Literatura

Colaboración | Recordando al Chico Figueroa

«Se hacía bien la partidura, se vestía con formalidad, con la camisa adentro, tenía por principio no usar chalas. Su conversación era instruida, educada, y llegado el caso galante, buscaba la conciliación, realmente la buscaba, no era afecto a atizar rencillas, simplemente no estaba en él, por el contrario, tendía a apagarlas. Todo esto lo hacía extraño en cualquier entorno relativamente juvenil, para no hablar el de los poetas del Santiago de los ’90.» Conocí al Chico Figueroa en una época de mi vida en que andaba con el corazón roto (qué comienzo). Me encontraba como al final de una novela de formación: había emprendido con motivación, y algo de estúpida confianza, algunos de los grandes proyectos de la vida: el amor, el trabajo, el deseo de asentarse económicamente, y había fracasado en todos. Era muy consciente del fracaso y, como quizás es natural, pensaba que a nadie más le sucedía lo mismo. Veía en mis compañeros de generación historias de éxito. Se asentaban, encontraban trabajos que los motivaban, establecían relaciones de pareja que se veían promisorias, o al menos una de las anteriores. Del Chico Figueroa, unos pocos años mayor, me impresionaba la tranquilidad, diría la alegría con que pasaba de todas esas cosas. No creo que haya sido una actitud completamente plena en todo caso. Era perceptible que había una cierta vibra de malditismo en él, una especie de confraternidad con la derrota, sympathy for the devil. Pero eso era algo subterráneo, incrustado en pliegues inaccesibles, que se dejaban traslucir solo con el tiempo. De apariencia era un personaje encantador, querible, querendón, a quien reamente no le importaban un rábano los sueños de éxito, de figuración, de contactos, que después se tomaron el país y arrasaron con él, como una plaga de langostas. En contrapartida, guardaba en alta estima los valores de la clase media, lo que él consideraba los valores de la clase media, en cualquier caso, ya en desaparición en el Chile de los ’90. Y que inervaban también su poesía:             Ni rubia ni morena, tan sólo digamos rica             harto rica la tonta, moléstele a quien disgústele             tan solo esto digamos             Ya frente a frente, por una dirección preguntóme             Respondí cordialmente, pues soy chico y gano poco mas no soy un roto Se hacía bien la partidura, se vestía con formalidad, con la camisa adentro, tenía por principio no usar chalas. Su conversación era instruida, educada, y llegado el caso galante, buscaba la conciliación, realmente la buscaba, no era afecto a atizar rencillas, simplemente no estaba en él, por el contrario, tendía a apagarlas. Todo esto lo hacía extraño en cualquier entorno relativamente juvenil, para no hablar el de los poetas del Santiago de los ’90.  Por alguna razón, enganchamos. No aprecié lo improbable del hecho en su momento, lo vine a ver después, antes de que muriera eso sí, afortunadamente. Teníamos algo en común. Algo raro, un poco perturbador. Nos tomamos cariño. No pasa tan a menudo en la vida, a decir verdad, al menos a mí. Quizás fueran las diferencias, los colores complementarios. Yo demasiado alto, de colegio particular pagado, más bien mezquino y autorreferente, asediado por el temor al fracaso. Por un tiempo, nos juntábamos a carretear prácticamente todos los fines de semana. Su cultura literaria era amplia y poética, le gustaba blandirla con cierto tono magisterial, pero siempre cortés. En ese entonces sus poemas nos parecían algo tentativo, un poco cómicos, con algo de jugarretas. Quizás demasiado sinceros o sobre expuestos para los altos cánones de la época. “Averiguar bien qué chucha es un poema objetivista”. Con el tiempo, creo que han crecido. Pero ahora, en la distancia, puesto ya bajo tierra en un ataúd rociado de vino antes que descendiera al “nicho helado”, me parece casi trivial, o quizás demasiado deliberado hablar de los poemas. Parecen ser otras cosas las que quedan, otro el misterio, otro lo incomprensible. Cuando tomaba más de la cuenta, se ponía insistente, “demasiado cariñoso” con las mujeres. Las que lo conocían lo entendían, lo tomaban como un gesto de cariño. Las que no, las que estaban de paso, reaccionaban agraviadas, o molestas, había que explicarles. Pero ¿explicarles qué? Era algo intransferible, que ni siquiera él parecía entender bien. Por ese tiempo yo estaba escribiendo mis primeros cuentos. Les otorgaba gran valor, y por lo mismo, no me atrevía a mostrárselos a nadie. Los había impreso, anillado, en la forma de un pequeño libro, y los tenía guardados en un cajón de mi escritorio. Malas copias de Faulkner o de Henry James, que me parecían una prístina forma de tormento espiritual. En uno, un chico atormentado llega a su casa después de romper con su novia, y ve cómo un enano emerge sorpresivamente de una caja de metal que tenía como adorno encima de la mesa, y le empieza a dar instrucciones respecto de cómo traducir a Shakespeare. En una de las juergas en mi casa, el Chico Figueroa me robó el manuscrito, obviamente sin que yo tuviera la menor idea. Al fin de semana siguiente, cuando me toca el citófono, se presenta intempestivamente como “el enano de la caja de metal”. Por un momento -un lapso no despreciable- una sensación un poco surreal se apoderó de mí. ¿Quién podía saber de la existencia de ese personaje de un cuento que no le había mostrado absolutamente a nadie? Me pareció que de alguna forma se hubiera escapado de las páginas para venir a atormentarme. Me tomó unos momentos caer en cuenta que el Chico había cometido el sigiloso latrocinio la semana anterior. Se había leído el libro completo, con gran atención, y lo traía lleno de anotaciones con lápiz mina. Nada demasiado halagüeño ni irreflexivo, casi por el contrario, consejos punzantes, directos, llenos de buena intención. Sobreponiéndome al temor al cliché, creo que el Chico me enseñó muchas cosas en la

