Literatura

Testigo ocular | Juvencio Valle

Juvencio Valle nació en 1900, en Villa Almagro, región de la Araucanía, falleciendo en 1999 en Santiago de Chile. Compañero de liceo de Neruda en Temuco, los límites de la poesía de este “poeta mayor de los bosques chilenos”, como se le ha dado en llamar, pareciesen no extenderse más allá del paisaje sureño, de la naturaleza, de sus situados anclajes y las figuras mitológicas que el poeta inscribe en estos escenarios. Sus versos, sin embargo, recogen también otros sonidos, otras pulsaciones, pues entre el follaje surge la humanidad, la voz del habitante que vive y respira en ese territorio aún pobre y maravilloso. Casi hace cien años, en 1929, Juvencio Valle publicó “La flauta del hombre pan”, su primer poemario. AGUA PROFUNDA Tengo melancolía. Es silenciosa y tibia: de claridad y hondura estoy herido. Pienso en mi padre: es alto como el trigo, fuerte como un David en la colina. Pienso en mi madre: como un rosal es ella (florece en mi corazón su rosalía); cultiva flores y borda en su pañuelo monogramas que tienen mi corazón asido. En mis hermanas pienso. Así me digo: bella rosa del alba, clara luz de este día, susurradora estela, tránsito de mi vida: todas en mi corazón están conmigo. Mis hermanos son libres como el agua. Van por la vida con su ardiente sino; gustan palpar la tierra, oler la hierba, y en vez del oro manejar el lirio. Torno a mi infancia. Veo un campo abierto, un alba en ciernes, un insinuado ritmo. Vuelvo a mi infancia, siento un clima de oro; todo un vívido mundo está conmigo. Hacia adentro me miro: la belleza me duele, que desde raíz a copa sufro y vivo. Todo me toca en pleno, todo viene a golpear en mi corazón: estoy herido. BOSQUE ¿Con qué llave de cábala han de abrirse tus arcas? ¿Con qué piedra de gracias habré de golpearme el pecho para que al fin se me abran como flores tus puertas? ¡Oh majestuoso duende de la barba florida! Aquí estoy de aventura, pero nada he resuelto. Tantos signos me mienten. La centella, la aurora; mis pasiones tan vivas, el diablo del laberinto y esta duda de afuera como piedra y esfinge. Aquí estoy de aventura, pero nada poseo. Ni el caballo que tiene la herradura de vidrio, ni la cota de mallas para cambiar de cara, ni la espada que canta como un lirio en el aire. ¿Cuál será la medida de tu sésamo ábrete? ¿cuál la cisterna húmeda, pura como una polca? Ya, comadre cigüeña, baje del campanario, eche su cuello al viento, baraje como una mula. Calzado con mis virtuosas espuelitas de cobre corta se nos haría la estación de la luna. Y linda princesa mía, cómo estarás llorando porque tu estrella triste se tumbó a la deriva. Mas yo seré el que conquiste tu castillo de naipes, el que te sigue el pecho con su ramo de olivo. Y pobre del dragón verde que está echado en el césped gozándose en la doliente procesión de tus lágrimas. Yo le haré que se oville como un perro de lana hasta lamer el polvo de oro de tus sandalias. Aquí estoy de aventuras, y está todo resuelto. Yo seguiré mi norte, camino de la leyenda, hasta que un sabio golpe de mi hacha de viaje me haga llegar a siete estados bajo la tierra. El CANTARTE HA CONSTITUIDO MI OFICIO VERDADERO     Hace ya tanto tiempo que te describo y tanto que te canto en terrenal y divino; he sido para ti como un músico empecinado, he tocado tus arpas, y medallas y títulos te he prendido a lo ancho de la solapa.      Al evocarte creces más que el humo y eres como una iglesia de muchas torres; tañen en mi memoria tus altos campanarios, a tu arrimo se captan músicas gregorianas. De entre mis viejos amores sólo tú tienes para mi sed ardiente un incentivo mágico.      Te supuse un gigante de turbulenta barba, un monarca poseedor de incontables tesoros o el guardador celoso de un real paraíso. A través de los años siempre significaste el absoluto dueño que barajó a mi vista una sorprendente mitología para mi uso.      Y Pan con su peligrosa flauta incendiaria poblando tus galerías de líricos rumores, y en pos y remolino las múltiples deidades, peplos y cascos juntos, vírgenes y faunos: en una ardiente simbiosis de dientes y uvas, el germinal estremecimiento de la tierra.      Y es que a tu irresistible privilegio, loco desmesurado, agregué el sueño propio: aproximé mis lindes, sumé mi ínfima rama a tus gigantes árboles.                                    Unido a tu resaca no supe ser yo mismo, delimitar mi paso; de tanto irme contigo perdí mi señorío y como quien padece frío y busca el fuego me sumé a tus hogueras para quemarme. MI CHILE HORIZONTAL     MI Chile Horizontal horizontal y maternal, tendido;  hundido en tierra, florecido en pleno.  De largo a largo van tus terremotos,  de piedra en piedra tus ardientes nidos.      Eres duro, mi Chile, como un hueso,  descarnado y desnudo eres, mi Chile.  Te muerde el sol arriba,  el mar como una vaca azul te lame;  te lame las heridas,  la orilla carcomida.  El terrible lanzazo en el costado  con sal universal te lame.      Mi Chile vertebral, de mesa pobre,  cuna de oscuro mimbre,  pan de salobre miga,  abordaje y espada,  dentellada y salmuera;  de sur a norte van tus cabalgatas,  de abismo a cumbre tu delgada harina,  tus arañas colgantes,  tus viejas mordeduras.        El bramido de tus vacas flacas,  tus estrujadas ubres,  tus pesebres nocturnos, tus caballos  que el viento frío aguija;  tu solitaria viga  que el tiempo reverdece  de estación a canción toda la vida.        Por entre duros cúmulos de piedra  el amor te resbala,  te desliza su aceite bien

Trastienda | Latido de un corazón material en una cocina americana.

