces vinimos con Héctor a comprar alcohol, café, pan y cigarrillos donde El Toño. Obviamente no me acordé. Pagué la cuenta, salí del local y me subí a mi Chery IQ del 2006.  Mientras echaba a andar el motor me di cuenta de que tendría que decir unas palabras de despedida en el cementerio. No era una obligación, estaba claro, pero sentía la necesidad de hacerlo, puesto que con Héctor fuimos amigos de la vida misma, de la rueda de la fortuna con sus altos y bajos, con sus florecimientos y sus defunciones, así como compañeros de ruta en gran parte de los lances literarios que, con suerte parecida a la de Prat, abordamos. Tenía que decir algo, aunque la idea, por cierto, no me acomodaba demasiado: nunca me han gustado las ceremonias fúnebres y mucho menos ser el oficiante. Las ceremonias fúnebres, además de inútiles, el muerto o muerta nunca resucita, el muerto o muerta ya aprobó todos los cursos, tienen una impronta moral que se derrama sobre el público. Una especie de peste púrpura. Una idea del bien y el mal, del sentido de la existencia y cosas de ese tipo. Son como medallitas biopolíticas que se enganchan en la solapa de los deudos. Una ceremonia fúnebre, a fin de cuentas, requiere afirmar algunas verdades, algunas rutinas, y yo no me siento tan seguro de nada.  Avancé media cuadra, me detuve en el paso de cebra que hay frente al pasaje que lleva al consultorio local, inaugurado, recordé en ese momento, justamente por Álex Figueroa, hermano de Héctor, durante el gobierno de la justicia en la medida de lo posible. Héctor no era democratacristiano, no tenía un afiche de Aylwin o Frei en su cuarto, pero cuando lanzaba una opinión media amarilla, bromeando lo tratábamos de pertenecer a las cuestionadas filas de la falange. Un tipo cargando una puerta terminó de cruzar el paso de cebra y retomé el viaje. Ahora me encontraba ante Los Huilles, ayer restaurante popular, hoy lenocinio tipo Cali, Colombia. Miré sus puertas aún cerradas y me vino a la mente la imagen del Chico, para un 18 de septiembre, bailando allí la peor cueca que he visto. Me acordé, también, de la ocasión en que tras escuchar por primera vez “Una chilena en París” de Violeta Parra -eso fue en Recoleta- Figueroa, que por esos años jugaba a ser un punky que odiaba la nueva canción chilena, el canto nuevo, así como a los artesas y a los hippies, lloró emocionado mientras era blanco de nuestras burlas. ¿Para qué están los amigos?, se preguntaba en ocasiones de ese tipo. Para cagar a los amigos, se respondía. Y lanzaba una enorme carcajada.  Llegué a la carretera pensando que no diría nada, que daba lo mismo, que todos los muertos reciben, helados en sus cajones, palabras de adiós que no podrán escuchar. Es otra de las tantas cosas absurdas que hacemos. Pip, sonó el TAG en ese momento. Medio, $ 560, informó la marquesina con sus letras anaranjadas. Puteé a Piñera, puteé a Lagos, puteé a los empresarios mexicanos que, dicen, son dueños de la carretera, puteé a Pinochet y a los gremialistas de la Católica que soltaron el demonio del neoliberalismo en Chile. Pensé, luego, que las despedidas a los difuntos, apostróficas y todo, no son tan inútiles, sirven, puesto que nos permiten, como dicen los sicólogos de la tele, cerrar capítulos. Pensé, entonces, un discurso. Diría, me dije, que tras su fallecimiento seguiría dialogando con Figueroa, que seguiríamos teniendo conversaciones no porque yo sea un creyente en la otra vida ni Héctor lo haya sido, sino porque el Chico rayó con lápiz grafito muchos de los libros que alguna vez le presté: chistes, comentarios, definiciones de la RAE, párrafos marcados. Y yo seguiría leyendo, releyendo esos libros. Pasé a un camión que llevaba, encarcelados, a dos caballos. Lo dejé atrás y volví a la idea de los libros rayados. La encontré medio cliché, pero era lo único que tenía. ¿Cerraría con eso un capítulo? Pasé por el segundo y el tercer TAG a toda velocidad, estaba atrasado, la ceremonia comenzaría en quince minutos y como había un tráfico intenso no tuve tiempo para putear a nadie. Escuché, eso sí, los pitidos del pórtico de cobro. Se trataba de un sonido similar al que hacen los molinetes del metro cuando

Colaboración | Dos anécdotas

«Nos deslumbrábamos con su dominio de la pelota, muchas veces nos la quitaba y llegaba solo con ella o a Portugal o a Santa Elena, mientras le gritábamos «Devuelve Titín la pelota, po». Era un personaje para nosotros.» Escritas por los poetas Rodrigo Verdugo y Christian Aedo, las anécdotas acerca de Héctor Figueroa que compartimos en el siguiente artículo -motivadas y recopiladas por Marcelo Sepúlveda Ríos- nos muestran reveladores momentos de la existencia del autor de Groggy. Atisbamos, así, episodios de su primera juventud en el barrio Matta, de su etapa de poeta promisorio que carretea en los cenáculos literarios de los noventa; así como del período en que ejerció, de manera bastante particular, el rol de monitor reemplazante de un taller de poesía. Pero basta de adelantos. Dejemos, mejor, que