Trasandino | De la escritura de un ex boxeador

«El hablante de “Groggy” es el sujeto imaginario de una emoción encarnada, la máscara del citadino angustiado, con deudas, sin futuro, que satiriza su realidad porque siempre se ve superado por los hechos, el oficio de ser escritor en Chile y no tener plata para sustentarlo, un Sísifo en cuclillas que ya no puede levantar el peñasco gigante y solo espera morir…» "En absoluto deseo demostrar, asombrar, divertir, o persuadir, escribo para amortiguar la realidad" H.F.   Llenando un vaso de cerveza escucho un álbum de Coltrane. Vuelvo sobre “Groggy”, un poemario de Héctor Figueroa. Con el correr de la noche levanto la mirada y sospecho: ¿Quién es el sujeto simbólico que está fisurado en estos poemas? ¿Quién es este ser fragmentado y diluido en un archipiélago de emociones? ¿De qué está hecha esta poesía urbana, irónica, poesía etílica con actitud punk que le da con el martillo a la moral catolicona chilena?  Es sabido que la poesía brota de lo incierto, que la fuerza del instinto sodomiza a la razón, y es ahí donde el artista, en su arrebato o delirio de pasión por la vida, de constante rebeldía contra sí mismo, arremete con la vitalidad del arte para herir los filamentos de la moral que lo coarta. En esta lucha sin descanso, en las páginas de “Groggy” vemos al poeta sobre el ring, desconcertado, lanzando golpes a lo loco a ese peso pesado que es la sociedad. Entre cada asalto escribe lo que siente, lo que le pasa. Repite azorado que no quiere salvarse ni salvar a nadie, tampoco responsabilizarse con el mundo, sino alcoholizarse como refugio para poder mascullar su nihilismo profundo, esa angustia que lo tulle y lo agrieta como tumbas a cementerio. Y en donde puede lamerse como perro callejero las llagas infectadas por el tiempo. En el fondo sabe que es su propia actitud punk lo que lo tiene contra las cuerdas. “No hay futuro”, replica, quizás por hastío o quizás por su fatiga ante cualquier profecía, sin embargo escribe, se esmera por aquellos materiales que solidifican su poesía y que hacen el registro de lo que siente, de lo que ve, de lo que oye, esa energía modelada de ritmo, de imágenes, colores, sonidos, silencios que devienen en unidad y le dan forma al poema; sólo para “conseguir estampar alguna bella imagen artificial.” En este sentido la poesía en “Groggy” es pulsión vital, emoción caótica y dispersa que tensiona repentinamente, y que se libera como un golpe ante un ataque, pero que en el fondo no es más que aquel vinculo momentáneo que se hace y se desprende de la vida para volcarse en el poema, entonces cabe pensar que lo que ata al poeta y a la poesía está hecho de puro instinto. Por eso “Groggy” nos presenta el mundo como lo experimenta, una poesía emparentada con el objetivismo que recurre a dar cuenta de la ciudad: un Santiago nocturno de los 80, 90, cableado público, casas abandonadas, deudas, borracheras, amantes, velorios, jazz, gorriones, poetas, televisores, donde circulan: “punkies vegetales, aspirantes a escritores, / mujeres despechadas, absurdos trash; / cesantes, lesbianas y homosexuales, / todos amigos de algo que jamás se concretó.” Con un jab nos enfoca la mirada para entrar en su cotidiano, a lo más cercano, ya que “el objeto natural es siempre el símbolo adecuado” decía Pound. Ausculta en lo entrañable, en lo frágil, en lo que avergüenza: "Puerta cerrada celda día / y aunque hace la cama barre la pieza / escucha música fuma; consignémoslo: / copralálico farfullante hacia dentro, su mente / es un hacinante de suicidios – imaginables de / todo tipo-." Ahonda en temas con un humor ácido, sin temor a la crudeza de algunas situaciones: “´La única manera de apartar a alguien del suicidio es empujarlo a él´. / -en esto se equivocó Cioran, el rumano charlatán, pues / mucho antes de leer su aforismo / aconsejé suicidio a un colega de trabajo. / Lo empujé de manera seria y no en broma, / no sin antes escuchar atentamente todas sus penas / (un montón de deudas, problemas con el trago, mujeres, se sentía solo). A mí ex-compañero / le gatillaron, le sirvieron mis palabras: / a la semana siguiente se colgó de un árbol en El Tabo." Con un swing nos interpela. Nos orilla con sus lecturas, huellas intertextuales para cartografiar su camino de lector: Williams Carlos Williams, Macedonio Fernández, Joyce, Franz Kafka, Enrique Lihn, Oliverio Girondo, Carlos Droguett, Juan Carlos Onetti, Guillaume Apollinaire, Emil Cioran, Edgar Lee Masters, Maximiliano Díaz, Sergio Sarmiento, William Faulkner, Friedrich Nietzsche, Cosntantino Kavafis, Juan Rulfo, Fernando Pessoa, etcétera, etcétera.  No obstante, algo peculiar ocurre cuando nos habla de su pasado. Rememora sobre hechos, retazos de la ciudad que lo habita, vuelve sobre vidrios rotos para respirar: "Era el tiempo primero, / tiempo de nunca acabar, era el amor / entre la fiesta del jazz y el champagne." Observa con melancolía las impresiones de otro tiempo, la imposibilidad de volver a bañarse en ese río. No así en su presente, ya con la experiencia de haber sido golpeado muchas veces. Vocifera imprecaciones rabiosas, hosco hasta con lo más íntimo: “¡Qué terrible ver / otro día tener / mañana y tarde por delante, / sol y color y más ser!” Con una escritura ácida se ríe de su decadencia, de su enfermedad, del amor, del oficio de la escritura, del Chile hipócrita que no ha superado al dictador culiado, del mundillo hediondo de los poetas de facultad, que se arremolinan como moscas en la caca para sacar algún provecho literario del talento de un poeta difunto. Se mofa, se alcoholiza, lee y escribe cuando la realidad lo excede; hurga sobre sí mismo, como carnicero faenando una res, para saber de qué está hecho. Se acalambra cuando la honestidad satura. El poeta con cada poema abrevia su existencia. En fin, el hablante de “Groggy” es el sujeto imaginario de una emoción encarnada, la máscara del citadino angustiado, con deudas, sin futuro,

Testigo Ocular | Héctor Figueroa Muñoz

«¡Ah, si ustedes hubieran conocido a Lucy, mi peluquera loca! / Una verdadera bruja, un hechizo de placer en la cama, / del baño a la cocina, de pie en el pasillo o bajo el parrón del patio, / en cualquier parte humedecíamos el cielo / (¡regálame tu lechecita, chico maricón!). // Fue un largo idilio, una borrachera intensa. / Hasta el día de hoy me arrepiento de haberla echado / con temor a que me pillara mi madre / haciendo de su antigua casa un lenocinio / con mujeres mayores que ella.» H.F.M Héctor Figueroa Muñoz nace en Santiago (1969), específicamente en el barrio Matta, viviendo allí hasta su muerte en 2019. Su poesía, de carácter vitalista y en constante diálogo con la literatura, muestra las andanzas y desandanzas del hablante, en un constante paralelo entre la figura del poeta y del boxeador. Sus textos por lo general son de carácter referencial, situándose en entornos familiares, barriales, laborales, estudiantiles, de amistad, los que observa a través del crudo prisma de la ironía. Contestatario y crítico, su poesía cuestiona no solo su ambiente más cercano, sino que se enfoca en la realidad del Chile de la dictadura y la post dictadura, mostrando la vida de los perdedores del sistema. Publicó, en vida, un solo poemario, aunque bajo dos títulos: “Groggy” (2003) e “Intemperancia” (2007).     “Groggy” Selección de poemas     Aunque la poesía no hace que sucedan cosas, dedico este libro a Nelson Figueroa Muñoz, muerto de sida a los 26; por tu homosexual hombría para enfrentar la catástrofe, porque te marchaste del país hipócrita y catolicón y ya nunca más te volveremos a ver.   CASA NATAL                                                                                                                           Mira nuestra juventud,                                             qué alegría más triste y falsa.                                                                      Jorge González  Tarde o temprano, majareta o no pero en retrovisor, hablarás de lo mismo: de aquella casa grande del musaraña dueño de casa (adolescente tardío con veintitantos), donde fuera de consternación primavera más invierno, entre la basura de los rincones y el demonio o solitario entre la multitud como un ditirambo al presente, iba desplegándose la fiesta, el carrete bello de la estupidez con actores torpes y desquiciados, refractarios a un futuro que los pillaría –solteros o en matrimonio– de la peor manera: con trabajos mala paga y ojos fijos a un horizonte con forma de televisor.   Luego de la diáspora sanguínea (padre calentón, hermanos responsables e independientes), lo que importa aquí es el asunto que lograste echar abajo, derrumbar completamente la antigua casa de tus padres (que alguna vez fuera el típico hogar de la familia chilena que tanto cuesta levantar para los de tu condición al menos). Bajo plenaria decadencia del imperio eternas, anodinas noches exprimiéndose como limón seco, vieja casa, en que ahora sólo ruidos de fábrica. Entre las habitaciones y los pasillos de ventanales rotos vientos disolutos de fantástica inmediatez, una situación de carpe diem como consciente a la tempestad, punto metal cero que sobrevendría.   Y tú como único imbécil anfitrión para ese variopinto zoológico, con todo tipo de aves y animales: punkis vegetales, aspirantes a escritores, mujeres despechadas, absurdos thrash; cesantes, lesbianas y homosexuales, todos amigos de un algo que jamás se concretó.   Humo y jazz, muchachas pálidas y melancólicas entrando y saliendo como rayos de luna en tu cuarto; tristeza y locura, días inválidos, jarana interminable a dos cuadras del Matadero.    INTEMPERANCIA  Se escapan solos y libres en la línea. Técnica, oficio, no importan tampoco la fama ni el anonimato porque a esa hora hay puro sentimiento como victrola vieja con tango nuevo y todo tiene sentido, es precisa la imagen el arranque y el vuelo magníficos, más solitario que de costumbre.   Si me vieras, amigo Lowry, precioso en la fuga.   Así es la soledad, el encanto de escribir perfectamente borracho.   EDIPO                                                       Sí; la vida es mujer.                                                                        Nietzsche   De adolescente que tengo un problema que me encanta: obnubílanme las mujeres mayores, no todas por supuesto, pero sí las hermosas, de rostro o cuerpo o simplemente de conmovedores gestos.   De aquel etario grupo fantástico me gustaron y síguenme calentando, una que otra vecina, las madres de mis amigos, las suegras de mis hermanos (aunque también a veces tengo rarezas, como la de encontrarme masturbando con mujeres más jóvenes o cercanas a mi edad como son la raza de las cuñadas, yo que tengo cuatro, cuatro cuñadas que no me pueden ver pero que por esto mismo me las violo mejor, con rabioso orgasmo de ellas inclusive).   Se sabe, hay mujeres de las que uno se enamora por su pura voz o la forma de callarse, su forma de sentarse o de sus movimientos lentos de pantera nocturna e insatisfecha; ¡hay mujeres de las que uno se enamora por cualquier cosa!   Maduritas mamacitas, de rostro ojos o piernas prodigiosas. Mis imposibles son: Paloma San Basilio, Faye Dunaway, Gloria Ana Chevesich, Jessica Lange, etc. Pero mejor no ficcionar, sigamos en