Recordé un cuento de Raymond Carver a raíz de un comentario de Derrida sobre el animal posthistórico que imaginaba Kojéve en la sociedad estadounidense que está en Los espectros de Marx.  Si ese fuese el momento del fin, en esos espacios de la vida del sueño americano, expuesto ahí, pensaría en una distopía que se acercaría más bien a Dick. Pero, en Carver, el desfile de esos personajes atemorizados que de pronto saltan a la incertidumbre y se derrumban sin caer definitivamente o que en un momento algo ocurre que los abre al espectro de lo indecible, me hace pensar en la instancia de un lugar sin historia. Donde nada arriba porque todo ha pasado, y sin embargo… Vidas cotidianas inmersas en el estilo de vida americano. Hombres cesantes, mujeres esperando que el pasado las redima en la voz de sus hijos, individuos que esperan que el otro los ataje en la caída y a veces en la soledad un extraño se abre paso para sostenerte con un gesto insignificante, o simplemente entran en la dimensión desconocida de una soledad irredenta.  Rodeados de artefactos construidos por la producción en serie capitalista, los cuentos nos transportan por esa parte que no se asoma en la versión oficial. Esa caída que termina por ser solo la elección individual de un personaje que toma malas decisiones o se alcoholiza, en ningún caso esas chuletas friéndose en un sartén son parte de esa soledad que es propia del perdedor americano. Todo en ello indica un derrumbe que se abre hacia el silencio de un momento en que vemos unos ojos descolocados. La posición de un cuerpo frente a la televisión que ya no puede volver, que no puede asumir su destrucción en curso e incesante y ante eso solo mira la televisión en su sofá, en su casa, hasta que ve sus pies desnudos hasta que la vida late en el tedio. El animal posthistórico, el animal de la producción en serie y de la propiedad abstracta, el animal capitalista desde décadas no celebra a sus despreciados, pero los expone con la compasión de las vidas inconclusas e insignificantes. En el todo abierto de la literatura cada una de ellas es una transformación en curso. Cada una de ellas es el producto de un proceso que toca sus límites en el cesante o en el borde de lo no dicho. Entre el trabajo y el lenguaje. En el tedio algo late y toda la carne es triste. Hay muchos cuentos que recuerdo. Imágenes que se mezclan unas con otras. Salí de sus cuentos como si alguien hubiese aumentado la luminosidad de las cosas en su superficie. Como si en ellas de inmediato se presentara algo impenetrable y que cada vida por insignificante que pareciera enfrenta un terror inminente e innombrable alojado en las cosas que decoran y sostienen la escena de casa. El miedo y el margen en el centro de living room o en la cocina americana. Entre cajas de mudanza, el miedo viene desde el pasado. Pero también la compasión o la ternura. Una madre que se cambia y habla por teléfono con su hijo y él percibe en ella el miedo que tiene a comenzar de nuevo y repite lo que decía su padre y que él cree que la tranquilizará: Querida procura no tener miedo. Unas palabras que caen y abren la vida a su desnudez con la simpleza característica de los cuentos de Carver. Lo que impera es ese temblor del ser frente a la magnitud de movimientos cotidianos inaprensibles. Encuentros, muertes, rehabilitaciones fallidas, vueltas, reintentos, trabajos mal pagados e insostenibles en la trastienda del lujo que se nos vende en la imagen hollywoodense de la potencia. Ese animal asustado rodeado de cosas, trabajos y caídas, pobreza y cesantía se vuelve hacia el silencio, hacia una suspensión que domina el cuento y sobre la que a veces recae la crítica. Gente que se tapa el rostro en plena pelea familiar como un gesto que define la imposibilidad de sostenerse, como si fuese el cliché de una mala película. Aquí adquiere la relevancia de una fragilidad chocando con los muros de la abundancia del mercado. El silencio bordea los cuentos, deja que los diálogos resuenen en él. Es como si las historias donde no pasa nada estuviesen envueltas por lo indecible. Un lugar donde no ocurre nada porque todo un sistema se asienta en ellas sin moverse más. Porque ha cumplido su promesa en el desajuste de la vida. La ha vaciado y su sentido descansa en aquello que poco a poco se disuelve que ni siquiera viviendo la vida de otros podemos tener, porque en la casa del vecino solo se asoma la tristeza de aquello que no somos y que queremos ser sin verlo hasta que toda la indumentaria parece llamarnos. Esas voces surgen de una forma de estar.  La conversación en la cocina del cuento De qué hablamos cuando hablamos de amor es un dialogo que se decanta hacia el latido. Pero también hacia el momento en que ese latido parece quedar suspendido luego de cada palabra. Es decir, que en los cuentos de Carver, de esa firma, de lo que implica esa firma, nos encontramos con aquello que en la escritura, en el lenguaje, se sustrae a todo decir y que está inserto en lo cotidiano. Es como si su sonido, el modo en que se relata y ahí su literatura, no denuncia un sistema, sino que en él algo que no está se asoma en cada gesto de los personajes que se derrumban, en una imagen desnuda de la fragilidad, en una dentadura postiza, en unas palabras que se dicen con mucha honestidad pero parecen salvarnos, en una imagen de pies desnudos, en unos ojos idos luego de un golpe en una piscina. Algo inaccesible se abre en ellos, pero no para entrar sino para encontrarnos con ese borde que nos devuelve al modo insignificante, pero enigmático de la realidad.  La literatura, hasta en su modo más