los poetas hablen. EMM     TITÍN, UN CÍRCULO QUE SE CIERRA Por Rodrigo Verdugo   1998, un sábado no recuerdo de qué mes, llegué junto a mi pareja de entonces a una fiesta donde en su mayoría había poetas vinculados a la revista Casagrande. Allí estaban varios poetas: Kurt Folch, Alejandra Del Rio, Germán Carrasco, Julio Carrasco, Antonio Silva, Héctor Figueroa y otros más, no recuerdo en qué casa fue, lo que sí recuerdo es que no se trataba del departamento del poeta Leonardo Sanhueza, donde se realizaban también algunas fiestas. Es en esta instancia que cruzo algunas muy breves palabras con el poeta Héctor Figueroa, a raíz de un tema que estaban tocando de Los Prisioneros. Algo en el rostro de Héctor me pareció familiar, pero antes de que tuviera tiempo para decirle algo, se fue en busca de más cervezas, y por supuesto la breve conversación llegó a su fin.  1999, encuentro en un libro del poeta German Carrasco un texto sobre él.  1989 -1991, vivimos junto a mi madre Patricia Pizarro Silva, mi hermana, mi recién nacido hermano Ignacio, mi primo y mi abuela Silvia Silva Robles en la esquina de General Gana con Portugal. Allí entablé amistad con Heine y otros amigos más, con los cuales organizábamos las consabidas pichangas barriales, en las que de pronto intervenía un joven mayor que nosotros, siempre con una camisa de cuadrillé roja, que vivía casi al llegar a Santa Elena con General Gana. Nos deslumbrábamos con su dominio de la pelota, muchas veces nos la quitaba y llegaba solo con ella o a Portugal o a Santa Elena, mientras le gritábamos «Devuelve Titín la pelota, po». Era un personaje para nosotros. La mayor parte del tiempo el Titín estaba acompañado de otros amigos como el Chubaka, como Johnny (vecino mío), quien le consiguió un trabajo en Chilectra. A veces vestía una chaqueta de cotelé y llevaba una libreta en las manos, decían que allí anotaba poemas. Por ese entonces yo comenzaba a escribir mis propios textos en un cuaderno, que el inspector del Colegio Reyes Católicos me pidió leer para no devolvérmelo. Y las pichangas seguían y había veces en que el Titín nos quitaba la pelota y debíamos ir a reclamarla a su casa y su madre, que era una noble y abnegada costurera, nos la devolvía pidiendo disculpas o a veces él mismo la devolvía entre risas, apareciendo desde el fondo de la calle con ella.  Titín estuvo al menos en dos fiestas que un primo mío organizó en el departamento donde vivíamos. Una de esas noches, recordando lo de su libreta, quise comentarle que yo escribía también poemas, pero no lo hice finalmente, porque ocurrió un fenómeno paranormal que dio fin a la fiesta. Titín abandonó su casa cerca del año 1991, también nosotros nos cambiamos de domicilio. Atrás quedó esa esquina de Padre Orellana con General Gana, epicentro nuestro. Con el paso del tiempo volvimos con mi hermana, Teresa Verdugo Pizarro, a recorrer esas calles y a recordar nuestra infancia, y siempre aparecía el recuerdo de Titín a tal punto que a Teresa la empecé a nombrar Titín. Un día mi primo me comenta que el Titín había muerto, se trataba de una equivocación, era su hermano gemelo Nelson Figueroa quien había fallecido. 2019, un amigo poeta, Marcelo Sepúlveda, avisa por redes sociales que el poeta Héctor Figueroa ha muerto. No sé por qué caminé ese día desde la esquina de la posta Central, Portugal con Diagonal Paraguay, hasta Portugal con General Gana, yo no sabía quién era ese Héctor, yo solo conocía a Titín, pero caminé porque esa calle Portugal unía su vida con su muerte. Ahora, que sé que ambos nombres corresponden a una misma persona, puedo juntar a Héctor Figueroa y a Titín en una misma historia, alguien que formó parte de mi adolescencia y alguien con quien dialogué después una sola vez. 2018, Jorge Montealegre publica su libro Wurlitzer, cantantes en la memoria de la poesía chilena, allí estamos antologados junto a Héctor Figueroa. Con ello se cierra un círculo entre nosotros que nunca en vida hablamos de poesía.      * MIENTRAS EL VINO CORRÍA Por Christian Aedo   El Chico Figueroa llegó al taller con tres botellas de vino. Venía a reemplazar al poeta laureado, un tipo que había ganado algunos premios y publicado varios libros ya en ese tiempo. Un engrupido decía yo, un winner diría el chico de su amigo, que había ido a negociar un concurso en Argentina.  Cuando llegamos, el Chico estaba poniendo unos vasos plásticos sobre la mesa del taller y destapando las botellas de vino. Nos ofreció y se presentó. Nos preguntó luego qué habíamos visto en el taller. Mucha poesía gringa, dijo. Hoy vamos hablar de Pablo de Rokha, señaló enseguida. Nos contó la trágica historia del poeta, recitó algunos poemas, golpeó la pizarra, alzó la voz con emoción, en el momento preciso, y también nos preguntó qué opinábamos. Nosotros tímidamente íbamos sacando vino y hablando, perdiéndonos en ese entramado de potencia volcánica y delicadeza insubordinada que es De Rokha. En la encarnación que hacía el Chico Figueroa de la poesía.            “Yo tengo la