Fichero | Una vendimia inédita

«El protagonista de “Vendimia”, Éctor Abaroa, es un escritor santiaguino decadente, sobreviviente de cáncer al riñón, aficionado al trago y al cigarrillo, alter ego de Figueroa que oscila de forma permanente entre la cesantía y los trabajos menores -hacer el aseo, lavar la ropa, limpiar la caca de los perros, ir de compras- que realiza en las casas de sus hermanos burgueses, mientras sueña con ser trending topic en las redes sociales.» Durante la segunda década del nuevo siglo, Héctor Figueroa, que además de ser un gran lector de poesía era un fanático de la narrativa, comenzó a escribir una novela. Se sumaría así a la extensa fila de poetas chilenos de las últimas generaciones -como Alejandro Zambra, Guillermo Valenzuela y Yuri Pérez, entre otros- que han incursionado en este género que promete, pregúntenle al argentino Washington Cucurto, muchísimas mejores posibilidades de sobrevivencia económica que la poesía, algo que Figueroa requería con urgencia. Lamentablemente la muerte, que no está ni ahí con las humanas intenciones, lo visitó cuando había concretado solo los dos primeros capítulos de “Vendimia”, título del proyecto de novela en cuestión.  El escrito -aún inédito- llegó a mi correo enviado por el editor de esta revista, quien me solicitó -con amabilidad espartana- que escribiese un artículo al respecto, el que se sumaría al homenaje que -a tres años de su fallecimiento- El Mal Menor haría al poeta Héctor Figueroa, quien fue colaborador de este medio en su primera época, teniendo a su cargo la columna Taberna. Solícito, descargué el archivo, fue un proceso lento, estoy escaso de gigas, y lo abrí, encontrándome al tiro con el título de la inconclusa obra: VENDIMIA (fragmentos y capítulos de anticipo) Acto seguido -para no trabajar de más- lo copié y lo pegué en el presente artículo, conservando su tamaño y su tipografía, mientras me preguntaba si quien lea estas letras estará o no leyendo exactamente lo mismo que Figueroa pulsó sobre su teclado en algún momento a partir del dos de junio de dos mil dieciséis a las diez catorce de la mañana, fecha de creación del documento. No tuve, por cierto, una respuesta adecuada a mi pregunta, solo vanas especulaciones acerca del aura y lo original, así que continué con la inspección del archivo, sumergiéndome en la lectura de una obra que desde sus primeras páginas dialoga y rinde tributo al novelista barcelonés Enrique Vila-Matas: “Le está pasando [con Vila-Matas] lo mismo que le ocurrió cuando era adolescente con el libro ´Muertes y Maravillas´ de Jorge Teillier, lo leía de a poco, a pequeños sorbos, iban pasando las hojas y los poemas, un día uno, otro día otro, magia cotidiana, igual a un avaro que guarda y conserva sus monedas de oro para que no se le acabe de inmediato su riqueza. Pero ahora es diferente, y él lo sabe, ya no hay juventud, el futuro es ahora, la vejez se instaló y se siente ridículo como una colegiala en clases enamorada del profesor de manera secreta”, escribe el narrador refiriéndose al protagonista de “Vendimia”, Éctor Abaroa, un escritor santiaguino decadente, sobreviviente de cáncer al riñón, aficionado al trago y al cigarrillo, alter ego de Figueroa que oscila de forma permanente entre la cesantía y los trabajos menores -hacer el aseo, lavar la ropa, limpiar la caca de los perros, ir de compras- que realiza en las casas de sus hermanos burgueses, mientras sueña con ser trending topic en las redes sociales. Su madre, por otra parte, se encuentra enferma, internada en una institución hospitalaria, víctima de un accidente cerebrovascular, asunto que lo mantiene ocupado visitándola y en un malpaso cotidiano permanente, pues era ella quien se preocupaba por él y ahora no encuentra: “ningún lugar a la hora de once donde tomar una taza de té.” Los lazos entre “Vendimia” y la obra de Vila-Matas (Vil-Matas para Figueroa) no se quedan, no obstante, solo en comentarios de admiración hacia la obra del español, puesto que también se dejan ver en la estructura del proyecto novelístico del autor de “Groggy”, donde las andanzas y reflexiones de Abaroa en el Chile bárbaro y neoliberal de las últimas décadas -el Chile delineado por milicos, udis, erre-enes y grandes empresarios- se hallan entremezcladas con textos que ocupan el amplio espacio de posibilidades que hay entre el pelambre y el artículo de opinión, así como con una infinidad de citas de variados autores, mails enviados a amigos escritores, conversaciones con poetas chilenos y hasta una breve sección de adivinanzas literarias tipo programa de TV. Zygmunt Bauman, George Perec, Jorge Luis Borges, Robert Walser, Djuna Barnes, Isabel Allende, George Oppen, Brian Weiss, Pablo Coehlo, Franz Kafka, John Kennedy Toole, Stephen King, Gilles Lipovetsky, Honoré de Balzac, Baltasar Gracián, Noam Chomsky y diversos escritores chilenos como Pedro Lemebel, Vicente Huidobro o Carla Guelfenbeim, entre muchísimos otros, son las figuras  que surgen en estos textos, haciéndonos recordar una de las citas de Walter Benjamin que Vila-Matas trae a colación en su novela “El Mal de Montano”, donde señala que en nuestros tiempos “la única obra dotada de sentido (…) debería ser un collage de citas, fragmentos, ecos de otras obras.”  En este escenario, las opiniones respecto de sus pares de Éctor Abaroa, que también se refiere a sí mismo con el mote de “Mefuialachucha”, son furibundas, son resentidas, son mordaces, son descarnadas, pasando muchas veces los límites de lo “políticamente correcto” respecto de las mujeres y las minorías sexuales, donde se advierten brotes de corte machista de parte del personaje. En términos generales, eso sí, se encuentran centradas en lo literario y seguramente sacarán ronchas, pues Figueroa no tiene problemas para dar los nombres de los autores a los que se refiere, algo poco común en Chile, donde todo se matiza tanto que al final cada cosa es nada. Algo de eso alcanzará a percibir el lector en los fragmentos de “Vendimia” que se incluyen al final del presente artículo.  El título de la inconclusa y autobiográfica obra, para ir terminando, remite a la novela del norteamericano (premio Nobel de Literatura)