Retrovisor | Rilke, Cézzane y el objetivismo

Paul Cézzane murió en octubre de 1906. Un año después el Salón de Otoño de París -donde dos años antes se habían dado a conocer los fauvistas- dedica dos salas a la exposición de las pinturas del autor postimpresionista. Uno de los visitantes más asiduos a esta muestra del precursor del cubismo -y de la pintura moderna en general- es el poeta Rainer Maria Rilke, conocido ampliamente por los textos que dieron origen a su obra más difundida, “Las cartas a un joven poeta”, que dirigiese al cadete Franz Kappus.  Atraído por la estética del pintor francés -a quien denomina “el viejo”- Rilke concurre casi a diario a la exposición, anotando sus reflexiones en las cartas que le enviara a su mujer, la escultora Clara Westhoff, que se hallaba en Alemania.  Además de coincidir con Cézanne respecto de la importancia de ver el arte como un trabajo vital, idea que adquirió siendo secretario del escultor Auguste Rodin, el principal motivo de admiración de Rilke hacia al pintor -nacido en Aix en 1839- gira en torno a su capacidad para distanciarse emocionalmente de aquello que pintaba: “es natural que se ame cada uno de esos objetos cuando se los hace, pero si se expresa ese amor, se los hace menos bien: se los juzga en lugar de decirlos. Se deja de ser imparcial…”, escribe en una de las cartas. Le cuenta a su mujer, además, que Cézanne se sabía de memoria el poema “La carroña”, de Baudelaire, texto que para Rilke era fundamental puesto que “sin ese poema toda la evolución hacia el decir objetivo que ahora creemos reconocer en Cézanne, no habría podido comenzar; antes debía estar allí ese poema, implacable”.  La importancia que la obra de Cézanne adquiere en Rilke es significativa, viéndose reflejada en sus “Nuevos poemas”, o “poemas cosa” (Ding-Gedicht), que publica en dos series, la primera en 1907 y la segunda al año siguiente. Se trata de poemas a los que Rilke intenta dotar de las cualidades de un cuadro o de una escultura, siguiendo la influencia del pintor francés y también, por cierto, de su antiguo maestro, el escultor Rodin. Algunos de estos textos, especialmente aquellos despojados de las referencias mitológicas y religiosas que abundan en su obra, como “Ciega incipiente”, “Hortensia azul”, “El ciego” y “La dama ante el espejo”, se acercan bastante -desde mi perspectiva- a lo que hoy entendemos como objetivismo.  En una nota del texto “Flint on a Bright Stone” (2006), libro donde Kirsten Blythe Painter explora a diversos poetas modernistas gringos, alemanes y rusos, Phelan señala que Ezra Pound -piedra fundamental del objetivismo- no dio muestras de tener “demasiado aprecio por el trabajo de Rilke, asociándolo, en cambio, con la ´sentimental´ generación previa de poetas, sin estar consciente del énfasis en el trabajo y el rigor de Rilke en el período de sus ´Nuevos poemas´”. Rilke, que era austrohúngaro como Joseph Roth, se vio de este modo desconectado de la nueva poesía que surgiría por esos años, siendo visto por muchos como un autor tan anticuado como el mismo imperio que lo vio nacer. En este escenario resulta inoficioso, pero altamente tentador, preguntarse qué hubiese ocurrido en el caso de haber existido “comercio” entre ambos autores. Lo cierto, sin embargo, es que pese a no ligarse con el modernismo ni ser parte de las vanguardias, las reflexiones y la poesía de Rainer María Rilke -destacada por intelectuales como Heidegger- permanecen vivas hasta el día de hoy, se siguen leyendo en diversos círculos a pesar del rudo dictamen de Pound, pues más allá de su carácter neorromántico se refieren a aspectos esenciales de la existencia humana y su espiritualidad, así como al arte y el ejercicio del oficio poético.  “La pintura es algo que ocurre entre los colores (…) El tráfico entre ellos: eso es la pintura.”, escribió Rilke al analizar los cuadros de Cézzane. Esta sentencia, también aplicable a la poesía y a las palabras, es parte de los fragmentos de las cartas -editadas en 1978 por Goncourt bajo traducción de Andrea Pagni- que el poeta fallecido en 1926 dirigiese a su mujer, Clara Westhoff, respecto de la exposición de Paul Cézzane, fragmentos que ahora presentamos para conocimiento y análisis del insigne público de la también insigne revista “El Mal Menor”. Fragmentos seleccionados Manzanas y botellas de vino Tú sabes que en las exposiciones siempre me resultan mucho más interesantes las personas que las recorren, que los cuadros. También sucede lo mismo en este Salon d'Automne, salvo en la sala de Cézanne. Allí toda la realidad está de su parte: en ese azul suyo, denso y algodonado, en su rojo y su verde sin sombras y el negro rojizo de sus botellas de vino. Cuánta pobreza tienen en él todos los objetos: las manzanas, son todas manzanas de cocina y las botellas de vino parecen hechas para los bolsillos deformados, agrandados de abrigos viejos. (7 de octubre, 1907) La réalisation Hoy quisiera hablarte un poco sobre Cézanne. En lo que se refiere al trabajo, aseguraba haber vivido como un bohemio hasta los cuarenta años. Recién entonces, al conocer a Pissaro, se le habría despertado el placer por el trabajo. Pero de tal modo, que durante los últimos treinta años de su vida no hizo más que trabajar. Sin alegría en realidad, según parece, con saña constante, en desacuerdo con cada una de sus obras, porque ninguna le parecía alcanzar aquello que era para él lo más imprescindible. La réalisation lo llamaba, y lo encontraba en los venecianos que había visto antes en el Louvre una y otra vez, y a los que incondicionalmente había reconocido. Lo contundente, el devenir cosa, la realidad llevada hasta lo indestructible a través de su propia experiencia del objeto: esa era para él la meta de su trabajo más esencial. (9 de octubre, 1907) El viejo estrafalario Y el viejo soportaba sus disensiones, recorría de un lado a otro su atelier que no tenía buena luz, porque el constructor no había considerado necesario atender

Víctimas anónimas | Errázuriz, el podrido

Hace poco más de dos décadas se aprobó una ley que otorga igualdad de derechos a las creaturas nacidas fuera del matrimonio, terminando así con la estrafalaria idea de los hijos ilegítimos. Indica esta ley, además, que ante la ausencia del padre la madre tiene derecho a darle el apellido que le parezca al niño. Tal es mi caso. Antes de la existencia de esta ley hubiese sido un “huacho”. Hoy, sin embargo, soy un Errázuriz. Mi madre, que es una loca, eligió este apellido rimbombante para mí. Un apellido de millonarios, de obispos, de presidentes. No sé de dónde sacó la idea. Nosotros vivimos en La Pintana, que es un lugar chato y pobre, en las cajitas de fósforos que se llueven vivimos, aquí hay puros gonzález y tapias, no hay larraínes ni ochagavías. En la escuela y en el liceo mis compañeros y compañeras me pusieron apodos como “El Conde”, “El Señorito”, “El príncipe”, “El Cuico”, pero para mi mala suerte perduró el peor: “El Podrido”. Surgió, este sobrenombre, del comentario irónico que hacían mis amigos cuando les pedía dinero prestado: Errázuriz, el podrido en plata, decían. Luego se metían las manos a los bolsillos y me apañaban con unas monedas para un berlín o un cigarrillo. Ser conocido como “El Podrido”, les digo, no es nada bueno. Es como si viviera en un pantano. Es como si hubiese animales muertos descomponiéndose en mi boca. Por eso me voy a ir de este barrio. Y me voy a cambiar el apellido, ojalá por el verdadero, que estoy seguro debe ser uno normal. Claro, porque he visto fotos de los Errazuriz en Internet y no soy como ellos, yo soy bajo, de ojos negros, de nariz ancha, moreno; ellos, en cambio, son altos, rubios, de narices delgadas y ojos claros. Ellos juegan golf en La Dehesa, yo vendo paraguas en el Paseo Ahumada. Le he preguntado a mi mamá por mi padre infinitas veces. Y siempre se va por la tangente. Debo ser producto de un polvo pasajero, de una calentura, de una violación, de una gota de semen que cayó en la tapa del wáter donde mi madre orinaba, quién sabe. Errázuriz, Errázuriz es tu padre, me dice cada vez que le pregunto por mi origen, embuste que con los años ella misma se ha ido creyendo, pues cuando se reúne con sus amigas del Teletrack, es cajera ahí, les cuenta de su romance con Ramón Antonio Errázuriz. Vive en Vitacura, la he escuchado decir, me llevaba a Viña, a un hotel con más estrellas que el cielo.  Años atrás, cuando tenía quince, con el padre de un amigo, que es mueblista, fuimos al barrio alto en su destartalado furgón. Don Mono, así le decían, tenía que medir, no recuerdo para qué, unas paredes de la cocina del lujoso Club de Campo Las Dalias. Mientras esperábamos, con Cuchurruco, mi amigo, nos fuimos a recorrer los jardines, que eran súper bacanes. Intruseando llegamos a una especie de salón de actos. Entramos. Pasando el umbral nos encontramos con un hombre de gran estatura que nos detuvo y nos preguntó quiénes éramos y que estábamos haciendo allí. Nosotros, asustados, no respondimos. Soy un Errázuriz, dijo entonces el hombre, y este salón no es para que entre cualquiera. ¿Quiénes son? ¿Cómo se llaman? ¿Qué andan haciendo acá?, nos volvió a preguntar. El Cuchurruco dio su nombre, Luis Duarte, dijo, ando con mi papá, que está trabajando en la cocina. ¿Y tú? Yo ando con el papá del Luis también, respondí, sin atreverme a mencionar mi nombre y menos mi apellido. Váyanse a la cocina entonces, dijo el hombre. Y yo me sentí tal como mi apodo. No, definitivamente no soy un Errazuriz ni lo parezco y la ley que, con buena voluntad y altura de miras, aprobó el congreso, siendo aplaudida incluso internacionalmente, terminó convirtiéndome en una víctima. El error, pienso, es que esta disposición parte de la idea de que la madre tiene sentido común, tiene criterio, y mi madre, como lo dije, está loca, cada día más loca. Ahora anda diciendo -con estas mismas palabras- que Errázuriz estaba perdidamente enamorado de ella y que ella lo rechazó porque no le llenaba el gusto. Ustedes saben lo exigente que soy. Lo rechacé en Venecia, les dice a sus amigas cuando bebe unas piscolas de más, en un barquito como esos que aparecen en las películas. Ahí mismo trató de matarse. Se tiró al agua y un salvavidas lo salvó. Intentó -en los años siguientes- suicidarse varias veces. Con un revólver, con una navaja, con soda cáustica. Pobrecito, estaba empotado. Por eso mismo nunca me atreví a contarle que tenía un hijo, imagínense, hubiese sido peor. Con el tiempo se hizo cura y se fue a vivir a una población de pobres, pero le fue imposible superar la depresión y abandonó el sacerdocio. Ahora vive en el campo, en un fundo de su familia, y no quiere hablar con nadie. A mí, eso sí, me llama bien seguido, me busca, pero yo na que na. Claro, le dicen sus amigas, y le preguntan si también tiene como enamorados a Brad Pitt, al puto de Gianluca Vacchi o al mismísimo príncipe de Inglaterra.