Taberna | Tocopilla la lleva (y eso que no hay un puto peso)

«La cuestión es que el loco hace goles y juega lindo, consigue hacer poesía, y por si fuera poco, riega y humedece terrenos salvajes y de carestía como son las calles de Tocopilla, veredas que no tienen nada que ver con Barcelona o esa playita de la Costa Brava donde narraba para callado y hacía las compras en la panadería Roberto Bolaño, el frustrado y resentido escritor mexicano…» Luego de leer las lúcidas respuestas de Daniel Marín, un quinceañero hip-hopero de Lampa entrevistado por esta misma revista en su edición número 5 del mes de mayo de 2006, Antonia me cuenta, drogados con alcohol y de manera atinente, que un sobrino suyo oriundo de Calama, el Fabián, odontólogo actualmente de 25 años, siendo niño conoció en persona a Alexis Sánchez, el futbolista sudamericano del momento. Dice que se codeó con el líder del equipo inglés Arsenal cuando era uno de los tantos niños y jóvenes introvertidos en el Chile de la primera década del 2000.   En sus veraneos en la comuna de Tocopilla, pre-adolescente escapándose del camping familiar, Fabián compartió con la estrella del balompié en varias ocasiones, sí, con Alexis Sánchez, nuestra estrella chilena nacida en Tocopilla. Como se sabe, Tocopilla fue una caleta fundada por un francés, una bahía que en 1871 fue nombrada “puerto menor” por Bolivia y que posteriormente sería casus belli de la Guerra del Pacífico, impuestos más, impuestos menos, cuando “nuestro país” la anexa definitivamente para su territorio, cuidando intereses económicos ingleses. En la misma época y guerra, hay que decirlo todo (ya que Wikipedia no lo hace) mientras la naciente nación de Chile se preocupaba de guerrear contra la Confederación Perú-Boliviana, la República Argentina nos robaba una considerable parte de la Patagonia, saqueo artero a nosotros chilenos, un pueblo pobre económica, monetariamente hablando. Me fui para otro lado. Le pido disculpas al lector. Esta crónica no es histórica. Tan sólo quiero aquí explayarme un poquito escribiendo acerca de un futbolista de relevancia no tan sólo por su fútbol, sino también en su calidad de ciudadano, aunque no vote.   La cuestión es que el joven de Calama describe a Alexis Sánchez como un niño que deambulaba con una pelota rota, hecha pedazos, hilachenta de tanto chutearla, desinflada, casi sin aire, un balón que apoyaba bajo el brazo mientras buscaba y reclutaba jugadores para “pichanguear” entre cunetas que apenas se asomaban a las polvorientas calles de tierra de Tocopilla. En su experiencia, Fabián le cuenta a su tía Antonia que la primera vez se puso triste cuando le preguntó por su papá, ya que Alexis le dijo que no, que no tenía papá, cuestión que lo conmovió profundamente. -¿Y vas al colegio?  -No, no voy al colegio. -¿Qué quieres ser cuando grande?  -Yo quiero ser un futbolista mundial, ¿y tú? -Yo quiero ser dentista. -¡Ah! La respuesta que le dio Alexis se apega a la realidad. Es de conocimiento público, hasta por medios internacionales, que el futbolista chileno admiraba y se quedaba pegado frente a la tele con los dibujos animados -animé japonés- doblados al español como “Los Supercampeones”.  Dominaba el balón y leseaba todo el rato con la pelota, le dice Fabián a su tía. Y que una tarde le preguntó ahí a orillas de la playa desértica de Tocopilla: -¿Quién te enseñó a hacer todas esas cosas con el balón? -Nadie. También le narra que el niño Alexis se quedaba solo a la hora del crepúsculo, lejos de la casa, mirando el océano, mientras todos los demás muchachos ya estaban tomando once (la hora del té, el pan con mantequilla o chancho en Chile) en sus respectivas casas. Prosigue contándole a la Antonia (nuestra Sherezade) que durante otras vacaciones de los años 2000 le pregunta, de manera chilena, al futuro bicampeón sudamericano, lo siguiente: -¿No tenís frío? -Sí, no sé, estoy acostumbrado, le dijo. El frío del desierto de Atacama lo conocen bien, cuando salen pa fuera a fumarse un cigarrito, los astrónomos que se pasan noches eternas mirando el cielo estrellado del universo, cual poetas chinos o escritores de verdad como Robert Walser, pero desde los telescopios internacionales financiados por el imperio y asentados en el norte del país de Lesa Humanidad de América Latina, el país Chile, satélite experimental de E.E.U.U. Perdón, tiendo a irme para otro lado, cual el talentoso narrador-protagonista Marcel Proust. Volviendo al artículo, la cuestión es que me tocó escuchar emocionado esta historia acerca de Alexis Sánchez (como ex futbolista y poeta frustrado que soy), pues lo primero que hice -luego de una vida bajo la crianza  de Pinochet,  los Chicago boys, Don Francisco prometiéndonos una nueva previsión, Bonvallet y el “condorazo” del mejor arquero del mundo que se perdió- a los 46 años, cuando tuve acceso a Internet y a Youtube por veinticuatro horas seguidas, lo primero que hice fue meterme a ver las jugadas del futbolista chileno compactadas por la televisión inglesa, recién llegado al Arsenal  y cuando apenas había convertido cinco goles.  La familia del niño Fabián, en Calama, todavía se emociona cuando ven a su ídolo por la televisión, haciendo goles en Inglaterra o por la selección chilena, o como cuando en Navidad o en otras ocasiones el futbolista chileno entrega regalos a los niños de Tocopilla. Sin reafirmar aquí que Tocopilla ya no es la Comala de antes, un pueblo muerto, triste y gris, con banderas plásticas negras de basura en señal de protesta por el abandono central, sino que ahora existe una atmosfera, según sus mismos habitantes, más bonita, llena de colores (plantas artificiales, verde césped enclavado en los alrededores del desierto más seco del mundo), donde además Alexis dona y paga  mensualmente para que un camión aljibe moje las veredas y riegue las calles polvorientas durante la canícula terrible de este pueblo pobre y aún olvidado del norte de Chile. Alexis Sánchez, con sus platas privadas -cuando lo privado y sus excedentes no son egoístas- le mejora el ánimo incluso a los veraneantes de Antofagasta o Calama que van a