Testigo Ocular | Abel Sandoval Ormeño

Abel Sandoval Ormeño nace en la comuna de Laja, región del Bio Bio, en 1953. Inmersa en el entorno sureño, en su poesía se mezclan temas como la soledad, la naturaleza, la angustia social y existencial, así como la imagen de la mujer, siempre ausente, siempre presente, en versos escritos con rítmica sutileza y una capa de pesadumbre. En 1980 publicó “Arcoíris”, su primer libro. Selección de Poemas AÑO DOS MIL El tesoro antiguo viene alumbrando sobre mi silencio. Voy clavando mi espuela en el patio oscuro. Salto en las madrugadas Abandonando mi manto. Escucho caer el agua sobre las mentiras sembradas de esperanza. Veo los hombres el tiempo parece verde. (Siempre igual todos los años) En una rama lejana                 Canta un pájaro (Fruto del ingenio humano) El viento detuvo su andar el universo ruge las computadoras no responden el año dos mil cortó su rama blanca. HOY ES DÍA DE TEMPORAL Hoy es día de temporal       el viento arrecia    y el mar embravece, ambos hablan su idioma eterno       mezclando sus orígenes.                 En tanto yo camino en mi propio temporal         agotado por la pasión       que el amor desencadena     y me embriago de tu aroma        al recordar tu presencia.              Y soy un relámpago           en el horizonte de tus ojos persiguiéndote por sobre la tormenta,               tratando que tus ojos               despierten a los míos antes que la furia desatada me arrebate        y sea yo el eco profundo del amor.                    RETORNO  Cuando deje la existencia Vendrán a saludarme Aves de todos los plumajes Graznarán En la hora quebrantada Y andada la noche Disputarán honores en la comedia voy oliéndolos en mi aullido final y canto el aire se enrarece -todos duermen- yo los miro con la rabia impotente los vuelvo a mirar luego viene el sueño. FLOR DE TIERRA Todo está a flor de tierra ¡Claro, todo! Tus misteriosos dientes Tu vientre de bruta domesticada La vida Que galopa En la grupa del tiempo (Es medio día) en el templo cae el sol marcando misteriosos signos (El portero abre la puerta) alguien tropieza con la historia y descubre las redes curtidas por los vientos mordida por los peces todo está a flor de tierra ¡Claro, todo! Hasta los años De tu ausencia prolongada. QUIERO Quiero el consuelo de tu carne un beso de amor anhelo de tus labios una palabra minúscula que se abrace a las sombras en el libérame del ensueño anhelo el yo de las tardes que se abrazan en tus ojos quiero tus dedos salados en esta ausencia flotante donde los árboles de siempre se divinizan en el minúsculo tatuaje de tu sombra que palpita gozosa en mis brazos en este simulacro de oraciones donde tu parecido y el mío llenan de tibieza el arcén del crepúsculo luego existimos entre la realidad y la prueba humedecida de tus ojos. CUARTO RECINTO         Y todo yo fui sacudido por el estruendo nuevo,         nuevo tañer de las campanas, de los silencios que me nacieron en aquella hora de cuatro mil quince días  que se asoman por entre los recuerdos de tus piernas   que reposaban en mi cuarto adormecido de fragancia      fragancia de centinela- de tabaco- de mañío verde y así fui descorriendo el velo de tu pubis y descubrí tu sexo, sexo y nieves blancas de espejos azules en el espasmo, espasmo y sinceridad fueron uno a uno sucumbiendo junto al rítmico ametrallar del uno y dos y tres saltado… LA NOCHE                          La noche               con su sombrero negro           sale al encuentro de la luna         y yo con mi ropaje perfumado              cabalgo sobre la estación            suspendida en el último rayo                que tiñe de rojo y amarillo                     las puertas del cielo,                        en tanto, colgado                        de la última rama                           el pájaro trina                   su canción de despedida                  y el árbol que la sostiene              se sacude suave por el viento                     dejando caer sus hojas                             como la noche                           su negro sombrero                   sobre este rincón de la tierra.                   LA NOCHE CUAL DIOSA NEGRA La noche cual diosa negra       viene a consolarme           en este olvido donde desapareciste lejana               dejándome    con el deseo palpitante         como tu cabellera que flotaba al aire misterioso         allá en la distancia donde el mundo rumorea incesante               la palabra perdida            y yo subo de la noche   hasta los primeros rayos del alba para encontrarme iluminado en la esperanza  