Cámara rodante | Plaza Bogotá

“Me fui con la nostalgia de revisitar esas calles y esas casas donde tantas veces nos reunimos con Héctor a conversar y a beber, a intentar entender qué es la literatura, a acompañarnos en momentos oscuros y trágicos, a compartir la desgracia de vivir en un país donde la cultura sirve solo si genera plata, a sabernos sin futuro por el solo hecho de escribir poesía.” Salvo por un breve viaje a Europa junto a su madre, específicamente al País Vasco y a Lisboa, Héctor Figueroa, mi amigo y compañero de variadas aventuras literarias, pasó toda su existencia en nuestro país, más concretamente en el barrio Matta Sur, en el sector marcado por la añosa y hermosa plaza Bogotá, viviendo sucesivamente en las calles General Gana y Sierra Bella. En este sentido, el famoso verso de Enrique Lihn: “Nunca salí del horroroso Chile”, se ajusta bastante bien a su experiencia vital, mejor incluso que a la del propio autor de “La musiquilla de las pobres esferas”, quien cruzó las fronteras nacionales en múltiples ocasiones, siendo una especie de viajero frecuente, a diferencia de Figueroa, quien llevó una vida más bien barrial. Pensando en esto, junto a Emilio Serey decidimos recorrer las calles circundantes a la plaza Bogotá y recoger un testimonio gráfico de los sitios que acogieron a Titín en vida. Adicionalmente, nos contactamos con uno de sus hermanos, Juan Eduardo Figueroa, quien amablemente nos permitió fotografiar tanto el interior de la casa de General Gana como las instantáneas del álbum familiar.  Nuestro primer destino fue la plaza Bogotá, ubicada en Sierra Bella, entre Ñuble y Sargento Aldea. Nos encontramos, primero, con el antiguo teatro América (ex Rogelio Ugarte), que hoy funciona como bodega de una empresa de perfiles de aluminio. Se observa en su frontis, además, una animita en homenaje a un indigente que falleció en 2017 producto de la caída de una marquesina en mal estado. Frente al ex teatro, justo delante de una fuente de agua, había un grupo de pasotas bebiendo cerveza. Nos acercamos a ellos y les pedimos autorización para fotografiarlos. Al explicarles el motivo de las fotos, para nuestra sorpresa nos dijeron haber conocido y carreteado con Héctor en la misma plaza y también en su casa, aclarando de inmediato que no se trataba de carretes ruidosos, sino de tranquilas tertulias. La única mujer del grupo, Mireya, nos contó que el autor de “Groggy” alguna vez le escribió un poema alabando sus ojos. Manejaban, además, bastantes datos acerca de nuestro amigo, como que su hermano Álex fue ministro de salud; o que había estado alguna vez en la tele, en el programa de Warken; o que había leído sus poemas en la casa de Neruda. Nos despedimos del cervecero grupo y caminamos hasta la casa de Sierra Bella -una vivienda antigua, de fachada continua- donde Héctor vivió gran parte de las últimas décadas de su existencia. Queríamos fotografiar la casa en general, pero preferentemente la pieza de techo alto, llena de libros, donde nuestro amigo escribió parte importante de su obra. Pudimos, no obstante, fotografiar solo la mampara, puesto que un pariente que ahora vive allí se hizo el sueco y no nos invitó a pasar. Nos llamó la atención el mural que estos nuevos habitantes -primos, creo- pintaron sobre la fachada de la casa. Consiste, en términos generales, en un texto de Cervantes, según recuerdo, y unas caras redondas sonrientes -tipo Smile– de bastante mal gusto que, imagino, Figueroa hubiese aborrecido. Fotografiamos luego otros lugares del barrio, entre ellos la botillería donde Titín se abastecía y una hermosa tienda de antigüedades ubicada en Madrid con Ñuble, para finalizar visitando la casa de General Gana, donde nos esperaba -con unas cervezas bien heladas- su hermano Juan Eduardo. Al interior de la casa, que el mismo Héctor ayudó a remodelar luego de dejarla medio destruida en la época de los fervientes carretes juveniles, encontramos diversos rastros de su existencia: fotografías suyas y de parientes vivos y fallecidos, un viejo cuaderno tipo croquera con textos inéditos de los noventa, su bicicleta, su ropa y algunos de sus libros, nos más de doscientos de unos dos mil, por lo menos, que debe haber tenido su biblioteca, ahora en manos de los parientes de Sierra Bella. Ojalá que no los vendan por kilo, ojalá que no usen sus hojas – muchas de ellas de primeras ediciones de poesía chilena- para madurar paltas, ojalá que se los devuelvan a Juan Eduardo, quien celosamente ha numerado cada uno de los doscientos ejemplares que conserva, haciendo una lista a mano con sus títulos y autores en un viejo cuaderno contable. Cerca de las ocho de la tarde nos despedimos. Me fui con la nostalgia de revisitar esas calles y esas casas donde tantas veces nos reunimos con Héctor a conversar y a beber, a intentar entender qué es la literatura, a acompañarnos en momentos oscuros y trágicos, a compartir la desgracia de vivir en un país donde la cultura sirve solo si genera plata, a sabernos sin futuro por el solo hecho de escribir poesía. Nunca, eso sí, nos faltó el humor, la ironía, pues perder una y otra vez no significa estar derrotado -nocaut- si aún puedes reírte de ti mismo y de los cabrones que manejan el bulín. “No hay que cederle territorio al dolor”, señalaba con frecuencia Héctor Figueroa en sus últimos tiempos, cuando estaba enfermo y sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida y sí mucho de muerte. Luego alzaba su vaso, botella o copa y se mandaba un buen trago. Sergio Sarmiento  

Retrovisor | «Box Poetry», cinco poemas inéditos de Héctor Figueroa

«Lo que muestra “Box Poetry”, finalmente, son los alegatos o “rounds” de un desencantado y erizado poeta púgil ante una sociedad, como la chilena, donde la cultura y la poesía valen hongo y personas como Figueroa, que solo necesitan “-aparte de tiempo y espacio, / una cerveza, café y cigarrillos- / un lugar para escribir / y comer de vez en cuando” no tienen cabida en los utilitarios y banales planes de “desarrollo” de este país sin espíritu que muchos consideran ejemplar.» “El mundo no es redondo./ La vida es un cuadrilátero.” H.F.M.   Me encuentro ahora ante el mar. Corre un viento fuerte y las nubes se mueven como ganado blanco y vaporoso contra el cielo azul. Abro una silla de playa, abro una cerveza, abro mi computador y mientras recuerdo una mañana resacosa de los noventa en que junto a Figueroa recorrimos -en mi agónico Subaru sin patente ni revisión técnica- la costa azul escuchando una y otra vez Planet Claire de los B52´s, busco entre los documentos el archivo del poemario “Box Poetry”. Se trata de uno de los dos libros inéditos (el otro es el proyecto de novela “Vendimia”) que mi amigo y colega dejó antes de que un cáncer al pulmón se lo llevara de este y de todos los mundos. Digo esto porque Figueroa no era de aquellos que apuestan por el paraíso o por el infierno, simplemente -y sin aspavientos- no creía en la otra vida, no creía en la eternidad. El “aquí y ahora” nietzscheano lo marcó a fuego, dedicándose por tanto a intensificar las experiencias del presente -y a hacer ejercicios de memoria- en vez de seguir el camino que, supuestamente, conduce a la salvación o a la condena perpetua. Encuentro el archivo y lo abro, afuera una nube gigante pasa ensombreciendo el océano. Me pregunto dónde íbamos con Figueroa esa mañana resacosa escuchando la música pop de los B52´s. Y no me acuerdo. “Box Poetry” -constato mientras reviso sus páginas- es un libro más bien breve, dado que reúne un conjunto de treinta y cinco poemas, la mayoría de carácter inédito, así como algunos textos que fueron dados a conocer años atrás en Esperpentia y en otros medios de bajo tiraje. En cuanto a su concepción, se puede señalar que sigue una idea similar a “Groggy”, único poemario que dio a conocer en vida (publicado en 2003 por Ediciones Esperpentia y en 2007 por Ediciones Tácitas bajo el título “Intemperancia”), pues también consiste en una “recolección de textos sueltos”, tal como indica la bajada de título de su estreno literario. Con esto, Héctor pretendía dejar en claro que no trabajaba bajo el concepto de “obra” que se aprecia en autores como Raúl Zurita o Diego Maqueira, lo que requiere crear una estructura y luego textos que materialicen tal estructura, conllevando no solo un cierto artificio en la escritura, un forzamiento como el que ocurre cuando se recurre a la rima, sino también la inclusión de poemas “de relleno”, necesarios para levantar el edificio poético. Para Héctor, vate ciento por ciento vitalista, la poesía no debe forzarse, sino responder al momento. Sus poemarios, así, son sumas de momentos vitales que, paradójicamente, también funcionan como una obra, dado que presentan una coherencia interna dada por las preocupaciones, vivencias e intereses de su autor.  En cuanto a los temas tratados, “Box Poetry” también encuentra gran parentesco con “Groggy”, dado que no solo mantiene el paralelismo entre el poeta y el boxeador o el título en inglés, sino que los tópicos recurrentes siguen siendo similares: la relación del hablante con el alcohol, el registro crudo de la cotidianeidad, de la amistad, del “circuito” literario y de la vida familiar, una crítica profunda y mordaz al mundo laboral, el interrogarse cínicamente en torno a las relaciones de pareja y las mujeres, el cuestionamiento del sistema político y social chileno neoliberal, así como el uso constante, para algunos excesivo -que en “Box Poetry” se hace más excesivo aún- de recursos como la intertextualidad y la metaliteratura, ya que Figueroa debe ser el poeta chileno que más autores y citas de autores menciona por centímetro cuadrado de poema, lo que algunos interpretan como una especie de exhibicionismo, de ostentación o cachiporreo intelectual, aunque quienes lo conocimos de cerca sabemos que esta especie de “barroquismo metaliterario” no es más que una prolongación de su obsesivo vínculo con la literatura, de sus múltiples lecturas, reflexiones y búsquedas, en resumen, de su sapiencia intelectual. En cuanto a las diferencias, en “Box Poetry” se puede apreciar un mayor desparpajo que en los textos que componen “Groggy», incluyendo un mayor uso del lenguaje coloquial, de la prosa, de materiales extraídos de la cultura pop y de las chuchadas, contando además con poemas bastante atrevidos, con delirio de grandeza dirán algunos, en los que Héctor cuestiona frontalmente a algunas de las vacas sagradas de la poesía chilena, tratando, por ejemplo, de “impotente” a Enrique Lihn o de “irregular poeta” a Vicente Huidobro. Los poemas, además, se presentan “más despeinados”, más rebeldes gramaticalmente, que los de antaño, siguiendo, como señala Figueroa en el poema Malcolm Lowry, “el estilo sucio y de guiones que interrumpen la / concatenación de las frases-párrafos / como en Marcel Proust y sus oraciones subordinadas.” Se observa, también, en algunos textos “un acuso recibo” de los poetas objetivistas y su estilo telegráfico que escribas como Andrés Anwandter han seguido al pie de la letra, así como una fuerte presencia de elementos de carácter autobiográfico, exhibiéndose la vida personal de forma inclemente, desnuda, apenas dentro de las fronteras de la autoficción. En este sentido, se puede decir que su poesía se encuentra en las antípodas del lirismo o el hermetismo, siguiendo más bien la idea de Ezra Pound de “tratar la cosa directamente, ya sea subjetiva u objetiva”. En este contexto, lo que muestra “Box Poetry”, finalmente, son los alegatos o “rounds” de un desencantado y erizado poeta púgil ante una sociedad, como la chilena, donde la cultura y la

Panóptico | Al poeta Héctor Figueroa Muñoz

“Te ocultabas en trabajos lejos de la poesía de salón, de la academia, lejos de los circuitos ´correctos´, adentrándote en ese espacio que tanto apreciabas: el del ciudadano de a pie, del que se embriaga para tapar la realidad, del que no le alcanza el sueldo para llegar a fin de mes, de las mujeres que se venden, del poeta borracho que quiere morir joven dejando una leyenda tras de sí.” “Así es la soledad, el encanto de escribir perfectamente borracho” (H.F)   La última vez que te vi fue en la Posta Central, allí en la calle Portugal. Estabas en una pieza solo. Creo que me reconociste, aunque no podías hablar, pues tenías puesta una mascarilla de oxígeno, pero me sonreíste quizá pensando en un poema. Hace varios años que no nos veíamos. Pero eras tú mismo: Héctor, Titín, el Chico Figueroa. No pude estar mucho rato contigo, había varias personas esperando. Estábamos despidiéndonos. Lo sabías. Yo también lo sabía. Pero ¿qué decirte, qué palabras inventar en ese momento? Recuerdo que te di saludos de mis hijos a quienes me ayudaste a cuidar durante muchas vacaciones, en el Litoral Central, de padre recién separado. Me sonreíste por segunda vez. Te tomé una mano, y mintiéndote te dije que tuvieras fuerzas, que ibas a salir pronto de allí, que teníamos (tenías) poco tiempo, pues había mucha gente afuera que quería entrar a verte. Te di un beso en la frente. Salí y la realidad de un pasillo de hospital público me golpeó, la gente aglomerada, la gente pobre sufriendo la burocracia de la salud. Bajé las escaleras, afuera hacía mucho calor, el sol golpeaba fuerte esa tarde de enero, caminé hacia el Barrio Lastarria, buscando sombra, dándole la espalda a la muerte, a tu agonía y a los cientos de desahuciados que a esa hora agonizaban en todos los pisos de la Posta.  Pocos días después, sentado en la sala de embarque del aeropuerto de Santiago, minutos antes de iniciar un largo viaje hacia el invierno, recibí la noticia en mi celular, te habías ido, habías salido de escena, habías tirado la toalla, habías colgado los guantes definitivamente. Quizá era lo que querías. Terminar por fin con la función y comenzar con la leyenda de un poeta que muere en la Posta Central antes de cumplir 50 años. Pero la verdad es que, tal como dijiste en un poema, solo te nos habías adelantado. No pude asistir a tu funeral, estaba a miles de kilómetros de distancia de esa tumba que te recibió, después de los discursos de los viejos amigos. Nos habíamos conocido mucho tiempo antes, en los años ’80, en plena dictadura, en un colegio del centro de Santiago, cuando apenas eras un adolescente de 15 años y yo un profesor de Castellano recién egresado. Al comienzo eras uno más de los 45 alumnos de tu curso, hasta que poco a poco comenzaste a destacar con tus opiniones, con las largas y bien redactadas respuestas en tus pruebas. Eras distinto. No he encontrado muchos como tú en todos estos años. Con algunos de tus compañeros, interesados en la Literatura, hicimos una revista escolar en agosto de 1986, muy precaria, escrita a máquina, fotocopiada. Se llamaba “Laberinto”, en homenaje a Borges, muerto ese mismo año y, en la portada, Neruda. En esa revista de un número único, horriblemente diagramada y en cursiva, aparecieron publicados tus primeros poemas, estabas en segundo medio y ya eras un poeta. Y también un alumno modelo, especialmente en las humanidades, el hijo que toda madre quiere, bien portado, de uniforme y raya en el pelo. Después vino la época de tus lecturas compulsivas de poemas y también de los talleres literarios, en ese tiempo te invité a uno en la USACH, recuerdo la primera vez que fuiste, por dos cosas. La primera, que nos impresionaste a todos por la capacidad que tenías para citar autores y lecturas, se notaba que habías leído mucho. Te veías muy maduro para ser solo un escolar. La segunda que a la salida nos recibió, en la Alameda con Ecuador, una lluvia de bombas lacrimógenas y de piedras, era un día de protesta en contra de Pinochet. Ese era el contexto en que nosotros, ingenuamente, queríamos hacer Literatura, no panfletos.  Pero ya en ese tiempo algo en ti había ido cambiando, la poesía se había metido en tu ser, y poco a poco habías dejado de ser un “alumno modelo”, para lentamente convertirte en el “inútil de la familia”.  Creíste en la desmesura, el despropósito. Creíste que el poeta debe llevar también una vida de poeta, claro, leíste a Baudelaire, Rimbaud, Lautremont y comenzaste el camino del “amarditado”, del poeta marginal, subterráneo, del copete, del faltar a clases, de abandonar tus estudios, pues la poesía está en la calle. Y mientras algunos de tus compañeros poetas buscaban “la fama” en los circuitos correctos, conociendo y adulando a la gente correcta, arrodillándose frente al poder de una beca en el extranjero. Tú, por disposición anímica, por personalidad, te ocultabas en trabajos lejos de la poesía de salón, de la academia, lejos de los circuitos “correctos”, adentrándote en ese espacio que tanto apreciabas: el del ciudadano de a pie, del que se embriaga para tapar la realidad, del que no le alcanza el sueldo para llegar a fin de mes, de las mujeres que se venden, del poeta borracho que quiere morir joven dejando una leyenda tras de sí.  Con el paso de los años el taller de la USACH se cerró y los sobrevivientes formamos otro más informal, nos gustaba juntarnos a conversar de Literatura, de la realidad o de lo que fuera. No había un líder o alguien que lo dirigiera, pero nos reuníamos en la casa de alguno o en un bar a leernos y a destrozarnos sin piedad ¿Te acuerdas de esas reuniones? Había mucho humo, ruido de copas o vasos, alguien leía un poema y después de un silencio largo, el veredicto: lapidario, sanguinario, desprovisto