Trasandino | Junta de escritores en Melipilla

El silbido de la tetera me despertó. Me fue difícil dormir. Me desvelé buscando palabras para terminar un poema. Poema que finalmente no necesitó de esa frase que me comía la mente. Prendí la computadora y puse “Canto a la diferencia” de Violeta Parra. A veces pienso que la creatividad es un mar violento, oscuro, nocturno, que uno temeroso ve desde la orilla. Y adentrarse en esa marejada sin fin es asumir el riesgo de extraviarse por horas intentando que se disloquen los sentidos. Sólo para volver con un ritmo a cuestas, con una frase siquiera, con palabras que se hundan como puñal en la guata de la realidad. Me vestí. Calenté agua para el mate. 9:48 AM. Agarré la mochila, me puse la mascarilla, me subí a la fixie y partí. El día estaba nublado y corría un viento frío. En la plaza de los Cardenales unas niñas jugaban a abrir y a cerrar paraguas de Disney, reían al lado de una fila de personas que esperaban hacerse el pcr en el laboratorio móvil. Al mismo tiempo pasaba un haitiano perturbado murmurando y moviendo las manos hacia todos lados. Los chincoles y los mirlos no dejaban de atravesar el cielo cantando.  Me fui por Libertad, doblé por Correa hasta llegar a la plazoleta Pajaritos (plaza de los Curaos para el común de la gente). Allí me bajé de la bici porque la garúa había comenzado y caminé. Acá ya no se juntan los sábados los borrachos del pueblo, ahora la ocupan los temporeros agrícolas, peruanos y haitianos, para cobrar su paga o para subirse a un microbús y seguir trabajando. Atravesé el lugar entre miradas desconfiadas, conversaciones coloridas en creole, y el ruido y el aroma de pollos friéndose. A media cuadra del centro cultural me detuve a prender un pito. La lluvia aconteció con fuerza. El agua caía con rabia. Riachuelos bajaban por las calles levemente inclinadas, parecían relámpagos deslizándose por el pavimento al ser alumbradas de súbito por los focos circulares de los autos, la gente corría a resguardarse a los pedazos de techo que sobresalen de las casas, miré al cerro Sombrero que yacía escondido entre la bruma, ya casi sin vegetación, dañado por las innumerables torres eléctricas. El cielo quieto, estridente, densamente gris. Hay días de invierno en que el sol es sólo una impresión mortecina, a semejanza del sol naciente de Monet, pero acá sin mar, sin puerto, sólo muriendo silenciosamente oculto entre nubes color ceniza. Apagué el pito y lo guardé.  Llegué a las 10:10 a Hurtado 1331, al centro cultural Edetrem. Amarré la fixie debajo de un árbol frondoso. Se me acercó el dueño del lugar, Luis Arias (poeta que se tuvo que exiliar en Francia durante la dictadura de Pinochet y que actualmente es el secretario general de Poetas del Mundo). Me habló de que la reunión se demoraría un poco en empezar. Que me pusiera cómodo. Que había poetas que no sabían cómo llegar. Me habló de que el lugar estaba construido por un arquitecto alemán, yo decía ah, um, pero no le prestaba atención, yo caminaba hacia adentro, saludaba a las personas con un ademán, con un gesto, yo preparaba un mate mientras observaba a una anciana abriendo una agenda para escribir cosas y a otros armando la mesa central con variedades de galletitas, de quequitos, ordenando tazas para té y café, parecía un cumpleaños.  El lugar era amplio, había estantes de libros por doquier. Una chica con pelo mitad rojo mitad negro corrió hasta su mochila para sacar unos apuntes de la universidad, buscaba algo entre las páginas, palabras quizás. Minutos después llegó Ulises Mora, poeta de la zona, poeta por antonomasia (digo por antonomasia porque es un viejo de cuerpo grande, que usa boina, lentes pequeños con mucho aumento y un bastón que lo ayuda a caminar porque de joven que tiene acromegalia, la enfermedad que también tenía Cortázar), nos saludamos, me contó de inmediato un cahuín, de que la poesía no estaba tocando a la puerta del Ateneo de Melipilla, que se juntaban los martes en las tardes a hablar de remedios, a comparar enfermedades, a comparar médicos, en fin, hablar de cómo el tiempo los ha revestido de polvo, de excusas. Pero Ulises se sentía diferente. Vivito y coleando, dijo. Que se mantenía vigente subiendo todos los días un poema a facebook, que eso lo distraía. La lluvia golpeó con vehemencia el techo. Permitió que nos silenciáramos. Se está cayendo el cielo, dijo Ulises y se fue a servir un café apoyado en su bastón.  Minutos después ya estábamos los catorce escribientes sentados, no en círculo, sino en algo más parecido a un rombo. Las presentaciones duraron más de lo común, como suele suceder a veces entre la gente que escribe. La recitación comenzó. Eran variados los estilos: misceláneas de Mistral y Neruda, parrianos, uno que otro de versos kilométricos, a semejanza de Rokha. Mientras leía Mirko, un poeta comunista, un poema intimo sobre lavar los platos, yo me encontraba entre dos mundos. Leyó Bastián. Se me venían momentos fugaces de los eSlam de poesía en Córdoba. Poetas under, poetas hippies, borrachas con escrituras filosas, drogadictos bardeando, viviendo la jovialidad de eventos calurosos, de pieles húmedas. Recitó la señora Celestina un poema larico. Vino a mi mente una noche en que alguien con una locura indescriptible agarró el micrófono y estuvo más de cuatro minutos repitiendo: uno uno uno uno uno uno (…). Ulises Mora leyó su famoso poema “No estoy de acuerdo”. Uno uno uno uno uno (…). Me tocó leer a mí. Le tocó a Gabriel. Uno uno uno uno uno… Leyó Camilo, leyó Horacio, leyó Laura, leyó Verónica. Se notaba que habían trabajado sus poemas. Leyó Maggi, poeta colombiana. El entusiasmo por las lecturas hizo que de inmediato se eligiera un nombre: “Poesía re-vuelta” fue el elegido entre tantos otros insulsos. Luego se habló de la responsabilidad del artista, de que el escritor debe ejercer su libertad en la escritura, de llevar la poesía