Retrovisor | Recuerdo

“¿Por qué busco justamente el poema ´Recuerdo´ y no cualquier otro? Porque, me parece, es el último que Figueroa publicó antes de morir, siendo además una especie de repaso de su existencia, algo así como una mini autobiografía, y al mismo tiempo una despedida.” Hace calor, caen los patos asados y mientras reviso los ejemplares de la primera época de El Mal Menor buscando el poema Recuerdo de Héctor Figueroa, tomo vino con melón heladito, fumo unos milígramos de juanita y rememoro la época -primera década de los dos mil- en que ambos fuimos parte de la perdedora revista Esperpentia. Yo escribía la columna La Morgue, donde hacía la autopsia (sin anestesia) a diversas publicaciones literarias, por lo general poemarios, y Héctor estaba a cargo del Ecualizador, sección donde DJ Tito, su atrevido alter ego, se daba el lujo de denunciar un plagio de Nicanor Parra o de corregir los versos de poetas para muchos intocables como Jorge Tellier o Pablo de Rokha, esto bajo la premisa de que todo autor sufre de altibajos.  Revuelvo el vino, los cubos de hielo entrechocan entre sí y con el vidrio verdoso de la jarra acinturada y barata que los contiene -un artículo de feria libre- formando una rítmica y delicada música que Figueroa, el Chico, amante del alcohol y del jazz hubiese encontrado maravillosa, motivadora, hipersensible, comparándola -esto ya es pura imaginación- con las cristalinas notas de vibráfono que Milt Jackson aportó durante décadas a las composiciones del Modern Jazz Quartet. ¿Por qué busco justamente el poema Recuerdo y no cualquier otro? Porque, me parece, es el último que Figueroa publicó antes de morir, siendo además una especie de repaso de su existencia, algo así como una mini autobiografía, y al mismo tiempo una despedida. El poema fue publicado originalmente en El Mal Menor número 9, en junio de 2017, en la sección Taberna, espacio que Héctor mantenía en nuestro medio. “Hola amigo, acá te envío (archivo adjunto) un texto, un ejercicio literario para ser publicado en la revista, si es que te tinca. Ojalá.”, señalaba el mail que lo acompañaba. El poema, que ahora entregamos a los lectores, por cierto, nos tincó y lo publicamos. También fueron las palabras con que lo despedimos en ese lugar que los inocentes llaman camposanto.  Iniciamos, así, la publicación de una serie de artículos y material inédito en homenaje a nuestro amigo y colaborador a tres años de su fallecimiento, ocurrido el 14 de enero de 2019. Vuela alto, se ve a menudo escrito en los autos que componen los cortejos fúnebres. Lo mismo le deseamos a Héctor. Vuela alto, toca las estrellas, embriágate con el éter fina reserva del cosmos.     RECUERDO por Héctor Figueroa   Recuerdo una mañana junto al olor del pasto tras el riego en una cancha de fútbol durante mi adolescencia.  Recuerdo el casete “Now’s the time” que sonaba todo el día y toda la noche y que me duró años en varias casas viejas hasta que me lo hurtaron. Recuerdo el triciclo rojo y el de color azul de mi hermano gemelo. Recuerdo el guión de un personaje de película de Woody Allen, quien dice "No sabía si un recuerdo es algo que tienes o algo que has perdido". Recuerdo que más que nada en el mundo quería ser futbolista cuando grande. Recuerdo el rostro de la primera puta con la que me metí, en la calle Lira 240. Recuerdo a la Tatiana Zurita (amor platónico) y a la Claudia Correa (primer amor carnal). Recuerdo las jugadas y los goles de Carlos Caszely con Severino Vasconcelos, pases y goles que vi presencialmente con entrada pago de niño en el Estadio Nacional. Recuerdo que Sócrates dejó dicho que el recuerdo es la memoria del alma. Recuerdo la muerte por Sida en 1996 de mi hermano gemelo, Nelson Figueroa Muñoz, del quien nadie se acuerda. Recuerdo el Súper-Tanker. Recuerdo cuando me llevaban preso por beber, como Rubén Darío, en la vía púbica.  Recuerdo cuando anduve con un pellet puesto en el estómago durante todo un año. Recuerdo la primera vez que dejé de tomar. De la segunda y de la tercera vez, también me acuerdo. Recuerdo cuando llevé a mi amigo de infancia José Millanao para que se descartuchara en un lenocinio. Me acuerdo de una puta linda pero de pies hediondos. Recuerdo el “I remember” de Joe Brainard y los “Yo me acuerdo” o “Je me souviens” de Georges Perec. Recuerdo a mis hermanas lindas hijas de mi padre de su segundo matrimonio. Recuerdo siempre Cartagena, sus casas y calles, la tumba del poeta, la Playa chica y la Playa grande. Recuerdo las voces y los gritos de los niños al salir de la escuela. Recuerdo cuando perdí ebrio un cuaderno de tapa negra donde iban todos mis poemas manuscritos de juventud. Recuerdo que también perdí ebrio las obras completas del loco Hölderlin. Recuerdo los libros que presté y no me los devolvieron jamás. Recuerdo cuando leí por primera y única vez Crimen y Castigo en el patio de la casa de mis abuelos. Recuerdo cuando leí completo El Quijote de la Mancha y me maté de la risa, a los 33 años. Recuerdo las empanaditas de queso, el pastel de choclo y las humitas que cocinaba mi mamá. Recuerdo cuando conocí a mis hermanas y a mi hermano de la playa. Recuerdo cuando el poeta Jonás me invitó a publicar en sus ediciones Alta Marea, ahí en El Tabo, donde conocí a mis hermanas y a mi hermano de la playa. Recuerdo cuando éramos cabros chicos ahí en Victoria Subercaseaux con la Alameda y nos leíamos poemas con Germán Carrasco. Recuerdo mi primera revista literaria (la “Laberinto”) que fundamos en el Colegio Excelsior en 1986. Recuerdo cuando parimos (parto difícil) la revista Esperpentia con Sergio Sarmiento y Maximiliano Díaz Santelices. Recuerdo la cuestión fantástica de lo metaliterario. Recuerdo a Borges y sobre todo El mal de Montano. Hay huevones a los que no les gusta Vila-Matas. Allá