Narrativa Argentina Actual | Edelmiro Soto

Ingresó en la fuerza en el 42. En febrero o marzo del 42. Era negro y largo. No le daba el físico. No tenía estudios. Rogelio Sánchez lo quería como a un hijo, por eso habló con el Intendente. Por eso se peleó con la junta vecinal y con el cura. Por eso después votaron en el club y lo degradaron a vicepresidente, ¡a él!; pero si Rogelio Sánchez construyó desde los cimientos y con sus propias manos las gradas, la cancha de bochas y los vestuarios del club. “Por mí que se vayan todos a la puta que los parió”. Por no hablar de la sala de primeros auxilios, del monumento al prócer, de las prefabricadas que plantaron en el terreno que cedió la Municipalidad para aquellas pobres familias, y algunos de los más majestuosos panteones en el cementerio; y todo para que Soto no entrara en la policía. Lo hirieron, a Rogelio, pero no lo amedrentaron. Edelmiro no lo supo hasta muchos años después.  El verde caqui contrasta con la piel oscura. El uniforme no tiene una sola mancha. Los borceguíes (sus únicos borceguíes) brillan más que los de cualquiera de sus compañeros, en aquella pobre fila que los han hecho formar para entregarles sus diplomas. Soto busca entre los familiares hasta dar con doña Encarnación. Doña Encarnación Velázquez es más bien su tía postiza, o más bien su madre; ha criado a Soto y a sus tres hijos legítimos con la misma severidad y dedicación. Ahora, pequeña y dubitativa en una silla de plástico, levanta una mano temblorosa hacia él con orgullo, y la otra busca un pañuelo con el cual secarse las lágrimas. “Tranquila mamá Encarnación, le va a hacer mal”. Rogelio Sánchez por supuesto está ahí, y es el primero en estrechar su mano de manera efusiva, en decirle que está orgulloso de él, y que seguramente la historia de esta comisaría escuchará hablar de Edelmiro Soto.  Pero nunca pasaría nada. Soto cumplirá y se jubilará a tiempo. Jamás tendrá un altercado más allá de dos o tres empujones con borrachos o la presencia autoritaria y a tiempo en las peleas familiares, y jamás, ni una sola vez (salvo para limpiarla) tendrá que sacar su arma; no va a hacer más que engordar y atolondrarse en las siestas de los puestos camineros, escuchando chamamé y comiendo carne asada hasta   quedar como un sapo. A villa Ocampo, Taipero poriahú, Fortín correntino, van a ser su alma sonora (si se lo preguntan). Los espinillos y los cardos crepitando en el verano. Los pájaros que a veces no darán tregua y parecerán cantar todos al mismo tiempo. Vivirá recostado en la oscuridad de los eucaliptos detrás de los puestos camineros, orondo en el silencio de la noche, e incómodo, con la sensación de haber vivido más de la cuenta, se la pasará recordando a mamá Encarnación de viva, haciendo pan o escabeche para que Edelmiro los llevara al campo, enojada con sus hermanos por lo que el pueblo dice de ellos (que es a la vez como decirlo de todos los Velázquez vivos o muertos), pequeñita y arrugada y enclenque, pero nunca perezosa; y pensará que después de todo y pese a su procedencia, tuvo suerte de haber tenido a Encarnación.        Pero ahora, Edelmiro se acerca a su madre y la abraza. Sabe del respeto que le debe pero también sabe (ahora más que nunca) que al ser policía, está del otro lado de donde están sus hermanos; y esta idea siniestra le empieza a molestar como si nunca hubiera pensado en ello. Mamá toca su rostro con ternura y piensa que ha pasado tanto tiempo desde que Edelmiro era un niño, que hasta cree que es uno de los suyos, de los paridos; Jesús, Josué o Lázaro. “Vos sos mi negrito y estoy orgullosa de vos. Y nadie me va a quitar eso”. Edelmiro la abraza y por dentro él también está orgulloso, nunca se creyó capaz de tanto mérito, de tanto esfuerzo. Va a dejar la albañilería (piensa mientras ayuda a que mamá se levante), la venta ambulante de empanadas de pescado y pan casero, las changas donde estiba, corta el pasto, planta horcones o desmonta. De sólo estar pensándolo en este momento siente un alivio en el espinazo y un escalofrío. Acompaña a mamá y la deposita frágilmente en un remis, le da un beso y se despreocupa de ella, Lázaro debe estar esperándola en casa.  Toma moderadamente en la fiesta de ingreso, a la vista de sus superiores. Sus amigos lo invitan y están relajados por completo, pero Soto no. Esto de ser policía no representa para él la necesidad de un sueldo seguro (aunque por supuesto lo es) ni tampoco la posibilidad de sentirse superior (en algún momento cuando suba de rango) a los demás cristianos, sino que Soto cree, podría decirse apasionadamente, ¡y siempre creyó!, en la justicia. Desde chiquito; los sábado por la mañana cuando Encarnación lo acompañaba a la capilla para tomar sus clases de catecismo y escuchaba alucinado (temeroso también) las palabras de Jesús de Nazaret, mientras que un cuadro que lo representaba, hermoso y rubio adelante con un destello de luz saliendo de su corazón, junto al pizarrón donde la monja dictaba las clases, parecía mirarlo solamente a él y estar diciéndole algo que de niño imaginaba como un leve “no peques hijo mío, debes hacer el bien y ser justo”; ya ahí se sintió conmovido por lo que podríamos llamar la ley de Dios. Y luego, de grande, sabría que muy alejada de la ley divina está la ley de los hombres, mucho más ineficiente, defectuosa, pero sólo porque existen hombres que también lo son. Había que cambiar eso. Por eso es intachable, en la fiesta. Acomoda su uniforme y toma a pequeños sorbos su vaso de gaseosa, mientras ve como lentamente las caras de sus camaradas comienzan a desfigurarse, y las ropas a salírseles de los cintos, las pretinas, los botones; agitadas,

Narrativa Chilena Actual | Los retrovisores

La primera vez que lo vi no entendí lo que hacía. La gente hace muchas cosas en la veredas, gestos y movimientos raros, que ni tomamos en cuenta. Pero este chico siempre daba vueltas por el barrio. Siempre viví ahí. Me fui un tiempo, pero cuando estuve cesante volví a vivir al barrio de casas viejas que habían soportado algunos terremotos e inviernos con maderas hinchadas y los muros que se iban descascarando y mostraban el adobe que de alguna manera resistía el paso del tiempo, pero ya eran construcciones mezcladas con ladrillos pesados y de techos altos. Esa altura permitía pensar. Lo veía por la ventana y pasaba seguido, se comenzó a repetir a diario, en la ventana aparecía la escena, enmarcado por el living viejo y polvoriento, sus gestos raros como tratando de esconderse sin poder hacerlo. Empecé a ponerle atención y luego vi que las personas que en la tarde iban a buscar sus autos estacionados al borde de la vereda les faltaba un espejo o los dos retrovisores. Entonces lo asocié, esta vez lo esperé y lo vi. Se acercaba y hacía un movimiento brusco, un pequeño crujido que no quebraba nada. Solo lograba desprenderlo del caparazón negro. Luego daba un par de zancadas, se subía a una bicicleta y desaparecía. A veces venía a pie.  En ese tiempo las constructoras andaban ofreciendo plata, para comprar el conjunto de casas y levantar sus guetos verticales para disimular la pobreza.  Mi vecino que siempre me hablaba o intercambiaba información a veces comida o libros, me contaba que habían pasado por su casa. Me fui a vivir ahí porque era una casa familiar, la única y así no tenía que pagar arriendo, era imposible vivir con un sueldo pequeño y pagar arriendo. Esperaba encontrar trabajo pronto porque los ahorros iban desapareciendo. Pero a veces vendía algunas cosas, el vecino era colero en la feria y me pedía ropa que ya no usaba u objetos, para vender. En ese periodo hacía algunos trabajos por el computador y miraba por la ventana la vereda sucia y llena de autos. La gente tira cosas insólitas y uno no sabe si se les caen o simplemente les da lo mismo como si en la calle todo diera lo mismo y otro, que nadie ve, se lo lleva o lo limpia. Desde condones pegados en el suelo, cabezas de pescado o un sillón de auto, no creo que eso se les haya caído del auto. Es un poco difícil. Seguí mirando por la ventana todo eso. Vi que el chico venía a diario y tenía horario. El mismo en el que estaban los autos. A veces me asomaba a la calle por la puerta y miraba las esquinas y lo veía de refilón retroceder por el muro rojo y oblicuo de la casa de la esquina y desaparecer. La casa estaba ocupada por unos actores jóvenes. Por un momento creí que vivía ahí.  Hice mi rutina y no pensé más en él, como si fuera parte del paisaje del barrio. Un día se robó el espejo de una camioneta cotota, rang rover, algo así, nunca he sabido de autos porque no me interesan y además no tengo como para comprarme uno. Era una grande y firme. Al dueño no le sería muy terrible el robo, porque debía tener mucha plata, pero si le daría rabia que un piruja lo vacile. La robó frente a mí y me di cuenta que sabía que lo miraba porque se volvió hacia la ventana. Yo me moví hacia otro lado de la pieza y me puse de espaldas para que creyera que no lo miraba. Me volví, pero debió ser muy rápido porque estaba ahí con su capuchón, no le distinguía el rostro, y miraba al visillo como diciéndome esto lo hice por todos. Una sonrisa que apenas se le notaba. No quería delatarlo. Nos marcaba y ya no podría tener nada seguro. Una señora un par de casas más allá soltó el dato, una vez al mes, le revientan alguna ventana. Cuando miró hacía la ventana también me marcó. Me dijo en el fondo, sé que sabes. No lo diría así, pero entendí el mensaje. Se metió el espejo en un bolso pequeño y se fue.  La casa estaba en mal estado y no tenía plata para meterle. Entre los vecinos nos apoyábamos lo que podíamos. Los muros se iban descascarando. Los inmigrantes se hacinaban en algunas casas cercanas modificadas. Las piezas eran separadas por tabiques para meter más gente y sacar mejor ganancia. En la tarde cuando ya estaba oscureciendo y yo estaba sentado en el patio sonó el timbre. Era mi vecino. Venía un poco agitado, creí que le podía haber pasado algo en la cola de la feria, alguna pelea o algo así. Pasó y se sentó. Le fui a traer un vaso de agua. Quería que se calmara, pero quería hablar y lo escuché. Vecino, no sé, ¿ha visto a un cabro que roba espejos acá en la vereda… tomó aire…y viene casi todos los días? Todos los días, pensé. Lo vi hoy y lo seguí y espero que no esté muerto. Le dije que se sentará y se sentó. No supe qué decir, más que eso y supongo que mi cara era de alguien que no entiende lo que le dicen. Espero que no esté muerto, repitió. Lo seguí. Caminé y casi corrí detrás de él hasta San Diego y Av matta. Atravesó hacia el sur. Cruzó un pasaje de travestis y se metió en una casa. La entrada era una venta de repuestos. La puerta estaba abierta y estoy seguro que entró ahí. Así que me metí. Puta qué valiente, pensé mientras intentaba decirle algo para calmarlo o para que viera que estaba atento a lo que me iba contando. Se paró un momento y miró por la ventana y me di cuenta que era muy delgado o que en este rato se había adelgazado mucho. Cuando entré nadie