Testigo ocular | Agustín Zumaeta Basualto

Nacido 1920 en Gultro, Rancagua, Agustín Zumaeta Basualto -el último de “Los Inútiles”- desarrolla su poesía siguiendo una línea seminarista, religiosa, creando versos emplazados en un ambiente provinciano, cotidiano, nostálgico, que no dejan de lado la reflexión sobre la escritura ni el aspecto político, mostrando un alto sentido de la injusticia. Publicó en vida un único libro, “No se ha extinguido el sol” (1991), conservando su familia, además, cientos de poemas inéditos, algunos de los cuales se incluyen en la presente selección. Agustín Zumaeta falleció en 2010, viviendo en la comuna de San Bernardo.     A ROBERTO PARADA                   Una vez más caemos a la muerte  sin término; pero este hombre tan alto,  tan potente, tan duro, que parecía hecho de sustancias  de roble, cayó hace muchos días bajo  el filo salvaje del hachazo cobarde  que le taló a su hijo.   Ahora ya las cosas son sin remedio. Se condena a los reos comunistas para siempre al infierno. ¡Y el cielo está de par en par abierto para sus asesinos!   No es justo, es imposible,  no lo acepto. No puede ser. No es bueno que los hombres  de abrazo libre  y corazón fraterno sean proscritos  de la tierra madre por concebir  el aire y la estatura sin ajustarse al último decreto del que reparte  el pan discriminado.   Ahora estoy llorando hasta  la sombra volviéndome a los puntos cardinales preguntando a los cielos y a la tierra la razón de esta sinrazón horrenda de que esta voz que embalsamaba el aire con su recia ternura  haya tenido que salir a buscar  lejos de Chile la almohada de su muerte.     LA FUGA   Mis hermanos duermen.  Son la pena dentro de la cárcel. Mis hermanos duermen.  Su conciencia cesa de enrostrar delitos. Mis hermanos duermen.  Los legisladores establecen leyes. Mis hermanos duermen.  Sólo un centinela atrapado en su torre. Mis hermanos duermen. En sueños se evaden saltando los muros. Mis hermanos duermen. No queda uno solo en la cárcel.      ORDEN   Habría que haber puesto orden a tiempo, haber trazado  las líneas divisorias, las enérgicas  alambradas de púa.   Me decían  que era posible que me arrepintiera  de que la casa echara sombra, de que el árbol produjera sus hojas anualmente, que era posible que me arrepintiera de tener cinco dedos  en la mano.   Y yo me arrepentía del crepúsculo; pero el crepúsculo era. Y yo me arrepentía de la casa; pero la casa era y de la mano  y de sus cinco dedos, y de la rueda y de la superficie inclinada en pendiente  ¡todo era! Y sigo arrepintiéndome  del mar y las montañas, de los árboles, y del ladrido concertado y múltiple  de los perros heridos por la luna  que ahí están  ¡y me muerden!      EXTRAÑO   Me desconocen los que fueron míos. Soy uno que pasó. Ni aún mi nombre ha quedado en su voz. De su memoria ha quedado  barrido para siempre, más extraño que nunca,  me mantengo a distancia del viento y la marea; y mientras los que bullen a mi lado corren, gritan, aúllan, gesticulan, trepan por escaleras, se encaraman para alcanzar el vuelo de las nubes yo me mantengo hermético,  callado, ausente, esquivo,  extraño como nunca, mientras la soledad irreductible clava en mi libertad su aguda lanza.     ARISTAS   De repente me dicen  los que saben que yo no sé, que yo no entiendo, que ando perpetuamente equivocado, que niego que haya rosas de cemento en el bolsillo, que arden con la dureza firme  de sus pétalos, que abren su dura maravilla bajo un árbol, junto a una casucha de madera, tanto por la mañana como ahora en el atardecer de las arterias.   Tengo que confesar, hermanos míos, no haberlas visto nunca, ni haber tenido ante mis ojos una de estas rosas tan útiles, tan duras, tan necesarias para la paz del alma y sus confines, tan imperiosas para el horizonte que nos aguarda  en una enredadera que desistió de su costumbre de anudarse a un balcón, a una ventana que ya debiera estar definitivamente cerrada.   Yo no la he visto; pero existe y siento  que me es estrictamente necesaria     ARTE POÉTICA   Me he pasado la vida lleno  de miedo por la luz imperfecta. No, esto no anda y menos se remonta. Los que han presenciado mis intentos de marcha, me alientan a que siga. Y algunos, unos pocos me han visto haciendo esfuerzos con las alas, me dicen que eso es vuelo que, hendiendo las nubes, alcanza las estrellas. Pero yo no les creo.   Me quedo en esta duda: me propongo ensayar otra vez y, a mi juicio, o a mi mal juicio,  que eso es punto dudoso, no resulta el intento.   La palabra no prende. La lámpara no inunda  de resplandor el sueño. El cielo permanece infranqueable para mi corta brisa.   En el silencio, es cierto,  la palabra exacta, la palabra está llena  de resplandores mágicos; algo como un ritmo inédito que me mece entre sus brazos, los querubines surcan los cielos infranqueables; el alba está más pura que el rocío recién editado.   Pero ocurre solo en el silencio. Cuando hablo, caigo a la tierra.     ÓRDENES    Una palabra y otra palabra me dicen: «Cántame» y yo las canto; una palabra y otra palabra  me dicen: «Lárgame» y yo las largo; una palabra y otra palabra  me dicen: «Túmbame» y yo las tumbo; una palabra y otra palabra  me dicen: «Rézame» y yo las rezo; una palabra y otra palabra  me dicen: «Cántaro» y yo las quiebro; una palabra y otra palabra…   Cruzan las sílabas por mis ojos; cruzan las sílabas por mis manos; cruzan las sílabas por mis dientes; cruzan las sílabas las palabras.   Y así me pasó días de días en este juego sin reticencia, en ese juego sin consistencia, en este juego sin más violencia,