Signos vitales | Poesía y efectos especiales

A la memoria de Eduardo Wood. Hace unos meses atrás, en pleno estallido social, asistí a un encuentro de poesía. Supuse, antes de ir, que me encontraría con una docena de poetas leyendo sus poemas ante un público exiguo, compuesto –principalmente- por sillas vacías, algún profesor o profesora de liceo, un par de vecines romántiques y los mismos poetas que más tarde se subirían al escenario. ¿Qué más podía esperar? En Chile la poesía, como la pelota vasca o el bádminton, se juega en estadios vacíos. Y así fue, solo que en las dos horas que permanecí en el galpón donde se desarrollaba el evento no se subió nadie a leer un poema. Hubo cantores populares, hubo un intérprete de excelente voz y de pésimo repertorio, hubo un grupo clon de Electrodomésticos que musicalizaba –a la manera del grupo de Cabezas- poemas con instrumentos electrónicos. Pero no hubo nada de poemas recitados, declamados. No es que yo sea un amante de los recitales literarios. En realidad, me aburren un poco. Siempre hay más de alguno que se excede y abusa de los oídos ajenos. Siempre hay otro/a que confunde la poesía con el teatro. O con el standard comedy. Pero también siempre hay alguien que salva la noche con un buen par de textos bien leídos. Me fui ese día pensando que lo único bueno de la noche había sido el vino. Y no me atreví a leer. Llegando a casa me fumé un pito. Sentado en la terraza, mirando una enorme luna amarillenta, me puse a pensar en los cientos de recitales de poesía a los que he asistido. Recordé cuando fui a ver a Juvencio Valle en el Centro Cultural Mapocho, el viejo estaba en las últimas y entre varios lo llevaron al escenario. Era una especie de “estrella revolucionaria” porque había estado en España para la Guerra Civil, no por su voluntad supe después, sino porque no pudo volver a Chile a tiempo y quedó atascado. Leyó apenas. Temblaba y su temblor me causó más emoción que su “Tratado del Bosque”. Recordé a Zurita leyendo en la USACH en los ochenta en un acto cultural: pocos lo tomaban en cuenta, el público universitario no estaba ni ahí con un profeta grandilocuente y monocorde que se tomaba media hora para decir algo que se podía expresar en dos o tres minutos, el público universitario quería rock, quería acción, quería ver una lluvia de molotovs cayendo sobre los pacos malditos. Mientras Zurita leía, leía, leía, leía, leía, una turba de estudiantes sacó a empujones, patadas y escupitajos al vicerrector académico, que andaba jugando al espía, provocando los espontáneos aplausos del público. Ante esto, el autor de “Anteparaíso” agradeció con seriedad y mucho bla bla a los estudiantes, pensando que tales aplausos tenían como origen la lectura de sus poemas. Recordé otros recitales. Parra en la Estación Mapocho para una feria del libro. Un modoso Yuri Pérez en un bar de Batuco que hoy es un prostíbulo pop. El Chico Figueroa en San Bernardo, rompiendo con histrionismo una hoja tamaño carta que contenía el discurso que llevaba preparado para romper. De pronto me acordé de mi amigo Eduardo Wood, claro, porque a Eduardo le debo el primer poema que escuché leer en voz alta a su propio autor. Fue en la USACH, específicamente en el taller literario que en plena dictadura dirigía la académica y escritora de cuentos infantiles Amalia Rendic. Venciendo mi timidez llegué a la sesión inicial, años ochenta, llevando unos poemas escritos en un cuaderno y un montón de dudas. Entré en la sala unos diez minutos antes porque quería estar ahí cuando llegasen los demás y pasar desapercibido. Sin embargo, cuando abrí la puerta me encontré con que ya había alguien. Era Eduardo Wood. Nos saludamos, nos presentamos, hablamos un par de nimiedades y luego entramos en el tema literario. Le conté que nunca había participado de un taller y que me daba lata leer mis textos. Eduardo sonrió y enseguida me dijo que no había que avergonzarse de los propios poemas. Uno tiene que defender su creación, dijo. Enseguida abrió un bolso negro de cuero y sacó un papel. Este poema se llama “La Silla”, dijo. Y con voz vehemente y firme lo leyó, copando el espacio con el ritmo y la sonoridad de los versos, sin necesitar música de fondo, ni disfraces, ni histrionismos cuáticos para transmitir su belleza. Abrí una cerveza. El tum tum de los subwoofers de los vecinos latía en mi pecho como un segundo corazón, un corazón indeseado, invasivo y violento. Entré en la casa y puse mi propia música. Me quedé pegado después pensando en el destino trágico de Eduardo Wood, cuyo hermano Ronald -a quien Lemebel dedicara su crónica “A ese bello lirio despeinado”- fue asesinado en 1986 por los milicos en una protesta contra Pinochet en el centro de Santiago. Le dieron un balazo en la cabeza. Era un joven universitario de apenas diecinueve años a quien Eduardo amaba mucho. Sus exequias fúnebres, que se celebraron en la Iglesia de la Gratitud Nacional, fueron interrumpidas porque los carabineros ingresaron al recinto lanzando lacrimógenas y apaleando a los parientes, a los amigos y a la multitud que se encontraba dentro y fuera del edificio. Después de eso secuestraron el ataúd y se lo llevaron al cementerio. La brutalidad cometida caló hondo en Eduardo, quien con su familia al poco tiempo emigró de Chile. Después de estar en Brasil se establecieron en Australia.  Lo volví a ver en los noventa. Un día lluvioso, de noche, alguien golpeó la puerta de mi casa. Era Eduardo, que había regresado a Chile. Me contó que se hallaba internado en un recinto psiquiátrico y había escapado. Brotes sicóticos lo acosaban, lo torturaban, lo hacían sentirse el creador de los males de la humanidad. Esa noche bebimos unos tragos para celebrar el reencuentro y volví a escuchar sus poemas. Conservaba su voz vehemente y también el ritmo, solo que sus nuevos textos eran complejos,

Víctimas anónimas | Corte militar

Pertenezco a una generación que fue violentada duramente en su infancia. Tal abuso -lo digo responsablemente- fue perpetrado por peluqueros de mente obtusa, aliento añejo y manos criminales. Vestidos con delantales blancos y premunidos de tijeras, navajas y máquinas siniestras, aplicaron en nuestras cabezas el antiestético e inhumano corte tipo militar. Cierto es que el ministerio de educación era un ente despótico que imponía (e impone) normas disciplinarias tipo establo, cierto es que estábamos en la peor dictadura que ha sufrido este país, cierto es que los putos milicos se dedicaron a cortarle el pelo -y muchas veces el cuello- a hippies y neofolcloristas, pero nosotros éramos niños, no hippies ni neofolcloristas, y si nos gustaba el pelo más o menos largo no era por un rechazo a la sociedad de consumo -en Chile por ese tiempo no habían creditcards– o porque quisiéramos dar un giro al folclore nacional orientándolo hacia lo social, sino por cubrir nuestras orejas del frío matinal y sentirlas calientitas; por tener la capacidad de mover la cabeza de lado a lado y marearnos sintiendo cómo nuestro cabello, que éramos nosotros mismos, era libre y flexible; por echarnos el pelo a la cara y tener la idea de que nos habíamos convertido en el hombre invisible, es decir, por jugar a ocultarnos y tener nuestra propio mundo interno. Todo esto, sin embargo, fue eliminado de raíz por los siniestros peluqueros, aniquilando, en primer lugar, nuestra individualidad, al homogeneizarnos unos niños con otros y todos los niños con milicos, aviadores, marinos y pacos. ¿Cuántos frío tuvieron que soportar nuestras orejitas de niños? ¿Cuántos intentos de sentirnos libres girando la cabeza de lado a lado capotaron por la ausencia de cabello? ¿Cuánta de nuestra intimidad de hombres invisibles se pasmó ante la incapacidad de ocultarnos tras una chasquilla apropiada para tales efectos? Nuestro derecho a la libertad ciertamente fue violado. Lo peor: nuestros padres lo aceptaron como algo normal, volviéndose cómplices del aparato represor. ¿Cuánta creatividad popular fue arrasada por esta medida? ¿Cuántos poemas y canciones y pinturas y bailes y esculturas murieron antes de nacer? En mi caso particular, recuerdo que cuando niño soñaba con convertirme en dibujante de cómics. Tenía decenas de cuadernos con esbozos de los personajes e historias que creaba. Corte a corte militar, sin embargo, fui abandonando este sueño sin reemplazarlo por nada decente hasta que, en la adolescencia, únicamente aspiraba a tener un cartón que me diera dinero. Lo peor: decidí estudiar peluquería y ahora ejerzo en una unidad militar que no daré a conocer. Corto el pelo con placer, a veces con sadismo, especialmente cuando se trata de nuevos reclutas, los que muchas veces se van con la cabeza sangrando. Con el auspicio del estado, los milicos golpistas y mis padres cobardes me convertí en un sádico. ¿Habrá algún tipo de reparación para gente como yo?